lunes, diciembre 11, 2017

CUANDO A JADRAQUE LE TOCÓ LA LOTERÍA

CUANDO A JADRAQUE LE TOCÓ LA LOTERÍA
A pesar de que, sin duda, su mejor lotería fue la  del ferrocarril


   En las vísperas de la Navidad de 1909, al ruido de lo que estaba sucediendo en torno a la farmacia de don Jacinto Abós Valencia, en Jadraque, se reunió medio pueblo y, poco a poco, se fue corriendo la voz. Al Sr. Abós le había correspondido un buen pico en miles de duros, gracias a una participación del número 24.056, agraciado ese año con el famoso “gordo” de la lotería de Navidad, que cantaron los no menos populares niños del Colegio de Huérfanos de San Ildefonso.

   Colegio en el que, por cierto, faltaba muy poco para que ingresasen dos chiquillos de la localidad, Luis y José Antonio Ochaíta, después de que a su padre, maestro del pueblo, en plena clase, le diese un derrame cerebral que terminaría con su vida. Casualidades del destino: a su hijo José Antonio, muchos años después, le sucedería lo mismo, mientras recitaba versos en Pastrana.



   Jacinto Abós era en Jadraque todo un señor figura desde que llegó a la población treinta años atrás procedente de Teruel.

   Además de la titularidad de la farmacia dirigía la oficina de Correos y Telégrafos, escribía para todos los periódicos de la provincia y le sobraba tiempo para enviar crónicas a los nacionales, dando cuenta de la vida de la localidad. También era coleccionista de sellos y postales, aficionado a los toros, y en la provincia de Guadalajara fue uno de los pioneros de la fotografía.

   No son muchas las que de él se conservan, para desgracia de nuestros tiempos. La temprana muerte de sus hijas, fallecidas con poco más de veinte años de edad, en el mismo mes y año, que lo sumieron en una profunda depresión; la dispersión de su herencia y el paso del tiempo nos han privado de una colección fotográfica que al día de hoy no tendría precio, ya que serían el reflejo de una época y, sin duda, de tres poblaciones en las que su nombre quedó marcado: Atienza, Hiendelaencina y, por supuesto, Jadraque.

                               Dos libros clave para conocer Jadraque, y sus gentes:                                     José Antonio Ochaíta. El príncipe de la copla 
                                    El Castillo de Jadraque. Las Torres del Cardenal 
                                         (Accede a los libros pulsando sobre el título)


   Era Jadraque, cuando esto sucedió, el centro cultural de la provincia gracias a personas como el Sr. Abós o don Eduardo Contreras,  quien fundaba por aquel entonces el no menos famoso “Museo Conteras”, con todas las colecciones de su padre, D. Bibiano, y las propias. Perdido igualmente en el tiempo y el olvido.

   El dinero del premio lo empleó don Jacinto en hacer algún que otro viaje de más a la estación de reposo por excelencia de la  alta clase social de aquellos tiempos, Panticosa. Su salud comenzaba a padecer los achaques de los golpes de la vida, que no de la edad, y necesitaba reponer fuerzas.

   Constituía, aquel golpe de suerte, la confirmación de que Jadraque estaba tocado por el dedo de la fortuna. No había pasado todavía mucho tiempo desde que a don Manuel Rodrigálvarez, de la industria y política de la villa del Cid, se le pegase a la cartera otro de aquellos números mágicos, el 48.659, que fue agraciado con un sexto premio y desde Madrid se llevó, íntegramente, a Jadraque. Allí lo repartió entre amigos y conocidos, y estos a su vez trocearon sus participaciones de tal manera que Jadraque comenzó el siglo XX con unos duros de más en el bolsillo. 



   A casi todo el pueblo le tocó la lotería. Y a casi todo el mundo le habían regalado la participación, con lo que se rompe ese decir de que la lotería, para que toque, hay que pagarla.

   Al Sr. Abós también le regalaron el décimo del gordo que marchó, mayoritariamente, a Brasil, ya que la principal afortunada y donante del décimo de don Jacinto había emigrado desde Jadraque a aquel imperio del otro lado del mar. No era la primera vez que el gordo de la Navidad hacía una excursión viajera al Nuevo Continente, por parte de Guadalajara, en este mismo decenio y de la mano de don Justo Sanjurjo López de Gomara, mitad de Brihuega, mitad madrileño, otro buen saco de duros se metió en el bolsillo de los empleados de su periódico bonaerense, del “Diario Español”, tal vez el diario más representativo de Argentina.

