viernes, mayo 07, 2021

MEMORIA DE JULIÁN GIL MONTERO

MEMORIA DE JULIÁN GIL MONTERO
Natural de Guadalajara, fue uno de los más prolíficos periodistas del siglo XX

  

    Don José Sanz y Díaz, molinés de pluma ilustre, solía recordar cada cierto tiempo a don Julián Gil Montero, desde que la muerte se lo llevó en 1967. Lo continuó haciendo hasta que la muerte se llevó también a don José Sanz y Díaz, como Gil Montero, prolífico hombre con la pluma.

  Fue Julián Gil Montero uno de esos hombres apasionados por la escritura y por la historia que ha dado la provincia de Guadalajara. Apasionado porque comenzó a escribir y dar a conocer sus escritos a muy temprana edad, con apenas 18 años, y continuó escribiendo, prácticamente, hasta el día de su inesperado fallecimiento.

 

 


 

Vocación de periodista

   Nació en Guadalajara, en los últimos albores del siglo XIX, el 11 de abril del histórico año de 1898, hijo de un matrimonio de comerciantes de la capital, don Julián Gil Morillas y doña Constanza Montero Villanueva; siendo el primer hijo del matrimonio. Sus padres se casaron en Albalate de Zorita, patria natal de la novia, un año antes, en el mes de junio de 1897.

   Don Julián Gil Morillas fue el propietario de una conocida industria establecida en la capital de la provincia dedicada a la fabricación de jabones y productos de limpieza, ubicada en la calle Mayor. Quizá por ello, por andar desde la infancia metido en el mundo de la química, nuestro paisano estudió algo relacionado con ella pues fue, entre otras cosas, químico; también topógrafo del Estado; después de pasar por los colegios de Guadalajara y por el Instituto Provincial. Donde dio muestras sobradas de estar interesado por las Ciencias Naturales, a cuyo estudio dedicó parte de su vida, dando muestras de su conocimiento en alguna de las más importantes revistas de su tiempo dedicadas a ella, hablándonos de cómo conservarla y aprovechar sus recursos, sin castigarla.

   El 16 de julio de 1916 se dio a conocer literariamente a la provincia a través del entonces semanario “El Liberal Arriacense”, haciendo para sus paisanos una especie de análisis de la actualidad de la ciudad, que pasaba por aquellos años por contar algún sucedido de la guerra que asolaba Europa. Y En el Liberal Arriacense continuó escribiendo hasta que le llegó la edad de ingresar en filas y marchar a servir, y defender, a la Patria, en tierras coloniales.

   A la par que escribía sesudos artículos para El Liberal, también dedicó algo de su tiempo a la poesía. Sus primeros poemas vieron la luz en el que, desde que marchó al servicio militar, sería el periódico al que dedicaría el mayor tiempo de su vida: “Flores y Abejas”.

 

 

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Don Julián, novelista y corresponsal de guerra

   Con veinte años publicó su primera novela, Vadoalegre, que vio la luz en la primavera de 1920 a través de la imprenta de Rivadeneyra, con ilustraciones de Félix Pascual. Se dio a conocer, como no podía ser de otra manera, en su periódico de cabecera, el “Flores y Abejas”.

   Para este periódico narraría, porque los vivió en primera persona, aquellos tristes avatares de una de tantas guerras de España con el vecino Marruecos que dejaron el desastre monumental del Monte Arruit, donde tantos jóvenes españoles perdieron la vida; tantos se convirtieron en héroes y, algunos, en villanos. Siendo sin duda el primer cronista de guerra que conoció la provincia de Guadalajara. Antes de ello escribió para el periódico algún que otro cuento y no pocas crónicas.

   A Melilla fue como soldado de cuota en la tercera unidad de Aeronáutica. Y allí vivió esas experiencias que imponen carácter cuando está en juego la vida, y se ve cómo algunos de quienes fueron amigos, la pierden.

    Contó para los guadalajareños cómo era Melilla, y cuál el sentir de Monte Arruit, donde algunos paisanos, como el famoso capitán Arenas, alcanzaron la categoría de héroes. Regresó de la guerra, con su unidad, en el mes de mayo de 1922. También con las heridas morales que deja una guerra de aquellas características.

 

Don Julián, químico y escritor

   Continuó sus estudios de químico, y continuó escribiendo. Convirtiéndose en uno de los redactores de cabecera de Flores y Abejas, al tiempo que en animador cultural de la vida de la capital, donde ofreció algunas conferencias y declamó sus versos, e incluso abanderó en 1926 la campaña que culminaría con la dedicación de una calle al príncipe de los Ingenios, pues Miguel de Cervantes no tenía calle a su nombre en la capital que casi lo ve nacer.

