lunes, agosto 31, 2026

ALGUNOS NOMBRES EN LA HISTORIA DE PASTRANA

 

ALGUNOS NOMBRES EN LA HISTORIA DE PASTRANA

La villa ducal dejó para la historia algunos clérigos, médicos y escritores de renombre

 

   Sin duda, el personaje más popular de la ducal Pastrana, aun no habiendo nacido aquí, es la sin par modelo de princesas y mujeres libres Ana de Mendoza, princesa de Éboli, popular también por su parche en el ojo quien, nacida en Cifuentes, ha pasado a la historia como la duquesa de Pastrana más díscola que la novela pueda retratar. Doña Ana, esposa y madre, monja y mecenas, llevó a Pastrana toda una corte de servidores, hombres y mujeres que han pasado a la historia patria y, también, a la Santa de Ávila, Teresa de Jesús, quien aquí dejó, a pesar de todo, su huella.

   Pero Pastrana se nutre de muchos más nombres de gentes ilustres, religiosos en gran parte, como solían ser quienes accedían al conocimiento de las letras en siglos pasados, nombres que hicieron cosas y las dejaron inscritas en los anales del tiempo, como Alonso de los Ángeles, quien entró en el convento de los Carmelitas de Pastrana en 1571, diez años después era prior del convento de Daimiel, en 1585 del de Salamanca y más tarde pasó a ser Provincial de Cataluña, donde calmó al pueblo alzado prácticamente en armas contra el virrey, duque de Feria, en 1597. Murió en Barcelona, el 3 de abril de 1602.




   También fraile fue Francisco de Buencuchillo, nacido en la Pastrana de 1710, cuando España y la comarca se debatían entre situar la corona sobre las sienes de un Borbón o de un Austria, en aquella decisiva batalla que se libraría en Villaviciosa, a las puertas de Brihuega. Fray Francisco ingresó en el convento de San Felipe el Real cuando apenas contaba con dieciséis años de edad y, tras pasar por Salamanca y Toledo, con 22 años marchó a Filipinas donde aprendió la lengua tagala, fue maestro y Visitador, Procurador y Secretario de su orden religiosa. Por allí quedaron sus restos, luego que la muerte le llegase mientras viajaba de un lugar a otro, en 1776.

   Fabián Cano, a quien le disputan el nacimiento Sayatón y Pastrana, a pesar de que el propio Cano se confesó natural de la villa, se licenció en Artes por la Universidad de Alcalá en 1595; poco después ingresó en el Colegio de la Santa Cruz de Valladolid, concluyendo sus días el 1º de abril de 1622, en Coria (Cáceres), como magistral de su Catedral. En Pastrana nació el 27 de abril de 1577.

   Aquí nació Gaspar Caro del Arco el 4 de febrero de 1601, pasando a la posteridad como buen doctor y gran poeta; al igual que lo hizo Juan Caro del Arco y Loaisa, el 29 de agosto de 1613, siendo, a más de predicador de renombre, racionero de la Colegiata de la Villa y autor de una de las historias "del Monte Oliva y su Milagrosa Imagen”, más conocidas.

   Mateo Guindal fue franciscano en el convento de San Diego de Alcalá, y Manuel de León y Marchante, capellán real en el siglo XVII, a más de autor de renombre. En Pastrana nació el 15 de agosto de 1631 y en Alcalá de Henares murió el 15 de octubre de 1680, siendo enterrado en la Magistral, “en una punta del crucero, hacia la puerta del claustro”; dejó numerosas obras escritas, entre las que figuran: “La Comedia Famosa de las Dos Estrellas de Francia”; “No hay amar como fingir”; “La Virgen de la Salceda”; “Loa de Planetas y Signos”; o “La estrella de la Alcarria”.

   José del Olmo nació en Pastrana a las puertas del San Juan de junio de 1638, alcanzando a ser arquitecto de renombre en el ambiente cortesano madrileño, la historia nos dice que trabajó en la sacristía del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial; que a él se debe el palacio madrileño de los duques de Pastrana y una parte de la iglesia de las comendadoras de Santiago. De su taller salió otro gran arquitecto de su tiempo, Teodoro Ardemans. Murió en Madrid, al inicio del siglo XVIII.

   Teólogo distinguido y colegial mayor de San Ildefonso de Alcalá, fue José Ruiz de Miranda, quien ocupó varias cátedras en su Universidad, y en cuya ciudad falleció el 11 de abril de 1679, pasando a ocupar lugar en la historia de la magistral, en la que fue enterrado.

