sábado, noviembre 07, 2026

RECORDANDO A LOS PEONES CAMINEROS EN GUADALAJARA

 RECORDANDO A LOS PEONES CAMINEROS EN GUADALAJARA

Durante tres siglos fueron los guardianes de nuestros caminos carreteros

 

   Don Epifanio Herranz Palazuelos, párroco que fue de Atienza en los últimos años de la década de 1960, profundo recopilador de historias, escribió unas líneas sobre los peones camineros que durante varios siglos recorrieron nuestras carreteras de asfalto, antes camino de tierra y barro: “Siento respeto por estos hombres, que con su cesto terrero, azadón y rastrillo, cuidaban de los caminos…”





 

Caminos, antes que carreteras

   Quien esto escribe ha recorrido decenas de veces, la antigua carretera comarcal C-101, que tuvo doble denominación: “Guadalajara a Tafalla, por Ágreda”; anteriormente fue camino real que desde la Corte madrileña conducía a las altas tierras de Soria, La Rioja y, desde por aquí, a la frontera francesa. Fue uno de los caminos más transitados de España, y de los principales de la provincia de Guadalajara. Por aquí pasaron las caravanas reales que marcharon a las fronteras pirenaicas; por aquí llegaron hasta Atienza las reales majestades de Felipe II, III, IV y V; también la pateó el antepasado de todos ellos, Carlos I, emperador del Sacro Imperio; y por aquí viajaron, e hicieron alto en algunas ocasiones, los personajes más salientes de sus tiempos; desde el erudito don Gaspar Melchor de Jovellanos, quien pernoctó en el parador de Paredes de Sigüenza, al pintor de la corte, don Diego de Velázquez quien, adelantándose a Su Majestad, y como aposentador real, le fue buscando acomodo en los lugares más emblemáticos de la travesía, desde Madrid, hasta Atienza. La majestad en este caso era la de don Felipe IV.

   Los caminos, en aquellos lejanos siglos se abrían y cerraban, en muchas ocasiones, con la llegada del invierno y los inicios de la primavera; con anterioridad al paso del rey los vecinos de las poblaciones intermedias, en la mayoría de los casos, habían de trabajar por espacio de unos días para abrirlos y que sus majestades y compañía tuviesen un agradable pasar. Los concejos, es de suponer que a campana repicada, llamaban y…, no había más remedio que acudir a aquellas obligatorias zafras, zofras o ladras, que con muchos nombres fue conocida la más sencilla de: “prestación personal”; de la que ya nos hablan por este entorno las Relaciones Catastrales ordenadas por el Sr. Marques de la Ensenada bajo el reinado de don Fernando VI en 1749.

   Don Fernando VI fue quien, sin duda para evitar aquello y ordenar esto, mandó crear el cuerpo de peones camineros cuando corría el año de gracia de 1759, dotándolos con un salario diario de cinco reales, y dando a cada uno una legua de la que ocuparse; algo así como cinco kilómetros de trayecto, que debían de tener, sino como los chorros del oro, al menos, transitable en invierno y en verano. Dotándoseles de azadón con el que ir cubriendo las rodadas de las carretas, cuando estas se hundían en el firme, o liberando las alcantarillas y pasos de agua, cuando esta hacía de las suyas; entre otras dedicaciones afines a una especie de autoridad en los caminos, puesto que de tal estaban revestidos. Como guardias de caminos figuraban en 1767 y como autoridad fueron tenidos a fines de ese mismo siglo, cuando recibían órdenes municipales para perseguir o acompañar carros, carretas o carreteros.

   Cierto es que también algunos munícipes del entorno, buscaron en estos hombres una especie de servidor del municipio, hasta el punto de que en ocasiones hubo de intervenir el jefe provincial, o Gobernador de la provincia, para poner coto a desmanes que iban más allá de la labor de estos hombres. Y tal hizo don José Luis Prades en 1873 cuando: “algunos alcaldes se han permitido disponer de los peones camineros para la conducción de presos… sin que puedan ni deban considerarse como fuerza armada…”, por lo que no debían distraerse de su real oficio.

