viernes, febrero 20, 2026

BALBINO CERRADA, EL LIBRERO DE MIEDES DE ATIENZA

 

BALBINO CERRADA, EL LIBRERO DE MIEDES DE ATIENZA

Librero y editor, fue uno de los más populares de Madrid

 

 

   Ha pasado a la historia madrileña, como uno de los grandes impresores de su tiempo, don Antonio de Sancha, natural de Torija, donde nació en 1720. Su nombre, unido a los libros de los que participó es memoria de la historia de España, como lo es de la de Madrid; al igual que lo es la de don Nicolás Moya Jiménez. Don Nicolás, natural de Alovera, regentó la que ha sido tenida por la librería más antigua de la capital de España, ubicada, desde 1862, en la calle de Carretas. La librería se trasladó a esa nueva sede desde la cercana Plaza de Matute, y en ella don Nicolás, fallecido en 1912, ejerció su labor de librero y editor. La librería cerró definitivamente en 2019, después de que tras sus mostradores pasasen varias generaciones familiares.

   También en Madrid, en la calle de Fuencarral número 156, se mantuvo hasta mediada que fue la década de 1930 la librería Aceitero, regentada por don Federico Aceitero, natural de La Puerta. En los inicios de la década de 1940 don Federico, junto a su esposa, doña Blanca Amador, trasladaron la librería madrileña a la calle Mayor de Guadalajara.

   Y también en Madrid, tras una vida un tanto novelesca, regentó su librería en la calle de Los Libreros la única mujer que conocemos dedicada a la industria del libro impreso, doña Felipa Polo Asenjo, natural de Loranca de Tajuña y con fuertes raíces en otra de nuestras poblaciones, en la que descansa a la eternidad desde el mes de abril de 2002, Yélamos de Arriba.

   Son solo cuatro de los numerosos nombres que nos ha dejado la provincia dedicados en la capital del reino a imprimir y vender libros; sin embargo, en esto de la letra impresa y del papel en el que se imprimió, puede que a todos supere el nombre de Balbino Cerrada Sanz.



Balbino Cerrada, y Miedes de Atienza

 

Balbino Cerrada, el librero de Miedes de Atienza

  Don Balbino Cerrada Sanz, natural de Miedes de Atienza, donde nació en 1857, es sin lugar a dudas el nombre que en cuanto a libreros naturales de la provincia de Guadalajara asentados en Madrid, merece figurar en un lugar de privilegio. Don Balbino abandonó su lugar natal en 1879, cuando definitivamente y alegando la numerosa prole familiar paterna, fue excluido del servicio militar para trasladarse a Madrid con el fin de colaborar, a través de su trabajo, al sostenimiento familiar; algo así como ocho o diez hermanos le quedaron en la localidad serrana.

   Eran tiempos, los de finales de la década de 1870 e inicios de la siguiente, en los que la vida española se revolvió por los cuatro costados; y en los que la de Miedes de Atienza comenzó a apagarse, después de que el siglo le diese alguno de los mayores logros, como el de ser, siquiera por unos cuantos meses, cabeza de partido judicial, echando a un lado la titularidad de la villa inmediata, y casi hermana, de Atienza.

   Don Balbino entró como mozo de almacén, o de todo, en la tipografía de don Nicolás González, en la calle de la Magdalena número 17. Don Nicolás se estableció en aquel lugar como vendedor de estampas, libros, devocionarios y todo aquello que algo tenía que ver con la letra y el papel, en 1848; por este tiempo en el que nuestro paisano entró en el negocio lo amplió con nuevo establecimiento en la calle de Jacometrezo, por lo que don Nicolás decidió, en 1880, traspasar la enseña de la casa; un traspaso que finalmente, y tras las ayudas que lo permitieron, quedó en manos de Balbino Cerrada Sanz quien ya para 1881 lo regentaba con aumento de negocio y clientela; contaba con 24 años de edad cuando se estableció por su cuenta en ese local, como no podía ser de otra manera, situado en el Barrio de las Letras; “Impresiones La Minerva”, lo rotuló, y aquí comenzó su larga carrera en el mundo del libro y de la imprenta, creciendo en popularidad y simpatía, tanta que unos años más tarde, en 1889, la tienda de la calle de la Magdalena se le quedó pequeña; traspasó el local y se estableció en uno más amplio, en el 18 de la misma calle, con vuelta a la del Olivar desde donde, a punto de finiquitar el siglo, por el mes de junio de 1899 volvió a ampliar sus instalaciones asentándose en un nuevo y más rutilante local, a no demasiada distancia del anterior, en la Plaza de Matute número 6; local, por otro lado, que en la actualidad, a más de cien años de la apertura de la librería del Sr. Cerrada, continúa dedicado al mundo del libro.

