lunes, mayo 18, 2020

EVA CERVANTES. Y la Giralda de Jadraque


EVA CERVANTES.
Y la Giralda de Jadraque


   Huele a geranio reventón, a clavelinas que cuelgan de los balcones y en los callejones y en las plazuelas encaladas de un blanco inmaculado comienza a asomar otro olor, tanto o más apetecible que el del azahar. Por los callejones sevillanos comienza a oler a pescadito frito, que es tanto como decir que huele a pan recién hecho, a aires con aroma de ternura como los que escapan del patio de los naranjos de los reales alcázares.



   La ciudad, como la tarde, tiene ese color especial que marcan las atardecidas asomándose al río, donde se reflejan las estampas siempre graves de la Torre del Oro, de la Giralda, de las agujas puntiagudas de la catedral; y hasta los copudos naranjos de la Alameda parecen estirarse más que nunca para sumergir su estampa en el cristal de las aguas, como los centenarios brazos de la arboleda del parque de los Montpensier, como las alas de las palmeras de los patios de los palacios y las casas sevillanas asomándose por encima de tapias y tejados. Sobre las paredes, entre retratos amarillentos destacan las estampas de la Macarena, del Cristo de los Gitanos, del Señor del Gran Poder, de la Virgen de San Esteban saliendo de su casa el martes santo, rozándole los dientes de la puerta mudéjar los varales traseros del patio. De la Soledad soledosa –como Ochaíta cantara, de Jadraque. La tarde en la que se apagó Eva Cervantes.

   Eva Cervantes tenía un gracejo andaluz semejante al de José María de Pemán, y mucho menos acentuado que el de Pepe Illanes, el imaginero que dio viva al Cristo de las Aguas. Para entonces Esperanza Perales de la Torre estaba ya convertida en la poetisa, la de la tertulia “El Paraíso” de la calle Mateos Gago; al fondo, como una estampa que avanza a lo largo de la noche buscando la madrugá, cruzando el Guadalquivir por el puente de Triana, mecido por los costaleros, el Cristo de los Milagros jadraqueño, y sobre su cerro, el castillo-Giralda de Jadraque:

¡Desolados castillos,
que pierden sus cimeras,
mientras se alzan en alto mis banderas!

   Sí, Jadraque ha sido tierra de poetas, y de poetisas. A Jadraque se vino a ahogar sus penas aquella gran dama de las cumbres asturianas, Micaela de Silva; y a Jadraque lo cantó Ochaíta, lo mismo que lo cantó Luis Gallego.

   Eva Cervantes apagó las glorias de la niña Esperanza Perales, la hija del notario señorito de Sevilla que, fíjese usted por donde, se fue a casar con uno de Jadraque, don Mariano García Agustín, un Ingeniero de Minas a quien el destino lo llevó a Andalucía, a Huelva. En la iglesia de Cala se casaron, cuando corría el mes de diciembre de 1908; al marqués de Paterna del Campo, que la requirió de amores, no le quedó más remedio que convertirla en su musa, y en su amor platónico, dedicándola el primero de cada uno de sus libros de poemas. A Don Mariano García Agustín ella, Esperanza Perales, la hija del notario señorito, le prometió amor eterno; el jadraqueño, hermano de doña Cesárea, la madre del poeta, de José Antonio Ochaíta.




   A Ochaíta, en el mundo de la poesía, lo apadrinó su tía, Eva Cervantes/Esperanza Perales. A ambos, en el mundo de la poesía, los apadrinó José María de Pemán: Eva Cervantes y Ochaíta, alumnos aplicados de las musas…

   Corría, cuando aquello escribía Pemán, el año de gracia de 1935, y nacía, para la poesía, un libro mítico: “Turris Fortísima”, escrito por ambos, mano a mano. Galleguito mesurado, puesto que llegaba de Galicia, llamaron los poetas a Ochaíta. Los poetas que se rindieron al canto de Eva Cervantes. Una mujer capaz de reunir a los grandes de la copla, y de la poesía, en un tiempo en el que el mundo de la poesía, y de la copla, era cosa de hombres.



   Eva Cervantes convirtió a su Sevilla en un segundo Jadraque, y a Jadraque en una segunda Sevilla. A Jadraque trajo al mejor orfebre de la Sevilla de aquel tiempo -1961-, José Antonio Marmolejo, para que labrase una corona a la Virgen de la Soledad; y a la mejor bordadora de Sevilla, Adela Medina –Gitanilla del Carmelo-, para que le bordase un manto de hechuras similares al que bordó para la Esperanza Macarena o la Virgen del Valle.

   Así se convirtió Jadraque en un segundo Triana, con su Giralda en lo alto de uno de sus siete cerros, convertido en castillo; con su Torre del Oro convertida en torre de iglesia; y su río, el Guadalhenares.

   Por su casa/tertulia sevillana de Mateos Gago número 1, los miércoles y los domingos por la tarde se reunían los poetas, a su vera, para hablar de Jadraque y de Sevilla; los poetas, Manuel Barrios, Fernando de los Ríos; Pemán, Rafael de León,  Adriano del Valle, Fernando Villalón, los hermanos Álvarez Quintero, el marqués de Aracena, y cuantos escritores extranjeros pasaban por Sevilla, para hablar, y recitar poemas.

   Unos cuantos dejó escritos en otros tantos libros, a veces sola, en ocasiones con su sobrino: Rosal de pasiones”, “Turris Fortísima”, “El Cantar de mis cantares”, “En vuelo herido”, “Estrellas mínimas”, “Canciones de Eva”… En todos se asomaban Sevilla y Jadraque.

   Dicen que era una mujer bellísima; así lo reflejan las estampas; de una enorme cultura; de una gran sensibilidad. Enamorada de una tierra a la que cantó tanto o más que a la propia.



   El matrimonio, Eva Cervantes/Mariano García Agustín –que no tuvo descendencia-, se convirtió en asiduo de los veranos y festividades jadraqueñas, hasta que a don Mariano le alcanzó la muerte, el 27 de junio de 1962. Y Eva Cervantes, como la Macarena cuando murió  Joselito, se vistió de negro. Desde entonces sus visitas a la villa del Conde del Cid se fueron espaciando. Y su paseo, el Paseo de Eva Cervantes, notó su ausencia.

   Tanto vivió que llegó a conocer la muerte de todos aquellos a los que apreciaba. Incluso la de su sobrino, aquel poeta que ella lanzó al vuelo de la poesía. Ella se fue apagando poco a poco, entre estampas de Macarenas, de procesiones sevillanas y paisajes jadraqueños, y un 19 de mayo, cuando las clavelinas y los geranios ofrecen su mejor flor y la Alcarria se viste de perfume, cerró los ojos al mundo. Y sí, aquel 19 de mayo de 1975 lloraron a la par la Macarena, la Virgen de los Reyes y la Soledad de Jadraque, que aquel día quedó un poco más sola. 

   Eva Cervantes –Esperanza Perales de la Torre-, nació en Sevilla en 1885; contrajo matrimonio con el jadraqueño Mariano García Agustín, siendo la madrina poética de José Antonio Ochaíta. Falleció en Sevilla el 19 de Mayo de 1975; poetisa y escritora, el Ayuntamiento de Jadraque le dedicó un paseo, el “Paseo de Eva Cervantes”; el de Sevilla una calle, la calle de Eva Cervantes”.

Tomás Gismera Velasco
Gentes de Guadalajara
Henaresaldia.com
Guadalajara, mayo de 2020


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