UN
ECLIPSE POR TODO LO ALTO
Desde
Miralrío, el 18 de julio de 1860
Aquel eclipse de 1860, que había de tener lugar el 18 de julio, habría
de vivirse en la provincia de Guadalajara en torno al mediodía, pasada la una y
antes de las dos. De lo que habría de suceder, antes y después, se habló
durante meses en la prensa sobre lo que podría, o no, ocurrir; con animales,
plantas, personas e, incluso, con el sol y la luna.
El Gobierno del reino, reinaba la majestad de doña Isabel II, por
aquello de que España, a nivel europeo, era uno de los lugares en los que por
las condiciones geográficas mejor podía seguirse, designó una serie de lugares
en los que serían recibidos científicos y astrónomos de medio mundo. Lugares tan
atrayentes como los altos picachos de la provincia de Guadalajara, los
cántabros, por aquello de que por allí vendría; y las costas valencianas, por
donde nos diría adiós.
La Reina y el Duque de Montpensier
Tanta expectación levantó el asunto que la Reina anunció que iría allí
donde mejor se viese el enlace entre los astros. Y, como no podía ser menos, lo
mismo anunció su cuñado, don Antonio. Tanto cariño se tenían la Reina y su cuñado,
el Duque de Montpensier, que si la reina anunciaba que iría a Atienza, al día
siguiente lo anunciaba el duque, con lo que la reina, al tercero, daba cuenta
de que lo vería en lugar diferente, y… terminaron viéndolo, el duque en Sagunto
y la reina en Aranda de Duero, pues ninguno de ellos quiso coincidir en el
mismo punto.
Sucedía que nuestra provincia, tan avanzada para según qué cosas pecaba
de comunicaciones. Atienza y Jadraque fueron los puntos centrales señalados por
el Gobierno para recibir a las comisiones extranjeras. El problema estaba en
que, sin ferrocarril ni carreteras, no resultaba fácil hacer llegar a los
científicos a su punto de observación. Por lo que uno de los ejes centrales se
situó en la cima del Moncayo. Los europeos, desde Europa, podían llegar cómodamente
hasta Tudela y desde allí tomar una reata de mulas arrieras que los subiese a la
cumbre. Que así lo hicieron, entre otros, don Léon Foucault, el del péndulo,
que además era un entendido fotógrafo. Advertencias las clásicas para la época:
se tuviese cuidado, en el momento del suceso, con los caballos, ya que se
detendrían en seco en el momento en que el día se hiciese noche, aunque por
segundos fuere; con las aves, que volando dejarían de hacerlo y podían caer
encima del paseante descalabrando al menos precavido… Cosas por el estilo.
Claro está que los reverendos párrocos de aldeas, lugares y villas, en
previsión y para ponerse, quien lo deseare, a bien con el Altísimo, anunciaron
que durante los días previos, y en los momentos de mayor gravedad, mantendrían
abiertas de par en par las puertas de iglesias y capillas, con exposición
permanente del Santísimo para invocar el celestial consuelo.
Hubo alcalde que, hechas cuentas y tratando de calmar a sus
administrados, emitió bando con significativa elocuencia en la que venía a
decirles que no habían de temerse cosas malas; que esto de los eclipses ya venía
sucediendo desde siglos atrás en Europa, y el que sucediese en España era algo
bueno, nos hermanaba con los europeos
El ferrocarril, a su paso por Guadalajara
Se estaba llevando a cabo, por aquellos días, la construcción de la vía
férrea que desde Madrid, siguiendo la línea del Henares atravesaría Guadalajara
para llegar a Zaragoza primero y Barcelona después. La línea férrea que trazó,
o de la que sacó tajada, nuestro amigo el bueno de don José de Salamanca y
Mayol, marqués de su apellido después. E ideó don José la manera de que el
eclipse se convirtiese en el lanzamiento publicitario de su vía férrea, desde
Madrid hasta las cercanías de Jadraque, tramos que ya estaban, más o menos, en
función.
