ROMERÍA A LA VIRGEN DE MONTESINOS, EN COBETA
Conocida como de las Siete Banderas
Dos ermitas llegó a tener Cobeta en el
transcurso de su historia, la dedicada a San Antonio de Padua, con fiesta
principal en la villa al igual que lo sería la de la Virgen de las Candelas, y
la dedicada a Nuestra Sra. de Montesinos, o del Montesino, levantada en sus
orígenes en el siglo XVI a consta de los señores de la Villa, quienes se
erigieron en patronos de la fundación.
El nombre de Cobeta tiene su origen en el
castillo que se alzó dominando la población. Castillo que, sin duda, nació en torno a
alguna de las torres que servían de vigía en tierra de fronteras. Antes de que
Manrique de Lara fuese señor de Molina y por ende de Cobeta, señorío que pasó a
las monjas de Buenafuente y a ellas se lo arrebató, junto a su tierra vecina del
Villar, La Olmeda, Torrecilla y algunas más, la fuerza bruta de Íñigo López de
Tovar, que fue en el sigo XV hombre de armas tomar.
Su historia es densa, la de Cobeta y la de Íñigo López de Tovar en el
transcurso de aquellos siglos y reinados, hasta que llegaron al trono los Reyes
Católicos quienes siguieron el camino emprendido por sus antecesores, en aquello
de no ganarse más enemigos de la cuenta, puesto que los López de Tovar fueron
gentes de mucho rango, por ello sus católicas altezas legalizaron la situación
y dejaron a las monjitas sin sus tierras que a partir de aquí pasaron de mano
en mano a través de los López de Tovar. A cambio, a las monjitas les dieron las
de Ciruelos del Pinar, para que no lo perdiesen todo, mientras que el señorío
de Cobeta, que siempre presumió de ser tierra independiente del Señorío
molinés, pasaba en tiempo de los católicos monarcas a Mencía de Tovar, casada
ella con un Estúñiga, entroncando el señorío de Cobeta con el marquesado de
Baides, a las orillas de Sigüenza. Ellos, los Estúñiga, erigieron en los
primeros decenios del siglo XVI la famosa ermita de la Virgen de Montesinos, en
la que colocaron sus armas, haciéndose como decimos patronos del santuario.
Quien dio el paso fue Diego López de Estúñiga, hombre de rara virtud y vida
ejemplar, como lo definió Alonso López de Haro en el siglo XVII.
Claro que, con tantas torres, castillos y palacios a los que atender,
los Estúñiga, tiempo más adelante condes de Salvatierra, dejaron olvidado el
torreón de Cobeta que, poco a poco se fue perdiendo hasta quedar en lo hoy
conocido: la hidalga torre que se yergue señorial sobre lo que fueron sus
extensos dominios, en paraje sin igual.
La Virgen y el moro Montesinos
La ermita o Santuario de Montesinos se alzó
en torno a una de las numerosas leyendas de aparición mariana en la tierra
molinesa surgidas a lo largo del lejano siglo XII, entroncada con el
desaparecido castillo de Alpetea. Castillo al que va unida la leyenda que se
inicia en torno a 1140, cuentan las crónicas antiguas, cuando Manrique, primer
señor de Molina, batallaba con los moros de Cuenca. En aquel tiempo era señor
de estas tierras y castillo de Alpetea un tal Montesinos, señor de guerra por
aquellos términos, a quien conforme continúa la leyenda, temían por los
contornos sus moradores, a los que aterrorizaba, tanto como a la comarca con
crueldades sin cuento, robando rebaños, incendiando campos o poniendo a los
moradores de las aldeas próximas contribuciones impagables que los harían
recurrir a los poderes sobrenaturales, pidiendo el milagro con los ojos puestos
en el firmamento.
No pocos de quienes habitaron esta tierra
optaron por dejarla atrás, en busca de aposento y vida más segura, fuera de los
confines dominados por Montesinos: “…hasta el punto de dejarla poco menos
que desierta”.
Las preces de quienes fueron quedando,
finalmente, fueron escuchadas, ya que cierto día una pastorcilla se metió entre
unos breñales y buscando algunas ovejas descarriadas tendría la dicha de
hallarse con una extraña imagen que no tardó en reconocer como la Virgen María.
Otras versiones de la misma leyenda nos dicen que no fue la pastora, sino el
perro que la acompañaba el que lanzó sus ladridos al encontrarse aprisionado
entre unas peñas, de las que lo rescataron los aldeanos vecinos y sintiendo
que dentro sonaba como hueco, hicieron espacio para poder entrar una persona.
Encendidas luces por ser aquello muy oscuro, hallaron en la peña una capilla
rodeada de poyatos, algunos cascos de botijas quebrados, carbones y muchos
huesos de hombres muertos. Entre tantos restos había una calavera tan grande
que dos hombres juntos no podrían llegar a tal. Las cuencas de los ojos tan
enormes que se podía introducir el puño de un hombre. Sin duda debió de
pertenecer, pensaron, a algún gigante, que bien podría haber sido de aquel moro
Zafra que había muerto por allí cerca…
La
otra leyenda dice que la Virgen ordenó a la chiquilla ir a buscar al moro
Montesinos y lo trajeses a su presencia, curando a la pastorcilla a modo de
carta de naturaleza del milagro de la aparición, cierta lesión que desde su
nacimiento la acompañaba en un brazo; por lo que, al verla, y conociéndola, el
mal moro no dudó de la veracidad del suceso; siguió el camino que la niñita le
indicó y llegado al lugar la aparición mariana volvió a repetirse para pedirle
a Montesinos su conversión, al tiempo que le ordenaba que, en aquel lugar,
levantase santuario, lo que hizo; tornando al fin a los aldeanos comarcanos la
paz.
