viernes, agosto 14, 2026

PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA DEL AGUA

 

PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA DEL AGUA

El embalse cambió el futuro de la población

 

   El 17 de julio de 1870 el diputado D. Estanislao Suárez Inclán tomó la palabra en el Congreso de los Diputados para hablar en nombre de los vecinos de Pálmaces de Jadraque a quienes, como a tantos otros españoles, preocupaban no sólo la situación que en este tiempo se vivía en España, inmersa en guerras y revoluciones, las habituales que acompañaron el siglo XIX. Para entonces España se encontraba en el abismo de la tercera Guerra Carlista, después de haberse iniciado el siglo con las que se siguieron contra Francia, y algunas más; y de haberse vivido unas cuantas situaciones que no solo empañaron la vida de los españoles, sino que, en muchos casos, los condujeron a la miseria. En aquel tiempo en el que los vecinos de Jadraque se dirigieron al Sr. Suárez Inclán, España buscaba rey, que lo encontraría en D. Amadeo I de Saboya. D. Estanislao pidió la palabra y, una vez en su uso, se dirigió a los congresistas diciendo:La he pedido para presentar a las Cortes una exposición de considerable número de vecinos de la villa de Pálmaces de Jadraque, provincia de Guadalajara, pidiendo a las Cortes se sirvan coronar la obra constituyente eligiendo Rey de España a una persona de talento, energía, independencia de fortuna, estirpe regia, y que haya probado contribuir al triunfo del alzamiento nacional”.

   Gobernaba el municipio don Hilario Andrés, quien continuaba en el cargo un año después, cuando también desde Pálmaces se solicitaba al Congreso de los Diputados que se nombrase rey de España a don Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, casado con la Infanta Luisa Fernanda de Borbón, considerado como uno de los personajes más intrigantes de la España de aquel tiempo, cuya ambición le llevó a pretender reinos tan lejanos y extraños como el del Ecuador, y cuyas intrigas llevaron de alguna manera al exilio a su cuñada, la reina Isabel II, encontrándose igualmente tras las que llevaron a la muerte al Jefe de Gobierno, General Prim, y que perdió todas las opciones al trono tras uno de los sucesos más significativos de aquellos días, el duelo a muerte que mantuvo con su primo don Enrique de Borbón, duque de Sevilla, quien también pretendiente al trono de España, ofendió al de Montpensier a través de algunos folletos, siendo retado al duelo en el que murió el 12 de marzo de 1870 en las cercanías de Madrid. Tal su genio.

   No sería la única acción que por estos años tendría Pálmaces de Jadraque ante la política española. Unos años antes de la proposición al trono del duque de Montpensier, los vecinos de Pálmaces firmaron, junto a otros muchos municipios españoles, una carta dirigida a los diputados del reino con motivo de la Revolución de 1868, en la que La Junta Superior de la Asociación de Católicos, presidida por el marqués de Viluma y el conde de Orgaz, pedían “a las Cortes Constituyentes se sirvan decretar que la Religión Católica apostólica romana, única verdadera, continúe siendo y será perpetuamente la Religión de la nación española, con exclusión de todo otro culto, y gozando de todos los derechos y prerrogativas de que debe gozar según la Ley de Dios y lo dispuesto en los sagrados cánones”. La petición por parte de Pálmaces la suscribían, junto a los miembros del Ayuntamiento, alrededor de doscientos cincuenta vecinos más.

   Y hace poco más de cien años, según nos contó el entonces profesor de Geografía don Alberto Blanco, Pálmaces era, además, a ojos de aquel hombre, la meca universal del esgrafiado. Tanto y gratamente le impresionó lo descubierto que lo lanzó al mundo del conocimiento arquitectónico el 13 de julio de 1919, dando cuenta de que: “Muchas de las casas de este pueblo tienen las portadas de sus casas, de tejas a zócalo, adornadas de figuras de animales, de plantas, de frutos, de utensilios comunes y de líneas curvas sinuosas. Estas figuras están utilizadas convencionalmente y las que más abundan son las de pájaros, peces, serpientes, ramas, cubos, etc. Algunas son tan caprichosas como una cigüeña con cuatro patas y un pico como de pelícano”.

   Había descubierto el esgrafiado de uno de nuestros pueblos. Un arte que por esta parte de Guadalajara entra por la provincia de Segovia a través de Grado de Pico, recorre ambos márgenes del antiguo Camino Salinero de Castilla; se ramifica a través de las poblaciones aledañas a Sigüenza y continúa hacia el Alto Tajo, no sin antes dejarnos en uno de los últimos pueblos de la raya de Guadalajara con Teruel, Prados Redondos, algunas de las más espléndidas muestras de un arte en proceso de extinción.

 





Pálmaces, una población industriosa

   Pálmaces era por entonces una industria población; alejados los tiempos en los que fue simple aldea de la tierra de Jadraque dependiente del condado del Cid y del ducado del Infantado, luego de haber pasado por la tierra de Atienza y las posesiones de Gómez Carrillo.