   No eran, don Jacinto Abós y don Manuel Rodrigálvarez, los únicos a los que el dedo mágico de la diosa lotera les incrementó la hacienda. Anteriormente don Antonio Botija y Fajardo, el Ingeniero Agrícola que llevó a Jadraque la predilección de los estudiantes por la profesión, había sido igualmente tocado por la diosa fortuna. Don Antonio, empleó algo de ese nuevo capital en fomentar la industria harinera en la comarca y, sobre todo, en llevar la luz eléctrica a la población, una de las primeras en encender la bombilla en la plaza Mayor, en aquel año tan significativo para otras historias, 1898. Don Antonio compartió algo de su suerte con otro jadraqueño que pasó a la memoria literaria, por figurar en uno de esos poemas que quedan para la historia. Lo compartió con don José García de Agustín, Ingeniero Agrícola también, quien pasó media vida en Lloilo (Filipinas), y trajo de allá aquellas panzudas consolas que su sobrino, José Antonio Ochaíta, reflejó en su “Autorretrato”.

   La dicha de don Manuel Rodrigálvarez alteró de tal manera la vida de Jadraque y su entorno que, a partir de aquel golpe de la suerte, los mercados de los lunes previos al famoso sorteo no acudían los lugareños de las aldeas vecinas a comprar o vender, sino a buscar participaciones del “gordo”.

   Aquel movimiento dio pie a nuestro buen don Jacinto para escribir en una de sus crónicas: ¡Qué idea tendrán formada estos pobrecitos de lo que es la lotería de Navidad! Qué desencanto será el suyo cuando vean que no han sacado ni el reintegro.



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   Pueblos vecinos hubo que, por probar fortuna, comisionaron a un propio que llegase a Jadraque con el encargo de adquirir participaciones para todo su pueblo. Y uno en particular, Jirueque, que llegó a adquirir una determinada cantidad para repartirse en papeletas entre todos los naturales de la población: mancomunadamente juegan sus décimos dando participaciones hasta de perra chica, con la condición de ser pura y exclusivamente para y entre los vecinos del mismo. Esto es llegar ya al fanatismo. Decía la prensa.

   Y es que la prensa no entendía aquel fanático procesionar de aldeanos a través de los comercios de Jadraque en busca de participaciones, cuando en Jadraque todavía, cuando esto sucedía, no había siquiera administración oficial de loterías. La abriría doña Tomasa Burgos, como un añadido más a su no menos famosa abacería, diez años después de la gracia de don Jacinto.

   Y desde la Navidad de 1919 a doña Tomasa no le faltó clientela. Porque en Jadraque, desde 1861, la lotería, aunque pasase de largo, siempre tocaba.

   Fue aquel año, el 6 de octubre de 1861, cuando realmente a Jadraque le tocó el primer premio. Aquel año y ese día comenzaron a circular los trenes entre Madrid y la villa; entre la villa y Guadalajara y, tiempo  después, entre Madrid, la villa, Sigüenza, Zaragoza…, y el mundo.



   Cuando a Jadraque le tocó la lotería del tren era una población que comenzaba a apagarse. Por ello no vamos a extrañarnos de que cuando se comunicó de manera oficial que la línea férrea atravesaría aquellas tierras, sus entonces alcalde, don Antonio Loperráez, se dirigiese a S.M. la Reina doña Isabel, a decirle que en nombre de todo el vecindario, muchas gracias: Señora el Ayuntamiento de la villa que suscribe, fiel intérprete de los sentimientos que abriga su vecindario, a V.M., con la más profunda veneración…

   La vida, desde que comenzaron a circular los trenes, cambió como de la noche al día. Hasta para las ovejas sorianas que descendiendo de sus majadas y por aquellos caminos que al día de hoy se han ido comiendo poco a poco los tractores, año a año y surco a surco, llegaban a Jadraque por la primavera para tomar el tren camino de Ciudad Real y seguir a Extremadura y Andalucía, regresando por el otoño. A las ovejas, se entiende que sus pastores, las sacaban billete de ida y vuelta al precio de cinco reales por cabeza. Algo más de cincuenta mil viajaron el primer año, y al siguiente el número superó las sesenta mil cabezas.

