viernes, enero 21, 2022

EN TORNO A FUENCEMILLÁN, Y SU BOTARGA DE SAN PABLO

 EN TORNO A FUENCEMILLÁN, Y SU BOTARGA DE SAN PABLO. La botarga de San Pablo, en Fuencemillán, pondrá color y tradición a la población, un año más

 

  Fuencemillán nació como espacio urbano alrededor de su actual iglesia. Si bien se apunta igualmente que la fundación de la población pudo estar situada en el entorno de la fuente que en la parte baja del pueblo habría dado, además, nombre a la primitiva aldea, conocida como “La Fuente de Millán”.

   Respecto a sus orígenes, nos apunta quien fuese cronista provincial Juan-Catalina García López en sus “Aumentos” a las Relaciones Topográficas, editadas en 1903, que no cree que el pueblo se remonte a mucho más allá de la Edad Media, introduciéndonos en unos orígenes que estarían entre los siglos XIV y XVI, a pesar de que algunos restos de su iglesia nos mandan a los tiempos del románico, quizá a los años finales del siglo XIII.


 

   Lo que sí que está claro es que su historia está ligada a la tierra de Cogolludo desde que esta pasó a pertenecer, primero, a la Orden de Calatrava; después a los todopoderosos Medinaceli que mandaron alzar en la plaza de aquella villa una de las enseñas provinciales a través del gran y elegante palacio que al día de hoy es embeleso, al menos, en esta parte de la provincia de Guadalajara.

 

La Villa de Fuencemillán

   El 21 de julio de 1705, el rey don Felipe V concedía a los fuencemillenses el título de Villa, desvinculándolos de Cogolludo para algunos temas relacionados con la justicia local, que era de lo que se trataba; comprando, puesto que el proceso de la obtención del título de villazgo no era sino una transacción mediante compra de derechos a la corona, su propia libertad en aquel sentido.

   No salió mal parada la hacienda real con el otorgamiento a Fuencemillán de su anhelado título. Entre todos los vecinos, reunidos sin duda en Concejo, tuvieron que ayuntar, para pagar aquel derecho, los 570.000 maravedíes de vellón en que los oficiales del rey tasaron título y derechos que, a pesar de todo, fue protestado por el concejo de Cogolludo; sin éxito, por supuesto. Los duques de Medinaceli y marqueses de Cogolludo, entendiendo que se respetaban sus derechos señoriales y continuarían cobrando, entre otras partidas, sus mil trescientos reales de alcabalas, dieron el obligado visto bueno.

   El 30 de julio de aquel 1705, el juez nombrado por el rey, don Eugenio de Vivar, con todas las formalidades habidas y por haber, hizo entrega del título de Villa. Alzando los de Fuencemillán, en señal de ello, la picota jurisdiccional en la plaza y la horca en el que entonces se denominaba “cerrillo de los Corrales”; pues para aquel tiempo ya estaba extendida la norma, o ley, de que las ejecuciones a la última pena por semejante método, tuvieran lugar fuera de las poblaciones; de ahí que en tantas exista, cercano a ellas, el “cerro de la horca”.

   A pesar de que todas las formalidades se cumplieron, los alcaldes de Cogolludo entraron en la nueva villa, mientras en ella se celebraba el acto de entrega de su título, vara en alto, protestando e interrumpiendo la fiesta; regresando a su casa con la cabeza baja.

 

Nombres para la historia

   Algunos apellidos familiares destacaron a lo largo del tiempo en la historia de Fuencemillán. Apellidos que, cosa lógica, llegaron de otras partes y aquí se aposentaron quienes los ostentaron. Entre ellos el Conde, el Leal, el Magro o el Zurita.

   Carmen Leal, cuyos pasos salieron de Fuencemillán, fue una de aquellas mujeres que triunfaron en el Madrid de los últimos años del siglo XIX en el mundo de la zarzuela y de la copla, antes de cruzar el mar y continuar haciéndolo al otro lado, por las Américas, en el primer decenio del siglo XX; y su primo, don Genaro Leal Conde pudo ser, si la desgracia no hubiese acompañado los pocos años que disfrutó de vida, uno de los grandes pintores provinciales de su tiempo.



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   Aquí nació en 1867, dio sus primeros pasos, comenzó a soltarse en aquello de emborronar lienzos y, tras obtener una de las becas de estudios de la Diputación provincial, los continuó en Roma y se significó en la Academia de Bellas Artes de Madrid, donde fue alumno de Casto Plasencia; ejerciendo después como profesor numerario de dibujo en los institutos de Burgos y de Soria.

   Ya colgaba alguno de sus lienzos en las salas de la Diputación de Guadalajara cuando, desde Soria, optó al magisterio del instituto de nuestra capital en tiempos en los que la enfermedad lo vino a visitar, llevándoselo a su caverna el 23 de diciembre de 1904.

   Don Pedro Magro, que fue clérigo de la villa, fundó en ella el Hospital de Transeúntes en el primer tercio del siglo XVII, y su sobrino, don Santiago Magro y Zurita, de la nada, alcanzó a ser uno de los canonistas más prestigiosos de su tiempo, el que medió entre el último tercio del siglo XVII y el primero del siguiente. Tampoco la suerte fue aliada en sus destinos; el 5 de mayo de 1732 fue nombrado para ocupar la Fiscalía de la Audiencia de La Coruña y, al día siguiente, falleció.

 

La fiesta de San Pablo

   La iglesia de Fuencemillán está dedicada a San Juan Bautista, perteneciendo al arciprestazgo de Tamajón y a la diócesis de Toledo hasta bien entrado el siglo XX y su fiesta principal, desde que se tiene noticia de ella, estuvo dedicada a San Pablo.

   Ya en aquellas más que estudiadas Relaciones Topográficas que nos mostraron parte de la vida de nuestros pueblos hasta los últimos años del siglo XVI se habla de ella; las Relaciones de Fuencemillán se llevaron a cabo en Cogolludo, como correspondía por ser esta la cabeza de la tierra, el 20 de diciembre de 1580 ante el Licenciado Zavala, compareciendo a su presencia Juan Benito, regidor del lugar; al señor Licenciado confesó que en Fuencemillán: tienen por abogado al Señor San Pablo y que le guardan su fiesta porque le tienen voto de ello en el dicho lugar…

   Años después lo mismo, más o menos, respondieron a don Antonio Ariza, Juez Subdelegado para el establecimiento de la Única Contribución.

   Para entonces, para cuando don Antonio Ariza se personó en Fuencemillán, el 22 de marzo de 1752, ya tenían los vecinos su título de villa, sus alcaldes ordinarios y sus regidores propios. Entre todos volvieron a repetir que su fiesta no era otra que la de San Pablo, la conversión de San Pablo para ser más precisos, que celebraban por todo lo alto como una más de las fiestas invernales que tanto predicamento tienen por los cuatro puntos del horizonte provincial.



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   Fue costumbre desde los más remotos tiempos, que estas fiestas invernales fuesen celebradas a lo grande por los pueblos, San Antón, San Ildefonso, La Candelaria, San Sebastián, o San Blas con música de gaita, función mayor y algo que fue común en casi todas las poblaciones en las que hubo fiesta, el reparto de una caridad o un refresco que, dependiendo del lugar y sus medios, pudo de ser de pan y queso, queso y vino o pan, o vino, a secas. Por supuesto. Bendecido todo ello en la función mayor, antes o después de la procesión a la que acompañó, en no pocos casos, ese personaje, mitad diablo, mitad duende, que tan familiar se nos ha hecho en los últimos tiempos: La Botarga.

 

La botarga de San Pablo, de Fuencemillán

   Se ha convertido en poco tiempo en una de las señas de identidad de la villa. Contaba el ilustre y siempre recordado etnógrafo José Ramón López de los Mozos, que se había buscado para la botarga de Fuencemillán una vestimenta moderna y una careta a la veneciana.

   Se recuperó en 1998, y para entonces el traje se lo cosieron, o compusieron, las mujeres de la Asociación de Vecinos La Fuente, que fue la que recuperó al personaje diabluno y danzarín, por lo que está a punto de cumplir los primeros veinticinco años de su nueva vida.

    Poco antes de acceder a la plaza Mayor de la villa, después de conocer que tuvo, como tantas localidades más de por aquí un pasado vinculado a la viticultura hasta que la filoxera terminó con la mayor parte del viñedo, nos podremos dar cuenta, tras dejar atrás el último costarrón que desde la ermita de la Soledad y su Calvario conducen a lo alto, que Fuencemillán presume de botarga.

   No es para menos. Pues si joven puede que sea todavía, se ha ganado su lugar entre las que por estos días han de salir a tintinear, cencerrear y recordarnos que nuestro folclore goza de buena salud y tiene una riqueza que se tiende desde las altas cumbres de la sierra hasta la frondosa Alcarria, pasando, claro está, por el retazo de la Campiña. Y que San Pablo, en Fuencemillán, se continúa celebrando. quinientos años después, de la primera noticia de su voto.

   Trabajo tienen las botargas en eso de espantar males. ¡A ver si, entre todas, se los llevan!