    Por Pastrana pasó, Leandro Fernández de Moratín, y aquí escribió alguna de las obras que legó a la historia de la literatura universal, entre las que destacan: “La comedia nueva o el café”; y aquí vio la luz primera el que bien podría ser considerado como uno de los primeros pintores de la luz, puesto que la luminosidad ilumina sus lienzos, Juan Bautista Maíno. Su obra es sin duda una de las más coloristas del Siglo de Oro español. Siglo en el que dominaron de alguna manera escenas como las que nos retrata, representando los dos principales momentos de la Navidad: La Adoración de los Reyes, y la de los Pastores. Motivo pictórico ampliamente repetido y del que quedan en la provincia no pocas muestras, desde la catedral de Sigüenza, a las obras, casi maestras igualmente, del genial Matías Jimeno, cuyos lienzos quedaron en la grandeza de las iglesias de Arbancón, o de Santa María del Rey, de Atienza. Son, sin embargo, las obras de Juan Bautista Maíno, en contraste con las otras, de un colorido excepcional, que dan mayor grandeza a su composición, y llenan de luz unos días que contrastan con los grises invernales.

   Junto a los anteriores, destacan los nombres de José de Villarroel, “Encuentro que en 6 de julio de 1638 hizo tentativa de Medicina en Alcalá; otra en 30 de marzo de 1640, y que tomó el grado de licenciado en 13 de diciembre de 1641, diciéndose en los asientos universitarios que era natural de Pastrana”, contó el historiador por excelencia de Pastrana, Mariano Pérez Cuenca. Villarroel, Médico de Cámara del Rey, dejó extensa obra poética publicada, entre ella los que llamó “Romances de D. José de Villarroel”; o las “Redondillas de don José de Villarroel”.

    Personaje destacado ha de ser sin duda alguna, Mariano Pérez Cuenca, aquí nacido el 8 de diciembre de 1808 y fallecido el 2 de mayo de 1883, destacando como eclesiástico e historiador de la Pastrana inmortal. Don Mariano, hijo de familia modesta fue educado para seguir la carrera eclesiástica, que la siguió, llevando a cabo sus estudios en el colegio del convento de San Francisco de la villa, siendo nombrado presbítero en 1826, a los 18 años de edad, y trasladándose dos años después a Alcalá de Henares donde completó su formación. Regresó a Pastrana para ocuparse de la Colegiata, donde continuó hasta pocos meses antes de su muerte.

   Como historiador escribió la “Historia de Pastrana y sucinta noticia de los pueblos de su partido”, editado a su costa en 1858 en su primera edición y en 1871 en segunda. Igualmente fue autor de otras obras, entre las que figuran las Poesías y sentencias que se hallan en el convento del Monte Carmelo de Bolarque (1837), o la Novena a la Virgen del Saz de Alhóndiga (1859). Sin dejar atrás sus trabajos en torno a la España Mariana, dejando relación en su obra de los partidos y pueblos de Pastrana y Sacedón.

   Por sus trabajos de investigación histórica fue premiado por la Diputación de Guadalajara durante la Exposición Provincial de 1876 con una medalla de plata. Y, sin duda, gracias a él, conocemos una parte de la Pastrana, y de los nombres de sus hijos ilustres pasados que, como el propio Pérez Cuenca, merecen estar presentes en nuestra historia provincial.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 28 de agosto de 2026

PASTRANA (Guadalajara) LA VILLA DE LA PRINCESA

 PASTRANA (Guadalajara) La Villa de la Princesa

 

   Pastrana es, al día de hoy, una localidad una hermosa población de la provincia de Guadalajara; unida a uno de los nombres más repetidos de la historia provincial en los últimos siglos: Ana de Mendoza, Princesa de Éboli.

   El autor, en su recorrido a través de los pueblos de la provincia, llega a Pastrana y a través de los testimonios escritos a lo largo del tiempo por cronistas e historiadores, entre los que cabe destacar a Mariano  Pérez Cuenca, Francisco Layna Serrano, Juan-Catalina García López, y numerosos más, nos adentra en el ayer de Pastrana, su palacio, historia, monumentos y gentes; tomando los textos publicados por aquellos, para darnos cuenta de la importancia que Pastrana y su tierra alcanzaron a través de los siglos; acompañando la obra con líneas de aquellos quienes, cada uno en su sentir, opinó en torno a lo que admiraron sus ojos y conocieron en su debido momento.

   Puede, en ocasiones, parecernos confuso el discurrir del texto de unos y otros; ha de ser el lector quien, observando y analizando, llegue a la conclusión que las páginas siguientes buscan.

   Junto a la villa o el palacio, y como parte de la propia obra, el autor nos lleva a conocer, siquiera de manera somera, los acontecimientos históricos del entorno; así como las costumbres que acompañaron la vida de esta parte de la provincia de Guadalajara; empleando investigaciones y fuentes propias.

