viernes, septiembre 25, 2026

BAILES, RONDAS Y MÚSICA POPULAR EN GUADALAJARA

 

BAILES, RONDAS Y MÚSICA POPULAR EN GUADALAJARA

El baile y la danza son partes importantes en algunas de nuestras celebraciones

 

    Tan sólo hay que echar un vistazo a algunos de los libros que nuestra provincia tiene dedicados a algunos aspectos de la tradición de nuestros pueblos para darnos cuenta de la importancia que tuvieron las danzas y los danzantes en las festividades de cada uno de nuestros municipios. No son pocas las páginas que nos hablan de ellas, si bien dos destacan por encima de todas, la una por la distancia del tiempo en que vio la luz: “Danzas, rondas y música popular en Guadalajara”, que en 1973 puso en manos de los interesados Antonio Aragonés Subero; la otra, “Danzantes de Guadalajara”, de Raúl Conde Suárez, aparecida en 2006.

 


Danzas, rondas y música popular

   Algunos autores se dedicaron, con anterioridad a los dos mencionados, a hablarnos de las danzas, las rondas o la música popular o tradicional, a su manera de entenderla, principalmente en la mitad del siglo XX, cuando estas tradicionales muestras de nuestro folclore comenzaron a ser vistas con buenos ojos, pues tiempo hubo en el que la mirada torcida de algunos sectores de la población las relegó a un segundo plano.

   Entre ellos no hemos de dejar de mencionar a Sinforiano García Sanz, quien ya nos dejó algunos rastros de ello en su “Cancionero de Guadalajara y su Geografía Popular”, que fue desgranando a lo largo de varios años a través de la prensa provincial y posteriormente se recopiló en dos obras, a través de la revista cultural “Cuadernos de Etnología de Guadalajara”, en 1993, y el libro en que se resumieron sus estudios: “Mi Obra”, que vería la luz en 1996 dentro de la colección literaria “Arriaca” de la Casa de Guadalajara en Madrid.

   Nombre a tener en cuenta en aquel tiempo, centrándose un poco más en el folclore, danzas y rondas molinesas será igualmente José Sanz y Díaz, cuya extensa obra se pierde a través de los anaqueles de las bibliotecas, siempre precisa de una revisión, por lo que muestra y descubre. Igualmente, Sanz y Díaz desgranó su obra etnográfica y tradicional a través de la prensa provincial.

   Sin que nos falte un nombre que, si bien siempre relacionaremos con la historia, también dedicó líneas al folclore, danza y tradición: Francisco Layna Serrano, quien a través de su obra, en libro y artículo de prensa, dejó imperecederos recuerdos de sus propias vivencias al calor de la danza, la fiesta o la música, con pasajes entrañablemente emotivos como se puede descubrir, principalmente, a través de la revista “Nosotros”, que también la Casa de Guadalajara en Madrid editó en los primeros años de la década de 1930; Layna Serrano también recogió algunos instrumentos musicales que posteriormente formaron parte de las colecciones del Museo Nacional de Artes y Tradiciones Populares, del que fue patrono.

   Sin dejar atrás la magnitud de la obra recopilatoria de Asunción Lizarazu de Mesa y su enorme “Cancionero Popular Tradicional de Guadalajara”, que, en sus tres tomos, legó a la posteridad provincial en 1995.

 

Aragonés Subero, y sus danzas provinciales

   El de Antonio Aragonés Subero es quizá uno de los primeros libros que la provincia de Guadalajara vio enteramente dedicado a este aspecto de nuestra tradición, anteriormente algunos autores, como Gabriel María Vergara, dejaron retazos a través de la Revista de Dialectología y Ciencias Populares. “La danza -nos decía Aragonés Subero- nace como una necesidad anímica del hombre, pero siempre acompasada por el ritmo de un movimiento originado por el día y la noche, por creencias, por luchas o por la plástica que impone la propia Naturaleza. Nace pues de la mano del ritmo sonoro, del mimetismo animal, de la melodía de un canto o un conjunto de cantos animales o humanos. Así pues, danza, ritmo y melodía se complementan”.

   Pasando a estudiar, o describir, en su obra, los danzantes y aspectos de danza que entonces teníamos a la orden del día, que para las décadas de 1950-60, cuando Aragonés Subero puso en orden su obra no eran demasiadas, y muchas de ellas confundidas en festividades, para mantener su permanencia.

