ALFONSO VIII, REY
DE ATIENZA
A él se debe el
auge de la villa a partir del siglo XIII, así como la tradicional Caballada
Si un rey hubiera de coronar la villa de
Atienza este no debía de ser otro que Alfonso VIII de Castilla quien, desde su
tierna infancia hasta que la muerte lo llevó pudo considerarse como su
benefactor; quizá debido a que siendo niño la tradición cuenta que de aquí lo
sacaron a lomos de mulos, escondido entre sus bártulos, los arrieros de la
villa; la historia, caprichosa en ocasiones, no da cuenta con señales, escritos
o documentos la realidad del hecho, que se conmemora año a año desde solo Dios
sabe cuándo, en fechas coincidentes con la festividad de Pentecostés.
Contándonos la tradición que aquella escena, la salida de Atienza, es el origen
de La Caballada. La segunda fiesta de los arrieros, puesto que la primera ha de
ser, como lo es para cualquier hermandad o cofradía que se precie, la de su patrono
principal, La Santísima Trinidad.
Alfonso
VIII rey de Castilla y de Atienza
Contó don Julián Enrique Rueda, en Soria,
por el mes de septiembre de 1881, la historia del pequeño rey Alfonso quien,
huérfano de padre y madre a la temprana edad de tres o cuatro años, y luego que
su padre Sancho III nombrase tutores para el infante, quiso disputarle el trono
su tío, Fernando II a quien en herencia tocó el reino de León; a Alfonsito le
cayó el de Castilla y en aquellas batallas, verbales en principio y que
tornaron luego en disputa armada, Alfonso fue llevado a Soria, de aquí a San
Esteban de Gormaz y desde la amurallada ciudadela… “y para mayor seguridad,
lo trasladó a Atienza”; a lomos de buen caballo, guiado por Pedro Núñez,
Señor de Fuente Almegir. Hecho que debió de acontecer entre 1159 y 1164, a
juicio de los entendidos.
De don Julián Enrique Rueda tomó don
Francisco Layna los datos que acompañó a su estudio sobre La Caballada de
Atienza que vio la luz a través de la Revista Hispania, del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, en 1942; e igualmente de aquí saldrán los datos
que numerosos de cuantos seguimos o siguieron el paso del rey, relatamos en
torno a la llegada y posterior partida de Atienza, del pequeño rey.
De lo que no cabe la menor duda, muy a pesar
de la falta de documentos que nos indiquen la salida atencina del niño Alfonso
a lomos de mula, envuelto entre arrieros, es de que llegado que fue al trono,
Alfonso VIII convirtió Atienza en una de las enseñas reales; en Atienza mejoró
su castillo, levantó templos, amplió el cerco de sus murallas y por allí anduvo
cuando las cuentas pendientes del reino se lo permitieron, llevando consigo a
los hombres buenos de esta tierra en cuantas batallas, que muchas fueron, llevó
a cabo a lo largo de su reinado, concediendo, cuentan algunos de los muchos
cronistas de aquel tiempo, a las poblaciones que le siguieron en la batalla de
Las Navas de Tolosa, el título de muy noble y muy leal a las villas de las que
salieron sus hombres.
El
Rey en Atienza
Pocos se ponen de acuerdo a la
hora de dar cuenta de cuánto tiempo estuvo entonces el rey en la población
aquella primera vez. Mientras que la tradición, sin dato documental, nos dice
que pudieron ser varios meses; también se nos dice que pudieron ser apenas unos
días, antes de que desde Atienza lo llevasen camino de los seguros muros de
Ávila, como también recoge el P. Ariz en sus magníficas “Grandezas de Ávila”,
que vieron la luz en los albores del siglo XVII.
Es el caso que Alfonso VIII,
tornó a Atienza en cuantas ocasiones los asuntos del reino le hicieron pasar
por sus cercanías; o las batallas se lo permitieron; conociendo que en aquellos
remotos siglos no tenían los reyes lugar fijo en el que residir, siendo la
corte ambulante y estableciéndola allá donde la noche, si de viaje iban, se les
echaba encima, por decirlo de manera coloquial; puesto que de antemano,
abandonando un lugar, señalaban el de la pernoctación o estancia del siguiente.
