viernes, septiembre 23, 2022

UN SANTO EN EL CALENDARIO: SAN MIGUEL PAGADOR

 

UN SANTO EN EL CALENDARIO: SAN MIGUEL PAGADOR

La de San Miguel fue, sin duda, una de las festividades más deseadas. Este día, se cobraba

  

    A San Miguel Arcángel, cuya festividad se celebra el 29 de septiembre, le pusieron a tiempo dos compañeros de santoral, Gabriel y Rafael. A tiempo, porque cuando eso pasó, en 1970, la mayoría de las funciones del Santo Pagador habían pasado a la historia. De lo contrario San Gabriel y San Rafael hubiesen quedado en el anonimato del día para la gran mayoría de devotos del campo. Continúa San Miguel teniendo preferencia en el santoral sobre sus compañeros de página de almanaque pues, además de cargar sobre sus espaldas el peso de los contratos, tiene el don de madurar los membrillos a costa de su veranillo, el que ha de preludiar los días lluviosos del otoño, si es que, algún día, nos quiere llover con conocimiento. Es, por demás, San Miguel Arcángel, santo de doble celebración, puesto que también tenemos fiesta a él dedicada por el mes de mayo, el día 8. Esta conmemora la aparición del Arcángel sobre el Gárgano.

   Ambas unidas, la del 8 de mayo y la del 29 de septiembre, tuvieron no poca importancia en el mundo rural, tan unido al santoral y los ciclos lunares. Claro está que, si la primera festividad se pasaba prácticamente por alto, o como mucho unida a la bendición de campos en una parte de la provincia, la del 29 de septiembre se celebró a lo grande. Ese día concluían los contratos y se ajustaban cuentas, al tiempo que se cobraban deudas, sobre todo, municipales.

   Fue algo habitual, a lo largo de los tiempos, que los profesionales que llevaban a cabo trabajos sanitarios o funcionariales en cualquiera de nuestros pueblos, se ajustasen por contrato, por lo general y de estar conformes, a renovarse cada dos años, por San Miguel, San Juan o San Pedro.


 

 

El pago a cosecha vencida

   Con la modernidad, la despoblación también, han perdido nuestros pueblos más de cuatro costumbres; y muchas de las viejas tradiciones que a lo largo de los siglos le dieron cierto sentido de la honradez; que se ponía a prueba cuando, pasado el prometedor verano, recogida la cosecha y amanecido el otoño con los últimos días de septiembre, llegaba la hora de hacer cuentas y convertir el apretón de manos o la promesa escrita en un documento, en pago efectivo. Un pago efectivo no en dinero, sino en grano, puesto que las gentes de nuestros pueblos no comenzaron a tener dinero contante y sonante hasta bien avanzado el siglo XX. También estaba lo de cambiar un producto por otro, de ahí que, a una parte de la Guadalajara de hoy, ante todo de la serrana, se la denominase “la tierra del cambeo”; jamón por tocino, o leña por patatas; por poner un ejemplo.

   Hasta la aparición del dinero se cobraba, y pagaba, en fanegas, celemines o cuartillos de trigo, que fue la forma habitual de pago al Secretario del Ayuntamiento, al Médico, al Sacristán, al Boticario, Ministrante o Albéitar o Herrero, y, sobre todo, al Panadero, cuando no había más remedio que recurrir al horno público, el horno de poya, o mejor, de poia; la poia era la parte proporcional, de pan o trigo que se cobraban el molinero por moler o el panadero por cocer. La parte del molinero también fue conocida como maquila, de ahí la denominación de los molinos, de maquila.


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   El Médico, el Veterinario, el Farmacéutico o el Sacristán, lo mismo que el pastor de ovejas o el guarda de montes, solían cobrar sus labores en grano, por lo general trigo de la mejor especie, en función de su oficio, en mayor o menor cantidad de fanegas. Por la Serranía solía ser metadenco, o mitadenco, un trigo centenoso capaz de enraizar en las tierras altas y duras de la montaña.