   Para entonces ya trabajaba como topógrafo –o geómetra- del Catastro; escribía en revistas de ciencias y proyectaba su matrimonio, en Albalate, con Dolores Domínguez. Allí se celebró la boda, el 12 de diciembre de 1927, estableciéndose después en Madrid.

   Con sentimientos socialistas fue designado, poco después de la instauración de la República, director del periódico socialista Avante, sustituyendo en el puesto a don Marcelino Martín, quien pasó a presidir la alcaldía de Guadalajara; y no faltó su firma en el periódico que se convirtió en portavoz de la izquierda provincial, “Abril”, desde donde, a pocos días del estallido de la desdichada guerra civil, se atrevió a calificar de “traidor” al general Franco; era por entonces un destacado militante de las Milicias Antifascistas. Claro está que aquello, al término de la contienda, le acarreó la consabida detención, la depuración, y el silencio durante muchos años.

 

El hombre apasionado de la Alcarria

   Regresó a la vida literaria de Guadalajara en 1950, con la revista Reconquista, al lado de Claro Abánades, Alfredo Juderías, Manuel Montiel, Jesús García Perdices o José Sanz y Díaz, entre otros muchos alcarreños que por aquellos años destacaron en la defensa literaria de la provincia de Guadalajara; al tiempo que comenzó a colaborar como redactor en otros periódicos de tirada nacional, convirtiéndose en una de las firmas de referencia de la provincia, dentro y fuera de ella. Sin que faltase su presencia en las iniciativas culturales que por aquellos años trataban de dar realce a una provincia que se adormecía; iniciativas encabezadas, en muchas ocasiones, por Francisco Layna, a quien siguió, como otros tantos guadalajareños, en el intento de la creación del Centro de Estudios Alcarreños y posteriormente en la refundación de la Casa de Guadalajara en Madrid, en la que se integró, y de donde, en unión de los poetas provinciales, encabezados por José Antonio Ochaíta y Suárez de Puga fundarían el conocido “Núcleo Pedro González de Mendoza”, en los albores de la década de 1960, para ensalzar a la provincia de Guadalajara desde Madrid, y también desde aquella Casa de Guadalajara que tanto hizo por la provincia fuera de ella.

 

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   Para entonces, aparte de su dedicación al periodismo, colaborando en más de cien medios de prensa, nacionales y provinciales, había publicado algunos estudios algo más concretos cuyos títulos todavía se mantienen en el tiempo: “La Cruz Románica de Albalate de Zorita”, “Los artífices mudéjares de Albalate de Zorita”, “Zorita, capital de la encomienda de ese nombre de la Orden de Calatrava”, “Pastrana y las misiones del extremo Oriente”, “Las piedras de Chequilla”, “Molina y su Señorío”, “El Corpus de Guadalajara”, etc.

  Hasta que llegaron los últimos días de noviembre de 1967, y apareció decaído. Y, tras el decaimiento, la noticia de su muerte inesperada, que se produjo el 1 de diciembre en el Madrid de su residencia. Una muerte que no dejó de impresionar a sus amistades literarias. El día anterior había acudido a la tertulia semanal del Núcleo Pedro González de Mendoza, en la Casa de Guadalajara. Al día siguiente a su muerte recibió sepultura en Albalate.

   Fue un hombre a quien acompañó, a lo largo de su vida, la humildad. José Antonio Ochaíta fue quizá quien mejor lo definió, días después de su ausencia: Don Julián lo sabía todo…, un saber humilde y melancólico que quería pasar desapercibido, que se ruborizaba en la elocuencia…

  Y es que, para ser un personaje entrañable, no se necesitan algazaras.

 



Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria

Periódico Nueva Alcarria

Guadalajara, 7 de mayo de 2021

 

 

 


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viernes, abril 30, 2021

LOS TIRADORES DE LUZAGA

LOS TIRADORES DE LUZAGA
Juan Ballesteros y sus descendientes tomaron el nombre de la población, en sus revueltas carlistas

 

    A Juan Ballesteros, natural de la población de Luzaga, se le dio el nombre de “El Tirador”, según cuentan, por la puntería de la que al parecer hacía gala en sus cacerías. Puesto que su historia nos dice que fue cazador. Tan buena puntería que era capaz de meter la bala por la boca de un cántaro disparando a cien metros de distancia.

   Fue uno de los muchos personajes que nos brindó la primera mitad del siglo XIX. Mitad revuelta, tanto o más que la segunda, a cuenta de la guerra contra los franceses, en primer lugar; contra la tiranía de un mal rey, en segundo; y finalmente unos españoles contra los otros en lo que fue la Primera Guerra Carlista que arrancó en los meses últimos de 1833 y sucumbió al final del decenio, con el feliz abrazo de Vergara. Por ver qué rey, o reina, nos debía gobernar.

