viernes, abril 24, 2026

FELIPA POLO, LA LIBRERA DE MADRID

 

FELIPA POLO, LA LIBRERA DE MADRID

Regentó en la calle Libreros una de las más populares librerías madrileñas

 

   Nació Felipa Polo Asenjo en Loranca de Tajuña (Guadalajara) el 6 de junio de 1911, destinada a ser una de las libreras más populares de Madrid en las últimas décadas del siglo XX. Al término del decenio de su nacimiento perdió a sus padres y, con nueve años y hermanos a los que cuidar, las autoridades provinciales buscaron para ellos acogida en una de aquellas casas de “Misericordia”, o Inclusas, que tanto abundaban en la capital del reino. Se trataba de un convento del viejo Madrid en el que se acogía a huérfanos y en él entró Felipa con sus hermanos, y del que salió para labrarse la vida.



 

La librera de la calle de Jacometrezo

   Felipa salió de la casa de Misericordia para servir de criadita y chica de los recados, con apenas doce años, de una dama que con el tiempo fue poseedora de una librería en la calle de Jacometrezo. Doña Pepita, o mejor Josefa Borrás Ballester; valenciana de origen, a más de gustarle el libro tenía otras aficiones y oficios en los que gastar el tiempo, a pesar de que lo que en realidad hacía era dedicarse a los demás como maestra de sordomudos. Con ella aprendió Felipa el oficio de comprar libros de segunda mano y venderlos como nuevos, tras darles el repaso necesario y restallarles las heridas.

   La apertura de la Gran Vía y el derribo de algunos edificios, entre ellos parte de la calle de Jacometrezo en donde se encontraba el negocio de doña Pepita las trasladó a la otra acera, a la calle de los Libreros, y allí, años después, tras la muerte de la mujer que la acogió, Felipa Polo abrió su librería propia en el número 16. Justo encima de la librería tenía su domicilio con lo que el olor a papel y libro viejo ascendía por las escaleras interiores que comunicaban tienda y casa, uniéndose en una sola vida el libro y la esperanza de futuro.

   Pudiera pensarse que muchos negocios en una misma calle dedicada a lo mismo era una ruina. Sin embargo no era así. De cualquier punto de España, sabiendo que allí se encontraría lo buscado, se acudía a la calle de los Libreros. Y cuando era conocido que uno de los titulares era de una provincia en cuestión, a ella acudían sus naturales con la confianza que da el paisanaje. Que en ocasiones suele tener sus consecuencias; Felipa llegó a conocerse a muchos de los estudiantes guadalajareños que acudían a la universidad madrileña o a la de Alcalá. Y conoció a quienes eran buenos y malos, por aquello de que buscaban nuevos o viejos manuales.

 

Los dichos de Felipa Polo

   En ocasiones tener una vida dura marca el camino. Se lo marcó a Felipa. Por ello era de esa clase de personas que ante la necesidad soltaban aquello de: “… anda, anda, ya me pagarás cuando acabes la carrera…”. Al término de la carrera el estudiante en cuestión acudía con ese orgullo del recién licenciado a depositar sobre el mostrador los billetes de los libros. No pocos de aquellos que terminaron carreras, hijos de labradores en busca de fortuna en el Madrid de la posguerra y sin recursos propios para comprar los necesarios códigos pudieron tener libros gracias a ella, que se las apañaba para que sin ver heridos sus sentimientos se los llevasen a pago aplazado

   Felipa disfrutaba con eso, que su clientela aprobase la carrera. Es quizá por eso que en más de cuatro ocasiones soltó a algún que otro repetidor y zoquete en el estudio lo dicho de no vuelvas, a menos que fuese en busca de los libros de un curso superior. En su librería, de éxito, empleó a sus hermanos, después pasó el relevo a los descendientes de aquellos.

   Sus broncas se hicieron populares hasta el punto de reconocer algunos de sus clientes que sin aquellas no hubiesen logrado terminar la carrera. Era mujer; como buena mujer de un tiempo que marcó una época, de dichos, refranes y decires. Po ello llenó su librería con sentencias que nos parecerían bufas y entonces tenían su sentido:

   -Si no tienes nada que hacer, no lo vengas a hacer aquí…

   -Quien se hace miel, se lo comen las moscas…

   Esos, y muchos otros que llenarían las páginas de un libro, como ella llenó las páginas de la historia del Madrid, mejor que de los libreros, de las libreras, por espacio de más de cincuenta años. Los que estuvo al frente de su vieja librería. La pudieron las nuevas tecnologías, como a todas, aunque resistió con ella hasta el fin del primer milenio, y arrancó el segundo, ya con sus achaques, hasta que el tiempo se la llevó por razón de edad.

