viernes, mayo 22, 2020

UN OFICIO PARA EL RECUERDO: LA ESQUILA. Los esquiladores de Milmarcos y Fuentelsaz fueron famosos en toda la provincia


UN OFICIO PARA EL RECUERDO: LA ESQUILA.
Los esquiladores de Milmarcos y Fuentelsaz fueron famosos en toda la provincia


   Los esquiladores de Fuentelsaz famosos en toda la provincia, tanto o más que los de Milmarcos a la hora de desmelenar ovejas, llevaron el oficio por toda Guadalajara y provincias aledañas. Fue un trabajo duro, sacrificado y hasta cierto punto desagradable; echado al saco del olvido por las técnicas modernas y porque la lana ya no es lo que era. Las fibras sintéticas han terminado con una de las principales riquezas de la Castilla medieval.

   Estos esquiladores llevaron por los lugares en los que ejercieron su oficio su propio lenguaje, la Migaña o Mingaña. En Fuentelsaz sus vecinos aseguran que la jerga popular por la que se entendían fue inventada por ellos y de aquí se extendió a Milmarcos, claro que en Milmarcos afirman justamente lo contrario.


   En Fuentelsaz, al hilo de la dedicación al esquileo, trabajaron la lana para hacer mantas de pastores y cobertores para las caballerías, entre otras muchas cosas; industria, la de la lana, popular en toda la provincia, donde el rastro de telares y talleres ha dejado señas de identidad por muchas poblaciones.

   En Mochales, hasta la década de 1960, funcionó un telar en el que el tío Paulino García confeccionaba talegas, sacos y mantas de retajo. Famosos fueron también los tejedores de Valverde de los Arroyos. Colchas, mantas, alforjas, costales, sayas y mantones descendieron de aquellas cumbres del Ocejón para lucirse por toda la provincia, después de ser vendidos principalmente en las ferias de Atienza, Sigüenza, y Brihuega, aunque también cruzaron la sierra y llegaron a las de Berlanga y Almazán. En Valverde de los Arroyos tampoco queda ningún tejedor, aunque sí su recuerdo. Ni en Atienza, cuyas mantas fueron tan populares o más que las palentinas.

   Los esquiladores de Fuentelsaz salían a mediados de abril para comenzar su labor con los primeros calores de la primavera; regresaban al pueblo a celebrar la fiesta patronal de San Pascual, el 17 de mayo, y tornaban a sus tajos, hasta que llegaba la hora de la finalización del trabajo, que dependiendo de las comarcas podía prolongarse hasta los días finales del mes de junio. Después de haber dado una batida de fiesta por los pueblos comarcanos, pues el esquileo, junto con la vendimia y la matanza, alcanzaban en las casas y lugares donde se realizaban, categoría de fiesta mayor. Lógicamente, y aunque con técnicas más modernas, se siguen esquilando ovejas. Las modernas máquinas esquiladoras con motor eléctrico han suplido a la tijera, a pesar de que no por ello, aunque simplificado, deje de ser duro el oficio.
   El esquileo tenía a su alrededor una serie de operarios que en su conjunto formaban las conocidas cuadrillas de la esquila, en torno a cualquier rebaño, tuviese esta lugar en las propias tainas o parideras del propietario del ganado, o en los esquiladeros de los que disponían los grandes propietarios, y que hasta la década de 1950 no fueron pocos.

   La fiesta de la esquila, si así se nos permite definirla, daba comienzo con la reunión de los rebaños en torno al lugar en el que se habían de esquilar, procurando los pastores que en los días porevios las ovejas saliesen al campo lo menos posible, para que la lana estuviese limpia; del mismo modo que según los esquiladores las encerraban en parideras, para que sudasen, o las mantenían al raso para que no lo hicieran, ya que en ese aspecto hubo diferentes criterios. Cuadrillas que deseaban que la oveja sudase para que la lana se ablandase y se deslizara mejor la tijera en el corte, y otros que preferían lo contrario porque el trabajo les cundía menos. Para gustos se inventaron los colores.

