viernes, octubre 30, 2026

UN BRINDIS POR MOLINA DE ARAGÓN

 

UN BRINDIS POR MOLINA DE ARAGÓN

El de cuatro de los intelectuales más conocidos de España

 

   Don Pío Baroja es uno de los literatos más conocidos y prestigiosos de la España del siglo XX; de difícil trato en ocasiones y cuentan que un auténtico cascarrabias en la vejez, tal vez porque se lo podía permitir. Dicen que quiso demostrar en cuantas ocasiones le fue dado que sentía cierta antipatía por Guadalajara y sus gentes desde más allá de la publicación de una de sus grandes novelas, "La nave de los locos". Cuando para escribirla se asomó a los horizontes de Atienza.

   La antipatía, en cierto modo, venía provocada por quien fuese uno de sus profesores, el de Terapéutica cuando, como mal estudiante de Medicina, no daba una en el blanco. El enfrentamiento con su profesor, don Benito Hernando Espinosa, se hizo tan público que saltó de las aulas a la prensa. Ambos, don Benito y don Pío, para más inri, vivieron en el mismo portal de la calle de Atocha número 96, por lo que no extrañaba que se encontrasen en la cercana Cuesta de Moyano al calor de los libros. La última vez que lo hicieron don Benito, paisano nuestro de Cañizar, le preguntó a don Pío, ya famoso novelista, sí lo reconocía y no le tenía nada que decir, y don Benito, con su cachaza y mala baba: "Nada, don Benito, que sigo creyendo que los vascongados no son más brutos que los de Guadalajara". Y se acabó la historia.

   Se cuenta que a don Pío no le gustaba demasiado abandonar su mundo literario, el de su estudio en Madrid o su localidad casi natal de Vera de Bidasoa. Muy a pesar de que, en ocasiones, acompañado unas veces y en solitario las demás, se echó a los caminos de España; de los de Guadalajara, también.

   Y por aquí andurreaba cuando, el 14 de abril de 1922, en días de Semana Santa, le comunicaron que acababa de ser elegido concejal en el Ayuntamiento de Vera de Bidasoa; y desde por aquí mandó carta a aquel Ayuntamiento a dar las gracias y decir a sus casi paisanos que sus ocupaciones literarias no le permitían ocupar tan responsable cargo en el municipio.




 

Molina de Aragón, 1922

   No fue un buen año para Molina de Aragón el de 1922; se recordaba que a las puertas del verano anterior perdió la vida en Tistutín, o Monte Arruit, uno de los considerados héroes molineses, el capitán don Félix Arenas Gaspar, dejando viuda e hijos; el más pequeño de sus retoños todavía nacería algunos meses después de la muerte del capitán, el 22 de abril de 1922, en Valencia, donde sería apadrinado por el general José Ramírez Falero en representación del Cuerpo de Ingenieros. El bautizo tuvo lugar el siguiente 22 de mayo. Al bautizo, por su puesto, asistió su abuelo, don Anselmo Arenas, uno de los literatos más prestigiosos de este tiempo en Molina de Aragón. A don Anselmo López se deben a más de alguna de las historias más entrañables en torno a la ciudad, sus famosas reivindicaciones. Y comenzaba a despuntar quien sería el cronista molinés por excelencia a lo largo del siglo, don Claro Abánades López quien, desde Molina o Madrid, ejercía de corresponsal de prensa para decenas de medios, hablando permanentemente de Molina, después de haber fundado la marca que sería su enseña, el semanario “La Torre de Aragón” que, como con algunos otros, trataría de dar a conocer la realidad de su pasado, de sus gentes, y el constante batallar para que Molina de Aragón no se quedase arrinconada en el extenso territorio que un día comandó.

   Mantenía Molina su hidalga estampa de vieja ciudad castellana, de señorío palaciego que le legó la historia y le dio el sobrenombre de Molina de los Caballeros, sobrenombre que quienes escribieron e indagaron en torno a su pasado reivindicaban una y otra vez, en contra del Aragón que la alejaba de la realidad.

   También mantenía, como enhiesta bandera con la que hacer frente a la historia de sus grandes gestas, las altivas torres de sus castillos, las mismas que, a las puertas de la Navidad de 1860, estuvieron a punto de desaparecer bajo el empuje de los cañones y las bombas que emplearía el ejército real de Isabel II, en hacer pruebas de tiro, a lo que se opusieron no pocos molineses, de la ciudad y del señorío, con don Pascual Benito Hergueta a la cabeza; la protesta llegó hasta Madrid: “Grande es el pesar de aquellos habitantes al considerar que la maravilla de arte, levantada en la remota época de la dominación agarena, va a desaparecer en parte a impulsos de las modernas granadas y antiguas balas rasas”. Los molineses consiguieron como gracia real que únicamente se bombardeasen las murallas, dejando a salvo lo que iba quedando del antiguo alcázar.

    Las baterías, seis en total, dos del 24 y cuatro del 12, hicieron retemblar el suelo de Molina durante dos días, con la desgracia añadida del 22: “A los pocos tiros de la batería de a 12 y al tiempo de introducir un artillero una granada, reventó esta, saliendo a la par el tiro, de cuyas resultas quedó el artillero muerto y otro compañero suyo muy mal herido”.