 

Una mujer en el recuerdo

   Felipa, quien a muchos ayudó, y muchos más se esforzaron en el estudio por no escuchar sus consabidas broncas, murió en Madrid, de donde era si no de nacimiento, al menos de voluntad y hábitos de trabajo, puesto que en Madrid pasó más tiempo que en la Alcarria, a pesar de que a sus pueblos dedicó parte de su vida. A su natal de Loranca de Tajuña y al de adopción, donde iría su cadáver luego que fuese muerta, Yélamos de Arriba (Guadalajara), de donde era originaria la familia. En Yélamos, sin que muchos de sus vecinos lo llegasen en su momento a conocer, costeó numerosas obras de caridad. Allí siempre tuvo un rincón en el que “invertir” de alguna manera el dinero que ganaba en su librería madrileña. En Yélamos también quiso que sus ahorros fuesen restallando las heridas que en la iglesia dejó la guerra, o ayudando con libros a escolares y universitarios. Dicen quienes la conocieron y trataron que Felipa fue una mujer: “vanguardista, emprendedora, lideresa generosa, trabajadora incansable y posgraduada en ese completo máster que llamamos vida. Conseguidora de los títulos más inaccesibles, cualquier libro estaba inventariado en su memoria prodigiosa…”

   Y aún dicen de ella dicen más, que “como buena castellana, era de una gran austeridad, carente de ambiciones materiales, altruista, especialmente con aquellos clientes o estudiantes que conocía que se hallaban en dificultades económicas, prestándoles los libros que precisaban para que pudieran examinarse o en regalar bocadillos a aquellos que se encontraban en apuros. Por ello, su tienda era cita obligada para determinados colectivos, como estudiantes, proveedores y editoriales, con los que siempre mantuvo una excelente relación…”

   Tanto fue su mérito en vida que, en vida, recibió la gratitud de números madrileños, y por supuesto de hijos naturales de su provincia de Guadalajara. Pasando a ser parte de la historia del viejo Madrid. Tanto que años después de su muerte todavía se la recuerda. Siendo homenajeada a su tiempo por los cronistas madrileños y por los guadalajareños en Madrid, donde falleció el 25 de abril de 2002. Desde el día siguiente sus restos reposan a la eternidad en el cementerio de su casi localidad natal de Yélamos de Arriba.

   Más tarde, el Ayuntamiento de Madrid situó, sobre la fachada de la casa en la que trabajó y vivió la mayor parte de su vida, una de esas placas que hacen memoria de un tiempo vivido entre libros, papel viejo y letra de imprenta.

   Como que la vida es como la vamos escribiendo día a día y al final, al pasar la última página del libro en el que se va plasmando, encontramos el resumen que, desde la primera, andamos buscando. Pudiera ser lo que Felipa Polo Asenjo buscó y dejó para el futuro de su recuerdo.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 24 de abril de 2026


LORANCA DE TAJUÑA EN EL TIEMPO

LORANCA DE TAJUÑA en el Tiempo

 

   El pasado de LORANCA DE TAJUÑA (Guadalajara), es denso. Desde los tiempos primitivos a la actualidad, la historia ha ido pasando y dejando un poso inmenso en sus calles, sus personajes o su patrimonio.

   Forma parte de la Alcarria, a medio camino estuvo entre la actual provincia de Guadalajara y la de Cuenca, quedando incluida finalmente en el siglo XIX en la primera.

   Por aquí pasó Álvar Fáñez de Minaya cuando, junto al Cid Rodrigo de Vivar marchó camino de Valencia, y antes de ello reconquistó la Alcarria. Por aquí pasaron los Mendoza y en Jesús del Monte hicieron un alto los maestros jesuitas de Alcalá.

   Con concisión, las páginas siguientes repasan una importante parte de la historia, el costumbrismo y el patrimonio histórico de Loranca de Tajuña.

 

 

LORANCA DE TAJUÑA, EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ

 

 

SUMARIO GENERAL:

 

-I-

Loranca de Tajuña

Pág. 9

La Situación, la Geografía, los Orígenes

El partido de Pastrana

Demografía

Loranca de Tajuña en los manuales

Los Diccionarios

Algunos topónimos del término

Callejero tradicional

 

-II-

Entre los tiempos remotos, y la reconquista

Pág. 29

Páginas para la Historia

Alvar Fáñez de Minaya

Loranca de Tajuña, aldea de Guadalajara. Señorío de los Mendoza

 

-III-

Loranca de Tajuña, Siglo XVI

Pág. 53

Las Relaciones Topográficas de Felipe II

 

-IV-

Loranca, entre los siglos XVII y XVIII

Pág. 67

El Catastro de Ensenada

Un personaje del siglo, Manuel Justo Martínez Galiano

El Colegio de Jesús del Monte

 

-V-

Guerra por una Independencia

El Siglo XIX

Pág. 101

El 2 de mayo

Las guerras carlistas

 

-VI-

Loranca de Tajuña, entre el ayer y el hoy

Pág. 121

El Pósito

La asistencia médica y farmacéutica

Loranca de Tajuña s en los tiempos del Cólera

Zofra y ladra o hacendera (prestación personal)

La llegada del Siglo XX

La fiesta, en Loranca de Tajuña

En torno a los Mayos en Loranca

 

LORANCA DE TAJUÑA, EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ

viernes, abril 17, 2026

PAREDES DE SIGÜENZA, CRUCE DE CAMINOS

 

PAREDES DE SIGÜENZA, CRUCE DE CAMINOS

Una pequeña villa cabeza de extensa tierra, y cruce de caminos

 