   Sin duda, las páginas siguientes, como otras anteriormente escritas y publicadas, nos acercan a un entorno que siempre merece una atención; una detenida mirada…

 

 


 El libro de Pastrana, pulsando aquí

 


lunes, agosto 24, 2026

EL CABILDO DE CLÉRIGOS DE ATIENZA

 

EL CABILDO DE CLÉRIGOS DE ATIENZA

Se convirtió en una de las instituciones más importantes de la Serranía

 

   Una de las instituciones más representativas y de mayor poder económico en la comarca serrana de Guadalajara, tras el propio obispado de la diócesis, fuese el desaparecido Cabildo de Clérigos de Atienza, surgido como hermandad gremial en los últimos años del siglo XII y que disminuido en funciones, poder y miembros, alcanzó hasta los primeros decenios del siglo XIX. Su poderío, a más del que le dieron sus propios fines religiosos, alcanzó a controlar tierras, casas, o industrias, pues por tales se tenían los entonces imprescindibles molinos harineros o batanes. Los testamentos eclesiásticos de los serranos, redactados bajo el consejo espiritual de sus confesores, tanto como las inversiones clericales, hicieron poderoso al gremio, que llegó a contar con un centenar de miembros, no sólo centrados en la villa de Atienza, también en las poblaciones vecinas.

   Su archivo documental es probable que sea, al día de hoy, uno de los más importantes de la diócesis seguntina, al margen siempre de los del propio obispado, comenzando por sus ordenanzas, redactadas en pergamino en los últimos años del siglo XII o inicios del XIII; tras ellas, decenas de documentos lo acompañan, desde los signados por los arzobispos de Toledo, entre ellos Rodrigo Jiménez de Rada, en 1219 o 1221; a los del papado de Gregorio IX, de 1234 y 1250; de prácticamente todos y cada uno de los obispos de Sigüenza; o de los reyes castellanos, comenzando por Alfonso X, llegando a Carlos I y, por supuesto, de una parte importante de quienes nacieron, vivieron y murieron en la Atienza, y su tierra,  desde nueve o diez siglos atrás.




   Su primitiva sede se ubicó en la iglesia de San Pedro de Moncalvillo, desaparecida en el transcurso de la guerra de los Infantes de Aragón, que prácticamente arrasó lo mejor de la población en el verano de 1446; pasando con posterioridad a la Santísima Trinidad, en la que, tras las obras de remodelación que le dieron el aspecto actual a lo largo del siglo XVI, en una entreplanta ubicada sobre la sacristía, a la parte posterior del templo todavía, gastada por el paso de los siglos, se encuentra su sala capitular, que estudiase el cronista provincial Layna Serrano: “De éstas, una pequeña hacía de antesala, la intermedia con honores de pasillo alojaba el archivo eclesiástico, y otra más amplia era la de juntas, proveyéndosela de severa sillería de tipo coral que hoy se conserva (1945), y merece ser colocada en el templo de manera que se luzca y aproveche; en tales estancias debieron celebrarse las sesiones destinadas a asuntos de índole económica o corporativa en cuanto atañera a incidentes o debates, pues las juntas para elegir abad o votar el ingreso de nuevos capitulares previo juramento, tenían lugar en la iglesia de San Juan”.

   En aquel siglo XVI levantarían en torno a la que fue plaza Mayor de la villa, sus propias y representativas casas de gobierno que, a través del tiempo, han llegado a nuestros días.

 

En torno al Cabildo

   El Dr. Ángel Riesco Terrero, al catalogar el Archivo de la Clerecía atencina en los últimos años de la década de 1980, escribirá al respecto de quienes lo formaban: “La Clerecía de Atienza y su comarca, formada al principio por el cabildo de párrocos-beneficiados y capellanes de la villa, con tal que estos fuesen nacidos y bautizados en ella, más las cofradías y hermandades anejas a sus iglesias y con el tiempo, un núcleo mayor integrado por prebendados y rectores de las principales parroquias y capellanías del arciprestazgo que acceden a la confraternidad ,mediante riguroso concurso oposición”.

   En sus orígenes no debió de tener demasiada trascendencia, el tiempo se la daría, principalmente a partir delsiglo XIV, cuando la hermandad era ya poseedora de numerosos bienes e incluso dictaba sus propias normas, manteniendo un abierto enfrentamiento con los frailes franciscanos asentados desde tiempo atrás extramuros de la población, los cuales tenían prohibido el acceso a la villa con cruz alzada. Para entonces, aquel siglo XIV, sus miembros, en líneas del Dr. Riesco, cada vez más numerosos y con mayor poder e influencia moral, económico-administrativa y señorial, intentarán por todos los medios la exención máxima posible: real, eclesiástica y señorial, de sus personas, bienes y haciendas y, en consecuencia, la de su confraternidad mediante privilegios y fueros. Que se cuentan, los privilegios y fueros, por decenas; reales, papales y obispales, como ya apuntamos.

   A sus primitivas ordenanzas de finales del siglo XII o comienzos del XIII, en las que como es habitual en estos tiempos miran hacia la vida espiritual y religiosa, uniéndose “a honor de Dios, de la Virgen y de todos los santos, por la salvación de sus almas, las de todos los fieles difuntos, perdón de sus pecados mediante oraciones y para obtener (gracias a la mutua ayuda) defensa contra los enemigos y adversidades del siglo”, les sustituirán unas nuevas a finales del siglo XIV o inicios del XV y a estas, cuando ya el Cabildo-Hermandad había perdido no poco de su poder, las más recientes, datadas en 1789.