   Cuando los artilleros abandonaron Molina, los molineses descansaron, eso sí, parte de sus antiguas fortificaciones, que resistieron a las tres guerras que hasta esta parte del siglo la azotaron, habían desaparecido.

 

Los tres amigos y don Pío Baroja

   Algo de todo aquello, al empuje de los nuevos tiempos, se reconstruyó, y fue lo que buscaron ver don José Ortega y Gasset, don Juan Dantín Cereceda, D. Domingo Barnés Salinas y, por supuesto, don Pío Baroja, a quien la prensa denominaba “el primer novelista actual”. Don Benito Pérez Galdós iba ya para dos años que abandonó este mundo.

   Pocas presentaciones necesitaba don José Ortega y Gasset, a la sazón, profesor de Metafísica en la Universidad Central e hijo de uno de los más populares escritores de este tiempo: D. José Ortega Munilla; D. Juan Dantín estaba convertido en uno de los más eminentes geólogos, además de ser catedrático de Agricultura en el Instituto San Isidro, de Madrid; y D. Domingo Barnés se había ganado justa fama como profesor de la Escuela de Magisterio y vicepresidente de la Liga de los Derechos del hombre, ejerciendo a su vez como secretario del Museo Pedagógico. Tan solo le faltaban diez años para ser nombrado ministro de Instrucción Pública, Bellas Artes y Justicia.

   Los cuatro tomaron, a las puertas de la Semana Santa, el tren en Madrid, desde donde se dirigieron a Teruel, en la ciudad de los amantes se encontraban el día 12, donde fueron recibidos y obsequiados como sus nombres y dedicaciones hacían prever; allí se entretuvieron en el Casino, recorrieron la ciudad y dejaron alguna que otra anécdota para la historia, saliendo para recorrer la sierra de Albarracín el día 13, con intención de acercarse a Daroca; el 14 de abril, ese mismo día en el que don Pío salía elegido concejal de Vera de Bidasoa, entraban en la milenaria ciudad de Molina de Aragón y, entre el Casino de la Amistad y las fondas, pasaron parte de la jornada.

   Las fondas y casas de huéspedes siempre fueron un tema recurrente en la obra de Baroja; y tuvo Molina algunas de ellas que se hicieron hueco en la historia molinesa, con los Paradores de San Antonio y San Miguel a la cabeza; con el tiempo, a todos ganarían los guisos que en la posada del Carmen elaboraría doña Paula Blasco.

   Pero fue en el Casino donde los cuatro amigos echaron la hebra con los molineses y donde hicieron el brindis, por Molina. Una historia que tiene, tras de sí, toda una historia.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 30 de octubre de 2026


MOLINA DE ARAGÓN: CRÓNICAS DE UN SIGLO

 MOLINA DE ARAGÓN: CRÓNICAS DE UN SIGLO

 

   Tras “Guadalajara, crónicas de un siglo” (2004), del que se escribió: Se ha dicho que los buenos libros, como los corazones, tienen pulso y latido. Y lo tienen a despecho de formatos, tamaños, formatos y presentación editorial. Los libros que n o laten, los libros fríos, sin temperatura propia, conducen al hastío y al abandono. Tomás Gismera ha escrito un libro con pulso, porque lo ha hecho con el corazón, con sensibilidad exquisita, con amor, con respeto casi reverencial a las tierras, las vivencias y las gentes por él desfilan”.

  El autor, a las crónicas de un siglo de Atienza, Jadraque o Brihuega, suma ahora las de Molina de Aragón.

   Las “crónicas” que siguen son parte de la historia de Molina de Aragón a lo largo del siglo XIX y del XX, han sido tomadas de la prensa, publicaciones, revistas y libros que se referencian. Entre los que no se hace mención, dado su elevado número son, principalmente, los semanarios de Guadalajara, publicados desde finales del siglo XIX, Flores y Abejas (a partir de 1894); Atienza Ilustrada (desde 1898); Boletín Eclesiástico del Obispado de Sigüenza (desde 1859); Boletín Oficial de la Provincia de Guadalajara (desde 1834); Crónica de la Exposición Provincial de Guadalajara (1876); La Educación Popular (1896); La Ilustración (desde 1893); Revista Popular (1890); La Crónica (desde 1897); así como la Gaceta de la Regencia; La Gaceta Oficial de España, y los numerosos diarios y semanarios publicados, principalmente, en Madrid.

   Cuanto se publica en letra menuda o cursiva es tomado textualmente de las noticias, crónicas, libros e informaciones a las que se hace referencia.

   Todas ellas sirven para componer lo que bien podría denominarse: “Historia de Molina de Aragón, del siglo XIX y XX”.

   Son las vivencias de las gentes sencillas, de nuestros abuelos, de sus padres. La historia de las gentes cercanas cuyos apellidos nos llegan, y nos suenan. La historia de los nuestros; y la transformación y adecuación a los tiempos modernos de una industriosa población.

   Y se continuó escribiendo: “No busquemos en el libro la historia rigurosa y exigente del transcurso del siglo. Gismera, de manera acertada ha huido de llo y nos ha servido su trabajo en forma de crónicas, en donde hasta lo heterogéneo, el relato o la cita, prestan contagiosa amenidad y desparpajo.