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara,  21 de enero de 2022


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viernes, enero 14, 2022

VILLARES DE JADRAQUE: JARA Y PIZARRA

 VILLARES DE JADRAQUE: JARA Y PIZARRA

Al son de una novela: “Te daré gusanos de seda”

 

      La Cuesta Gorda, en Villares de Jadraque, fue uno de los parajes en los que, pronto hará dos siglos, los vecinos del entorno del Alto Rey comenzaron a horadar la tierra en busca del filón de plata que los hiciese ricos, como en otras ocasiones hemos apuntado, a la cercanía de la lumbre de Hiendelaencina. Por allí, por la Cuesta Gorda, se registraron unos cuantos pozos. Alguno de ellos con nombre tan curioso como el de "Asombrosa” dejaría a un lado la famosa leyenda que nos cuenta que un día de 1844, en el Canto Blanco, de Hiendelaencina, se descubrió la piedra de plata y, a partir de aquí, se inició la fiebre minera.


 

   Parece que no fue como se nos cuenta, al menos no lo que dicen los papeles oficiales; de ello ha quedado reflejo en algunos escritos de esta “Guadalajara en la Memoria”. A pesar de que, a partir de aquel mes de junio de 1844 en que se registraron los pozos mineros que dieron fama y riqueza a don Pedro Esteban Górriz y asociados, la fiebre subió de grados.

   El pozo de la mina La Asombrosa, perteneciente a la sociedad minera “La Fabril”, de la que era apoderado y titular don José Martínez, quedó registrado, y a partir del registro listo para los primeros trabajos, el 4 de julio de 1842. Claro está que no se registró como “mina de plata”, sino como mina de “hierro y otros metales”; puesto que por aquellos primeros años de la década de 1840 lo que se buscaba eran metales, hierro y plomo argentíferos.

 

El paisaje

   Nos lo describe, con alma y sentimiento, José Ignacio Llorente Olier en su primera novela. Una novela con título significativo: “Te daré gusanos de seda”. Novela que, a más de trasladar el pensamiento a esa tierra que se nos funde entre pizarrales y jaras a las faldas del Alto Rey de la Majestad, nos deja el regusto, amargo en ocasiones, de un tiempo que pasó como en un soplo de viento helado, aunque a veces se entretuvo demasiado en hacer de las suyas. Ante todo, por estos andrajosos andurriales que hasta muy avanzado el siglo XX no contaron con caminos medianamente carreteros a través de los que poder escapar de la miseria, como hoy llamaríamos al conformarse con lo que nos dio la tierra, de las gentes que por entonces la habitaron. 

GASCUEÑA DE BORNOVA, El libro, pulsando aquí
 

   Llorente y Olier son apellidos ilustres de estas, el Llorente está cosido a esta parte de Guadalajara, en ese seguimiento que vamos haciendo a los apellidos comarcanos; el Olier tiene algo de tinte y lustre, puesto que los Olier tuvieron casa señorial, con escudo esculpido en piedra, en Sigüenza; y un Olier, don Sebastián de Olier y Sopuerta, alcalde mayor que fue de la villa, recibió, por estos mismos días de enero de hace cosa de trescientos años, en su casa palacio de Atienza, nada menos que a quien sería uno de esos reyes que dejan huella, aunque sea a través de la guerra y sus batallas, don Felipe de Borbón. Y entonces, aquella noche en la que la casa de don Sebastián de Olier se convirtió en palacio real, nevaba si Dios tenía qué, como por aquí dirían. Que para eso corrían los días medios del mes de enero de 1702 cuando don Felipe V hizo por aquí su alto.

   El paisaje que de su pueblo nos traza el autor de la novela a la que nos referimos, en las primeras líneas de su prefacio, no puede ser más sencillo, ni más evocador, refiriéndose a un pueblo conocido: Pueblo de piedra negra, hondonada entre riscos de pizarra, lugar serrano. Fuente vieja, pozo de la Cuesta Gorda, olmo de las eras…

   Pues ya está, ese es el marco en el que, como en un espejo, se refleja el pueblo, que lo es Villares de Jadraque, que también lo fue del Alto Rey, como Gascueña y tantos más de su vecindad en los que, por estos días próximos al Carnaval, debieron y debieran de sonar los cencerros de la tradición a la luz de la luna y la sombra de los chaparros.

   El paisaje de esta parte de la provincia es en muchas ocasiones arisco con el caminante, pero siempre espectacular y dichoso. Por los lugares más asombros puede que discurra entre barrancos un arroyo que se empeña en llegar, aunque sea a trompicones, al padre río, que por aquí es el gran Bornova que pone nombre a tierras, pueblos y entornos. En otras se nos asoman las armaduras huecas de aquellas explotaciones mineras de las que más arriba hacíamos reseña. Por las tierras de Villares quedaron los ojos abiertos de la San Félix, la Oportuna, la Judiht, la Protectora, el Compromiso, San Rafael… y, si apuramos, un ciento más; en parajes con nombres acordes al entorno: Valdecarrascoso, Valdepeñascoso, la Tejuela o, por supuesto, Cuesta Gorda.

 

Los charlatanes de feria

   El cementerio de Villares de Jadraque es uno de esos que se abren al horizonte hermoso de la serranía. Los cementerios no tienen por qué ser lugares tristes y fríos, lo queramos o no, será nuestro último destino, para él nacemos. El poeta Ochaíta encontró la hermosura y la belleza en el de Hontoba; y el periodista Carandell escribió que el de Atienza es de los que mejores vistas gozan. Hay otros mucho más solitarios que por sí solos entristecen. No es el caso.

   Al de Villares de Jadraque lo rodea un mediano tapial de pizarra que no impide la fusión del horizonte, ni que a él se asome el conjunto mágico de una montaña que por cualquiera de sus lados está presente en la vida de todos los serranos.

   Parecido debió de ser el cementerio de Cerviños, el pueblo que el autor de la obra nos retrata por estos pagos, vecino de Villares, Zarzuela, Gascueña, Las Minas… En el de Cerviños debían de haber enterrado al herrero, que no lo hicieron, por el mes de noviembre de 1937, después de una noche oscura, fría y con nieve.  En aquel los muertos, nos cuenta el autor en su obra, daban miedo a los enterradores.

   Por estos pueblos se vivieron días duros en la década de 1930; primero la falta de trabajo; después tres guerras: las de los que vinieron a tomar los pueblos; la de los que los vinieron a echar, y la que siguió a la victoria o la derrota; de hambre, miseria y miedo.

ZARZUELA DE JADRAQUE, y de los alfareros (pulsando aquí)
 

   En esta tercera guerra, más o menos, fue cuando comenzaron a aparecer por las plazas de los pueblos los últimos charlatanes y los últimos titiriteros, que se ganaban la vida arrastrando un oficio de engaños, o de sueños.

   Por Atienza, la cabeza del partido, aparecían en cualquier época del año; establecían sus tiendas de campaña en la pradera de la ermita de la Soledad y, por unos días eternos, en los que ni las gallinas podían salir a la calle, hacían de las suyas. Que era cantar, embaucar o hacer soñar. Llevarse las gallinas a escondidas, también.

   En Cerviños acamparon en la plaza del lavadero, y Mingo, el herrerillo, se fue a soñar con ellos; a buscar gusanos de seda.

 

El son de la tierra

   El son de la tierra, por estos pagos, próximos como nos encontramos al Carnaval, es el cencerreo de los vaquillones que como espíritu que no encuentra descanso, meten miedo. Lo intentan al menos. Los vaquillones de hoy, cuando salen a cencerrear montaña y pueblo, lo hacen por cumplir la tradición. Lo hicieron siempre, pero mucho más en estos tiempos.

   El vaquillón de Cerviños, que salió la noche del sábado de Carnaval de 1940, también lo hizo por cumplir la tradición, y eso que eran, como los que ahora vivimos, tiempos duros.


 TE DARÉ GUSANOS DE SEDA, la novela, pulsando aqui


   Aquella, la del sábado de 1940, el espíritu rondó las faldas del Alto Rey como nunca antes, y cuando el mozo que dio vida al vaquillón se despojó de los andrajos y la cornamenta, respiró aliviado después de cumplir la tradición. Días después llegó lo que llegó, pero… Aquella noche el sonar de los cencerros espantó el miedo de las gentes sencillas del entorno de Villares, Zarzuela, o Gascueña; aunque retemblasen con el sonar de los disparos de fusil que lo trataron de cazar sin conseguirlo.

   No queda otra que soñar y espantar los malos tiempos. Los malos momentos. Quizá es algo de lo mucho que nos muestra la novela, que es como la vida, río que a veces se atranca y otras se desliza ameno, y siempre invitando al sueño. Nada mejor que invitar a leerla; buscarla, y leerla.

