viernes, octubre 20, 2017

¿Y LA SIERRA QUÉ? OTRA VEZ DE FIESTA Memoria de los pueblos serranos, y de sus gentes, en su Día



 ¿Y LA SIERRA QUÉ? ¿OTRA VEZ DE FIESTA?

Memoria de los pueblos serranos, y de sus gentes, en su Día



   Va para cuarenta años que, a lomos de una mula trotona, quien esto escribe salió una madrugada de Atienza camino del Alto Rey; concretamente de Bustares, pueblecito al que llegué al cabo de la tarde tras toda una epopeya serrana que debía de haber sido, en el ideal soñador del joven literato al que aspiraba a ser, el capítulo de uno de esos libros que todo soñador literato imagina y que, como los sueños, se desvaneció al despertar. La mañana oreaba serena cuando la cuatro patas tomó el camino de la Bragadera. Las resplandecientes luces del sol de junio, o julio, que por entonces era, nos alumbraron a la entrada de La Miñosa, donde una mujer de mucha edad lavoteaba rodeada de gallinas En La Miñosa, nos sorprendió la luz porque el camino se nos trastocó. Que una cosa es la palabra, y otra los hechos.

El autor fue Serrano del Año en Zarzuela de Jadraque


   La entrada en Prádena rayando el mediodía, fue de esas que dejan huella: seguido por dos docenas de perros, otras dos de chiquillos y chiquillas que acaban de salir de la escuela y la mirada inquisidora de dos o tres docenas más de mujeres preguntándose, desde el quicio de sus puertas o tras las ventanas, quién era aquel fantoche que… Una se aventuró a hacerme la pregunta de: ¿Es usted el de las manzanas?

   El camino, que camino era y no carretera, que conducía a Gascueña, arropado por una nube de cabras que ramoneaban las estepas anunciaba, a través de un gran cartelón, que la Diputación de Guadalajara, trabajando por sus pueblos, llevaría el progreso a todos aquellos. Se anunciaba la construcción de la carretera, la traída del agua, del teléfono, de… Comenzaba el progreso cuando despertaba la década de 1980.

   No menos apoteósica fue mi entrada en Bustares, cuando la tarde comenzaba a declinar. En un Bustares que parecía haber sobrevivido a un bombardeo. La tarde, esas tardes mágicas del Alto Rey de la Majestad, trajo tormenta de verano y aquello, lo del barro en las calles de Bustares, formaba parte de sus consecuencias. El barro y que por aquellos días estaban metiendo el agua en las casas abriendo las calles, en muchas ocasiones, a golpe de dinamita.

 
La Iglesia de Bustares luce en toda su belleza

   La parada y fonda fue en la taberna del tío Gamo y la tía Avelina. Allí me quité el polvo del camino, o mejor, la manta de agua, porque no esperaba que lloviese y me llovió. Gloria bendita a mis anfitriones. Por el camino había perdido la cartera y me prestaron 300 pesetas de las de entonces, por si las necesitaba. Y me invitaron a café, y a caldo y a bocadillo de chorizo y torreznos. Los soldados del Alto Rey jugaban al futbolín mientras esperaban su turno para hablar por teléfono; los pollos de la clueca pioteaban en un cajón; una docena de gatos se despanzurraba sobre una tapia y los caballos del Gitano de Bustares pataleaban a la puerta. Y el Gitano de Bustares, que conocía de antiguo al tío Vaquera de mi pueblo, que se llamaba Antonio: “Dale recuerdos del Gitano de Bustares”.

   La cuatro patas durmió en un corral a la salida del pueblo. Y el soñador literato anduvo con su amigo Dionisio Vacas con quien había compartido aventuras de soldadito español. Aquel día quedó inaugurado, para la posteridad de los años el bar de Bustares. El bar, que no la taberna. Sus dueños se casaban al día siguiente, o al otro, y celebraban en las eras el convite, al que, por supuesto, todo el pueblo estaba invitado. De Atienza, se esperaba, por parte de la novia, o del novio, que el tiempo todo lo olvida, al tío Pistón. Y, por supuesto, el aprendiz de literato quedó invitado.

   La reanudación de la aventura, a la mañana siguiente, contó con un almuerzo en la casa del amigo: leche recién ordeñada; unos tallos de chorizo, unos torreznos, el ronroneo de los gatos y el run rún de los perros a la lumbre baja de la cocina de la casa y el vozarrón de los del agua: ¡Cierren puertas y ventanas! Al momento, el petardo de dinamita anunció que otro trozo más de calle quedaba reventada a gloria de la posteridad, con hueco suficiente para un nuevo conducto. Y la madre del amigo, metiendo los torreznos en un cacho de pan y luego en un talego: llévatelos para el camino que por ahí no hay nada.