 

Guadalajara en la sangre

   En la trastienda de la librería del Sr. Cerrada, en la Plaza de Matute, se formalizó, en los inicios del siglo XX, el Centro Alcarreño de Madrid, del que tomaron parte la flor y nata de la cultura provincial; y concluido el corto recorrido del Centro Alcarreño, de la trastienda de la librería del Sr. Cerrada surgió la Casa de Guadalajara en Madrid, tras las llamadas para su fundación hechas desde la capital del reino, y desde Guadalajara; el Sr. Cerrada puso libro, lápiz y papel para escribir sus primeras líneas, sus estatutos, y cuanto fue necesario. La desgracia no lo dejó ver cumplido el momento en el que, en la calle de Alcalá, abría sus puertas, el 4 de junio de 1933, la Casa de Guadalajara en Madrid.

   Para entonces era uno de los más importantes hombres dedicados al negocio de la imprenta y la venta del libro, con talleres tipográficos abiertos a los madrileños, el más importante al otro lado del río Manzanares, por donde Madrid crecía hacia los Carabancheles, en la calle de Antonio López número 41, que se convertiría en la joya de su corona, “La Paquita”, que hacía referencia y homenaje a su fallecida esposa, doña Francisca, hija de don Francisco Alberto Val, Alcalde que fue de Pastrana en los últimos años del siglo XIX. La fábrica de “La Paquita”, abierta en 1924, abastecería de papel de imprenta a la mayoría de las madrileñas, así como de las provincias limítrofes; por lo que no fue de extrañar ver a don Balbino por aquellos tiempos en los lugares más cultos de Madrid, escuchándose su nombre desde el Ateneo, a la Universidad. Llegando desde Madrid a su localidad natal en su flamante vehículo Essex, matrícula de Madrid, M-30.138.

   Don Balbino Cerrada Sanz pertenecía entonces a los gremios de libreros e impresores de Madrid; durante largo tiempo el papel con el que se imprimió el Boletín Oficial de la Provincia de Guadalajara, tanto como la Gaceta madrileña y las letras de cambio del Banco de España salió de su fábrica; y su nombre estuvo ligado a cuanto tuvo algo que ver con la exaltación de Guadalajara en Madrid, formando parte de la Asociación de Amigos de Guadalajara que creó el “Día de la exaltación alcarreña”, encontrándose tras la coronación canónica de la Virgen de la Antigua; también en Madrid fundó la llamada “Asociación de Amigos de los Pobres”, entre otras.

   En Madrid, falleció un frío 9 de febrero de 1933, sucediéndole en el mundo de sus negocios su único yerno, don Julián Gil Reina, casado con su única hija, Guadalupe Cerrada. Don Balbino salió por última vez de su casa, en la calle de Alcalá número 87, para quedarse a residir a la eternidad de los siglos en el cementerio madrileño de la Almudena.

   Un hombre que, como editor, dejó profunda huella en los estantes de los libros de Madrid.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 20 de febrero de 2026

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UN LIBRO SOBRE MIEDES DE ATIENZA

 

MIEDES DE ATIENZA.
La tierra que el Cid cabalgó
El libro que  cuenta el hoy y el ayer de la localidad serrana

      Tiene, Miedes de Atienza, un cierto aire de ciudad en miniatura. De pueblo grande con historia escondida tras cada una de las grandes casonas que orlan la gran plaza en la que ahora se sitúa su Ayuntamiento, y en torno a la cual, actualmente, se desarrolla gran parte de su vida. A don José de Veladíez y Ortega de Castro le hubiese gustado verlo. Ver cómo todo gira, en Miedes de Atienza, en torno a su gran casa; como cuando él se encontraba entre los vivos y se asomaba a sus balcones para dirigirlo todo desde ellos; lo de acá, y lo de allá.




    La de don José de Veladíez era quizá una de las casas más grandes de la villa, y puede que de la comarca; sin que quedasen atrás las de sus hijos, que custodian la primitiva; la de don Francisco, por la izquierda y la de don Roque, por la derecha.

