viernes, junio 22, 2018

ATIENZA: MEMORIA DE LOS HERMANOS ELGUETA. Cuatro nombres para la historia de España

ATIENZA: MEMORIA DE LOS HERMANOS ELGUETA.
Cuatro nombres para la historia de España



   Pocas poblaciones de entidad semejante a la de la villa de Atienza han dado tantos nombres de hombres y mujeres dignos de pasar a la historia de España con letras mayúsculas. Más raro aún el que de una misma familia numerosos de sus miembros hayan sido, para la provincia y el reino, nombres que a más de doscientos años de su muerte continúan siendo recordados allá donde su memoria se mantiene. Los hermanos Elgueta son, tal vez, los más recordados allá donde pusieron su mano. Al menos cuatro de ellos: Baltasar, Antonio, Pedro y José.



   La mañana del 24 de septiembre de 1697 recibió sepultura en la iglesia de San Juan del Mercado, de Atienza, don Baltasar de Elgueta Vigil, Caballero de Santiago y con numerosos cargos reales en el Regimiento de Atienza. Estaba casado con doña Josefa de Milla y eran vecinos de una casona, con su correspondiente escudo, en la nobiliaria calle de la Zapatería. Poco antes de su fallecimiento otorgó sus últimas voluntades, ordenando ser enterrado en la ya dicha iglesia, en la capilla de Juan Rodríguez de Tapia, su primer suegro. Dejando poder para que una vez muerto se hiciese por él un testamento, encargo que dejó a su hijo mayor, Licenciado en Cánones y Leyes, y cura de la iglesia de Retortillo, fruto del primer matrimonio con Agustina Rodríguez de Tapia y que llegó a ocupar una  alta dignidad en la catedral de Osma. A la muerte de doña Agustina contrajo un segundo matrimonio con doña Josefa de Milla, nacida en noviembre de 1652. 

En las Salinas de Imón quedó la mano de Pedro de Elgueta

    A la muerte de don Baltasar vivían de este segundo matrimonio cuatro hijos y dos hijas, Pedro, Antonio, Baltasar, José, María y Agustina, otros tres o cuatro habían fallecido a poco de nacer, siendo casi todos ellos de corta edad. De las dos hijas apenas se tienen otros datos que los de sus matrimonios, no sucede lo mismo con los cuatro hijos.

   Pedro de Elgueta nació en Atienza al igual que sus hermanos, llevando a cabo estudios eclesiásticos en Sigüenza y de Derecho en la Universidad de Alcalá, regresó a Atienza para quedarse en la comarca. Entrrando a formar parte de la administración del reino a través de la Real Hacienda, en la que tras ocupar diversos destinos alcanzó el cargo de Administrador Real de las Salinas del partido de Atienza, en aquel momento compuestas por las de Imón, Medinaceli y La Olmeda, fijando su residencia en la casa de la administración de la salina en la década de 1720, entonces ubicada en el municipio de La Olmeda, siendo durante su administración cuando las salinas alcanzan su mayor rendimiento y comienzan a levantarse los nuevos almacenes que tras sucesivas reformas han llegado a nuestros días. Levantados sobre otros anteriores. Falleció en Atienza, donde nació en 1684, en torno al año de  1743.


Antiguo hospital de Santa Ana, levantado con la participación de los hermanos Elgueta

  Su hermano Antonio fue bautizado en la parroquia de la Santísima Trinidad el 17 de enero de 1686, estudió leyes en Madrid, ingresando en el cuerpo legislativo del Reino, siendo nombrado Secretario de la Inquisición de Murcia. Contrajo matrimonio con María Teresa de Mesa y Rocamora en aquella ciudad el 3 de agosto de 1722. En Murcia falleció hacía 1760. Estando considerado como una de las figuras claves en el desarrollo cultural de la provincia y su entorno, ya que don Antonio fue una de las figuras esenciales en las obras que se llevaron a cabo a lo largo del siglo XVIII en la ciudad. Viajó por Francia e Italia, como colaborador de su hermano Baltasar. Igualmente, y con motivo de esa colaboración, viajó por España en busca de escultores, pintores o arquitectos que presentar a su hermano, a fin de que diesen lustre y añadiesen su nombre, en caso de valía, a las obras que a lo largo del siglo se llevaban a cabo en la edificación del Palacio Real de Madrid.

