lunes, julio 20, 2026

EL INCENDIO DE PUEBLA DE BELEÑA

 

EL INCENDIO DE PUEBLA DE BELEÑA

El fuego terminó, en 1902, con la mayor parte de la población

 

   La botarga de Puebla de Beleña acostumbraba a salir la mañana de San Blas, que fue santo de amplia devoción en la provincia, al que aquí rindieron culto desde que se alzó su iglesia, a él dedicada, levantada tal y como hoy la conocemos a partir del siglo XVI. Y rindiendo cuenta a la tradición lo hizo en honor a San Blas, aunque ya no en el día de su Santo, sino en el domingo más próximo a la festividad. Y es que la despoblación obliga a amoldar las fiestas al día en el que los de fuera pueden llegar con más facilidad al pueblo.

   Puebla de Beleña, que llegó a contar en sus buenos tiempos con trescientos habitantes de vida y residencia, en la actualidad apenas tiene medio centenar de censados que, llevados a habitantes de población fija podría reducirse a la mitad.

   Antaño, en su día, la botarga aparecía recorriendo la población desde las primeras horas de la mañana, tocando a la puerta de los vecinos a fin de que estos despertasen al día festivo hasta que las campanas anunciaban la llegada de la hora de la misa mayor, en cuyo transcurso se exhibía la reliquia del Santo. San Blas, patrono de la garganta, es Santo de mucha devoción, y reliquias, en la provincia; con estancias de su vida en Albalate, Budia, Brihuega, Cifuentes, Escamilla, Pareja, Sigüenza, Sotodosos, Tortuero, Atienza, Uceda, Villanueva de Argecilla, Villaviciosa…

   La reliquia de Puebla sería dada a adorar a botarga primero y después a las autoridades y pueblo en general, tras cuyo acto tenía lugar la procesión que con el santo recorría las calles del pueblo, con el botarga por cabeza tratando de poner orden en la marcha, como suele en este tipo de actos, del mismo modo que, concluida la procesión, sería quien mantuviese el orden en la subasta de palos y cintas, antes de que la imagen del santo obispo de Sebaste regresase de nuevo al lugar que siempre ocupó, en el interior del templo. Ahora es más o menos igual que en tiempo pasados, pero con los toques modernos que acompañan la celebración; y el soniquete de la música de la dulzaina y el tambor siguiendo la danza botera y saltona del, o la botarga.

   Ya habían pasado con creces estas fechas, lo mismo que las de San Pedro y San Pablo, de devoción agrícola y pastoril por esta parte de la tierra en la que se ajustaron pastores, mozos, zagales y segadores; sucedió en pleno verano, la tarde del 26 de julio de 1902, una tarde que, acompañada de su noche, y de los días que siguieron, habría de pasar a la historia local…




 

El incendio de Puebla de Beleña

      El periodista Luis Cordavias, quien accidentalmente se encontraba aquel día en el Gobierno Civil de Guadalajara, sería uno de los primeros en conocer el suceso que encogió el espíritu de la provincia, y quien, a través de sus escritos, dejará constancia de lo ocurrido: Puebla de Beleña ardía por sus cuatro costados; allí se dirigía el Gobernador civil de la provincia, con las primeras autoridades, para conocer de primera mano lo que estaba acaeciendo, y ayudar en lo que posible fuese, y allá se dirigió Cordavias: “A la una de la tarde y en el furgón de un tren mercancías, salimos a toda máquina de esta ciudad, llegando un cuanto de tiempo después a la estación de Humanes, donde nos aguardaban las Autoridades de aquella localidad, juntamente con el acaudalado fabricante D. Segundo de Grandes Merino, quien se ofreció a acompañarnos al lugar del siniestro, poniendo a nuestra disposición una magnífica carretela de su propiedad. En las calles de Humanes presenciaron el paso del Sr. Gobernador todas las mujeres y niños del pueblo, saludándonos con simpatía. Los vecinos estaban todos, desde el día anterior, en el lugar del siniestro”.

   Una hora de viaje en la carretela del seguntino don Segundo costó a las autoridades y sus acompañantes llegar hasta la población, en la que no solo los vecinos de Humanes se encontraban, sino que al igual que estos, desde Tamajón a Cogolludo, corrida la voz, decenas de personas trataban de aliviar la triste situación en la que Puebla de Beleña se encontraba desde horas atrás: “El cuadro no podía ser más desconsolador, los hombres con las cabezas descubiertas nos estrechaban las manos expresando su gratitud; las mujeres y los niños lloraban con desconsuelo y allá en el fondo gran número de casas aparecían en ruinas. Despidiendo sus humeantes escombros axfisiante calor…”

   No había que lamentar desgracias personales para la fortuna del municipio, como les comentaría el cura de Robledillo, quien les daría cuenta imprecisa de lo que estaba sucediendo, o de lo que había sucedido, puesto que el pueblo había sido ya prácticamente devorado por las llamas; añadiendo que el fuego se inició a horas indeterminadas de la tarde anterior, dándonos cuenta del aspecto que ofrecía aquel día Puebla de Beleña: “El aspecto que ofrecía aquel reducido pueblo no podía ser más desastroso. Casas hundidas; muebles, enseres y cereales carbonizados; por todas partes montones de escombros y humeantes maderas. Una pobre viuda, con cinco pequeñas criaturas nos salió al paso, lanzando desconsoladores gritos; había perdido todo cuanto tenía y sus inocentes hijos se morían de hambre. Más allá, un anciano impedido y ciego, lloraba como un niño; no tenía más patrimonio que su casa y se le había quemado por completo. Todos procurábamos alentarles y nuestras palabras llevaban algún consuelo a sus atribulados espíritus”.