   Los tiempos de estos personajes coinciden con el del auge del precio de la lana, que fue el sostén de su fortuna. Don José, que paralizó las obras de la iglesia cuando se reconstruyó de nueva planta en el último tercio del siglo XVIII, para mayor gloria de su apellido se hizo construir una capilla, en pugna con otro de los potentados del lugar, don Juan Recacha.
   Nada que ver,  estos prohombres de apellido ilustre en la serranía, con don Lucas González, otro de los nacidos en la villa con anhelo de capital serrana. Don Lucas, que se hizo sacerdote en Sigüenza y encargó a sus testamentarios la fundación de un colegio en Alcalá de Henares para que estudiasen sus paisanos.


   También ha dado personajes de novela negra este Miedes que hoy es sombra de lo que fue, pues de aquí salió uno de los personajes más curiosos, y novelescos, que ha dado el siglo XX español, Laureano que murió como los grandes espías de novela policiaca; acribillado a tiros a las puertas de un café de París el día de su cumpleaños. La causa de la muerte: ajuste de cuentas.

   Aunque sin duda el gran personaje que ha marcado para los restos este entorno no es otro que Rodrigo de Vivar, a quien nadie, con anterioridad a la primavera de 1903 conocía por estos pagos.

   Son, qué duda cabe, memoria, historias, recuerdos de un pueblo. Páginas de un libro que traza su vida pasada y rememora la de quienes lo habitaron. Y es que, como tantos otros, Miedes de Atienza,  tiene ya el trazo de su vida recogida en papel de libro, conese sugestivo subtítulo: “La tierra que el Cid cabalgó”. Donde caben el ayer y el hoy, la villa y su tierra, y hacen presente, para quienes no lo conocieron, el pasado de una tierra hermosa. De una solemne villa que, un día no tan lejano, soñó con ser ciudad.







Este, es su sumario:


LA HISTORIA  / 11

Un apunte geográfico, y algo más / 11

Sobre los tiempos primitivos / 15

La Reconquista / 18



EL SEÑORÍO DE MIEDES  / 27

Iñigo López de Orozco. ¿Primer Señor de Miedes? /27

Gastón de la Cerda, Señor de Miedes /32

El Señorío de Miedes en el tiempo / 35



TIEMPOS RECIENTES  / 47
La Época Moderna /47
La Época Contemporánea / 53
Miedes, cabeza de partido judicial / 57
Un mercado para Miedes / 59
Miedes y las Guerras Carlistas / 61
El censo de población en el transcurso del tiempo / 65
EL PATRIMONIO RELIGIOSO  / 67
La Iglesia / 67

LOS SERVICIOS CONCEJILES Y ASISTENCIALES  / 99
El Hospital de la Santa Cruz /99
La fragua o herrería / 102
El molino harinero / 104
El horno de pan cocer, u horno de poia / 106
La carnicería /107
Las fuentes /108
El Pósito /109
La Cátedra de Gramática y Latinidad y la Obra Pía de Don Francisco Somolinos /111
Memoria de Don Domingo Aparicio /114

ARQUITECTURA CIVIL  / 119
Las Casonas /119

LOS VELADÍEZ, O BELADÍEZ / 129
Noticia General /129
Beladíez, o Veladíez, que fueron historia /135
José María Beladíez Herrera /135
Joaquín María Beladíez Herrera /137
Roque María Beladíez Herrera /140

 


PERSONAJES PARA LA HISTORIA DE MIEDES  / 143

EL CID EN MIEDES  / 177

UN TEATRO PARA MIEDES  / 187

MIEDES, CRÓNICA DEL SIGLO XIX  / 197

MIEDES, CRÓNICA DEL SIGLO XX  / 209



BIBLIOGRAFÍA BÁSICA  / 295




viernes, febrero 13, 2026

CARNAVAL DE BOTARGAS Y ENMASCARADOS ALCARREÑOS

 

CARNAVAL DE BOTARGAS Y ENMASCARADOS ALCARREÑOS

Otra imagen del carnaval provincial

 

   El carnaval es tiempo de inversión, de confundir lo blanco con lo negro. Reír las penas transformándolas en alegrías, como escribiese el etnógrafo López de los Mozos. Atronar y, si llega el caso, molestar. Cosa que no gustó a nuestras autoridades civiles y eclesiásticas tiempo ah; de ahí que sacasen un estricto reglamento por el que se anunciaba que: “Próxima la fiesta de Carnaval, que si por su índole bulliciosa y expansiva permite alguna mayor libertad que la acostumbrada a los que toman parte en aquella, no puede sostenerse, sin embargo, que sea motivo de molestias para nadie y menos de que, a su amparo, se cometan verdaderos atropellos en pugilato de desatenciones, descortesías y mal intencionados actos rayanos, unos en lo grosero y en lo indecoroso otros, actos todos estos que no pueden escudarse, como se ha indicado, en el bullicioso y expansivo carácter de la fiesta”. En evitación en lo posible de esas consecuencias, quedaba regulado y prohibido los disfraces con uniformes, arrojar confeti al rostro, recogerlo del suelo para lanzarlo de nuevo, y, en general, emplear cualquier objeto que pudiese molestar al público.