   Los Médicos, Farmacéuticos y otros especialistas de alta posición, a la cantidad de fanegas de trigo a cobrar por sus servicios se añadía, en algunas poblaciones, reduciendo el grano, una carga de leña y una arroba de patatas por vecino. El grano se vendía, mientras que la leña se empleaba a diario en calentar la casa o preparar las comidas en las que, lógicamente, no faltaban los guisos de patatas, o de garbanzos, cuando en lugar de aquellas al contrato se añadían estos.

   Los contratos de los profesionales llevaban la cláusula de que, los pagos, cuando eran en especie, se harían a cosecha vencida, cobrándose el trigo en la era, después de la cosecha. A lo largo del año únicamente disponían, cuando cobraban alguna suma en efectivo, de los pocos emolumentos que los municipios pactaban; y de los casos extra, que se cobraban aparte, por lo general, en asunto de medicina, los golpes de mano airada o las enfermedades secretas, o sea, los asuntos en los que mediaba la violencia, o las enfermedades de trasmisión sexual. En el caso de los cirujanos, que también ejercían de barberos, la rasura de la barba en los domicilios de los interesados. Los municipios y gentes de bien, por contrato, pagaban siempre por trimestres vencidos.

 

San Miguel, el día del cobro

   Es de suponerse que el 29 de septiembre se agolpasen, a las puertas de la Casa de Ayuntamiento, aquellos que tenían que cobrar.

   Días antes, los encargados de reunir las fanegas de trigo que para entonces habían de dormitar en las trojes, habían pasado por las eras del pueblo. El pago de las correspondientes fanegas de trigo a médicos, farmacéuticos u oficiales se repartía entre los correspondientes vecinos; ajustándose el cobro en las eras; o sea, cuando ninguno podía decir que no tenía grano. De la trilla, pasaba al saco del recaudador. El día de San Miguel se entregaban las correspondientes fanegas a cada cual.

   Coincidiendo con la festividad, además del pago, también era costumbre renovar contratos, cuando se precisaban pastores para los amos de los rebaños, o para las dulas concejiles, que pocos de nuestros pueblos pasaron sin ellas; cuando la cabaña ganadera, mular, asnal y caballar, era mucho más numerosa de lo que es hoy en día

   Para darnos cuenta de a qué nivel el Santo de estos días finales de septiembre fue importante a la hora de rendirse cuentas, no tenemos más que darnos una vuelta a través de los contratos médicos que los distintos municipios llevaban a cabo en tiempo pasado para comprobar que el pago, a la inmensa mayoría de ellos, se les hacía en dos partes, una al comienzo de su contrato y otra “en San Miguel de Septiembre”.  

 





   La festividad fue, igualmente, la elegida para la reposición de cargos en toda la legislación medieval municipal, reuniones de concejo, a campana repicada para la elección de alcaldes, alguaciles y oficiales, e incluso para ajustar el toque de las campanas a tente nublo para la temporada siguiente; hacer recuento del lanar a la hora de determinar el pago de impuestos y, por supuesto, para que el ganado trashumante abandonase la montaña en busca del valle. También la administración, hasta finales del siglo XIX, aconsejaba ajustar los cargos de los diferentes cuerpos con antelación al verano, a pesar de que los contratos no comenzasen a regir hasta el “San Miguel de Septiembre”, fecha en la que igualmente comenzaba el nuevo curso de los maestros; pasado este día sin renuncia de parte, los contratos se entendían prorrogados por un año más.

