domingo, agosto 12, 2018

GALVE DE SORBE: PINOCHOS DE LUNA. Memoria de sus pinos, y sus pinares


GALVE DE SORBE: PINOCHOS DE LUNA.
Memoria de sus pinos, y sus pinares


     Que nada tienen que ver, los Pinochos de Luna, con el famoso muñeco al que le crecía la nariz según las circunstancias. Salvo que ambos, los Pinochos y el muñeco, eran de madera.

   Hacen referencia, los Pinochos serranos, a los pinos, que tanto se dan en esta tierra a medio camino entre las dos Castillas; y recogía el resulto de la palabra don Manuel Pérez Villamil cuando hace más de cien años se echó las alforjas al hombro y caminó la tierra de Atienza hasta la cumbre del Alto Rey a lomos de mula desde su natal Sigüenza con deseos de conocer esta tierra y su monte mágico, o mítico, o ambas cosas. 



   Un monte que luce por estos días en  plenitud de fortaleza vital. Eso sí, con viento fresco, porque en lo alto de la cumbre el viento cimbrea los pensamientos más sensatos. A pesar de ello es una delicia subirse a la cima de nuestro mundo serrano y echar la mirada al horizonte para contemplar la lindeza de una tierra de por sí hermosa, única y sin igual. Y es que la tierra de cada cual es la más hermosa que cabe imaginar; que para eso es la propia.

   Es toda una lección de sabiduría popular la que nos legó Pérez Villamil al regreso de aquel viaje, y una delicia volver a recorrer los caminos hoy borrados por el paso del tiempo y de las jaras, estepas por algunos pagos, que retornando a sus dominios todo lo envuelven, a falta de tahonero que salga en su búsqueda para mantener sus hornos y ofrecernos el pan de cada día con olor a verdad.

   Desde la cumbre se observan hacía Poniente los extensos pinares que con la llegada del otoño se convierten en un vergel para los buscadores de hongos. Una extensión que desde lo alto apenas se aprecia envuelto en cumbres y brumas, y que en los mapas envuelve el pliegue de tres o cuatro provincias, según se mire.

   También en los tiempos de don Manuel Pérez Villamil se miraba a los pinares, pero con otros ojos. Los pinos servían para mucho más que ser la sombra de nuestros extraordinarios boletus y los no menos exquisitos níscalos que si septiembre llega con agua, colmarán más de un plato.



   A don Manuel Pérez Villamil le mostraron, por estas tierras y en aquellos lejanos años, que los Pinochos de Luna no eran exclusivos de Galve, sino que se extendían por tierras de los Condemios, Campisábalos y aún por las veredas que bajan desde la montaña sagrada hacía Albendiego y poblaciones vecinas. Aunque de ellos le hablaron aquí, en Galve. Más tarde también se escucharía algo semejante por Albendiego.

   Albendiego durante mucho tiempo fue seña de identidad a través de la madera. Los mueblistas de esta localidad tuvieron fama más que merecida por sus exquisitos trabajos en la capital del reino, y aquí, en este hoy apartado rincón provincial tuvo subsede uno de los famosos cinco gremios de la capital de España.

   Ir de pinochos era cosa de mujeres. Y es que las mujeres serranas fueron, quizá, a la hora de levantar una casa, o mantenerla, más valerosas que los hombres. O estaban hechas de otra pasta, de madera de boj, que es dura y resiste. La mujer serrana levantó estas tierras a fuerza de sangre, sudor y lágrimas. Mientras el hombre acudía al campo, o a la taberna, ellas hacían la casa, criaban a los hijos, atendían la huerta, el rebaño, el gallinero, los cerdos, preparaban la comida y, por la noche, salían de pinochos.