   Es considerado como la persona que incitó a los Salzillo a viajar a Murcia, donde fue protector de Nicolás, padre del genial escultor. Bajo su mandato se llevaron a cabo importantes obras en el alcázar de la Inquisición, al tiempo que engrandeció la institución. De su trabajo como agrimensor surgieron algunas obras dignas de recuerdo, entre ellas una de referencia histórica: La cartilla de la agricultura de las moreras, en la que don Antonio incluyó el primer vocabulario conocido sobre la lengua murciana. Y que todavía, al día de hoy, se estudia en las escuelas.

   Don Baltasar contaba con apenas seis años cuando falleció su padre, haciéndose cargo de él su tío Gaspar, residente en la Corte y militar de profesión. A los 15 años, y de la mano de su tío, ingresó en la Guardia de Corps viviendo junto con su hermano José los largos avatares de la Guerra de Sucesión que llevó al trono a Felipe V de Borbón. Don Baltasar tuvo una mayor relación con Atienza que sus hermanos, aunque ninguno de los cuatro faltó, cuando la ocasión fue precisa, a los fastos que se vivieron en la villa.  En 1725 fue prioste de la Cofradía de Hidalgos de Santiago, paso previo a solicitar su ingreso como Caballero de la Orden. También sus hermanos lo fueron.

   El 21 de junio de 1742 fue nombrado Intendente General de Obras del Palacio Real, cargo que desempeñaba con anterioridad de forma interina, actuando en la mayoría de los casos como intermediario entre el rey y los arquitectos. Fue uno de los fundadores de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en Atienza llevó a cabo importantes misiones, como la de traer la genial imagen del Cristo del Perdón, obra de uno de sus protegidos: Salvador Carmona; también fue artífice en la edificación del entonces suntuoso Hospital de Santa Ana. Su nombre fue incluido, junto con los maestros de arte y arquitectura que trabajarían en él, en la primera piedra colocada en el Palacio Real de Madrid, junto a nombres como Ventura de la Vega, Jubara o Sabatini.

Baltasar de Elgueta trajo hasta Atienza la talla del Cristo del Perdón


   José de Elgueta nació el 18 de agosto de 1692. En 1710 ingresó en el ejército y con poco más de veinte años, según se desprende de su hoja de servicios, ya era capitán de la Guardia, habiendo llevado a cabo una gran labor, interviniendo en un buen número de acciones de guerra, según su hoja de servicios firmada el primero de junio de 1724. Esta hoja de servicios tenía por objeto dar cumplimiento a su aspiración de ser nombrado para alguno de los corregimientos de las nuevas ciudades chilenas. En 1728 fue nombrado Corregidor de Ciudad de La Concepción.

    Embarcó hacía el nuevo continente el 14 de noviembre de 1728. Casi dos meses después se encontraba en el puerto de la Santísima Trinidad de Buenos Aires; para la primavera de 1729 hacía su entrada en La Concepción como nuevo Corregidor. Su labor no puede resumirse en breves líneas; hagámonos idea de que, recién llegado a la ciudad, esta había sido sacudida por un terremoto y que poco después, en 1730, un maremoto volvió a castigar la provincia. Cuentan las crónicas que el mar se adentró más de un kilómetro en la tierra y se lo llevó todo. Nuestro paisano fue el encargado de reconstruir la ciudad en un nuevo paraje. Y a tanto llegó su mano para con aquella tierra que concluido su mandato fue confirmado en el cargo, desempeñando posteriormente el de Gobernador de la provincia. Su intervención entre las poblaciones indígenas logró un sinfín de pactos, interviniendo en la práctica totalidad de los tratados de paz y conversaciones que se mantuvieron en Sonora y principalmente Tapihue, en 1738, cuando el nombre de José de Elgueta se pronunciaba en aquel continente entre signos de admiración.

  Allí se casó, con Josefa de Segarra, en los primeros años de 1730, siendo forjador de una nueva dinastía de atencinos en el Nuevo Continente. Falleció en la década de 1750.