 

Religión y negocio

   Fueron los clérigos atencinos promotores del mercado y feria de Atienza, “velando eficazmente, junto con la justicia, por la paz y seguridad de compradores y vendedores”, ya que en la afluencia de público a la villa se encontraban parte de sus ingresos; ejerciendo al tiempo, como es habitual en estos siglos en las instituciones religiosas, como banqueros, ofreciendo préstamos con los que incrementar su patrimonio, cobrando el regulado interés del tres por ciento, al menos durante el reinado de los Reyes Católicos, como lo continuarán haciendo dos o tres siglos después.

   Sin duda, también fueron quienes instaron al obispo seguntino Lope de Haro a instituir la Cátedra de Gramática que obligó a las poblaciones del Común a sostener a partir de 1269, lo que igualmente nos da imagen de que, de alguna manera, velaron por la cultura de los vecinos de la villa. En la misma que promovieron hospitales, hospicios y fundaciones de caridad o asistencia.

   Determinado día del año se congregarían los capitulares en su primitiva sede, la iglesia de San Pedro de Moncalvillo, provistos de sobrepelliz, para celebrar un solemne oficio de difuntos. El cabildo se reuniría en comida fraternal dos días al año con motivo de la festividad de San Lucas, quedando establecido en las Ordenanzas la ayuda mutua, la caridad entre sus miembros, el socorro y, por supuesto, cierta obligatoriedad de pertenencia al cabildo por parte de los clérigos de las distintas parroquias a quienes a su vez les quedaba vedado enterrarse en el convento franciscano. Así como asistir a entierros en él. Algo que únicamente permitirían con posterioridad al siglo XVI, si bien doblando y en algunos casos triplicando, el cobro de derechos.

 

Una institución en el recuerdo

   Su final se iniciaría en el siglo XVIII, cuando gran parte de las familias hidalgas atencinas comenzaron a abandonar la villa para establecerse en lugares más a propósito para sus fines: Alcalá de Henares o Madrid, principalmente. De la misma manera que la desaparición de algunas iglesias en el siglo XV mermó sus funciones. Al XVIII llegarían con apenas una cuarentena de capitulares, que seguirían reduciéndose en años posteriores.

      El siglo XIX tuvo para el Cabildo nefastas consecuencias, perdiendo en primer lugar parte de sus bienes personales expoliados por las tropas francesas; posteriormente sus posesiones, casas y tierras, a raíz de las leyes desamortizadoras de 1835, saliendo a subasta pública sus pertenencias. Lo que de alguna manera originaría su disolución.

   No obstante ello es, sin duda, por poco conocida y emblemática, una de las instituciones más significativas de la histórica Atienza, siempre por descubrirse.

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 21 de agosto de 2026

ATIENZA DE AYER A HOY, IMÁGENES DEL PASADO Y DEL PRESENTE

 ATIENZA DE AYER A HOY. IMÁGENES DEL PASADO Y DEL PRESENTE
La transformación de Atienza (Guadalajara), a lo largo del siglo XX, a través de la imagen.
Un libro de imágenes fotográficas que nos lleva al ayer y nos presenta, documentadamente, el hoy.
Fotos antiguas de Atienza (Guadalajara), y su versión actual, en el mejor libro de imágenes posible.


Atienza (Guadalajara), es una de las villas con más carácter, historia y monumentos, de la provincia de Guadalajara y, a su nivel, de Castilla. Su historia, ha sido tratada en numerosas ocasiones. Es grande. Como su paso a través de los siglos dejando, marcando, su huella. 




En el transcurso de ellos, de los siglos, y de ella, de la historia, Atienza fue creciendo, añadiendo obras a su monumentalidad, hasta llegar a nuestros días. 

La obra fotográfica de diversos autores, que ya fijaron su mirada en Atienza desde la mocedad de la fotografía hasta nuestros días, nos harán recrearnos en el pasado de nuestra villa y en su indudable transformación a través del siglo, hasta llegar a ser como hoy la conocemos. 




Transformaciones en muchas ocasiones acertadas, en otras tendrá que ser el lector, o el visitante, quien lo juzgue, ya que la crítica no es objeto de esta obra; sino la de mostrar, con imágenes del antes y el después, nuestra evolución. 

De cualquier modo, Atienza, siempre merece una mirada. Incluso comparativa.