   Luzaga era entonces en vida del abuelo Tirador, uno de los pocos pueblos que quedaban en la hoy provincia de Guadalajara recordándonos, junto a Luzón, que por aquí anduvieron los lusones, que fueron tribu celtíbera que buscó la cercanía de las aguas del río Tajuña, se mezclaron con los belos y los titos y, ya celtíberos todos, plantaron cara a los romanos desde, sin duda, los altos cantiles de su tierra. A pesar de que los romanos, muchos más en número, y mejor armados, se hicieron con ellos.

 

El Tirador de Luzaga

   Debió de nacer el bueno de Juan Ballesteros en los años últimos del siglo XVIII o los inicios del XIX, en medio de aquella España revuelta que gobernaron el rey Carlos IV y don Manuel de Godoy y Álvarez de Faria, hasta que arribaron los franceses; tras estos, don Fernando VII de azarosa memoria y, al fin, la infantil Isabel.

   Luzaga era entonces cuando don Juan Ballesteros levantó el trabuco, lugar de 70 vecinos y poco más de 300 habitantes que contaron, a don Sebastián Miñano, firmante de su famoso Diccionario, que eran los herederos de los “luzbellos”, los habitantes de la importante “Luzbella”, ciudad que llegó a contar, al su decir, con más de 10.000 habitantes. Lo cierto es que en 1834, cuando Juan Ballesteros saltó a la fama era uno de los muchos municipios dependientes del Ducado de Medinaceli. El Duque era entonces don Luis Joaquín Fernández de Córdoba y Benavides, quien como diríamos hoy, ni sabía lo que tenía.

   Juan Ballesteros, poco después de que se proclamase reina de España a la infantil Isabel II, apenas tres añitos tenía la criatura, fue de los que pensaron que no a ella, si no a su tío, don Carlos María Isidro de Borbón, como varón, tocaba reinar, respetando la línea de sucesión que regía antes de que su hermano don Fernando VII la derogase.

   En su nombre, y con algunos mozos del pueblo partió de Luzaga el tirador Juan Ballesteros; alborotó con su cuadrilla por la Alcarria y entró en Sigüenza, con la sana intención de salir de allí dirigiendo un cuerpo de ejército, pues fue el seminario seguntino una buena mina de la que sacar hombres con los que combatir en nombre del pretendiente.

   No le fue bien, ya que por allí andaban los isabelinos, que lo persiguieron hasta dar con sus huesos en la cárcel, de la que únicamente debió de salir camino del cementerio, a juzgar por el testimonio de quienes lo persiguieron por los montes del ducado la triste noche del 11 de septiembre de 1834. Don Martín de Villota, Capitán de Minadores del Regimiento Real y Comandante de armas de la Ciudad de Sigüenza, dio cuenta del fin de la partida, cuyos integrantes quedaron muertos y heridos, al tiempo que prisionero y muy mal herido el comandante Juan Ballesteros, el que llevo a Sigüenza para que conozcan los ilusos que este jefe que tanto ha dado que hacer en todos estos pueblos y que se creía invencible, va a pagar sus crímenes en dicha ciudad…

 

Juan Ballesteros, el hijo del Tirador

   Un apellido poco habitual para nuestra tierra, llevaba el hijo del Tirador; su nombre, junto a sus dos apellidos, los llevó con cierta dignidad, puesto que su padre fue considerado como un héroe de las revueltas carlistas su hijo y heredero en aquello de las disconformidades hereditarias dentro de la monarquía del siglo XIX. Juan Ballesteros Rozalem, se llamó el mozo que tomó el testigo. Y que ya debía de estar en edad de combatir cuando desapareció el padre, conforme nos cuentan aquellas crónicas de remotos tiempos.

   El segundo “Tirador de Luzaga”, Juan Ballestros Rozalem, tomó el testigo. Por Luzaga, la Alcarria, y hasta Sigüenza, anduvo Juan Ballesteros II, a quien salieron a buscar por los montes del ducado los isabelinos de Sigüenza llevando como guías a varios vecinos de la localidad. Se cuenta que no dieron con él, y que fue el mismo Ballesteros quien se presentó ante las autoridades militares seguntinas para ponerse a su servicio y de su mano terminar con las partidas carlistas de la zona. Ello, a cambio del indulto general y poder regresar a su casa, cuando lo hiciera, con la cabeza alta y sin que se le tocase el patrimonio, como se solía.