Atienza. Casa natal de los hermanos Elgueta


   En pie y con los emblemas de sus apellidos se mantiene en Atienza, en la calle de Cervantes, antigua de la Zapatería, la casa natal de todos ellos, en la  actualidad dependiente del consistorio municipal. Una casa que actualmente dedicada a la cultura luce con la grandeza que sus nombres representan el orgullo de la labor que desarrollaron para la historia, de aquí y de allá. En ella se los recuerda, como se recuerdan sus obras: En esta casa nacieron don Baltasar, don Antonio, don Pedro, don José… glorias de las letras, de la arquitectura, del arte, de las humanidades, de la  industria… cuyos nombres engrandecen España. El edificio, que fue primer cuartel de la Guardia civil en Atienza; Audiencia y Juzgado de Instrucción, alberga hoy la Biblioteca Municipal, entre otras dependencias. Una Biblioteca que igualmente rememora el nombre de un genio del Siglo de Oro, Francisco de Segura, quien en todas sus obras presumió de haber nacido en la villa de Atienza y se tituló, a honra de la literatura y del romance “El Alférez de Atienza”. Hombre que alternó con Cervantes, Lope de Vega, Francisco de Quevedo o Salas de Barbadillo,  y a quien se tiene como parte importante del “Quijote de Avellaneda”.


   Atienza se engrandece con el recuerdo de sus gentes ilustres. Y es que quien a los suyos honra, honra merece.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Semanario Nueva Alcarria. Guadalajara, 22 de junio de 2018

lunes, junio 18, 2018

LA CASA DE PIEDRA, NOVENTA AÑOS DESPUÉS. El 5 de junio de 1928 el rey Alfonso XIII se asomó a su balcón…

LA CASA DE PIEDRA, NOVENTA AÑOS DESPUÉS.
El 5 de junio de 1928 el rey Alfonso XIII se asomó a su balcón…


   Al Rey, que fue el primero en llegar, ya lo estaba esperando el vecindario de Alcolea de las Peñas en aquella rumbosa tarde de junio de 1928. De Molina salieron prácticamente en procesión, Su Majestad y el acompañamiento, pero los dejó por el camino. 



   Su Majestad era un as de las carreteras españolas. O dicho de otra manera, a don Alfonso le pirraba la velocidad y los coches que poder corrían por las limitadas carreteras de nuestras provincias. Solía suceder que quienes le seguían lo solían perder por los horizontes al no poder mantener la velocidad que Su Majestad imponía a sus vehículos, ni el riesgo que asumía en una conducción en ocasiones temeraria. En esta no había mucho lugar a pérdidas. La carretera que traía desde Molina se detenía de sopetón ante el cruce de Alcolea del Pinar, donde se encontraba la piedra que tenía una casa dentro.

 La Casa de Piedra, y Lino Bueno, todo un símbolo para Guadalajara

   ¡Quién lo iba a decir! Quién iba a pensar que dentro de aquel roquedal pudiera habitar un hombre con su familia en los albores del siglo de las luces. Pero así era. El hombre se llamaba Lino Bueno Utrilla y era natural de un pueblecito soriano llamado Esteras de Medinaceli.

   A Lino Bueno y su mujer, Cándida Archilla, la fama les llegó ocho años atrás, cuando a alguien que pasaba por allí, como don Quijote camino de Barcelona, se detuvo donde Lino amansaba la roca a golpe de pico, maza y puntero, le hizo cuatro preguntas, tomó un par de imágenes y las lanzó al mundo de la prensa con aquello de: “Una casa en plena roca”. Corría el mes de agosto de 1920.


 Lino Bueno recibió la medalla al Mérito en el Trabajo. Durante más de veinte años trabajó en el interior de la roca para excavar su casa de Piedra


    Trece años llevaba Lino adiestrando la piedra para que desalojase lo que le sobraba a fin de hacer, como Miguel Ángel con su David florentino, la escultura de su vida. Seguro que, de habérselo propuesto, hubiese superado al maestro italiano, y en algo lo hizo. El de Caprese dio el último toque a su obra tres años después de comenzada. Cuando la obra de Lino saltó al mundo llevaba trabajando en ella trece años, y todavía faltarían otros doce antes de que la edad, o la naturaleza, pusieran punto final a su trabajo, con su muerte. Lo único que se interpuso en el camino de dar a la comarca, y a la provincia de Guadalajara, un rascacielos metido en un pedrusco.