    Paredes de Sigüenza fue, desde que se tiene conocimiento del sentir de esta tierra, una parte más de la de Atienza a cuyo histórico partido judicial perteneció; muy a pesar de que las autoridades políticas, para distinguirla de otras “paredes”, la dieron el significativo apellido que ostenta; como si hubiesen tenido el presentimiento allá por el siglo XIX que uno más tarde, en el XX, se habría de convertir, efectivamente, en tierra de Sigüenza. Mucho antes, en el XIV, cuando fue desgajada del Común de Villa y Tierra de Atienza, fue su Señor natural don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla y poderoso caballero territorial por estos pagos, que fueron extensos desde estos límites de la episcopal Sigüenza hasta las torres de los castillos sorianos de la tierra de Gormaz.

   De Don Álvaro, tras los sinsabores que en presidió aragonés padeció don Gastón de la Cerda en cuya descendencia se crearía el ducado de Medinaceli, a él le dio la hoy tierra de Paredes el rey, Juan II, el 3 de agosto de 1453. Paredes con su extenso dominio territorial, pasando a ser cabeza de una serie de poblaciones que al día de hoy se encuentran en los límites de Guadalajara y Soria, vertebrando las alturas de estas tierras que no quedaron en los Medinaceli sino que estos, a poco de adquirir el ducado, las pasaron previo acuerdo económico de significación a quienes serían para el futuro los “Señores de la Tierra de Paredes”, a más de ostentar títulos tan significativos como Condes de Coruña, la Coruña de tierra de Soria, y el vizcondado de Torija: los Mendoza descendientes de don Lorenzo Suárez, hijo que fue de nuestro buen marqués de Santillana; a D. Lorenzo fueron Paredes con Bujalcayado, La Miñosa, Cercadillo, Cañamares, Madrigal, Morenglos, Alcolea de las Peñas, Cincovillas, Torrevicente, Barcones, Tordelrábano y algunas otras por las que en total pagó nuestro Mendoza una buena suma: 3.790.606 maravedíes.

   Paredes se convirtió en la capital de este pequeño o gran territorio, cuyos alcaides no gobernaron todo lo bien que cabría imaginar, teniendo en cuenta que numerosas de las poblaciones a la villa pertenecientes intentaron la independencia alegando el mal trato que desde aquí, en los límites castellanos, recibían de aquellos. Unos límites que con el tiempo pusieron a la sin duda elegante cabeza de villa y tierra, al pie de los caminos que dividieron Soria de Guadalajara y por donde como paso obligado discurrió el que desde Madrid llevó por esta parte a la frontera pirenaica.




 

Paredes, camino de paso

   Hubo de ser desde tiempos remotos un camino de paso obligado el de Paredes, puesto que por aquí se comienza a ascender a tierras superiores; las que llevan a Villasayas y Barahona (o Baraona, como gusta a muchos escribir), ya en tierra de Soria. De ahí que, junto a la hoy carretera, antiguo camino real, surgiesen paradores, mesones o ventas en los que los caminantes pudieron encontrar refugio, siendo lugar de frecuente paso entre las dos Castillas en su también camino hacía Aragón a través de la sin par villa soriana de Ágreda.

   Este camino real comenzará a alcanzar cierto relieve en los primeros años del siglo XIX, tras la ampliación y mejora que tiene lugar en los últimos años del siglo XVIII –a partir de 1779-, y al margen de la Guerra de la Independencia, siendo lugar de paso habitual para las tropas francesas, a pesar del mal estado en el que ya para entonces se encontraba, como nos recuerda Gaspar Melchor de Jovellanos en sus “Diarios”, cuando libertado de sus prisiones en Mallorca acudió a Jadraque, procedente de Barcelona, a donde llegó desde las islas, al encuentro con el atencino Juan José Arias de Saavedra; el paso por Paredes tuvo lugar el 31 de mayo de 1808: “… emprendimos la penosa jornada de la tarde atravesando a Villazayas (Villasayas)… Atravesamos luego los famosos campos de Barahona donde tenían sus congregaciones las brujas cuando se creyó que las había; pasando por el lugar del nombre caímos en Paredes, situada en una hermosa y fértil vega, entre alturas, al parecer, volcánicas. Hace frío, y el clima cambió…” Todo hace suponer que Jovellanos pasó la noche del 31 de mayo al 1º de junio en la venta o posada de Paredes, puesto que en su viaje, tras dar vista a la villa, torna su pensamiento a darnos cuenta de algunas costumbres de la tierra, emparentadas con las hoy sorianas de Almazán, como son el vestido de sus hombres, “la gente viste montera, chupa, justillo, calzas de lana y hasta corizies –zapatos de cuero-, como en Asturias.” Y nos habla de la limpieza de los centenos, que por aquí se extendió igualmente a los trigos y resto de cereales, en la limpieza previa de las malas hierbas, con anterioridad a la siega: “se escardan los centenos con dos palos con gancho y esta labor es principalmente de las mujeres. Así los centenares se ven en extremo limpios”.