   A pesar de que, llegados estos días, a lomos de mula, a Jadraque continuaban llegando los aldeanos en busca de una participación para el sorteo de Navidad, diciendo, como don Jacinto Abós, aquello de: Quien en Jadraque no compre su correspondiente participación, no se queje después.
   A tiempo estamos todavía.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 7 de diciembre/2017

viernes, diciembre 01, 2017

DICIEMBRE, MES DE LA MATANZA EN LA SERRANÍA

DICIEMBRE, MES DE LA MATANZA EN LA SERRANÍA
La matanza del cerdo fue todo un rito en la economía rural


   Tres días hay en el año,
que se llena bien la panza,
Nochebuena, Jueves Santo,
y el día de la matanza.

   Bueno, en algunos lugares esos tres días, según para donde tiremos, además del de la matanza, que ese es fijo en cualquier parte, eran el de la esquila (de las ovejas), y el de la fiesta patronal. Para el resto del año… ¡pan y tocino! Para Sancho Panza, Miguel de Cervantes y su Quijote eran los dos de siempre y el de Jueves Santo; él sabrá el porqué.

   Aclaro, para quien no lo sepa, puesto que estas son cosas que se van perdiendo: La matanza consiste en matar los cerdos y prepararlos y adobar la carne para hacer los embutidos. Hoy se mata, y se hacen  embutidos, pero al son de la dulzaina y el tamboril, y no es lo mismo.



   Lo de la matanza del cerdo se pierde, lógico, en la noche de los tiempos. En algunas obras literarias procedentes de la Grecia clásica aparecen citados el jamón, el tocino y los embutidos. Aristófanes, por ejemplo, muestra a un personaje en una de sus comedias que sale adornado con una ristra de chorizos, al que todos conocen como el salchichero.

   En España, Marcial (Marco Valerio, no nos confundamos) hace alusión a los jamones en algunos de sus versos. Siglos más tarde, el Arcipreste de Hita enumera en El Libro del Buen Amor las carnes que consumen los españoles y cita los jamones enteros, que son fruto de la matanza. En El Quijote, Cervantes elogia las virtudes de Dulcinea y entre otras cosas dice “que tuvo la mejor mano para salar puercos en toda la Mancha”.

   El origen de los sacrificios revestía en un principio cierta categoría de sacrificio a los dioses. Los romanos troceaban el cerdo, lo mezclaban con tortas de trigo, lo ofrecían a los dioses y a partir de ahí lo echaban a los campos para fertilizarlos. Estos mitos y antiguos rituales no se desterraron con la llegada del cristianismo sino que se perpetuaron en toda su iconografía. 



   TRES LIBROS PARA CONOCER ATIENZA A FONDO.




   La fiesta de San Martín, el día 11 de noviembre, señala la fecha a partir de la cual se puede realizar la matanza y degustación del vino nuevo e igualmente señalaba el principio de la matanza, de ahí el refrán: "A todos los cerdos les llega su San Martín", pero no se generalizaba hasta la llegada de San Andrés que cierra el mes de noviembre, que da pie a otro refrán: "Por San Andrés mata tu res", que era cuando se hacía sentir el frío necesario que requiere la matanza, para que las carnes no se nos pudran.

   La carne del cerdo, nutritiva y gustosa, ofrecía la posibilidad de ser salada y por tanto de conservarse durante largo tiempo; además resultaba muy provechosa para todas aquellas personas que ejercían un oficio o una profesión que exigiera un gasto de fuerzas y grandes energías.

   Por una razón puramente autárquica fue en los pueblos de la geografía española donde se instauró como tradición la matanza del cerdo. El conjunto de valores étnicos, sociales e ideológico-religiosos convierten ese rito en una auténtica manifestación cultural. La colaboración de vecinos, familia y amigos es decisiva en este proceso, ya que mientras uno sujetan al animal para su sacrificio, otros prestan los enseres para la elaboración de chorizos y demás alimentos.



   Las matanzas abarcaban desde mediados de noviembre a finales de enero, aprovechando la época del mayor frío.