 
Prádena se ha convertido en un pueblo hermoso

   Se equivocó. Por el camino apareció la Guardia civil de Hiendelaencina galopando sobre la nube de polvo en la que llegó envuelto, dirección Aldeanueva, el “dos caballos” de la Benemérita. Dos buenos ganaderos de Gascueña, a los que les había desaparecido un ternero supusieron que el tipo ese que la tarde anterior pasó por allí…

   Eran las mismas escenas que tenía leídas en viejos libros de viajes de otros años, de otros siglos, de otros tiempos. Pero estaban allí. Justo delante de mis narices. Eran tiempos en los que todo llegaba a aquellos pueblos, o al menos lo principal: luz, agua, teléfono y carretera. Llegaba, pero tarde. El tío Gamo cerraba por aquellos días su taberna y su central telefónica. Los hijos del cartero de Prádena saldrían para Guadalajara a continuar los estudios. El amigo Dionisio marchaba al término del verano a trabajar a Madrid, de celador en un hospital… Los pueblos serranos, que ya comenzaban a estar solos, se iban quedando más solos. Todas las novedades y avances del siglo llegaban, pero tarde. De aquellos miles de habitantes que se reunían por estas serranías, cien años atrás, al día de hoy apenas quedan para testimonio, duro y frío, de lo que las serranías de Atienza, del Alto Rey, de Tamajón, del Ocejón, fueron. Y la despoblación avanza y los pueblos, sin permiso de quienes los habitaron a lo largo de la eternidad compleja de los siglos, se convierten en pueblos de calles vacías y casas cerradas.

   Hoy esta Serranía, por los meses buenos, que son los de la mitad del verano, y de la primavera y del otoño se llenan de curiosos que los contemplan y admiran. La lejanía de todos los caminos, y el abandono a que los sometieron todas las instituciones los preservó para convertirlos en imagen de postal turística. La indiferencia, o la falta de espíritu de sus pobladores para reclamar su parte hicieron el resto. Que también teníamos derecho a gozar de los caprichos capitalinos. Pero… no hay voz que más fuerte suene que la del silencio. Y así nos fue.

   Pero hete aquí que, diez años hace se inventó, por un grupo de serranos animosos, el “Día de la Sierra”, y ese día todos a una gritamos lo de: “Viva la Sierra”. Viva con gentes; con calles ruidosas de chiquillos; con casas de ventanas abiertas; con humo buscando el camino celestial a través de las chimeneas… ¡Mucho soñar parece!

   Pero han pasado los años. Los fastos de Hiendelaencina, Galve, Arbancón, Majaelrayo, Jadraque, Zarzuela, El Cardoso, Pálmaces y Campillo, y ahora será en La Toba donde, una vez más, el pregonero de turno dará ese grito de: ¡Viva la Sierra! Porque un día es un día.

    El aprendiz de literato, que en ello se quedó, fue conferenciante en Galve, protagonista de refilón en Arbancón; se reencontró con Crescencio, el cartero de Prádena, en Majaelrayo, y tuvo el honor, en Zarzuela, de recoger el título de “Serrano del Año”, que es como decir que uno es Hijo Predilecto de estos pueblos y Sierra a la que lleva en su rinconcito de quereres. Y admira que gentes que empujan, y animan, y aman a su tierra, reúnan un día a cuantos empujan y animan y aman a su tierra, en un pueblo cualquiera de los nuestros.

   Si viviese el tío Jesús, Jesús Velasco, el de Majaelrayo, quizá nos preguntase lo de: “¿Y la Sierra, qué, otra vez de fiesta?”. Mi hijo, cuando lo conoció, años han pasado, me dijo: “papá, habla lo mismo que en el anuncio de la tele”. Es cierto, la Sierra está como estuvo hace cincuenta, setenta, cien años… Bueno, igual no, los pueblos tienen agua, luz, teléfono, carreteras, y son hermosos, como postales turísticas. Sólo les falta la gente para disfrutar de todo ello. Largo debate, el de la despoblación. Mientras, en La Toba, a honra y gloria de quienes nos enseñaron a amarla, quererla y respetarla, gritemos aquello de ¡Viva la Sierra. Viva la sierra Viva! Que un día, es un día.

   Escuchad su grito. Hagámonos, todos, eco de la llamada, de la voz de angustia de la Sierra. Que sólo quiere eso, seguir viva.

   
Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 20 de octubre, 2017

viernes, octubre 13, 2017

DESDE LA SERRANÍA DE ATIENZA, AL NUEVO CONTINENTE Buscando la fortuna. Serranos camino de América


DESDE LA SERRANÍA DE ATIENZA, AL NUEVO CONTINENTE
Buscando la fortuna. Serranos camino de América


   Aunque nos parezca extraño, por las circunstancias la distancia y, mucho más al conocer la realidad actual de la Serranía de Atienza, o de Guadalajara, dentro de la árida Castilla y alejada del mar, muchas fueron las personas que a partir del descubrimiento de América decidieron iniciar nueva vida por aquél continente.

   Ya vimos con anterioridad la forma en la que algunos hijos de Atienza, y de pueblos vecinos, se prepararon para viajar a aquellas nuevas tierras; en esta ocasión seguiremos los pasos de algunos de nuestros vecinos de la comarca.