   A la mañana siguiente, saliendo de la venta de Paredes a eso de las cinco de la mañana, inicio del día, “a la media legua se empieza a descubrir la villa de Atienza…” Villa que se situaba a escasas dos leguas de Paredes; por la que años antes, en 1592, tendremos también el paso del rey Felipe II cuando de regreso de las Cortes de Tarazona descienda por los altos para dirigirse con el príncipe heredero, Felipe III, hasta Atienza, enviando a la guardia que los acompañaba a buscar cobijo en los lugares del entorno en el mes de diciembre de aquel año. El paso de la comitiva real nos lo describe el capitán de los archeros del rey, Enrique Cook, en 1592.

   Años después el mismo camino llevarían a cabo sus herederos, Felipe III y Felipe IV, y por él llegó a Atienza en el mes de enero de 1792 el primer rey de la dinastía Borbón, Felipe V.

   Son sólo dos de las numerosas citas que quedarán para la posteridad del paso de gentes principales por el lugar; que se incrementarán con el paso de los siglos, y más cuando a partir de 1862 las vías férreas crucen por sus cercanías, primero por Jadraque y dos años más tarde por Sigüenza.

   En 1853 se abrió la llamada carretera, tal y como hoy la conocemos, más bien camino de carretas, que conduce desde Madrid a Pamplona por Guadalajara y Soria, y que será en el futuro la que, asfaltada o alquitranada, una estas tierras con las del norte, siendo camino prácticamente obligado para todo aquel que desde la frontera francesa trate de llegar a Madrid por la vía más rápida o más cómoda, hasta que en la década de 1870 llega el ferrocarril a Zaragoza.

   Con el fin de obtener algunos ingresos para mantener el camino-carretera, e ir ensanchándolo con el pasar del tiempo, se crearán una serie de portazgos para cobrar el correspondiente peaje a los viajeros. Serán siete en total entre Madrid y Logroño, ubicándose el tercero saliendo de Madrid, en esta villa; el primero se encontraba en Sopetrán.

   Con posterioridad a esta se abrirá, a partir de 1860 el proyecto de una nueva carretera, la que desde Paredes lleve a través de Riba de Santiuste hasta Sigüenza. Obra que llevará a cabo el contratista Tomás Sandoval, empleando a numerosos trabajadores, hombres, mujeres y niños, así como animales de carga; asignándose a cada persona, o caballería, el correspondiente jornal diario: hombres a 8 reales; mujeres y chicos de 4 a 6 reales y caballerías a 5 reales.

   Carretera que sería mejorada en 1919, quedando desde entonces Paredes surcada por dos reales caminos que, al día de hoy, tan solo ocasionalmente son transitados.

   Como que el tiempo todo lo muda, a veces el paisaje también.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 17 de abril de 2026


UN LIBRO SOBRE PARADES DE SIGÜENZA

PAREDES DE SIGÜENZA. CRUCE DE CAMINOS. Aportes para una historia

   Se encuentra Paredes de Sigüenza en el extremo norte de la provincia de Guadalajara, al pie de los altos de su nombre que separan las actuales provincias de Guadalajara y Soria, dentro de la amplitud de la llanura conocida como “Valle del Salado”, por discurrir a lo largo de este el río que con sus aguas dio pie a la formación en el valle de decenas de explotaciones salineras producto de la desecación de las aguas cuando todo este territorio se encontraba ocupado por ellas. Un mar que llegaba hasta el interior de la península y que dejó en las entrañas de esta tierra, con su desecación, lo que habría de ser con el pasar de los siglos una de las riquezas principales, no sólo del valle, también de la provincia.
      Los estudiosos de la materia, al hablarnos de las salinas de la provincia de Guadalajara y concretar sobre las que se sitúan en torno al valle del río Salado y comarcas de Atienza-Sigüenza, nos dan cuenta de que los terrenos se encuentran formados por consecutivos depósitos de margas, yesos y arcillas: 




   …reductos de un mar primigenio que anegó las tierras del interior peninsular; aparecen surcados en sentido más o menos norte-sur, por diferentes cuencas tributarias de los rebordes del Sistema Central que buscan verter sus aguas sobre una de las principales redes hidrográficas de España: el Tajo. Un tributario de esta red es el río Henares, y a su vez el río Salado lo es del anterior. Su nombre indica su principal característica: desde sus orígenes en torno a la Laguna de “El Madrigal”, discurre cargado de sales procedentes del tajo que el curso de las aguas produjo en las arcillas del Keuper, masivas de este territorio[1].