   Por la obra desfilan los imperecederos danzantes de Galve de Sorbe, Valverde de los Arroyos, Valdenuño-Fernández, Utande, Condemios de Arriba; o las jotas de Molina de Aragón; las seguidillas de Horche; los boleros de Azuqueca; las serranas de El Cardoso; las Olivareras, de El Olivar; o las más que tradicionales del “Pollo” de Maranchón; “La Paletilla de Alcoroches”, o tantas otras muestras más.

   Por nuestra parte añadiremos, en torno al baile de la “Paletilla”, que esta fue costumbre de bodas en algunas poblaciones del entorno molinés de la que nos dejó cumplida reseña en 1923 quien fuese maestra de Valhermoso, Julia Ochaíta Muñoyerro, natural de Trillo y casada con el entonces maestro de la localidad, Francisco Rello. Maestra ella también puso letra a la tradición: “Después de suculenta comida, el pueblo todo se traslada a la plaza, y allí en original carrera pedestre, se disputan los mozos la pierna de un tierno cordero, mientras la novia va invitando a las mozas con torta de huevos y azúcar. Y con un animado baile, en el cual cada invitado ha de bailar con la desposada, terminan estas ceremonias tradicionales que acaso no estén exentas de poesía para las gentes sencillas del lugar”.

 

Danzantes de Guadalajara

   La obra de Conde Suárez nos acerca en el tiempo a los danzantes que ya, en los inicios del siglo XX, recorrían la provincia, manteniendo en unos casos la tradición, y recuperándola en otros.

   Por la obra vuelven a desfilar los danzantes de Valdenuño, los de la Virgen de la Hoz, Utande, Valverde de los Arroyos, La Huerce, Condemios, Galve y Majaelrayo, añadiéndonos sus cantos, su indumentaria y calendario festivo.

   La mayor parte de los grupos danzantes se hacen acompañar por un botarga, que aleja a los curiosos de los danzantes, al tiempo que los dirige y, al igual que las invernales del periodo carnavales, hace de las suyas.

   Al ritmo de la danza los bailarines nos irán trenzando cordones y, ante todo, como muestra llamativa de su repertorio, ejecutarán las danzas de paloteo o espadas, ampliamente estudiada por el insigne Julio Caro Baroja en su magnífico “Estío Festivo”.

   Costumbre imperecedera, al margen de los grupos de danzantes organizados en torno a un patrón local, o patrona, fue el que, en numerosas poblaciones, durante la procesión patronal, el pueblo dance por delante de la imagen, al ritmo que marca gaita y tambor; a cabo se llevan estas danzas en algunas poblaciones serranas, y ampliamente extendida está la tradición por las vecinas poblaciones de Soria, Segovia, Ávila y su aledaña Salamanca. Sin que nos falte la danza individual, ejecutada claro está por un solo danzante, en contraposición a los grupos; un danzante “que, como David, bailara”, ante el patrón o, generalmente, patrona, como nos afirmase Caro Baroja.

   La mayoría de los danzantes de Guadalajara se apoyan, a la hora de seguir el ritmo musical, en la dulzaina y el tambor, como recoge Conde Suárez, formando al propio tiempo parte de la cultura y tradición de nuestros pueblos. Claro está que los tiempos han cambiado, al igual que el modo de vivir y sentir nuestras fiestas, muy a pesar de que los sonidos, del entrechocar de los palos de los danzantes, de la gaita o del tambor, nos llevarán en muchos casos a volver la vista a través para, de alguna manera, encontrarnos con nuestro pasado, el de nuestros pueblos, hoy en silencio a lo largo del año, bulliciosos en torno a los danzarines.

   Como que la fiesta en torno al titular del municipio se festeja en todos sus ámbitos, y, especialmente, con danza y música.

  

   Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ periódico Nueva Alcarria, Guadalajara, 25 de septiembre de 2026


Notas de Etnografía, Folklore y Tradiciones Populares de Guadalajara

 

Notas de Etnografía, Folklore y Tradiciones Populares de Guadalajara

 

    La provincia de Guadalajara, sus pueblos, mantienen decenas de tradiciones enraizadas con su pasado histórico, folclórico y tradicional; algunas de ellas han pasado a pertenecer al calendario festivo.

   El autor rescata en este libro decenas de ellas que en ocasiones se confunden con la multitud de leyendas que jalonan los pueblos.

   Por las páginas de la obra desfilan las botargas; el toque de las campanas; el carnaval; la Semana Santa; las ferias; las romerías; los trajes tradicionales; las rondas; los danzantes; las tradiciones enraizadas con los difuntos; la matanza o la Navidad.