 
 





viernes, agosto 14, 2026

PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA DEL AGUA

 

PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA DEL AGUA

El embalse cambió el futuro de la población

 

   El 17 de julio de 1870 el diputado D. Estanislao Suárez Inclán tomó la palabra en el Congreso de los Diputados para hablar en nombre de los vecinos de Pálmaces de Jadraque a quienes, como a tantos otros españoles, preocupaban no sólo la situación que en este tiempo se vivía en España, inmersa en guerras y revoluciones, las habituales que acompañaron el siglo XIX. Para entonces España se encontraba en el abismo de la tercera Guerra Carlista, después de haberse iniciado el siglo con las que se siguieron contra Francia, y algunas más; y de haberse vivido unas cuantas situaciones que no solo empañaron la vida de los españoles, sino que, en muchos casos, los condujeron a la miseria. En aquel tiempo en el que los vecinos de Jadraque se dirigieron al Sr. Suárez Inclán, España buscaba rey, que lo encontraría en D. Amadeo I de Saboya. D. Estanislao pidió la palabra y, una vez en su uso, se dirigió a los congresistas diciendo:La he pedido para presentar a las Cortes una exposición de considerable número de vecinos de la villa de Pálmaces de Jadraque, provincia de Guadalajara, pidiendo a las Cortes se sirvan coronar la obra constituyente eligiendo Rey de España a una persona de talento, energía, independencia de fortuna, estirpe regia, y que haya probado contribuir al triunfo del alzamiento nacional”.

   Gobernaba el municipio don Hilario Andrés, quien continuaba en el cargo un año después, cuando también desde Pálmaces se solicitaba al Congreso de los Diputados que se nombrase rey de España a don Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, casado con la Infanta Luisa Fernanda de Borbón, considerado como uno de los personajes más intrigantes de la España de aquel tiempo, cuya ambición le llevó a pretender reinos tan lejanos y extraños como el del Ecuador, y cuyas intrigas llevaron de alguna manera al exilio a su cuñada, la reina Isabel II, encontrándose igualmente tras las que llevaron a la muerte al Jefe de Gobierno, General Prim, y que perdió todas las opciones al trono tras uno de los sucesos más significativos de aquellos días, el duelo a muerte que mantuvo con su primo don Enrique de Borbón, duque de Sevilla, quien también pretendiente al trono de España, ofendió al de Montpensier a través de algunos folletos, siendo retado al duelo en el que murió el 12 de marzo de 1870 en las cercanías de Madrid. Tal su genio.

   No sería la única acción que por estos años tendría Pálmaces de Jadraque ante la política española. Unos años antes de la proposición al trono del duque de Montpensier, los vecinos de Pálmaces firmaron, junto a otros muchos municipios españoles, una carta dirigida a los diputados del reino con motivo de la Revolución de 1868, en la que La Junta Superior de la Asociación de Católicos, presidida por el marqués de Viluma y el conde de Orgaz, pedían “a las Cortes Constituyentes se sirvan decretar que la Religión Católica apostólica romana, única verdadera, continúe siendo y será perpetuamente la Religión de la nación española, con exclusión de todo otro culto, y gozando de todos los derechos y prerrogativas de que debe gozar según la Ley de Dios y lo dispuesto en los sagrados cánones”. La petición por parte de Pálmaces la suscribían, junto a los miembros del Ayuntamiento, alrededor de doscientos cincuenta vecinos más.

   Y hace poco más de cien años, según nos contó el entonces profesor de Geografía don Alberto Blanco, Pálmaces era, además, a ojos de aquel hombre, la meca universal del esgrafiado. Tanto y gratamente le impresionó lo descubierto que lo lanzó al mundo del conocimiento arquitectónico el 13 de julio de 1919, dando cuenta de que: “Muchas de las casas de este pueblo tienen las portadas de sus casas, de tejas a zócalo, adornadas de figuras de animales, de plantas, de frutos, de utensilios comunes y de líneas curvas sinuosas. Estas figuras están utilizadas convencionalmente y las que más abundan son las de pájaros, peces, serpientes, ramas, cubos, etc. Algunas son tan caprichosas como una cigüeña con cuatro patas y un pico como de pelícano”.

   Había descubierto el esgrafiado de uno de nuestros pueblos. Un arte que por esta parte de Guadalajara entra por la provincia de Segovia a través de Grado de Pico, recorre ambos márgenes del antiguo Camino Salinero de Castilla; se ramifica a través de las poblaciones aledañas a Sigüenza y continúa hacia el Alto Tajo, no sin antes dejarnos en uno de los últimos pueblos de la raya de Guadalajara con Teruel, Prados Redondos, algunas de las más espléndidas muestras de un arte en proceso de extinción.

 





Pálmaces, una población industriosa

   Pálmaces era por entonces una industria población; alejados los tiempos en los que fue simple aldea de la tierra de Jadraque dependiente del condado del Cid y del ducado del Infantado, luego de haber pasado por la tierra de Atienza y las posesiones de Gómez Carrillo.

   La minería, con la cercanía a la capital de los sexmos del Henares y del Bornova, Jadraque, dotaban a la población de un encanto especial para los inversores. Por aquí, por Pálmaces, comenzándose a agotar los filones de plata de Hiendelaencina y alrededores, se buscaban nuevos metales siguiendo las inversiones que dos o tres decenios atrás iniciase el Sr. Cura párroco, D. Galo Vallejo, socio en su tiempo de los promotores de Hiendelaencina, de Górriz, Orfila o Ignacio Contreras; al tiempo que comenzaba a hablarse de las ventajas que proporcionarían las aguas de un pantano o embalse que por aquel tiempo comenzaba a flotar en la idea de algunas mentes prodigiosas. Todo ello hacía que la población creciese, de tal manera que incluso se unió para adquirir al Estado la Dehesa, que costó 59.000 pesetas de las de 1904. Cuando la población rondaba los quinientos habitantes, que todavía subirían un poco más con los obreros que comenzaron a llegar para llevar a cabo las obras del embalse dicho. Obreros que, como desde al menos el siglo XVI, celebraron en Pálmaces las festividades de San Roque y Santa Quiteria.