   Los pinares de Galve siempre fueron de lo más productivo de este rincón terrenal de una Guadalajara que hoy mira hacía los extremos del Henares rayanos con  otra provincia, la de Madrid. Extremos que visten corbata y han olvidado las delicias del campo. Ha quedado este rincón para otear caprichos. Para descanso vacacional y echar de menos lo que falta, que mucho es. No se puede culpar a nadie de las carencias. Todos somos un poco responsables, cada cual a su  manera. Las autoridades porque fiaron en los ciudadanos; los ciudadanos porque fiaron en las autoridades, y así pasaron los años y así nos va yendo y nos fue.

   Codiciados fueron también los pinares de Galve, tanto que sus gentes usaron su madera para todo. Para levantar y calentar sus casas, y para obtener unos ingresos necesarios en tiempos en los que el sobrevivir no dependía de una pensión cobradera a fin de mes; sino de un jornal cobradero al final del día. Y escaso, muy escaso. Tanto que apenas llegaba para unas hogazas de pan, o media libra de carne. Y comer había que hacerlo todos los días.

   No fueron pocos los vecinos de la población que a lo largo del siglo XIX pasaron por los juzgados de Atienza, procesados por las talas ilegales. Y largo y farragoso como pocos fue un pleito que el Concejo de Galve sostuvo con sus aldeas vecinas de Palancares, La Huerce, Valdepinillos, Umbralejo, Valverde y Zarzuela, los lugares de su tierra, por la posesión y uso y disfrute de los pinares. Batalla judicial que se extendió en el tiempo por treinta o más años para encontrarse, los lugares de la tierra que lo que habían disfrutado desde más de cien años atrás, con un juez que les decía que era ilegal lo que hacían y que a partir de entonces, 3 de marzo de 1865, fecha de la sentencia, el uso y disfrute de aquellos pinares correspondía, entera y verdaderamente al Concejo de Galve, y aquellos que lo habían usado estaban condenados a pagar una indemnización por el uso y disfrute, y a no perturbar la paz social de la galvita villa.

   Que bastante perturbada estaba ya a cuenta del pinar, y de un suceso acaecido el 11 de agosto de 1856. Producto, quizá, de los Pinochos de Luna.

   Es el caso que aquel 11 de agosto de 1856 los pinares de Galve se convirtieron en una tea imposible de dominar. Uno de esos incendios malintencionados arrasó con medio término y se llevó por delante unas cuantas hectáreas de pino. Y unos cuantos miles de troncos. Y todo había dado comienzo con una investigación rutinaria por unos guardas forestales recién llegados a la población, que sospecharon que a las puertas de las casas de los vecinos de la villa se almacenaba, de cara al invierno, más leña de la autorizada.

   La autorizada eran ciento setenta pinos. La corta ilegal estimada dos mil y ciento. Y todo el pueblo comprometido. Tan comprometido que para borrar el  desafuero cometido en el pinar, no se ocurrió otra cosa que prenderle fuego, para de esa manera borrar las pistas; que ya estaban a las puertas de cada uno de los vecinos del lugar, y no se podían borrar. Inocencia del tiempo.

   El Gobierno civil de Guadalajara hubo de intervenir en el asunto, procesando, multando al alcalde, concejales y guardas de monte. Al concejo se le multó con mil reales; quinientos al señor alcalde; trescientos al secretario y doscientos que habían de satisfacer los ediles. Que por supuesto, quedaban cesados en sus cargos, al igual que los guardas de monte del partido de Atienza por omisión de sus obligaciones, a más de los cargos penales que les pudiesen corresponder, y les correspondieron.

   Y es que los incendios fueron, por aquellos tiempos y hasta bien entrado el siglo XX, el pan de cada día. El jarro de agua con el que aplacar la sed. La necesidad de un poco de madera de más, con la que sacar unas perras con las que llevar a casa un poco de pan, aunque fuese a costa de eso, de lo que hoy llamaríamos, poco menos, que conducta criminal. Pero habría que ponerse en la piel de aquellas gentes que necesitaban, y no tenían otra cosa.