Documentadas en parte se
encuentran las estancias reales de Alfonso VIII en Atienza:
En 1166 y desde finales de junio hasta
principios de julio, se encontró Alfonso VIII en la villa, donde el día 3 de
julio concedió al monasterio de San Salvador, de Atienza, los famosos
beneficios que ostentaron sobre las salinas de tierra de Atienza, dos bestias
cargadas de sal, que semanalmente podían emplear para sus usos.
En 1174, concedió al monasterio de la Vid
(nos cuenta la Crónica de Alfonso VIII el Noble), encontrándose en Atienza el
14 de febrero de ese año, ciertos privilegios cuando venía de acompañar a su
tía, la reina Sancha de Aragón. De Atienza marchó a San Esteban de Gormaz.
En 1181 permaneció Alfonso VIII en Atienza
una gran parte del mes de julio, pues en la villa suscribió con fecha del día 13
la donación de Hornillos y Orbaneja al monasterio de Rocamador, sito cerca del
primer pueblo, y el 31 firmaba en Atienza los nuevos fueros de Palencia, con
compensaciones a su obispo y cabildo.
En 1194 se encontró Alfonso VIII en Atienza,
donde estaba el 12 de diciembre, y desde donde confirmó la fundación del
monasterio de Valfermoso, llevada a cabo por los ilustres hijos de la villa Juan
Pascasio, Flamba su mujer, y sus hermanos.
También visitó Atienza en el año 1200; en la
villa se encontraba el 25 de octubre, y aquí confirmó el acuerdo entre el
obispo de Sigüenza y el concejo de Atienza; siendo Rodrigo, sobrino y heredero
en el obispado de Martín de Finojosa, el beneficiario del documento que se le
entregaba para la repoblación de Cabanillas.
Regresó a Atienza el rey en el año de gracia
de 1203, y aquí estuvo al menos desde el 11 de mayo hasta el 19, cuando algunos
documentos hablan de su salida en dirección a Berlanga de Duero, población a la
que llegaría el día 20.
La última estancia real nos lleva al año
1207, entre el 14 y el 16 de marzo. En estas fechas suscribió en Atienza
algunos documentos, entre ellos una donación al monasterio de Las Huelgas
Reales, en Burgos, fundación familiar del propio monarca castellano, tanto como
de sus hijas y su mujer, Leonor de Plantagenet.
El 6 de octubre de 1214 se despidió del mundo el Rey: “El mismo día
que pasó desta vida…” Cuenta la crónica real; para ser llevado a su
definitivo reposo.
Las crónicas nos dicen que: “Fue sepultado pues en el Monasterio
junto a Burgos, por los obispos Rodrigo de Toledo, Tello de Palencia, Rodrigo
de Sigüenza, Mendo de Osma, Giraldo de Segovia, y por otros religiosos,
haciendo el gasto de las ostentosas exequias la Reyna Berenguela su hija, la
cual concluyó aquella función lúgubre con tan intenso dolor que casi se
extinguiera con los golpes y lágrimas que producía. Y así como adelantó el
reyno en vida con sus virtudes, llenó en muerte a toda España, o por mejor
decir, a todo el mundo de lágrimas. Fue pues sepultado en el sobredicho
monasterio por los referidos prelados, donde no podrá borrar ni la envidia ni
el olvido la memoria de sus alabanzas”.
La reina Leonor no tardaría en acompañarle en la muerte: “probablemente
acometida por las mismas fiebres que se llevaron al rey, al finalizar aquel
mismo mes de octubre de 1214, la vino la muerte a visitar en las vísperas del
día de todos los santos”.
Dejando ambos, en Atienza, su imperecedero
recuerdo, y La Caballada.
Tomás Gismera
Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 22
de mayo de 2026
LA CABALLADA DE ATIENZA. UNA TRADICIÓN CASTELLANA