    Rascacielos. Llamaron al pedrusco horadado, las páginas de La Lectura Dominical; y héroe de la Patria a Lino Bueno quien, en 1925 cuando del rascacielos se hablaba, contaba con la saludable edad de setenta y cinco años: Es corto de estatura, como Aníbal, como Filippo y Napoleón… Para ser héroe no hace falta andar en zancos…

 


La Casa de Piedra recibió, antes y después de la visita del Rey, a todo tipo de personas, desde periodistas y fotógrafos, a los Gobernadores provinciales



   La historia de cómo le llegó la pedrusca a Lino es harto conocida. La literatura, y los literatos, se han encargado de añadir leyenda con arte a aquella asombrosa voluntad de quien lucha por tener un techo para la familia. Mucho más cuando la lucha se llevó a cabo en tiempos en los que ser pobre acarreaba el desdén de quienes podían comer a diario, y tenían, todas las noches, cama con colchón blando sobre el que recostar los huesos bajo otro techo que no fuese el de las estrellas y la luna.

    Unos años antes de que el Rey se parase a ver la casa, don Antonio Lleó, Inspector de Trabajo de Guadalajara, propuso al entonces Instituto Nacional de Previsión que se concediese a Lino Bueno una pensión con la que poder subsistir hasta el final de sus días. Ocurría en el mes de marzo de 1925. Dos años antes, en 1923, alguien solicitó del Sr. Conde de Romanones eso mismo, la pensión y el reconocimiento: mil o mil quinientas pesetas anuales. Pero el Conde tenía asuntos más importantes a los que atender.

   El Instituto en cambio respondió que sí al Sr. Lleó; que le pondrían una paga, pero modesta, o acorde a los tiempos; pensión que podría aumentarse si, llegado el caso, la provincia se animase a igualar la cantidad que el Estado aportaría y, ni corto ni perezoso, don Antonio Lleó se dirigió a la prensa provincial a fin de abrir una suscripción popular por la que se logró que la familia tuviese una pensión de una peseta diaria. La cartilla con el dinero de la pensión, acompañado del homenaje popular, se le entregó el 22 de julio de ese año, con el añadido de que, igualmente, se le hacía entrega del título de propiedad de la roca casa. En pocas ocasiones se había visto Alcolea del Pinar tan engalanada para recibir al Sr. Gobernador; al Subdirector del Instituto de Previsión; al presidente de la Diputación, e incluso a don Hilario Yabén, en representación del Sr. Obispo de la diócesis. Y en medio de todos, Lino Bueno se retrató pico en mano.

   De la visita del Rey, aquella tarde del 5 de junio, quedó en la fachada del pedrusco una placa recordando el evento. Placa que se le brindó poco después del paso de Su Majestad y que alguien desbarató poco después de la marcha de Su Majestad al exilio, por el abril del 1931. Fue repuesta, por suscripción popular, el 19 de julio de 1960, con el cronista provincial, Francisco Layna, a la cabeza de los solicitantes, y de quienes aquel día se reunieron para descubrir la reposición y ponerlo, como lo hicieron cuantos lo conocieron, como ejemplo de hombre trabajador, y de voluntad.

      Lino Bueno, que tan popular llegó a hacerse en toda España, a la hora de su muerte ya se le conocía como “Lino el de Alcolea”. Atrás había quedado lo de “Torralba”, el mote; y las risas de quienes pensaron que su sueño quedaría en eso, en un  sueño. Para entonces todo era admiración. La noticia de su muerte ocupó portada en muchos medios de prensa con aquella otra que decía que en un lugar de la lejana Colombia un famoso cantante de tangos, Carlos Gardel, había muerto también en un accidente de aviación; la noticia salió al mundo el 25 de junio de 1935. 

 Francisco Layna fue el promotor de la reposición de la placa que recordaba el paso del Rey Alfonso XIII, retirada al proclamarse la República

   Y  la casa roca la conocía toda España, hasta la Real Academia de la Historia, que comisionó a unos cuantos de sus académicos para comprobar que la roca, por dentro, no pertenecía a tiempos prehistóricos. Que pocos se creían que aquel pedrusco fuese vaciado por las manos de un hombre.

   El Rey don Alfonso XIII sí que lo creyó. Y allí, a la frescura del portal, se comió unos bollos de manteca, y unas galletas que alguien le trajo a la señora Cándida para agasajar al monarca. Y se asomó al balcón, mientras el mecánico le revisaba la dirección del vehículo, que Su Majestad notó que tenía cierta holgura, mientras llegaban los ministros y el acompañamiento de generales y periodistas. Los fotógrafos gastaron sus placas en la hermosura de Molina, donde aquella mañana se descubrió el monumento a uno de sus héroes, el capitán Arenas. Así que la casa roca tuvo que esperar alrededor de cincuenta años para que otros reyes se retratasen en aquel balcón, sus nietos.