 

El fuego, y sus consecuencias

   El incendio comenzó a mediodía del sábado 26 de julio de manera casual, en tiempo en el que la lumbre permanecía encendida en la cocina noche y día, en una de las casas situadas en el centro de la población, desde donde, con la fuerza del viento que entonces soplaba, se fue extendiendo a las vecinas; siendo las mujeres y los niños los primeros en acudir a sofocar las llamas, puesto que la inmensa mayoría de los hombres se encontraban atentos a las faenas de recolección del cereal, en los campos cercanos.

   En total, al término del voraz suceso, más de una veintena de casas habían quedado reducidas a escombros, poco menos que la mitad de la población, y otras tantas familias quedaban prácticamente en la indigencia, siendo socorridas en las primeras horas por quienes pudieran salvar sus haciendas, y por los pueblos vecinos, iniciándose a continuación y a iniciativa de los periódicos provinciales una campaña de recogida de fondos para ayuda a los necesitados, en tanto desde el Gobierno civil se ponían a disposición de aquellos algunos de los pocos socorros que el tiempo y las circunstancias permitían. La campaña de recogida de fondos llegaría incluso a conocimiento de la Casa Real, remitiendo el Rey Alfonso XIII, desde su lugar de descanso veraniego, San Sebastián, mil pesetas que incrementar a las otras tantas que en los inicios del mes de agosto se llevaban recogidas.

   La tasación pericial llegaría a la conclusión de que los gastos ocasionados por el siniestro ascendían a algo más de cinco mil pesetas de la época, centradas: en las propiedades de Miguel Blas, Manuel Ramiro, Anastasia Cañeque y Joaquín de la Torre, que lo tenían todo asegurado, ascendiendo sus pérdidas a 5.228 pesetas con 50 céntimos, que el seguro puso inmediatamente a disposición de los siniestrados…

   Nada se nos decía de quienes no contaban con seguro de incendios, que eran la mayoría de los afectados. Que serían socorridos con lo recaudado en las suscripciones públicas, que alcanzaría a algo más de tres mil seiscientas pesetas.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 17 de julio de 2026


PUEBLA DE BELEÑA: PÁGINAS PARA SU HISTORIA

 PUEBLA DE BELEÑA: PÁGINAS PARA SU HISTORIA

 

   A las puertas de la Sierra Norte de Guadalajara, entre las importantes e históricas villas de Tamajón y Cogolludo se formó, poco después de la Reconquista, en torno al imponente y enriscado castillo de Beleña de Sorbe, la tierra de Beleña. Tierra de la que formaron parte la propia villa de Beleña de Sorbe con sus vecinas de La Puebla de Beleña, la Torre de Beleña, Aleas, Muriel y algunas otras, hoy en la memoria.

   A través de las páginas siguientes tratamos de acercarnos a la historia común de esta tierra y, en particular, a Puebla de Beleña.

 

 El libro, pulsando aquí

SUMARIO GENERAL:

-I-

LA GEOGRAFÍA DE PUEBLA DE BELEÑA

Pág. 9

La tierra y el entorno

Demografía. Evolución de la población

Puebla de Beleña en los manuales: Los Diccionarios

 

-II-

TIEMPO DE HISTORIA

Pág. 25

Tiempos antiguos

 

-III-

PUEBLA DE BELEÑA

ENTRE EL MEDIEVO Y LA MODERNIDAD

Pág. 37

Los Señores de Beleña, en el tiempo

 

-IV-

PUEBLA DE BELEÑA, SIGLO XVIII

Pág. 53

El Catastro de Ensenada

 

-V-

ELSIGLO XIX EN PUEBLA DE BELEÑA

Pág. 69

El 2 de mayo

Las guerras carlistas

La vida municipal

En torno al Pósito

La asistencia médica y farmacéutica

Horno de pan cocer

Zofra y adra o hacendera (prestación personal)

El fin de un siglo

 

-VI-

PUEBLA DE BELEÑA EN EL SIGLO XX

Pág. 97

El incendio de Puebla

Unas notas festivas

Misiones Pedagógicas

LA TRADICIÓN: La Botarga de San Blas, en Puebla de Beleña

 

Apéndices

Pág.127

Respuestas al Interrogatorio para el Establecimiento de la Única Contribución (Catastro de Ensenada)




lunes, julio 13, 2026

EL PUENTE DE TRILLO SOBRE EL RÍO TAJO

 

EL PUENTE DE TRILLO SOBRE EL RÍO TAJO

Un puente, con una larga historia detrás

 

   Doscientos años se cumplen por ahora desde que el 18 de julio de 1826, debemos de entender que de simbólica manera y adaptando la situación a nuestros tiempos, se cortó la cinta inaugural del magnífico puente que sobre el río Tajo se ha convertido a través del tiempo en uno de los emblemas de Trillo, una localidad que tanto puede presumir de esto, de su elegante puente, como del paso del río más singular de la provincia, el Tajo, o de unir en su casco las de este con las del Cifuentes, cuyas aguas parecen correr a través de sus cascadas en busca de las aguas mayores que recorren de un extremo a otro la provincia.

