viernes, septiembre 20, 2019

LAS TROYANAS DE ATIENZA.


LAS TROYANAS DE ATIENZA.
Va para 50 años que en Atienza se reunieron grandes estrellas de Hollywood, en el rodaje de la película de mayor presupuesto entonces rodada en Europa.
Un libro rememora ahora los entresijos del rodaje

Tomás Gismera Velasco

   El 31 de agosto de 1970 dio comienzo en Atienza, de manera oficial, el rodaje de una de las grandes películas del cine mundial. La cinta es una trama teatral y habla de una guerra, la de Troya.

   Por aquellos días de 1970, ahora comienza a celebrarse el cincuenta cumpleaños, en Atienza se rodaba la película “Las Troyanas”, basada en la tragedia de Eurípides, según la versión de Jean Paul Sartre y dirigida por un griego, Michael Cacoyannis a quien el éxito acompañaba desde que rodó su “Zorba el Griego” unos años atrás. Claro está que “Zorba el Griego” se rodó en Grecia, donde debía de haberse rodado la película “Las Troyanas”. 

 




   El golpe de estado allí conocido como “de los coroneles”, privó a Cacoyannis de regresar a su país, en el  que tenía orden de prisión, al no comulgar con las ideas políticas de aquellos; y concedió a este pueblo de la geografía provincial, Atienza, el honor de convertirse en una Troya imaginaria. Una Troya que los encargados de buscar exteriores naturales no encontraron ni en África ni en Europa, continentes en los que fijaron su mirada; hasta que llegaron a Atienza. Curiosamente, aunque es mucho lo que conocemos en torno al rodaje, desconocemos de quién surgió la idea de rodar aquí.

   Por supuesto, rodar hace cincuenta años una película de las características de Las Troyanas, nada tiene que ver con los rodajes actuales, en los que los medios digitales ahorran tiempo y dinero. Entonces todo era a base de ciencia, manos y mucho personal. La producción de la película dejó cifras fabulosas para su tiempo, desde los 2.000 millones de pesetas –una auténtica barbaridad para aquellos años-, en que se cifró el presupuesto de rodaje; a los cerca de doscientos técnicos de producción: más de un centenar de intérpretes, entre principales y secundarios, y cerca de dos centenares de “extras”, o personal de figuración, como hoy se diría.








   Reuniendo, por si lo anterior fuera poco, a cuatro  de las mujeres que entonces gozaban de mayor caché cinematográfico, con Katharine Hepburn a la cabeza; junto a ella, Vanessa Redgrave, Irene Papas o Geneviève Bujold. La Hepburn acababa de conseguir su tercer “Oscar”; la Bujold a punto estuvo de lograrlo el año anterior por su interpretación de Ana Bolena; Irene Papas era una estrella mundial desde lo de “Zorba el Griego”, y Vanessa Redgrave la inglesa más internacional. Junto a ellas, actores de la talla de Brian Blessed, triunfando entonces en las series de la BBC como el mosquetero Porthos; o Patrick Magee, de quien se decía que la mayoría de los papeles masculinos escritos por Shakespeare, parecían estar pensados para ser interpretados por él.

   Incluso la música, compuesta por Mikis Theodorakis llevaba el sello de la fama, tanto por venir Theodorakis de recibir los éxitos de la composición de “Zorba”, como por ser un perseguido político griego, como tantos otros.

   Algo llamaría la atención tiempo después, y fue el hecho de que se autorizase el rodaje de la película en España. Una película que, de alguna manera, por su anti belicismo y crítica social, no había de dejar en buen lugar a cualquier régimen militar. De ahí que después de rodada no se pudiera ver en España hasta muchos años después.

   El Ayuntamiento de Atienza se convirtió, de alguna manera, en colaborador necesario de la sociedad fundada para llevar a cabo el rodaje, una sociedad con capital americano, francés, italiano e inglés, la Shaftel Insurance, representada en España por quien más tarde sería una de las principales figuras de la cinematografía española, Francisco Lara Polop, quien se encargó de las principales gestiones, ante todo con el Ayuntamiento de Atienza y con el entonces Ministerio de Información y Turismo, ya que a través de él y de la Comisaría del Patrimonio Artístico Nacional de la Dirección General de Bellas Artes tuvieron que gestionarse las licencias necesarias para rodar en el entorno del castillo y murallas atencinas. Pues si bien el principal monumento de la villa no iba a ser alterado en lo más mínimo, sí que fue preciso llevar a cabo movimientos de tierra, construcción de alguna especie de templo griego e incluso convertir las cuestudas tierras de Santa María del Val en campamento aqueo. Las autorizaciones se dieron, con la obligación por parte de los responsables de la cinta de que, una vez concluido el rodaje, todo volvería a su estado original; siendo obligados, para asegurar que cumplirían su palabra, a hacer un fuerte depósito monetario ante aquella Comisaría.