   La minería, con la cercanía a la capital de los sexmos del Henares y del Bornova, Jadraque, dotaban a la población de un encanto especial para los inversores. Por aquí, por Pálmaces, comenzándose a agotar los filones de plata de Hiendelaencina y alrededores, se buscaban nuevos metales siguiendo las inversiones que dos o tres decenios atrás iniciase el Sr. Cura párroco, D. Galo Vallejo, socio en su tiempo de los promotores de Hiendelaencina, de Górriz, Orfila o Ignacio Contreras; al tiempo que comenzaba a hablarse de las ventajas que proporcionarían las aguas de un pantano o embalse que por aquel tiempo comenzaba a flotar en la idea de algunas mentes prodigiosas. Todo ello hacía que la población creciese, de tal manera que incluso se unió para adquirir al Estado la Dehesa, que costó 59.000 pesetas de las de 1904. Cuando la población rondaba los quinientos habitantes, que todavía subirían un poco más con los obreros que comenzaron a llegar para llevar a cabo las obras del embalse dicho. Obreros que, como desde al menos el siglo XVI, celebraron en Pálmaces las festividades de San Roque y Santa Quiteria.

  El pantano estaba llamado a resolver las crecientes necesidades de agua de los regantes del Canal del Henares. El 2 de febrero de 1930, con el proyecto ya prácticamente concluido, don Fernando Palanca, presidente de la Comunidad de Regantes, dará cuenta de lo que se esperaba de él, así como de los beneficios y progresos que reportaría al pueblo de Pálmaces, indicando que: “El Patriotismo de los vecinos de Pálmaces no necesita acicates. Sabemos y es muy de lamentar que las mejores tierras de la vega de Pálmaces tienen que ser expropiadas… Pálmaces encontrará la compensación en la construcción del camino vecinal, tan necesario para el pueblo, y en la abundancia de jornales que una obra de este calibre les ha de proporcionar…

   Poco después comenzarían las obras, que interrumpiría la Guerra Civil de 1936, reanudándose a partir de 1940 y quedando apto para el servicio tras su inauguración oficial el 28 de junio de 1954. A partir de aquí la emigración sería una constante hasta llegar a nuestros días, muy a pesar de que el espejuelo del agua atrae, verano a verano, a no pocos de los que marcharon, como atrajo a un nuevo vecindario que se asoma, a las caídas de la tarde, al remanso de aquellas aguas en las que se parecen reflejar los picachos de las próximas serranías del Alto Rey de la Majestad, como señalaron los responsables de Pálmaces en el siglo XVI.

   Y es que, bien mirado y si se busca, todo tiene su encanto.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 14 de agosto de 2026


 UN LIBRO SOBRE PÁLMACES DE JADRAQUE

PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA



   Por vez primera suena en la historia el nombre de Pálmaces de Jadraque (Guadalajara) con motivo de las incursiones cristianas en tierras árabes, en los primeros decenios del siglo X. Después de que la invasión del año 711 dominasen completamente la hoy provincia de Guadalajara, creándose por estas tierras una especie de línea defensiva ante las incursiones provenientes desde el Norte; desde la frontera del Duero tras la que se encontraban los reinos cristianos.






   Una red de torres y castilletes levantada entre el Duero y el Tajo formaba igualmente una especie de línea defensiva, a la vez que eran utilizadas las torres como puntos de vigilancia y aviso desde los que controlar al enemigo y anunciar unas a otras las incursiones las sucesivas incursiones, que hubieron de ocurrir desde poco después de que los reyes godos fuesen empujados a sus refugios norteños, desde los que iniciaron la larga e interminable reconquista de las tierras perdidas.

   Al día de hoy Pálmaces es uno más de los muchos pueblos que permanecen prácticamente deshabitados a lo largo del año. El Pantano de su nombre forzó de alguna manera la emigración. No obstante, antes y después tuvo cosas que contar, quizá no sean demasiadas las que se recogen a lo largo de las páginas siguientes. Probablemente sirvan para que se recupere su larga  historia, no se pierda su memoria y tengan las futuras generaciones el recuerdo de lo que fue la tierra de sus mayores.






Sumario:

-I-
Pálmaces, el marco geográfico
Pág. 9

-II-
El Arte, en Pálmaces
Pág. 17

-III-
Pálmaces en la Historia
Pág. 27

-IV-
La Reconquista
Pág. 33

-V-
La Tierra y Sexmos de Jadraque
Pág. 39

-VI-
La Edad Moderna
Pág. 45

-VII-
Pálmaces y los Diccionarios
Pág. 53

-VIII-
Pálmaces en el Siglo XIX
Pág. 59

-IX-
Pálmaces en el Siglo XX
Pág. 73

-X-
Pálmaces 1936/1945
Pág. 87

-XI-
Pálmaces
Pág.96

viernes, agosto 07, 2026

NAHARROS DE ATIENZA Y SU MAESTRO POETA

 

NAHARROS DE ATIENZA Y SU MAESTRO POETA

Que describió en verso la fiesta del lugar

 