   De cómo era, y de cómo dejó de serlo hay mucha huella Feliz en el libro…”

   El libro es también un homenaje a las gentes que pasaron y, de manera especial a quienes de una manera más amplia, escribieron de Molina y su Señorío: Pascual B. Hergueta; Baldomero García Jiménez; Luis Díaz Milián; Anselmo Arenas; José Sanz y Díaz, o quien fuse su cronista a lo largo de una Buena parte del siglo XX, Don Claro Abánades López; sin ellos, y muchos más, las crónicas de Molina no hubiesen sido possible; nos hubieran faltado sus historias, las que nos dejan reseña de lo que fue, y de lo que es.

   Son más de mil páginas, en cinco volúmenes, las que nos traen el devenir de Molina de Aragón, las líneas que, desde el ayer, nos han traído al hoy.



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  • ASIN ‏ : ‎ B0HMS6CVFB
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 232 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161938140
  • Peso del producto ‏ : ‎ 522 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.47 x 25.4 cm




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  • ASIN ‏ : ‎ B0HMS5RWJH
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 237 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161941935
  • Peso del producto ‏ : ‎ 531 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.52 x 25.4 cm




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  • ASIN ‏ : ‎ B0HMSMRYMG
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 226 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161946190
  • Peso del producto ‏ : ‎ 508 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.45 x 25.4 cm


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  • ASIN ‏ : ‎ B0HMRXKWLQ
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 261 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161933343
  • Peso del producto ‏ : ‎ 581 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.68 x 25.4 cm




  • ASIN ‏ : ‎ B0HMS42HLF
  • Idioma ‏ : ‎ Español

  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 231 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8161948934
  • Peso del producto ‏ : ‎ 522 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 1.47 x 25.4 cm

lunes, octubre 26, 2026

LOS CRISPINES DE ATIENZA

 

LOS CRISPINES DE ATIENZA

Así fueron coloquialmente conocidos los cofrades de San Crispín y San Crispiniano

 

   Se conservan, en el Archivo de la Clerecía de Atienza, los al parecer últimos restos de una de las cofradías más peculiares y desconocidas con las que contó la villa de Atienza, de la que poco ha permanecido a través del tiempo, salvo alguna ligera referencia en torno a sus celebraciones recogida en los libros de cuentas del antiguo convento de San Francisco.

   Se trata de la cofradía de los Santos Mártires San Crispín y San Crispiniano, que estuvo adscrita a la iglesia de Santa María del Val. Lo que se conserva de ella en el Archivo de la Clerecía son los últimos libros de cuentas que median entre 1702 y 1758.




 

La iglesia de Santa María del Val

   Fue sin duda una de las más antiguas de la población, levantada en pleno periodo de la arquitectura románica de la que conserva su hermosa y sugestiva portada de acceso, con esos saltimbanquis, o lo que representen, las figuras que se sujetan a su baquetón.

   La iglesia mantuvo hasta poco antes de iniciarse el siglo XX algunas de las cofradías o hermandades más significativas de Atienza, entre las que se contó la de la Purísima Concepción, la Natividad de Nuestra Señora, la del Glorioso San Ramón Nonato, patrono de las parturientas, la de La Piedad, y la de los gloriosos San Crispín y San Crispiniano, patronos de uno de los gremios igualmente significativos dentro de Atienza, el de artesanos del cuero, los curtidores y el calzado.

   Evidentemente se trataba como otras existentes en la villa, de una cofradía gremial, en este caso dedicada a festejar a los santos patronos y reunir en ella a imagen de la única que nos han llegado, la de arrieros que festeja la cofradía de la Santísima Trinidad, a los miembros de aquellos oficios, a fin de ayudarse entre ellos en asuntos tan humanos como el entierro, la última enfermedad o la asistencia a la familia del fallecido cuando carecía de medios.

 

Un gremio numeroso

   Un simple repaso al Catastro de Ensenada de 1752, época de la que se conservan las cuentas de la cofradía, nos dice cuántos y quiénes eran los que en Atienza se dedicaban al oficio, donde ya se nos habla de la existencia de “quince tenerías, catorce pertenecientes a seculares y la otra al Cabildo Eclesiástico, así como diecisiete tratantes de suela y cordobán”. Dejándonos los nombres de cada uno de ellos, entre los que se repiten algunos apellidos que han llegado a nuestros días, como el Yagüe o el Bermejo, indicándonos que, como solía suceder en otros, también aquí se continuaban los oficios por tradición familiar. Junto a estos tratantes de suela y cordobán nada menos que veintisiete zapateros; un oficial y dos aprendices. Por lo que, entre unos y otros, se aproximaban al medio centenar los dedicados a la trata del cuero en sus diversos estados.

   Mucho tiempo después, en los inicios del siglo XX, todavía el gremio de zapateros y curtidores tendrá amplia representación. Así, por ejemplo, en 1905, en un censo municipal incompleto, teníamos cuatro zapateros con taller abierto: Donato y Fausto Cabellos, y Emilio y Tiburcio de las Heras. Mientras que en el censo industrial de 1908 nos aparecen relacionados con los mismos oficios un número mayor, y acorde a la realidad del momento. Figurando dos albarqueros: Silverio López y José Arribas; y cuatro zapateros: Esteban García, Carlos Guijarro, Pedro Galán y Feliciano Esteban. Nombres que poco a poco a través del tiempo quedarían reducidos a uno sólo ya avanzada la última mitad del siglo XX, hasta que la modernidad, como sucedería con otros oficios, llevó a la extinción de este en Atienza.