   Al autor se la puso en el mundo de la lectura la Editorial Bubok. No es mal momento para echarle mano y disfrutar de ella, al sonido lejano de los cencerros, que sonarán, también en este año atípico y oscuro; al amor de la lumbre; a la luz de la luna; recrearnos con esta tierra hermosa que se nos mece al arrullo del Alto Rey soñando, sin duda, con gusanos de seda, mientras los Vaquillones de Villares de Jadraque se preparan, un año más, para espantar los males y traernos buenas nuevas, por la Cuesta Gorda o por el puente del molino, por donde pronto comenzarán a florecer los cerezos, como lo hicieron entonces.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 14 enero 2022


 VILLARES DE JADRAQUE Y SUS VAQUILLONES (Pulsando aquí)

viernes, enero 07, 2022

LOS GISMERA, O CON MAYOR PROPIEDAD: XISMERA

 LOS GISMERA, O CON MAYOR PROPIEDAD: XISMERA

La historia de los apellidos tiene, en muchas ocasiones, orígenes curiosos

 

 

   Tan sólo hace unas semanas que en Arbancón se ha inaugurado un recorrido en el que se da cuenta del origen de algunos de los apellidos principales de la población; y es que, algunos de estos, los apellidos, están unidos desde que el mundo es mundo, o mejor, desde que se fundó la localidad, a algunos de nuestros pueblos.

   Los apellidos distinguieron a los gremios o los oficios; los hechos de quienes tuvieron el honor de añadir una gesta al nombre propio; las características físicas de quien lo originó, o, por supuesto, indican el lugar de nacimiento cuando este, el apellido, hace relación a alguna población.


 

   Por el apellido se conoce el lugar de procedencia, cuando estos gozan de ese tinte de exclusividad que los hace únicos en un punto del mapa. Sucede con los Borlaf en los límites de Guadalajara con las tierras de Ayllón; o con los Cerrada, que pueblan el entorno de la falda del Alto Rey de la Majestad tendiéndose a través de él por algunas de las más hermosas poblaciones de Guadalajara, desde Prádena a Gascueña, recorriendo el singular entorno del río Cañamares; como los Garcés que, provenientes de tierras navarras, se aposentaron en el no menos hermoso valle del río Salado y se extendieron desde Alcolea de las Peñas y Tordelrábano hasta Madrigal y Cincovillas (de Atienza), y ocurre con los Gismera, en ese triángulo que poco a poco se silencia, en el que confluyen las tres grandes poblaciones que han dado historia, acunadas por las aldeas del entorno, a la propia cabeza de partido, Atienza, a Hiendelaencina y, por supuesto, Miedes de Atienza.

 

Lo que cuentan los archivos

   No es nuevo en la comarca el apellido, ni apareció con la plata de Hiendelaencina, como en ocasiones se ha tratado de ver el curioso apellido Gismera, tan localizado y prácticamente exclusivo de esta tierra, al menos desde hace tres o cuatro siglos. En la actualidad se derrama por media España, parte de la otra e incluso ha traspasado las fronteras; cosas de la emigración.

   El investigador, estudioso y escritor Juan Luis López Alonso, activo colaborador de la archivada revista “Atienza de los Juglares”, dio claras pruebas a través de las páginas de aquella, de que allá por los siglos XVII y XVIII, los Gismera ya existían en la comarca atencina, convirtiéndose en seña de identidad no sólo de alguna de esas poblaciones señeras, también de las que las rodean.

   Claro está que los Gismera de entonces no eran como los de hoy; los Gismera de entonces eran Xismera, a secas. Como lo continuaron siendo a lo largo del siglo XIX y, en algunos lugares comarcanos de Miedes y Atienza, hasta bien entrado el XX.

   Por los años medios del XIX a algunos sesudos secretarios municipales, que siempre los hay, queriendo tener mayor mando en plaza que los académicos de la Real de la Lengua, comenzaron a intervenir en eso de los cambios de denominación de apellidos, e incluso de poblaciones. A unas añadieron letras, a otras las restaron y a algunos apellidos se las mudaron. Con este pasó en parte.

 

 

ALPEDROCHES, UNA TIERRA POR CONOCER, y que lo puedes hacer pulsando aquí

 

   El ilustre Orchano, originario de Santiago de Compostela en la siempre paternal Galicia, entusiasta de su localidad de acogida, cronista de aquella villa y colaborador desde sus tiempos mozos, y durante años, de este Nueva Alcarria, Juan Luis Francos Brea, siempre defendió la originalidad de los nombres propios y apellidos conocidos, y llevó muy a mal el que uno de aquellos escribanos públicos o secretarios municipales, en este caso don Romualdo Villavilla, que era natural de Carabaña, al ocupar el cargo de escribano de Orche, y por antojo propio, desde el 15 de enero de 1851 en el que por vez primera lo hizo, trastocó el Orche original por el Horche de sus sentimientos culturales. Cosas que pasan.

  

La Miñosa, Gascueña y Cañamares

   En uno cualquiera de estos tres pueblecitos serranos, hoy casi perdidas aldeas de la Serranía de Guadalajara, se encuentra el origen del apellido Gismera, cuando llegó desde la profunda e histórica Castilla, a nuestras tierras.

   En Alpedroches fue corriente por el siglo XVIII, al igual que lo llegaría a ser en La Miñosa; y en Ujados, subiendo un poco más hacía la Sierra de Pela, donde hoy su espinazo parte las provincias de Guadalajara y Soria, otorgó testamento Bernabé Xismera Zanzajo, quien en el documento se declaraba natural de Cañamares, aldea entonces de la jurisdicción de Paredes de Sigüenza, perteneciente Paredes de Sigüenza al señorío de los vizcondes de Torija, el 18 de abril de 1747.

   Aquel año y día fue cuando Bernabé Xismera, aquejado del último mal, quiso salvar su alma del maldito demonio (tal lo declaró al escribano en su última voluntad), dejando reseña de quiénes eran parte de su familia, diseminada por las poblaciones citadas, siendo gracias a él que conocemos los lugares en los que, al menos testimonialmente, los Xismera se encontraban desde, como poco, cien años atrás.

   Pedía en su última voluntad, Bernabé Xismera, ser enterrado en la iglesia parroquial de Cañamares, donde fue bautizado, en la misma sepultura en la que ya descansaba su padre, Julián Xismera. Lo que tenía en dinero lo gastó en misas, por el bien de su alma; y como era costumbre acordarse de los ancestros en semejante trance, también dejó algo para que se dijesen misas por sus tíos, Paula, Carlos, Melchor y Baltasar Xismera, que descansaban a la eternidad postrera de los siglos, lo mismo que sus abuelos, al pie del altar mayor de la hermosa iglesia de Cañamares que aún conserva, como tantas de estas tierras, su portada primitiva y su espadaña levantadas sin duda en tiempos del románico. A su madre encargaba el cumplimiento de las disposiciones, a cambio de dejar a su padrastro, Julián Cercadillo, un huerto que tenía en medianía con otro de sus tíos, Pablo Xismera; encargándola también que en los nueve días siguientes a su entierro se diesen de limosna, sobre su sepultura, como era igualmente costumbre en este tiempo, media libra de pan a cada pobre que por ella pasase a rezar unas preces en bien de su alma.

 



 AQUÍ, LA MIÑOSA


   El tal Pablo Xismera, el vecino de la huerta, tiempo después, estaría en Atienza firmando otros documentos; Y otro Blas, Xismera, también testaba en la villa castillera a favor de su mujer, María de la Vega, mucho antes que los otros, el 25 de agosto de 1702.

   Hipólito Xismera, que testó en Atienza el 11 de marzo de 1852, dejó por testamentaria a su mujer, María Castel. El señor Hipólito provenía de Gascueña, entonces del Alto Rey y hoy de Bornova, y en Atienza, crecieron sus vástagos.

   También estaban por entonces asentados los Xismera en Miedes de Atienza, desde donde marchó a Hiendelaencina, en tiempo de la plata, por aquello de buscarse la vida en la minería, un muchacho de poco más de veinte años, llamado Venancio Xismera, natural, como tantos más de los Xismera de este tiempo, de Cañamares. Mala vida tuvo el joven Venancio, pues fue uno de aquellos a los que no acompañó la suerte cuando en la madrugada del 18 al 19 de octubre de 1864, la desgracia zarandeó el mundo minero de Hiendelaencina con el incendio de una de sus explotaciones, atrapando dentro a un número indeterminado de hombres. Aquella madrugada, como a las tres, alguien dio la voz de alerta en torno a lo que estaba sucediendo en uno de los principales pozos mineros, el de la Perla. La historia de aquel día contó que el Ingeniero Jefe de minas bajó voluntario en busca de los atrapados, otros dicen que lo hizo a la fuerza y obligado…, y tampoco regresó. Venancio Gismera fue de los que acudieron al rescate de los rescatadores y se contó entre los doce, catorce o veinte muertos de aquella desgraciada jornada. A su padre, Pablo Xismera, le dieron 300 reales en compensación por la pérdida del hijo. Y uno de sus hermanos llegó a ser, tiempo después, alcalde de la población minera.

   Los Xismera más antiguos conocidos provienen de las tierras de Burgos. Cuentan las viejas leyendas que hallándose en aquella ciudad el ilustre Íñigo López Mendoza, marqués de Santillana, al promedio del siglo XV, salió a cantarle coplas uno de aquellos no menos ilustres poetas de su tiempo, Juan de Mena, quien hizo referencia en su obra a los xismes que contase uno de los alguaciles del Concejo. Un alguacil al que, en lo sucesivo, trastocaron su nombre por Xismera.