   Naharros, o para mejor distinguirla de otras de las numerosas poblaciones que se denominan de la misma manera, Naharros de Atienza, se tiende en uno de esos ángulos de la Sierra Norte que quedaron alejados de cualquier parte del mundo. Desde allí, desde Naharros, asomando un poco la cabeza se atisban a ver las torres de Atienza, que dominan el paisaje por completo, y desde Naharros, el río Cañamares que pudo seguir en su destierro el Cid Ruy Díaz, debió de ir abriendo paso al Barranco del Hierro, que conduce a Hiendelaencina. Esta es tierra oscura, de pizarra negra, por donde la minería hizo de las suyas en el siglo XIX. Ahora otro tipo de minería se va comiendo, como si de un flan azucarado se tratase, las montañas que median entre la villa de la tierra, y Naharros. Por encima del altillo de Cerro Pozo ha cambiado el paisaje y la montonera de grava que empezó a salir de aquellos cerros en la década de 1960, y lo continúa haciendo, ha devorado ya los salientes y mudado el entorno, como el paisaje va cambiando con disgusto de quienes a diario lo miran y respiran.

   Cuando aquello no ocurría, cuando las máquinas no quitaban al monte nada de lo que no fuera suyo, a Naharros y su entorno lo cantaban los poetas; desde aquí firmó Gerardo Diego su incomparable “Atienza de los juglares, alto navío de ruinas…”, que lo era en aquel 1927 de la historia; y para las gentes de Naharros escribió, o describió, el entorno de la fiesta del pueblo, por San Roque, Modesto Manzanero Gismera: “Queridos padres y hermanos, y amigos en general, con cariño les saludo, en esa festividad…

 


Naharros de pizarra negra

   Cosa de ver, era hace cincuenta o sesenta años Naharros, cuando la pizarra negra cubría como boina eterna las techumbres de sus casas al deslizarse manso el coche de línea, dejándolo a un lado, con su aspecto pobretón, tras el paso del vehículo por la sin par Hiendelaencina al dirigirse a Atienza que, ya por esos años comenzaba a espabilar en cuanto a reconstrucciones se trataba. Mientras Naharros se mantenía como estampa del tiempo pasado; con la puerta abierta a una marcha incesante de sus habitantes, que iban dejando el rastro de su partida a través de las puertas y ventanas cerradas de sus casas que el tiempo fue llenando de heridas, de zarzales arañando sus paredes primero, y desgarrones de los muros y tejados después; hasta que llegó la hora de alzar la cabeza, coser los rasgaduras y volver a mostrar con aquella hidalguía que debió de tener cuando por aquí se fueron aposentando sus primeros pobladores, que debieron de venir, como tantos más, de las tierras norteñas.

   Naharros, o Narros, es nombre un tanto corriente en pueblos castellanos, fundados después de la reconquista de esta parte de la tierra por 1085, cuando Navarra, el origen de los pobladores de estos, también era Nafarra y, como nos dejase escrito don Antonio Llorente Maldonado, siguiendo las líneas de don Claudio Sánchez Albornoz: “se habían generalizado los nombres de Nafarra, Navarra, y nafarros, naharros o navarros”. Añadiendo que: “estos nombres de lugar de origen étnico o gentilicios, se deberían a repobladores navarros que llegarían a la Extremadura castellana y a la leonesa “tal vez bajo el reinado de Alfonso I de Aragón. Y, de aquí, los Narros, Naharros, Naharrillos, Nafarrillos, Navarrillos…

   Naharros (de Atienza) no fue nunca entidad de subido número de habitantes, puesto que desde que se tiene memoria censal no pasó por mucho del centenar; en ocasiones llegó hasta los ciento veinte y, poco más; unido desde la década de 1840 al municipio de La Miñosa, siendo anejo de este, con algunos otros de vecindad paisajística. Aún así, siempre tuvo su encanto, su historia y su iglesia de San Juan Bautista, como el municipio, aneja de la de La Miñosa. Iglesia que llegó a contar con una buena imagen mariana, de época románica; y cruz procesional de Mateo de Valdeolivas, tallada en plata en plena apoteosis del barroco; cofradías dedicadas a la Virgen del Rosario y a la Vera Cruz; y fiesta grande por San Roque.

 

Modesto Manzanero Gismera, maestro y poeta

   Modesto Manzanero Gismera, maestro que fue, natural de Naharros nació en los últimos años del decenio de 1880, hijo del matrimonio compuesto por Pedro Manzanero Somolinos y Nicanora Gismera Pérez, ambos naturales de Naharros, en donde Modesto fue bautizado en su iglesia parroquial de San Juan Bautista, llevando a cabo sus estudios, de Magisterio, en Guadalajara. Los concluyó al final de la década de 1910. Este año aspiraba a que se le concediese plaza como interino en algún pueblo cercano al suyo, en tierra de Atienza, aunque la mala suerte le alejó un tanto, pues se le concedió la escuela interina de Anquela del Ducado. De Anquela pasó a Sigüenza; de aquí regresó a Naharros, antes de partir para Paredes y seguir hacia Cardeñosa, hacer un alto en Hijes y marchar a Trillo; todo ello entre 1910 y 1912; en ese calvario viajero que tenían que seguir en este tiempo los maestros que no disponían de plaza fija en ninguna parte, y tenían que aguantar las idas y vueltas de numerosos ayuntamientos para los que el maestro, más que hombre de saber que mostraba el camino a los futuros descendientes de las poblaciones respectivas, era más que otra cosa un enemigo del pueblo, ya que sacaba a los chiquillos del trabajo, por más que les diese letras.