   En su mayoría son notas de folklore y tradiciones que el autor ha ido desgranando en sus artículos semanales en el periódico Nueva Alcarria, de Guadalajara, en el que desarrolla la página “Guadalajara en la Memoria” y que, en conjunto, conforman una serie de relatos que mantienen no solo la memoria, también la tradición etnográfica y folklórica de una provincia a través de sus tradiciones populares.

 

 


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SUMARIO:

BOTARGAS, PARA COMENZAR EL AÑO

 

ALARILLA: LA PRIMERA BOTARGA

 

EL NIÑO PERDIDO, DE VALDENUÑO-FERNÁNDEZ

 

SAN ANTÓN Y LOS SANTOS DEL FRÍO

 

LA BARBARIDAD DE HORCHE

 

LAS CAMPANAS DE SANTA ÁGUEDA

 

TIEMPO DE CUERNOS, DIABLOS Y CENCERROS

 

CARNAVAL, BAJO LA MONTAÑA SAGRADA

 

MEMORIA DE DON CARNAL Y SU SARDINA

 

LA PASIÓN, SEGÚN JADRAQUE

 

EL ROSARIO DE FAROLES DECRISTAL DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES, DE ATIENZA

 

LA CRUZ DE CRISTO, EN LA PROVINCIA DE GUADALAJARA

 

LAS SANTAS ESPINAS DE ATIENZA. EL GRIAL DE GUADALAJARA

 

LA SANTA ESPINA DE PRADOS REDONDOS

 

MAYO, DE CRUCES Y CAMPANAS

 

¿POR QUIÉN TOCAN LAS CAMPANAS?

 

LA ROMERÍA DE LA VIRGEN MIRABUENO

 

LA REINA DEL SEÑORÍO

 

LA MIGAÑA. LA FILA ROMA DE GUADALAJARA

 

EL DÍA DE LA ASCENSIÓN

 

MEMORIA DE UNAS FOTOS

 

BOINAS, GORRAS Y SOMBREROS.

 

LA IMPORTANCIA DE UN BUEN ALMIREZ

 

AGOSTO DE DANZAS Y DANZANTES, EN LA SERRANÍA

 

POR DECIR ¡VIVA SAN ROQUE!

 

EL ALTO REY SE VISTE DE ROMERÍA

 

UN SANTO EN EL CALENDARIO: SAN MIGUEL PAGADOR

 

TIEMPOS DE FERIA

 

HIENDELAENCINA

 

POR CANTALOJAS, DE FERIA

 

PARA MORIRSE COMO DIOS MANDA

 

ATIENZA, Y SU DANZA DE LA MUERTE

 

PAREDES DE SIGÜENZA, Y EL SECRETO DE SU CEMENTERIO

 

MAZUECOS Y LAS CALABAZAS DEL DÍA DE ÁNIMAS

 

DICIEMBRE, MES DE LA MATANZA EN LA SERRANÍA

 

NAVIDAD DE PASTORES, CENCERROS Y NOCHEBUENO

 

BUSTARES, NAVIDAD EN LAS ALTURAS

 

 

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ATIENZA, DICHA Y DESDICHA DE 1905

 

ATIENZA, DICHA Y DESDICHA DE 1905

En este año llegó la electricidad, la desgracia y la Junta de Beneficencia

 

  En medio de las celebraciones por el centenario de la publicación del Quijote, que se vivió en Atienza con inusitado interés, llegaron para la villa tristes y alegres noticias. Apenas unos días antes de que los chiquillos de las escuelas desfilasen enarbolando banderas en honor y homenaje al creador del loco más cuerdo de la literatura española, don Miguel de Cervantes, y de que la antigua calle Mayor, que el pueblo conoció como de la “Zapatería”, se dedicase al  genio de las letras, hasta Atienza llegó el rayo de la luz eléctrica, que quedó oficialmente inaugurada con ocasión de las tradicionales ferias de San José, en el mes de marzo; también llegó, con la electricidad, el temor de que el mundo se acabase, puesto que hubo quien temiendo al vaticinio de que aquel avance era el comienzo del fin de la humanidad, se echó a temblar al observar que tras la llegada de la electricidad las tormentas lo hicieron con más fuerza, y que incluso algún que otro atencino bajó, por culpa del rayo de la luz, a la tumba. Tal sucedió al panadero del horno de San Gil, quien murió fulminado por un chispazo cuando se disponía a cambiar una bombilla; o al borriquillo de un pastor, que pisó el cable desprendido de un poste. No faltaron argumentos para acusar de diabólico el invento. Sin embargo, una de las noticias más tristes para Atienza estaba todavía por llegar.