   San Miguel, Pagador, una festividad importante para el medio rural, y para todos aquellos que tenían que cobrar..., a cosecha vencida; suerte que, en la actualidad, se cobra a final de mes.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 23 de septiembre de 2022

 


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viernes, septiembre 16, 2022

SERGIO CABALLERO, EL QUÍMICO OLVIDADO

SERGIO CABALLERO, EL QUÍMICO OLVIDADO

Fue Químico, Farmacéutico, Maestro, Historiador. Una gran figura, en la Guadalajara del siglo XX

 

    En la Calle Mayor Alta, frente a San Ginés, en el centro de Guadalajara se encontraba, en el primer tercio del siglo XX, una de las farmacias más populares y visitadas de la capital, la de don Sergio Caballero Villaldea, uno de los químicos-farmacéuticos más prestigiosos, no sólo de la capital, también de una gran parte de España; la que seguía los avances de los pequeños laboratorios que, como el de Caballero, añadían remedios con los que combatir, a más de las enfermedades habituales, algunas otras desconocidas.

 

Un maestro para Guadalajara

   Caballero Villaldea nació para la farmacia, a pesar de que sus primeros estudios fueron en materia algo distinta, pues se preparó para la docencia, se hizo maestro y como tal llegó a la Guadalajara que se abría al mundo del siglo de los cambios. Su padre, Mariano Caballero, natural de Renera, fue farmacéutico, además de su maestro en el arte de la química. Don Manuel se estableció en Pezuela de las Torres en 1875; contrajo matrimonio con la alcalaína Balbina Villaldea y de ellos nació nuestro hombre, en Pezuela, el 24 de febrero de 1894.

 


 

   Pezuela de las Torres, Madrid, o Alcalá de Henares fueron sus primeros centros de enseñanza; junto con la farmacia del padre, y la Escuela Normal de Valencia donde obtuvo, en el mes de octubre de 1911 el título de maestro, con el que se inscribió al año siguiente en la Junta Provincial de Guadalajara; precisamente en el verano de 1912, con sus dieciocho años recién cumplidos y su título de maestro bajo el brazo, se estrenaba como uno de los más cultos columnistas de la prensa de Guadalajara, en el semanario “La Región Alcarreña”, con un escrito de ciencia pedagógica, dirigido a las madres, bajo el título de: “El miedo en la niñez”. También se daba a conocer como ágil poeta, en la línea de Gustavo Adolfo Bécquer, en otro semanario provincial, Flores y Abejas; periódico este, Flores y Abejas, que en 1913, bajo la dirección de Luis Cordavias, se propuso ampliar las secciones incorporando a Sergio Caballero como reactor literario.

   Atraído por la mineralogía, no es de extrañar que su primer trabajo lo dedicase a hacer un estudio, y una llamada de atención, en busca de proteger rastros del pasado, los fósiles. Su artículo primero lo tituló: “Sobre un depósito fosilífero”, lo había descubierto, después de seguir algunas indicaciones, bajo los cerros del Sotillo.

   Más tarde se encargó de analizar el agua de Guadalajara, que comenzaba a afectar a la salud; y a ocuparse, a través de sus escritos, de algo para lo que los vecinos de Guadalajara, como los del resto de España, no estaban muy preparados todavía, la Higiene como preventorio de enfermedades. Para entonces, aunque continuaba anunciándose como Maestro, ya tenía abierta su farmacia en la calle Mayor Alta, desde donde enseñaba, a quienes tuviesen el gusto de aprender, nociones pedagógicas, química, geología… Corrían para entonces los últimos meses de 1914 en los que, Caballero Villaldea, acababa de obtener el título de licenciado en Farmacia, con calificación superior.

 

Un hombre de acción

   Uno de sus trabajos sobre pedagogía infantil obtendría el premio que convocó el semanario dirigido a los maestros, “La Orientación”, en 1915, pues a pesar de comenzar a dedicarse a la Farmacia no por ello dejó en el olvido su profesión de docente; introduciéndose a continuación en el estudio de la prehistoria provincial siguiendo a doctos maestros en este arte, don Ignacio Calvo y don Antonio Pareja Serrada. Con ellos compartió empeño en descubrir la arqueología de la provincia; al tiempo que era su obra química valorada fuera de las fronteras españolas, ya que la primavera de 1915 le trajo la sorpresa de recibir la Medalla de Oro de la Academia de Física de Palermo, el primer español en ingresar en ella. A la par que vieron la luz sus colaboraciones en torno a la prehistoria provincial en Flores y Abejas, lo hicieron sus trabajos pedagógicos en el Semanario de Instrucción Pública; integrándose en 1917, como vocal de su Junta Directiva, en la Sociedad Para el Estudio del Niño. Poco después Diputación provincial y Ayuntamiento, lo nombraban vocal de las juntas de Sanidad, local y provincial; y la Academia de Ingenieros Militares le daba el nombramiento de “Químico de la Academia”.