   De ahí que por esta tierra, en las noches de luna, las mujeres saliesen a los pinares, con un hachuelo a la espalda y unas alforjas en las que echar aquellos “pinochos de luna”, con los que alimentaban el ganado que en las largas jornadas invernales mugía en las cuadras.



   Las crónicas de la nieve, por estos pagos y aquellos tiempos, hablan de días, semanas, meses incluso de aislamiento. Crónicas hablan de muertos a causa de la nieve, como lo fue el molinero Lucas Martín las navidades de 1891; y de caminos tan borrados que para ir en busca del correo al  pueblo de al lado ordenó el alcalde que, en lugar de uno, fuesen tres hombres. Y de animales muertos en las parideras, por falta de alimento. Y muertos enterrados en nieve, a la espera de que la primavera permitiese hacerlo en la tierra.

   Entonces, en los días de la nieve, las mujeres, más valerosas y con  más sangre fría, salían de pinochos, a cortar los brotes tiernos con los que alimentar el ganado. Y así se lo contaron a don Manuel Pérez Villamil: Llamamos pinos o pinochos de luna los que furtivamente se cogen en los pinares de otros pueblos, pues por escapar a la vigilancia de los guardas se van a cortar de noche, casi siempre a la luz de la luna”. Una luna de color pálido, ruborosa tal vez.

   Ahora, por estas fechas y estos pagos la luna se revuelca en un horizonte, aunque humilde y silencioso, hermoso, como únicamente la tierra propia lo puede ser. Y los pinochos de luna no temen la mano que mece el hachuelo. Y continúan mirando al  Santo Alto Rey, el monte de las leyendas, las historias y los misterios, que los tiene, y los tuvo. Sólo nos faltó una pluma que, como la de Gustavo Adolfo Bécquer con las de su hermano Moncayo, las contase.

Tomás Gismera Velasco
Periódico Nueva Alcarria.
Guadalajara en la Memoria
Guadalajara, 10 de agosto, 2018

viernes, agosto 03, 2018

ATIENZA, MEMORIAS DE LA ELECTRICIDAD. El 18 de marzo de 1905 llegaron a Atienza la luz eléctrica, y las tormentas


ATIENZA, MEMORIAS DE LA ELECTRICIDAD.
El 18 de marzo de 1905 llegaron a Atienza la luz eléctrica, y las tormentas


   Se cuenta por estos pagos, como por otros lugares, aquí con visos de realidad pues conocemos el nombre, que Saturnino Aldea, natural de Somolinos, la tarde noche del jueves 1 de marzo de 1905 en la que se puso en movimiento a modo de prueba el mecanismo que había de llevar la luz eléctrica a la villa de Atienza, cuando las autoridades se dispusieron a darle a la palanca que movería la dinamo, montó en su borrica y la espoleó con todas sus fuerzas con el fin de llegar jinete y burra a la noble villa antes de que, a través del cablerío atado a los postes que pasaron a formar parte del paisaje, la corriente iluminase la plaza Mayor de la población y la fachada de su Ayuntamiento en donde, con bujías de colores, se había trazado un “Viva Atienza”. Eran las vísperas de una de las ferias más prestigiosas de la comarca, de la provincia, y de una parte de Castilla.



   El trazado había comenzado a finales del siglo XIX, sobre las instalaciones que anteriormente fueron molino, fábrica de papel y martinete de cobre, aprovechando el flujo de las aguas de su famosa laguna. La fábrica de luz que iluminaría las noches ostentó un pomposo nombre: “La Eléctrica de Santa Teresa”, al igual que los molinos que gestionó la compañía, y la fábrica de harinas levantada sobre el histórico solar del centenario convento de San Francisco de Atienza. Los industriales de la luz solían recurrir al amparo y santidad de nuestros grandes personajes místicos a fin de buscar con ellos, de alguna manera, la protección que necesitaban para su industria.