   Esquilador era en este oficio quien única y exclusivamente se dedicaba a cortar la lana con su tijera, sin gastar el tiempo en otros menesteres que no fuesen los de procurar sacarle a la oveja el vellón lo más entero posible, y cuanto más arrimado a la carne mucho mejor.

   Al esquilador se le entregaba la oveja ya trabada de patas y manos, esto lo hacía el ligador, oficio de cuidado, pues habían de estar atendos de que al trabarlas no se hiciesen daño, o lo que sería peor, se dislocasen o rompiesen una pata con lo que el animal quedaría inútil y por ello no habría más remedio que sacrificarlo.


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   El vellón era recogido por el recibidor, encargado de hacer la separación de lanas según sus cualidades y calidades. Del vellón separaba las caídas, la lana que rodea las patas y que es de inferior calidad a la del resto del cuerpo.

   Los velloneros se ocupaban de recogerla y almacenarla, entregándola a los apiladores, quienes con maestría eran capaces de ir colocando vellón sobre vellón para que estos ocupasen el mínimo espacio.

   Entre los esquiladores estaban las bedijeras, generalmente las mujeres de los pastores, quienes con escobas y cestas recogían las bedijas -los excrementos- para que estos no fuesen pisados y se manchase la lana más de lo que estaba. Los moreneros eran los zagales, chiquillos de los pastores encargados de estar al tanto de dar a los esquiladores ceniza o polvo de carbón con el que curar las heridas de la oveja cuando la tijera se deslizó más de la cuenta; los echavinos dan de beber; de manera que el esquilador no tenga que moverse de su sitio salvo por causas de fuerza mayor, o para almorzar, comer o merendar.

   Cada uno de los partícipes en el esquileo recibía al día una hogaza de pan; la carne de una oveja para cada diez personas; unos veinte tragos de vino, sin contar almuerzo, merienda, comida y cena; porque la labor comenzaba al rayar el alba y concluía al caer la tarde; después de haberse esquilado de media cada uno de los esquiladores unas treinta o cuarenta ovejas. E incluso más, dependiendo de la corpulencia del animal; de la maestría del esquilador y de la clase de lana. Había quien era capaz de esquilar una res en diez o doce miunutos y quien lo hacía en media hora. En los carneros se empleaba el doble de tiempo, porque estos para que no se sofocasen y perdiesen fuerzas, no solían ser trabados, por lo que se necesitaban para esquilarlos dos, tres o cuatro personas.

   Y claro, alrededor de la esquila no faltaban los pobres ni los mendigos, como en cualquier fiesta que se precie, para ellos quedaban los menudos, las asaduras y las cabezas de las reses que se sacrificaban.

   Esquiladas las ovejas, y antes de salir al campo o retornar a las parideras de origen, eran desviejadas, apartando las viejas para carne y marcando las jóvenes con la pez hirviendo y el hierro de sus dueños, que serían las destinadas a la cría.

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   Concluido el esquileo llegaba la hora de la tasa, pesando la lana por arrobas. En caso de venderse en sucio no había problema, pero como generalmente se solía hacer en limpio para aumentar su valor, se tenía que lavar, procediendo previamente al apartado de las calidades. Las caídas se dejaban a un lado, aprovechándose mucho mejor las lanas del pecho y espaldilla, y por supuesto se apartaba la de primera clase, la de la barriga y los lomos. Y el si el tiempo auguraba alza de precios, como el azafrán se conservaba, pues no hubo, en según qué tiempos, mejor cartilla de ahorros que unos cuantos cientos de libras de lana.

   Cardar la lana e hilarla fue un oficio de mujeres, pero no creamos que se dedicaron a él gentes de baja cuna, también fue oficio de reinas y a ello se dedicó entre clase y clase, antes de reinar, la Católica señora doña Isabel I de Castilla.

   Este año, auguran los ovejeros, muchas más ovejas de la cuenta no tendrán quien las esquile, quizá porque los oficios manuales se olvidaron y, al día de hoy, dependemos de las máquinas.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la  memoria

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