   Claro está que en aquellos tiempos el público se decantaba más por el carnaval a la veneciana, con trajes de etiqueta y máscaras de ilusión que se lucían en bailes y casinos de sociedad, principalmente. Y quienes no disponían de caudal para ello salían a la calle echándose encima el primer trapajo o piel de carnero, que encontraban por la casa.

 


Prácticas de carnaval

  Y es que las prácticas carnavalescas conllevan una serie de acciones que a través de distintos personajes afines a éstos días se han mantenido: arrojar pelusa, ceniza, paja o harina; quemar trastos viejos; correr gallos; mantear animales, principalmente gatos y perros;  producir ruidos e incluso centrar las iras en un ensañamiento con determinadas personas, generalmente dispuestas para asumir el papel de víctimas y cargar con las culpas de una sociedad que se ve de esa manera liberada de faltas.

   Toda esta serie de actos llevaron a que a partir del siglo XVI se tratase de reconducir manteniendo la fiesta y anulando personajes, excesos y burlas, sin contar que hubo reiterados intentos para terminar con unas manifestaciones que eran consideradas como desorden colectivo. Carlos I en 1523; Felipe V en 1717, 1745 y 1746, y Carlos IV en 1797, entre otros, promulgaron medidas destinadas a impedir su desarrollo, aunque fue mucho más numerosa la legislación municipal en esta materia.

   La jerarquía eclesiástica, desde la Baja Edad Media, combatió los festejos populares centrados en este período como supervivientes de rituales paganos contrarios a la doctrina de la iglesia y por supuesto, en menoscabo de ella.

   Más recientemente, durante el largo periodo que medió entre 1937 y 1977, el carnaval y sus manifestaciones estuvieron prohibidos mediante la orden de 3 de febrero de 1937 dictada en Burgos y ratificada en Madrid el 22 de febrero de 1940, mediante la cual: queda prohibido el uso en la vía pública de disfraces, caretas y demás prendas de carácter similar, así como la organización de bailes o reuniones cuya modalidad tienda a conmemorar tales fiestas, quedando excluidas de la prohibición los bailes o reuniones que celebren aquellos centros que los organizan habitualmente, siempre que en ellos no se haga especial alusión al carnaval, así como los de trajes regionales, sin antifaz. La orden era recordaba año a año, por el Gobernador Civil de cada provincia todos los meses de enero.

   Por otra parte, los excesos también se regularon. Principalmente en los inicios del siglo XX, al menos para la provincia de Guadalajara, haciendo que algunas de aquellas acciones que trataban de humillar; así como cierto maltrato a los animales desapareciese o se reconvirtiera en otro tipo de actuación. De ahí la circular del Gobierno civil de Guadalajara de 22 de febrero de 1911 en la que acotaba los excesos y ponía las correspondientes penas de prisión, calabozo o multa, a los infractores.

 

Botargas y enmascarados alcarreños

     Así pues, las sucesivas prohibiciones y la consiguiente despoblación desterraron de numerosos de nuestros pueblos la costumbre ancestral de aquellos personajes que, pasado el tiempo, por estos días, y desde los pasados navideños, nos vienen a visitar, puesto que se ha demostrado la identidad del carnaval con otras festividades invernales: San Nicolás, Santos Inocentes, Reyes, San Antón, Candelaria, San Blas o Santa Águeda. En todas ellas se repiten actos similares: libertades y bromas; peticiones de aguinaldos; y ante todo las máscaras, las que nos traen representaciones y burlas que llevan en muchos casos añadida la tentación; el intento de romper las normas y por supuesto saltar la barrera de lo prohibido entregándose por unos días al exceso antes de entrar en la penitencia impuesta por la cuaresma que nos llega. Algunas fiestas son incluso comunes a las que se celebraban en otros períodos del año como herederas de hábitos que tuvieron asiento en nuestros pueblos.