   El día anterior al sacrificio comenzaban los preparativos. Las mujeres picaban las cebollas y las calabazas, cuando se empleaban, para las morcillas. Los hombres preparaban leña o afilaban las herramientas.

   Temprano se levantaban. Los hombres antes de empezar tomaban unas copillas de aguardiente.    El matarife era el encargado de sangrarlo, mientras las mujeres recogían la sangre en un recipiente, moviéndola continuamente para que no se coagulase. Después se mezclaría con la cebolla para hacer las conocidas morcillas, mientras los muchachos esperaban a que les diesen la vejiga para hacer zambombas con botes o latas. O simplemente, para utilizarla como mera diversión, a modo de pelota.

   La mesa del sacrificio debe de ser de madera de roble y con patas de castaño. El almuerzo de ese día suele consistir en hígado frito en abundante cebolla junto a parte de los tocinos menos grasos. La mondonguera es la encargada de elaborar las morcillas. Suele tratarse de la mujer más mayor de la casa, ya que une su experiencia al hecho de no tener el periodo, y por tanto, no existe la posibilidad de que se eche a perder el embutido.

   En las tripas gordas se embutía el bodrio formado por la sangre, el gordo, el arroz y la cebolla. Luego se ponían a cocer. Cuando al ser pinchadas no salía sangre se retiraban de la lumbre.

   El cerdo se mantenía colgado cerca de 24 horas para que la carne quedase tersa. El segundo día era el de mayor bullicio, pues se descarnaba y se preparaban los chorizos.

   Para el chorizo se usaban las paletas junto a carnes magras que se picaban y se dejaba reposar dos días mezclada con el pimentón y toda una colección de especies machacadas en el mortero. Las mujeres, con sus hábiles manos y un embudo, tejían hileras, atándolas con un cordel. Hasta que las máquinas suplieron a las manos.

   Los jamones y el tocino se destazaban y se salaban. Los lomos, la careta y la panceta se adobaban y colgaban en las grandes chimeneas. Los chorizos y morcillas se colgaban de varas, en los mismos techos.

   Aquellos días, y para comer, se hacía la típica sopa de matanza, que era como la sopa de ajo a la que se añadía la asadura. También se hacían chicharrones con las tiras de vientre y los entresijos.



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   El cerdo ha sido el animal más controvertido desde la Historia de las grandes religiones que moverían el mundo; dividió a la humanidad en dos, aquellos a los que está permitido comer su carne y aquellos a los que está prohibido. Ha alimentado un conflicto y marcado las fronteras espirituales. Sin embargo, ha llegado a nuestros días ajeno a los apetitos y tabúes de unos y otros.

   Además de haber servido de alimento preferido también ha servido para realizar instrumentos, fabricados con su vejiga, tripas o piel. Los panderos y zambombas presentes en todas las Navidades, y los tambores que han alegrado las fiestas y romerías populares.

   En algunos pueblos donde abundan las supersticiones, guardaban los dientes del cerdo para ayudar a las parturientas a dar a luz, y a las hijas a encontrar un buen novio.

    Tradiciones y costumbres que, según las regiones, acompañaron unas jornadas necesarias en los pueblos de España, y en la Serranía de Guadalajara.



   Hoy la matanza ha quedado para un día de fiesta. El que en muchos pueblos han titulado: ”fiesta de la matanza”. Y la matanza nunca fue una  fiesta. El sacrificio del  cerdo nunca fue un acto festivo. La matanza fue una necesidad. Un rito que se llevó a cabo con veneración, con respeto, con sentido de la necesidad.

   Hoy, que tantas cosas se han trocado en nuestro diario vivir, tampoco está de más entender que, por estos días, en cualquiera de nuestros pueblos, muy lejos del consumismo a que nos llevan las fechas, había algo que llenaba las ollas, y adornaba los techos, para que, llegado el estiaje, los segadores tuviesen merienda: Los jamones, las morcillas, los tocinos… las tajás de lomo, los tallos de chorizo…

