CARNAVAL
DE BOTARGAS Y ENMASCARADOS ALCARREÑOS
Otra
imagen del carnaval provincial
El carnaval es tiempo de inversión, de confundir lo blanco con lo negro.
Reír las penas transformándolas en alegrías, como escribiese el etnógrafo López
de los Mozos. Atronar y, si llega el caso, molestar. Cosa que no gustó a
nuestras autoridades civiles y eclesiásticas tiempo ah; de ahí que sacasen un
estricto reglamento por el que se anunciaba que: “Próxima la fiesta de Carnaval, que si por su
índole bulliciosa y expansiva permite alguna mayor libertad que la acostumbrada
a los que toman parte en aquella, no puede sostenerse, sin embargo, que sea
motivo de molestias para nadie y menos de que, a su amparo, se cometan
verdaderos atropellos en pugilato de desatenciones, descortesías y mal
intencionados actos rayanos, unos en lo grosero y en lo indecoroso otros, actos
todos estos que no pueden escudarse, como se ha indicado, en el bullicioso y
expansivo carácter de la fiesta”. En evitación en lo posible de esas consecuencias, quedaba regulado
y prohibido los disfraces con uniformes, arrojar confeti al rostro, recogerlo
del suelo para lanzarlo de nuevo, y, en general, emplear cualquier objeto que
pudiese molestar al público.
Claro está que en aquellos tiempos el público se decantaba más por el
carnaval a la veneciana, con trajes de etiqueta y máscaras de ilusión que se
lucían en bailes y casinos de sociedad, principalmente. Y quienes no disponían
de caudal para ello salían a la calle echándose encima el primer trapajo o piel
de carnero, que encontraban por la casa.
Prácticas de carnaval
Y
es que las prácticas carnavalescas conllevan una serie de acciones que a través
de distintos personajes afines a éstos días se han mantenido: arrojar pelusa,
ceniza, paja o harina; quemar trastos viejos; correr gallos; mantear animales,
principalmente gatos y perros; producir
ruidos e incluso centrar las iras en un ensañamiento con determinadas personas,
generalmente dispuestas para asumir el papel de víctimas y cargar con las
culpas de una sociedad que se ve de esa manera liberada de faltas.
Toda esta serie de actos llevaron a que a
partir del siglo XVI se tratase de reconducir manteniendo la fiesta y anulando
personajes, excesos y burlas, sin contar que hubo reiterados intentos para
terminar con unas manifestaciones que eran consideradas como desorden
colectivo. Carlos I en 1523; Felipe V en 1717, 1745 y 1746, y Carlos IV en
1797, entre otros, promulgaron medidas destinadas a impedir su desarrollo,
aunque fue mucho más numerosa la legislación municipal en esta materia.
La jerarquía eclesiástica, desde la Baja
Edad Media, combatió los festejos populares centrados en este período como
supervivientes de rituales paganos contrarios a la doctrina de la iglesia y por
supuesto, en menoscabo de ella.
Más recientemente, durante el largo periodo
que medió entre 1937 y 1977, el carnaval y sus manifestaciones estuvieron
prohibidos mediante la orden de 3 de febrero de 1937 dictada en Burgos y
ratificada en Madrid el 22 de febrero de 1940, mediante la cual: queda prohibido el uso en la vía pública de
disfraces, caretas y demás prendas de carácter similar, así como la
organización de bailes o reuniones cuya modalidad tienda a conmemorar tales
fiestas, quedando excluidas de la prohibición los bailes o reuniones que celebren aquellos centros que los organizan
habitualmente, siempre que en ellos no se haga especial alusión al carnaval,
así como los de trajes regionales, sin antifaz. La orden era recordaba año
a año, por el Gobernador Civil de cada provincia todos los meses de enero.
Por otra parte, los excesos también se
regularon. Principalmente en los inicios del siglo XX, al menos para la
provincia de Guadalajara, haciendo que algunas de aquellas acciones que
trataban de humillar; así como cierto maltrato a los animales desapareciese o
se reconvirtiera en otro tipo de actuación. De ahí la circular del Gobierno
civil de Guadalajara de 22 de febrero de 1911 en la que acotaba los excesos y
ponía las correspondientes penas de prisión, calabozo o multa, a los
infractores.
Botargas y enmascarados alcarreños
Así pues, las sucesivas
prohibiciones y la consiguiente despoblación desterraron de numerosos de
nuestros pueblos la costumbre ancestral de aquellos personajes que, pasado el
tiempo, por estos días, y desde los pasados navideños, nos vienen a visitar,
puesto que se ha
demostrado la identidad del carnaval con otras festividades invernales: San
Nicolás, Santos Inocentes, Reyes, San Antón, Candelaria, San Blas o Santa
Águeda. En todas ellas se repiten actos similares: libertades y bromas;
peticiones de aguinaldos; y ante todo las máscaras, las que nos traen representaciones
y burlas que llevan en muchos casos añadida la tentación; el intento de romper
las normas y por supuesto saltar la barrera de lo prohibido entregándose por
unos días al exceso antes de entrar en la penitencia impuesta por la cuaresma
que nos llega. Algunas
fiestas son incluso comunes a las que se celebraban en otros períodos del año
como herederas de hábitos que tuvieron asiento en nuestros pueblos.