Francisco de Rueda, natural de Miedes, hizo fortuna en las minas de Ayuteco


   Entre ellos los de Pedro Lozano, apellido ligado a la agricultura y la ganadería de esta tierra, natural de Campisábalos y perteneciente a una de esas ramas familiares que desde la Edad Media ha llegado prácticamente a nuestros días. Los Lozano, que se extendieron por toda la Serranía hasta asentarse en Atienza y dar a la historia unos cuantos hombres célebres. Entre ellos el de don Antolín, que murió Obispo de Salamanca, o doña Brígida, última mecenas del desaparecido convento atencino de San Francisco.

   El expediente para el viaje, en unión de uno de sus criados, Pedro Alonso, natural del vecino pueblecito de Cañamares, hijo de Pedro Alonso y Catalina de Ujados, se autorizó el 21 de junio de 1622. El destino era la Nueva España.

   Tenía Pedro Lozano, hijo de Francisco Lozano y Teresa de Alcolea, veintitrés años de edad. Mediano de cuerpo, barbinegro, con un lunar en el carrillo izquierdo…

   Las señas de identidad, a falta de fotografía que testimoniase su aspecto físico era, prácticamente, una necesidad. No había otra forma de reconocer a la persona, o si la había, resultaba harto compleja.


Pedro Lozano marchó, con sus criados, desde Campisábalos

   Familiares tenía en Miedes, entonces de Pela y hoy de Atienza, en donde se llevó a cabo la información testifical para probar que era persona de buenas costumbres y, por supuesto de familia con cierta hidalguía en antecedentes y apellidos.

   Ninguno de los dos, ni Pedro Lozano ni su criado eran casados, ni estaban entre las personas que tenían prohibido el viaje… Ya que para viajar se refería a los solteros sobre los casados. Formaba parte de la esperanza de unión física entre ambos Continentes.

   El informe es extenso, e interesante:
   En la villa de Miedes, que es del Príncipe de Mélito, duque de Pastrana, en el obispado de Sigüenza y provincia de Guadalajara… El documento se dicta ante don Julián Recacha, entonces alcalde ordinario de la dicha villa, siendo el escribano Pablo Trujillo Peñaranda. Apellidos, como vemos, serranos de los de toda la historia.

   Declara nuestro Pedro ser, como ya dijimos, mozo soltero y por casar, de sangre limpia, y con buenos antecedentes familiares.

   Embarcó camino de Nueva España en Cádiz en el mes de octubre de aquel año de 1622, sin que de él se volviesen a tener noticias documentales.

   Baltasar Agunde, vecino de Tamajón, también llevó a cabo el largo viaje hacía el Nuevo Mundo; en este caso con destino a Perú en 1593, reclamado en aquella tierra por un tío suyo. Se le dio autorización para viajar con su esposa, Ana Moreno, también vecina de Tamajón, el 2 de abril de aquel año. Se les dio licencia para permanecer en aquel nuevo territorio por espacio de seis años, a cuyo término debían regresar o solicitar nueva autorización. Su destino se nos perdió en el tiempo, siendo más que probable que allá terminasen sus días.


Gregorio García dejó Tamajón para asentarse en Puebla de los Ángeles

   A Santo Domingo, en 1536, marchó Bernardino Ximénez, hijo de Bernardino Ximénez y Francisca Jiménez, vecino de Beleña de Sorbe. Y a Nueva España, concretamente a las minas de Ayuteco, donde encontró la muerte, viajó poco más adelante otro vecino de Miedes de Atienza, Francisco de Rueda, hijo de Juan López de Rueda y de Catalina de Aguilera.

   Francisco de Rueda, quien falleció en 1551, llegó a hacer cierta fortuna en plata en aquellas minas, ya que se conserva su testamento, en el que hace diferentes legados a quienes le acompañaban en aquella nueva tierra, dejando lo remanente para su madre. Que quedó en nuestra tierra.

   Entre los bienes dejados, y que hicieron el camino desde Ayuteco hasta Miedes, se encontraba un cofre de plancha de plata con varios marcos, de plata también; una capa negra sin guarnición; unas calzas negras nuevas; un espejo de los de la tierra; un jarro de los de palo de la tierra; un crucifijo de cobre; dos pares de zapatos de cuero; una vaina con dos cuchillos; once panes de jabón; un libro de doctrina cristiana; varias monturas de caballos; riendas, espuelas, cinchas… seis camisas de lienzo; dos espadas de esgrima; unas alforjas; un sombrero de fieltro; un caballo alazán; un esclavo llamado Tomás… Que también los esclavos, como la tierra, formaban parte del patrimonio. Un patrimonio, el de los esclavos, que comienza cuando el hombre se dio cuenta de que podía dominar a otros hombres. En la noche de los tiempos, comienza.

   Gregorio García de Lezcano también era natural de Tamajón, marchó a Puebla de Los Ángeles, donde encontró la muerte en 1627, dejando por heredera a su tía Ana de Lezcano, vecina de Madrid, a quien encargó que con sus bienes fundase en Tamajón una capellanía de misas. Que su tía, cumpliendo el mandato, fundó.

   Juan y Diego de Ortega, tío y sobrino, naturales de La Toba, se encontraban en el Nuevo Reino de Granada (la actual Colombia), en 1578, año en el que falleció Juan de Ortega nombrando testamentario y heredero a su sobrino Diego, quien falleció poco tiempo después y quien a su vez nombró herederos de los bienes propios y de los heredados a una hija natural, Catalina de Ortega.