 




Trillo: algo de su historia

   A la tierra de Atienza, como tantas localidades más de la hoy provincia de Guadalajara, perteneció Trillo desde que se tiene memoria, para pasar un par de siglos después de que aquella tierra o común se formase, a poder del conocido caballero don Juan Manuel, hijo del infante don Manuel, que tantas páginas literarias y de historia dejó escritas en nuestra bendita tierra de Guadalajara. Antes de que ello acaeciese tiene Trillo su novela histórica a través de las páginas que escribieron por su posesión don Pero García, doña Mayor, su viuda, o Garci Pérez, a cuyas aventuras nos invita a acudir la propia historia de la villa.

   A don Juan Manuel, quien tanto tiempo tuvo para la batalla y la literatura, se atribuye la edificación de lo que fue el castillo de la villa en los guerreros años del siglo XIV, a partir de 1322, castillo que maltratado por el tiempo y las batallas, luego de que las tropas de Napoleón, en los años que mediaron entre 1808 y 1814, lo desportillasen en lo más de sus murallas el 23 de octubre de 1810, terminó por derrumbarse antes de mediar el siglo XIX.

   Trillo, con don Juan Manuel, pasaría a integrarse en sus señoríos de Cifuentes, antes de que fuese desposeído de ellos, se integrasen en los señoríos de la corona y de que Juan II los pusiese en manos de otra de las familias todopoderosas de la tierra alcarreña, los Silva, que llegaron de Portugal para quedarse por aquí.

   Vivieron sus vecinos del tráfico de la madera que descendió por las aguas del Tajo, desde las tierras altas de Molina hasta las domadas de Aranjuez, disponiendo a la vera de la población, por donde hoy se despeñan las aguas del Cifuentes, como industrias mayores, de algunos conocidos artefactos, sierras de madera, movidas por el despeñarse del agua, consideradas por Ambrosio de Morales en el siglo XVIII como: “invención de mucho ingenio”; no faltaron, como tierra de muchos caudales, los molinos de agua.

   En 1630 obtuvo del rey Felipe IV el derecho de villazgo alzando en señal de ello la correspondiente picota o rollo, y su horca, levantada en el cerro del que tomó el nombre, donde ajusticiar a los condenados.

  Del paso de las tropas austriacas en 1710, durante la Guerra de Sucesión que llevó al trono al rey Borbón, Felipe V, se escribió que, entre el 6 y el 10 de diciembre, las tropas comandadas por el conde de las Atalayas estuvieron a punto de hacer desaparecer la población: “…padeció Trillo la tala de sus montes y plantíos, la destrucción de sus colmenas y ganados, la quema de las maderas de su tráfico, y de más de doscientas casas, de forma que sólo quedaron en pie doscientas ochenta; la rapiña de sus alhajas y dinero, la vejación y cruel trato de sus vecinos, el saqueo de su pósito, archivo e iglesia y, en una palabra los horrores de la guerra todos juntos”. Horrores guerreros que volverían a vivirse un siglo después; cuando los franceses volaron lo que quedaba del castillo, saquearon la población y persiguieron hasta casi la muerte, a su cura párroco, que les plantó cara, don Esteban Llorente, quien para librarse de la seguridad de la muerte hubo de acudir al refugio de su tierra natal, Villares del Alto Rey, o de Jadraque.

 

El puente de Trillo sobre el rio Tajo

   El cronista provincial Sr. García López nos indica, en cuanto al monumental puente que permite el cruce del Tajo, y que tan disputado fue en todo tiempo en época de confrontación bélica, que: “Si existía ya en la Edad Media no tenemos de ello datos documentales ni arqueológicos. Los autores de la relación topográfica que se escribió en 1580 hablan de la puente de cal y canto de sillería, que atraviesa todo el río, de un solo ojo y confina con las mismas casas de dicho lugar; pero en la obra actual, muy reformada en tiempos de Carlos III, (hacía 1770) cuando se establecieron las famosas termas, no es fácil distinguir lo antiguo de lo moderno y aun consta la obra de un solo ojo. En 1811 lo rompieron los franceses, por allí de continuo apretados por los guerrilleros nacionales, pero después de la guerra se reparó…”

   La solicitud para su reparación partió de un oficio que el Concejo envió al Consejo del Reino en 1817, en la que, nos continúa diciendo García López, se pedía que “se procediese a reparar el puente tan dañado por los enemigos, y decían que era obra útil y magnífica, y al parecer, de los últimos tiempos de los árabes”. Indudablemente, y como muy lejano en el tiempo, el puente debió de levantarse en aquel siglo XVI de que nos hablan las relaciones topográficas.

