PAREDES DE SIGÜENZA, CRUCE DE CAMINOS
Una pequeña villa cabeza de extensa tierra, y cruce de caminos
Paredes de Sigüenza fue, desde que se tiene
conocimiento del sentir de esta tierra, una parte más de la de Atienza a cuyo
histórico partido judicial perteneció; muy a pesar de que las autoridades
políticas, para distinguirla de otras “paredes”,
la dieron el significativo apellido que ostenta; como si hubiesen tenido el
presentimiento allá por el siglo XIX que uno más tarde, en el XX, se habría de
convertir, efectivamente, en tierra de Sigüenza. Mucho antes, en el XIV, cuando
fue desgajada del Común de Villa y Tierra de Atienza, fue su Señor natural don
Álvaro de Luna, Condestable de Castilla y poderoso caballero territorial por
estos pagos, que fueron extensos desde estos límites de la episcopal Sigüenza
hasta las torres de los castillos sorianos de la tierra de Gormaz.
De Don Álvaro, tras los sinsabores que en presidió aragonés padeció don
Gastón de la Cerda en cuya descendencia se crearía el ducado de Medinaceli, a
él le dio la hoy tierra de Paredes el rey, Juan II, el 3 de agosto de 1453.
Paredes con su extenso dominio territorial, pasando a ser cabeza de una serie
de poblaciones que al día de hoy se encuentran en los límites de Guadalajara y
Soria, vertebrando las alturas de estas tierras que no quedaron en los
Medinaceli sino que estos, a poco de adquirir el ducado, las pasaron previo
acuerdo económico de significación a quienes serían para el futuro los “Señores de la Tierra de Paredes”, a más
de ostentar títulos tan significativos como Condes de Coruña, la Coruña de
tierra de Soria, y el vizcondado de Torija: los Mendoza descendientes de don
Lorenzo Suárez, hijo que fue de nuestro buen marqués de Santillana; a D.
Lorenzo fueron Paredes con Bujalcayado, La Miñosa, Cercadillo, Cañamares,
Madrigal, Morenglos, Alcolea de las Peñas, Cincovillas, Torrevicente, Barcones,
Tordelrábano y algunas otras por las que en total pagó nuestro Mendoza una
buena suma: 3.790.606 maravedíes.
Paredes se convirtió en la capital de este pequeño o gran territorio,
cuyos alcaides no gobernaron todo lo bien que cabría imaginar, teniendo en
cuenta que numerosas de las poblaciones a la villa pertenecientes intentaron la
independencia alegando el mal trato que desde aquí, en los límites castellanos,
recibían de aquellos. Unos límites que con el tiempo pusieron a la sin duda
elegante cabeza de villa y tierra, al pie de los caminos que dividieron Soria
de Guadalajara y por donde como paso obligado discurrió el que desde Madrid
llevó por esta parte a la frontera pirenaica.
Paredes,
camino de paso
Hubo de ser desde tiempos remotos un camino de paso obligado el de
Paredes, puesto que por aquí se comienza a ascender a tierras superiores; las
que llevan a Villasayas y Barahona (o Baraona, como gusta a muchos escribir),
ya en tierra de Soria. De ahí que, junto a la hoy carretera, antiguo camino
real, surgiesen paradores, mesones o ventas en los que los caminantes pudieron encontrar
refugio, siendo lugar de frecuente paso entre las dos Castillas en su también
camino hacía Aragón a través de la sin par villa soriana de Ágreda.