   Continúan estos autores describiéndonos el terreno, dándonos cuenta de que el río Salado nace en el término de Paredes de Sigüenza, a los pies de la Sierra Gorda, conformando el conjunto del valle un peculiar trazado en zig-zag, al que se adapta el propio río conformado por varios tramos de norte a sur: el valle de Bochones, el valle de los Prados o de Atienza, el valle de Valdelcubo, el valle de la Riba, el valle del Salado-Vadillo, el valle del Atance y el valle de la Paramera de Baides. Siendo sus principales afluentes, salvo el Gormellón que lo hace por la derecha, el resto por la izquierda, el Berral, Querencia, Bretes y Vadillo.
   Justo es, en este punto, dejar constancia de la denominación de “Salado” para un buen número de ríos y arroyos a lo largo de la Península; incluso en la provincia de Guadalajara son numerosas las denominaciones si bien tal vez la más significativa sea la del río Linares, al que igualmente se le denominó “Salado”. Igualmente encontraremos la misma denominación en riachuelos y arroyos que bordean o bordearon las salinas provinciales.
   Hoy la población se encuentra en uno de esos puntos centrales de nuestra España vaciada, en la que domina el silencio.
   Pero, a pesar de ese silencio a que nuestros pueblos, y con ellos Paredes, han quedado condenados, la villa se mantendrá viva, mientras alguien la recuerde y nos quede un testimonio para poder dar fe de que tuvo una historia, unas vivencias, muchas cosas que contar de las que, las páginas que componen esta obra, pueden ser el comienzo.


 
 
ÍNDICE:

-I-
PAREDES DE SIGÜENZA
Pág. 9
Orígenes, Geografía y Población
Demografía

-II
LA HISTORIA
Pág. 17
La Reconquista
La Varona de Paredes
La Comunidad de Villa y Tierra de Atienza

-III-
PAREDES EN LA EDAD MEDIA
Pág. 27
Los Señores de Paredes
Gastón de la Cerda, Señor de Paredes
Paredes en el Condado de Coruña y Vizcondado de Torija

-IV-
EL PASO DE LOS SIGLOS
Pág. 39
El Catastro de Ensenada
El Siglo XIX
Paredes, cruce de caminos
Paredes y la muletería
El Mercado de los Viernes
La Cárcel
El Municipio, el urbanismo y el Concejo
El Pósito
El Médico-Cirujano
Sacristán, Maestro y Secretario Municipal
El horno de pan cocer, u horno de poia
La taberna y la posada
La segregación de Rienda

-V-
PAREDES SIGLO XX
Pág. 69

-VI-
La Iglesia y el Hospital
Pág. 75

-VII-
LAS SALINAS
Pág. 85

VIII-
Entre la historia y la leyenda
Pág. 95
La Laguna del Madrigal de Paredes
La Leyenda de la Laguna de Paredes
El caso de Ángel Cabellos de Francisco
María Pérez, La Varona

APÉNDICES:
Pág. 107
Luis de la Cerda, V conde de Medinaceli, vende a Lorenzo Suárez de Mendoza, I conde de Coruña, Paredes de Sigüenza y su tierra. Sigüenza, 25 de agosto de 1473.
Concierto entre Lorenzo Suárez de Mendoza, I conde de Coruña, y el concejo de Atienza sobre Cincovillas, Madrigal y Vesperinas. Toledo, 9 de febrero de 1480.
Real Orden Sobre Sepulturas, en torno al proceso de exhumación del suicida Ángel Cabellos
PAREDES DE SIGÜENZA, EN LOS DICCIONARIOS
Paredes de Sigüenza, en los anuarios
Condiciones bajo las cuales ha de sacarse a pública subasta la conducción diaria del correo de ida y vuelta entre Paredes y Atienza.

BIBLIOGRAFÍA PRINCIPAL

lunes, abril 13, 2026

EL EREMITORIO DE LAS CUEVAS, EN ATIENZA

 

EL EREMITORIO DE LAS CUEVAS, EN ATIENZA (Eremitorios medievales en la villa de Atienza)

 

    Si buscamos una definición para eremitorio, al día de hoy no nos será complejo poderla hallar en cualquiera de los numerosos diccionarios, incluso virtuales, que tenemos a nuestra mano. En ellos nos darán cuenta de que son el antecedente de nuestras conocidas ermitas: es un término que ha sido empleado para hacer alusión al lugar al que se retira y donde realiza sus actividades el eremita. ​ Una palabra relativa a la arquitectura religiosa que provendría de la palabra eremita (ermitaño), a su vez del griego eremites, también se define como el “sitio en que hay una o varias ermitas”. Un ejemplo antiguo de su uso se halla en “Del establecimiento de los primeros eremitorios, pretenden los antiguos cronicones arrancar la fundación de algunas iglesias”.




   No falta quien opine que la definición proviene del francés “hermitage”, y por supuesto, su referencia a las ermitas.

   Numerosos son los eremitorios que se han descrito a lo largo y ancho de la provincia de Guadalajara en los últimos años, sobre todo en las falas de las sierras de Miedes, Pela y Bulejo y, por encima de ellas, en el Desierto de Bolarque.

   También han sido numerosos los autores que se han ocupado de ellos, desde Francisco Cortijo Ayuso (El Desierto de Bolarque), a autores más recientes que, al hablarnos de la comarca alcarreña de Peñalver se han introducido en el mundo del monasterio de La Salceda; entre ellos José Luis García de Paz o José Ramón López de los Mozos, quienes nos descubrieron en aquellos parajes las famosas cuevas o eremitorios de Los Hermanicos.

   Conocidas son, en tierras de Miedes, Ujados e Hijes, las también cuevas eremitorios de El Espinarejo (Miedes); o las numerosas del entorno, en Albendiego o Romanillos.