De Cañamares, hacía Nueva España, salió Pedro Alonso.


   Lo heredado llevaba, entre otras condiciones, las de asistir a la redención de cautivos; la crianza de un tal José de Ortega, hijo de una criolla y de uno de los capitanes que conquistó aquel reino, Juan de Pineda; fundar una capellanía en Sevilla y su monasterio de San Pablo; una capellanía de misas en Nueva Granada, otra en Guadalupe, de Cáceres…

   Por último, un vecino de Hijes, Juan Leal, fraile mercedario, marchó a Perú con Gabriel de Soro, quien llegó a ser Vicario general en aquella tierra, en 1709.  Por aquellas pasó la mayor parte de su vida, tenía 35 años cuando se embarcó, predicando la religión, según recogen los libros de la orden.

   Serranos que, como quien más y quien menos, buscaron la fortuna donde la podía encontrar. Hermanándose con una tierra que, para bien o para mal, forma parte de la sangre española, o guadalajareña, que nos corre por las venas.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, Guadalajara, viernes 13 de octubre 2017

viernes, octubre 06, 2017

GUADALAJARA, BRIHUEGA Y EL DÍA DE LA RAZA, FIESTA DE LA HISPANIDAD

GUADALAJARA, BRIHUEGA Y EL DÍA DE LA RAZA, FIESTA DE LA HISPANIDAD
Memoria de Justo Sanjurjo, cónsul de Argentina en Guadalajara


   Justo Sanjurjo y López de Gomara, que fue una institución en el mundo de la emigración, ante todo en el continente americano con Argentina por bandera, cuando tras muchos favores a través de las páginas de su periódico, se le ofreció un cargo político, solicitó una cosa muy sencilla: un consulado. El señor presidente de la República Argentina debió de imaginarse que le pediría el Ministerio de Educación Nacional, más acorde a su posición de literato y, sin embargo se conformó con ser nombrado Cónsul de la Argentina en la ciudad de Guadalajara, la Guadalajara española. Confesó después que hubiese sido todavía un honor más grande serlo en la villa de Brihuega, la tierra de su madre, pero que aquello ya le parecía demasiado. Fue, y sigue siendo, el primer y único cónsul que la República Argentina ha tenido en la ciudad de Guadalajara. El cargo no le duró demasiado. El mundo político, tan revuelto siempre, mudó en las urnas a quien lo nombró y su sucesor, al darse cuenta de que el Sr. Cónsul en lugar de en Guadalajara –España-, residía en Buenos Aires, lo desposeyó del nombramiento oficial.


   Nació en Madrid, el 6 de mayo de 1859. Tiempo de revoluciones. Su padre fue un conocido médico gallego que desde Santiago de Compostela llegó a Madrid para abrirse camino; su madre una de las hijas de don José López Bermejo, briocense ligado a la industria de la villa: por padrino en el bautismo tuvo a don Eugenio Montero Ríos.




   Que fue un rebelde lo muestra su trayectoria. Puesto que harto de estudios, y obligado a licenciaturas que no le atraían, dedicó sus ratos de ocio a la poesía entre Madrid y Brihuega. Y en sablear a los amigos cuando gastó el dinero propio. Hasta que recurrió a los prestamistas y usureros oficiales que, a cambio de sacar a uno del apuro lo arruinan de por vida. Con lo que nuestro amigo tomó las de Villadiego para salir de Madrid y asentarse en Gante, tierras de Bélgica. Desde Bélgica tomó un barco con destino a Buenos Aires a donde llegó el 2 de mayo de 1880. Su padrino allí no era otro que don Enrique Romero Jiménez, el famoso “cura Romero”, quien fue señalado como uno de los instigadores de la Revolución de 1868, y era en el Buenos Aires de su exilio director del periódico “El Correo Español”; el otro personaje en discordia no era menos famoso, José Paúl Angulo quien, según las malas lenguas, fue uno de los que dispararon a don Juan Prim.

   Por aquello de si galgos o podencos, Paúl Angulo retó a Romero Jiménez, y como no había nadie más aparente, Romero Jiménez pidió a nuestro don Justo que fuese uno de sus testigos; tomando el transbordador que los llevase a Montevideo, donde se dirimió la cuestión.   Romero Jiménez, por disparo a traición, resultó perdedor y, antes de morir pidió a don Justo que se hiciese cargo del periódico, y de su familia. Así llegó a dirigir el periódico más prestigioso de aquella tierra. En la que comenzó a imaginar aquel mundo que a veces los intelectos de corazón sueñan. El mundo imposible. Comenzó a imaginar sus “locuras humanas”, que lo hicieron rico.

   Pertenecía a esa generación de gentes que, como Blasco Ibáñez, soñaban imposibles. Nuestro amigo siguió sus pasos, los de Blasco, fundando una ciudad en la que todo tenía que ser, al menos, justo: Guaymallén, en Mendoza. También se dedicó a aquello tan saludable de procurar el bienestar de los hijos de la patria hispana que, en unos tiempos en los que en España se agonizaba por falta de pan y trabajo, veían en la emigración clandestina una salida para sus necesidades más vitales. Personas que, carentes incluso de documentación oficial, se veían destinados a ser carnaza de delito y presidio. Logró para ellos, aquí y allá, perdón, documentación y trabajos.