 

Las funciones de la Hermandad

   Que fue cofradía con buenos rendimientos económicos nos lo dejan ver algunos de los gastos anuales, puesto que pagaban al abad de la parroquia, por sus oficios litúrgicos, mediado el siglo XVIII, ochenta reales; más los gastos de las festividades, ofrendas, cera para las lámparas y monumentos, o santero que cuidaba el entorno de la iglesia, que sumaban algo más de ciento veinte; el doble por el coste de las juntas, en refrescos a los hermanos y algunas cantidades más que se ofrecían al secretario, manda y encargados de las cuentas. A más de lo aportado por los cofrades gestionaba, y de ahí parte de su riqueza, una de las tenerías ubicadas en la villa, de la que salía suela y cordobán para los zapateros.

   Sabemos, a través de los libros de cuentas, que la cofradía contaba con dos “Baras” de plata, correspondientes a Prioste y Mayordomo, pues ambas fueron “aderezadas” (arregladas o compuestas) en 1713, por importe de catorce reales, ajustándose la cofradía a un ordenamiento de mandos similar a las del resto de hermandades aquí conocidas, en las que anualmente se renovaban los cargos siendo de obligado cumplimiento la celebración del patrón, el 25 de octubre, así como la asistencia a los funerales y entierros de los cofrades, los cuales se reunían ese mismo 25 de octubre en comida fraternal, para la que se sacrificaban varios carneros pertenecientes a la propia hermandad. Hay que recordar que hasta finales del siglo XIX o comienzos del XX en otros casos, la mayoría de las cofradías de Atienza criaba, para la celebración anual, sus propios carneros que, en la mayoría de los casos, pastaban libremente por los campos atencinos.

   Sin que nos haya llegado el dato de cuándo nació la hermandad y cuándo desapareció, si bien todo hace pensar que sus últimos pasos se dieron a fines del siglo XIX, probablemente en la misma iglesia a la que estuvieron adscritos. Hasta poco antes de la desaparición del convento de San Francisco a él pagaban la misa mayor con motivo de su santo patrón. Para los franciscanos de Atienza los miembros de esta hermandad eran, simplemente, los “crispines”, nombre con el que eran conocidos sus integrantes igualmente en la villa.

   La mayoría de las cofradías correspondientes al gremio surgieron en torno a los siglos XIV y XV, por lo que admitiremos que la cofradía de zapateros de Atienza surgió igualmente en esta época en la que, a la antigua calle Mayor de la población comenzó a denominarse coloquialmente “zapatería”.

 

San Crispín y San Crispiniano

   San Crispín y San Crispiniano fueron dos hermanos, romanos, de familia noble, que vivieron en el siglo III y murieron decapitados por Diocleciano. En su huida de Roma se asentaron en Francia, donde predicaron el cristianismo y se ganaron la vida haciendo zapatos por la noche. De ahí todo lo demás. Incluso Shaskespeare los cita en su Enrique V.

   Todavía, a lo largo de la primera mitad del siglo XX se mantuvieron en vigor algunas cofradías en torno a los santos Crispín y Crispiniano en nuestra provincia, puede que la más reconocida fuese la de Sigüenza, que todos los años rifaba un cordero con cuyo producto colaborar a los gastos de la festividad, la celebración religiosa la solían llevar a cabo en la ermita de San Roque. Algunas otras poblaciones de la península tienen por patronos a los santos zapateros, por el Levante y por Asturias. En la década de 1940 San Crispín y San Crispiniano fueron declarados patronos del Sindicato de la Piel, con lo que, quienes pertenecían al mismo, se reunían en su festividad a fin de acudir a misa y tras ella reunirse en el almuerzo de hermandad clásico de tantas hermandades, al menos en la capital de la provincia.

   En Atienza todavía, al día de hoy, queda el recuerdo del gremio en la calle de la Zapatería, la cual, a pesar de ser rebautizada como de Cervantes, mantiene la memoria del oficio.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 23 de octubre de 2026


HISTORIAS Y MEMORIAS DE LA VILLA DE

ATIENZA

(Guadalajara)

 

Historia, Arte, Literatura, Leyenda, Personajes, Devoción, y más


Historias y Memorias de la Villa de Atienza (Guadalajara), es una recopilación de artículos periodísticos que el autor ha ido publicando en la prensa provincial de Guadalajara, principalmente en el periódico Nueva Alcarria, principalmente entre 2016 y 2026, a través de los que se recogen en extensión aspectos parciales de la historia de Atienza a través de personajes con nombres propios; Leyendas, devociones, historia, etnografía y todo aquello que algo tiene que ver con la población, desde el punto de vista histórico o periodístico.  Un compendio de   páginas que invitan a conocer Atienza, y su entorno, de manera amena, coloquial, entretenida, didáctica…