   Y, ante todo, las ubicadas en término de Ujados. Todas ellas orientadas al Sur, y horadadas sobre la montaña de roca rojiza, las descritas y conocidas en Ujados son cuatro, Peña Gorda, Puentecilla, del Tío Grillos y Mingolario.

   Algunas más se hallan en tierra de Higes y otras continúan hacía Albendiego, haciendo pensar que fueron excavadas por el hombre, bien para servir de refugio habitacional o bien, como en otras partes de la provincia o región, a modo de eremitorios.

   La roca blanda, de fácil trabajo para horadar en ella las distintas estancias, permitió dotarlas de una especie de sala o estancia principal, en la mayoría de ellas, ensanchada en algunos casos por los derrumbes naturales. Casi todas ellas constan de una única entrada, sin más orificios al exterior, lo que permitía su fácil defensa, caso de tener que refugiarse en ellas ante el peligro de ataque de algún animal; pues no cabe pensar que fuesen utilizadas como defensa ante el ataque de otros humanos.

   La creencia en cuanto a su construcción, ya que lo fueron indudablemente por manos humanas, es que esta debió de llevarse a cabo entre los siglos V y XI.




   En las cercanías de cada una de ellas, para cubrir las necesidades del más que probable eremita que las habitó, se encuentra una fuente de agua dulce.

   E igualmente en las cercanas poblaciones de Alcolea de las Peñas y el desaparecido poblado de Morenglos se encuentran las allí conocidas como de La Merendilla. Bajo la que fuese iglesia de Morenglos se encuentran las de dicho nombre, quizá de las mayores que encontramos en la comarca.

   No se ha descrito por ninguno de los autores conocidos, ni se han publicado en ninguno de los trabajos que recogen este tipo de edificaciones, si tal denominación podemos dar a las cuevas edificadas en la roca, ninguna de las existentes en el término municipal de Atienza, quizá por no encontrarse en lugares elevados, o rocosos que llamen la atención. La principal de ellas se localiza en medio de un valle, con agua dulce cercana, al igual que las anteriormente conocidas, e igualmente orientada al Sur, o más bien Sur-Oeste.

   Frente a estas cuevas-eremitorio, ubicadas en el paraje denominado de Los Arroyuelos, y más comúnmente conocido en Atienza como “Las Cuevas”, a mayor distancia de la villa, en las faldas del monte Hontanar y lugar conocido como “El Nacedero”, se hallan otras de mayores dimensiones orientadas en dirección a la villa, posición Norte.

   El porqué de estos lugares lo podríamos encontrar en la reseña que nos hace Carmen Díez González (Los eremitorios en la Cuenca del Tajo): A la hora de buscar el retiro y alejamiento del mundo parece que las fundaciones obedecen a tres estilos. La primera correspondería a la búsqueda de parajes ocultos, verdaderamente escondidos donde poder desarrollar la oración en silencio y en consonancia con una naturaleza propicia que insiste en la imagen de ahondamiento espiritual. Por otra parte la que corresponde con una vida de ascesis anímica en la que se asciende en grados de perfección abandonando comodidades, elige lugares agrestes o las cimas de las montañas. Por último, la busca el sosiego y la paz interior se corresponde con paisajes suaves, abiertos, de carácter amable…




   Este último sería el caso de las cuevas-eremitorio de Atienza. Ubicadas en las cercanías de la villa y sin embargo lo suficientemente alejadas para encontrarse con el sosiego y reposo de la Naturaleza.

   Desconocemos desde cuando fueron habitadas, ya que indudablemente se excavaron en la roca por la mano del hombre, probablemente en época visigoda, y seguramente utilizadas con posterioridad a la Reconquista como lugar de reposo y oración por las numerosas órdenes religiosas que pasaron por la comarca. Hasta que la edificación de monasterios y conventos las hizo innecesarias, como sucedió en otros lugares. Pasando a ser, en numerosas ocasiones, ermitas hoy distribuidas por los cuatro puntos cardinales de España.

   La roca bajo la que se asientan, forma parte de una gran laja de arenisca roja, de fácil excavación, lo que permitió a los primitivos constructores llevar a cabo una gran obra, al descubrir una primera sala e ir ampliando con el paso del tiempo, hasta llegar a descubrirse dos amplios espacios con cuatro entradas diferentes, tres de ellas abiertas sin duda por la mano del hombre y la cuarta provocada sin duda por un desprendimiento en la excavación. Desprendimiento que unió en algún momento el conjunto.

   Como bien indica Enrique Daza Pardo (La edilica Rupestre en el norte de Guadalajara: Hábitat y eremitismo): Se trata de rocas fácilmente moldeables, ya sea por la acción de los agentes atmosféricos como por la mano humana, lo que favorece su elección como soporte de cara a la excavación de una substructura.





   Sobre la roca, en la actualidad cubierta de maleza, una conveniente limpieza podría descubrirnos otras oquedades como, sin lugar a dudas, algún tipo de tumba antropomorfa semejante a las halladas en Morenglos o Ujados.