 Las hijas de Lino Bueno continuaron viviendo en la casa de piedra a lo largo del siglo XX

   Para entonces Lino ya hacía mucho tiempo que  pasó a ser leyenda. A recordarse, con nombre y foto, en la provincia de Guadalajara y fuera de ella. A recordar aquellas palabras que, mucho tiempo después de  iniciada su obra, se escuchaban lejanas, muy lejanas:

   -… la gente me decía: “¿pero pa qué pica usté ahí?”; y yo contestaba: “Pos que me quiero hacer una casa”. “¿Una casa ahí, en la piedra”? “Sí –decía yo”. Y entonces las gentes se reían y se iban por el pueblo diciendo: “El tio Lino ha de estar loco, pues no se ha puesto a picar en una piedra pa hacerse una casa dentro…” Pero yo no hacía caso de hablás. Yo, como si no,  pica que te pica…



 Alcolea de las Pinar ha alcanzado renombre a través del siglo XX gracias a su "Casa de Pidra", la de Lino Bueno y Cándida Archilla

  Y, picando y picando, vació la piedra. Y dentro de la piedra, esculpió su casa. Y aquella tarde del 5 de junio de 1928, Su Majestad,  don Alfonso, se metió la mano en el bolsillo y sacó unos billetes que, todos juntos, sumaban cien pesetas. Y los ministros acordaron que, por su trabajo, merecía una medalla. La del Trabajo. Que es sinónimo de voluntad.

   Después llegaron los periodistas, y los escritores, desde Miguel Mihura a Luis Carandell. Y los fotógrafos, desde Francisco Goñi a Juan Miguel Pando.

   La memoria de Lino Bueno, Cándida Archilla y su Casa de Piedra.
   

Tomás Gismera Velasco
Semanario Nueva Alcarria. Guadalajara, 15 de junio de 2018

sábado, junio 09, 2018

MEMORIA DE ANTONIO ORFILA ROTGER. El “señor de la plata”, de Hiendelaencina, que fue Alcalde de Guadalajara


MEMORIA DE ANTONIO ORFILA ROTGER.
El “señor de la plata”, de Hiendelaencina, que fue Alcalde de Guadalajara



    Don Antonio hizo parte de su fortuna en las minas de Hiendelaencina, un pueblo que comenzó a escribir una nueva historia a partir de 1844, cuando el navarro Pedro Esteban Górriz pasó por allí ejerciendo su oficio y se quedó con la copla de que las tierras de Hiendelaencina, que hasta entonces lo más que habían criado fue tomillo salsero y estepas pringosas, estaban cargadas de plata, de la buena. Y comenzó la aventura de convertir aquel pueblo en la California española.

   Pedro Esteban Górriz se ha llevado la fama, y la gloria, también es cierto que su descubrimiento lo hizo millonario y se retiró de estas tierras llevándose su fortuna a las de nacimiento. Sus descendientes, como suele pasar, se encargaron de dar cuenta de ella.

 Hiendelaencina. Memoria de don Antonio Orfila Rotger, el señor de la plata

   Don Antonio Orfila y Rotger, se convirtió en el socio necesario de los primeros inversores mineros; de don Pedro Esteban Górriz y de aquellos que fundaron la primera sociedad minera de la que surgirían decenas más. Ha pasado a la historia, porque así lo definió don Bibiano Contreras y Rata en su librito “El País de la  Plata”, como administrador del Duque del Infantado por aquellos días; que lo era de don Mariano Téllez Girón, también duque de Osuna y unas cuantas decenas de títulos más. Y su domicilio oficial, el de don Antonio Orfila se encontraba, precisamente, en el palacio del Infantado. El duque tenía tantas casas para elegir que de la que menos se ocupaba en aquellos entonces era del magistral palacio de nuestra capital de provincia. Así que todo era para nuestro don Antonio quien, además de ejercer el cargo de administrador del Sr. Duque desempeñaba los más altos provinciales: ejercía el cargo de lo que conoceríamos como Gobernador civil de la provincia, entonces Gobierno Superior Político, como se define en algunos lugares; cargo que dejó en 1847 en manos de don Juan de la Concha Castañeda; además de hacerlo también, aunque fuese en funciones, como una especie de Presidente de la Diputación  provincial y, por si esto fuese poco, también ejercía como alcalde de la ciudad de Guadalajara. Con lo que podemos bien decir que nada de lo que sucedía en la provincia le era desconocido.