Historias y Memorias de la Villa de Atienza, el libro, pulsando aquí



Detalles del producto

  • ASIN ‏ : ‎ B0GQ89HMXW
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Longitud de impresión ‏ : ‎ 367 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8249795153
  • Peso del producto ‏ : ‎ 798 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 17.78 x 2.34 x 25.4 cm

viernes, octubre 16, 2026

EN LAS ALTURAS DE BUSTARES, FRENTE AL FUEGO

 

EN LAS ALTURAS DE BUSTARES, FRENTE AL FUEGO

Donde se celebra el Día de la Sierra

 

   Va para cincuenta años que, una mañana con preludios veraniegos, quien esto escribe vio el amanecer camino de las altas cumbres del Alto Rey a lomos de una mula, como la de D. José Ortega, de altas orejas inquietas; cumplía con ello un sueño de quien se sueña relatando los paisajes de la tierra. Atrás quedó la hidalga villa de Atienza y, siguiendo el camino de los praineros unas veces, del río Cañamares otras, y a la aventura las demás, alcancé a llegar, al borde del mediodía, a la entonces pobretona en su aspecto población de Prádena; era la hora en la que los chiquillos salían de la escuela. Entonces había escuela en Prádena y, sin duda extrañados por tan inaudita aparición de quien, a lomos de mula pasaba por allí, me siguieron de punta a punta, como lo hicieron los ojos de quienes, desde los portales, imaginaron que quien viene sin traer nada… Bueno, una señora hizo una de esas preguntas que, en ocasiones, hacen gracia: ¿Vende usted manzanas…?

   Atrochando, con nubes de tormenta amenazando, continuamos, caballería y jinete, hacia Bustares; atrochando también, bajaban de la montaña algunos leñadores, con las mulas cargadas, en busca del refugio de Gascueña; ellos lo avisaron, la nube llegaba…, y llegó. La entrada en Bustares no pudo ser más desairosa, con las calles embarradas y el soñador calado hasta los huesos. En la taberna del tío Gamo, que servía de central de teléfono, la señora Avelina me hizo otra pregunta: ¿vienes de Atienza? Añadiendo la respuesta: “Han llamado de tu casa para decir que te has dejado la cartera”. Y me prestó 300 pesetas, por si tenía que gastar en algo.

   Algo gasté aquella tarde, en la taberna del tío Gamo y en el nuevo bar, que abrió aquella misma tarde sus puertas, con mi amigo Dionisio Vacas Moreno. Ambos nos conocimos cumpliendo con la Patria en el Ejército del Aire, en la base aérea de Torrejón. Junto a la unidad descansaban los “botijos”; los aviones del 404 escuadrón que bregaban en aquellos tiempos contra el fuego.

   Todo aquel entorno era un vergel. La bóveda verdosa de los montes todo lo cubría. Y desde aquellas alturas, la sierra verdeaba, hasta donde la mirada se perdía…








 

Historias del fuego

   Por entonces fue cuando, una tarde, también a las puertas de un agosto de calores, la densa nube de humo que desde la profundidad de la Serranía, por Galve de Sorbe y Aldeanueva, anunció fuego. De madrugada, la juventud de entonces también nos retirábamos a descansar de madrugada, la carretera que desde Atienza conduce a aquellos parajes comenzó a verse transitada por vehículos militares y por quienes tenían algo que ofrecer. El fuego arrasaba la sierra por aquella parte. En un camión, conducido por mi amigo Luis, nos lanzamos a la aventura. Las últimas palabras de su padre parecían premonitorias: “ojo, que las valentonadas se pagan”. Luis siempre fue lo que diríamos “un echado para adelante”.

   En Galve se centralizaban las labores de contención de aquel incendio, que comenzó por el descuido de unos excursionistas que buscaron la profundidad del monte para asarse unas chuletas. En el bar de la carretera, en Galve, se preparaban bocadillos para que los voluntarios pudiésemos llevarnos algo al estómago. Entonces no existían los bomberos forestales, ni mucho menos la UME. Con una patrulla del Icona, a falta de herramientas, fuimos recorriendo pueblos, avisando a la gente que tenían que abandonarlos. Por encima de nuestras cabezas chisporroteaban las pavesas, la ceniza llovía del cielo y en las madrugadas la corona de fuego prendía el entorno. Nadie quería salir de sus casas; dejar sus animales, su pueblo…, y con lágrimas en los ojos, quienes cedían a la marcha lo hacían mirando lo que quedaba atrás. El fuego estuvo activo ocho o diez días.

   Y por entonces fue también cuando, de lo profundo del monte Marojal, de Atienza, mediodía de un sábado ventoso, una columna de humo anunció que el monte ardía. Y sonaron las campanas llamando a rebato; entonces las campanas, en ocasiones semejantes, sonaban a rebato. Alguien dijo por el pueblo que quien había prendido la llama la fuese a apagar; pero el monte ardía y, con los amigos, bajamos presurosos a Cantaperdiz, al cruce de la carretera de Atienza con el antiguo camino real de Soria. El fuego se aproximaba a la carretera, y por allí anduvimos, en esa procuración de que el fuego no avanzase, detrás del alcalde, don Juan Jesús Peces entonces; en un descuido, por una alcantarilla, el fuego cruzó y comenzó a extenderse, como manto que todo lo cubre, tomando rumbo a Cincovillas. Por los altos, donde antaño se ubicó la población de Vesperinas, ardían, como teas, los colmenares…

   Este verano, cuando las noticias del fuego se extendían, llegaron a la memoria aquellas escenas. La hermosura de aquellos paisajes que el fuego consumía. Paisajes que muchos conocimos mozos y ahora se nos perdían.