   El paso del tiempo, y las distintas utilizaciones que desde su abandono como eremitorio, no permiten encontrar rastros de inscripciones, e incluso podrían haber desaparecido algún tipo de hornacina que en este tipo de cuevas fueron frecuentes. El espacio fue utilizado a lo largo del tiempo como refugio de pastores y ganado. Pues su interior, de espaciosa anchura al igual que altura, lo permitió.

   A pesar de ello, se trata de un espacio digno de estudio y conocimiento del que no dudamos que estas primeras líneas en torno a él, serán preludio de otras muchas y, sin duda, de mayor calado y ciencia.

   No es el único; como sucede en otros puntos de importancia en la provincia de Guadalajara, Atienza cuenta en sus alrededores con, al menos, tres eremitorios más, si bien de menores dimensiones que el conocido de “Las Cuevas”.

 

Tomás Gismera Velasco/ Revista Digital “Atienza de los Juglares” / Núm. 131. Noviembre 2020

domingo, abril 12, 2026

LA IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA, EN ATIENZA

 

LA IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA, EN ATIENZA

Sin duda, la más moderna, que no por ello deja de sorprender

 

 

   Probablemente nunca conoceremos la fecha en que se levantó la primitiva iglesia de San Juan Bautista, en Atienza, de trazas románicas como apuntan los entendidos en este arte. Es lo cierto que debió de ser una de las últimas en alzarse en la época del auge atencino, llamada a estar entre las principales por su situación. Al menos desde el siglo XV cuando la parte alta de la villa quedó prácticamente arrasada, quedando el gran calvero despoblado que actualmente y desde aquel tiempo rodea al castillo. A partir de los años finales del siglo XV o inicios del XVI, cuando comenzó a tomar forma la entonces Plaza Mayor, en la que se ubicó este templo, comenzó a denominarse a la iglesia “del Mercado”; en la plaza se celebraban los mercados semanales, y no solo eso también las celebraciones de importancia e incluso los actos más significativos de la justicia ciudadana, real o local, puesto que en la plaza se centraban los poderes: el de la iglesia, el de la justicia y el del Concejo. Aquí se alzó la sede del Cabildo de Clérigos, la del Concejo, la del Corregidor, la cárcel…




 

Una iglesia en obras

   La primitiva iglesia, románica o de transición, fue derribada en torno al siglo XVI; para entonces a juzgar por los testimonios escritos ofrecía un estado lamentable, con amenaza de ruina en su interior. Nos cuenta el papeleo documental de sus archivos que para 1624 la mitad de la nueva iglesia ya se encontraba levantada tras 38 años de trabajos. Muy a pesar de que entre obra y obra continuaron los oficios litúrgicos, puesto que aquellas se llevaron a cabo por partes y mientras la capilla mayor se encontraba entre andamiajes, los oficios tenían lugar en alguna de las laterales. Cuando no quedaban, las obras, interrumpidas por la falta de dinero que fue una constante desde que se derrumbó la antigua. El mayor problema a la hora de alzar el edificio tal y como hoy lo conocemos siempre fue el económico, puesto que esta iglesia nunca estuvo entre las de mayor recaudación de Atienza, por lo que se recurrió a las arcas de Santa María del Rey, una de las de mayores posibles entonces, junto a la de San Salvador.

   De Santa María del Rey se tomaron en préstamo algunos cientos de fanegas de trigo a devolver en siete años, los que a partir de 1624 debían de ser los que viesen la obra concluida. Que lo estaba para 1665, fecha en la que se remató la torre de las campanas. No hubo dinero para más, ya que las iglesias de Santa María del Rey y de la Trinidad habían prestado la práctica totalidad de su grano, moneda de entonces, y dinero, para estas obras casi interminables, sin recuperar siquiera la mitad del préstamo, y no había ya de dónde sacar para dotar a la iglesia de una elegante torre campanera como hubiera sido deseable. A pesar de ello la mole parroquial, aún sin torre, ya que se aprovechó uno de los torreones de la muralla para albergarla, en poco desdice del urbanismo atencino.

   La remató el cantero Simón de Rioseco; las bóvedas las concluyó Fernando Álvarez; y tampoco conocemos con certera precisión, ni siquiera de forma aproximada, a cuanto se elevaron unas obras que en el tiempo se prolongaron finalmente por espacio de más de cincuenta años, con piedra del antiguo templo, y alguna carretada más traída de las canteras de la cercana población de Morenglos.

 

Un interior deslumbrante

   Concluida la caja fue necesario llenarla, para lo que de nuevo hubo de recurrirse a la voluntad del vecindario e iglesias de la villa. Algunas de las notables familias, la de Luis de Arias entre otras, aportó algunos cientos de maravedíes para la construcción del retablo mayor; el comendador del convento-hospital de San Antón unas fanegas de trigo; e incluso los párrocos de las vecinas poblaciones de Naharros, Jadraque o La Miñosa pusieron algo de su parte.