   Por lo que se refiere al carnaval propiamente dicho son muchos los estudios que le dan unas fechas fijas, determinadas en unos pocos días o llegando incluso a semanas: las anteriores a la Cuaresma; situando su inicio en el jueves llamado gordo, lardero o de comparsas, según las zonas. En algunos puntos de Guadalajara bien puede decirse que tiene su comienzo en los días posteriores a Navidad, fechas en las que hacen aparición las primeras máscaras (botargas) para terminar generalmente en las vísperas previas al Domingo de Ramos, día en el que siguen manteniéndose costumbres acordes a estas jornadas.

   En localidades, especialmente de las serranías del Ocejón y Alto Rey vieron éstos mismos personajes los días de Navidad, con anterioridad y después de la Misa del Gallo integrando comparsas de mozos. En algunas poblaciones ha desaparecido totalmente y en otras se han ido ajustando a festividades diferentes: San Sebastián, San Blas, la Candelaria...e incluso fiestas veraniegas o patronales. Principalmente para contar así con un mayor número de participantes o espectadores, puesto que la despoblación también afecta a la fiesta.

    Cada uno de aquellos, y en cada uno de sus lugares respectivos, tenían su propio cometido. En Robledillo de Mohernando y otros pueblos de la campiña arriacense cuando salían las vaquillas en carnaval iban vestidas de sacos, serillos, o alfombras de esparto deshilachadas; portando sobre los hombros unas amugas de las que se usaron para acarrear la mies, con unos cuernos de buey o de vaca clavados o sujetos en los dos extremos de delante y las grandes zumbas de las vacas al cuello o la cintura. Su misión era destrozar los vestidos de quienes se disfrazaban el martes de carnaval, entre otros. El toro de carnaval de Peralejos de las Truchas, costumbre que aún perduraba en el año 1930, era celebrado con un simulacro de corrida de toros el martes de carnaval, disfrazándose un hombre de la localidad. Toro de carnaval que era lidiado en la plaza del pueblo. Tras pasar por todas las fases de la lidia taurina le daban muerte para después llevarlo a la taberna donde le hacían beber hasta que resucitase.  En Cabanillas del Campo la botarga se llevaba los chorizos que encontraba, en Ujados salía la botarga junto a las máscaras correspondientes, recorriendo el pueblo haciendo sonar cencerros y campanillas; en Anguita acompañaba a la vaquilla; en Villares de Jadraque sus vaquillones hacen retemplar las entrañas del pueblo; y así por decenas de nuestros municipios de donde, de muchos de ellos se nos ha perdido la memoria, ya que este tipo de fiestas no solían quedar reflejados en los anales de su historia.

   Y después, todo pasado, el miércoles de ceniza, tras el entierro de la sardina, en 1877 se celebró por vez primera en Guadalajara, el silencio. De momento, ruido.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 13 de febrero de 2026

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A propósito de Carnaval


Notas de Etnografía, Folklore y Tradiciones Populares de Guadalajara

 

Notas de Etnografía, Folklore y Tradiciones Populares de Guadalajara

 

    La provincia de Guadalajara, sus pueblos, mantienen decenas de tradiciones enraizadas con su pasado histórico, folclórico y tradicional; algunas de ellas han pasado a pertenecer al calendario festivo.

   El autor rescata en este libro decenas de ellas que en ocasiones se confunden con la multitud de leyendas que jalonan los pueblos.

   Por las páginas de la obra desfilan las botargas; el toque de las campanas; el carnaval; la Semana Santa; las ferias; las romerías; los trajes tradicionales; las rondas; los danzantes; las tradiciones enraizadas con los difuntos; la matanza o la Navidad.

   En su mayoría son notas de folklore y tradiciones que el autor ha ido desgranando en sus artículos semanales en el periódico Nueva Alcarria, de Guadalajara, en el que desarrolla la página “Guadalajara en la Memoria” y que, en conjunto, conforman una serie de relatos que mantienen no solo la memoria, también la tradición etnográfica y folklórica de una provincia a través de sus tradiciones populares.