   La distancia del tiempo hizo que aquellos pinares del entorno de Galve se recuperasen, casi cincuenta años han pasado; y también se recuperaron los robles de Atienza. La escena de los colmenares ardiendo por Vesperinas me llevó a la cabeza las colmenas de Villares de Jadraque, y de mi amigo Fidel Paredes, su alcalde; y me trajo a la memoria la desolación de las gentes obligadas a dejar sus casas, sus pueblos, sus paisajes…, sin saber lo que encontrarían a la vuelta.

   A la vuelta a la tierra, pasado el fuego, una mancha negra, inmensa, se comenzó a tender desde los altos de Hijes y Ujados, Atienza al frente; y asciende hacía la montaña sagrada del Alto Rey, la dobla, baja y sube, y ennegrece un entorno sin igual. Los esqueletos del pinar, del robledal…, asustan. De cuando en cuando, como una aparición, un puñado de verde asoma entre el carbón.

   Sí, seguramente, como sucedió antes, la tierra recupere su hermosura; los de hoy, los de mi edad, ya no lo veremos, y eso duele. Es el dolor de la sierra. Porque los serranos nos hemos ido haciendo mayores, y ya estamos en esa edad en la que muchas, demasiadas cosas, se nos hacen recuerdos.

 

Un día en Bustares

   Mi amigo Luis, aquel con quien llegué al fuego de Galve de Sorbe, murió poco después, a consecuencia de un triste accidente; uno de sus hermanos es portada fotográfica en uno de mis libros; es homenaje al fotógrafo. La tomó Luis Solano Montesinos, que se dejó la vida en aquel otro triste incendio que se llevó la vida de una parte del retén de bomberos de Cogolludo.

   Y mañana subiremos a Bustares, a celebrar que la Sierra sigue viva en sus gentes, con el corazón apretado y las manos tendidas al futuro. No, en Bustares ya no saludaré al tío Gamo, ni a la señora Avelina, que hace casi cincuenta años me dejaron trescientas pesetas, por si había que gastar; tampoco saludaré a mi amigo Dionisio Vacas, con quien compartí almuerzo a la lumbre baja de la cocina de sus padres, que en las alturas, a las puertas del verano, también refresca; Dionisio se marchó pronto, en estos últimos días de junio; aquella noche, la de nuestro encuentro de casi cincuenta años atrás, a Dionisio le tocaba ser vaquero de la vacada comunal, que entonces todavía la había. Las calles de Bustares abrían su panza aquellos días; el agua corriente llegaba a las casas.

   Mañana celebraremos, desde estas alturas que la Sierra es un corazón que siente, que palpita, que vive y que, a pesar de que la mancha negra permanece, los serranos no queremos mirarla, o sí; continuaremos viendo nuestro paisaje, nuestras gentes, nuestros montes, como los hemos visto siempre. Porque si caemos, nos levantamos. No queda otra.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 16 de octubre de 2026







viernes, octubre 09, 2026

JADRAQUE, CIEN AÑOS DESPUÉS

 

JADRAQUE, CIEN AÑOS DESPUÉS

Se cumplen cien años de la apertura de la central telefónica

 

     Don Alejo García Hernando fue tal vez uno de los maestros más populares que tuvo Jadraque a lo largo del siglo XX. A Jadraque llegó en 1913, después de pasar por Budia, y en Jadraque se quedó hasta que su trabajo, en 1933, le llevó a escalar posiciones y pasar a Guadalajara, donde ejerció, a más de como maestro, como Inspector de Primera Enseñanza; y en Jadraque, en el mismo espacio de tiempo, también ejerció de profesora su mujer, doña Lorenza Estremiana, con la que don Alejo contrajo matrimonio, en el mes de marzo de 1914, en Alhama de Aragón, donde entonces ejercía la docencia doña Lorenza, trasladándose a Jadraque al iniciarse el curso de aquel año.

   Don Alejo, en el mes de octubre de 1926, conociendo lo que estaba por llegar, puso a sus alumnos un ejercicio especial, la redacción de lo que ellos suponían que había de ser el teléfono, aquel aparato inventado a finales del siglo XIX del que tanto gustaron mujeres como la reina de Inglaterra o la Emperatriz de los franceses, Eugenia de Montijo.