   No fue respondida de inmediato la solicitud del Concejo, pues todavía pasarían dos años más antes de que desde la ya creada Diputación provincial e Intendencia de la provincia, sin duda por el importante beneficio que resultaba para cuantas personas se dirigían a los más que famosos “Baños”, volvieron nuevamente a solicitar en esta ocasión del rey, la reparación de aquella necesaria obra. El resultado de las comunicaciones dio pie a que Fernando VII insinuase al entonces obispo diocesano, don Manuel Fraile García, que fuese él quien se pusiese al frente y costease tan magnífica reparación.  Por fin el puente, cuyas obras dieron comienzo en 1821, estaba concluido para 1826, cuando el obispo mandó “situar a la entrada del puente, por la parte de Trillo, una columna de piedra con esta inscripción”:   

 

Reynando el Señor Don Fernando VII, se reedificó este puente volado por el Exército invasor de Napoleón en 23 de octubre de 1810 en su vergonzosa y precipitada fuga. Monumento eterno del heroísmo de los Españoles, de los Paternales desvelos de S.M. y de la gloria de su trono.

A 18 de julio de 1826.

 

   Curiosamente, cuando el obispo quiso asistir con motivo de la inauguración, a ver el puente, “y situándose a media legua de distancia, en el monasterio de Ovila, a las orillas del Tajo, recibió oficio en que el Sr. Ministro de Gracia y Justicia, D. Francisco Tadeo Calomarde, le participaba desde Solar de Cabras, con fecha 22 de junio (de 1826) la intención de SS.MM. D. Fernando VII y su esposa Dª María Josefa Amalia, de venir a Sigüenza el 5 de agosto siguiente y hospedarse en el palacio episcopal. La venida de SS.MM. se atribuyó principalmente al deseo de la virtuosísima reina Amalia de visitar las reliquias de nuestra Patrona, Santa Librada, a fin de alcanzar del Señor, por la intercesión de la Santa, la suspirada sucesión para estos reinos”. La reina falleció de fiebres, tres años después, sin dejar herederos al trono.

   Doscientos años redondos, se cumplen de aquellos días en los que, el puente, comenzó a verse como hoy se ve.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 10 de julio de 2026


TRILLO; HISTORIA Y CRÓNICA DE LA VILLA

 

 TRILLO; Historia y Crónica de la Villa y su Balneario

 

De Trillo (Guadalajara), mucho es lo que se ha escrito, y mucho lo que queda por escribir, de su historia, de sus baños, aguas, balneario…

   Las que siguen son páginas que tratan de contribuir al conocimiento de su pasado, a continuar con aquellas que, en 1853, nos decían que…

 

   Con amenos paisajes y saludables aguas bríndale al río Cifuentes caminar dos leguas hacía mediodía el frecuentado pueblo de Trillo, recostado en la pendiente de un valle, entre risueñas cascadas, en la confluencia del inquieto Cifuentes y del verdoso Tajo, que fertilizan al par su vega y ponen en movimiento su reducida industria. Mejor que por esta, casi destruida en las sangrientas vicisitudes de la guerra de sucesión, mejor que por los vestigios de cierta población antigua algo más oriental, llamada vulgarmente Villavieja, se distingue Trillo por sus famosos baños, erigidos en el reinado de Carlos III, que casa verano atraen una variada concurrencia en busca de salud o de esparcimiento. Sus nuevos edificios blanqueando entre copudos olmos, cabe el río que serpea por la deliciosa cañada, aparecen a vista de pájaro desde las alturas que se encrespan al mediodía; ni a las peñas faltan, en toda la extensión dela cordillera, frondosa vegetación y caprichosos y extraños cortes, descollando entre ellas ocho leguas a la redonda las tetas de Viana, cuyo nombre toman del pueblo situado a su opuesta falda…

 Paisajes y Bellezas de España

Trillo, 1853

 

El libro, pulsando aquí

 

SUMARIO:

-I-

La tierra, la geografía y el entorno

Pág. 15

La Alcarria; Trillo, en los manuales o diccionarios; El Despoblado de Villavieja; Demografía de Trillo

 

-II-

Entre los tiempos remotos, y la reconquista

Pág. 33

Páginas para la Historia

 

-III-

El Señorío de Trillo

Pág. 45

Don Juan Manuel; El Castillo de Trillo; Doña Constanza Manuel, Señora de Cifuentes y Trillo

 

-IV-

El Condado de Cifuentes, Señores de Trillo

Pág. 61

Los Condes de Cifuentes

 

-V-

Trillo hasta el Siglo XVI

Pág. 77

Las Relaciones Topográficas de Felipe II; Trillo, de Lugar a Villa

 

-VI-

Trillo en el siglo XVIII

Pág. 91

El Conde de las Atalayasen Trillo; Cifuentes y el Catastro de Ensenada; El interrogatorio de Tomás López

 

-VII-

¡Guerra a los franceses!