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   Aquello lo conocíamos a través del Subdelegado del Gobierno provincial el 22 de junio de 1835, quien hacía la recomendación del indulto, y la entrega de honores, a quienes le acompañaron a desbaratar carlistas, y a nuestro hombre: el que más ha contribuido a la empresa es Juan Ballesteros, quien hasta hace pocos días ha estado vagando fugitivo de la justicia y del destacamento de esta ciudad, por haber pertenecido a la facción del cazador de Luzaga, su padre, habiéndose acogido a mi protección implorando el indulto, que espero de S.M. (Q.D.G.), a quien se lo tengo pedido…

 

Bruno Ballesteros, el Tirador Tercero

   Desconocemos si llegó o no el indulto para nuestro segundo Juan Ballesteros, o si el unirse a las tropas isabelinas en Sigüenza fue una estratagema que lo librase de la persecución y la muerte, ya que meses después lo encontramos de nuevo entre las tropas de Vicente Batanero, en sus correrías a través de los pueblos de la Alcarria. Sus últimas acciones de guerra, en la Primera Carlista, fueron el robo de los caballos de las postas de Torremocha y Almadrones.

   Después llegó la paz del abrazo de Vergara, el silencio para nuestro hombre, a quien en recompensa por los servicios prestados hicieron guarda de montes; y cuando el siglo XIX rebasaba su mitad, nos enteramos que por la primavera de 1860 volvió, Juan Ballesteros Rozalem, hijo del que fusilaron en Sigüenza, a las andadas. En esta ocasión fue por tierras de Zaorejas, donde los cabecillas carlistas tuvieron parte de sus cuarteles, a las cercanías de Beteta, en la provincia de Cuenca; y que por allá fue detenido desde donde, como al padre, lo mandaron a Sigüenza.

   El juicio, cosa de los tiempos, fue sumarísimo. En el mes de junio ya estaba condenado a prisión perpetua, como indultado de la última pena, pues como el padre fue sentenciado a morir a tiro de fusil. Tampoco cumplió la totalidad de la condena.

   Un mes después de ser sentenciado fallecía en el Hospital de San Mateo, víctima de unas fiebres tifoideas un día señalado, el de la festividad de Santiago, 25 de julio de 1869.

 

LUZÓN, ENTRE EL DUCADO Y EL SEÑORÍO. UN libro para conocer una tierra (pulsa aquí)
 

   Cuentan las crónicas de aquel tiempo que era Sigüenza, y su seminario, un foco de insurrectos y conspiradores carlistas; en un registro que se llevó a cabo por aquellos días en el seminario fueron hallados unos cuantos miles de cartuchos y varias decenas de miles de balas; algún fusil y unas cuantas cosas más que daban a entender que aquello estaba preparado para alzarse contra los liberales. Escaparon todos los que tenían algo que ver en el asunto: tres presbíteros catedráticos, el profesor de canto y el portero entre ellos, y don Alejo Izquierdo, entonces profesor de hebreo, y quien más tarde sería el secretario personal de su primo, don Narciso Martínez Izquierdo, primer obispo de Madrid. Lo condenaron, por conspiración, a cuatro años de cárcel.

   Claro está que con la muerte de Juan Ballesteros Rozalem no se terminó la saga. Desde Luzaga, y por los Ballesteros, levantó la bandera su sobrino, Bruno Ballesteros, quien con otra media docena de mozos de la tierra comenzó a recorrer los pueblos, al abrigo de la tercera guerra carlista, en 1873. Como a los anteriores, en lugar de por su nombre y apellido ya nos imaginamos cómo se le denominaba: “El Tirador de Luzaga”. Aunque esa es ya otra historia.

   Que en ocasiones los pueblos pasan a la posteridad por sus monumentos, sus tradiciones, sus paisajes, e incluso, por sus gentes.

 

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 30 de abril de 2021

 El estudioso de la trayectoria de "Los Tiradores de Luzaga", M. A. Ayuso Morales, me indica alguno de los errores cometidos en el anterior artículo, indicándome:

"Atraído por la figura de los tiradores, he recopilado sobre ellos cuanta información he podido obtener, por lo que a la vista de su artículo me permito puntualizarle lo siguiente:

El tío tirador, Juan Ballesteros Rozalen, era hijo de José, no de Juan. José Ballesteros, el primer tirador, era natural de Velilla de San Antonio y su hijo Juan, de Buendía. Sí serían originarios de Luzaga otros cinco, al menos, hijos/as de José y, por tanto, hermanos de Juan. Por eso el apellido Ballesteros, en este caso, no es de nuestra tierra pues los ascendientes de José (su padre Manuel Ballesteros y su madre María Torremocha), eran naturales de Alcázar de Huete y de Villamayor de Santiago, respectivamente, localidades conquenses.

Bruno, el tercero de los tiradores, era hermano de Juan, no su sobrino,  ambos fueron detenidos en 1847 en el departamento francés de Ariège, Juan entonces con el grado de capitán, cuando intentaban entrar en España para comenzar nuevos levantamientos carlistas".