   No fue Atienza, ni mucho menos, de las primeras poblaciones en gozar de aquel adelanto que venía con el siglo XX. Quizá por historia y posición social dentro de la provincia le hubiese correspondido un poco antes; pero fueron muchas las poblaciones que se le adelantaron. Cuentan que, aquella tarde noche en que por vez primera llegó la luz eléctrica a la plaza Mayor, el resplandor y claridad fue tan grande que en lugar de oscurecer, pareciese que venía el día: la luz no puede ser más clara, nos decían; transformando como por arte de magia las vetustas calles, encerradas en el siglo XIII, en la modernidad del siglo de las luces: el fluido destinado a disipar las sombras de la noche, tiene toda la importancia de un paso hacia adelante en el progreso de la humanidad y los hilos que hoy cruzan estas vetustas calles son conductores de civilización y de prosperidad.

   Hasta entonces la iluminación de los lugares públicos se venía haciendo a través de lámparas de petróleo, de cuyo encendido y apagado se encargaban los serenos municipales. Las casas particulares se iluminaban con los ya históricos candiles; y las iglesias con el permanente oscilar de la llamita de los velones que tantos incendios provocó.



   La luz eléctrica, que se inauguró oficialmente el 18 de marzo de 1905 no lo hizo, lo de provocar incendios, aunque más de cuatro paisanos se quedaron pegados a los cables y en ellos se dejaron la vida, con lo que comenzó a temerse que la Divinidad castigaba, como  no podía ser de otra manera, el diabólico invento. Así se vio, al menos en Atienza, cuando el panadero Félix Oliva Andrés, con tahona en el barrio de San Gil, se puso a cambiar la bombilla fundida en mitad de una tormenta y el latigazo eléctrico lo dejó en el sitio. Aquella tormenta, histórica en Atienza, fue la que despertó a todos los hijos de la villa, dispuesto a no consentir ni una más.

   Fue el 27 de junio de 1906, tras un año en el que parece que las tormentas, desde la llegada de la luz eléctrica, tomaron un auge especial. Aquella del 27 de junio fue también especial. Llegó a la hora que solían llegar las tormentas, después del mediodía y antes de la media tarde, anunciándose a golpe de prorrompompón tronero desde la serranía. Y desde la Serranía, o sea, desde Somolinos, los rayos vinieron haciendo estragos con todas las bombillas y aparatos eléctricos de las poblaciones de paso. Por aquellos pueblos descargó el granizo sus pelotas de hielo, gordas como huevos de dos yemas, que arrasaron con el cereal y los frutales. Cuando llegó a Atienza había perdido algo de fuerza, a pesar de ello también aquí arrasó la mayoría de las cosechas. Lo que quedaba, ya que otra anterior, a la mitad del mes, vapuleó la tierra de lo lindo. La del 27 dejó sin bombillas a quienes disponían de ellas; se llevó la vida de Félix Oliva y el tejado de la fábrica de la Eléctrica de Santa Teresa; otro rayo, este con peor sombra, entró por la boca de la chimenea de la torre del castillo haciéndole un siete en uno de sus muros, de tamaño calibre que se tardaron cincuenta años en echar el remiendo. Y aún cayeron otros cuantos por el barrio de Portacaballos, uno de los cuales se paseó por una de las casas cascando todas las cazuelas.



   El debate estaba servido entre las buenas gentes de Atienza. Entendiendo que de poco servía en esta ocasión acudir a los rituales de costumbre, peticionarios de favor. Puesto que todas las primaveras, desde que llegaron a Atienza y por cuenta del Concejo, se invocó agua y buena cosecha a la reliquia por excelencia de la villa, sus Santas Espinas. Hubo quien, nos lo contó quien entonces fuese maestra de la villa, Isabel Muñoz Caravaca, achacó el desastre a los cofrades de la hermandad de los arrieros, dispuestos a romper tradiciones a conveniencia de intereses personales; ya que por aquellos tiempos los cofrades se almorzaban, tras el cocido de rigor, siete carneros. Aquel año, rompiendo la tradición, que las tradiciones están para romperse cuando apetece a los ediles, se metieron entre pecho y espalda siete corderos, bien regados de tinto. Y no había santo, ni reliquia, a la que pedir el final del torrente nuboso.