   El paso del tiempo cambió el uso de las letras y la X, como fixo (hijo), o exemplo (ejemplo), con la moda del reajuste de las silabantes y la ayuda de secretarios y escribanos, comenzó a cambiarse por la J o por la G.

   Curioso origen para un apellido, nacido de contar chismes, y que los continúa contando seiscientos años después.

 

 Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 7 de enero de 2022

 

 

HISTORIA DE LA VILLA DE ATIENZA (Conoce el libro, pulsando aquí)
 

 

 

jueves, diciembre 30, 2021

JUAN DIGES ANTÓN. EL RETRATISTA DE GUADALAJARA

 JUAN DIGES ANTÓN. EL RETRATISTA DE GUADALAJARA

Con la pluma y el lápiz, contó la historia de la ciudad

 

   Don Juan Diges Antón se hizo mayor escribiendo sobre Guadalajara, la ciudad de su nacimiento, desde que descubrió, con poco más de veinte años de edad, su pasión por la historia y el dibujo. La pasión por la historia de su ciudad natal que trató de descifrar de manera sencilla y amena, y de dibujar, a su manera, para dejarnos el reflejo del tiempo en el que él la conoció.

 


 

   Nació cuando concluía el fatal año de 1855, el 27 de diciembre. Fatal porque fue uno de esos que España, y con España, Guadalajara, quisieron olvidar cuanto antes pues fue, el de 1855, uno de esos que pasaron a la historia como “el año del cólera”, en el que Guadalajara, capital y provincia, perdieron una buena parte de la población a causa de una epidemia mortal que se extendió por el mapa español, casi sin saber de qué manera. Y es que la historia de las epidemias y enfermedades se nos repite, lo queramos o no, cada cierto tiempo.

   En aquel dichoso año en el que nació don Juan Diges, a falta de hospitales y casas de salud en los que atender a una población enferma, se llegaron incluso a habilitar plazas de toros para atender a los epidemiados. De tal manera castigó aquel mal del Ganges que diezmó poblaciones y llenó de luto a familias enteras.

 

Las dichas y desdichas de don Juan

    Cuentan del señor Diges que nació en una familia sin demasiados posibles, que solían ser en aquellos tiempos las más de las familias de la provincia, y que la que él formó fue una de esas a las que la mala suerte acompaña a través de los tiempos, pues don Juan, que formó la propia, y fue numerosa, al final de sus días se quedó prácticamente solo, pues murieron padres, hermanos, mujer e hijos. A la vista de tantas desdichas como la vida le dio, anotó en su libro del viaje de la vida que: continuó mi interrumpida tarea de bibliotecario… después de las desgracias que Dios se ha servido probarme…

   Veía la luz su escrito el 1º de marzo de 1890, cuando regresaba a su puesto en la Biblioteca del Ateneo Caracense, institución que había ayudado a fundar unos meses atrás, formando parte de su cuadro directivo, como uno de los muchos guadalajareños que por aquel tiempo creyeron en el Volapük, que trataba de ser la lengua universal y que por entonces se extendía con rapidez. Don Juan Diges ocupó en aquella sociedad guadalajareña todos los cargos posibles, desde la vicepresidencia a la secretaría, casi siempre con la colaboración de alguno de sus hermanos, a los que también llevó casi de la mano por el mundo de la cultura de una Guadalajara que despertaba a la historia y el progreso.

 

 

GUADALAJARA Y SUS SANTAS RELIQUIAS (Pulsando aquí)

   Al Volapük, y al Ateneo Caracense llegó desde el cuerpo de Obras Públicas provinciales, pues aunque estudió para Maestro, nunca ejerció, y a pesar de haber ingresado en la Comandancia de Ingenieros Militares, donde se soltó en la delineación y en el dibujo, fue en las Obras Públicas provinciales donde desarrolló su vida, cuando el Cuerpo de Camineros, de Sobrestantes y de Ingenieros se extendía por la provincia comenzando a abrirse carreteras y construirse puentes. En aquel oficio, como Sobrestante de Obras Públicas, se jubiló en 1923. En Obras Públicas ingresó el 22 de enero de 1881, como delineante auxiliar, por el tiempo que las necesidades lo exijan. Que fueron prácticamente cuarenta y dos años.

 

Juan Diges, dibujante y diseñador

   La revista del Ateneo Caracense, que comenzó a publicarse en la ciudad en 1880, fue una de las primeras que vieron estamparse en sus páginas la firme de don Juan, y en la que aparecieron algunos de sus numerosos dibujos, planos o estampas sobre los monumentos de una ciudad que comenzaba a ver cómo se iban perdiendo. Parece que fueron los últimos años del siglo XIX tiempos en los que una parte importante de la arquitectura provincial desapareció en beneficio, debieron de entender entonces algunas sabias cabezas, del progreso. Lo viejo era, sin más, viejo, y había que renovarlo. A pesar de que por entonces se encontraba vigilante de que aquellas obras no desapareciesen una Comisión Provincial de Monumentos que en no pocos casos miró para otro lado.

   También perteneció, don Juan Diges, a la Comisión Provincial de Monumentos, adentrado ya el siglo XX en el segundo decenio, cuando muchos de los edificios históricos de la ciudad y provincia se habían mandado al rincón del recuerdo y sus piedras se empleaban en nuevas edificaciones.

 

BOTARGA LA LARGA. EL LIBRO DE LAS BOTARGAS (PUlsando aquí)

 

   La cabecera de la revista del Ateneo Caracense fue tan sencilla que no necesitó de muchos adornos para darse a conocer, en cambio sí que diseñó el señor Diges, en 1896, la cabecera del entonces semanario por excelencia de la provincia, el famoso Flores y Abejas, del mismo modo que diseñó la cabecera y portada de sus libros, y, por supuesto, la revista que fundó junto a Manuel Sagredo, que llevó el título de “Revista Popular” que fue la primera que en Guadalajara introdujo ilustraciones, la mayoría del propio Diges Antón; e incluso participó don Juan en la revista “Atienza Ilustrada” y su secuela, “Alcarria Ilustrada”, dos de las numerosas en las que vieron la luz sus trabajos y en las que, a pesar de fundarse en aquella villa, en 1898,  en sus páginas no figuraron firmas conocidas que fuesen natales de la castillera población.

   Entre sus dibujos de la ciudad, y de la provincia, sencillos y evocadores, quedaron para el futuro la Torre del Alamín, el Palacio del Infantado, el de los duques de Sevillano, el palacio municipal, el santuario de la Antigua, el Monasterio de Lupiana, iglesias, calles…

 

Juan Diges, historiador de la ciudad

    La mayor parte de la obra escrita por don Juan Diges Antón se centró en la ciudad de Guadalajara, de la que bien se pudo decir que fue su cronista en los últimos años del siglo XIX y los comienzos del XX.

   En aquellos dio a la imprenta, en solitario unas veces, o en unión de otro de los apasionados de esta tierra, Manuel Sagredo, las demás, obras como la más que famosa “Biografía de hijos ilustres de la provincia de Guadalajara”, que vio la luz en 1889; un año después mandaría también a la imprenta su “Guía de Guadalajara”, que fue la primera obra instructiva para conocimiento del visitante, y de propios, editada en la ciudad, dando a través de ella una sucinta explicación histórica de lo que el visitante podría encontrarse en su recorrido a través de una Guadalajara que trataba de modernizarse. Precursora, aquella guía, de una revisión a la que en 1914 puso el título de “Guía del Turista en Guadalajara”. 

GUADALAJARA, FERIAS Y MERCADOS (Pulsando aquí)
 

   Aquellas desgracias de las que antes hablábamos, harían que don Juan, recordase a sus lectores que, mientras escribía aquellas obras, alguien de su familia lo dejó para siempre. Dedicando al difunto el libro, como por entonces hacía otro de los grandes de la pluma, don José María de Pereda, quien recordaba la marcha de sus hijos, señalando con una cruz la página del manuscrito de la obra en la que conoció la triste nueva.

   Aparte de sus guías también dejó algunas obras señaladas sobre historia local: El Periodismo en Guadalajara, o su más que conocida obra: “El convento de Santa Clara”; títulos que le valieron para ser nombrado Delegado Regio de Bellas Artes, así como para ingresar, como Académico correspondiente por Guadalajara, en la Real de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, y de la de San Fernando, de la capital del reino.

  

Cosas de mi tierra

   Quizá fue la serie de artículos que llevaron aquel sello lo que lo hizo popular en la ciudad. Bajo él, escribió de don Miguel Mayoral, del doctor Atienza Baltueña, del Cardenal Cisneros, o de cualquiera de aquellos personajes históricos de una Guadalajara a los que trató de manera familiar, puesto que escribió sus biografías; describiendo concienzudamente los grandes y pequeños emblemas de la ciudad, desde la capilla de Luis de Lucena a la de los Urbina. Convirtiéndose en un firme defensor del patrimonio y la historia de Guadalajara. Quizá se deba a él la salvación de la capilla de Lucena o la torre del Alamín, que a punto estaban de perderse cuando puso su mano sobre la cuartilla para exigir de las autoridades que aquello no ocurriera.