   Regresó a España por vez primera en 1888, en viaje desde Buenos Aires a Barcelona y, como no podía ser menos, se pasó por Brihuega donde, entre otras cosas, era propietario de un molino y copropietario, con su familia, de la fábrica de paños y del castillo y monte de Anguíx. Arregló los papeles que tenía que arreglar, que a eso vino, y volvió a marchar.

   Su segunda vuelta tendría lugar en el año 1914, y en esta ocasión su viaje, desde su arribo a Sevilla, fue seguido por la mayoría de la prensa nacional. Para entonces había fundado en Argentina media docena de periódicos, una ciudad, dos o tres bancos, cincuenta o sesenta centros de emigrantes; influido en política, medrado en el nombramiento de presidentes y ministros… y levantado una casa familiar en Mar de Plata de cuyos mástiles ondeaban las banderas de… Guadalajara y de Brihuega, a honra y gloria de la tierra de su madre. 



   También, por entonces, había mediado, junto a otros paisanos de tierra hispana, para celebrar un día de unión significado en el 12 de octubre y que llamaron “El Día de la Raza”, rebautizado como “de la Hispanidad”, y que desde sus pasos iniciales, en los comienzos del siglo XX, se fue engrandeciendo hasta abarcar aquel Continente, de donde llegó al europeo.

   Corría el año 1903 cuando la Asociación Patriótica Española, fundada por hijos de España emigrados a Argentina, se dispuso a celebrar por vez primera el 12 de octubre, con el propósito de unir lazos entre los pueblos. Al año siguiente se unieron a la celebración las presidencias de Argentina, México, las Reales Academias de la Lengua y de la Historia de España, el Ateneo de Madrid, la Universidad de Buenos Aires, las diputaciones de Barcelona y Zaragoza, los círculos recreativos y asociaciones de españoles en Argentina… En unos años abarcó a todo el Continente Americano y a España toda. Argentina declaró aquel día Fiesta Nacional. Siguieron Chile, Uruguay, Paraguay… Corría, en Argentina, el año 1917 cuando se decretó Fiesta Nacional el 12 de octubre, considerando que el Descubrimiento de América es el acontecimiento de más trascendencia que haya realizado la humanidad…

   Su vuelta a Buenos Aires, tras su segundo paso por España, coincidió con el inicio de las desgracias familiares; poco después de su regreso falleció uno de sus hijos; después una hija; luego uno de sus nietos. Más tarde su mujer, Mercedes Lugones, apellido íntimamente ligado a las letras argentinas y él, don Justo, comenzó a decaer para seguirla a la sepultura unos meses después. Presidía entonces, honoríficamente, más de cien centros de españoles en la Argentina, lo que conoceríamos en España por casas regionales; también fue Socio de Honor del Centro Alcarreño de Madrid, antecedente de la Casa de Guadalajara en Madrid. Su nombre iba unido a la beneficencia y la caridad, y a las poblaciones de Brihuega y Guadalajara, en España. A este lado nada lo recuerda porque como él solía decir era español en la Argentina, y argentino en España.

   Murió en la ciudad que fundó, Guaymallén, el 12 de agosto de 1923, bajo la bandera de Guadalajara y pronunciando el nombre de Brihuega. Dejó escritos cerca de un centenar de obras de todo género, y su nombre forma parte de la historia de la literatura argentina.

   Aunque su nombre se perdió en el bullicio del tiempo, que hace olvidar tantas cosas, todavía, en el parque del Retiro de Madrid se puede leer, en una placa monumento que se levantó años después de la muerte de nuestro personaje, el 12 de octubre de 1928, el decreto por el que el 12 de octubre pasó a ser “El Día de la Hispanidad”, en Argentina, de donde llegó a España. Como invitados excepcionales al acto figuraron su hijo mayor, Justo Sanjurjo Lugones, y quien fuese presidente de aquella, Hipólito de Irigoyen, firmante del decreto y por cuyo nombre el monumento es conocido. 

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Nueva Alcarria, 6 de octubre 2017

viernes, septiembre 29, 2017

ATIENZA Y SU VIAJE A LAS INDIAS



ATIENZA Y SU VIAJE A LAS INDIAS
Memoria de los primeros hijos de Atienza que pisaron el Nuevo Continente



   Se tiende a pensar que esta cosa de la emigración, fenómeno que con la crisis parece ganar nuevos adeptos, viene de tiempos recientes. Sin embargo, si nos adentramos en las páginas del libro de nuestra propia historia podremos comprobar que no es así, que el fenómeno está en el mundo desde que el mundo es mundo. Que el humano es animal que, como todos las especies, busca vivir.

   No nos remontaremos tan lejos, para centrarnos en el fenómeno del descubrimiento de América, que llevó a aquel Continente a un gran número de naturales de la provincia de Guadalajara. Hoy, hablo de mi pueblo natal, de Atienza.