   Al menos es lo que decía mi abuelo que fue, por cierto, junto a mi padre, el último matachín, conocido por su oficio como tal, del pueblo donde nació, o nacimos.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 1 de diciembre / 2017

viernes, noviembre 24, 2017

ATIENZA: PLAZA DEL MERCADO



ATIENZA: PLAZA DEL MERCADO
Fue el  centro comercial de la Villa

   La plaza de San Juan del Mercado, de Atienza, puede que sea una de las más conocidas de la provincia de Guadalajara. Mantiene esa estructura surgida en los años finales del siglo XVI, con una mezcolanza entre la vieja y la nueva castellanía, entre el modernismo de las grandes ciudades de la vieja España y el encanto de las pequeñas poblaciones de la histórica Castilla. En ella se centralizó la vida de la Villa. En ella se encontraba la Casa del Concejo, la del Corregidor, las del Cabildo de Clérigos, la audiencia e incluso la cárcel del distrito. En ella se dieron cita los eventos políticos, los espectáculos de toros, las verbenas y las ferias. Y como un añadido a ese escenario, la plaza reunía a lo más granado del comercio de la Villa, y de la comarca. Allí, bajo los centenarios soportales, desde cualquier parte de la Serranía, podía acudirse en busca de las últimas novedades, trasladadas a los recónditos parajes de la sierra de Guadalajara. Cuando Atienza era capital de la Serranía y las grandes ciudades se alejaban mucho más en la distancia.



   Simbólicos fueron los comercios de Rafael de Luis, Basilio Baras -que fue Alcalde de la villa a fines del XIX y “comisionista en granos”-, o la confitería y cerería de Fernando Aparicio: “Si vas a Atienza, Mauricio, no dejes de visitar el comercio de Aparicio”, el mismo comercio que salió ardiendo una noche de septiembre de hace cerca de cien años, convirtiendo en cenizas un lateral de la plaza. El de Ruperto Baras, donde podían adquirirse toda clase de tejidos, incluidas las famosas mantas de Palencia, o las bayetas de Teruel, Pradoluengo y, por supuesto, las atencinas, con fama entonces por media España.

   En el entorno de la plaza no faltaban las calles comerciales, Cervantes, anteriormente Zapatería y Mayor, con su comercio y casas señoriales. La del Águila, posterior de Layna Serrano; los callejones de San Pedro, por donde podía encontrarse algún que otro taller de carpintería o zapatería y, por supuesto, el callejón de las plazuelas, puerta divisoria entre el antes y el después de la villa, separadas por el portón del arco de San Juan. Cualquier sábado de cualquier mes del año el entorno se convertía en un laberinto de labriegos, o de “praineros”, enlazando no sólo a los vecinos de Prádena de Atienza, sino de toda la Serranía. Cuando los unos llegaban a vender, instalando en la plaza su tenderete con unos sacos de grano; y los otros a comprar, llenando las alforjas, siempre al hombro, con todos aquellos “compromisos” adquiridos antes de abandonar, de madrugada y entre sombras, sus respectivas localidades. La plaza, tantas veces retratada a través de la mirada de viajeros, historiadores o curiosos anotadores de una excursión de fin de semana es, al día de hoy, un espacio silencioso, aun conservando, como reseña de lo que fue, el entramado de sus soportales uncidos los unos a la madera siempre viva; los otros al granito labrado en orlas y escudos.



 LA HISTORIA RECIENTE DE ATIENZA, PASO A PASO
ATIENZA, HISTORIA DEL SIGLO XX. LOS CUATRO PRIMEROS NÚMEROS, YA A LA VENTA
(Accede a ellos pulsando sobre los títulos)



   Aquel espacio que naciese en tiempos de los Reyes Católicos comenzó a perder parte de vida en el siglo XIX, cuando la desamortización dejó sin vida las casas del Cabildo; más tarde se cerró la del Corregidor, y después se trasladaron las del Concejo; más tarde la cárcel del partido dejó de tener (afortunadamente) vida útil. Un buen día los espectáculos de toros dejaron también de tener en ella cabida; luego a los forasteros se los obligó a cambiar de ubicación sus tenderetes; después, poco a poco, se fue apagando el ruido comercial de las tiendas de los Baras o los Lafuente, al ritmo mismo que se iba apagando la vida de las calles y se cerraban las puertas de las casas. Todavía, en aquellos años duros de la década de 1950 y 1960, la plaza conservaba su espacio comercial. Unos tenderos suplían a otros. El comercio se iba modernizando; adaptando a los obligados tiempos que se echaban encima. A los de la luz eléctrica de noche y día, a los de la radio y la televisión. Todavía, al final de la década de 1960, la plaza conservaba, al menos, dos de aquellos comercios que habían subsistido a lo largo del siglo, y del tiempo: la Confitería de La Azucena y los Almacenes Ridruejo.