 

Una casilla por casa

   Las líneas de don Epifanio Herranz venían a cuento cuando escribió sobre nuestros hombres, en 1992, de haber pasado por delante de la casilla de camineros del Buen Desvío, en la carretera de Mazarete a Cifuentes. En este tiempo todavía se mantenían al pie de las carreteras decenas de ellas. Comenzaron a levantarse cuando mediaba el siglo XIX; con anterioridad las casas de camineros eran simples casillas en las que apenas se tenían comodidades de clase alguna. A partir de entonces, del mediados del XIX, comenzaron a tener tapial por paredes, tejado, habitaciones en su interior, corral, cuadra y hasta un pequeño huerto. En ellas vivieron familias enteras durante más de un siglo. En la actualidad la inmensa mayoría de las casas de camineros de nuestras carreteras se dejan ver entre muros arrumbados, arboledas crecidas en su interior y zarzales asomando por lo que fueron sus ventanas. En algunos municipios se han conservado, como rareza del tiempo que pasó, y en la mayoría han sido suplidas por los “Parques de Obras Públicas” que a la entrada de algunos municipios de consideración anuncian que allí vive el personal de carreteras. Que ya pasaron de ser camineros a ser “funcionarios de Obras Públicas”.

   Don Epifanio nos recordaba, al paso de la del Buen Desvío: “No se porque su silencio dolorido me hizo reflexionar: aquí vivió alguna familia que no he conocido, y dentro de sus paredes quedarán momentos de gozo, sacrificio y soledad. Seguro que estas casillas, colocadas al borde de las carreteras, habrán servido también de refugio transitorio a pastores, carreteros, menestrales y mendigos…”  Por su parte, don Antonio Berlanga Santamaría dedicó un amplio estudio al que dio el título de: “Las Casillas de Peones Camineros en la Provincia de Guadalajara”, que vio la luz en la Revista Cuadernos de Etnología de la Diputación Provincial.

   De las pocas que van quedando, convertida en almacén de sal invernal, este cronista recuerda con simpatía la de Cantaperdiz, a un paso del cruce que desde la C-101 conduce hasta Atienza; en ella todavía cree recordar, que el paso de los años altera la memoria, a su último vecino, el tío Vicente, quien hacía el recorrido caminero desde por aquí hasta Cincovillas, donde nació.

   La casilla de Cantaperdiz fue, y tal vez lo sigue siendo, un referente en la comarca; hasta aquí llegó el personal para tomar el coche de línea del trayecto Madrid a Soria, y aquí se refugió, quien más, quien menos, en día de mal agüero.

   También aquí encontró la muerte algún que otro caminante que desde Atienza caminaba a Riofrío; como junto a una casilla caminera, por tierras de Sigüenza, la encontró un mendigo de oficio, quien llevaba por apodo “Zarabaya”.

   Y es que las casillas, como los camineros, fueron gentes de mano abierta y abierto refugio. Por estas fechas, pronto hará un siglo, los camineros de la casilla de La Azeña, a las puertas de Guadalajara, fueron los primeros en socorrer a nuestro gran cronista provincial, don Francisco Layna cuando el coche conducido por su esposa, doña Carmen Bueno tuvo el fatal accidente que le costó la vida. Como que los camineros fueron también esa especie de ángel de la guarda que, cuando los vehículos comenzaron a poblar nuestras carreteras, también estuvieron al quite.

   Gentes a las que, con el paso del tiempo, no conviene olvidar; de ahí el recuerdo de estas líneas inspiradas por ellos. Dedicadas a Enmanuel Molinero, hijo de Gumersindo Molinero y nieto de Antonio Molinero; los tres pertenecientes al cuerpo, hoy, de funcionarios de Carreteras del Estado, o similar. La dedicación, por supuesto, también ha de ir al padre del autor, Tomás Gismera Galán; quien también fue parte de él.

   Pues como dijo don Epifanio: “aunque solo sea por conservar la memoria de los camineros de ayer, merecen escribirse estas líneas”.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 6 de noviembre de 2026


Notas de Etnografía, Folklore y Tradiciones Populares de Guadalajara

 

Notas de Etnografía, Folklore y Tradiciones Populares de Guadalajara

 

    La provincia de Guadalajara, sus pueblos, mantienen decenas de tradiciones enraizadas con su pasado histórico, folclórico y tradicional; algunas de ellas han pasado a pertenecer al calendario festivo.

