viernes, junio 19, 2020

ATIENZA EN EL SIGLO DE ORO


ATIENZA EN EL SIGLO DE ORO
La villa inscribió también su nombre en el Siglo literario por excelencia



   También Atienza entró con letras de molde en ese Siglo con mayúsculas que tanto dejó para la historia nacional en el arte, la literaturas e incluso la guerra. A pesar de que Atienza, por estos siglos y tras algún que otro quebranto padecido en los anteriores, comenzaba a decaer.

   Aún así continuaba dando buenas gentes a la larga nómina de personajes inmortales, a pesar de que muchos de nuestros paisanos, en ese ánimo por ganarse la vida y luchar por ella comenzaron a buscarla en otros lugares, principalmente en la Corte madrileña, en la que triunfaron unos cuantos en los oficios más diversos.



   Uno de aquellos triunfadores fue Juan de las Huertas, o de los Huertos. No es mucho lo que de él conocemos, pero Juan de las Huertas debió de ser una de esas personas que de vivir en nuestro siglo hubiesen dado mucho de qué hablar. Ya lo dio por entonces, y eso que no había medios de prensa, salvo los oficiales. Don Juan de las Huertas, de la familia de los Vienvistas, tal y como se refleja en viejo documento, marchó de Atienza a la Corte mediado el siglo XVII, para servir de cerero en palacio. Veremos que el oficio sirvió para que otra atencina lo ejerciese poco después de don Juan.

   A don Juan de las Huertas debemos el que desde Madrid, hasta Atienza, el 12 de enero de 1669 llegase una copia de la Virgen de la Soledad, de Gaspar Becerra, para con el paso de los años convertirse en Virgen de los Dolores, y patrona de Atienza.

   Puede que el personaje más curioso del Siglo de Oro atencino, del que ya hemos hablado y no nos cansamos de hacerlo, relacionado con la literatura, fuese Francisco de Segura quien pasó a la historia como el Alférez de Atienza. Y es que en aquellos tiempos los buenos escritores eran igualmente buenos militares, o espadachines, siguiendo el ejemplo de Francisco de Quevedo.

   Francisco de Segura fue todas aquellas cosas, espadachín, militar y literato, al igual que otro de esos atencinos que paseó el nombre de la villa más allá de nuestros horizontes, si bien casualmente no nació en Atienza, de donde eran sus padres y unos cuantos de sus ascendientes. Sebastián de Ucedo nació en Alejandría en el primer tercio del siglo XVII, sirvió en los ejércitos de aquella tierra, anduvo por Milán, el Piamonte y Lombardía; conoció las cortes europeas, sirvió al rey y dejó para la memoria del tiempo una buena colección de obras literarias en las que con frecuencia, al hablar de sus ascendentes, sale a relucir, como no podía ser de otra manera, el nombre de Atienza.
   Es también la época en la que de Atienza comienza a salir hacía los distintos puntos del obispado, y de fuera de él, toda una seria de personajes ligados con el arte del retablo. Con esas otras obras de arte que por entonces comenzaban a poblar las iglesias. Las gentes de Atienza, aprendiendo de los talleres seguntinos, dieron un buen ramillete de hombres dedicados a aquellas artes desde que Francisco y Diego del Castillo abriesen sus talleres.

   Puede que uno de los más representativos fuese Diego de Madrigal, quien nació en el entorno de la plaza del Mercado y tuvo su taller en el barrio de San Gil, aunque hubo bastantes más.

   No vamos a olvidar a Francisco Gonzalo, nacido en torno a 1675 y quien trabajó, como Diego de Madrigal, a lo largo y ancho del obispado de Sigüenza y por supuesto en Atienza. A él se debe el retablo de la capilla de las Santas Espinas, en la iglesia de la Trinidad, entre otros. Trabajó con Francisco del Castillo, retablista también y siempre vecino de Atienza, por lo que suponemos que en Atienza nació, en una época que dio a la villa buenos orfebres, entre los que no podemos olvidar a José de la Fuente, dorador de la capilla de la Inmaculada, también en la iglesia de la Trinidad, o a los antecesores de Francisco de Artacho, autor de la desaparecida custodia de esta misma iglesia parroquial.

   Son también los años en los que los atencinos comienzan a buscarse la vida al otro lado del mar, en el Nuevo Continente.

    Fueron varias decenas los naturales de Atienza que hicieron el viaje, en la mayoría de los casos para no regresar, formando al otro lado del mar una nueva familia. Cierto es también que en aquellos tiempos el Nuevo Continente era la tierra de las oportunidades.