Pedro González (en el centro), fundador de Almacenes Ridruejo, de Atienza


   La Azucena era una de esas tiendas que se llenaban de todo aquello que podía llevarse a la boca. Pero no sólo era eso. La Azucena alcanzó renombre literario a través de Gerardo Diego y de su entonces propietario, Tomás Gómez, poeta de campo de los de Castilla.

   Se cerraron los grandes portalones y los vetustos edificios quedaron en el silencio de las noches de luna, después de que por ellas, incluso, pasase en forma de personaje de novela un tal Pepe Fajardo a quien Benito Pérez Galdós lo hizo Marqués de Beramendi y lo puso a vivir allí.

   Para finales del siglo XX un único comercio quedaba con las puertas abiertas al universo de la plaza, Almacenes Ridruejo. Detrás de su histórico mostrador todavía estaba su propietario, el señor Pedro, uno de aquellos hombres “del comercio” de toda la vida, que recibía a cuantos entraban en él con la sonrisa puesta y la elegancia en el vestir que siempre distinguió a los antiguos hombres “del comercio” elegante de toda la vida.

  Aquel hombre había conservado aquella tienda, bajo los soportales de lo que fuese Casa del Cabildo, como el primer día que su padre abrió sus puertas, sucursal de otro de esos comercios berlangueses de toda la vida, que de Berlanga venía, aunque los géneros se fuesen almacenando en sus anaqueles, o en la trastienda, con el sabor añejo de las boticas de pueblo donde alrededor de la mesa camilla, al calor del brasero, se mantenían tertulias o trataba de arreglarse el mundo en lo posible.

   A su muerte, y como heredero del oficio, quedó su hijo, también Pedro, nieto del fundador. Toda la vida detrás de un mostrador viendo pasar la vida de una de las más elegantes plazas de la provincia de Guadalajara. Tal vez, si hoy le preguntasen, diría que no sabría hacer otra cosa. Que aquel oficio lo aprendió desde su nacimiento y en él sigue y le gustaría seguir hasta que se apague su último día.

En la antigua Casa del Cabildo situó Pérez Gadós el palacio del Marqués de Beramendi


   Puede que sea el último comercio histórico de los que quedan en toda la Serranía de Atienza. El único con solera de la villa. Su exterior mantiene la estampa de postal que se llevan los visitantes en sus recuerdos. El interior se conserva como si fuese el primer día que se abrieron sus puertas. Las viejas columnas de hierro que sostienen el entramado de la viguería del viejo edificio… El mostrador de madera, bruñido por las miles de manos que le fueron sacando brillo y dando vida… Los anaqueles repletos de géneros… Tan sólo una cosa ha cambiado, los productos que se ofertan. Los embalajes, los envoltorios… Cosa de los tiempos. Pero allí, dentro del comercio, se sigue respirando el espíritu de la vieja Atienza, de la vieja Serranía. Nada tiene que ver con los grandes espacios de los modernos hipermercados. Allí dentro se respira humanidad. Hoy, cuando en la Serranía de Atienza todo parece relegado al silencio, cuando se cierran escuelas; cuando la vida se rige y dirige desde despachos oficiales a golpe de tecla de ordenador, todavía siguen quedando, cada vez menos, también es cierto, al menos, unas palabras, un lugar en las memorias.

   La de San Juan de Atienza, una de las grandes plazas de la provincia, antes conocida por la grandeza de sus comercios, y de su vida; conocida hoy por la vistosidad elegante de sus edificios, conserva, todavía, uno de esos por los que pasó y pasa la vida.



   TRES LIBROS PARA CONOCER ATIENZA A FONDO.


