PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA DEL AGUA
El embalse cambió el futuro de la población
El 17 de julio de 1870 el diputado D.
Estanislao Suárez Inclán tomó la palabra en el Congreso de los Diputados para
hablar en nombre de los vecinos de Pálmaces de Jadraque a quienes, como a
tantos otros españoles, preocupaban no sólo la situación que en este tiempo se
vivía en España, inmersa en guerras y revoluciones, las habituales que
acompañaron el siglo XIX. Para entonces España se encontraba en el abismo de la
tercera Guerra Carlista, después de haberse iniciado el siglo con las que se
siguieron contra Francia, y algunas más; y de haberse vivido unas cuantas
situaciones que no solo empañaron la vida de los españoles, sino que, en muchos
casos, los condujeron a la miseria. En aquel tiempo en el que los vecinos de
Jadraque se dirigieron al Sr. Suárez Inclán, España buscaba rey, que lo
encontraría en D. Amadeo I de Saboya. D. Estanislao pidió la palabra y, una vez
en su uso, se dirigió a los congresistas diciendo: “La he pedido para presentar a las Cortes una
exposición de considerable número de vecinos de la villa de Pálmaces de
Jadraque, provincia de Guadalajara, pidiendo a las Cortes se sirvan coronar la
obra constituyente eligiendo Rey de España a una persona de talento, energía,
independencia de fortuna, estirpe regia, y que haya probado contribuir al
triunfo del alzamiento nacional”.
Gobernaba el municipio don Hilario Andrés, quien continuaba en el cargo
un año después, cuando también desde Pálmaces se solicitaba al Congreso de los
Diputados que se nombrase rey de España a don Antonio de Orleáns, duque de
Montpensier, casado con la Infanta Luisa Fernanda de Borbón, considerado como
uno de los personajes más intrigantes de la España de aquel tiempo, cuya
ambición le llevó a pretender reinos tan lejanos y extraños como el del
Ecuador, y cuyas intrigas llevaron de alguna manera al exilio a su cuñada, la
reina Isabel II, encontrándose igualmente tras las que llevaron a la muerte al
Jefe de Gobierno, General Prim, y que perdió todas las opciones al trono tras
uno de los sucesos más significativos de aquellos días, el duelo a muerte que mantuvo
con su primo don Enrique de Borbón, duque de Sevilla, quien también
pretendiente al trono de España, ofendió al de Montpensier a través de algunos
folletos, siendo retado al duelo en el que murió el 12 de marzo de 1870 en las
cercanías de Madrid. Tal su genio.
No sería la única acción que por estos años tendría Pálmaces de Jadraque
ante la política española. Unos años antes de la proposición al trono del duque
de Montpensier, los vecinos de Pálmaces firmaron, junto a otros muchos
municipios españoles, una carta dirigida a los diputados del reino con motivo
de la Revolución de 1868, en la que La Junta Superior de la Asociación de
Católicos, presidida por el marqués de Viluma y el conde de Orgaz, pedían “a las Cortes Constituyentes se sirvan
decretar que la Religión Católica apostólica romana, única verdadera, continúe
siendo y será perpetuamente la Religión de la nación española, con exclusión de
todo otro culto, y gozando de todos los derechos y prerrogativas de que debe
gozar según la Ley de Dios y lo dispuesto en los sagrados cánones”. La
petición por parte de Pálmaces la suscribían, junto a los miembros del
Ayuntamiento, alrededor de doscientos cincuenta vecinos más.
Y
hace poco más de cien años, según nos contó el entonces profesor de Geografía
don Alberto Blanco, Pálmaces era, además, a ojos de aquel hombre, la meca
universal del esgrafiado. Tanto y gratamente le impresionó lo descubierto que
lo lanzó al mundo del conocimiento arquitectónico el 13 de julio de 1919, dando
cuenta de que: “Muchas de las casas de
este pueblo tienen las portadas de sus casas, de tejas a zócalo, adornadas de
figuras de animales, de plantas, de frutos, de utensilios comunes y de líneas
curvas sinuosas. Estas figuras están utilizadas convencionalmente y las que más
abundan son las de pájaros, peces, serpientes, ramas, cubos, etc. Algunas son
tan caprichosas como una cigüeña con cuatro patas y un pico como de pelícano”.