   Fue probablemente el retablo mayor una de las piezas más costosas, tasado en torno a los 15.900 reales, ajustado por el retablista seguntino Diego del Castillo, y concluido por el atencino Diego de Madrigal, tal vez el más aventajado de sus alumnos. Retablo que se ejecuta entre 1686 y 1714/16, cuando se concluye el dorado por Agustín Vázquez.

   Retablo para el que se ajustó con el taller de Alonso del Arco la serie de pinturas que debían ornarlo, y que finalmente fueron: en la predela, a la izquierda, El Bautismo de Cristo; a la derecha La predicación del Bautista; en el segundo piso, en la calle izquierda, La Lapidación de San Esteban, y a la derecha, San Martín partiendo su capa con el pobre; por último, en el ático, en el lateral izquierdo, la Oración de Zacarías; en el centro la Asunción de la Virgen, y en el lateral derecho el Nacimiento de San Juan Bautista. Falta actualmente un octavo lienzo, el titulado el Banquete de Herodes, que se encuentra en el Museo de Arte Religioso de San Gil y que probablemente ocupó un lugar en el nicho central de la predela. Por el conjunto de la obra se pagó la nada desdeñable cifra de 4.140 reales, actuando de intermediario el corredor de pinturas Juan de Moya, a quien se envió, como recogen los libros de fábrica, es de suponer que a más de la cantidad correspondiente a la intermediación de su trabajo, dos perniles de tocino, dos quesos y cuatro pares de perdices, para que tuviera buen gusto a la hora de elegir las pinturas. Se encontrarían en Atienza en 1693, prácticamente diez años antes de la muerte del artista, en Madrid en 1704.

 

Hidalgos y caballeros

   Apellidos de sonoro lustre, como los Sopuerta; Vigil de Quiñones; Arias de Saavedra; Serantes de Sandoval; Elgueta, Olier, y una o dos docenas más, hallaron reposo eterno en las capillas laterales, actualmente alteradas y que tradicionalmente estuvieron dedicadas a San Antonio de Padua, con su imagen, buena escultura y arriba lienzo que representa a la Virgen poniendo la casulla a San Ildefonso; San José, con su imagen de talla, grupo moderno de la Sagrada Familia y otra escultura de un Santo; de la Virgen de los Dolores (labrado con posterioridad a 1700), con su imagen de muy buena escultura, y el Niño Jesús, talla de lo mejor de la iglesia, y escultura de San Joaquín y Santa Ana; El de La Virgen que llaman vulgarmente “de la Resurrección”, con su imagen; el Altar de San Francisco Javier, con lienzo del santo, imagen moderna de gran talla de La Milagrosa. Y arriba otro cuadro en lienzo de San Juan Evangelista; el Altar de la Virgen del Rosario, con su imagen, escultura de José Salvador Carmona, y arriba un lienzo de la Flagelación; y el Altar de la Inmaculada; con su imagen moderna y un lienzo arriba…; como reflejaron los inventaros del primer cuarto del siglo XX.

   La mayoría de los retablos primitivos que compusieron las llamadas “capillas” de la iglesia fueron labrados, o tallados, entre la mitad del siglo XVII (1666 el de la Inmaculada; 1670 el de la Virgen del Rosario, etc.) y parte del XVIII (altar de la Virgen de los Dolores). Años en los que Atienza es, de alguna manera, patria de grandes artistas en el arte del retablo, su escultura o su dorado, con nombres que sonarán para el futuro artístico de la diócesis, desde el ya dicho Diego de Madrigal a Lorenzo Forcada, Francisco Gonzalo, José de la Fuente o Francisco del Castillo.

   La visita siempre es una sorpresa.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 10 de abril de 2026

 

 

ATIENZA DE AYER A HOY, IMÁGENES DEL PASADO Y DEL PRESENTE

 ATIENZA DE AYER A HOY. IMÁGENES DEL PASADO Y DEL PRESENTE
La transformación de Atienza (Guadalajara), a lo largo del siglo XX, a través de la imagen.
Un libro de imágenes fotográficas que nos lleva al ayer y nos presenta, documentadamente, el hoy.
Fotos antiguas de Atienza (Guadalajara), y su versión actual, en el mejor libro de imágenes posible.


Atienza (Guadalajara), es una de las villas con más carácter, historia y monumentos, de la provincia de Guadalajara y, a su nivel, de Castilla. Su historia, ha sido tratada en numerosas ocasiones. Es grande. Como su paso a través de los siglos dejando, marcando, su huella. 




En el transcurso de ellos, de los siglos, y de ella, de la historia, Atienza fue creciendo, añadiendo obras a su monumentalidad, hasta llegar a nuestros días. 

La obra fotográfica de diversos autores, que ya fijaron su mirada en Atienza desde la mocedad de la fotografía hasta nuestros días, nos harán recrearnos en el pasado de nuestra villa y en su indudable transformación a través del siglo, hasta llegar a ser como hoy la conocemos. 




Transformaciones en muchas ocasiones acertadas, en otras tendrá que ser el lector, o el visitante, quien lo juzgue, ya que la crítica no es objeto de esta obra; sino la de mostrar, con imágenes del antes y el después, nuestra evolución. 

De cualquier modo, Atienza, siempre merece una mirada. Incluso comparativa.