   Pero no fue eso lo peor. Puesto que lo peor estaba por llegar. Alguien anunció que para el 29 de julio, otra de aquellas tormentas no sólo terminaría con lo poco que quedaba, sino que arrasaría  la tierra toda en lo que había de ser… ¡el fin del mundo!

   Los ojos se volvieron, tras invocar a la divinidad, hacía don Saturnino Pinilla “el Americano”, don Miguel Remartínez y don Jorge de la Guardia, tres de los principales promotores de que hasta Atienza llegase la energía eléctrica a través de la Santa Teresa. Dos médicos, don Miguel y don Jorge, y un industrial soriano de altas miras, don Saturnino.

   Los sabios atencinos llegaron a la conclusión de que los 4.000 voltios que generaba la fábrica de luz, entonces capaces de suministrar energía a Somolinos, Ujados, Hijes, Miedes y Atienza, y que hoy no bastarían para el servicio de un solo domicilio particular, eran los causantes de los desastres que, desde la primavera de 1905, se venían sucediendo. Cuatro mil voltios generados a través de una turbina movida por un motor de 87 caballos de potencia con un alternador de 45 kilovatios. Lo había montado la casa Riley, de Madrid, bajo la dirección del Ingeniero D. Hilario Blanch, rompiendo la tradición en la comarca, ya que hasta entonces los ingenieros, montadores y maquinaria llegaron de Zaragoza.

   Setenta lámparas de 16 bugías había repartidas por las calles de Atienza, y dos grandes focos, de cincuenta bujías cada uno, en el centro de sus dos plazas principales, la de San Juan y la Mayor, entonces llamada “De la Constitución”.

   Lejos estaban de Atienza los tres hombres responsables de la compañía, don Saturnino Pinilla en su localidad natal de Tera, en la provincia de Soria. Los médicos en Miedes.

   Quizá la distancia los salvó de la ira popular, pues el 29 de junio, después del entierro de Félix Oliva, más de cien hombres se dirigieron a la casa del alcalde, don Juan Asenjo Landeras, con intención de que diese órdenes para que la Eléctrica dejase de funcionar, ya que se llegó a la conclusión de que los cables del tendido eléctrico atraían las tormentas.

   Varias docenas de hombres más se dirigieron a la fábrica, y allí comenzaron a destrozar las instalaciones. La Guardia civil tuvo que intervenir y obligar por la fuerza a que los hombres volviesen a sus casas, convenciéndolos, como se pudo, de que nada tenían que ver las fuerzas naturales con la maquinaría instalada por los hombres y, aunque no muy convencidos, aceptaron esperar a ver qué sucedía aquel 29 de julio. Y no sucedió nada.



   Y más de cuatro sonrieron, como lo hizo Saturnino Aldea cuando, al amanecer del viernes 2 de marzo de 1905 entró en Atienza a lomos de su borrica y las lámparas de la plaza estaban apagadas. Siempre supuso que, saliendo del mismo lugar al mismo tiempo, él había llegado a Atienza a lomos de la burra antes que la luz eléctrica a través de los cables. Nadie le dijo que la luz se encendía al anochecer y se apagaba con las primeras luces del día. De haberse cruzado con doña Isabel le habría dicho lo que repitió durante muchos días: “no hemos vuelto del susto todavía”. Pero los de Atienza, dormían.

   Memoria de un tiempo cargado de inocencia, novedades y fuerzas naturales que, hoy como ayer, nos hacen la visita cuando menos lo esperamos, a golpe de porrompompón.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Nueva Alcarria, Guadalajara, 3 de agosto 2018