   El autor rescata en este libro decenas de ellas que en ocasiones se confunden con la multitud de leyendas que jalonan los pueblos.

   Por las páginas de la obra desfilan las botargas; el toque de las campanas; el carnaval; la Semana Santa; las ferias; las romerías; los trajes tradicionales; las rondas; los danzantes; las tradiciones enraizadas con los difuntos; la matanza o la Navidad.

   En su mayoría son notas de folklore y tradiciones que el autor ha ido desgranando en sus artículos semanales en el periódico Nueva Alcarria, de Guadalajara, en el que desarrolla la página “Guadalajara en la Memoria” y que, en conjunto, conforman una serie de relatos que mantienen no solo la memoria, también la tradición etnográfica y folklórica de una provincia a través de sus tradiciones populares.

 

 


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SUMARIO:

BOTARGAS, PARA COMENZAR EL AÑO

 

ALARILLA: LA PRIMERA BOTARGA

 

EL NIÑO PERDIDO, DE VALDENUÑO-FERNÁNDEZ

 

SAN ANTÓN Y LOS SANTOS DEL FRÍO

 

LA BARBARIDAD DE HORCHE

 

LAS CAMPANAS DE SANTA ÁGUEDA

 

TIEMPO DE CUERNOS, DIABLOS Y CENCERROS

 

CARNAVAL, BAJO LA MONTAÑA SAGRADA

 

MEMORIA DE DON CARNAL Y SU SARDINA

 

LA PASIÓN, SEGÚN JADRAQUE

 

EL ROSARIO DE FAROLES DECRISTAL DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES, DE ATIENZA

 

LA CRUZ DE CRISTO, EN LA PROVINCIA DE GUADALAJARA

 

LAS SANTAS ESPINAS DE ATIENZA. EL GRIAL DE GUADALAJARA

 

LA SANTA ESPINA DE PRADOS REDONDOS

 

MAYO, DE CRUCES Y CAMPANAS

 

¿POR QUIÉN TOCAN LAS CAMPANAS?

 

LA ROMERÍA DE LA VIRGEN MIRABUENO

 

LA REINA DEL SEÑORÍO

 

LA MIGAÑA. LA FILA ROMA DE GUADALAJARA

 

EL DÍA DE LA ASCENSIÓN

 

MEMORIA DE UNAS FOTOS

 

BOINAS, GORRAS Y SOMBREROS.

 

LA IMPORTANCIA DE UN BUEN ALMIREZ

 

AGOSTO DE DANZAS Y DANZANTES, EN LA SERRANÍA

 

POR DECIR ¡VIVA SAN ROQUE!

 

EL ALTO REY SE VISTE DE ROMERÍA

 

UN SANTO EN EL CALENDARIO: SAN MIGUEL PAGADOR

 

TIEMPOS DE FERIA

 

HIENDELAENCINA

 

POR CANTALOJAS, DE FERIA

 

PARA MORIRSE COMO DIOS MANDA

 

ATIENZA, Y SU DANZA DE LA MUERTE

 

PAREDES DE SIGÜENZA, Y EL SECRETO DE SU CEMENTERIO

 

MAZUECOS Y LAS CALABAZAS DEL DÍA DE ÁNIMAS

 

DICIEMBRE, MES DE LA MATANZA EN LA SERRANÍA

 

NAVIDAD DE PASTORES, CENCERROS Y NOCHEBUENO

 

BUSTARES, NAVIDAD EN LAS ALTURAS

 

 

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Detalles del Libro

  • ASIN ‏ : ‎ B0C6BQW34Q
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 237 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8396102606
  • Peso del producto ‏ : ‎ 372 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 1.52 x 21.59 cm

 

viernes, octubre 30, 2026

UN BRINDIS POR MOLINA DE ARAGÓN

 

UN BRINDIS POR MOLINA DE ARAGÓN

El de cuatro de los intelectuales más conocidos de España

 

   Don Pío Baroja es uno de los literatos más conocidos y prestigiosos de la España del siglo XX; de difícil trato en ocasiones y cuentan que un auténtico cascarrabias en la vejez, tal vez porque se lo podía permitir. Dicen que quiso demostrar en cuantas ocasiones le fue dado que sentía cierta antipatía por Guadalajara y sus gentes desde más allá de la publicación de una de sus grandes novelas, "La nave de los locos". Cuando para escribirla se asomó a los horizontes de Atienza.