   Fueron varias decenas los naturales de la villa que hicieron el viaje. En la mayoría de los casos para no regresar, formando en el Nuevo Continente una nueva familia. Cierto es también que en aquellos tiempos, siglos XVI al XVIII, el Nuevo Continente era la tierra de las oportunidades.

Numerosos hijos de Atienza, dejaron sus bienes, en el Nuevo Continente, al Cabildo de Clérigos
 
   Entre aquellos primeros atencinos que emigraron a las Indias, encontramos a un tal Juan de Salazar, quien solicitó hacer el viaje en compañía de su familia. Su nombre aparece en uno de los catálogos de pasajeros fechado entre 1509 y 1534. El mal estado del documento no permite averiguar nada más en torno a él, si bien figura como natural y residente en Atienza en el momento del embarque y de la solicitud de hacerlo, ya que como nos podemos imaginar, para llevarlo a cabo era necesario reunir una serie de requisitos: ser mayor de edad, preferiblemente soltero, y con medios suficientes para ganarse la vida, o con familia en el lugar de destino, que los pudiese avalar.

   Igualmente y entre aquellos primeros emigrantes, nos encontramos a Antonio de la Riba, hijo de Juan de la Riba y de María López, el cual solicitó la correspondiente autorización de partida el 17 de marzo de 1513

   Aquellos primeros años del siglo XVI, apenas descubierto el Continente americano, debieron de ser número elevado quienes se decidieron a emprender la nueva vida. Debió de ser esta una época en la que el número de emigrantes a las Indias fue elevado, tanto de Castilla como de la comarca de Atienza, ya que se conserva en el Archivo General de Indias un curioso documento mediante el cual se comunica a numerosos corregidores, entre ellos el de Atienza, que aquellas personas que habían preparado el viaje, estando autorizados, no se moviesen de sus lugares de origen hasta llegado el verano. La real cédula está emitida en Medina del Campo el 4 de noviembre de 1531. El documento dice que se haga pregonar en los lugares públicos que los labradores que iban a marchar a Indias aguarden.  Puesto que desde los lugares de origen debían de marchar hacía Sevilla o Cádiz, desde cuyos puertos salían las embarcaciones con rumbo a lo desconocido, y en donde en ocasiones debían de esperarar dos, tres o cuatro meses, sin medios de vida y malviviendo por sus calles hasta que se les asignaba embarcación.

La iglesia de la Trinidad, en Atienza, conserva memorias de la Nueva España

   No todos lograron el éxito, desde luego, aunque conocemos algunos casos en los que este, si no se cumplió totalmente, llegó a hacerles entrar, por medio de terceras personas, en el libro de la historia. Tal es el caso Luis de la Cerda, hijo de Jofre de la Cerda y Juana López de Heredia, a la sazón vecinos todos ellos de Atienza, quien partió con la armada de Juan del Junco el 9 de abril de 1535  rumbo a Cartagena de Indias. Juan del Junco posteriormente sería regidor y corregidor de varias localidades y provincias del Paraguay. Luis de la Cerda, atencino natal o residente, participó junto a Juan del Junco en la conquista del Paraguay.

   En la conquista y descubrimiento de La Florida encontramos a otro atencino, Andrés Ramírez, hijo de Alonso Ramírez y María Gutiérrez, partió para La Florida cuando estaba siendo todavía explorada por los españoles, figurando su solicitud de partida el 26 de enero de 1538. En La Florida se perdió su rastro.

   Algunos de aquellos lo hacían como criados ,marchando con las personas a las que servían. Tal es el caso de Antonio Luzón, que fue uno de los muchos criados que hicieron el viaje a las Indias en 1594 junto a Francisco de Sande, su mujer y sus hijos. Francisco de Sande era Presidente de la Real Audiencia de Guatemala. De nuestro paisano no tenemos más noticias.

   Por medio de los escribanos se conocían en nuestra tierra algunas de las venturas y desventuras de nuestros emigrantes, pues a ellos confiaban la misión de dar las buenas o malas noticias. Puesto que la inmensa mayoría de aquellos que partían desconocían estas artes, la de la lectura y escritura.

   Se conserva, citada por distintos autores, una de aquellas cartas dirigida a otro de nuestros paisanos, quien se había puesto en contacto con parientes del otro lado del mar, para que le buscasen empleo. La carta está llena de sentimiento y se la dirige doña Leonor de Aguilera a su sobrino, Francisco del Castillo, en el mes de junio de 1591. El expediente del viaje de Francisco del Castillo se formalizó, tras no pocos avatares el 20 de febrero de 1594, marchando junto a su mujer María de Vera, y el mayor de sus hijos, Juan del Castillo. Todos naturales y vecinos de Atienza.

   El siglo XVII fue uno de los que más castellanos llevó a las Indias. También la provincia de Guadalajara aportó a aquellas tierras un buen puñado de hombres que engrandecerían el territorio al tiempo que probablemente ellos adquirieron algún que otro capital, o se perdieron en la lista anónima de tantos como quedaron en el olvido.