Había descubierto el esgrafiado de uno de nuestros pueblos. Un arte que
por esta parte de Guadalajara entra por la provincia de Segovia a través de
Grado de Pico, recorre ambos márgenes del antiguo Camino Salinero de Castilla;
se ramifica a través de las poblaciones aledañas a Sigüenza y continúa hacia el
Alto Tajo, no sin antes dejarnos en uno de los últimos pueblos de la raya de
Guadalajara con Teruel, Prados Redondos, algunas de las más espléndidas
muestras de un arte en proceso de extinción.
Pálmaces, una población industriosa
Pálmaces era por entonces una industria
población; alejados los tiempos en los que fue simple aldea de la tierra de
Jadraque dependiente del condado del Cid y del ducado del Infantado, luego de
haber pasado por la tierra de Atienza y las posesiones de Gómez Carrillo.
La minería, con la cercanía a la capital de
los sexmos del Henares y del Bornova, Jadraque, dotaban a la población de un
encanto especial para los inversores. Por aquí, por Pálmaces, comenzándose a
agotar los filones de plata de Hiendelaencina y alrededores, se buscaban nuevos
metales siguiendo las inversiones que dos o tres decenios atrás iniciase el Sr.
Cura párroco, D. Galo Vallejo, socio en su tiempo de los promotores de
Hiendelaencina, de Górriz, Orfila o Ignacio Contreras; al tiempo que comenzaba
a hablarse de las ventajas que proporcionarían las aguas de un pantano o
embalse que por aquel tiempo comenzaba a flotar en la idea de algunas mentes
prodigiosas. Todo ello hacía que la población creciese, de tal manera que
incluso se unió para adquirir al Estado la Dehesa, que costó 59.000 pesetas de
las de 1904. Cuando la población rondaba los quinientos habitantes, que todavía
subirían un poco más con los obreros que comenzaron a llegar para llevar a cabo
las obras del embalse dicho. Obreros que, como desde al menos el siglo XVI,
celebraron en Pálmaces las festividades de San Roque y Santa Quiteria.
El pantano estaba llamado a resolver las
crecientes necesidades de agua de los regantes del Canal del Henares. El 2 de febrero de
1930, con el proyecto ya prácticamente concluido, don Fernando Palanca,
presidente de la Comunidad de Regantes, dará cuenta de lo que se esperaba de
él, así como de los beneficios y progresos que reportaría al pueblo de
Pálmaces, indicando que: “El Patriotismo
de los vecinos de Pálmaces no necesita acicates. Sabemos y es muy de lamentar
que las mejores tierras de la vega de Pálmaces tienen que ser expropiadas…
Pálmaces encontrará la compensación en la construcción del camino vecinal, tan
necesario para el pueblo, y en la abundancia de jornales que una obra de este
calibre les ha de proporcionar…”
Poco después comenzarían las obras, que
interrumpiría la Guerra Civil de 1936, reanudándose a partir de 1940 y quedando
apto para el servicio tras su inauguración oficial el 28 de junio de 1954. A
partir de aquí la emigración sería una constante hasta llegar a nuestros días,
muy a pesar de que el espejuelo del agua atrae, verano a verano, a no pocos de
los que marcharon, como atrajo a un nuevo vecindario que se asoma, a las caídas
de la tarde, al remanso de aquellas aguas en las que se parecen reflejar los
picachos de las próximas serranías del Alto Rey de la Majestad, como señalaron
los responsables de Pálmaces en el siglo XVI.
Y es que, bien mirado y si se busca, todo
tiene su encanto.
Tomás Gismera
Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 14 de agosto de 2026
UN LIBRO SOBRE PÁLMACES DE JADRAQUE