   Su fortuna fue creciendo con el paso de los años, hasta convertirse en una de las más importantes y saneadas del Madrid señorial del siglo XIX, llegándose a levantar un palacete en la calle de Santa Isabel, desde donde dirigir sus negocios, de préstamo, de construcción, de minería, e incluso de pertenencia a unos cuantos consejos de administración, desde las compañías de ferrocarriles o del círculo minero, hasta de aquella tan famosa en nuestros días que trajo el agua a Madrid, la del famoso Canal de Isabel II.

   Su buen y gran amigo, don José Muñoz Maldonado, conde de Fabraquer e inversor de las minas de plata cuando la minería comenzaba a dar sus primeras boqueadas, le dedicó unas cuantas líneas después de la muerte de su hermano don Mateo, fallecido en París como una de las glorias de la ciencia médica: “Tú, querido amigo, llevas el nombre que ha hecho inmortal a tu hermano. Tu vida ha sido tan agitada como la suya. Tú sólo diste crédito al nuevo Farria, a Górriz, y por tu impulso y dirección se desentierran en Hiendelaencina tesoros más abundantes que los fabulosos de la isla de Monte Cristo…”


 Las casas de don Antonio Orfila, en la plaza de Hiendelaencina, se asemejaban a un palacio

   Nació muy lejos de estas tierras, en las de Mahón, en Mallorca, en 1796, de las que salió a recorrer mundo y hacer fortuna cuando cumplió los dieciséis o diecisiete años. De Mallorca a Malta, de Malta a Egipto, al servicio del jedive, donde, por aquello de la aventura, llegó hasta las fuentes del Nilo. Hasta 1820 anduvo por allí negociando, y en el 21 regresó para iniciarlos por aquí; en las Vascongadas con el hierro; en Francia con los transportes por tierra y mar. Hasta que llegó el año 1839 y se plantó en Guadalajara como administrador del duque. Al tiempo que entraba en política y se dirigía a la provincia. Como toda España, poco acostumbrada a aquello de las votaciones, cuando fue elegido presidente del comité electoral por los monárquico-constitucionalistas: Electores de la provincia de Guadalajara… -comenzaba el manifiesto.

   Probablemente, y así lo pintan cuantos lo conocieron y trataron, fue uno de los hombres más inteligentes de su tiempo, a la hora de hacer cuentas, y a la de hacer negocios. Que los hizo cuando don Pedro Esteban Górriz le propuso entrar en  el de la plata y fundaron la Santa Cecilia. Luego del descubrimiento.

   Górriz cogió los cuartos y regresó a Navarra, titulándose “marqués de Hiendelaencina”, mientras que nuestro mallorquín, reconvertido en guadalajareño, se quedó a vivir en el pueblo que comenzaba a emerger, Hiendelaencina, donde no cabe la menor duda de que trazó calles y edificios, además de la gran plaza en la que se reservó lo mejor para levantarse una casa, enfrente de la iglesia, que se asemejaba a un palacio. Tan hermosa que, una vez difunto, y puesta a la venta por su viuda, anunciaba que en ella podían residir muy tranquilamente catorce o quince vecinos.

 Antonio Orfila y suhermano Mateo fueron los artífices de la moderna Hiendelaencina

   Hasta 1860 estuvo por aquí, que voy que vengo de Hiendelaencina a Madrid. En Madrid se dedicaba a los negocios en grande, y aquí se ocupaba de La Oportuna como principal accionista. Fábrica que se puso en venta, y se vendió, en ese 1860 por una buena millonada de reales que incrementaron un poco más el ya crecido patrimonio de don Antonio.

   Lo hizo, vender lo que por Hiendelaencina le quedaba, porque la edad comenzaba a jugarle malas pasadas. Contaba entonces, cuando se desprendió de posesiones, quedándose únicamente con las casas, con 64 años de edad, que entonces era ya bastante respetable.

   Y como suele suceder, los años, y los servicios prestados le comenzaron a dar algún que otro reconocimiento, en forma de grandes cruces y títulos honoríficos, de Carlos III y de Isabel la Católica, entre otras. Sin que todo ello, la edad y los títulos, fuesen inconveniente para que no continuase al frente de vocalías empresariales y consejos de administración.