   Cuando nos queramos dar cuenta, sucederá con este lo que con los que le acompañaron a lo largo del siglo XX, cerrará sus puertas, aunque ya, en una página cualquiera de un periódico provincial, junto a la esquela de su defunción, no figurará aquello de “del comercio”. Su cierre pasará inadvertido. Y se cerrará una página de historia. De esa historia que documenta la vida de un pueblo. Y que debería de ser, como el pueblo, monumento. Porque es el único comercio histórico de la villa vieja, de la serranía inmemorial. El único que mantiene el hálito de una historia trenzada, como la madera que lo sustenta, con latido de tradición y alma de sinceridad sin tacha.

   Lo malo es que, lo poco, por poco, pasa desapercibido. Y estos comercios son ya tan pocos… que pocos se fijan en ellos. Y a ellos, la inmensa mayoría de los hijos de pueblo, hemos de estar agradecidos. Porque nos enseñaron las novedades del mundo. Y son, al día de hoy, un épico romance en la memoria.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 24 de noviembre 2017

viernes, noviembre 17, 2017

SOMOLINOS: INDUSTRIAS DEL PASADO



SOMOLINOS: INDUSTRIAS DEL PASADO.
DE LA FÁBRICA DE PAPEL A LA FÁBRICA DE LA LUZ.

   Puede que sea la de Somolinos una de las lagunas más conocidas de la provincia de Guadalajara, tanto por sus orígenes glaciares como por el número de molinos que la tradición nos cuenta que se levantaron en sus cercanías, a fin de aprovechar el beneficio de sus aguas, en el último rincón de la provincia de Guadalajara, rayanas con las de Soria y Segovia.

   Al hablar de molinos casi siempre se nos irá el pensamiento a los harineros, sin fijarnos en otros, que los hubo, de papel y de batir cobre, antes de convertirse en fábrica o salto de luz.

   Las tres industrias ocuparon el mismo suelo y se sirvieron de las mismas aguas, pues fueron pasando de una a otra conforme fue también pasando el tiempo.




   En 1805 ya podíamos leer en el Diario de Madrid que el duque del Infantado, titular entonces del martinete de cobre, lo ponía en arrendamiento a través de su administrador en Argecilla, D. Fernando Maynez Herreros.

   La fábrica de papel por su parte venía funcionando desde el siglo XVII. Al respecto, Gonzalo Gayoso Carreira, en su Adición Final a los apuntes para la historia del papel en España, nos indica:

   Madoz en 1846 al tratar del  partido judicial de Atienza dice de Somolinos: En él hay dos martinetes para batir el cobre que se recoge de varios puntos, y un molino de papel descompuesto. Y por último el señor Conde de Polentinos tiene proyectado en el mismo pueblo una gran fábrica para elaborar hierro forjado y fundido para presentarlo después en distintas formas.

   Efectivamente así era. La fábrica o molino de papel se había arruinado ya que los arrendadores dejaron de trabajarla por las distancia que había entre Somolinos y Madrid, principal mercado de su producto, que lo encarecía considerablemente.

   La finca, con el molino de papel y el martinete de cobre, puesta en venta por la Casa del Infantado, fue adquirida por el entonces conde de Polentinos, don Felipe de Colmenares, quien tenía inversiones en la comarca de Hiendelaencina en el naciente mundo de la plata.







    Esta fábrica comenzó a funcionar poco tiempo después, con el mineral de plata y hierro que procedente de Hiendelaencina era allí tratado para ser enviado a Madrid, de lo que nos deja reflejo algún que otro apunte referido a la fábrica de La Constante:

   No son demasiadas las referencias que tenemos en torno a la fábrica o molino de papel de que se nos hace referencia, más si volvemos al ya citado Diario de Madrid de los inicios del siglo XIX, volvemos a encontrarnos uno de aquellos curiosos anuncios que nos hablan del deseo de sus propietarios por ponerlo en otras manos:

   Se arrienda o vende una fábrica de papel, situada en la ribera de Somolinos, provincia de Guadalajara, al pie de una hermosa laguna de aguas cristalinas y abundantes, cuyo edificio se halla perfectamente reparado, con dos tinas, doce pilas y un martillo. La persona que quiera tratar de su compra podrá hacerlo en Madrid con Don Juan Bravo, maestro de coches, que vive en la Carrera de San Francisco, o en dicha fábrica con el mismo dueño.

Antiigua fábrica de harinas de los hermanos Aldea
 
   La adquisición la hizo la Casa del Infantado, uniendo esta a su explotación del cobre, poco antes de deshacerse de ambas.