   Abrió la nómina de los atencinos emigrados, con rumbo al Perú, Francisco Maldonado, de los Maldonado de toda la vida, originario y natural de Salamanca, aunque vecino a la sazón de Atienza, donde se encontraba casado con María de Ocaña. En Atienza les habían nacido sus tres hijos, Alonso, María e Isabel, y para todos ellos solicitó don Francisco licencia de partida el 1 de abril de 1604. Pedro de Soto se fue a las Indias sin que sepamos cuando. Si bien tenemos conocimiento de que en las Indias murió, en la población de Santo Domingo de Guare, provincia de los Conchucos del Perú, donde otorgó poder a determinados parientes atencinos  el 18 de junio de 1625, para que a su muerte, acaecida el 22 de abril de 1626, distribuyesen sus bienes. Sus herederos eran Juan de Soto, beneficiado de la iglesia de la Santísima Trinidad, y Alonso. hermanos ambos del difunto, cuyos bienes ascendían a la importante cantidad de veinticuatro mil setecientos setenta y cuatro maravedíes, heredándolos estos, ya que la mujer de Juan de Soto, María Hierro, había fallecido unos cuantos años antes en la propia Atienza, siendo enterrada en la iglesia de San Juan.

Atienza, de donde salieron buen número de hidalgos camino de América


   Ese mismo año de 1626 otro atencino, Marco Antonio de Salcedo, marchó a las Indias. De profesión escribano, e hijo de Cristóbal de Salcedo e Isabel Meléndez, marcharía a Nueva España junto con su mujer Jerónima Galíndez, natural de San Esteban de Gormaz. El nombre de Marco Antonio de Salcedo, como escribano público, o lo que hoy conoceríamos como Notario, se encuentra en multitud de documentos de la época. Salcedo se asentó en  Nueva España, instalándose en Coyoacán, donde ejerció el oficio hasta su muerte.

   A nuestro paisano Francisco del Rivero, hijo de Juan Gutiérrez del Rivero y de Luisa de Riveros, se le autorizó viajar a Nueva España con un criado que ajustó en Sevilla, de nombre Juan de Aguilera, el 25 de junio de 1626. Los padres de Francisco del Rivero ya se encontraban  en México desde años atrás. También como criado, en esta ocasión del arzobispo de Lima, el riojano Antonio de Soloaga, partió hacia Perú nuestro Juan Palancares en 1713. Juan Palancares contaba a la sazón con  28 años de edad, y de él sabemos que era mediano de cuerpo y pecoso de cara.

  De José de Elgueta, gobernador del Estado de Concepción, en Chile, ya nos ocuparemos.
  Sirvan estas líneas para conocer un poco más lo que fue de los nuestros, al otro lado del mar.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 29 de septiembre 2017

lunes, septiembre 25, 2017

RUGUILLA: MEMORIA DE ELENA SANZ



RUGUILLA: MEMORIA DE ELENA SANZ
Los hijos del rey Alfonso XII dieron sus primeros pasos en Ruguilla



   Elena Sanz ha pasado a la historia con ese nombre. Otros la hemos rebautizado, como “La Favorita”, o “La Perla de París”. Servidor incluso se atrevió a darle el título de “Reina”, porque pudo reinar en España en unos tiempos, los del último tercio del siglo XIX, en los que España tenía un rey joven al que le buscaban, precisamente, una reina.

   Su verdadero nombre era digno de las casas aristocráticas, Elena Armanda Nicolasa Sanz y Martínez de Arizala Carbonell y Luna. Pateando, sus apellidos llegaban a tocar la hidalguía de sus parientes, los condes de Cabra, a pesar de que Elena, muerto el padre, y sin posibles, lo más que aspiró fue a educarse en un colegio de niñas huérfanas de buena familia, el de las “Niñas de Leganés” que, costeado por el duque de Sesto y marqués de los Alcañices, se levantaba en la calle de la Reina de Madrid, junto a la iglesia de la Presentación en la que las niñas, los domingos y fiestas de guardar, endulzaban los oficios con la miel de sus voces en lo que era el mayor atractivo que Madrid ofrecía a propios y extraños en la década de 1860.
Elena Sanz junto a sus hijos Alfonso y Fernando
 
   La reina, doña Isabel II, aficionada al cante como ella sola, solía pasearse de cuando en cuando por la capilla de la Presentación, ante todo cuando en las cuaresmas las niñas ofrecían lo mejor de su ser, y de su voz, para goce y disfrute de quienes costeaban sus estudios. Entre aquellas voces, a juicio de su director, un hombre que pasó a la historia de la composición, Baltasar Saldoni, destacaba la voz melosa y dulce de Elena Sanz. Tanto que hasta la reina la quiso conocer, y se la presentaron. Se conocieron en vísperas de la Gloriosa que terminó con el reinado de doña Isabel II. Aquel septiembre de 1868 Elena Sanz salió para París, a educar su voz para dedicarse al cante y doña Isabel camino del exilo. Antes de separarse, sin sospechar que no tardarían en verse, y por si pasaba por allí, la reina encargó a la joven Elena que si caía alguna vez por Viena no dejase de saludar a su hijo: Alfonsito, príncipe de Asturias, quien en la Viena de Austria, Francisco José y Sissí, se preparaba para ser un día el rey de las Españas.