   De ello se quejó Modesto Manzanero, como lo hicieron multitud de docentes de aquel tiempo a través de la prensa a ellos dedicada; Modesto Manzanero fue habitual en las páginas de semanarios como La Orientación, a través de los que dejó retazos de sus traslados: “He solicitado cuantas vacantes se anunciaron en las provincias de Guadalajara, Madrid, Toledo, Soria, Ávila, Segovia, Zaragoza, Teruel y Valladolid y todas se han provisto antes de llegar a mi número. ¿No es esto para clamar al cielo? Cuatro años hace que estoy en este destierro… y sin poder salir de él. Como pensaba volver pronto a mi país (Guadalajara), dejé allí los cuatro muebles que tenía y esta es la fecha que ni he vuelto, ni se cuándo volveré. Lo que sí sé es que encontraré mis muebles ya podridos…” Escribía desde Lugo, a donde le mando el destino, en 1919; casado ya y padre de familia. Se le había adjudicado entonces la escuela de Peñalén, tras la renuncia de su maestro, pero hechas las maletas, el de Peñalén volvió sobre sus pasos y se anularon los sueños. Dejó definitivamente Lugo en 1923 y dos años después, en 1925, alcanzó su sueño: ser maestro de la escuela de su pueblo.

   Antes de ello, en 1921, dejó escrito su poema en torno a Naharros y sus fiestas, con esa alegría del mozo que parte a horizontes lejanos y añora la tierra madre:

 

Ruego a Dios paséis la fiesta,

buena, buena de verdad,

por arriba, por abajo,

por delante, y por detrás…

 

   No todo fue bueno en su vuelta a Naharros; primero llegó la muerte de su esposa; después la guerra; más tarde el pensamiento de que sus ideas no eran buenas para la chiquillería, lo que le llevaría a la inhabilitación en sentencia de juicio en Consejo de Guerra…

   Aventuras y desventuras de un maestro de pueblo en tiempos duros; que se despidió con alegría de sus paisanos, los mismos que celebraban la fiesta de San Roque, sin él: “un abrazo para todos, que les mando en general…”

  

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 7 de agosto 2026


NAHARROS DE ATIENZA

 

 NAHARROS; en Tierra de Atienza

 

   Los tres diccionarios de consulta para los pueblos de Guadalajara, publicados en el siglo XIX, el de Sebastián Miñano de 1827, Pascual Madoz de 1848, así como el Nomenclátor de la Diócesis de Sigüenza de 1886, hablan de Naharros con parquedad, si bien los tres coinciden en algo, en que “se halla situado en terreno áspero, con clima frío y excelente ventilación”.  

   No son muchos los datos históricos que se ofrecen, salvo el número de sus habitantes, o vecinos: 40 según el Nomenclátor, que equivaldrían a unos 120 habitantes; 137 cuenta Miñano que tenía en 1827 y en torno a los 100 son los que pone Madoz. Los tres señalan que depende del municipio de La Miñosa; y en cuanto al nombre igualmente le dan distintas acepciones: Narros para el Noménclator; Naharros para Miñano y Madoz.   


NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)

   En cualquier caso aclaremos un extremo: Naharros, como tantas otras poblaciones, ha cambiado mucho desde aquellos remotos tiempos a la actualidad. Un simple vistazo a su caserío nos lo muestra, si bien ha perdido algo de su identidad; hasta la década de 1960 era conocido en la comarca como “el de los tejados de pizarra”, cuando todavía no estaba descubierta la ruta de los pueblos negros y Naharros era uno de tantos, si bien algo alejado de aquellos, al pie de la carretera que desde Atienza conduce a Hiendelaencina, en un paraje de excepcional belleza, a pesar de la pobreza y aridez del terreno.  

   Su origen hay que buscarlo en las repoblaciones que se llevaron a cabo en Castilla tras la conquista de Toledo, avanzado el año 1100, y el topónimo del nombre ya nos da a entender quiénes fueron sus pobladores, originarios del entonces reino de Navarra, probablemente llegados a estas tierras, como tantos otros repobladores de la Vieja Castilla, atraídos por las exenciones de Alfonso VI y Raimundo de Borgoña.     