Encargó
a su hijo, don Fernando, la expedición que había de llevar al confín del mundo,
es decir, Atienza o Jadraque, a los expedicionarios: el marqués de la Vega de
Armijo, el duque de Sexto; diputados, senadores, banqueros… La flor y nata de
las glorias del reino. Que pudo, también, llevar a Su Majestad la Reina y a Su
Alteza, el Duque de Montpensier, aunque estos declinaron la invitación. Se
montó un convoy especial que, desde Madrid, los llevase hasta… donde pudiera
llegar. Madrugaron, pues el tren salió a las siete y media de la mañana, con
previsión de llegar, a donde fuese, a eso de la una del mediodía.
A
las nueve y media de la mañana llegaron a Guadalajara, dos horas en tren pasan
volando, aunque abren el apetito, por lo que en nuestra capital se sirvió a los
invitados un suculento desayuno a base de chocolate con picatostes sin
descender de sus coches correspondientes, mientras se daba tiempo a que
llegase, para unirse a la comitiva, el señor Gobernador Civil de la Provincia,
D. Pedro Celestino Argüelles, con otros altos representantes de las Alcarrias.
Como don José de Salamanca pensó en todo, incluso en lo de que les entraría la
gazuza por el camino se llevó, para aplacar los estómagos más exigentes, a
quien entonces era, en la capital del reino, el mago de los fogones. Don Emilio
Lhardy. El del figón de la Carrera de San Jerónimo.
El eclipse, desde los altos de Miralrío
Los
excursionistas se entretuvieron demasiado escuchando las ventajas que, en torno
a la vía férrea y sus puentes, les fueron detallando los ingenieros, de modo
que cuando quisieron darse se les echó la hora encima. El jefe de la expedición
advirtió que ni a Jadraque podrían llegar, por lo que tres o cuatro kilómetros
antes de alcanzar los pies del castillo del Cid hubieron de descender sus
señorías. Previsto estaba el por si acaso, y los arrieros de los pueblos
vecinos prevenidos con sus caballerías para subir a sus excelencias a los altos
de Miralrío donde, abierta a propios y extraños, como en media España, se
encontraba la iglesia. Condes, duques, marqueses, y banqueros, que quisieron
asumir el riesgo, tomaron por la embocadura de la escalera de la torre de la
iglesia hasta llegar a su campanario poco antes de que, allá en el horizonte,
sol y luna comenzasen el baile que preludia la cópula astral. Extasiados
contemplaron el evento. Tanto que el cronista de la expedición, escribió: Hacía el Norte y a
una distancia que perfectamente se dominaba con la vista se destacó majestuosa
la sombra que debía recorrer 2.000 leguas y que pasó el horizonte en pocos
segundos. Hacía el sur se descubría el día, aunque modificada su claridad. Y en
Miralrío se retrocedió a los primeros crepúsculos de la mañana. Dudamos que
pueda ser más placentero observar un eclipse total bajo la zona de completa
sombra que en el término medio elegido por la comitiva de aficionados a quienes
con tanta finura obsequió la empresa de los ferrocarriles …
Después llegó el suculento ágape, preparado
por el Sr. Lhardy junto al castillo de Jadraque, para celebrar que no pasó
nada. Que la tierra, y la Naturaleza, siguieron su curso.
Bueno, descalabrados hubo. De aquellos que,
por mejor ver, se subieron a los árboles, torres y tejados y, de la emoción,
dieron con sus huesos en el suelo. Pero ni pararon en seco los caballos, ni se
helaron las fuentes, ni corrieron a ocultarse las gallinas, ni se desplomaron
los pájaros.
Lo que está claro es que, desde los altos de
Miralrío, se tiene una de las mejores vistas de la provincia y, sin duda, de
los eclipses de sol.
Tomás
Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/
Guadalajara, 3 de julio de 2026
ELMONCAYO DE FOUCAULT
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