   La antipatía, en cierto modo, venía provocada por quien fuese uno de sus profesores, el de Terapéutica cuando, como mal estudiante de Medicina, no daba una en el blanco. El enfrentamiento con su profesor, don Benito Hernando Espinosa, se hizo tan público que saltó de las aulas a la prensa. Ambos, don Benito y don Pío, para más inri, vivieron en el mismo portal de la calle de Atocha número 96, por lo que no extrañaba que se encontrasen en la cercana Cuesta de Moyano al calor de los libros. La última vez que lo hicieron don Benito, paisano nuestro de Cañizar, le preguntó a don Pío, ya famoso novelista, sí lo reconocía y no le tenía nada que decir, y don Benito, con su cachaza y mala baba: "Nada, don Benito, que sigo creyendo que los vascongados no son más brutos que los de Guadalajara". Y se acabó la historia.

   Se cuenta que a don Pío no le gustaba demasiado abandonar su mundo literario, el de su estudio en Madrid o su localidad casi natal de Vera de Bidasoa. Muy a pesar de que, en ocasiones, acompañado unas veces y en solitario las demás, se echó a los caminos de España; de los de Guadalajara, también.

   Y por aquí andurreaba cuando, el 14 de abril de 1922, en días de Semana Santa, le comunicaron que acababa de ser elegido concejal en el Ayuntamiento de Vera de Bidasoa; y desde por aquí mandó carta a aquel Ayuntamiento a dar las gracias y decir a sus casi paisanos que sus ocupaciones literarias no le permitían ocupar tan responsable cargo en el municipio.




 

Molina de Aragón, 1922

   No fue un buen año para Molina de Aragón el de 1922; se recordaba que a las puertas del verano anterior perdió la vida en Tistutín, o Monte Arruit, uno de los considerados héroes molineses, el capitán don Félix Arenas Gaspar, dejando viuda e hijos; el más pequeño de sus retoños todavía nacería algunos meses después de la muerte del capitán, el 22 de abril de 1922, en Valencia, donde sería apadrinado por el general José Ramírez Falero en representación del Cuerpo de Ingenieros. El bautizo tuvo lugar el siguiente 22 de mayo. Al bautizo, por su puesto, asistió su abuelo, don Anselmo Arenas, uno de los literatos más prestigiosos de este tiempo en Molina de Aragón. A don Anselmo López se deben a más de alguna de las historias más entrañables en torno a la ciudad, sus famosas reivindicaciones. Y comenzaba a despuntar quien sería el cronista molinés por excelencia a lo largo del siglo, don Claro Abánades López quien, desde Molina o Madrid, ejercía de corresponsal de prensa para decenas de medios, hablando permanentemente de Molina, después de haber fundado la marca que sería su enseña, el semanario “La Torre de Aragón” que, como con algunos otros, trataría de dar a conocer la realidad de su pasado, de sus gentes, y el constante batallar para que Molina de Aragón no se quedase arrinconada en el extenso territorio que un día comandó.

   Mantenía Molina su hidalga estampa de vieja ciudad castellana, de señorío palaciego que le legó la historia y le dio el sobrenombre de Molina de los Caballeros, sobrenombre que quienes escribieron e indagaron en torno a su pasado reivindicaban una y otra vez, en contra del Aragón que la alejaba de la realidad.

   También mantenía, como enhiesta bandera con la que hacer frente a la historia de sus grandes gestas, las altivas torres de sus castillos, las mismas que, a las puertas de la Navidad de 1860, estuvieron a punto de desaparecer bajo el empuje de los cañones y las bombas que emplearía el ejército real de Isabel II, en hacer pruebas de tiro, a lo que se opusieron no pocos molineses, de la ciudad y del señorío, con don Pascual Benito Hergueta a la cabeza; la protesta llegó hasta Madrid: “Grande es el pesar de aquellos habitantes al considerar que la maravilla de arte, levantada en la remota época de la dominación agarena, va a desaparecer en parte a impulsos de las modernas granadas y antiguas balas rasas”. Los molineses consiguieron como gracia real que únicamente se bombardeasen las murallas, dejando a salvo lo que iba quedando del antiguo alcázar.