   Sin duda, tuvo más amigos que enemigos, tantos que, cuando el 29 de diciembre de 1925 dejó este mundo, Guadalajara se prometió que no lo olvidaría y, desde luego, la ciudad lo continúa recordando.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 30 de diciembre de 2021

 

BENITO HERNANDO. UN SABIO ALCARREÑO (Pulsando aquí)
 

jueves, diciembre 23, 2021

EL VALLE DEL SALADO, POR NAVIDAD

 EL VALLE DEL SALADO, POR NAVIDAD

Entre Atienza y Sigüenza, fue el paraje salinero de mayor industria provincial

 

   Convenientemente empingorotado sobre su cresta de rocas, que pudieran semejarse a cuchillas de defensa, se levantó altanero, hace más de mil años, el pequeño castillo de La Riba de Santiuste. Pequeño en extensión y grande en horizontes, puesto que se sitúa dominando uno de los valles más ricos de la provincia de Guadalajara, y hasta no hace demasiado tiempo desconocido también, después de que el producto que fue parte de su riqueza, la sal, dejase de ser apreciado en esta parte de la Península. El castillo de La Riba dominó esta visión del valle, aunque no fue el único de los que sirvieron de vigía. A no mucha distancia se encuentra el de Palazuelos, entre medias el de Iñesque; más allá el cidiano de Jadraque y, en medio de todos ellos, un sinfín de no menos altaneras torres que desde Membrillera a Santamera sirvieron para decir que esta tierra fue parte importante en el mundo de una industria hoy en el recuerdo.

 


 

   Eran aquellos, en los que el castillo de La Riba dominaba el entorno, con la custodia altanera de los de Atienza y Sigüenza, los tiempos en los que esta tierra se encontraba a medio camino entre la cristiandad y la morisca que se enriscó en Granada, como último recurso a la dominación árabe de la Península. El castillo de La Riba terminó, con el pasar de los siglos, como tantos más, derrotado por el tiempo. De la misma manera que el tiempo derrotó a la industria salinera. Después el mismo tiempo se encargó de coser a sus murallas, tanto como a las piedras que rodaron por entre aquellas cuchillas de su defensa, ciento y una leyenda. Las que dan pie a que la historia se sazone y atraiga la curiosidad de quien se introduce en ella.

 

El río, y el valle de la sal

   Es al final de la primavera cuando, con los primeros calores, comienzan a destacar las vetas de sal sobre la tierra roja de esta parte del rincón provincial en este bendito valle del Salado. Del río de la Sal. Un nombre que se pierde tras los confines de esta comarca. Pues es río de muchas derivaciones que abren surco más allá de Sigüenza. La denominación de Salado no se da únicamente al hilacho de aguas que serpentea abriendo la veta de tierra desde Valdelcubo hasta las proximidades de Baides, es nombre que se generaliza lejos de esta parte de la histórica Castilla en la que la sal fue abundosa, y lo continúa siendo aunque no sea de provecho.

   Uno de los mejores estudiosos provinciales en el ámbito de la geología y la geografía patrias, Carlos Castel, lo describió por los últimos años del siglo XIX, en la que quizá fue lo mejor de la sazón de su riqueza, como antes se hiciera para aquel Diccionario que Pascual Madoz puso en el orbe de la historia: Salado o Salinero: pequeño río que nace en la provincia de Guadalajara, partido judicial de Atienza, término jurisdiccional de Valdelcubo, desde donde marcha a bañar los de Sienes, Santamera, La Barbolla y Carabias; abandona luego el partido y penetra en el de Sigüenza por el término de Imón, en el que toma algunos derrames de las salinas que le dan nombre; continúa su curso por la jurisdicción de Olmeda, Atance, Huérmeces, Vianilla y Baides, y va a morir en el Henares, cerca de los molinos de Ancho, término jurisdiccional de Castejón.

Paredes de Sigüenza, cruce de caminos (Pulsando aqui)
 

   Carlos Castel nos añadió que el cauce es llano y su marcha tranquila, aunque se vuelve un tanto precipitoso al penetrar en el angosto callejón de Santamera. Un callejón que lleva nombres apropiados a sus alturas: La Bocana del Infierno, la de los Enamorados o la de la Mujer Muerta.

   Debió de ser don Tomás Camarillo quien mejor nos dio la razón de aquellas denominaciones, cuando nos contó la historia del tío Quico de Santamera, dando razón de la alta cortadura de La Mujer Muerta, mientras los carroñeros abantos sobrevolaban el entorno aquella mañana de la imprecisa Pascua de la Navidad.

   Junto a él, en el valle, y a través de alguno de los pueblos de su paso, se señalan las poblaciones de Alcolea de las Peñas, Cincovillas, Huérmeces del Cerro, La Olmeda de Jadraque, Paredes de Sigüenza, La Riba de Santiuste, La Barbolla, Sigüenza, Valdelcubo y Viana de Jadraque, que son las que más o menos se señalan; junto a ellas debían hacerse figurar las de Valdealmendras, Villacorza y, tal vez, una docena y media más. Poblaciones al día de hoy reducidas a la mínima expresión y que fueron, hasta los años finales de la década de 1960 famosas por sus salinas.


 Riba de Santiuste, en tierra de castillos (pulsando aquí)


   Todavía, en la presente actualidad de nuestros días, se puede seguir el rastro de los que fueron dichosos salinares de Paredes de Sigüenza, Rienda, Valdealmendras, Riba de Santiuste, Bujalcayado, El Atance, Carabias, Riosalido, Santamera, Tordelrábano o Valdelcubo y, por supuesto, de las grandes explotaciones de Cercadillo, La Olmeda o Imón.

 

Un valle universal

   Ha sido de un tiempo acá cuando el valle del Salado ha comenzado a tener protagonismo en los medios de comunicación; a raíz del sano intento de la declaración de Sigüenza y su entorno como Patrimonio de la Humanidad, incluyendo al valle dentro de esta denominación.

   Numerosos estudios, con anterioridad a esta pretensión, que quiera la dicha que alcance la meta deseada, lo llevaron al conocimiento y estudio en las universidades; dignos de mención son los grandes trabajos, entre otros muchos, de los sabios catedráticos Malpica Cuello y García-Contreras, y dignos, a juicio de quienes los han estudiado, son los trabajos que, en torno a las salinas provinciales ha firmado este humilde relator. Trabajos que sirven, y han servido, para ser parte de nuevas historias, desde las cátedras de estudios de geología de algunas universidades, a la Escuela Técnica de Arquitectura Superior madrileña que dedica desde hace algún tiempo un espacio al estudio de la Conservación y Restauración del Patrimonio Arquitectónico y lo hace ahora con este de las salinas. Un Patrimonio Arquitectónico, el del Valle del Salado, prácticamente perdido. Y eso que, en la mayoría de los casos, las grandes explotaciones salineras fueron declaradas en su día “Bien de Interés Cultural”.

   Claro está que, tantos son, los Bienes de Interés Cultural con los que cuenta nuestra tierra, que no tenemos ojos suficientes para mirarlos; ni manos para sostener los muros que se derrumban.

   Es, por demás, una tierra, la del Valle, prácticamente despoblada. Hasta no hace demasiados años, estos pueblos crecían al color blanco de la sal, ante todo desde que en 1870 se decretó el desestanco y las industrias se expandieron más allá de los dictámenes de la Real Hacienda.

   La sal, que tantas arcas engrandeció y tantos patrimonios engordó, dio trabajo a las gentes de estas tierras, que tuvieron que emigrar cuando las salinas dejaron de ser productivas, o simplemente se comenzaron a abandonar, allá por la mitad del siglo pasado. Hasta entonces, hasta el desestanco de la sal de 1870, las grandes explotaciones de La Olmeda e Imón, fueron capaces por sí solas de mantener no solo a aquellas dos poblaciones, sino a algunas más del entorno, llegando sus habitantes a preferir, a pesar de la dureza del oficio, el trabajo de salinero por unos meses, al de agricultor por todo un año.

   Era Santamera por entonces, cuando Tomás Camarillo tomó el relato de la leyenda de la Mujer Muerta de boca del tío Quico, un pueblo encantador de vegetación exuberante y vida pobre. Sobre los riscos, lo que antaño llamaron el castillo de La Motilla, de cuyas piedras no queda rastro; subido a lomos de los cortados que semejan, en este tiempo, las faldas musgosas de un gigantesco belén.

   Don Julián Gil Montero retrató literariamente a las pastoras que oteaban desde las alturas de los cortados, de vestidos chillones y churriguerescos, sentadas en lugares inaccesibles, afectan esas posturas de estabilidad inverosímil de las figuritas de nacimiento, que escribió.