 

NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)

 

   Son muchos los estudios sobre la toponimia vasca en Castilla llevados a cabo a lo largo del siglo XX, y algunos señalados, como los Salvador de Madariaga o  Antonio Llorente Maldonado de Guevara, en los que se profundiza en la materia, dando cuenta de cómo, el origen del nombre, así como sus primitivos pobladores, llegan de aquella zona, anteriormente reino de Pamplona, así como de la multitud de poblaciones que, en Castilla, llevan un nombre semejante: Narros, Naharros, Narrillos, Naharrillos, etc., la mayor parte de ellos pertenecientes, al día de hoy, a las provincias de Avila, Segovia, Salamanca, Cuenca y, por supuesto, nuestro Naharros de Guadalajara.

 

NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)

 

   Algunos autores aseguran que esta repoblación de navarros al otro lado del Duero se produjo a partir de la batalla de Las Navas de Tolosa.

lunes, agosto 03, 2026

UN ECLIPSE DE SOL, ENTRE ALMAZÁN Y SIGÜENZA

 

UN ECLIPSE DE SOL, ENTRE ALMAZÁN Y SIGÜENZA

El que tuvo lugar el 30 de agosto de 1905

 

   Fue el año de gloria de 1905, para la provincia de Guadalajara, uno de los que se marcan con líneas de colores en los calendarios; año en el que los eventos de todo tipo se prodigaron por lo largo y ancho de nuestro territorio, aderezados con el singular acontecimiento de celebrarse el tercer centenario de la publicación de la más que celebrada obra de Miguel de Cervantes, “Don Quijote de la Mancha” que, en numerosas poblaciones, cambió incluso el repertorio callejero, como sucedería en Atienza, donde una de sus principales calles, la de la Zapatería, antigua Mayor, pasó a denominarse: “de Cervantes”; poco después de que, hasta Atienza también, y procedente de Somolinos, en el mes de marzo de este mismo año llegase la electricidad. En este mismo año, el pintor Joaquín Sorolla retrató de cuerpo entero a la segunda mujer del hombre más poderoso de la tierra de Molina a través de las resineras, don Calixto Roríguez; mientras don Elías Bartolomé y Gil, hábil industrial de la ciudad de Sigüenza, registraba el 20 de noviembre de este particular año, en La Raposera de Sigüenza, un pozo de petróleo; también hubo nacimientos, como el que el 8 de agosto tuvo lugar en Jadraque, donde vio la luz del mundo nuestro poeta más cantarín, José Antonio Ochaíta, hijo del maestro de la localidad; y si de maestros y escuelas hablamos, digamos que en este año de 1905 desapareció la escuela de Casillas de Atienza devorada por el fuego; sucesos hubo, como el que causó la muerte en Cifuentes al famoso ermitaño Bibiano Gil, el 21 de febrero de ese año; poco después, el 19 de marzo, por vez primera que se tenga memoria, llegaban a Majaelrayo, algunos excursionistas de la Sociedad Pedad Madrileña; el 18 de junio quedaban inauguradas, en la calle del Horno de la Mata, de Madrid, las aulas del Centro Alcarreño, precursor de la Casa de Guadalajara; a la capital de la Alcarria accedía como alcalde don Ángel Campos García; el 11 de enero los jueces confirmaban el “error judicial” de Mazarete, por el crimen que nunca ocurrió y, claro está, el 30 de agosto… el eclipse.

 




La maestra de las estrellas

   Una de las personas que más entendió de eclipses y de todo lo que tiene algo que ver con el universo, allá por los últimos años del siglo XIX e inicios del XX, fue Isabel Muñoz-Caravaca y López de Acevedo, a la sazón maestra en Atienza, aunque dedicada a las clases particulares; pues para entonces había ya dejado la docencia municipal para la que llegó. Sus ideas, un tanto peculiares para la época la aconsejaron el retiro.

   Doña Isabel, nacida en 1848 en Madrid, contaba con 12 años de edad cuando se produjo el eclipse de sol más seguido de la historia hasta entonces, el del 18 de julio de 1860, escribiendo a su tiempo que: “hizo un día espléndido y vi maravillada aquella magnífica corona solar”; no opinarían lo mismo los astrónomos europeos que se desplazaron a España para seguirlo. A alguno de ellos, tal que Leon Foucault, el del péndulo, a causa de las inclemencias, se le arruinó la fiesta. Otros como Urbain Le Verrier o Hervé Faye, de la Academia de Ciencias del Imperio Francés; el egipcio Ismail Effendi; el astrónomo de Leipzig, Karl Brunhs, e incluso el Sr. Tissot, de la relojería suiza, lo verían con ojos más acordes al tiempo que les tocó vivirlo, sobre las cimas del Moncayo.

   Doña Isabel, que gustó siempre mirar las estrellas, y de ello dejó amplia muestra a través de sus escritos, solía acudir a uno de los parajes que ella encontró excepcionales para ello en la villa de Atienza: el pretil de la iglesia de la Santísima Trinidad. Sus aficiones a la astronomía tampoco serían entendidas en una Atienza, la de los últimos años del siglo XIX e inicios del XX, conservadora y, tal vez, anclada en tiempos remotos. Su afición la traspasaría a su hijo, el maestro y poeta Jorge Moya de la Torre y Muñoz-Caravaca; y la llevaría a viajar en numerosas ocasiones a Francia, de cuya Academia de Astronomía fue miembro de la mano de uno de sus directores y fundadores, Camille Flanmarión.