 

 


 El libro, pulsando aquí

 

 

 

SUMARIO:

BOTARGAS, PARA COMENZAR EL AÑO

 

ALARILLA: LA PRIMERA BOTARGA

 

EL NIÑO PERDIDO, DE VALDENUÑO-FERNÁNDEZ

 

SAN ANTÓN Y LOS SANTOS DEL FRÍO

 

LA BARBARIDAD DE HORCHE

 

LAS CAMPANAS DE SANTA ÁGUEDA

 

TIEMPO DE CUERNOS, DIABLOS Y CENCERROS

 

CARNAVAL, BAJO LA MONTAÑA SAGRADA

 

MEMORIA DE DON CARNAL Y SU SARDINA

 

LA PASIÓN, SEGÚN JADRAQUE

 

EL ROSARIO DE FAROLES DECRISTAL DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES, DE ATIENZA

 

LA CRUZ DE CRISTO, EN LA PROVINCIA DE GUADALAJARA

 

LAS SANTAS ESPINAS DE ATIENZA. EL GRIAL DE GUADALAJARA

 

LA SANTA ESPINA DE PRADOS REDONDOS

 

MAYO, DE CRUCES Y CAMPANAS

 

¿POR QUIÉN TOCAN LAS CAMPANAS?

 

LA ROMERÍA DE LA VIRGEN MIRABUENO

 

LA REINA DEL SEÑORÍO

 

LA MIGAÑA. LA FILA ROMA DE GUADALAJARA

 

EL DÍA DE LA ASCENSIÓN

 

MEMORIA DE UNAS FOTOS

 

BOINAS, GORRAS Y SOMBREROS.

 

LA IMPORTANCIA DE UN BUEN ALMIREZ

 

AGOSTO DE DANZAS Y DANZANTES, EN LA SERRANÍA

 

POR DECIR ¡VIVA SAN ROQUE!

 

EL ALTO REY SE VISTE DE ROMERÍA

 

UN SANTO EN EL CALENDARIO: SAN MIGUEL PAGADOR

 

TIEMPOS DE FERIA

 

HIENDELAENCINA

 

POR CANTALOJAS, DE FERIA

 

PARA MORIRSE COMO DIOS MANDA

 

ATIENZA, Y SU DANZA DE LA MUERTE

 

PAREDES DE SIGÜENZA, Y EL SECRETO DE SU CEMENTERIO

 

MAZUECOS Y LAS CALABAZAS DEL DÍA DE ÁNIMAS

 

DICIEMBRE, MES DE LA MATANZA EN LA SERRANÍA

 

NAVIDAD DE PASTORES, CENCERROS Y NOCHEBUENO

 

BUSTARES, NAVIDAD EN LAS ALTURAS

 

 

El libro, pulsando aquí


viernes, febrero 06, 2026

UN VOLUNTARIO REALISTA DE ATIENZA

 

UN VOLUNTARIO REALISTA DE ATIENZA

Dicha y desdicha de Manuel Sánchez Yagüe, natural de la villa

 

 

   De haberlo conocido no cabe la menor duda que don Benito Pérez Galdós hubiese incluido el nombre de Manuel Sánchez Yagüe en la exitosa novela de ese título, o quizá hubiera escrito con la desdichada carrera de nuestro paisano, un nuevo “Episodio Nacional” de quien siendo farmacéutico en su localidad natal, se integró en el Cuerpo de Voluntarias Realistas allá por el año de gracia de 1823, un año que tantos sinsabores dejó para la historia nacional.

 

Los Voluntarios Realistas

   El Cuerpo de Voluntarios Realistas fue una milicia que Fernando VII organizó por orden de 10 de junio de 1823, tras la caída del gobierno liberal en España, en lo que tanto colaboraron los “Cien Mil Hijos de San Luis”. Tenía como objetivo evitar el restablecimiento del gobierno constitucional y, en consecuencia, luchar contra los elementos liberales que habían estado a punto de derrocarlo.

   Se encontraba formado por los entonces elementos más intransigentes del absolutismo español. Dependiendo sus integrantes de los ayuntamientos y, en unión, bajo la autoridad de un capitán general; excepto en el País Vasco, en el que el control lo ejercían las diputaciones forales. En 1826 lo integraban 200.000 voluntarios, aunque al parecer solamente la mitad llegó a estar uniformado, y armado en 486 batallones de Infantería; 20 compañías de Artillería; 52 escuadrones de Caballería, y algunas compañías de zapadores. El cuerpo contaba con un inspector general, siendo el primero Don José María Carvajal. Se disolvió de manera oficial en 1833, sumándose una parte de sus integrantes a las fuerzas del infante Carlos María Isidro, durante la Primera Guerra Carlista.