Este
camino real comenzará a alcanzar cierto relieve en los primeros años del siglo
XIX, tras la ampliación y mejora que tiene lugar en los últimos años del siglo
XVIII –a partir de 1779-, y al margen de la Guerra de la Independencia, siendo
lugar de paso habitual para las tropas francesas, a pesar del mal estado en el
que ya para entonces se encontraba, como nos recuerda Gaspar Melchor de
Jovellanos en sus “Diarios”, cuando
libertado de sus prisiones en Mallorca acudió a Jadraque, procedente de
Barcelona, a donde llegó desde las islas, al encuentro con el atencino Juan
José Arias de Saavedra; el paso por Paredes tuvo lugar el 31 de mayo de 1808: “… emprendimos la penosa jornada de la tarde
atravesando a Villazayas (Villasayas)… Atravesamos luego los famosos campos de
Barahona donde tenían sus congregaciones las brujas cuando se creyó que las
había; pasando por el lugar del nombre caímos en Paredes, situada en una
hermosa y fértil vega, entre alturas, al parecer, volcánicas. Hace frío, y el
clima cambió…” Todo hace suponer que Jovellanos pasó la noche del 31 de
mayo al 1º de junio en la venta o posada de Paredes, puesto que en su viaje,
tras dar vista a la villa, torna su pensamiento a darnos cuenta de algunas
costumbres de la tierra, emparentadas con las hoy sorianas de Almazán, como son
el vestido de sus hombres, “la gente
viste montera, chupa, justillo, calzas de lana y hasta corizies –zapatos de
cuero-, como en Asturias.” Y nos habla de la limpieza de los centenos, que
por aquí se extendió igualmente a los trigos y resto de cereales, en la
limpieza previa de las malas hierbas, con anterioridad a la siega: “se escardan los centenos con dos palos con
gancho y esta labor es principalmente de las mujeres. Así los centenares se ven
en extremo limpios”.
A la mañana siguiente, saliendo de la
venta de Paredes a eso de las cinco de la mañana, inicio del día, “a la media legua se empieza a descubrir la
villa de Atienza…” Villa que se situaba a escasas dos leguas de Paredes;
por la que años antes, en 1592, tendremos también el paso del rey Felipe II
cuando de regreso de las Cortes de Tarazona descienda por los altos para
dirigirse con el príncipe heredero, Felipe III, hasta Atienza, enviando a la
guardia que los acompañaba a buscar cobijo en los lugares del entorno en el mes
de diciembre de aquel año. El paso de la comitiva real nos lo describe el
capitán de los archeros del rey, Enrique Cook, en 1592.
Años después el mismo camino llevarían a cabo sus herederos, Felipe III
y Felipe IV, y por él llegó a Atienza en el mes de enero de 1792 el primer rey
de la dinastía Borbón, Felipe V.
Son sólo dos de las numerosas citas que quedarán para la posteridad del
paso de gentes principales por el lugar; que se incrementarán con el paso de
los siglos, y más cuando a partir de 1862 las vías férreas crucen por sus
cercanías, primero por Jadraque y dos años más tarde por Sigüenza.
En 1853 se abrió la llamada carretera, tal y como hoy la conocemos, más
bien camino de carretas, que conduce desde Madrid a Pamplona por Guadalajara y
Soria, y que será en el futuro la que, asfaltada o alquitranada, una estas
tierras con las del norte, siendo camino prácticamente obligado para todo aquel
que desde la frontera francesa trate de llegar a Madrid por la vía más rápida o
más cómoda, hasta que en la década de 1870 llega el ferrocarril a Zaragoza.
Con el fin de obtener algunos ingresos para mantener el
camino-carretera, e ir ensanchándolo con el pasar del tiempo, se crearán una
serie de portazgos para cobrar el correspondiente peaje a los viajeros. Serán
siete en total entre Madrid y Logroño, ubicándose el tercero saliendo de
Madrid, en esta villa; el primero se encontraba en Sopetrán.
Con posterioridad a esta se abrirá, a partir de 1860 el proyecto de una
nueva carretera, la que desde Paredes lleve a través de Riba de Santiuste hasta
Sigüenza. Obra que llevará a cabo el contratista Tomás Sandoval, empleando a
numerosos trabajadores, hombres, mujeres y niños, así como animales de carga;
asignándose a cada persona, o caballería, el correspondiente jornal diario: hombres a 8 reales; mujeres y chicos de 4 a
6 reales y caballerías a 5 reales.
Carretera que sería mejorada en 1919, quedando desde entonces Paredes
surcada por dos reales caminos que, al día de hoy, tan solo ocasionalmente son
transitados.
Como que el tiempo todo lo muda, a veces el paisaje también.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la
memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 17 de abril de 2026
UN LIBRO SOBRE PARADES DE SIGÜENZA