   Un repaso por los Archivos de la Casa de la Contratación, nos puede dar la imagen real de quienes marchaban, de sus necesidades y de sus deseos de prosperar. Entre aquellos primeros atencinos que emigraron a las Indias, encontramos a un tal Juan de Salazar, quien solicitó hacer el viaje en compañía de su familia. Su nombre aparece en uno de los catálogos de pasajeros fechado entre 1509 y 1534. El mal estado del documento no permite averiguar nada más en torno a él, si bien figura como natural y residente en Atienza en el momento del embarque y de la solicitud de hacerlo, ya que como nos podemos imaginar, para llevarlo a cabo era necesario reunir una serie de requisitos, entre ellos ser mayor de edad, preferiblemente soltero, y con medios suficientes para ganarse la vida, o con familia en el lugar de destino, que les pudiese avalar.

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    Igualmente y entre aquellos primeros emigrantes, nos encontramos a Antonio de la Riba, natural de Atienza, hijo de Juan de la Riba y de María López, vecinos de Atienza también, el cual solicitó la correspondiente autorización de partida el 17 de marzo de 1513

    No todos lograron el éxito, desde luego, aunque conocemos algunos casos en los que este, sino del todo, llegó a hacerles entrar por medio de terceras personas en el libro de la historia. Tal es el caso Luis de la Cerda, hijo de Jofre de la Cerda y Juana López de Heredia, a la sazón vecinos todos ellos de Atienza, quien partió con la armada de Juan del Junco el 9 de abril de 1535  rumbo a Cartagena de Indias. Juan del Junco posteriormente sería regidor y corregidor de varias localidades y provincias del Paraguay. Luis de la Cerda, del que no tenemos constancia documental de que efectivamente naciese en Atienza donde sus padres administraban bienes del duque de Medinaceli, a pesar de que desde Atienza saliese camino de Sevilla, participó junto a Juan del Junco en la conquista de aquel país.

    En la conquista y descubrimiento de La Florida encontramos a otro atencino, Andrés Ramírez, hijo de Alonso Ramírez y de María Gutiérrez, todos ellos naturales de Atienza; partió para La Florida cuando estaba siendo todavía explorada por los españoles, figurando su solicitud de partida el 26 de enero de 1538. En La Florida se perdió su rastro.

   Algunos de aquellos lo hacían como criados marchando con las personas a las que servían. Tal es el caso de Antonio Luzón, que fue uno de los muchos criados que hicieron el viaje a las Indias junto a Francisco de Sande, su mujer, Ana de Mesa y sus hijos Francisco y Luisa. Francisco de Sande era Presidente de la Real Audiencia de Guatemala.

   El siglo XVII fue uno de los que más castellanos llevó a las Indias. También la provincia de Guadalajara aportó a aquellas tierras un buen puñado de hombres que a todos los niveles engrandecerían el territorio al tiempo que probablemente ellos adquirieron algún que otro capital, o se perdieron en la lista anónima de tantos como quedaron en el olvido.

   Abrió la nómina de los atencinos emigrados, con rumbo al Perú, Francisco Maldonado, de los Maldonado de toda la vida, originario y natural de Salamanca, aunque vecino a la sazón de Atienza, donde se encontraba casado con María de Ocaña. En Atienza les habían nacido sus tres hijos, Alonso, María e Isabel, y para todos ellos solicitó licencia de partida el 1 de abril de 1604.

   Pedro de Soto, también natural de Atienza, se fue a las Indias sin que sepamos cuando. Si bien tenemos conocimiento de que en las Indias murió, en la población de Santo Domingo de Guare, provincia de los Conchucos del Perú, donde otorgó poder a determinados parientes atencinos  el 18 de junio de 1625, para que a su muerte, acaecida el 22 de abril de 1626, distribuyesen sus bienes.    Sus herederos eran Juan de Soto, beneficiado de la iglesia de la Santísima Trinidad, y Alonso. hermanos ambos del difunto, cuyos bienes ascendían a la importante cantidad de  veinticuatro mil setecientos setenta y cuatro maravedíes, heredándolos estos ya que la mujer de Juan de Soto, María Hierro, había fallecido unos cuantos años antes en la propia Atienza, el lunes santo, último día de marzo de 1608, siendo enterrada en la iglesia de San Juan. Juan de Soto, además de beneficiado de la Trinidad, era entonces abad y contador del Cabildo de Clérigos de Atienza.
   Uno de sus descendientes, Francisco de Soto, fue el primer atencino que dio a la imprenta un libro con la historia de la villa; acaeció en 1685. El título de la obra no podía ser otro: “Historia de la Villa de Atienza”.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en  la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 19 de junio de 2020

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