   No faltaron en la comarca de Atienza personajes que se integraron en dicho cuerpo, uno de aquellos fue el ya citado boticario Manuel Sánchez Yagüe, quien pasó mil y una calamidades sirviendo en el cuerpo, puesto que el trato que esperaban recibir no fue, ni mucho menos, el que en la realidad tuvieron; como que una cosa son las promesas y otra muy distinta la realidad; pero mejor, ya que tenemos su testimonio, que sea él quien nos cuente su aventura, como lo hizo a través de un memorial que dirigió a quien lo quisiese escuchar.

 


Un voluntario Realista de Atienza


El memorial del Voluntario Realista

   De su aventura se hizo eco la prensa de la época, quien comenzó retratando al personaje: “Don Manuel Sánchez, vecino de la villa de Atienza, fue uno de los que habiendo intervenido en casi todas las tentativas de aquel heroico país en beneficio de S.M., abandonando sus comodidades y familia, se incorporaron desde el primer momento a las tropas realistas organizadas en Sigüenza en 1823. Constante en su resolución, las acompañó hasta el momento en que tuvo que pasar a Francia, en compañía de uno de los individuos de la Junta a implorar socorros para aquella provincia devastada por la rabia de los revolucionarios; regresando desde Bayona con una comisión importante fue aprendido por los voluntarios de Tarazona, y conducido a Zaragoza, de donde salió entre las filas constitucionales del general Ballesteros”.

   Corría el mes de abril de aquel año de gracia de 1823 cuando nuestro hombre partió con 700 más, de Zaragoza, en dirección con Santoña, “con el barro hasta las rodillas”; en el que perdieron incluso el calzado. Habían caído prisioneros de los liberales y como tales prisioneros fueron tratados. Las desgracias que llevaron los presos hasta Tarragona, donde habían de ser embarcados camino de Cartagena, son incontables, calculándose que en el camino murieron unos doscientos, de los setecientos que integraron en principio la comitiva. En Tarragona les dieron víveres para dos días y: “nos pusieron en un barco de pescador con dirección a Cartagena, colocándonos a 50 en la capacidad de 30, y escogiendo por patrón a un corsario constitucional”.

   Tras once días de navegación, arribaron a puerto: “donde nos tuvieron a bordo 5 días, sin permitir que saliesen más de 10 de nuestro barco, y 50 de otros para el hospital. A los demás nos desembarcaron después con otros 450 que venían en diferentes barcos; los llamados cabecillas fuimos atados inhumanamente apenas saltamos a tierra; y con orden de fusilarnos al primer movimiento, emprendimos nuestra marcha para Málaga”.

   Durmiendo en los establos y tras las tapias de los cementerios; cambiando de rumbo unos días después de iniciado el camino; tomando el de Almería, para ser retenido en Motril desde donde, ayudado por uno de sus hijos que le siguió los pasos, pudo escapar ocultándose por caminos y veredas hasta poder cruzar la frontera francesa desde donde regresó con aquellos dichos “Cien Mil Hijos de San Luis”. Su relato, seguido al pie de la letra por quienes publicaron su historia, muy a pesar de que más se parecía a una novela que pudiera haber escrito don Pío Baroja, fue tenido por cierto ya que la expresión de su mirada no engañaba: “Vestido de arriero, con un sombrero redondo en la mano, amarillo su rostro, reducido ya a los huesos y el pellejo, la voz trémula y fatigosa le oímos referir una por una sus desgracias, a las que no llega con mucho esta relación que nos ha comunicado. Sentimos tener que rehacer el papel y angustiar el corazón de nuestra patria con la relación de unos horrores cometidos por hijos suyos contra sus propios hermanos; pero estas sombras realzan por otra parte la lealtad pura de sus verdaderos hijos, confundiendo la obra de esa filosofía enemiga de nuestro suelo, y dan margen a reflexiones profundas e interesantes. Lluvias, barros hasta la rodilla, desnudez, hambre, bayonetazos, sofocaciones en la habitación, fríos, naufragios, enfermedad, insultos padecidos por un realista que lucha a brazo partido con los sufrimientos y la muerte, son nada, son ambición, hambre de empleos, iniquidad a los ojos de la moral del siglo XIX”.

   Siglo que habría de perderse en el tiempo entre guerras e intereses sin cuento. Puesto que, como arriba indicábamos, a estas luchas seguirían las guerras carlistas que hasta en tres ocasiones, ensangrentaron el suelo patrio.