 

Sigüenza-Almazán, 1905

   Aquél de 1860 no fue el único eclipse que pudo contemplar doña Isabel, vivió y contó con precisión el de mayo de 1900, como acostumbraba a observar el ir y venir de las estrellas. Desde aquel año hasta el que relató su hijo Jorge Moya de la Torre, el de 1905, hubo algunos más, solares y lunares, totales y parciales. Hasta que llegó el de 1905 que, de nuevo, atrajo la atención de cuantos observadores de los fenómenos interestelares pisaban la tierra. Para este se convino desde la capital del reino que uno de los lugares desde donde mejor podría observarse era Sigüenza, y aquí, a la ciudad del Doncel, se dirigieron las miradas.

   Doña Isabel, en cambio, entendió que en lugar de Sigüenza el lugar más apropiado se encontraba en las alturas de la cercana Almazán y allá se dirigió con cuantos la quisieron seguir, entre ellos el flamante Camille Flammarion, quien con su esposa y desde su París de acogida atravesó una parte de Francia, y otra de España, para llegar hasta Atienza y desde aquí, con el cortejo que acompañó a doña Isabel, dirigirse a Almazán. Tanto ella como sus acompañantes fueron recibidos en la población como se recibe a las grandes personalidades, muy a pesar de que los científicos españoles desdeñaron los escritos de la Muñoz-Caravaca, por mujer; cierto, el Ministerio de la Gobernación había pedido oficialmente a las autoridades locales y provinciales que a quienes venían: “se les guarde toda suerte de respetos y consideraciones”; y en Almazán se cumplió con creces, siendo recibidos nuestros personajes por la representación municipal encabezada por su alcalde.

   Desde Almazán, Jorge Moya de la Torre contó a quienes lo quisieron leer, el sucedido. En los campos de Almazán se dieron cita los científicos americanos del Observatorio de Indiana; los franceses; los mejicanos del Observatorio de Tacubaya, y cuantos españoles de a pie siguieron sus pasos…, hasta que se hizo la noche y, después, volvió a amanecer: “… entre cánticos de gloria”.

   Mientras que la prensa se hacía bocas de lo vivido en Sigüenza, donde se puso el completo a hostales y casas de viajeros, recibidos estos en la estación a los acordes musicales de la banda; sobre todo a los viajeros de postín, ya que fueron numerosos los ministros que, invitados por el conde de Romanones, acudieron a la ciudad para presenciarlo. También hubo viajes en tren, de ida y vuelta, por el módico precio de 20 pesetas, más 5 por el almuerzo, en primera clase. Contaron que, en pleno apogeo eclipsal, se sintió un frío glaciar, y eso que era agosto. También comenzaron a cantar los gallos cuando se descorría la cortina solar. Contaron que Sigüenza fue, ese día, una sucursal de la corte real. Como que todo personaje de posibles se llegó hasta aquí.

   Seguro que, de este que nos viene, y que ampliamente podrá seguirse en la provincia, salvo que las nubes, como a los del Moncayo en 1860 hagan de las suyas; o como en Almazán lo haga la lluvia, que comenzó a caer a eso del mediodía, próximo a la cúpula solar.

   Las crónicas no dejarán de contarnos maravillas; eso sí, tras el celaje, la vida, como antes sucedió, continuará abriéndose camino y, como escribirse la Muñoz-Caravaca, todo es estudio y observación.

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 31 de julio de 2026


ISABEL MUÑOZ CARAVACA. LA MUJER QUE SOÑÓ UN MUNDO JUSTO

 

 ISABEL MUÑOZ CARAVACA
La mujer que soñó un mundo justo
(Biografías de Guadalajara)

 

   Isabel Muñoz Caravaca, nacida en Madrid y surgida al mundo del periodismo en Guadalajara, fue una de las mujeres pioneras en la lucha por muchos derechos: la igualdad de la mujer; la abolición de la pena de muerte; el voto femenino; la dignidad de la profesión a la que pertenecía como maestra, etc.

   Fue la primera mujer en figurar en el mundo de la Astronomía, a la que dedicó una parte importante de su vida; y puede considerarse como una de las primeras mujeres que profesaron una ideología liberal en la provincia de Guadalajara, a pesar de que nunca estuvo afiliada a ningún partido político.


ISABEL MUÑOZ CARAVACA, LA MUJER QUE SOÑÓ UN MUNDO JUSTO, EL LIBRO, AQUÍ

   Su pensamiento quedó impreso a través de decenas de artículos periodísticos que nos muestran que fue, ante todo, una luchadora y, por qué no, una soñadora. Pensamientos que le granjearon, producto de los tiempos, la enemistad de algunos sectores de la sociedad.

   Hoy es un nombre respetado y, en algunos aspectos, desconocido.