    Las baterías, seis en total, dos del 24 y cuatro del 12, hicieron retemblar el suelo de Molina durante dos días, con la desgracia añadida del 22: “A los pocos tiros de la batería de a 12 y al tiempo de introducir un artillero una granada, reventó esta, saliendo a la par el tiro, de cuyas resultas quedó el artillero muerto y otro compañero suyo muy mal herido”.

   Cuando los artilleros abandonaron Molina, los molineses descansaron, eso sí, parte de sus antiguas fortificaciones, que resistieron a las tres guerras que hasta esta parte del siglo la azotaron, habían desaparecido.

 

Los tres amigos y don Pío Baroja

   Algo de todo aquello, al empuje de los nuevos tiempos, se reconstruyó, y fue lo que buscaron ver don José Ortega y Gasset, don Juan Dantín Cereceda, D. Domingo Barnés Salinas y, por supuesto, don Pío Baroja, a quien la prensa denominaba “el primer novelista actual”. Don Benito Pérez Galdós iba ya para dos años que abandonó este mundo.

   Pocas presentaciones necesitaba don José Ortega y Gasset, a la sazón, profesor de Metafísica en la Universidad Central e hijo de uno de los más populares escritores de este tiempo: D. José Ortega Munilla; D. Juan Dantín estaba convertido en uno de los más eminentes geólogos, además de ser catedrático de Agricultura en el Instituto San Isidro, de Madrid; y D. Domingo Barnés se había ganado justa fama como profesor de la Escuela de Magisterio y vicepresidente de la Liga de los Derechos del hombre, ejerciendo a su vez como secretario del Museo Pedagógico. Tan solo le faltaban diez años para ser nombrado ministro de Instrucción Pública, Bellas Artes y Justicia.

   Los cuatro tomaron, a las puertas de la Semana Santa, el tren en Madrid, desde donde se dirigieron a Teruel, en la ciudad de los amantes se encontraban el día 12, donde fueron recibidos y obsequiados como sus nombres y dedicaciones hacían prever; allí se entretuvieron en el Casino, recorrieron la ciudad y dejaron alguna que otra anécdota para la historia, saliendo para recorrer la sierra de Albarracín el día 13, con intención de acercarse a Daroca; el 14 de abril, ese mismo día en el que don Pío salía elegido concejal de Vera de Bidasoa, entraban en la milenaria ciudad de Molina de Aragón y, entre el Casino de la Amistad y las fondas, pasaron parte de la jornada.

   Las fondas y casas de huéspedes siempre fueron un tema recurrente en la obra de Baroja; y tuvo Molina algunas de ellas que se hicieron hueco en la historia molinesa, con los Paradores de San Antonio y San Miguel a la cabeza; con el tiempo, a todos ganarían los guisos que en la posada del Carmen elaboraría doña Paula Blasco.

   Pero fue en el Casino donde los cuatro amigos echaron la hebra con los molineses y donde hicieron el brindis, por Molina. Una historia que tiene, tras de sí, toda una historia.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 30 de octubre de 2026


MOLINA DE ARAGÓN: CRÓNICAS DE UN SIGLO

 MOLINA DE ARAGÓN: CRÓNICAS DE UN SIGLO

 

   Tras “Guadalajara, crónicas de un siglo” (2004), del que se escribió: Se ha dicho que los buenos libros, como los corazones, tienen pulso y latido. Y lo tienen a despecho de formatos, tamaños, formatos y presentación editorial. Los libros que n o laten, los libros fríos, sin temperatura propia, conducen al hastío y al abandono. Tomás Gismera ha escrito un libro con pulso, porque lo ha hecho con el corazón, con sensibilidad exquisita, con amor, con respeto casi reverencial a las tierras, las vivencias y las gentes por él desfilan”.

