viernes, octubre 06, 2023

SATURNINO EL MIELERO, Y LOS HUEVOS DE CERECEDA

 

SATURNINO EL MIELERO, Y LOS HUEVOS DE CERECEDA

Los mieleros, o meleros alcarreños, hicieron popular el producto en media España

 

 

   Pintado, era el apellido del Saturnino del título, uno de los mieleros de Peñalver más conocidos; de aquellos personajes que hicieron historia a lo largo del siglo XX, que fue en el que Saturnino Pintado se hizo hombre y falleció, cuentan que a consecuencia de un constipado o de una pulmonía, a las puertas del invierno de 1941, en la ciudad en la que se hizo famoso y que todavía lo recuerda como uno de esos personajes que se quedan pegados al paisaje, con su gorra, su orza de miel, sus alforjas, su romana y su voz, lanzando al aire su pregón: ¡Miel de la Alcarria! ¡De la Alcarria, miel!

   Bueno, Saturnino Pintado, el famoso Mielero de Peñalver, destacó, además de por la mercancía que llevó a su clientela del norte de España, por su estatura. La exagerada voz popular decía de él que, sin moverse de la acera, podía alcanzar a servir su producto a más de tres metros por encima de su cabeza. De ahí que se dijese por algunos lares lo de: ¡Eres más alto que Saturnino el Mielero!

 

 


 

Miel de la Alcarria

   Don José Feliú Codina, quien nació muy lejos de las tierras alcarreñas, puesto que era catalán de nacimiento, aumentó su popularidad con un drama en tres actos, estrenado el 8 de enero de 1895 en el Teatro de la Comedia de Madrid, al que puso por título “Miel de la Alcarria”. Su fama, que ya era grande desde que estrenase “La Dolores”, con aires de jota de Calatayud, se hizo si cabe más grande todavía, puesto que el drama de “Miel de la Alcarria” permaneció en la cartelera madrileña varios años seguidos, antes de salir a recorrer los escenarios de provincias. Su protagonista fue una de las principales actrices de aquellos tiempos, Carmen Cobeña; el escenario de la obra nuestra villa de Brihuega.

   Y es que, a través de la historia, ha sido Brihuega, a menos que se nos demuestre lo contrario, la población de la que más miel salió camino del mundo. Los productores de miel, en las propias tierras de la villa, y aledañas, se pueden contar por docenas, pues rara fue la población alcarreña en la que, en aquello de dar respuesta a las preguntas ordenadas para el establecimiento de la Única Contribución, mediado el siglo XVIII, no daban cuenta de que algún brihuego tenía establecido en el término su colmenar.

   Los brihuegos comerciaban con la miel de sus colmenas, y los mieleros a ellos se la adquirían. Mieleros cuyo comercio principal, mediado ya el siglo XIX, se centraba en Madrid. Por estas fechas se cuenta que ya eran decenas los paisanos que pregonaban la dulzura del producto, originarios mayoritariamente de Brihuega y Sacedón. Unos y otros se alojaban en las posadas de la calle del Mesón de Paredes, lo mismo que los muleteros de Maranchón lo hacían en las de la Cava Baja.

   Y no, no tenían buena fama por aquel tiempo los mieleros alcarreños, como vendedores ambulantes que eran, y es que por aquel tiempo las calles de Madrid se encontraban convertidas en un auténtico mercado de especies. A pesar de que los grandes literatos de la época nos pintasen a nuestro paisano el mielero como: económico, sobrio y trabajador, pues sólo así se concibe que viva con tan pequeña industria y hasta que haga algunos ahorros si los tiempos vienen bien.

   Y no, no sólo mieles vendían, también cargaban en sus alforjas algunos otros productos, más que nada, arrope, nueces y queso.

  

Los huevos de Cereceda

   Era Madrid, mediado el siglo XIX, en el que se arrastraban las modas y costumbres del anterior, un laberinto de gentes que llegadas de cualquier parte, acudían a la Corte a ganarse la vida, vendiendo los asturianos por las calles lo mejor de sus huertas: los nabos; o de sus montañas: los quesos. De Guadalajara también acudían los meloneros de la Campiña, en tiempo de melones; y se vendían por las calles, a diario, el pan de Marchamalo, de Horche o de sus alrededores, que gozaban de buena fama.