   Y los alumnos, cumplieron, siguiendo los dictados de don Alejo, que fue presidente de la Asociación de Maestros de la zona y provincia y, también, cumplido corresponsal de prensa, para contar a la provincia lo que ocurría en un municipio que, a la fuerza, consideró como si fuese su pequeña patria natal. Aquí fue también concejal en su consistorio y, si lo hubiese querido, lo habrían votado como primera autoridad municipal cuando el año de 1923 amanecía. Por entonces se esperaba en Jadraque que la construcción de las nuevas escuelas nacionales se iniciase de una vez por todas, y nadie mejor que un maestro al frente del Ayuntamiento, para lograr el fin deseado. Cargo, el de alcalde, que don Alejo rechazó alegando sus años y estado de salud, a pesar de brindarse desde su concejalía para dar los pasos necesarios y allanar, o tratar de allanar los caminos antes las instituciones correspondientes. Don Alejo consiguió que, al menos de forma provisional, se creasen en 1924 las dos escuelas que Jadraque necesitaba con urgencia, una para niños y otra para niñas. El trabajo que impuso a sus alumnos aquel mes de octubre de 1926 consistía en levantar un acta imaginaria sobre la apertura de la Central Telefónica, por cuenta de la Compañía Nacional, que estaba por abrirse en la calle Mayor Baja número 16.

 

Una población en permanente progreso

   Jadraque había dado un importante paso hacia el futuro el 5 de octubre de 1860, cuando quedó abierta la vía férrea que desde Madrid llegaba hasta la villa del Cid, y que posteriormente continuaría hasta los Pirineos.

   A partir de aquella fecha a Jadraque comenzaron a llegar las novedades de la capital del reino; y también llegaron, a través de ferrocarril, los visitantes tanto como los veraneantes; ya que en aquellos lejanos tiempos del siglo XIX, e incluso hasta los primeros años del XX, los veraneantes no buscaban tostarse al sol sobre las arenas de la playa; sino sestear al arrullo de las alamedas circundantes de cauces de agua que, como Jadraque, y gracias al Henares, se lo podían permitir.

   A Jadraque llegó el Tren, y más tarde el telégrafo, la oficina de Correos o la Subalterna de Tabacos, ferias en mayo y septiembre, mercado los lunes, un casino de sociedad de recreo y los atractivos campestres bastantes para ser el punto de reunión de muchas distinguidas familias que, según parece, veranean deleitosamente a las orillas del Henares; que escribiría el famoso Médico y Pediatra don Manuel Tolosa Latour, uno de tantos visitantes.

   Por si todo lo anterior fuese poco, el 30 de enero de 1898, a Jadraque llegó también, como cosa de magia que aguardó con impaciencia el vecindario, la luz eléctrica, que desde la fábrica de harinas de don Antonio Botija, iluminó las noches de la villa.

 

Y el 4 de noviembre, el Teléfono público

   Fue 1926 año de numerosas inauguraciones provinciales, principalmente de escuelas; como para que de alguna manera los provincianos nos olvidásemos de los numerosos problemas que aquejaban al reino. Que, salvo en las grandes poblaciones, pasaban desapercibidos, puesto que a ellas no llegaban los medios de prensa, ni la radio; casi únicos que trasmitían las noticias; al margen de quienes, de forma ocasional, viajaban a las capitales y de ellas traían las novedades.

   Entre los artífices de que el teléfono público hiciese su entrada en Jadraque se encontraron don Santos Sánchez Rodrigo, administrador de la Compañía Telefónica en la zona, y uno de los personajes más activos, en cuanto a promoción provincial, que conoció Guadalajara en este tiempo. Don Santos, junto a personajes como el librero de Miedes, Balbino Cerrada, y algunos más, estuvo en el origen de la exaltación alcarreña a través del Día de Guadalajara de 1928; e incluso fue uno de los fundadores de la Casa de Guadalajara en Madrid, entre otras dedicaciones.

   Sánchez Rodrigo se encontraba entre quienes, aquel 4 de noviembre de 1926, acompañaban al cura párroco de Jadraque, don Lorenzo Heredia Malo, y a su Alcalde, don Ernesto Pérez Sanz quien, henchido de orgullo y satisfacción, tras la bendición del local por parte del Sr. Heredia, y tomando la palabra cedida por don Manuel González, subadministrador comarcal de la Telefónica, invitó al acompañamiento a dirigir la palabra, desde Jadraque, a cualquier punto de la geografía nacional, el corresponsal de prensa en Jadraque, entre los primeros en tomar el teléfono, marcó a la redacción de su periódico, Flores y Abejas, para saludar por vez primera vía telefónica a su director que, casualmente, no se encontraba en las oficinas. El corresponsal no era otro que don Alejo.

   Eran poco más de la cinco de la tarde, comenzaba a oscurecer, pero ello no evitó que el público de la población se concentrase en la calle Mayor para escuchar cómo, desde el interior del local, salían las voces de lata del Alcalde saludando, vía telefónica, al Gobernador Civil o al Presidente de la Excma. Diputación provincial quienes, por aquellos misterios de la vida, a través de unos cables que el mecánico don Francisco Cubero instaló, y que parecían correr de un lado a otro a través de una bien organizada red, ponían en contacto directo a Jadraque con Guadalajara en un santiamén.

   Después la fiesta, el Ayuntamiento invitó a autoridades y asistentes a un tente en pie, vino español o, como de decía en aquel tiempo, lunch, en el establecimiento de don Regino Alonso Rebollo, quien al año siguiente relevó en la alcaldía a don Ernesto. Y, al final, los brindis, en los que la palabra del Sr. Alcalde se alzó por encima de las demás, dando cuenta de que sí, que antes de aquel día ya podían comunicarse de alguna manera con el exterior, pero de muy limitada manera. A partir de aquel Jadraque se encontraba unido al mundo, vía telefónica.