Por lo que se refiere al carnaval propiamente dicho son muchos los
estudios que le dan unas fechas fijas, determinadas en unos pocos días o
llegando incluso a semanas: las anteriores a la Cuaresma; situando su inicio en
el jueves llamado gordo, lardero o de comparsas, según las zonas. En algunos puntos de Guadalajara bien
puede decirse que tiene su comienzo en los días posteriores a Navidad, fechas
en las que hacen aparición las primeras máscaras (botargas) para terminar
generalmente en las vísperas previas al Domingo de Ramos, día en el que siguen
manteniéndose costumbres acordes a estas jornadas.
En
localidades, especialmente de las serranías del Ocejón y Alto Rey
vieron éstos mismos personajes los días de Navidad, con anterioridad y después
de la Misa del Gallo integrando comparsas de mozos. En algunas poblaciones ha
desaparecido totalmente y en otras se han ido ajustando a festividades
diferentes: San Sebastián, San Blas, la Candelaria...e incluso fiestas
veraniegas o patronales. Principalmente para contar así con un mayor número de
participantes o espectadores, puesto que la despoblación también afecta a la
fiesta.
Cada uno de aquellos, y en
cada uno de sus lugares respectivos, tenían su propio cometido. En Robledillo de Mohernando y otros
pueblos de la campiña arriacense cuando salían las vaquillas en carnaval iban vestidas de sacos, serillos, o
alfombras de esparto
deshilachadas; portando sobre los hombros unas amugas de las que se usaron para acarrear la mies, con unos
cuernos de buey o de vaca clavados o sujetos en los dos extremos de delante y
las grandes zumbas de las vacas al cuello o la cintura. Su misión era destrozar
los vestidos de quienes se disfrazaban el martes de carnaval, entre otros. El toro de carnaval de Peralejos de las Truchas, costumbre que
aún perduraba en el año 1930, era celebrado con un simulacro de corrida de
toros el martes de carnaval,
disfrazándose un hombre de la localidad. Toro de carnaval que era lidiado
en la plaza del pueblo. Tras pasar por todas las fases de la lidia taurina le
daban muerte para después llevarlo a la taberna donde le hacían
beber hasta que resucitase. En Cabanillas del Campo la botarga se
llevaba los chorizos que encontraba, en Ujados
salía la botarga junto a las máscaras correspondientes, recorriendo el pueblo
haciendo sonar cencerros y campanillas; en Anguita
acompañaba a la vaquilla; en Villares de Jadraque sus vaquillones hacen retemplar las entrañas
del pueblo; y así por decenas de nuestros municipios de donde, de muchos
de ellos se nos ha perdido la memoria, ya que este tipo de fiestas no solían
quedar reflejados en los anales de su historia.
Y
después, todo pasado, el miércoles de ceniza, tras el entierro de la sardina,
en 1877 se celebró por vez primera en Guadalajara, el silencio. De momento,
ruido.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la
Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 13 de febrero de 2026
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Notas de Etnografía, Folklore y Tradiciones Populares de Guadalajara
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La provincia de Guadalajara, sus pueblos, mantienen decenas de tradiciones enraizadas con su pasado histórico, folclórico y tradicional; algunas de ellas han pasado a pertenecer al calendario festivo.
El autor rescata en este libro decenas de ellas que en ocasiones se confunden con la multitud de leyendas que jalonan los pueblos.
Por las páginas de la obra desfilan las botargas; el toque de las campanas; el carnaval; la Semana Santa; las ferias; las romerías; los trajes tradicionales; las rondas; los danzantes; las tradiciones enraizadas con los difuntos; la matanza o la Navidad.
En su mayoría son notas de folklore y tradiciones que el autor ha ido desgranando en sus artículos semanales en el periódico Nueva Alcarria, de Guadalajara, en el que desarrolla la página “Guadalajara en la Memoria” y que, en conjunto, conforman una serie de relatos que mantienen no solo la memoria, también la tradición etnográfica y folklórica de una provincia a través de sus tradiciones populares.
SUMARIO:
BOTARGAS, PARA COMENZAR EL AÑO
ALARILLA: LA PRIMERA BOTARGA
EL NIÑO PERDIDO, DE VALDENUÑO-FERNÁNDEZ
SAN ANTÓN Y LOS SANTOS DEL FRÍO
LA BARBARIDAD DE HORCHE
LAS CAMPANAS DE SANTA ÁGUEDA
TIEMPO DE CUERNOS, DIABLOS Y CENCERROS
CARNAVAL, BAJO LA MONTAÑA SAGRADA
MEMORIA DE DON CARNAL Y SU SARDINA
LA PASIÓN, SEGÚN JADRAQUE
EL ROSARIO DE FAROLES DECRISTAL DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES, DE ATIENZA
LA CRUZ DE CRISTO, EN LA PROVINCIA DE GUADALAJARA
LAS SANTAS ESPINAS DE ATIENZA. EL GRIAL DE GUADALAJARA
LA SANTA ESPINA DE PRADOS REDONDOS
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