  El autor, a las crónicas de un siglo de Atienza, Jadraque o Brihuega, suma ahora las de Molina de Aragón.

   Las “crónicas” que siguen son parte de la historia de Molina de Aragón a lo largo del siglo XIX y del XX, han sido tomadas de la prensa, publicaciones, revistas y libros que se referencian. Entre los que no se hace mención, dado su elevado número son, principalmente, los semanarios de Guadalajara, publicados desde finales del siglo XIX, Flores y Abejas (a partir de 1894); Atienza Ilustrada (desde 1898); Boletín Eclesiástico del Obispado de Sigüenza (desde 1859); Boletín Oficial de la Provincia de Guadalajara (desde 1834); Crónica de la Exposición Provincial de Guadalajara (1876); La Educación Popular (1896); La Ilustración (desde 1893); Revista Popular (1890); La Crónica (desde 1897); así como la Gaceta de la Regencia; La Gaceta Oficial de España, y los numerosos diarios y semanarios publicados, principalmente, en Madrid.

   Cuanto se publica en letra menuda o cursiva es tomado textualmente de las noticias, crónicas, libros e informaciones a las que se hace referencia.

   Todas ellas sirven para componer lo que bien podría denominarse: “Historia de Molina de Aragón, del siglo XIX y XX”.

   Son las vivencias de las gentes sencillas, de nuestros abuelos, de sus padres. La historia de las gentes cercanas cuyos apellidos nos llegan, y nos suenan. La historia de los nuestros; y la transformación y adecuación a los tiempos modernos de una industriosa población.

   Y se continuó escribiendo: “No busquemos en el libro la historia rigurosa y exigente del transcurso del siglo. Gismera, de manera acertada ha huido de llo y nos ha servido su trabajo en forma de crónicas, en donde hasta lo heterogéneo, el relato o la cita, prestan contagiosa amenidad y desparpajo.

   De cómo era, y de cómo dejó de serlo hay mucha huella Feliz en el libro…”

   El libro es también un homenaje a las gentes que pasaron y, de manera especial a quienes de una manera más amplia, escribieron de Molina y su Señorío: Pascual B. Hergueta; Baldomero García Jiménez; Luis Díaz Milián; Anselmo Arenas; José Sanz y Díaz, o quien fuse su cronista a lo largo de una Buena parte del siglo XX, Don Claro Abánades López; sin ellos, y muchos más, las crónicas de Molina no hubiesen sido possible; nos hubieran faltado sus historias, las que nos dejan reseña de lo que fue, y de lo que es.

   Son más de mil páginas, en cinco volúmenes, las que nos traen el devenir de Molina de Aragón, las líneas que, desde el ayer, nos han traído al hoy.



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  • ASIN ‏ : ‎ B0HMS6CVFB
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 232 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161938140
  • Peso del producto ‏ : ‎ 522 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.47 x 25.4 cm




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  • ASIN ‏ : ‎ B0HMS5RWJH
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 237 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161941935
  • Peso del producto ‏ : ‎ 531 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.52 x 25.4 cm




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  • ASIN ‏ : ‎ B0HMSMRYMG
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 226 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161946190
  • Peso del producto ‏ : ‎ 508 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.45 x 25.4 cm


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  • ASIN ‏ : ‎ B0HMRXKWLQ
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 261 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161933343
  • Peso del producto ‏ : ‎ 581 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.68 x 25.4 cm




  • ASIN ‏ : ‎ B0HMS42HLF
  • Idioma ‏ : ‎ Español

  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 231 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161948934
  • Peso del producto ‏ : ‎ 522 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.47 x 25.4 cm

lunes, octubre 26, 2026

LOS CRISPINES DE ATIENZA

 

LOS CRISPINES DE ATIENZA

Así fueron coloquialmente conocidos los cofrades de San Crispín y San Crispiniano

 

   Se conservan, en el Archivo de la Clerecía de Atienza, los al parecer últimos restos de una de las cofradías más peculiares y desconocidas con las que contó la villa de Atienza, de la que poco ha permanecido a través del tiempo, salvo alguna ligera referencia en torno a sus celebraciones recogida en los libros de cuentas del antiguo convento de San Francisco.