   Echar hoy una mirada a toda aquella documentación que se movió en torno a la “Película del Castillo”, como la definió el Ayuntamiento de Atienza es echar una especie de mirada a aquella otra cinta en la que Luis García Berlanga nos pintó la España que esperaba el milagro americano de Bienvenido Míster Marshall; en Atienza, al revés.

   Desde el mes de mayo de 1970 en Atienza se echaron bandos para que los atencinos ofreciesen a los americanos lo que los americanos precisasen: desde los rodillos de la era, para simular columnas griegas; a habitaciones con cama, y orinal bajo la mesilla de noche, en las que alojarse.

   El elenco de la película desembarcó en Madrid en el mes de julio, tomando casi para ellos solos uno de los mejores y más lujosos hoteles de la capital, el Eurobuilding, inaugurado por aquellos días. En la habitación 614, la de Michael Cacoyannis, se centraban las operaciones. Y en Atienza, para aquellas más de doscientas personas se brindaron, ante el Ayuntamiento, para darles alojamiento en 33 habitaciones con 48 camas, 33 vecinos. Por supuesto, la mayoría de las habitaciones compartidas y sin aseo; hacía muy pocos meses que Atienza contaba con agua corriente en las casas.

   La mayoría de los integrantes de la producción se alojaron en Sigüenza, donde coparon todos los hostales; algunos más iban y venían a diario de Madrid a Atienza; para el director de la cinta y los principales intérpretes se habilitaron las casas seguntinas del conde de Romanones y del marques de Santo Floro, y para la gran estrella, Katharine Hepburn se alquiló en Atienza, a precio fabuloso, la casa de más reciente construcción.

   Claro está, también se solicitaron mujeres, principalmente mujeres, para trabajar en la obra. Fue lo que  más trabajo costó. Las atencinas de aquellos tiempos, o los atencinos de aquellos tiempos, no veían con los mismos ojos que hoy lo hacemos aquello del cine. Aun así, se apuntaron provisionalmente, para trabajar en la  película, 117 mujeres, de las que finalmente tuvieron papel alrededor de 50; y alrededor de 30 hombres pretendieron hacerlo, incluso el tio León, a sus 87 años de edad; además de un gran número de chiquillos.

   A aquellas 50 mujeres de Atienza, por insuficientes, tuvieron que añadirse otras tantas más de los pueblos de alrededor, y de Sigüenza. La productora tuvo que recurrir a la contratación de la mayoría de los autocares de la empresa alcarreña de Ricardo García Tejedor para recoger a aquellas actrices de figuración a las que en la cinta tan sólo se las veían los ojos.

   Hasta el mes de noviembre duró aquella especie de mundo cinematográfico en el que Atienza se convirtió. Un mundo que empezó con calores, terminó con nieves y cambió el entorno. Del cerro desaparecieron los antiguos postes de la luz, y los grajos, que fueron expulsados de sus nidales a pedradas. Su graznido obstaculizaba el rodaje, que se llevaba a cabo con sonido directo.

   Tras el The End, puesto el mes de noviembre, para Atienza quedó el recuerdo y posteriormente el olvido. Ahora, a punto de cumplirse los cincuenta años del rodaje un libro: “Las Troyanas de Atienza. Cuando Atienza se convirtió en Troya”, rescata toda aquella aventura, la del rodaje de una película que se pudo ver, casi a escondidas, por vez primera, en Torremolinos, en el mes de octubre de 1971; y que se ha convertido en película de culto, una especie de obra maestra del cine mundial.

   También se descubre alguna actuación, un tanto discutible, del atencino alcalde de la época. Por vez primera conocemos que, impresionada Katharine Hepburn de la pobreza de la Atienza de aquel tiempo, y encariñada con los chiquillos de la villa, se ofreció para construirles, ¡nada menos!, que una nueva escuela, ofreciendo para ello un puñado de miles de dólares. Las niñas ya la tenían.  

   Pero esa historia da para otra película, la del enamoramiento de Katharine Hepburn de una pequeña localidad de Guadalajara, de nombre Atienza, en la que se quiso quedar a vivir. (Continuará).

Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 20 de septiembre de 2019





viernes, septiembre 13, 2019

MEMORIA DE LUPE SINO. Actriz por encima de todo, ha pasado a la historia por ser la novia del torero Manolete. Hoy se cumplen 60 años de su muerte


MEMORIA DE LUPE SINO.
Actriz por encima de todo, ha pasado a la historia por ser la novia del torero Manolete. Hoy se cumplen 60 años de su muerte

   Aquella tarde Guadalupe debiera de haberse quedado en casa, en la habitación del hotel, a esperarlo, como en tantas otras ocasiones; esperando a que sonase el teléfono para decirla que todo salió bien. Como tantas. Que para eso están los toreros. Para triunfar y salir a hombros por la puerta grande de cualquier plaza. Y para que la gente los aclame por la calle mientras en volandas los llevan de un lado a otro. Pero aquella tarde a Lupe no la llamaron para decirle que su Manuel había triunfado en la Maestranza. Que el público, puesto en pie, lo empujaba como otras veces camino de la gloria. No, aquella tarde la llamaron para decirle que Islero… 

 Memoria de Lupe Sino. Guadalajara en la Memoria. Periódico Nueva Alcarría

   Y aquellos ojos negros que la miraban lo decían todo. Decían que las Vírgenes cordobesas se preparaban para vestirse de luto y que las lágrimas de cristal de sus caras de cera se habían vuelto claras, tan claras como las lágrimas de verdad. O mejor, turbias. Tan turbias como el dolor. Mientras ella, a quien todos tenían por la mujer del torero; a quien habían visto una y otra vez en los retratos de los periódicos y de las revistas de moda; a quien vieron en las salas de cine, aquel día se encontraba tomando las aguas, en Lanjarón. Y su Manuel se moría.

   Llegó de madrugada, poco antes de que lo hiciese el doctor Guinea, al hospital de Linares. A las puertas el silencio de varios cientos de almas aguardaban el milagro de la Macarena, o de la Fuensanta, o del Anciano de Jaén. Y cuando el coche, con Lupe dentro, se detuvo ante las puertas y la vieron salir vestida de negro, el silencio se hizo más profundo y la abrieron paso entre susurros. Susurros que la acompañaron hasta las mismas puertas de la habitación en la que a Manuel, después de tantas trasfusiones de sangre como le hicieron, se le iba la vista, y allí, después de tres o cuatro horas de viaje pensando en él, cayó desvanecida cuando don Álvaro, o don Manuel, o Gitanillo de Triana, le dijeron  que no lo podía ver. La dejaron entrar en la habitación cuando ya estaba muerto.

   Lupe se echó sobre sobre la cama, a besarlo en las mejillas; en la frente, esperando que Manolo, su Manuel, reaccionase. Pero no. Ya no era del mundo. Después salió, como una Dolorosa.

   Eran las diez de la mañana, cuando como si de una procesión del martes santo sevillano se tratase, la de vehículos, con el torero muerto, se puso en movimiento camino de Córdoba, lejana y sola. Y, como si del  Cristo de los Gitanos al paso por La Campana se tratase, al pasar por los pueblos se detenía la vida, y las gentes salían a la carretera a despedir al torero y llorar, como Lupe, para los adentros. Por la Villa del Río, Montoro, El Carpio… Así, hasta Córdoba, lejana y sola. Hasta la entrada por la torre de la Malmuerza, donde comenzó a llover. Una lluvia de pétalos de flores.

   Después, en la casa del muerto, cuando a las cinco de la tarde llegó doña Angustias, que hasta la víspera se encontraba en San Sebastián, tomando las aguas, todos los ojos se fueron hacía ella. Lupe no estaba allí. A Lupe la aconsejaron no viajar a Córdoba, para que no la mirasen mal. Para que no se encontrase con los ojos de doña Angustias cuando doña Angustias llegase y la dijese algo así como: ¡Por tu culpa! Como si ella hubiese tenido culpa de algo. O sí que la tenía: de haber conocido al torero en uno de esos bares de buena fama, porque a él acudía todo el famoseo del Madrid de la postguerra; o de mala fama, porque a él acudían todas las mujeres que buscaban fama al lado del famoseo de la postguerra. Había llovido desde aquella primavera de 1943, cuando ella acaba de estrenar su “Testamento del Virrey” y Pastora Imperio la tomó del brazo y le presentó al torero de la cara seria. El torero Dominguín, mientras el torero Manolete viajaba por última vez a Córdoba, llevaba a Lupe, gimoteando, a Madrid.



   En medio de aquellos años que pasaron, las idas y venidas, del hotel Victoria de la plaza de Santa Ana -la casa del torero-, al pisito de Hilarión Eslava 28, la casa de Lupe.

   Atrás los papeles secundarios en media docena de películas; y los papeles casi principales en “La Famosa Luz María”, “El testamento del Virrey” o “El marqués de Salamanca”.

   Podía haber sido, a partir de entonces, de la muerte de Manolete, la viuda del torero, o la viuda de España. Pero, aunque todos conocían que lo era para los ojos del mundo, no habían recibido la bendición del Señor; ni habían firmado documento alguno y por ello nunca fue la mujer del torero. Que vivían, sí, pero en pecado. Pecado mortal. Y no existe en el mundo mayor pecado que ese.