   También hubo pueblos que basaron su industria, o economía, en la venta ambulante. Pueblos cuyas tierras no daban otro rendimiento que el del sudor y trabajo.

   Entre aquellos pueblos que gozaron de comercio propio, poco conocido y de buen rendimiento, se encontró Cereceda, uno de esos hermosos pueblos de la Alcarria que hoy sobrevive a la despoblación y que en aquellos lejanos tiempos sobrevivió a base de iniciativa de la buena.

   La mayoría de sus gentes, en el siglo XVIII y posteriores, se dedicó a la arriería, a transportar el producto de sus campos, aceite y vino principalmente, a tierras levantinas, de Valencia y Alicante, y norteñas, de Bilbao y sus costas. Lo contaban los regidores y peritos encargados de dar respuesta a aquellos señores que llegaron a la población para ejecutar las averiguaciones a fin de establecer la nunca establecida Única Contribución; y se recogió en los Diccionarios que vieron la luz tiempo después:  Y como es este pueblo por lo poco que produce su terreno no puede por sí mantenerse, tiene tráfico en huevos para la Corte de Madrid comprando en su propio país como unas cinco o seis mil arrobas…; que hechas cuentas, a 11,5 kilos la arroba, y cincuenta gramos de media el huevo, salen unos cuantos kilos.

    Los arrieros de Cereceda llevaban a Valencia su aceite y regresaban con huevos y naranjas; de Bilbao con huevos y pescado, además de recorrer la sierra guadalajareña entera para adquirir el fruto de las gallinas que después ofertaban por las calles de Madrid, gozando, los huevos de Cereceda, de tanta o similar fama que la miel de la Alcarria, y su voz, tan popular: ¡Huevos de Cereceda!

 

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Saturnino Pintado, el Mielero de Peñalver

   Saturnino Pintado nació efectivamente en Peñalver, en torno a la década de 1880, cuando los mieleros de la localidad tomaron el relevo a tantos otros e hicieron de la población enseña en el producto a la hora de ofertarlo en la capital de España. Tanto que incluso Galdós se hizo eco de los mieleros alcarreños en alguna de sus obras.

   Ya eran muchos los vendedores que, tomando nota de nuestras gentes famosas, se vistieron como ellos: … le veréis con sus albarcas, calzón corto de burdo paño, inseparable chaleco y gorra o montera de piel, o bien un pañuelo liado a la cabeza. Añadid a esto las vasijas o recipientes donde lleva su mercancía; y si hiciere gran frío, cubrid las mangas de su camisa con una chaqueta de cuello recto del mismo género que el calzón y tendréis hecho, de una vez para siempre, el retrato exacto del Mielero; que escribió el Marqués de San Eloy, o don Benito Pérez Galdós, que tanto da. Y es que ya, por aquellos tiempos, se falsificaba la miel, y se falsificaban los mieleros.

   Saturnino Pintado anduvo vendiendo por Bilbao primero, Navarra después, y concluyó sus días en Vitoria. Por sus calles se le vio durante años, saliendo del callejón de Santa María del Cabello, donde tenía su almacén, para recorrer día a día las calles y vender cientos de kilos de auténtica miel de la Alcarria en cada temporada. Tanto se apegó al paisaje vitoriano que llegó incluso a ser protagonista en un partido de fútbol en Mendizorroza.

   Falleció, ya lo dijimos, a las puertas del invierno de 1941, y se quedó plasmado en el paisaje de la ciudad, tanto que hace pocos meses lo recordaban todavía con cariño, como lo recordaron en la prensa vitoriana al año de su ausencia: Saturnino Pintado, aquel Mielero alto y delgado. Tan nuestro se consideraba él también que con su afecto correspondía al nuestro, que hasta murió de un frío vitoriano… quizá pregonando aquello de: ¡Miel de la Alcarria! ¡De la Alcarria, miel!

   ¡Nobles y sencillas gentes de la castellana Alcarria”

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 6 de octubre de 2023

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