   Se trata de la cofradía de los Santos Mártires San Crispín y San Crispiniano, que estuvo adscrita a la iglesia de Santa María del Val. Lo que se conserva de ella en el Archivo de la Clerecía son los últimos libros de cuentas que median entre 1702 y 1758.




 

La iglesia de Santa María del Val

   Fue sin duda una de las más antiguas de la población, levantada en pleno periodo de la arquitectura románica de la que conserva su hermosa y sugestiva portada de acceso, con esos saltimbanquis, o lo que representen, las figuras que se sujetan a su baquetón.

   La iglesia mantuvo hasta poco antes de iniciarse el siglo XX algunas de las cofradías o hermandades más significativas de Atienza, entre las que se contó la de la Purísima Concepción, la Natividad de Nuestra Señora, la del Glorioso San Ramón Nonato, patrono de las parturientas, la de La Piedad, y la de los gloriosos San Crispín y San Crispiniano, patronos de uno de los gremios igualmente significativos dentro de Atienza, el de artesanos del cuero, los curtidores y el calzado.

   Evidentemente se trataba como otras existentes en la villa, de una cofradía gremial, en este caso dedicada a festejar a los santos patronos y reunir en ella a imagen de la única que nos han llegado, la de arrieros que festeja la cofradía de la Santísima Trinidad, a los miembros de aquellos oficios, a fin de ayudarse entre ellos en asuntos tan humanos como el entierro, la última enfermedad o la asistencia a la familia del fallecido cuando carecía de medios.

 

Un gremio numeroso

   Un simple repaso al Catastro de Ensenada de 1752, época de la que se conservan las cuentas de la cofradía, nos dice cuántos y quiénes eran los que en Atienza se dedicaban al oficio, donde ya se nos habla de la existencia de “quince tenerías, catorce pertenecientes a seculares y la otra al Cabildo Eclesiástico, así como diecisiete tratantes de suela y cordobán”. Dejándonos los nombres de cada uno de ellos, entre los que se repiten algunos apellidos que han llegado a nuestros días, como el Yagüe o el Bermejo, indicándonos que, como solía suceder en otros, también aquí se continuaban los oficios por tradición familiar. Junto a estos tratantes de suela y cordobán nada menos que veintisiete zapateros; un oficial y dos aprendices. Por lo que, entre unos y otros, se aproximaban al medio centenar los dedicados a la trata del cuero en sus diversos estados.

   Mucho tiempo después, en los inicios del siglo XX, todavía el gremio de zapateros y curtidores tendrá amplia representación. Así, por ejemplo, en 1905, en un censo municipal incompleto, teníamos cuatro zapateros con taller abierto: Donato y Fausto Cabellos, y Emilio y Tiburcio de las Heras. Mientras que en el censo industrial de 1908 nos aparecen relacionados con los mismos oficios un número mayor, y acorde a la realidad del momento. Figurando dos albarqueros: Silverio López y José Arribas; y cuatro zapateros: Esteban García, Carlos Guijarro, Pedro Galán y Feliciano Esteban. Nombres que poco a poco a través del tiempo quedarían reducidos a uno sólo ya avanzada la última mitad del siglo XX, hasta que la modernidad, como sucedería con otros oficios, llevó a la extinción de este en Atienza.

 

Las funciones de la Hermandad

   Que fue cofradía con buenos rendimientos económicos nos lo dejan ver algunos de los gastos anuales, puesto que pagaban al abad de la parroquia, por sus oficios litúrgicos, mediado el siglo XVIII, ochenta reales; más los gastos de las festividades, ofrendas, cera para las lámparas y monumentos, o santero que cuidaba el entorno de la iglesia, que sumaban algo más de ciento veinte; el doble por el coste de las juntas, en refrescos a los hermanos y algunas cantidades más que se ofrecían al secretario, manda y encargados de las cuentas. A más de lo aportado por los cofrades gestionaba, y de ahí parte de su riqueza, una de las tenerías ubicadas en la villa, de la que salía suela y cordobán para los zapateros.