   Hasta el 27 de julio, día en el que todo se acabó. Falleció de forma casi repentina, como recogió la prensa: ha fallecido en esta Corte, casi repentinamente, el Sr. Antonio Orfila, persona muy conocida y una de las que más contribuyeron al desarrollo de la industria minera de Madrid, y de las que mayores resultados han obtenido de las grandes explotaciones del rico distrito de Hiendelaencina. Dícese que fue acometido de un accidente apoplético a cosa de las cuatro de la tarde, y cuando llegó el Dr. Asuero, que parece fue llamado inmediatamente, le halló ya cadaver… 


   Sucedió en su propio domicilio, vivía entonces en la calle de la Corredera Alta de San Pablo número 27, y de allí partió el cortejo fúnebre a la iglesia de San Martín, donde tuvieron lugar las honras fúnebres al día siguiente.

   Suele pasar desapercibido que ocupó la alcaldía de Guadalajara entre el 31 de marzo de 1844, y el 13 de agosto de 1845.

   También que, a pesar de todos sus títulos y negocios, por encima de todo, porque fue el creador de la nueva Hiendelaencina, le corresponde el de “Señor de la Plata”. Su obra todavía sigue viva en la localidad, que siempre merece una mirada, y una visita a su pasado minero que, en forma de Museo, lo recuerda.

Tomás Gismera Velasco
Semanario Nueva Alcarria
Guadalajara, 8 de junio 2018

viernes, junio 01, 2018

ISAAC ROMANILLOS, Y LA BODA DEL REY ALFONSO XIII


ISAAC ROMANILLOS, Y LA BODA DEL REY ALFONSO XIII
Natural de Atienza, murió a causa de la bomba que atentó contra el rey

 
  Puede que de no haber sido hijo de pastores Isaac Romanillos fuese, al día de hoy, uno de esos héroes de los que los libros de historia se hacen eco a través de las páginas que dan cuenta de los sucesos que acaecen más allá de nuestro horizonte. Pero resulta que Isaac Romanillos Sancho lo era; hijo de pastores y además pasó algunos meses en la Inclusa.

   Su padre, Cándido Romanillos, fue un buen hombre natural del pueblecito de Bochones, junto a Atienza, que se casó en la villa castillera con la atencina Vicenta Sancho en la década de 1870 y, como mandaban los tiempos, tras el enlace comenzaron a nacerles los hijos que, conforme nacían, emprendían el viaje a la eternidad. O sea, al cementerio.



    Bochones fue, en su tiempo, pueblo de pastores. Hoy es uno de esos pueblos de la provincia de Guadalajara, anexionado a Atienza, que se ha quedado prácticamente desierto, con toda la hermosura de su belleza natural rodeándolo; Atienza a un lado, al otro Soria, y allá a su frente Casillas. Tierras del romance y aún por descubrirse la hermosura de estos pueblos de arenisca roja que merecen una mirada. Que, al otro lado de Atienza, sigue habiendo pueblos, y vida.

   Entre Bochones, Barcones, Atienza y Madrigal, otro de esos pueblos que se agazapan entre las barranqueras del otro lado de Atienza, pasó el matrimonio de pastores parte de su vida. No está claro el por qué dejaron al chiquillo Isaac, nacido en 1883, en el torno de la Inclusa de Atienza, dependiente de la Diputación Provincial; pero lo hicieron. La Inclusa de Atienza ocupaba un lugarcito en aquel magnífico hospital dieciochesco, hoy de arquitectura descalabrada y convertido en hotel, a la entrada de la villa. Lo recuperaron en 1885. Y continuó con los padres ejerciendo oficios de zagal hasta que le llegó la hora de servir a la Patria. Y así fue como nuestro muchacho se encontró, en los primeros años del siglo XX sirviendo en el Regimiento Wad-Ras 50, que fue el encargado de cubrir carrera aquel 31 de mayo de 1906 del enlace real entre don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia que, por azares de destino se llenó de sangre.

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   Las mismas crónicas que dan cuenta del enlace dicen que el propio Presidente del Gobierno habló con el Rey de la posibilidad de un atentado. El trayecto de ida, desde palacio a la iglesia, discurrió sin incidentes. Tampoco los hubo en la iglesia y el cortejo, que salió de ella pasada la una del mediodía, discurrió sin novedad a través de medio Madrid, por la Carrera de San Jerónimo, así como por la Puerta del Sol. Cuando la carroza de los reyes entró en la calle Mayor, eran alrededor de las dos y media de la tarde.