Dicho queda, y sirva, para los seguidores de los Tiradores de Luzaga, de aclaración y puntualización necesaria.


 

EPISODIOS DE LA PRIMERA GUERRA CARLISTA EN GUADALAJARA. La guerra y sus personajes. (El libro, pulsando aquí)
 

sábado, abril 24, 2021

LAS TIERRAS DE JUAN BRAVO

LAS TIERRAS DE JUAN BRAVO
Se cumplen quinientos años de la Batalla de Villalar, y de la ejecución de los capitanes comuneros

 

   Nueva Alcarria fue el primer medio de prensa periódica en cuyas páginas se publicó, por vez primera, la noticia del lugar de nacimiento del capitán comunero Juan Bravo de Laguna. El artículo apareció el 20 de octubre del año 2000. Firmado por quien esto escribe.

 

   La repercusión fue grande, hasta el punto de que, en cientos de copias, fue repartido a los visitantes de la villa natal del capitán a través de la oficina de información turística siendo, al día de hoy, uno de esos textos que recorren los cuatro puntos cardinales de Castilla, como surgido de tiempos medievales. Con anterioridad tan sólo, en la provincia, se publicó la referencia por cuenta del entonces Cronista de Sigüenza, Sr. Martínez Gómez-Gordo, quien en sus “Anales Seguntinos”, relacionaba los Bravo de Laguna con los Arce; del Sr. Gómez Gordo llegó a este autor la noticia; en la misma revista de estudios, escribió el canónigo de la catedral, don Gregorio Sánchez Doncel.

   Poco tiempo después de la aparición del artículo, el Excmo. Ayuntamiento de Atienza colocó, en la casa de D. Garci Bravo, la placa anunciadora de que allí, aun no correspondiendo, vio la luz el capitán comunero. E igualmente, se hermanó con Muñoveros, en cuyo asunto puso su granito de arena este humilde relator. ¡Gloria a nuestro gran capitán!

 

Las tierras de Segovia

   Por espacio de más de cuatro siglos se tuvo, como patria natal de Juan Bravo a la ciudad de Segovia. En el segundo decenio del siglo XX, y como añadido a la posibilidad de que en su iglesia se encontrasen enterrados sus restos, no faltó el apunte de una nueva cuna: Muñoveros, a unos kilómetros de la capital segoviana. Hoy es conocida cuál fue la patria natal de Juan Bravo, quien vio la luz en la histórica villa de Atienza (Guadalajara), de cuyo castillo su padre, y antes su tío, fueron alcaides por la reina Isabel la Católica.

   Desconocemos cuándo llegó a Segovia, pasando a ser uno más de los hombres nobles de aquella ciudad, en la que contrajo matrimonio entre los meses de agosto y octubre de 1504 pasando a ser considerado, a partir de ello, por segoviano.

 

JUAN  BRAVO, ENTRE LA HISTORIA Y LA LEYENDA (Pulsando aquí

 

   Para entonces su madre, María de Mendoza, ya estaba casada en segundas nupcias con un caballero burgalés, don Antonio García Sarmiento, quien con los cuyos, y sus descendientes, se posicionarían, en la Guerra de las Comunidades, del lado del emperador.

   En Segovia contrajo Juan Bravo sus matrimonios; ya que fallecida de forma prematura su primera mujer, contrajo uno nuevo, naciéndole de ambos cumplida descendencia: Gonzalo, Luis y María, del primer matrimonio; Andresita y Juan nacieron del segundo.

   Quizá viviesen los mayores las revueltas que se originaron en Segovia cuando los capitanes comuneros alzaron pendones por la reina doña Juana, oponiéndose a los desmanes que venían cometiendo los extranjeros que llegaban de Flandes queriendo gobernar Castilla sin respetar sus fueros. Los hijos del segundo matrimonio eran demasiado pequeños para vivir aquellas escenas que llevaron al pueblo a ir contra sus procuradores y alguaciles cuando, en los últimos días de mayo de 1520, los colgaron en improvisada horca en la plaza de la Cruz del Mercado, cuando los segovianos sospecharon que fueron traicionados por quienes juraron defenderlos. Asaltaron después el alcázar, donde se refugiaron los partidarios de Carlos I, y de todo se culpó a Juan Bravo quien, ocupado junto a Padilla y los Maldonado en liberar Castilla de los flamencos, ni en Segovia se encontraba.

 

Las tierras de Villalar

   El 23 de abril de aquel 1521 se libró la batalla decisiva, o se fraguó la derrota de los Comuneros en Villalar y el final de la que ha sido llamada Guerra de las Comunidades, a cuyo campo llegaron con las primeras luces del día, que amenazaba lluvia. Allí se avistaron las desorganizadas tropas comuneras, avanzando sobre el barro, con quienes estaban dispuestos a terminar con el movimiento.