Pág. 110

El 2 de Mayo; Los Condes del Siglo XIX

 

-VIII-

Trillo, Siglo XIX

Pág.  125

Las Guerras Carlistas; Trillo en los tiempos del Cólera; Los Baños de Trillo, 1850; La Feria y Mercado de Trillo; Recuerdos y Bellezas de España, Trillo, 1853; El final de un Siglo

 

-IX-

El Patrimonio Histórico

Pág. 163

La Iglesia Parroquial de Nuestra Señora; El Lignum Crucis; El Retablo del Maestro de Santamera; El Puente de Carlos III

 

Apéndices

Pág. 195

La Batalla de Trillo, junio 1810

 

-X-

EL MONASTERIO DE ÓVILA

Pág. 177

 

SUMARIO:

-I-

La tierra, la geografía y el entorno

Pág. 15

-II-

Entre los tiempos remotos, y la reconquista

Pág. 33

-III-

El Señorío de Trillo

Pág. 45

-IV-

El Condado de Cifuentes, Señores de Trillo

Pág. 61

-V-

Trillo hasta el Siglo XVI

Pág. 77

-VI-

Trillo en el siglo XVIII

Pág. 91

-VII-

¡Guerra a los franceses!

Pág. 110

-VIII-

Trillo, Siglo XIX

Pág. 125

-IX-

El Patrimonio Histórico

Pág.163

-X-

EL MONASTERIO DE ÓVILA

Pág. 177

Apéndices

Pág. 195

La Batalla de Trillo, junio 1810

 

El libro, pulsando aquí

 



lunes, julio 06, 2026

UN ECLIPSE POR TODO LO ALTO

 

UN ECLIPSE POR TODO LO ALTO

Desde Miralrío, el 18 de julio de 1860

 

   Aquel eclipse de 1860, que había de tener lugar el 18 de julio, habría de vivirse en la provincia de Guadalajara en torno al mediodía, pasada la una y antes de las dos. De lo que habría de suceder, antes y después, se habló durante meses en la prensa sobre lo que podría, o no, ocurrir; con animales, plantas, personas e, incluso, con el sol y la luna.

   El Gobierno del reino, reinaba la majestad de doña Isabel II, por aquello de que España, a nivel europeo, era uno de los lugares en los que por las condiciones geográficas mejor podía seguirse, designó una serie de lugares en los que serían recibidos científicos y astrónomos de medio mundo. Lugares tan atrayentes como los altos picachos de la provincia de Guadalajara, los cántabros, por aquello de que por allí vendría; y las costas valencianas, por donde nos diría adiós.




 

La Reina y el Duque de Montpensier

   Tanta expectación levantó el asunto que la Reina anunció que iría allí donde mejor se viese el enlace entre los astros. Y, como no podía ser menos, lo mismo anunció su cuñado, don Antonio. Tanto cariño se tenían la Reina y su cuñado, el Duque de Montpensier, que si la reina anunciaba que iría a Atienza, al día siguiente lo anunciaba el duque, con lo que la reina, al tercero, daba cuenta de que lo vería en lugar diferente, y… terminaron viéndolo, el duque en Sagunto y la reina en Aranda de Duero, pues ninguno de ellos quiso coincidir en el mismo punto.

   Sucedía que nuestra provincia, tan avanzada para según qué cosas pecaba de comunicaciones. Atienza y Jadraque fueron los puntos centrales señalados por el Gobierno para recibir a las comisiones extranjeras. El problema estaba en que, sin ferrocarril ni carreteras, no resultaba fácil hacer llegar a los científicos a su punto de observación. Por lo que uno de los ejes centrales se situó en la cima del Moncayo. Los europeos, desde Europa, podían llegar cómodamente hasta Tudela y desde allí tomar una reata de mulas arrieras que los subiese a la cumbre. Que así lo hicieron, entre otros, don Léon Foucault, el del péndulo, que además era un entendido fotógrafo. Advertencias las clásicas para la época: se tuviese cuidado, en el momento del suceso, con los caballos, ya que se detendrían en seco en el momento en que el día se hiciese noche, aunque por segundos fuere; con las aves, que volando dejarían de hacerlo y podían caer encima del paseante descalabrando al menos precavido… Cosas por el estilo.

   Claro está que los reverendos párrocos de aldeas, lugares y villas, en previsión y para ponerse, quien lo deseare, a bien con el Altísimo, anunciaron que durante los días previos, y en los momentos de mayor gravedad, mantendrían abiertas de par en par las puertas de iglesias y capillas, con exposición permanente del Santísimo para invocar el celestial consuelo.