   Tuvo tiempo en estos años de laboriosidad, de sacar unos días para contraer matrimonio con una joven de Ateca (Zaragoza), Caridad Blasco. El matrimonio se selló el 20 de diciembre de 1919 en la finca de los padres de la novia, industriales de aquella localidad. El noviazgo surgió en la Escuela Normal de Maestros de Guadalajara, donde Caridad se encontraba. No resultó todo lo venturoso que se hubiera deseado, una angustiosa enfermedad se llevó a Caridad Blasco a la tumba en el mes de diciembre de 1922, cuando Sergio Caballero atendía el encargo del Ayuntamiento de Guadalajara, de llevar a cabo el análisis de las aguas de Torija a fin de que la ciudad, si resultaba factible, se abasteciese de aquellas, pues la carencia de agua potable se dejaba sentir en la capital de la Alcarria.

 

Literato de excepción

   Sus libros en torno a la historia lo harían todavía más popular los años siguientes. Entre ellos el “Compendio de Boticarios del Siglo XVI”, o sus “Notas para la Historia de la Farmacia”; popularidad en la que no faltaría su trabajo como Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Guadalajara, cargo para el que fue elegido en 1924 y que dejaría cuatro años después.

   De sus visitas a Torija surgiría, para la prensa nacional, su artículo: “El Castillo de Torija”, que ilustró con una de aquellas fotografías pioneras de las ruinas de la noble mansión de los Mendoza.   Su obra se fue agrandando con el tiempo, apareciendo, semana tras semana, en cualquier periódico provincial, alguno de sus trabajos en torno a la química, la prehistoria o los hombres que hicieron grande la provincia a través de sus obras; contrayendo nuevo matrimonio, el 14 de octubre de 1926, con Isabel Chueca Martínez, quien como él compartió estudios de magisterio, y maestra fue por Tórtola, Moratilla y Mazuecos, hasta que logró plaza de funcionaria en la Delegación de Hacienda.

 

Guadalajara en los tiempops del cólera, otra historia de Guadalajara (pulsando aquí)

El libro del cólera (pulsando aquí)

 

   Junto a don Antonio Pareja Serrada, Cronista Provincial, sería partidario de la creación de una “Academia de Historia y Arte” provincial, que desembocase en el Museo de la Provincia. Formando parte de la Comisión Provincial de Monumentos, que lo presentó a la Real Academia de la Historia para que ocupase uno de los sillones correspondientes a la provincia de Guadalajara. Todavía tuvo tiempo, en 1930, de recorrer Europa en viaje de estudios; recibiendo a su vuelta, junto al doctor Suárez de Puga, el premio Álvarez Alcalá, de la Real Academia de Medicina.

   Dejó Guadalajara por Madrid; la Farmacia de la Calle Mayor la traspasó al farmacéutico de Trijueque, don Victoriano García Contera, y Caballero se estableció en la capital del reino: En Madrid falleció, el 17 de septiembre de 1964. Sus hijos siguieron sus pasos en el mundo de la farmacia, y en el literario, su hija, Albina Caballero, fue finalista del Premio Planeta de literatura, el mismo año en que falleció su padre.

   Apretadas, las líneas precedentes, para dar cuenta de la grandeza de la obra de un gran hombre que no se debe de olvidar.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 16 de septiembre de 2022

 

 


 

Eugenia de Montijo, el Imperio Escarlata (Conoce la novela, aquí)

Y aquí, el libro