   Se conocieron, y contamos, quienes hemos seguido la historia, que de aquel encuentro surgió la flecha del amor sin fronteras ni barreras. Elena tenía unos cuantos años más que Alfonso. Por supuesto que nadie pensó que de aquellos encuentros, discretos y sin ataduras, pudiera surgir el amor. Fueron un par de años, los primeros de la década de 1870, algo tórridos para la pareja. Después llegó la separación. Elena se dedicó a lo suyo, el cante; y Alfonso a lo suyo también reinar.



   Para encontrarse de nuevo tuvieron que pasar unos años. Cuando lo hicieron Alfonso estaba convertido en la esperanza de España y Elena, tras una gira gloriosa por Argentina y Brasil, junto a Julián Gayarre, se preparaba para ser la estrella de la nueva temporada del Teatro Real de Madrid, que la abrió el 4 de octubre de 1877 con aquella obra que la dio sobrenombre: “La Favorita”. Gayarre era el rey. El verdadero, Alfonso XII, se presentó en el teatro al día siguiente, y el amor suspendido encontró de nuevo el haz de su luz.

   Fue una historia melosa. Al uso de las novelas por entregas a las que tan aficionados eran por entonces los madrileños. Una historia tan real que Elena comenzó a ser admirada mucho más allá de los escenarios, y a ser vista, con malos ojos por la alta nobleza y el Gobierno, como reina de España. Es por ello que a don Alfonso le buscaron reina, su prima, Merceditas quien, desgracias del destino, no vivió demasiado.

   Las penas de la viudez las pasó don Alfonso junto a Elena, en el palacio de Riofrío. Hasta que llegó la hora de buscarle nueva reina, porque Elena, una cantante de ópera, a pesar de que fuese una de las más aplaudidas y celebradas de Europa, no podía ser. Cuando lo casaron, con prisas, Elena esperaba un hijo del rey. La enviaron, para evitar el escándalo, a París. Allí nació Alfonso Enrique Luis María Sanz Martínez de Arizala, el 28 de enero de 1880 y, de vuelta a Madrid, un año más tarde, Fernando, el 25 de febrero del 81. Para entonces nuestro rey tenía nueva reina en el trono, María Cristina quien, en duelo de mujeres, y por todos los medios, trató de apartar a Elena de Madrid. Y lo logró.

   Pero antes de que aquello sucediese Elena, junto a su madre, doña Dolores, y no pregunten cómo ni a través de quién, conocieron a una mujer joven que podía criar a los niños. Era algo habitual en un tiempo en el que las damas de la alta nobleza reservaban sus cuerpos, y pechos, para la mirada pública. Para amamantar a sus hijos buscan “un ama de cría”. Elena la encontró en Ruguilla. Un pueblecito de la Alcarria, en lo más hermoso de Guadalajara. En Lucía de la Roja.

   Los chiquillos, Alfonso y Fernando, llegaron a Ruguilla en la primavera de 1881, y por allí anduvieron y corretearon ajenos a cuanto sucedía con su madre y ocurrió con su padre, don Alfonso, que bajó a la tumba sin reconocerlos, a pesar de que a punto estuvo.

   Casi todos los domingos, un elegante coche de caballos llegaba a Ruguilla, hiciese mal o buen tiempo y, junto a la ermita de la Soledad, dos mujeres cubiertas de velos descendían de él y buscaban la casa en la que aquellos chiquillos vivían. Al cabo de la tarde las damas partían. La escena se repitió una y otra vez a lo largo de tres o cuatro años.

   Muerto el rey, en aquel nefando otoño de 1885, los niños cambiaron Ruguilla por París y la Alcarria perdió su memoria. La reencontró muchos años después, cuando los hijos de Elena llevaron a los tribunales a la familia real, en busca de su legitimación. Fue un pleito farragoso que llenó páginas de prensa, nacional y extranjera. Los hijos de Elena, y de Alfonso XII, pleiteaban por su reconocimiento legal en la España de 1908, llevando a los juzgados a príncipes, infantes, duques, ministros… También se pidió el recuerdo de aquella familia de Ruguilla.

Elena Sanz, la Perla de París (La novela, pulsando aquí)


   La historia de amor entre Elena y Alfonso se cuenta en una obra que, quienes la han leído, no han dejado de aplaudirla: “Elena Sanz. La Perla de París”, que llegó a obtener el accésit del premio “Hispania” de novela histórica hace dos o tres años.

   Elena murió joven, del mismo mal que su Alfonso; en Niza, donde se refugiaban las reinas sin trono y las emperatrices sin imperio. Aquella familia de Ruguilla tuvo mejor suerte, dentro de la suerte que acompaña a los humildes. Al marido de aquella ama de cría, Domingo Recuero, le buscaron empleo en la Delegación de Hacienda de Guadalajara. Ascendido en el cargo terminó sus días en la Barcelona de la década de 1920.

   Memoria y recuerdo de tiempos pasados, en una Ruguilla, patria también de Francisco Layna Serrano, que tantas cosas tiene todavía por contar.

   
Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 22 de septiembre 2017