   Hubo alcalde que, hechas cuentas y tratando de calmar a sus administrados, emitió bando con significativa elocuencia en la que venía a decirles que no habían de temerse cosas malas; que esto de los eclipses ya venía sucediendo desde siglos atrás en Europa, y el que sucediese en España era algo bueno, nos hermanaba con los europeos

 

El ferrocarril, a su paso por Guadalajara

   Se estaba llevando a cabo, por aquellos días, la construcción de la vía férrea que desde Madrid, siguiendo la línea del Henares atravesaría Guadalajara para llegar a Zaragoza primero y Barcelona después. La línea férrea que trazó, o de la que sacó tajada, nuestro amigo el bueno de don José de Salamanca y Mayol, marqués de su apellido después. E ideó don José la manera de que el eclipse se convirtiese en el lanzamiento publicitario de su vía férrea, desde Madrid hasta las cercanías de Jadraque, tramos que ya estaban, más o menos, en función.

   Encargó a su hijo, don Fernando, la expedición que había de llevar al confín del mundo, es decir, Atienza o Jadraque, a los expedicionarios: el marqués de la Vega de Armijo, el duque de Sexto; diputados, senadores, banqueros… La flor y nata de las glorias del reino. Que pudo, también, llevar a Su Majestad la Reina y a Su Alteza, el Duque de Montpensier, aunque estos declinaron la invitación. Se montó un convoy especial que, desde Madrid, los llevase hasta… donde pudiera llegar. Madrugaron, pues el tren salió a las siete y media de la mañana, con previsión de llegar, a donde fuese, a eso de la una del mediodía.

   A las nueve y media de la mañana llegaron a Guadalajara, dos horas en tren pasan volando, aunque abren el apetito, por lo que en nuestra capital se sirvió a los invitados un suculento desayuno a base de chocolate con picatostes sin descender de sus coches correspondientes, mientras se daba tiempo a que llegase, para unirse a la comitiva, el señor Gobernador Civil de la Provincia, D. Pedro Celestino Argüelles, con otros altos representantes de las Alcarrias. Como don José de Salamanca pensó en todo, incluso en lo de que les entraría la gazuza por el camino se llevó, para aplacar los estómagos más exigentes, a quien entonces era, en la capital del reino, el mago de los fogones. Don Emilio Lhardy. El del figón de la Carrera de San Jerónimo.

 

El eclipse, desde los altos de Miralrío

   Los excursionistas se entretuvieron demasiado escuchando las ventajas que, en torno a la vía férrea y sus puentes, les fueron detallando los ingenieros, de modo que cuando quisieron darse se les echó la hora encima. El jefe de la expedición advirtió que ni a Jadraque podrían llegar, por lo que tres o cuatro kilómetros antes de alcanzar los pies del castillo del Cid hubieron de descender sus señorías. Previsto estaba el por si acaso, y los arrieros de los pueblos vecinos prevenidos con sus caballerías para subir a sus excelencias a los altos de Miralrío donde, abierta a propios y extraños, como en media España, se encontraba la iglesia. Condes, duques, marqueses, y banqueros, que quisieron asumir el riesgo, tomaron por la embocadura de la escalera de la torre de la iglesia hasta llegar a su campanario poco antes de que, allá en el horizonte, sol y luna comenzasen el baile que preludia la cópula astral. Extasiados contemplaron el evento. Tanto que el cronista de la expedición, escribió: Hacía el Norte y a una distancia que perfectamente se dominaba con la vista se destacó majestuosa la sombra que debía recorrer 2.000 leguas y que pasó el horizonte en pocos segundos. Hacía el sur se descubría el día, aunque modificada su claridad. Y en Miralrío se retrocedió a los primeros crepúsculos de la mañana. Dudamos que pueda ser más placentero observar un eclipse total bajo la zona de completa sombra que en el término medio elegido por la comitiva de aficionados a quienes con tanta finura obsequió la empresa de los ferrocarriles …

   Después llegó el suculento ágape, preparado por el Sr. Lhardy junto al castillo de Jadraque, para celebrar que no pasó nada. Que la tierra, y la Naturaleza, siguieron su curso.

   Bueno, descalabrados hubo. De aquellos que, por mejor ver, se subieron a los árboles, torres y tejados y, de la emoción, dieron con sus huesos en el suelo. Pero ni pararon en seco los caballos, ni se helaron las fuentes, ni corrieron a ocultarse las gallinas, ni se desplomaron los pájaros.

   Lo que está claro es que, desde los altos de Miralrío, se tiene una de las mejores vistas de la provincia y, sin duda, de los eclipses de sol.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 3 de julio de 2026


ELMONCAYO DE FOUCAULT

EL MONCAYO DE FOUCAULT


El 18 de julio de 1860 tuvo lugar uno de los mayores eclipses de sol conocidos hasta aquella época. Hubo otro anterior, en la década de 1840, pero faltaron los medios suficientes para seguirlo. 

EL MONCAYO DE FOUCAULT. El libro, pulsando aquí


Para 1860 la ciencia astronómica había avanzado lo suficiente como para tener un cono-cimiento más exacto del tiempo de duración así como de la línea que seguiría y de los lugares desde donde mejor poderlo observar. 