   Que pudo romperse aquella misma madrugada, en la habitación del hospital de Linares donde agonizó Manolete, si ella lo hubiese querido, o hubiese podido. Una sola palabra suya hubiese bastado, porque la fecha para la boda, la de verdad, estaba fijada para el 18 de aquel noviembre, sin que ni doña Angustias ni el señor Camará, ni nadie más que ellos, pudieran meterse por medio. Pero no quiso, o no pudo, perturbar el último hálito de la vida del hombre al que amó.

   Su mirada de mujer pecadora salió en alguna que otra revista. Y se contaron algunos que otros chismes e intimidades que a nadie importaban, salvo a ella. Y por aquellas cosas del pecado mortal comenzaron a cerrarse puertas, como si ella, Lupe, Antoñita, la mujer fatal, hubiera sido la responsable de la muerte del torero. La responsable de que las Vírgenes de Córdoba se vistiesen de luto. Mientras, la ponían encima de la mesa  cheques en blanco, para que contase lo que se podía, y lo que no se podía contar, de la vida del torero. Y ella, que pudo vivir de contar historias, verdaderas o inventadas, guardó silencio y rechazó los billetes.

   Y la vida, que es como esa rueda que gira y no para, la mandó lejos de España. A llorar sus penas, a Lima, en el Perú, primero. Desde allí, a México, la tierra prometida. A la llamada de su hermana Lucía. ¡Qué cosas! En México le ofrecieron un pequeño papel en una película que podía ser… su película.  Una película con un título, y un subtítulo, prometedor: “La dama y el torero, un corazón en el ruedo”. Un éxito en aquellas tierras, con actores y actrices de aquellas tierras, y ella, que fue la verdadera dama del torero.

   Lupe –Guadalupe- Sino, Antonia Bronchalo Lopesino, hasta entonces, hasta que conoció a Manolete, había llevado una vida algo alborotada. Desde que nació. Había tratado de ser algo en el mundo. De dejar su nombre inscrito en los papeles, en la prensa, en los libros, por algo excepcional. Le gustó lo de ser actriz, y después que pasaron aquellos días turbios de República y Guerra, cuando se puso en Madrid, con la juventud, la hermosura, la vida por delante de sus veinticinco años cumplidos, viendo en los cartelones de un Madrid que despierta a la miseria de una guerra las grandes actrices de aquel Hollywood, soñó ser como ellas. Cuentan que la conocieron por los cafés de moda, al lado de escritores, actores y toreros. Y apareció en los carteles del cine, al lado de aquellos actores y actrices que llenaban las salas de después de una guerra; al lado de Manolo Morán, y de Mercedes Vecino, y Manolo Luna, y Pepe Isbert, y Milagros Leal… hasta que conoció a Manolete, y por su hombre lo dejó todo; el teatro, el cine y el mundo. 

   Y… tras la muerte del torero, poco más se supo, porque prometió y guardó silencio. Bueno, que dos años después de la muerte del torero se casó con un abogado de renombre en Ciudad de México. Y que allí volvió a las pantallas del cine, y después, un día, se presentó en Madrid como una gran señora a la que nadie conoció. Una gran señora que podía pasar por una gran actriz, de aquellas que llegaban de Hollywood y se hospedaban en el Palace, o el Ritz, y se paseaban del brazo de toreros de éxito y moda por la Gran Vía.





   Para entonces Lupe llevaba una vida discreta, y continuó guardando silencio. El silencio que acompaña la viudez de la mujer del torero; hasta que llegó su hora, la del 13 de septiembre de 1959 y, como en un vuelo, desapareció. Se había divorciado del abogado mexicano que se llamó José Rodríguez Aguado, El Chípiro, en el mundo inmobiliario en el que se movía; y llevaba una vida discreta en un barrio y una calle acomodada de Madrid, el paseo del Pintor Rosales. Desde sus ventanas se asomaba a la madrileña Casa de Campo.

   La prensa que dio la noticia pasó por alto que fue una actriz de mediano éxito, que se buscó la vida como el mundo la dio a entender. La prensa del momento se limitó a consignar en cuatro líneas lo sucedido. Su muerte, trágica, como la del torero que le dio la  fama: “La en otros tiempos conocida actriz Lupe Sino –Antonia Bronchalo en su vida privada-, novia que fue del inolvidable lidiador Manuel Rodríguez “Manolete”, ha fallecido en Madrid a los treinta y nueve años de edad, a consecuencia de un derrame cerebral”. Lupe, Antonia Bronchalo, una alcarreña de pura cepa, de la Alcarria de Sayatón.
   Olvidaron decir que fue una mujer valiente que vivió la vida con valentía, y como la pudo vivir, en unos tiempos, de República, Guerra y Postguerra, en lo que lo que más importaba era eso, seguir viviendo.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 13 de septiembre de 2019