   La causa más generalizada para atribuir la derrota comunera es el desorden en el ejército de las comunidades, también las dudas de mando y, ante todo, el error de Juan de Padilla al detenerse en Torelobatón más de dos meses, dando tiempo con ello a que las fuerzas contrarias se agrupasen.

   Cuentan los anales de la historia que la victoria en aquella desastrosa batalla que a medias se libró, fue bastante para terminar con el movimiento. La victoria y, por supuesto, los castigos que inmediatamente se pusieron en marcha contra los alzados, no hay victoria sin venganza, a fin de cortar de raíz nuevos intentos de rebelión. Los tres capitanes principales fueron llevados aquella misma noche al castillo de Villalba, hoy de los Alcores, ya que en Villalar no había lugar apropiado para mantenerlos en prisión, hasta que los gobernadores decidiesen su destino. Que lo decidieron a la mañana siguiente. El 24 de abril fueron ejecutados en el cadalso.

   Tras las ejecuciones, los cuerpos de los tres capitanes fueron trasladados, y recibieron sepultura, en la iglesia de Villalar, mientras que sus cabezas permanecieron expuestas de la picota hasta que se perdieron sus restos. En teoría hasta que, una vez en Castilla, las viese el Emperador.

   Manuel Dánvila apunta en su “Historia crítica y documentada de las Comunidades”, que “podemos hoy afirmar de una manera auténtica el sitio donde fueron depositados los cadáveres de los Capitanes Padilla, Bravo y Maldonado; la fecha en que Maldonado fue trasladado a Salamanca y Bravo a Segovia, y la sospecha de que los huesos de Padilla deben existir entre las ruinas del convento de La Mejorada (Olmedo, Valladolid).

 

Las últimas tierras

   Es lo cierto que los restos del capitán comunero salieron poco después de la ejecución, en el siguiente mes de mayo, camino de Segovia (sin cabeza).  Allá llegaron el primer domingo de junio de 1521. El féretro del capitán segoviano, dicen los cronistas, fue llevado por frailes dominicos a lomos de mula y recibido en Segovia con el tañer de todas las campanas de la ciudad, cuyas insignias y cofradías esperaban en la explanada de la Fuencisla, desde donde los restos del capitán debían ser llevados para recibir la sepultura eterna a la iglesia del convento de Santa Cruz.

   La noticia de la llegada de Juan Bravo corrió como la pólvora, y sea porque la ciudad lo consideraba un mártir, o le considerase un héroe, o porque la familia se movilizó para que el acto no pasase desapercibido, Segovia se echó a las calles para acompañar la caja en que traían sus restos, lo cual no debió de ser bien visto por el Secretario Vozmediano, ya que no sólo podía acarrear, la manifestación, espontánea o no, una revuelta; sino que, mucho más allá de ello, se enaltecía la figura de alguien ajusticiado y condenado por traidor. Por lo que el tal Vozmediano tomó cartas en el asunto, tratando de impedir el homenaje popular. Y aquí se nos perdió el capitán.

 


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   Contaba el cronista de Segovia, don Carlos de Lecea, en los albores del siglo XX que en la iglesia de Santa Cruz, y no en otra, fue enterrado el cuerpo de Juan Bravo aquel primer domingo del junio de 1521, y a buscar sus restos se dedicó por espacio de más de veinte años. Tenía el testimonio de los últimos frailes que pasaron por aquella iglesia, “Ya algunos frailes en el siglo presente, que muy jóvenes abandonaron el dicho monasterio expresaban su creencia de que el sepulcro de Juan Bravo existía en la iglesia mencionada, pues corría tal noticia por tradición entre la comunidad religiosa”.

   Claro está que desde que fue enterrado habían pasado muchos, demasiados años. Y como nadie encontró los restos del capitán, el concejal del Ayuntamiento segoviano, D. Fernando Rivas, en reunión del Concejo se levantó para decir: “¡Yo sé dónde está enterrado Juan Bravo!”; como señaló Muñoveros, fue comisionado por el Sr. Alcalde, para que junto al también concejal don Fredesvindo Ruiz, marchasen en busca de los restos del capitán a Muñoveros donde, después de poner la iglesia, por dentro y fuera, patas arriba, tampoco hallaron nada. El 22 de abril de 1922 se zanjó el asunto, concluyendo en que Juan Bravo había de estar enterrado en la iglesia de la Santa Cruz de Segovia, aunque sus restos no fuesen hallados. Sea como fuere, Juan Bravo, a pesar de los vanos intentos de hallarlo, permaneció vivo en la memoria de Segovia, y de los castellanos.