   A través de las páginas siguientes nos introducimos en su vida, su mundo y sus escritos, tratando de llegar a conocer la humanidad de la persona por encima de todo.

 

 


 ISABEL MUÑOZ CARAVACA, LA MUJER QUE SOÑÓ UN MUNDO JUSTO, EL LIBRO, AQUÍ

lunes, julio 27, 2026

ATIENZA LITERARIA

 

ATIENZA LITERARIA

Numerosos autores han llevado el nombre de Atienza a sus obras

 

   Tal vez uno de los autores más leídos en España, hasta su fallecimiento en 2003, fuese Manuel Vázquez Montalbán, autor de numerosas obras literarias, novela, narrativa o ensayo, y creador de uno de los personajes más populares de la España de los últimos años del sigo XX, el detective Pepe Carvalho, detective privado que saltó a la luz literaria en 1972 en la novela “Yo maté a Kennedy”, teniendo, como suele ser habitual en estos casos, desde que Arthur Conan Doyle crease su Sherlock Holmes, un ayudante propio, o contador de sus historias que, en este caso fue el Dr. Watson. En el de Pepe Carvalho era “Biscuter”. Vázquez Montalbán situó el nacimiento de Carvalho en la provincia de Lugo; a Biscuter casi le hizo nacer en Atienza; en una de sus más exitosas novelas hace revelar al personaje que su madre tuvo un lío con un pastelero de nuestra emblemática villa. No será la única ocasión en la que el nombre de Atienza aparezca en su obra, ya que en otras de sus novelas sitúa a personajes, con nombres o apodos, naturales de la población.




 

Literatos de otros tiempos

   Atienza fue, siglos atrás, patria natal de algunos literatos conocidos; caso notable es el de Francisco de Segura, autor y recolector de romances, quien ha pasado a la historia con el apelativo que él mismo se impuso: “El Alférez de Atienza”; quien llevó vida pareja y se relacionó con los grandes del Siglo de Oro Español, Miguel de Cervantes o Lope de Vega, manteniendo con alguno de ellos, incluso, su propia batalla lingüística que pudo llegar, si de un Francisco de Quevedo cualquiera se hubiese tratado, a las espadas.

    Francisco de Segura, como él cuenta, pasó gran parte de su vida entre Portugal y Zaragoza, y no perdió la ocasión de servir a alguno de nuestros paisanos, entre ellos al capitán Juan Bravo de Lagunas, descendiente del capitán comunero, originario igualmente de Atienza, y a quien dedicó una de sus más destacadas obras, “Los Sagrados Mysterios del Rosario de Nuestra Señora”, en donde dice a nuestro capitán: La música del no menos valiente que virtuoso Joan Bravo de Lagunas me fue en los oídos de tal consonancia, y su disciplina de tal aprovechamiento, que me determiné a mostrarte que me bastaba el ser su súbdito y humilde soldado para emprender esta obra… Tal vez uno de sus trabajos más celebrados pudiera ser su relato del misterio de la famosa campana de Velilla. Relato versificado que toma tanto de la leyenda, como de lo contado por los vecinos del lugar, dando cuenta de que el 13 de junio de 1601 a las siete de la mañana se empezó a tocar ella de suyo la campana, y después de varios días, volvió a tocarse, teniendo como testigos más de cien almas…  Francisco de Segura nació en Atienza en 1569 y abandonó este mundo en Zaragoza hacia 1620. En la ciudad del Ebro tuvo empleo de armas en la Aljafería.

   Francisco de Segura fue espadachín, militar y literato, al igual que otro de esos atencinos que paseó el nombre de la villa más allá de nuestros horizontes, si bien casualmente no nació en Atienza, de donde eran sus padres y unos cuantos de sus ascendientes. Sebastián de Ucedo nació en Alejandría en el primer tercio del siglo XVII, sirvió en los ejércitos de aquella tierra, anduvo por Milán, el Piamonte y Lombardía; conoció las cortes europeas, sirvió al rey y dejó para la memoria del tiempo una buena colección de obras literarias en las que con frecuencia, al hablar de sus ascendentes, sale a relucir, como no podía ser de otra manera, el nombre de Atienza.

 

Manuel Fernández y González, el Dumas español

   Hablar de Manuel Fernández y González es hacerlo de uno de esos grandes escritores que han dado las tierras de España, a la altura de los franceses Víctor Hugo o los Dumas, con quienes compartió años de existencia, de éxito, y con los que se lo comparó.