   Y el tío Quico, contando la desventura de aquella noche de la Nochebuena de Santamera: La Pascua de la Natividad del Señor, hacía sonar los rabeles y panderos con himnos y cánticos de villancicos apropiados a la fiesta del día. Recogidos en los hogares se hallaban las gentes. Al exterior la nieve adornaba las calles del pueblo…

 

Santamera, entre el cielo y la tierra (pulsando aquí)

 

   Bueno, la leyenda que sigue no tiene feliz final; en cambio sí que es hermoso el paisaje, que semeja la estampa de un gigantesco belén, con su río, sus riscos, su castillo, y la superior belleza de un valle que resurge, y al que siempre es conveniente regresar. Descubrir sus castillos, sus paisajes…, y, sin duda, el final de las leyendas que lo acompañan. En ningún lugar mejor para hacerlo, que en el que tuvieron su nacimiento.

   Merece la pena recorrer el valle de extremo a extremo, y concluir el viaje al calor y verdor de los riscos de Santamera.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 23 de diciembre de 2021

 

 EL VALLE DE LA SAL.
La novela


   A pocas leguas de la ciudad de los obispos, en la que se levanta la catedral, se encuentra el Valle de la Sal, en el que, gracias a las fuerzas de la naturaleza, la sal, tan necesaria al hombre para la vida, afloró a la tierra.




   La ciudad de los obispos, al igual que la catedral, se levantó con el producto de alguno de los muchos salinares del valle al que, para guardarlo, se dotó de castillos desde los que defenderlo. También surgieron en el valle otras villas que con sus castillos, iglesias y conventos contribuyeron a engrandecer la tierra del rey. Villas que, al igual que la ciudad de los obispos, creció gracias al  beneficio de la sal; hasta que los reyes de Castilla se dieron cuenta de que la sal la puso Dios en la tierra para beneficio de los reyes y emperadores; para que con su producto hiciesen la guerra, ensanchasen sus reinos y pudieran tener de qué vivir.







   Es parte del argumento de una magnífica novela en la que su autor nos introduce en el mundo de los salinares de interior, concretamente de la provincia de Guadalajara y sus antiguas salinas de Bonilla, situadas entre las actuales de Imón y de La Olmeda, en el conocido “Valle del Río Salado”, entre las importantes poblaciones de Atienza y Sigüenza.

   Un hecho aparentemente insignificante para aquellos tiempos, un caso de corrupción en la administración de la Real Hacienda, cuando el siglo XVI comenzaba a dar sus últimos pasos, nos sirve para introducirnos en un mundo hasta ahora desconocido, el del trabajo en las salinas de interior desde los tiempos de la Reconquista hasta el siglo XVII; tema que el autor ha estudiado concienzudamente hasta ser uno de los mayores conocedores del mundo de la sal; habiendo dado a la imprenta numerosos trabajos en torno a ello, que han pasado a engrosar la bibliografía de importantes universidades de dentro y fuera de España.

   Con maestría narrativa, el autor nos introduce en ese mundo, el de la sal; en el de las catedrales medievales, como la de Sigüenza (Guadalajara), ante la llegada de un nuevo obispo; en el de los conventos franciscanos, desde los que salen los frailes que han de predicar la humildad, y que serán perseguidos de alguna manera por los clérigos, cuya vida tiene poco de humildad y mucho de arrogancia.

   La obra original: “El Guardián del Salar”, fue unánimemente elogiada como referente histórico de un mundo hasta ahora escasamente estudiado, obteniendo el premio de Narrativa Histórica “Álvaro de Luna”.

   Sin duda, “El Valle de la Sal” culmina aquella obra anterior, al tiempo que servirá de eje para obras futuras sobre un mundo, el de la sal, que tanta historia dejó en tierras de Castilla.



El libro: 
Tapa blanda : 400 páginas 
ISBN-13 : 979-8679801325 
Dimensiones del producto : 13.97 x 2.54 x 21.59 cm 
Editorial : Independently published 
ASIN : B08GVGCTJX 
Idioma: : Español

Versión Kindle 
Longitud de impresión : 291 páginas 
Word Wise : No activado 
Tamaño del archivo : 1796 KB 
Texto a voz : No activado 
Uso simultáneo de dispositivos : Sin límite 
Lector de pantalla : Compatibles 
Tipografía mejorada : Activado 
Idioma: : Español 
ASIN : B08GS6Y4NR





 

 
AQUÍ PUEDES LEER EL COMIENZO...



PRIMERO
28 de enero de 1611
Nona

    El frío es, quizá, la extraña soga que traba nuestro espíritu. El látigo que nos azota. El telón que nos cierra el horizonte. La voz que nos lleva al recuerdo.
    Por ello, al sentirlo y advertir que me encogía sobre el escritorio, el padre Guardián, en contra de su costumbre, alzó la voz al pasar por delante y ver la extraña figura que me hacía componer:
   -Abrigaos, os va a dar un pasmo.
   Fue como un espíritu deslizándose por el corredor. Tratando de hacer el menor ruido, como el soplo de aire que penetra por la ventana y por ella se vuelve al lugar que lo trajo.
   Lo vi perderse arrebujado en su capa, como una sombra que se desvanece en medio de las tinieblas en busca de la portería. Después se escuchó la campana de la puerta al abrirse  y el profundo eco de la madera al cerrarse.
   El mejor abrigo contra el frío está en la calidez de la lumbre. Y en el oscilar de la llama bailoteando en medio de las tinieblas, que también me lleva a ello, al recuerdo. A los días agrios en los que la hoguera se encendió para librar del mal al entorno, a juicio de los hombres, y dejar en mi conciencia el pesar que desde entonces me encoge y será la losa que me ha de perseguir hasta la muerte.
   Un viento helado penetra en el cuarto encogiendo los ánimos al tiempo que arranca a las aberturas del ábside de la iglesia un sonido que parece quejido de difunto subiendo de la cripta en busca de la libertad que le ofrecen las ranuras que lo sacan al mundo, zarandeando con su invisible mano las vidrieras, que con el zarandeo amenazan con venir abajo y caer sobre nosotros en el momento en que, Dios no lo permita, nos encontremos celebrando los oficios. Es ahora cuando me pregunto dónde están las famosas riquezas de la iglesia, la pródiga mano divina que todo lo enmienda o la caridad del mundo, que no ponen remedio a nuestros males.
   Las miro ahora y me viene el mal presentimiento pues frente a mí las tengo, queriendo imaginar lo que fueron cuando los vidrieros las terminaron de componer dando al interior del templo un juego de luces que a nuestros pasados debió de parecerles creado por los mismísimos ángeles, y un sentimiento de dolor me invade ante el temor de que puedan perderse, que como digo lo harán si nadie lo remedia. Como la iglesia misma. Como el conjunto entero de este santo lugar, otrora casa de reyes y hoy ruina de los desapegados tiempos que nos persiguen.
   Las paredes desnudas del cuarto sobre las que el reflejo de la lumbre no hace sino arrancar sombras que parecen danzar en un baile infinito que más parece burla de demonio, no hacen sino lanzar más frío dentro. Como que todo el del entorno se nos mete en la casa y no hay puertas ni murallas, por espesas que sean, capaz de contenerlo.
   Se echan a faltar aquellos tapices que en el castillo del obispo, la casa del Corregidor o las capillas de la catedral tratan de dar calidez a las estancias, sin conseguirlo en ocasiones, al tiempo que visten la desnudez de la piedra.
  -¿Cómo se os ocurre imaginar –me lanzó fray Andrés Torija al escuchar mis pensamientos- que podrían estar cubiertas nuestras paredes de lienzos?
  -¿Por qué no? –Respondí preguntando nuevamente cuando aquello surgió-. Tapices historiados que cuenten la de nuestra casa como aquellos cuentan la historia de las batallas de los obispos, las guerras de los reyes o las conquistas de los papas. ¿Por qué los nuestros no podían contar los milagros del Patriarca, la vida de nuestros santos o las obras de quienes nos precedieron en esta tierra?
   Sin duda los contarán en otras casas, regiones o países, que no en la nuestra. Tierra pobre y a la que su pobreza no permite esos excesos. La vida y obras del Patriarca se trazan en las vidrieras y sus colores, junto a sus hermosas proezas, las llenan de vida.
   Fray Andrés, tan loco en otras ocasiones; cuerdo al presente, sonrió como lo hacen los chiquillos a la mirada del dulce.
   -¿Y quién los pagaría?
   Esa era la pregunta que más dolor podía causar. ¿Quién pagaría las telas ricas, los tapices, las obras del claustro o la sopa que terminará llenando las escudillas cuando se nos llame al refectorio, en tiempos en los que ni para llenar las escudillas tengamos?
   -Día llegará en el que…