   Tal vez por ello sean, las que lo cubren, las tierras enteras de Castilla, que nunca lo olvidó. Vaya con estas líneas nuestro homenaje, quinientos años después; desde las mismas páginas que dieron a conocer su origen y en las que, por vez primera, se publica la imagen del busto que, en 1890, le dedicó el artista vallisoletano Aurelio Rodríguez Vicente.

 

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 23 de abril de 2021

 

 



viernes, abril 16, 2021

MOLINOS EN LA SERRANÍA DE GUADALAJARA

MOLINOS EN LA SERRANÍA DE GUADALAJARA
La falta de uso ha hecho que la mayoría hayan desaparecido

 

  Es curioso comprobar que buen número de los molinos harineros que existieron en el entorno de la Sierra Norte de Guadalajara fueron propiedad de los Cabildos de Clérigos. En otros lugares los molinos, como el horno de cocer el pan -hornos de poia-, el alfar o la fragua, pertenecían al señor del lugar o a la iglesia. Casi nunca a quien lo trabajaba. Para utilizarlos se debía pagar su correspondiente arrendamiento a menos que el molino, el alfar, el horno o la fragua fuesen comunales, y el municipio no ejerciese con la misma dureza que otros el oficio de recaudador.

 


   Tan solo en la villa de Atienza y su entorno llegaron a tener los clérigos cuatro molinos harineros, todos ellos arrendados a buen precio hasta mediado el siglo XIX. Su número se pierde a lo largo de toda la zona en la que tuvieron influencia. Por aquí los molinos fueron una parte importante de la vida rural. Como por tantos otros lugares donde el agua corretea repartiendo vida.

 

Molinos en la Serranía

   Aguas arriba del río Cañamares, entre La Miñosa y el pueblo de su nombre se encontraba el Molino, así, a secas; y el Molino de Cañamares en la que llamaban La Majada de la Respendilla. El molino Del Serio se levantaba a la vera del arroyo de la Respenda, en lo que fuera término municipal de Corrales de Atienza, despoblado desde hace dos o tres siglos. Ahora sus tierras se reparten entre las poblaciones de Miedes y Alpedroches, lo mismo que ocurrió con las de Torrubia, también deshabitado y que tenía un molino de igual nombre en el mismo arroyo de La Respenda, que pasó a pertenecer al pueblo de Miedes.

   Volviendo desde La Miñosa hacía atrás, en busca de las aguas del río Bornova y siguiendo éstas hacia su nacimiento, están el molino del Bornova en el mismo lugar en el que a este río le salen al encuentro las aguas del arroyo de Valdelcanal; Bornova arriba estuvieron el del Moral, el de Lucientes, y el de la Saceda. Bajo el pico de Villaspardas, en término municipal de Albendiego, se encuentra el molino del Callejón, o del tío Pacorro, hermoso como pocos, o como ninguno otro; y en el de Villares el de La Oportuna, que fue fábrica de beneficio de mineral de plata, uno de los mayores de aquellos contornos.

 

GASCUEÑA DE BORNOVA. UNA TIERRA PARA DESCUBRIR (Entra aquí)

 

   Hace años que el Molino del Callejón, el del tío Pacorro, dejó de moler, como el resto de los de la comarca y la provincia. Sin embargo es un gusto comprobar que los peros continúan madurando como siempre lo hicieron por esta tierra, en los días aún cálidos del otoño, a partir de San Miguel. Y mantienen los molineros el entorno convertido en un vergel. A pesar de que han pasado quinientos o seiscientos años desde que se inició su historia.

   Bornova arriba el río se hace niño. Se funde hasta ser un hilo de agua en Albendiego. Un hilo que engorda el río Manadero, que echa a andar en la famosa Laguna de Somolinos. A la Laguna de Somolinos le llega la coletilla de agua que desprende el arroyo del Portillo; el mismo que baja del pico del mismo nombre, desde los cerros de La Moralina. Cerros a galope de la Sierra de Pela.

   Donde el Portillo se une de por vida al arroyo de Las Cañadas, que llega parejo desde el Alto de la Hoz a los cerros de la Moralina, allí donde ambos forman una horquilla para bajar unidos a la Laguna y desparramarse después al río Manadero, y más tarde al Bornova, y este tras besar los pies al Alto Rey salir a correr mundo escondido entre chopos estirados, se encontraba el molino de Abilio Ortega, que también, como muchos más, se llamó, a secas, El Molino. Pertenecía a la jurisdicción de Campisábalos, y pagaba una renta simbólica para mantener costumbres y censos.