   Sabemos, a través de los libros de cuentas, que la cofradía contaba con dos “Baras” de plata, correspondientes a Prioste y Mayordomo, pues ambas fueron “aderezadas” (arregladas o compuestas) en 1713, por importe de catorce reales, ajustándose la cofradía a un ordenamiento de mandos similar a las del resto de hermandades aquí conocidas, en las que anualmente se renovaban los cargos siendo de obligado cumplimiento la celebración del patrón, el 25 de octubre, así como la asistencia a los funerales y entierros de los cofrades, los cuales se reunían ese mismo 25 de octubre en comida fraternal, para la que se sacrificaban varios carneros pertenecientes a la propia hermandad. Hay que recordar que hasta finales del siglo XIX o comienzos del XX en otros casos, la mayoría de las cofradías de Atienza criaba, para la celebración anual, sus propios carneros que, en la mayoría de los casos, pastaban libremente por los campos atencinos.

   Sin que nos haya llegado el dato de cuándo nació la hermandad y cuándo desapareció, si bien todo hace pensar que sus últimos pasos se dieron a fines del siglo XIX, probablemente en la misma iglesia a la que estuvieron adscritos. Hasta poco antes de la desaparición del convento de San Francisco a él pagaban la misa mayor con motivo de su santo patrón. Para los franciscanos de Atienza los miembros de esta hermandad eran, simplemente, los “crispines”, nombre con el que eran conocidos sus integrantes igualmente en la villa.

   La mayoría de las cofradías correspondientes al gremio surgieron en torno a los siglos XIV y XV, por lo que admitiremos que la cofradía de zapateros de Atienza surgió igualmente en esta época en la que, a la antigua calle Mayor de la población comenzó a denominarse coloquialmente “zapatería”.

 

San Crispín y San Crispiniano

   San Crispín y San Crispiniano fueron dos hermanos, romanos, de familia noble, que vivieron en el siglo III y murieron decapitados por Diocleciano. En su huida de Roma se asentaron en Francia, donde predicaron el cristianismo y se ganaron la vida haciendo zapatos por la noche. De ahí todo lo demás. Incluso Shaskespeare los cita en su Enrique V.

   Todavía, a lo largo de la primera mitad del siglo XX se mantuvieron en vigor algunas cofradías en torno a los santos Crispín y Crispiniano en nuestra provincia, puede que la más reconocida fuese la de Sigüenza, que todos los años rifaba un cordero con cuyo producto colaborar a los gastos de la festividad, la celebración religiosa la solían llevar a cabo en la ermita de San Roque. Algunas otras poblaciones de la península tienen por patronos a los santos zapateros, por el Levante y por Asturias. En la década de 1940 San Crispín y San Crispiniano fueron declarados patronos del Sindicato de la Piel, con lo que, quienes pertenecían al mismo, se reunían en su festividad a fin de acudir a misa y tras ella reunirse en el almuerzo de hermandad clásico de tantas hermandades, al menos en la capital de la provincia.

   En Atienza todavía, al día de hoy, queda el recuerdo del gremio en la calle de la Zapatería, la cual, a pesar de ser rebautizada como de Cervantes, mantiene la memoria del oficio.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 23 de octubre de 2026


HISTORIAS Y MEMORIAS DE LA VILLA DE

ATIENZA

(Guadalajara)

 

Historia, Arte, Literatura, Leyenda, Personajes, Devoción, y más


Historias y Memorias de la Villa de Atienza (Guadalajara), es una recopilación de artículos periodísticos que el autor ha ido publicando en la prensa provincial de Guadalajara, principalmente en el periódico Nueva Alcarria, principalmente entre 2016 y 2026, a través de los que se recogen en extensión aspectos parciales de la historia de Atienza a través de personajes con nombres propios; Leyendas, devociones, historia, etnografía y todo aquello que algo tiene que ver con la población, desde el punto de vista histórico o periodístico.  Un compendio de   páginas que invitan a conocer Atienza, y su entorno, de manera amena, coloquial, entretenida, didáctica…



Historias y Memorias de la Villa de Atienza, el libro, pulsando aquí



Detalles del producto

  • ASIN ‏ : ‎ B0GQ89HMXW
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 367 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8249795153
  • Peso del producto ‏ : ‎ 798 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 2.34 x 25.4 cm