   Y su dicho quedaba suspendido como el vuelo del azor en el aire a la espera de caer sobre la presa, cuando la presa mostrase su descuido.
   Nuestra señora doña Teresa Bravo, de tan grata memoria, legó algunos tapices de los suyos, tejidos en hilos de oro y plata, a la casa. Los que, sin duda, caldeaban sus cuartos cuando el fuego siempre acariciador del hogar la gratificaba con lisonja. Los de la torre de los Bravo, que se enseñorea sobre la muralla como si quiera hacer burla a las del castillo mirándolo, que también parece que las piedras cuando quieren miran, de abajo a arriba. Haciendo equilibrio en el mismo ángulo de la muralla en la que, bajo ella, se abren las puertas principales. Cómo para dar cuenta de que hubo un tiempo en el que los Bravo fueron amos y señores de esta tierra. De la villa, sus hombres, mujeres y bestias. El castillo, del Rey; la villa, de los Bravo, que bravos se hicieron en la conquista de esta tierra. Y sobre sus puertas, para saber quién entra y sale de ella, alzaron sus torres.
   Los tapices de doña Teresa apenas cubren un lienzo del muro de la capilla en la que mandó situarlos, frente al lugar en el que reposan a la eternidad sus restos; sin que se note calentura alguna en la iglesia. Tan fría como cualquier otra de nuestras estancias. Desangeladas como el aula en la que, en los buenos tiempos, se dieron las lecciones de gramática que tanto se echan a faltar en nuestros días. Sin más ornato en las paredes desnudas que un humilde crucifijo sin crucificado que nos recuerda que más que nosotros padeció nuestro Señor por la cristiandad entera.
   Llevaba razón fray Andrés Torija al discutir que nuestras paredes se cubriesen de lienzos; de poco nos hubiesen servido los tapices a la hora de templar los cuartos o enlucir las piedras. De estar las paredes de nuestra casa cubiertas de lienzos, pobres o ricos, los hubiésemos tenido que vender al mejor postor para tener de qué comer. Pues no siempre hubo con qué llenar los platillos. Y de caldear los cuartos en tiempo de hielo, de no tener buena leña con la que alimentar la lumbre poco han de hacer las telas por finas que sean, pues para que den calor hay que calentar las paredes antes.
   -Pero no me negará vuestra paternidad… -Ingenuo de mí, que imaginé lo contrario.
   -La vida es sacrificio. Y sin sacrificio nada hay que tenga valor –observó el dichoso fray Andrés frunciendo el ceño y entornando los ojos, hecho sin duda a la dureza del clima de la villa, tantos años como llevaba poniendo los pies sobre esta tierra que ni en los días de mayor calentura arranca el sudor de la frente.
   Para fray Andrés a todo en la vida se llega a través del sacrificio. Sin admitir la verdadera realidad.
   -Que siempre los sacrificados son los mismos –murmuré, imaginando ingenuamente que por la dureza de su oído no me escucharía.
   A pesar de no escucharme, el muy astuto leyó en mis labios; como que quienes pierden un sentido desarrollan otros que lo suplen. Por lo que no faltó su reprimenda antes de dejarme concluir el pensamiento.
   -Sacrificio, y penitencia –insistió-, en la vida toda ha de ser sacrificio y penitencia; a través de ello alcanzaremos la gloria.
   Pude replicarle, continuando el murmullo, para que lo escuchase a viva voz que los sacrificados, como digo, éramos siempre los mismos, los pobres, los necesitados o los haraposos en quienes se ceba de continuo la desgracia; que ya pudiera hacerlo alguna vez en los poderosos, de los que huye como del agua el gato, pero me hubiese respondido que el sacrificio lo habíamos buscado nosotros en la pobreza y, como en parte era cierto, no continué con una cuestión que a nada conducía, salvo a una de esas discusiones que al final nada aclaran y todo lo terminan enturbiando.
   Todavía cuando marchaba se volvió desde la senda de la huerta:
   -Recordad, sacrificio y penitencia engrandecen al hombre y lo acercan a la salvación.
   Y dicho ello sus pasos se fundieron con la alargada y fina sombra de los chopos, empezando a desnudarse al frío del invierno.

*****
    La nieve cubre todo lo que la mirada alcanza, y suerte fue que el lagrimeo de los cielos se inició llegados ya a la vista de la villa, de la contra y visto cómo nos amaneció el día nos hubiera dejado en el camino contraídos a cualquier refugio y ateridos de frío; o mejor, hechos masa de hielo a semejanza del paisaje y fundidos en él. Que no sería la vez primera en la que alguno de los nuestros creyendo buscar la salvación al abrigo de una covacha halló en ella la muerte dulce de quien se duerme al  frío para despertar al calor del paraíso.
   -La muerte  más dulce. Pues quien helado muere lo hace soñando en el amor celestial, en el calor divino...
   Fray Salvador, tan metódico en sus actos como en sus observaciones médicas, siempre defiende que la muerte por congelación es tan dulce, o más, que el santo martirio que llevó a los primeros cristianos a nuestro diario santoral. De ahí que quienes, entregados a padecer por los demás, en lugar del hielo buscasen el fuego. Pues en el fuego, que todo lo purifica y es muerte menos dulcificada, está también el martirio.
   Fray Salvador, como si de un físico que en todo busca remedio o de un cirujano que extirpa el mal se tratase, continuó su razonamiento en torno a la muerte por el frío.
   -Se duermen los pies primeramente y el cosquilleo del sueño va subiendo a través del resto del cuerpo hasta que, sin darnos cuenta, cerramos los ojos y…
   -No se vuelven a  abrir –repliqué, sin aguardar el final de su charla.
   Su mirada lo pudo decir todo sin decir nada. Ni le gustó la interrupción ni fue de su agrado lo que salió de mis labios.
   -Sí, sí que se abren, en el Paraíso –sentenció, sin prestar atención, en apariencia, a la impertinencia de mi interrupción.
   Alma de santo y palabras de maestro las suyas. Incomprensibles en tantas ocasiones para quienes no conciben la santidad en las pequeñas cosas.

*****
   De la lumbre brinca la llama jugando a estirarse y encoger conforme la corriente de los corredores marca el baile. La corriente entra y sale, libre como el ave, a través de las arcadas del claustro, adormece el interior y da la vuelta, por si se dejó algo en el camino.
   El pocillo de la tinta, más espesa que de costumbre, amenazaba con cuajar al frío. He tenido la necesidad de aliviarlo, ya que de no haberlo puesto por cima y a la linde del brasero hubiese terminado siendo cuajaron de hielo. Y aun así, con brasero y lumbre, ni se templa el cuarto ni se calientan los huesos ni corre la tinta con la alegría que debiera. Las manos se entumecen y los dedos parecen sarmiento desnudo en los últimos días del otoño, cuando a la parra se le secó la sustancia.
   Un par de veces, por lo cercano con la portería, ha entrado a lo caliente fray Gonzalo, que está al tanto de la puerta, sin saber muy bien el porqué de continuar a su pie y pendiente en todo momento de ella como si fuesen días de primavera en los que no faltan manos para coger la caridad del pan que ante ellas se ofrece; sin duda ha de ser cosa de la costumbre, pues no está la tarde para echarse al camino, y menos para llamar en puerta extraña por muchas que sean la necesidad o el hambre.
   Desde que lo hicieron portero, tomando la conciencia del oficio a él se tiene entregado noche y día. De la portería sólo falta cuando los rezos se lo piden, o cuando las necesidades del cuerpo se lo demandan. Terminadas las preces y aliviadas las necesidades torna a lo suyo como si no hubiese cosa mejor a la que atender. Que tantas hay como días tiene el año; horas el día y minutos cada hora. Y si alguien necesita de nuestra presencia, para llamarnos tiene la campana.
   -En estas andanzas es cuando más se necesitan la mano y el abrigo y ambas han de tenderse lo más presto, que el auxilio sino se provee en su momento, de nada sirve.
  Lo ha respondido cuando le doy a conocer el pensamiento de que no ha de ser mucha la necesidad de estar pendiente de la llegada de extraños en días como estos en los que ni  los pájaros parecen atreverse a volar, pues ateridos de frío y encogidos se arriman al abrigo de los aleros.
   -En estas andanzas, fray Gonzalo, no hay alma viva que se ponga en camino –le he replicado-, de hacerlo no hay quien llegue vivo a su destino, a menos…
   -¿A menos que nuestro Señor lo acompañe? –Ha interrumpido mi razón-. Bien sabes hermano que quien a Él se encomienda además de encontrar el camino más recto, nuestro Señor lo guía y protege ante el peligro haciéndolo llegar a lugar seguro. Y aquí estamos nosotros para tenderle la mano, darle consuelo y poner en las suyas un jarro con vino caliente y un cantero de pan que le alegren el estómago y aviven los huesos.
   Ni que decir tiene que quienes encontraron la muerte al abrigo de las covachas, perdidos en la nieve que al llegar la primavera los descubre, fue porque no se encomendaron al Señor de las alturas. Al decir de fray Gonzalo. Ni tuvieron quien les ofreciese el cantero de pan ni el vino caliente endulzado en miel que tanto y bien alivia el mal del frío.
   Lo único que en estos días se guarda en la bodega, y conserva la despensa al decir del cocinero, no es otra cosa que telarañas en torno a las tinajas, y algo de vino de la última cosecha empezando a picarse. Las despensas almacenan el pan de la última hornada y algunas berzas de la huerta, que nunca faltan. Los tocinos ya se hicieron aire y se pierde en la memoria el último día que catamos la carne.
   Las veces que fray Gonzalo ha encaminado sus pasos hasta la lumbre lo ha hecho tiritón, entrando en el cuarto soplándose las manos. Como que el hielo se mete hasta los tuétanos por mucho que se busca lo caliente. Mucho más en un lugar en donde el gobierno es de los hielos.
   -Qué ganará nuestro Señor mandando el hielo a la tierra…
   -Si Él lo creo, sus razones tendría para hacerlo –le vuelvo a replicar.
   En una de ellas le he ofrecido llevarse el brasero.
   -Quite, quite, vuestra paternidad. Llevarlo al portal y complacerse en él sería demasiada vanidad cuando tantos hermanos hay que en tardes semejantes ni capa que los abrigue han de tener. Y más parece que teméis vos al frío a lo que se ve…
   No se podía negar, pues a más del brasero que me calentaba los pies y la lumbre que bailoteaba al frente, tenía echado el capote, que lo hacía a las costillas, y todavía a los huesos no les llegaba la caricia de la calentura.
   -Tanta humildad no tiene que ser buena a los ojos de Dios –le recrimino.
   Las leyes, de Dios y de los hombres, dictaron algunas normas en contra del exceso en ciertos sacrificios, este del frío es uno de ellos; y no pasan tantos años desde que el Santo Tribunal incoase proceso al obispo de Burgos por no detener penitencias con riesgo de la vida. Aunque no sirva de mucho, pues las penitencias con riesgo de la vida continúan siendo el guiso de cada olla y el pan de cada día. Imaginando, incautos algunos de quienes lo piensan, que a nuestro Señor le agrada que a diario se ponga en riesgo la vida de sus siervos.
   -Nuestro Señor no pretende que quienes le servimos nos convirtamos en mártires –le recuerdo.
   Fray Gonzalo cambia entonces de asunto. Como que cuando no nos gusta escuchar lo que nos dicen tomamos otro camino.
   -¿Y vuestra paternidad, qué se trae entre manos?
   No me agrada que lo hagan. Que metan la cabeza por cima del hombro por ver lo que me tramo cuando de trazar letras sobre el folio se trata. Fray Gonzalo lo acostumbra a hacer a la menor ocasión.
   -Recuerdos –respondo.
   -Recuerdos –repite como quien, de pronto, descubre que no todo es el hoy; que tuvimos un ayer y tendremos, Dios lo quiera, un mañana.
   Con el gesto codicioso del avaro que recuenta sus monedas, se acercó a mirar el papel sobre el que la tinta comenzaba a rasgar estas memorias y ha quedado absorto en el dibujo de las letras.
   -Tuvo que ser un gran maestro quien inventó todos los signos.
   A mi silencio, pues a sus palabras ha seguido, me ha aclarado
   -A las letras, hermano, me quería referir. Al maestro que inventó las letras –sobraba la razón, puesto que lo tenía advertido.
   Para añadir:
   -Tiene que ser un gran deleite descubrir su significado, conocer las vidas de los padres de la iglesia, leer las de los santos, saber…
   Intuyo que le hubiera agradado aprender a leer y escribir. En alguna ocasión me brindé a darle lecciones, respondiendo con las mismas expresiones siempre.
   -¡Quita, quita! Para leer y escribir están los sabios, los maestros y los doctos como vuestra paternidad. Unos nacieron para leer y escribir y otros nacimos para escuchar y servir. A todos nos puso el Señor al cargo de un oficio. Y el mío ya lo conocéis.
   -Estar pendiente de la puerta… -atajé.
   Fue un desliz. Como que en ocasiones la lengua nos desbarata el  pensamiento y se echa a caminar sin reparar en el peligro que le acecha.
   -Uno de ellos, bien sabéis…