   Se daba una circunstancia para la mayor alegría del pueblo: Jadraque no contaba con el número de vecinos que la Compañía Telefónica exigía para la instalación de la oficina; y tampoco era cabeza de partido, como pedía el Gobierno. Miel sobre hojuelas.

   A partir de entonces, la conferencia, desde la central, llegaría a ser habitual para cualquiera que quisiese hablar con sus familias de más allá.

   A don Alejo, quien recibió el homenaje del pueblo de Jadraque y sus alumnos el 27 de noviembre de 1966, y se le premió con la Encomienda y Medalla de la Orden de Cisneros en 1959, tanto como a sus alumnos, les resultaría inimaginable el conocer que, cien años después de aquello, cualquiera, desde Jadraque, pueda conectarse con cualquier lugar del mundo, a través de un aparto, telefónico, guardado en el bolsillo, y sin cables ni zarandajas…

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 9 de octubre de 2026


JADRAQUE, CRÓNICAS DE UN SIGLO

JADRAQUE, CRÓNICAS DE UN SIGLO


Fue, y sigue siendo Jadraque, uno de los pueblos más significativos de la provincia de Guadalajara, en parte debido a su impresionante castillo, titulado del Cid, levantado sobre lo que ha sido definido como “el cerro más perfecto del mundo”, entre otros por don José Ortega y Gasset, quien en Jadraque, junto a su padre, don José Ortega y Munilla, pasó parte de su infancia en la década de 1880.

La historia de Jadraque ha sido ampliamente tratada en sus aspectos generales por numerosos autores, que han dado a la imprenta títulos como “El Libro de Jadraque”; la “Historia de Jadraque y su Tierra”, “El castillo de Jadraque”, etc.

En ellos se ha tratado la historia desde los orígenes de la población hasta el presente, pasando por alto las noticias que hacen referencia a la población en general, a la gente cercana,  en los tiempos cercanos, que es de la que se ocupan estas “Crónicas de un siglo”, que en realidad es algo más de un siglo, casi dos, puesto que nuestras historias comienzan en 1807, con el informe jadraqueño del botánico Esteban Boutelou, y concluyen con la muerte del poeta José Antonio Ochaíta, el poeta que más relumbre dejó en la provincia de Guadalajara a lo largo del siglo XX.

Tres son los volúmenes que se  dedican a reseñar las crónicas de este tiempo, puesto que la base de estos libros son las crónicas escritas en prensa, revistas y publicaciones, en torno a Jadraque. Crónicas que nos dan cuenta de cómo ha ido transcurriendo la  vida de la población; la de sus habitantes; los sucesos grandes y pequeños; sus festejos; los de sus vecinos…

Cerca de mil páginas las que nos retratan el cambio que ha ido experimentando la población desde que el referido Boutelou nos pintase las tierras de Jadraque como uno de los pueblos más míseros que ha conocido, hasta la actualidad, en que se ha convertido en uno de los más representativos de la provincia de Guadalajara.

Trata el primer volumen los años que median entre 1807 y 1898. Los años de la Guerra de la Independencia; de las Guerras Carlistas; de la llegada del tren y todo lo que aquello supuso para la población, con la presencia en su estación de príncipes y reyes; y lo que aquello supuso para los cambios futuros: desde ser una de las primeras poblaciones en contar con iluminación eléctrica, hasta convertirse, tras pasar por una de las mayores calamidades posibles, la epidemia de cólera de 1885 que prácticamente diezmó la población, en un centro vacacional que reunió en sus calles a una parte importante de industriales madrileños. Un volumen por el que pasan nombres como el conde de Fabraquer, Bretón de los Herreros, Mariano José de Larra, Ortega Munilla, Micaela Silva... y tantos más.



Nos introduce el segundo volumen en la primera mitad del siglo XX, a través, principalmente, de las crónicas de quien fuese farmacéutico de la población don Jacinto Abós. Años que van desde 1899, cuando el pueblo de Jadraque adquiere el ruinoso castillo de los Mendoza, hasta que por Jadraque, de regreso a sus provincias, pasan los miembros de la Generalitat de Cataluña que meses antes habían proclamado la República Catalana, y fueron detenidos y llevados a Madrid, para ser después indultados. Comienzan en este volumen, las noticias de las gentes, y los apellidos, de las familias que han llegado hasta el día de hoy.



El tercer volumen, que comienza en 1939 y concluye en aquel nefasto mes de julio de 1973, con un epílogo que conduce al siglo XXI, nos habla de la recuperación de Jadraque tras los desastres de la guerra. De la reconstrucción de sus monumentos, de su castillo, de sus fiestas, de sus gentes, de sus personajes…




El conjunto de las tres obras es un compendio de la historia de Jadraque, por descubrirse, y necesaria, que pone al día la historia  de un pueblo por los que pasan sus  festejos, sus tradiciones, sus gentes; el ayer que ha conducido al hoy. Tres libros que se leen como si fuesen una novela de aventuras, puesto que la historia que se cuenta es toda una aventura. La del ser, y el haber sido de esta gran población.