   Sobre estas industrias se levantó en los comienzos del siglo XX la fábrica de luz que bajo el nombre de La Eléctrica de Santa Teresa, dio servicio de alumbrado a toda la Serranía de Atienza, y que estuvo en funcionamiento desde 1905 hasta 1968.  

   Anteriormente sus instalaciones estuvieron ocupadas por los martinetes de cobre, hierro y plata, que llevaron el mismo nombre, como se desprende de una información judicial de 1866:

   La Gaceta de 29 de diciembre último inserta un edicto judicial anunciando nueva subasta y remate de la fundición Santa Teresa, sita en el término de Somolinos, provincia de Guadalajara, con una extensión superficial de 42.783 metros cuadrados y 6 decímetros, comprendidos en ella el edificio destinado a fábrica de función que tiene 2.228 metros cuadrados de superficie y consiste en ocho crujías paralelas en planta baja y dos patios, hornos de fundición, molinos, almacenes, laboratorio y demás oficinas necesarias al objeto.
   Una casa en tres crujías paralelas en planta baja, principal y segunda, distribuidas en portal, escalera, cuadra, pajar, habitación y almacén.
   Otra en una crujía destinada al servicio del horno.
   Otra para el servicio del tejar en dos crujías.
  Y un horno de cocer ladrillos, cuyos edificios están separados el uno del otro habiendo sido retasada la posesión en 696.000 reales.

Marca de agua de la fábrica de papel

   En la primera subasta, a la que no se presentaron pujas, se tasó en 936.916 reales; en la segunda se abarató hasta los 747.200. La que damos cuenta era la tercera.

   Por su parte, la Reseña Física y Geológica de la Provincia, anotada en 1929, nos señala al respecto de estas industrias:

   La fábrica de fundición de Somolinos dispone de unos 30 metros de caída; otros de menos consideración dan movimiento a un martinete de cobre y algunos batanes escalonados entre aquel pueblo y Albendiego.

   Y todavía nos señala al respecto Manuel  Pérez Villamil en su “Viaje al Alto Rey”, publicado en 1879:

   En este terreno, que hoy pertenece al conde de Polentinos se construyó hace pocos años una magnífica fábrica para el beneficio de los minerales de plata y hierro, y que subsiste aún, si bien deteriorándose su complicada maquinaria por la acción implacable del tiempo y las humedades. Causa profunda lástima tan grande e injustificable abandono; pues si bien es cierto que fue un error industrial la construcción de tal fábrica en este sitio, a tres leguas escabrosas de las minas de Hiendelaencina, y cuando ya existía a una escasa distancia la grandiosa y bien montada de los ingleses llamada La Constante, es indudable que tan poderosa caída de aguas debiera aprovecharse en otros usos.

   Sobre todo ello volvemos a tener referencia a través de una nueva subasta judicial, esta de 1913 en que se saca a subasta una posesión, antiguamente fábrica de fundición denominada Santa Teresa, cruzándolos el río Bornoba y el antiguo Camino de Castilla.

La Laguna, generadora de numeosas industrias

    Para entonces, cuando la fábrica de la luz comenzó a funcionar, la finca había dejado de pertenecer al conde de Polentinos; don Felipe falleció, pero continuaba en posesión de la familia Colmenares, quien solicitará en 1900 el cambio de uso y el distinto aprovechamiento de las aguas, que les será concedido en 4 de junio de 1901 a través de su solicitante, D. Emilio de Colmenares. Podía dedicar la industria a la producción de energía eléctrica, siempre que no alterase el cauce. En la petición, presentada en el mes de agosto de aquel 1900 nos da cuenta de que las aguas del manantial que entonces pretendía cambiar, habían sido utilizadas en diferentes usos. El molino de papel dejó de funcionar, lo mismo que el resto de las industrias. Para entonces en el lugar se continuaba trabajando el cobre, pero transformándolo en calderas que recorrían los cuatro puntos cardinales.

   Hoy todo es historia, y la comarca avanza rápidamente hacía la despoblación. Las comunicaciones, tan importantes para enlazar los distintos mercados, llegaron demasiado tarde. No está de más hacer memoria de un tiempo, y de una tierra condenada al silencio.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 17 de Noviembre 2017