De entre toda Europa, y a través de los distintos observatorios, se llegó a la conclusión de que España era el lugar más apropiado para la observación. Lo que sucedió en el Moncayo aquel 18 de julio de 1860, aquí se cuenta.

lunes, junio 29, 2026

LOS HERMANOS PASCUAL RUILÓPEZ, PROTECTORES DE ATIENZA

 

LOS HERMANOS PASCUAL RUILÓPEZ, PROTECTORES DE ATIENZA

Bruno, Antonio y Francisca se convirtieron en una auténtica institución social

 

      Casi setenta años han pasado desde que abandonó estos mundos Francisca Pascual Ruilópez, última representante de una familia que dejó su nombre inscrito en la Atienza de la primera mitad del siglo XX; junto a ella destacaron dos de sus hermanos, Bruno y Antonio; a ellos se debe el que algunas de las tradiciones más significativas de la villa continúen vivas, o que a la entrada de la población se mantenga uno de los edificios más emblemáticos, el que fuese Hospital de Santa Ana.

 



Bruno Pascual, el político

   Sin duda, fue Bruno uno de los hombres más conocidos en el entorno de la Serranía desde la última década del siglo XIX hasta su fallecimiento, en Madrid, el 13 de marzo de 1921. Había nacido en Atienza el 6 de octubre de 1858, en una de las casas más significativas de la población, ya que antes de ser hogar para funcionarios municipales, su padre fue Secretario Municipal a lo largo de varias décadas, al igual que su abuelo, ostentó el honroso título de Casa del Concejo, o Ayuntamiento de la Villa.

   Destacó Bruno Pascual en Atienza por sus labores sociales, prestando dinero sin interés a los agricultores, enemistándose de esa manera con los prestamistas oficiales, o dotando a los colegios, iglesia u hospital de algunas de las cosas que necesitaban. Siendo protector del Hospital de Santa Ana, reparado en la década de 1915-25 gracias a su intervención, costeando las obras, a fin de dedicarlo a colegio infantil, creando junto a su hermana Francisca la primera fundación social para mantenerlo. Igualmente dotó a las parroquias de multitud de objetos sacros, principalmente a los patronos del pueblo, el Santo Cristo y la Virgen de los Dolores de Atienza, a cuya imagen donó en 1909 el famoso Rosario de Faroles que en la actualidad acompaña las procesiones de Semana Santa, estrenado el Viernes de Dolores de 1910.

   Atienza le rindió innumerables homenajes, nombrándole igualmente Hijo Predilecto de la localidad, y situando una placa en su casa natal, así como dando su nombre a la plaza de San Juan del Mercado, en la que vivió y nació.

 

Antonio Pascual Ruilópez

   Antonio nació en 1862 y, como su hermano, llevó a cabo estudios superiores tras su paso por el Instituto Provincial. En la Universidad madrileña cursaría Agronomía. Regresó a Guadalajara en 1891 para desempeñar el cargo de catedrático interino de agricultura en el Instituto, cargo que abandonó en 1896 al aprobar las oposiciones al cuerpo de Agrónomos del Estado, siendo destinado a Pontevedra y desempeñando diversos cargos en el Ministerio de Agricultura, alcanzando el de Ingeniero Jefe de segunda clase, del que se jubiló en el mes de marzo de 1924.

   Recorrió Logroño, Santander y Álava, para establecerse definitivamente en Madrid a partir del mes de octubre de 1911, tras ser nombrado profesor de Ampelografía, Viticultura y Enología de la escuela especial de Ingenieros Agrónomos. Posteriormente profesor de Horticultura y Jardinería de la Granja Central de Castilla, dependiente del Estado. En el tiempo que ocupó el cargo en las provincias de Logroño y Álava se mejoraron las plantaciones de viñedo, comenzando a experimentar sus productos una gran expansión. Siendo comisionado por el Gobierno para el estudio de la fabricación de vinos y plantación de viñedos en La Rioja.

   Falleció de forma repentina en Ávila, donde se encontraba pasando una temporada vacacional, el 29 de julio de 1930, siendo trasladado su cuerpo a Madrid para recibir sepultura en la sacramental de San Isidro.

 

Francisca Pascual Ruilópez

   Francisca nació en 1865, trasladándose a Madrid junto a su hermano Bruno en la década de 1890. En Madrid contrajo matrimonio en los primeros años del siglo XX con un prestigioso abogado, enviudando poco tiempo después del matrimonio. Persona, al igual que el resto de la familia, de marcadas creencias religiosas, guardó gran devoción al Santo Cristo de Atienza y la Virgen de los Dolores, a los que tanto ella como sus hermanos dotaron con diferentes obras, entre ellas la corona de plata de la patrona, acogiendo incluso la reforma de sus respectivas capillas.