  El pantano estaba llamado a resolver las crecientes necesidades de agua de los regantes del Canal del Henares. El 2 de febrero de 1930, con el proyecto ya prácticamente concluido, don Fernando Palanca, presidente de la Comunidad de Regantes, dará cuenta de lo que se esperaba de él, así como de los beneficios y progresos que reportaría al pueblo de Pálmaces, indicando que: “El Patriotismo de los vecinos de Pálmaces no necesita acicates. Sabemos y es muy de lamentar que las mejores tierras de la vega de Pálmaces tienen que ser expropiadas… Pálmaces encontrará la compensación en la construcción del camino vecinal, tan necesario para el pueblo, y en la abundancia de jornales que una obra de este calibre les ha de proporcionar…

   Poco después comenzarían las obras, que interrumpiría la Guerra Civil de 1936, reanudándose a partir de 1940 y quedando apto para el servicio tras su inauguración oficial el 28 de junio de 1954. A partir de aquí la emigración sería una constante hasta llegar a nuestros días, muy a pesar de que el espejuelo del agua atrae, verano a verano, a no pocos de los que marcharon, como atrajo a un nuevo vecindario que se asoma, a las caídas de la tarde, al remanso de aquellas aguas en las que se parecen reflejar los picachos de las próximas serranías del Alto Rey de la Majestad, como señalaron los responsables de Pálmaces en el siglo XVI.

   Y es que, bien mirado y si se busca, todo tiene su encanto.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 14 de agosto de 2026


 UN LIBRO SOBRE PÁLMACES DE JADRAQUE

PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA



   Por vez primera suena en la historia el nombre de Pálmaces de Jadraque (Guadalajara) con motivo de las incursiones cristianas en tierras árabes, en los primeros decenios del siglo X. Después de que la invasión del año 711 dominasen completamente la hoy provincia de Guadalajara, creándose por estas tierras una especie de línea defensiva ante las incursiones provenientes desde el Norte; desde la frontera del Duero tras la que se encontraban los reinos cristianos.






   Una red de torres y castilletes levantada entre el Duero y el Tajo formaba igualmente una especie de línea defensiva, a la vez que eran utilizadas las torres como puntos de vigilancia y aviso desde los que controlar al enemigo y anunciar unas a otras las incursiones las sucesivas incursiones, que hubieron de ocurrir desde poco después de que los reyes godos fuesen empujados a sus refugios norteños, desde los que iniciaron la larga e interminable reconquista de las tierras perdidas.

   Al día de hoy Pálmaces es uno más de los muchos pueblos que permanecen prácticamente deshabitados a lo largo del año. El Pantano de su nombre forzó de alguna manera la emigración. No obstante, antes y después tuvo cosas que contar, quizá no sean demasiadas las que se recogen a lo largo de las páginas siguientes. Probablemente sirvan para que se recupere su larga  historia, no se pierda su memoria y tengan las futuras generaciones el recuerdo de lo que fue la tierra de sus mayores.






Sumario:

-I-
Pálmaces, el marco geográfico
Pág. 9

-II-
El Arte, en Pálmaces
Pág. 17

-III-
Pálmaces en la Historia
Pág. 27

-IV-
La Reconquista
Pág. 33

-V-
La Tierra y Sexmos de Jadraque
Pág. 39

-VI-
La Edad Moderna
Pág. 45

-VII-
Pálmaces y los Diccionarios
Pág. 53

-VIII-
Pálmaces en el Siglo XIX
Pág. 59

-IX-
Pálmaces en el Siglo XX
Pág. 73

-X-
Pálmaces 1936/1945
Pág. 87

-XI-
Pálmaces
Pág.96

viernes, agosto 07, 2026

NAHARROS DE ATIENZA Y SU MAESTRO POETA

 

NAHARROS DE ATIENZA Y SU MAESTRO POETA

Que describió en verso la fiesta del lugar

 

   Naharros, o para mejor distinguirla de otras de las numerosas poblaciones que se denominan de la misma manera, Naharros de Atienza, se tiende en uno de esos ángulos de la Sierra Norte que quedaron alejados de cualquier parte del mundo. Desde allí, desde Naharros, asomando un poco la cabeza se atisban a ver las torres de Atienza, que dominan el paisaje por completo, y desde Naharros, el río Cañamares que pudo seguir en su destierro el Cid Ruy Díaz, debió de ir abriendo paso al Barranco del Hierro, que conduce a Hiendelaencina. Esta es tierra oscura, de pizarra negra, por donde la minería hizo de las suyas en el siglo XIX. Ahora otro tipo de minería se va comiendo, como si de un flan azucarado se tratase, las montañas que median entre la villa de la tierra, y Naharros. Por encima del altillo de Cerro Pozo ha cambiado el paisaje y la montonera de grava que empezó a salir de aquellos cerros en la década de 1960, y lo continúa haciendo, ha devorado ya los salientes y mudado el entorno, como el paisaje va cambiando con disgusto de quienes a diario lo miran y respiran.