   A esas horas, en el espacio que a la altura del número 88 de la calle Mayor se abría, prácticamente frente a la Capitanía General, se escuchó el estrépito de la bomba que, oculta en el ramo de flores, cayó desde el balcón de la esquina del edificio, rebotó con los cables del tendido eléctrico, que lo desvió, y fue a caer a uno de los lados de la carroza real.

   El griterío de los heridos acompañó la salida de los reyes, quienes resultaron ilesos, en busca de la carroza de respeto con la que continuaron a palacio. Atrás quedaba un reguero de muertos y muchos, muchos heridos. Las cifras posteriores darían 32 muertos y más cien heridos de diversa consideración.

Entierro de los militares fallecidos a causa de la explosión, entre ellos Isaac Romanillos
   En aquellos primeros momentos los heridos fueron atendidos en el mismo lugar, hasta ser trasladados a las diferentes casas de socorro. Al igual que los muertos, la mayoría civiles, aunque no faltaron militares de los que cubrían carrera, la mayoría pertenecientes al Regimiento de Wad-Ras número 50, dedicado a la escolta del Rey.

   Entre los muertos del Regimiento están uno de los capitanes, dos tenientes, varios soldados, un cabo, el tambor…

    Algunas personas de la provincia de Guadalajara también se encontraron entre los muertos y heridos: Guillermo Molina y Zenón Llorente, naturales de la capital, y Vicente Taberner, de Hinojosa, y pertenecientes al Regimiento Wad-Ras, resultaron heridos. También algunos espectadores, entre ellos Daniela Hernández, de Molina, y Rafaela Barrios, de Guadalajara. Fueron los nombres que ofreció la prensa provincial, encargándose de dar la noticia de la muerte en el hospital, a causa de las heridas, de Guillermo Molina. Ningún medio comunicó la muerte de Isaac Romanillos Sancho. La bomba explotó a sus pies.

   Un gesto tuvo Su Majestad para con los muertos y heridos, ya que a todos se les concedió una paga, dependiendo del carácter de sus heridas y del estado al que pertenecían, civil o militar. Los militares fueron condecorados y ascendidos un grado. Aparte de ello, y de resultas de las suscripciones populares para ayudar a las víctimas y levantarles un monumento, se repartieron algunas cantidades. A Cándido Romanillos se le entregaron 700 pesetas de lo recaudado, y le dejaron una paga anual por la muerte del hijo de 273 pesetas con 75 céntimos.

Iglesia de Bochones, donde se celebraron actos en memoria de Isaac Romanillos

Los padres de Isaac no pudieron asistir a los funerales, celebrados el 1 de junio en Madrid. Entre otras cosas porque no conocieron la muerte del hijo hasta muchos días después.

   Su cuerpo, junto a los militares fallecidos de su Regimiento fue trasladado a una sala de la planta baja de la clínica militar instalada en la iglesia del Buen Suceso, en la calle de la Princesa, que sirvió de capilla ardiente, y que en la tarde del 31 fue visitada por el Rey.

   A finales de aquel año, y por suscripción popular, se levantó frente al lugar en el que cayó la
bomba un gran monumento de recuerdo, en el que figuraron los nombres de todos los fallecidos, monumento que dañado durante la Guerra Civil, terminó retirándose para ser suplido por el hoy existente.

Momento del estallido de la bomba, al paso de la carroza real, que costó la vida a casi medio centenar de personas


   La partida de nacimiento de Isaac Romanillos, único recuerdo del muchacho de 23 años que perdió la vida en el atentado contra el Rey de España, está en los archivos eclesiásticos de Atienza, la partida de defunción en Madrid, en el registro civil del distrito de Palacio, libro de defunciones folio 90, libro 123, en él podemos leer: Por don Manuel Kreisler Ubago, Secretario, se procede a inscribir la defunción de Isaac Romanillos Sánchez (Sancho), natural de Atienza, provincia de Guadalajara, de veintitrés años de edad, soltero, soldado del Regimiento de Infantería Wad Ras núm. 50, hijo de Cándido Romanillos y Vicenta Sancho, cuyas naturalezas y demás fuentes se ignoran, falleció delante de la casa número 88 de la calle Mayor, a las catorce horas y treinta minutos del día 31 de mayo de 1906…

   Lo enterraron el 1 de junio, de hace 112 años. Y el tiempo, quizá porque fue hijo de pastores, se encargó de olvidarse de él.

Tomás Gismera Velasco
Semanario Nueva Alcarria
Guadalajara, 1 de junio de 2018