La romería de Montesinos
Año a año, solo Dios sabe desde cuándo,
acudieron los vecinos del entorno de Cobeta a la ermita o santuario de
Montesinos. En la actualidad la romería general se celebra el sábado anterior
al Domingo de Pentecostés, y tiene el honroso apelativo en algunos lugares de “Fiesta
de las Siete Banderas”, “o de las siete cruces” por los pueblos que
acuden y acudieron con sus cruces parroquiales y pendones, Cobeta, Torremocha
del Pinar, Selas, Anquela del Ducado, Aragoncillo, Olmeda y Villar de Cobeta,
sin que falte la visita a la patrona a lo largo del año.
El día de
la fiesta suena la música y goza el entorno de un ambiente festivo, como sólo
esta tierra sabe añadir a su entorno; con un señorío digno de contemplación, y
de ver cómo van apareciendo en el paisaje, con sus cruces parroquiales, que
como describiese el etnógrafo López de los Mozos entrechocan en señal de
fraternal saludo y buena vecindad, las devotas y sencillas gentes de esta parte
del entorno molinés; dando también, como la tradición pide, siete vueltas al
entorno de la ermita, aquella que alzase primigenia el moro Montesinos y los
Estúñiga reconvirtieron. Acuden a pedir y agradecer, como sucedió cuando en los
inicios de junio de 1847 rogaron agua y… “Cuando tenía lugar la religiosa
función, hacía un calor excesivo; infinita era la concurrencia, e innumerables
los niños a quienes el excelente predicador don Manuel Estremera, cura de esta
villa, les preguntó en medio de su entendida y patética oración: ¿Qué pedís a
la Virgen? Agua, agua, con inocentes y continuados clamores y sentido lloro
general, fue la contestación al inspirado ministro del altar. Agua, agua
sobrada cayó del cielo a las dos horas de concluida la rogativa, que
completamente mojados llegaron a sus casas los de los pueblos inmediatos, y aun
los de esta villa, apenas dejaban a su milagrosa Virgen…”
Y es que, como diría Francisco Checa, su
último santero: Todos tenemos nuestra historia, pero los que tenemos más años,
tienen más historia.
Tomás
Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/
Guadalajara, 8 de mayo de 2026
HISTORIA DE COBETA (Guadalajara)
Historia de Cobeta, en texto y crónicas
Las llamadas Sierras del Ducado de Medinaceli y de Molina, confundidas, inician su declive hacia el sur buscando el hondo valle del Tajo, arañadas por barrancadas profundas de abruptas laderas que coronan agudos peñascos calizos. Allí donde las cuestas se suavizan, el arado las ha ido adornando con el mosaico de las pequeñas propiedades labradas; en las estrechas vegas, los hortales ponen su nota haya por la primavera en el paisaje adusto, mientras los cuestarrones pendientes o las redondeadas lomas, se visten con el ropaje gris de las encinas centenarias, cuando no con el verde de los pinares espesísimos que llegan por un lado a Mazarete, por el otro pasan a través de la sierra de Molina, cruzan el Tajo e invaden la de Cuenca.
La carretera que partiendo de Alcolea del Pinar cruza en la Riba de Saelices a la que va de Cifuentes a Mazarete, sigue por la hondonada del río Salado hasta el Ablanquejo, trepa a la izquierda hasta ganar la altura de los cerros circundantes, se aproxima al monasterio de Buenafuente, vuelve a retorcerse siempre subiendo entre encinares, hasta llegar a Cobeta, cuyo pueblo se recuesta en la falda meridional de un cerrillo asomándose al arroyo Arandilla que diez kilómetros más allá vierte en el Tajo su escaso caudal.
F. Layna Serrano
Castillos de Guadalajara, 1933
HISTORIA DE COBETA, el libro, pulsando aquí
SUMARIO:
-I-
COBETA
Pág. 9
-II-
Intermedio histórico de la tierra
Pág. 25
-III-
El devenir histórico de Cobeta
Pág. 41
-IV-
Cobeta, Siglo XVIII
Pág. 63
-V-
El Siglo XIX
Pág. 83
-VI-
El Patrimonio Histórico y el folclore
Pág. 129
-VII-
Santos López Pelegrín; Abenamar
Pág. 141
Apéndices
Descripción Geográfica de la Villa de Cobeta
Pág. 155
El libro:
- ASIN : B0CKB5HYY2
- Editorial : Independently published
- Idioma : Español
- Tapa blanda : 164 páginas
- ISBN-13 : 979-8863241890
- Peso del producto : 272 g
- Dimensiones : 13.97 x 1.07 x 21.59 cm
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