   Cuando aquello no ocurría, cuando las máquinas no quitaban al monte nada de lo que no fuera suyo, a Naharros y su entorno lo cantaban los poetas; desde aquí firmó Gerardo Diego su incomparable “Atienza de los juglares, alto navío de ruinas…”, que lo era en aquel 1927 de la historia; y para las gentes de Naharros escribió, o describió, el entorno de la fiesta del pueblo, por San Roque, Modesto Manzanero Gismera: “Queridos padres y hermanos, y amigos en general, con cariño les saludo, en esa festividad…

 


Naharros de pizarra negra

   Cosa de ver, era hace cincuenta o sesenta años Naharros, cuando la pizarra negra cubría como boina eterna las techumbres de sus casas al deslizarse manso el coche de línea, dejándolo a un lado, con su aspecto pobretón, tras el paso del vehículo por la sin par Hiendelaencina al dirigirse a Atienza que, ya por esos años comenzaba a espabilar en cuanto a reconstrucciones se trataba. Mientras Naharros se mantenía como estampa del tiempo pasado; con la puerta abierta a una marcha incesante de sus habitantes, que iban dejando el rastro de su partida a través de las puertas y ventanas cerradas de sus casas que el tiempo fue llenando de heridas, de zarzales arañando sus paredes primero, y desgarrones de los muros y tejados después; hasta que llegó la hora de alzar la cabeza, coser los rasgaduras y volver a mostrar con aquella hidalguía que debió de tener cuando por aquí se fueron aposentando sus primeros pobladores, que debieron de venir, como tantos más, de las tierras norteñas.

   Naharros, o Narros, es nombre un tanto corriente en pueblos castellanos, fundados después de la reconquista de esta parte de la tierra por 1085, cuando Navarra, el origen de los pobladores de estos, también era Nafarra y, como nos dejase escrito don Antonio Llorente Maldonado, siguiendo las líneas de don Claudio Sánchez Albornoz: “se habían generalizado los nombres de Nafarra, Navarra, y nafarros, naharros o navarros”. Añadiendo que: “estos nombres de lugar de origen étnico o gentilicios, se deberían a repobladores navarros que llegarían a la Extremadura castellana y a la leonesa “tal vez bajo el reinado de Alfonso I de Aragón. Y, de aquí, los Narros, Naharros, Naharrillos, Nafarrillos, Navarrillos…

   Naharros (de Atienza) no fue nunca entidad de subido número de habitantes, puesto que desde que se tiene memoria censal no pasó por mucho del centenar; en ocasiones llegó hasta los ciento veinte y, poco más; unido desde la década de 1840 al municipio de La Miñosa, siendo anejo de este, con algunos otros de vecindad paisajística. Aún así, siempre tuvo su encanto, su historia y su iglesia de San Juan Bautista, como el municipio, aneja de la de La Miñosa. Iglesia que llegó a contar con una buena imagen mariana, de época románica; y cruz procesional de Mateo de Valdeolivas, tallada en plata en plena apoteosis del barroco; cofradías dedicadas a la Virgen del Rosario y a la Vera Cruz; y fiesta grande por San Roque.

 

Modesto Manzanero Gismera, maestro y poeta

   Modesto Manzanero Gismera, maestro que fue, natural de Naharros nació en los últimos años del decenio de 1880, hijo del matrimonio compuesto por Pedro Manzanero Somolinos y Nicanora Gismera Pérez, ambos naturales de Naharros, en donde Modesto fue bautizado en su iglesia parroquial de San Juan Bautista, llevando a cabo sus estudios, de Magisterio, en Guadalajara. Los concluyó al final de la década de 1910. Este año aspiraba a que se le concediese plaza como interino en algún pueblo cercano al suyo, en tierra de Atienza, aunque la mala suerte le alejó un tanto, pues se le concedió la escuela interina de Anquela del Ducado. De Anquela pasó a Sigüenza; de aquí regresó a Naharros, antes de partir para Paredes y seguir hacia Cardeñosa, hacer un alto en Hijes y marchar a Trillo; todo ello entre 1910 y 1912; en ese calvario viajero que tenían que seguir en este tiempo los maestros que no disponían de plaza fija en ninguna parte, y tenían que aguantar las idas y vueltas de numerosos ayuntamientos para los que el maestro, más que hombre de saber que mostraba el camino a los futuros descendientes de las poblaciones respectivas, era más que otra cosa un enemigo del pueblo, ya que sacaba a los chiquillos del trabajo, por más que les diese letras.