   Los otros, en este tiempo, están de sobra. Pues en estos días no hay labor en la huerta. En la primavera apenas amanece y dichos los primeros rezos ya se le ve en el hortal, mandando el agua a la tierra y a las gallinas el grano.
   En esta ocasión, como si le hubiese escocido el disparate, sin aguardar a más se ha dado la vuelta para tornar al frío del portal antes de que le pudiera preguntar por la salida del padre Guardián, que seguro que lo vio salir y supo donde fue en tarde tan destemplada. Se ha girado desde la puerta con un gesto que pareció ensayado, para dedicarme una sonrisa silenciosa, como suele.
   -Recordar es humano –ha dicho al instante-, es volver al pasado y alegrarse de las cosas buenas que vivimos, aunque no todas lo sean, claro que si así lo fuere…
   No ha concluido la frase, perdiéndose en la oscura boca del corredor, dejando atrás la sombra que se ha ido alargando conforme él se comenzaba a alejar.
   Tal es el hielo que rodea la casa que únicamente en la cocina, al abrigo de la lumbre y el olor de los caldos encuentra el cuerpo algo de gusto. Olor del caldo a cuenta de las hierbas que el fray cocinero se afana en echar al caldero, luego de recoger en su tiempo las matas del orégano, el tomillo, el eneldo, hinojo, laurel o hierbabuena que al lado de las cebollas y los ajos den algo más de sabor a las berzas, que como digo es de lo poco que nos queda en la despensa. Los huesos de los perniles, de tanto hervir y tan mondos como quedaron navegan a sus anchas por el estanque del caldero como bajel desarbolado al que ningún corsario abordará.
   -Comida de pobres –suele decir cuando, en contadas ocasiones cierto es, alguno de los hermanos hace mención a lo menguado de las escudillas o lo poco de variado que contienen en su lecho.
   Las últimas noches las escudillas tenían en su interior un caldo verdoso, insípido y sin olor pero caliente.
   Malos tiempos para meterse a fraile en un convento como el nuestro, en donde nada hace pensar que una vez, no ha demasiado tiempo, fue rico, aunque nunca nadase en la abundancia. Pero tuvo suficiente para mantener a los de dentro y dar a los de fuera algo más que las sobras. Que nunca  las hubo, y menos en días como estos; pues siempre hay quien a las sobras se llama y de ellas se sustenta.
   -Nada hay mejor que un caldo caliente para que el cuerpo temple –suele decir fray Saturio dando a su entonación un cierto toque que disfraza la tristeza en alegría cuando alguno de los novicios pregunta, inocente en ello, qué será lo que encontremos al entrar al refectorio.
   Caldo caliente y vino templado, algo que todo cuerpo agradece. Y en el silencio, escuchando al hermano lector quien desde el púlpito nos habla de las penurias que los nuestros pasaron antes de que cualquiera de nosotros fuésemos parte de este mundo, es más grato y de mayor sustancia el alimento.
   -Mirar atrás siempre conviene –repite una y otra vez, cuando algo le incomoda. Como si haciéndolo quisiera descargarse de unas culpas que no son suyas.
   Que en todo momento hubo quien vivió mayores penurias que las que vivimos al presente. Pues el tiempo todo lo alivia. Incluso las miserias.
   Aguardaba a que fray Gonzalo me hiciese esa pregunta que cualquier otro hermano hubiese hecho en su lugar, picado por la curiosidad, que es virtud que no escapa a ningún hombre, sabio o necio. El porqué de pasar los recuerdos de lo vivido al folio; o la duda de si, en escribirlos, no estuviera cometiendo delito en contra de la regla. Que no lo es, de no haber ofensa a la religión en la escritura cuando no se plasman en ella pensamientos que atenten a la doctrina.
   Escribir los recuerdos es algo que todo hombre, a cuyo cargo estuvieron otros, debiera de hacer al  menos una vez en la vida. Una única vez, pues la segunda sería corregir lo ya escrito y adornarlo con sucesos que nunca acontecieron para hacer creer que la vida fue más venturosa y arriesgada y en ella se encontró, en la aventura y en el riesgo, la gloria; que es el mal, el del adorno y la ponderación, en el que caen quienes retratan sus andanzas queriéndolas engalanar con lo que siempre soñaron y nunca vivieron.
   Estas son memorias que trazan los recuerdos, la historia de nuestras vidas, para enseñar a quienes mañana vengan lo que fue nuestro ayer y es nuestro hoy. Pues del ayer y el hoy será el devenir del mañana.
   El padre Guardián, fray Gabriel a ojos de quienes lo obedecemos, me pidió poner en claro las páginas del libro del convento. Porque antes no hubo quien lo hiciera y si lo hizo quedó sin completar la historia porque ni tiempo ni necesidad de hacerlo hubo, y las páginas de su historia están tan revueltas que, de no ordenarlas, al caer los muros se perderá con ellos.
   Quizá ahora, al hacer el encargo, lo haga presintiendo que a la casa le resta poca vida. Los recuerdos se llevan al folio cuando se presiente la muerte, a modo de póstuma voluntad. Cuando poco o nada se espera del mañana.
   De hilvanar lo uno, el ayer del convento, surgió lo otro, el ayer de la vida del escribano y el suceso que siempre se ocultó. Suele suceder que al tratar de desenredar la madeja se nos enredan entre los dedos los hilos que la componen.
   Cuando me hizo el encargo de escribir, me pidió que contase la verdad. La verdad, en ocasiones tan difícil de contar. Como que los hombres, sean de la condición que fueren, no están hechos a vivirla. A escucharla o sentirla. La verdad, que tanto peligro tiene.
    La prudencia, que otros llamarían cobardía, obliga al silencio. A asentir sin replicar ante quien más alto cacarea alzado en gallo que trata de dominar con su vozarrón el gallinero.