   Desde muy joven se significó como una personalidad dentro de la sociedad atencina, así como de la de la provincia de Guadalajara, tanto por su elevada clase social como por la personalidad de sus hermanos; heredando a la muerte de Bruno la representatividad familiar en esos actos, religiosos y políticos en los que la familia se significó, señalándose como una firme defensora del gobierno de Miguel Primo de Rivera, hasta el punto de ser en Atienza la madrina de los somatenes. Fue aquel sin duda el acto formal en el que se convirtió en madrina del somaten atencino, al que pertenecía toda la alta clase social de Atienza, desde su alcalde a maestros o veterinarios, así como gran parte del pueblo, el acto más significativo que se vivió en Atienza en aquel periodo. La entrega y bendición de la bandera a los somatenes de Atienza tuvo lugar el 17 de septiembre de 1929 y traspasó los límites de la provincia, siendo recogida incluso por la prensa de Madrid.

   A la muerte de sus hermanos continuó sosteniendo las capillas de la Virgen de los Dolores y del Santo Cristo, a las que Bruno Pascual había beneficiado en su testamento, al igual que ella haría en el suyo propio, dictado en Madrid, ante el notario Rafael Núñez Lagos, el 18 de febrero de 1958.

   El testamento, extenso en dotaciones de misas y legados, contenía alguna que otra cláusula de obligado cumplimiento por sus testamentarios contadores; lo eran su abogado de Madrid, don Francisco García Astigarraga, y su administrador en Atienza. Tras dar cumplimiento al legado familiar dejando su parte a los herederos que consideraba forzosos, descendientes de su hermano Antonio y su sobrina Loreto, hacía diversas particiones entre gentes de la villa, reservando una parte de su capital para continuar manteniendo otra de las instituciones que habían sido emblemáticas para la familia, desde que su hermano decidiera invertir parte de su capital en su rehabilitación en el primer decenio del siglo XX: el hospital de Santa Ana.

    Ordenando y dotando económicamente una fundación que, a perpetuidad, mantuviese aquella dedicación, un colegio de párvulos para niños de ambos sexos, hasta los ocho años de edad. Fundación compuesta por un Patronato del que formaban parte como vocales, de forma vitalicia, y con derecho a sucesión por sus hijos varones, sus dos contadores, formando igualmente parte de dicho Patronato el Alcalde de Atienza que lo fuese en cada momento, así como la Reverenda Madre Superior de Religiosas de la Divina Pastora en Atienza, a cuyo cargo se encontraban las aulas.

   La fundación, en principio, estaba destinada a “restaurar y mejorar el edificio y servicios del Hospital de Atienza y sostenimiento de enfermos ingresados en dicho Hospital”, así como mantener las aulas y facilitar el estudio a cuantos naturales de Atienza acudían a aquellas clases, en las que era obligatoria la enseñanza católica “y buenos modales y costumbres”. Fueron gran número los hijos de Atienza que, gracias a Francisca Pascual Ruilópez, puesto que con anterioridad a su fallecimiento ya mantenía el establecimiento de estas aulas, accedieron a la enseñanza. Un día se cerró aquel hospital, del mismo modo que se cerraron sus aulas, tal vez por falta de alumnos. De la fundación “benéfico-particular de carácter puro”, instituida por doña Francisca Pascual Ruilópez, tal y como se recoge en la escritura de su fundación, y que todavía figuraba en algunos documentos oficiales en épocas recientes, nunca más se supo. Falleció en Madrid el 10 de abril de 1958, recibiendo sepultura junto a sus hermanos en la Sacramental de San Isidro.

   Sin duda, tres nombres para no olvidar.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 26 de junio de 2026


LA VIRGEN DE LOS DOLORES, PATRONA DE ATIENZA

 

 LA VIRGEN DE LOS DOLORES, PATRONA DE ATIENZA

El libro:


El 12 de enero de 1669 llegó a Atienza (Guadalajara), una imagen de la Virgen de la Soledad, copia de la entonces existente en el convento de la Victoria, de Madrid, tallada cien años atrás por Gaspar Becerra.

La imagen fue recibida en la villa con todo el cumplimiento que su devoción merecía, siendo depositada de forma provisional en la iglesia de San Juan del Mercado, entonces en obras. Venía para ser, con toda probabilidad, la imagen que presidiese la capilla funeraria de su donante, Juan de las Huertas, con alto cargo en los oficios del Real Alcázar.






Poco después de su llegada se la dotó de capilla, siendo el hijo de Atienza, Diego de Madrigal, el autor de su retablo. Ya que era, dn Diego, uno de los mejores artífices en aquel arte, de la diócesis de Sigüenza.

A mediados del siglo XVIII la imagen cambió de denominación para ser Nuestra Señora de los Dolores, o de los Siete Dolores, y convertirese en la Patrona de la Villa.







Desde aquellos orígenes, en los que la Condesa de Ureña puso de moda el vestir a estas imágenes a imitación de las viudas nobles castellamas; o que Gaspar Becerra impusiese la de las imágenes “de vestir”, o la reina Isabel de Valois extendiese la devoción por España, han pasado casi quinientos años; de la llegada de la Virgen de la Soledad, más tarde de los Dolores a Atienza, se cumplirán 350.

Es por ello que en este libro hacemos reseña de toda esa historia, o parte de ella, pasada en Atienza; desde la llegada de la imagen a la de su Rosario de Faroles de Cristal que desde el 18 de marzo de 1910 acompaña su procesión.