   De ello se quejó Modesto Manzanero, como lo hicieron multitud de docentes de aquel tiempo a través de la prensa a ellos dedicada; Modesto Manzanero fue habitual en las páginas de semanarios como La Orientación, a través de los que dejó retazos de sus traslados: “He solicitado cuantas vacantes se anunciaron en las provincias de Guadalajara, Madrid, Toledo, Soria, Ávila, Segovia, Zaragoza, Teruel y Valladolid y todas se han provisto antes de llegar a mi número. ¿No es esto para clamar al cielo? Cuatro años hace que estoy en este destierro… y sin poder salir de él. Como pensaba volver pronto a mi país (Guadalajara), dejé allí los cuatro muebles que tenía y esta es la fecha que ni he vuelto, ni se cuándo volveré. Lo que sí sé es que encontraré mis muebles ya podridos…” Escribía desde Lugo, a donde le mando el destino, en 1919; casado ya y padre de familia. Se le había adjudicado entonces la escuela de Peñalén, tras la renuncia de su maestro, pero hechas las maletas, el de Peñalén volvió sobre sus pasos y se anularon los sueños. Dejó definitivamente Lugo en 1923 y dos años después, en 1925, alcanzó su sueño: ser maestro de la escuela de su pueblo.

   Antes de ello, en 1921, dejó escrito su poema en torno a Naharros y sus fiestas, con esa alegría del mozo que parte a horizontes lejanos y añora la tierra madre:

 

Ruego a Dios paséis la fiesta,

buena, buena de verdad,

por arriba, por abajo,

por delante, y por detrás…

 

   No todo fue bueno en su vuelta a Naharros; primero llegó la muerte de su esposa; después la guerra; más tarde el pensamiento de que sus ideas no eran buenas para la chiquillería, lo que le llevaría a la inhabilitación en sentencia de juicio en Consejo de Guerra…

   Aventuras y desventuras de un maestro de pueblo en tiempos duros; que se despidió con alegría de sus paisanos, los mismos que celebraban la fiesta de San Roque, sin él: “un abrazo para todos, que les mando en general…”

  

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 7 de agosto 2026


NAHARROS DE ATIENZA

 

 NAHARROS; en Tierra de Atienza

 

   Los tres diccionarios de consulta para los pueblos de Guadalajara, publicados en el siglo XIX, el de Sebastián Miñano de 1827, Pascual Madoz de 1848, así como el Nomenclátor de la Diócesis de Sigüenza de 1886, hablan de Naharros con parquedad, si bien los tres coinciden en algo, en que “se halla situado en terreno áspero, con clima frío y excelente ventilación”.  

   No son muchos los datos históricos que se ofrecen, salvo el número de sus habitantes, o vecinos: 40 según el Nomenclátor, que equivaldrían a unos 120 habitantes; 137 cuenta Miñano que tenía en 1827 y en torno a los 100 son los que pone Madoz. Los tres señalan que depende del municipio de La Miñosa; y en cuanto al nombre igualmente le dan distintas acepciones: Narros para el Noménclator; Naharros para Miñano y Madoz.   


NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)

   En cualquier caso aclaremos un extremo: Naharros, como tantas otras poblaciones, ha cambiado mucho desde aquellos remotos tiempos a la actualidad. Un simple vistazo a su caserío nos lo muestra, si bien ha perdido algo de su identidad; hasta la década de 1960 era conocido en la comarca como “el de los tejados de pizarra”, cuando todavía no estaba descubierta la ruta de los pueblos negros y Naharros era uno de tantos, si bien algo alejado de aquellos, al pie de la carretera que desde Atienza conduce a Hiendelaencina, en un paraje de excepcional belleza, a pesar de la pobreza y aridez del terreno.  

   Su origen hay que buscarlo en las repoblaciones que se llevaron a cabo en Castilla tras la conquista de Toledo, avanzado el año 1100, y el topónimo del nombre ya nos da a entender quiénes fueron sus pobladores, originarios del entonces reino de Navarra, probablemente llegados a estas tierras, como tantos otros repobladores de la Vieja Castilla, atraídos por las exenciones de Alfonso VI y Raimundo de Borgoña.     

 

NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)

 

   Son muchos los estudios sobre la toponimia vasca en Castilla llevados a cabo a lo largo del siglo XX, y algunos señalados, como los Salvador de Madariaga o  Antonio Llorente Maldonado de Guevara, en los que se profundiza en la materia, dando cuenta de cómo, el origen del nombre, así como sus primitivos pobladores, llegan de aquella zona, anteriormente reino de Pamplona, así como de la multitud de poblaciones que, en Castilla, llevan un nombre semejante: Narros, Naharros, Narrillos, Naharrillos, etc., la mayor parte de ellos pertenecientes, al día de hoy, a las provincias de Avila, Segovia, Salamanca, Cuenca y, por supuesto, nuestro Naharros de Guadalajara.

 

NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)

 

   Algunos autores aseguran que esta repoblación de navarros al otro lado del Duero se produjo a partir de la batalla de Las Navas de Tolosa.