   No fueron menores los padecimientos que hubieron de soportar los vencidos constitucionalistas con su derrota, apoyado Fernando VII por los mismos franceses que años atrás habían arruinado prácticamente España con aquella guerra interminable de la Independencia. Los excesos de las venganzas reales contra sus opositores, de las que participaría nuestro paisano de Budia, Víctor Damián Sáez Sánchez, obispo de Tortosa y considerado como primer Presidente del Consejo de Ministros creado por el rey, quien desde su cargo promovió el decreto que condenaba a muerte a todo aquel que resultase sospechoso de liberal o masón; firmando la condena a muerte del General Riego para acto seguido llenar las cárceles con todo aquel que le pareció desleal.

   A tal grado llegaron sus desquites, condenas y represiones que, desde Francia, como cabeza de la Santa Alianza cuyas tropas al mando del duque de Angulema colaboraron a devolver el trono al rey Fernando, pidieron la destitución de su poderoso y sanguinario ministro de Estado, don Víctor Damián Sáez Sánchez, quien nombraba, condenaba y destituía a capricho.

   Aquel Voluntario Realista de Atienza, población en la que había nacido en torno a 1780, regresó de la guerra y sus penurias poco después de que aquellos sinsabores conociesen la luz; en Atienza tornó a su botica y aquí murió unos años después, sin duda acosado por los padecimientos de este tiempo, cuando la primera guerra carlista golpeaba la comarca.

   Su empeño guerrero fue seguido por alguno de los suyos, como que, a pesar de todos los pesares, como una constante que fue, la página guerrera continuaba y lo sigue haciendo, abierta. Como que, después de tantas como se han padecido a lo largo de la historia, todavía no hemos aprendido que las guerras matan.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 6 de febrero de 2026


HISTORIA DE LA VILLA DE ATIENZA


HISTORIA DE LA VILLA DE ATIENZA
DE LOS ORÍGENES AL SIGLO XIX

 

   Atienza, en el norte de la actual provincia de Guadalajara, fue desde siempre una villa con función defensiva, como ya recogiera el Cantar de Mío Cid. Emplazada en el extremo oriental de la divisoria entre el Tajo y el Duero, cerca también del sistema ibérico y de la raya de Aragón, ruta esta que guarda Sigüenza, sobre el Henares.  Tal función defensiva alcanzó gran importancia cuando la frontera cristiano-musulmana se situó por estas tierras, manteniéndose después por la oposición entre reinos cristianos hasta la unión de Castilla y Aragón. Convertida en centro comarcal, mantuvo su tono urbano durante siglos, perdurando su noble prestancia, su sobrecogedora belleza urbana, su historia… Como escribiese Antonio Lopez Gómez.

    Una población por la que se paseó la historia de España. Coronada por su imponente castillo; elevada a la cima del arte por su multitud de iglesias románicas; por la corona de su muralla.

   Todo hace que, Atienza, sea admirada, y admirable.

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HISTORIAS DE LA VILLA DE ATIENZA

 

   Tendríamos que remontarnos a los albores del siglo XVII para encontrar la primera “Historia de la Villa de Atienza”, escrita y documentalmente preparada por quien fuera en aquel tiempo escribano del Concejo de Atienza, don Francisco de Soto y Vergara.

   Poco conocemos de la obra de Soto y Vergara, salvo que a partir de entonces sería utilizada por numerosos autores que, a partir del siglo siguiente, escribirían sobre la Villa de Atienza.

   Su densa historia, su entrada por la puerta grande de la historia de Castilla y por ende de España, la hicieron siempre apetecible a los escritores, literatos o historiadores.

   En la obra de Francisco de Soto basó numerosas de sus citas el clérigo e historiador Francisco Flórez, y la obra de Soto y Vergara se tomó como base de los escritos del “anónimo” beneficiado de la Iglesia Parroquial de Santa María del Rey, que dio a la luz, siquiera local, su “Breve Relación Historial de la Villa de Atienza”; a la par que esta salió la que escribió, relacionó y remitió al geógrafo Tomás López, en 1786, el también clérigo, arcipreste de la iglesia parroquial de San Juan del Mercado, don Joaquín de Iturmendi.


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    Las nociones históricas del Sr. Iturmendi servirían, tiempo adelante, para nuevas historias, y citas en los diccionarios y enciclopedias que, a partir de los años finales del siglo XVIII se dieron a conocer en España, entre ellos los llamados de Sebastián Miñano (1827) y Pascual Madoz (1847).

 


 ATIENZA, CRÓNICAS DEL SIGLO XX (Pulsando aquí)