   Una gallina, siete maravedies y media fanega de trigo y otra media de cebada, estaban obligados a pagar los vecinos de Campisábalos al hospital de San Galindo, respetando otro de aquellos censos enfitéuticos que poblaron la Edad Media española, y que llegaron hasta bien avanzado el siglo XIX; e incluso traspasaron la frontera del XX en muchos casos.

   El de Abilio era uno de los que según cuentas dieron nombre al pueblo, anteriormente “Um Molinos” o “Sesmolinos”. Uncidos todos ellos a la leyenda, hermosa y costumbrista, como la propia tierra. Leyenda que habla de amores prohibidos entre el San Roque de Somolinos y la Santa Coloma de Albendiego, cosa de pueblos que nunca llegaron a mayores.

 

El Molino de Abilio Ortega

   Abilio, cuando el viajero lo conoció, contaba con noventa y cuatro años de edad, vivía en Campisábalos desde que dejó de moler y todos los días, montado en la mula Castaña, que era la única que le quedaba, bajaba por las majadas del Rey para acortar distancias hasta el Puerto de la Hoz y desde allí, carretera abajo, frente a los roquedales de la Moralina, tomaba el camino que conducía a sus posesiones.  Entrar en el molino de Abilio, ya desaparecido, era darse un paseo por la época medieval. Con mano temblorosa señalaba cada una de las piezas de su artefacto.

   La tolva, que es por donde se carga el grano antes de caer por una canaleta al ojo de las piedras, que sujetan el eje del molino al parahúso, con una manija. El conjunto se completaba con el burro o caballete, que sostiene la tolva y que se asemeja a una pirámide invertida. El guardapolvo y el harinal son las piezas en las que se recogía la harina ya molida.

 

LA MIÑOSA, MÁS QUE UN LUGAR (Patra entrar,aquí)

 

   A un lado conservaba Abilio las mazas de picar las piedras, o de rehacerles las estrías. Las famosas ruedas de molino de la historia de la literatura; de los dichos; de los refranes; de las leyendas y de tantas otras cosas más, que en la mayor parte de los casos han terminado sirviendo de llamativa curiosidad a la entrada de una casa, o como simbólica mesa en un jardín. Cuando no comidas por la maleza en los mismos lugares en los que llevaron a cabo su función. De las dos piedras, una de ellas, la fija, la solera casi nunca se tocaba. En cambio la volandera se tenía que retocar cada cierto tiempo, o cambiarla, cuando se iba quedando tan lisa como la palma de la mano.

   Las ruedas las movía el agua almacenaba en una especie de balsa para caer sobre el eje del calafate a través de una especie de embudo, para coger la suficiente presión como para mover todo el conjunto con un ruidillo sordo, como si fuese el quejido de un niño chico que hacía crujir las maderas y girar toda la maquinaria.

 

La sisa, y la maquila

   A Abilio Ortega no le importaba ni lo más mínimo la evolución que tuvieron los molinos a lo largo de la historia; que el suyo fuese una derivación del molino de rodezno que ya existía en el siglo XI o XII, o que en 1478 el médico de Isabel la Católica, Pedro de Azlor, inventase un nuevo sistema para la molienda y obtuviese una de las primeras patentes conocidas; o que Pedro Juan de Lastanosa inventase un molino de contrapesas y perfeccionase el de regolfo, a finales del siglo XVI, escribiendo un famoso manuscrito, tesoro de ciencias pasadas, Los veintiún libros de los ingenios.

   Para Abilio, como para tantos otros hombres de su generación solo importaba el trabajo. Y la mala fama del molinero, más aún de la molinera a cuenta de las coplas y de que si se quedaba o no con más de lo justo. La maquila, o la sisa, que no solía ser del agrado del campesino desde más allá de la época medieval. Un puñado de harina por cada saco, o un celemín.

   La maquila. Como tantas otras cosas una reminiscencia medieval de aquellos tiempos. En la Edad Media se daba ese nombre al impuesto que los pobladores de un dominio territorial tenían que pagar al señor por utilizar su molino. El campesino o pequeño propietario de tierras se colocaba bajo la protección del poderoso, quien a su vez garantizaba cierta seguridad, incluso económica, a cambio de recibir alguna que otra cosa, la prestación de servicios personales o algo de dinero por cultivar las tierras, porque resulta que en muchas poblaciones en aquellos lejanos tiempos, el señor del lugar como antes ya se dijo, era el único que podía levantar molino, fragua u horno de cocer.

   Hoy ya son leyenda. De lo que no cabe la menor duda es que los molinos, tan arraigados a la vida campesina, son parte del paisaje de nuestros ríos y se han convertido en mudos testigos de un pasado no muy lejano. Unos testigos silenciosos que poco a poco comienzan a ser historia bajo un montón de techumbres que se desploman. Algo que no debería suceder.

 

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 16 de abril de 2021

 


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