   Su obra todavía está en gran medida por estudiar, ya que escribió más de trescientas novelas que lo hicieron gozar de una considerable fortuna, pues casi todas alcanzaron el éxito y el público las esperaba y devoraba, literalmente, de forma que, incapaz de escribir a mano tanto manuscrito, se valía de secretarios que lo hacían por él. Fernández y González dictaba y algunos de los muchos escritores, famosos posteriormente, que pasaron por su casa, trasladaba sus ideas al folio. En su gabinete se forjaron algunos flamantes literatos de la talla de Lucas Briceño o de Vicente Blasco Ibáñez. Como casi todo buen vividor bohemio que se precie, Fernández y González, que fue el mejor pagado de su tiempo, se arruinó y murió en la miseria, después de una vida de excesos, si bien su entierro fue de aquellos espectáculos que Madrid únicamente reserva a los grandes que patearon sus calles o a sus reyes. Dentro de la producción de Fernández y González queda, al menos, una obra significativa, seguro que hay más. Atienza será protagonista, a través de una de sus más conocidas novelas, La buena madre. En ella nos hace memoria de una Atienza lejana y algo desconocida, por la distancia en el tiempo. La de la regencia castellano-leonesa de María de Molina, pues en torno a ella se centra la novela. María de Molina es, por supuesto, La Buena Madre, su hijo, Fernando IV, pasó largas temporadas en Atienza, en la ya harto famosa “Torre de los Infantes” de nuestro castillo, anteriormente ocupada por otro infante más conocido que este, Alfonso VIII. Infantes que dieron nombre al recinto. Por la obra no ha de faltar uno de los hombres que extendió el nombre de Atienza más allá de los hoy confines provinciales, Gonzalo Ruiz.

   Serán parte, algunos de los personajes históricos de la villa, de la obra de José Muñoz Maldonado, Conde de Fabraquer; en tiempos en los que Lope de Estúñiga describió en romance la batalla que aquí se libró en 1446, durante la cual uno de sus partícipes, don Álvaro de Luna, quien tanto hizo a las armas como a las letras, puso punto final a una de sus obras: el “Libro de las claras e virtuosas mujeres”, mientras se reponía de las heridas que, en el transcurso de una de aquellas batallas, recibió cuando trató de conquistar la hoy llamada “Puerta de la Guerra”.

   Seguirían a Fernández y González y a Muñoz Maldonado escritores de talla más cercana, como José Ortega Munilla, y a este su hijo, José Ortega y Gasset, a la hora de dejar el nombre de Atienza impreso en sus obras; como lo hicieron y de ello dimos cuenta en estas páginas, Pío Baroja o Benito Pérez Galdós, elevando Atienza a la categoría de monumento literario.

   Un recorrido por sus calles, con la obra de cualquiera de los citados en la mano, nos conducirá, sin duda, a otros ambientes; a otras historias, por las que han de desfilar Gaspar Melchor de Jovellanos, de la mano de su tutor, Juan José Arias de Saavedra, en el entorno de la calle de Cervantes, junto a otro de los hombres que sacaron Atienza al mundo del libro, Antonio de Elgueta, cuyos blasones distinguen su casa de nacimiento, como lo hicieron posteriormente en el de su residencia murciana, a la que dedicó lo mejor de su pluma. Quizá, al abrigo de alguna de sus antiguas posadas, en las que hubo de alojarse Rafael Alberti cuando, vendedor de caldos de su tierra, aquí le compraron cinco cajas de vino y dos de coñac, por el año de gracia de 1920.

   Y es que, como el vino, Atienza maduró también a la literatura.

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara 24 julio de 2026


SEMBLANZAS DE ATIENZA

 

SEMBLANZAS DE ATIENZA

Nombres para su historia

 

 

 

   Puede que sea Atienza (Guadalajara), junto a Sigüenza, Brihuega y Molina de Aragón, una de las poblaciones con más historia de la hoy provincia de Guadalajara; mayor número de monumentos históricos, y mayor nómina de personajes que, desde la localidad han pasado a la historia, provincial y nacional.

   En las páginas siguientes recogemos una mínima nómina de nombres que hicieron historia. Por supuesto que no están todos, puesto que la nómina de personajes que hicieron historia en tiempo pasado, es infinita.

   Merecedores de páginas exclusivas son nombres como los de Juan Bravo, capitán comunero en Segovia, o del político Bruno Pascual Ruilópez, abocado al olvido.

   Nombres ligados a Atienza, por destino de oficio, que aquí hicieron historia, como Eduardo Contreras, quien desde su cargo en la oficina de Correos y Telégrafos colaboró intensamente en la vida cultural de Atienza, dejando su firma no sólo en la prensa provincial, también en la significativa revista “Atienza Ilustrada”.

   No pocos nombres históricos de Atienza fueron rescatados del olvido a través de la revista digital Atienza de los Juglares.

   Sin duda, a esta serie de nombres, los que completan esta “Semblanza”, para cuya confección hemos recurrido a las firmas y escritos conocidos, a fin de completar de ellos una mediana biografía, nunca enteramente lograda, seguirán más. Porque Atienza es grande en historia, monumentos, cultura y, por supuesto, gentes que hicieron historia. Como, de alguna manera, son los 175 nombres cuyas biografías o semblanzas se incluyen en esta obra.

 

 

 


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Detalles del LIBRO

  • ASIN ‏ : ‎ B0C63RZMKT
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published 
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 296 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8395904256
  • Peso del producto ‏ : ‎ 449 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 1.88 x 21.59 cm


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