 

Madrid, patria de todos

   Crecía en este tiempo Madrid a cuenta de cuantos desde las provincias limítrofes acudían en busca de futuro. Los estudios nos dicen que dos fueron las provincias que más vecinos aportaron a la capital del reino, Guadalajara y Segovia; en ello, en el estudio del movimiento de gentes y su establecimiento en los distintos barrios de la capital, surgidos en sus cuatro esquinas horizontales, fue pionero nuestro paisano, natural de Milmarcos, don Mariano Escolano López-Montenegro, quien dedicó media vida a trabajos censales, y a ensalzar la provincia desde la Casa de Guadalajara en Madrid, que fue, como su  antecesor Centro Alcarreño, fundado por estos mismos años de los que hacemos memoria, techo bajo el que se cobijaron los que llegaban sin rumbo. La provincia de Guadalajara, en el estudio de López-Montenegro, y por número de sus habitantes, fue la que más mano de obra aportó a Madrid a lo largo de la historia, convirtiéndose la capital del reino, como en tantas ocasiones se ha apuntado, en el mayor pueblo de la provincia de Guadalajara. Si seguimos aquel voluminoso trabajo que nos dio la imprenta: “Guadalajara en la savia de Madrid”, firmado por quien esto escribe, comprobaremos que, al día de hoy, son cientos de miles, los guadamadrileños de la capital. Una capital que hoy está, como quien dice, a dos pasos, pero en aquellos inicios del siglo XX y posteriores se encontraba, como mínimo, a un par de horas de la Puerta del Sol.

 

Obreros, meleros y hueveros

   Madrid, que como Francisco de Quevedo escribiese es patria de todos, vio pasear a lo largo de los siglos por sus calles a todo tipo de guadalajareños: obreros para emplearse en la construcción, o meleros alcarreños que con su cantarilla de miel y arrope vocearon por las calles su producto; también hueveros que, como los de Cereceda se dedicaron a lo suyo, a comerciar con el fruto de la gallina; los hubo que comerciaron con el libro, pues en Madrid abundaron las librerías fundadas por hijos de la provincia; y quienes lo hicieron  con la hostelería, desde que Segunda López del Postigo, natural de Fuentelencina, recibiese el 2 de mayo de 1808 un tiro en el muslo cuando desde el balcón de la casa de su hermano, en la calle de Toledo alentaba a las masas a levantarse contra los invasores franceses; la majestad de Fernando VII premió en 1816 a nuestra paisana con unos duros de recompensa que ella empleó en la construcción de un modesto edificio, en la calle del Arco de Santa María, para convertirlo en hospedería. De entonces a hoy, centenares, sino miles, han sido los hosteleros guadalajareños en Madrid.

 

La desgracia del tercer depósito

   Para tanto gentío como Madrid fue congregando, se necesitaron en la capital servicios; y uno de ellos, esencial, fue el del agua, puesto que desde los tiempos de Felipe V apenas se había renovado la distribución, que lo comenzó a hacer con Isabel II; proyectándose en los inicios de siglo el gran complejo de depósitos del Canal, en el barrio de Chamberí. Centenares de obreros llegaron para trabajar en el que por entonces fue uno de los mayores proyectos de la capital, destinado a que a los madrileños no les faltase el agua.

   El tercer depósito, aparentemente construido con enormes deficiencias, según contaron las posteriores investigaciones, se desplomó atrapando en su interior a decenas de obreros. En el momento del hundimiento, alrededor de las ocho de la mañana del 8 de abril de ese desdichado 1905, se encontraban trabajando entre 250 y 300 hombres. La superficie que se desplomó sobre ellos, de unos 50 metros de ancho por más de 200 de largo los pilló desprevenidos. Fueron varias decenas los fallecidos en los primeros momentos, y el número fue creciendo con el paso de las horas, llegando al cabo de la mañana a cerca del medio centenar, según se contó. El número final se estableció en algo así como treinta muertos y un centenar de heridos; a los que se sumaron los que, al cabo de la tarde, causó la policía al reprimir una manifestación de protesta.

   Entre los muertos se encontrarían cinco hijos de la provincia, uno de ellos natural de Atienza: Valentín Cabellos Gismera; su cuerpo sería rescatado tres días después de la tragedia. El muchacho, contaba con apenas veintidós o veintitrés años de edad, había marchado a la capital para ahorrar algún dinero con el que ayudar a la familia. El dinero que enviaba a casa era el único medio de subsistencia, por lo que inmediatamente se puso Atienza en movimiento para socorrerla abriendo una suscripción pública que encabezó Francisco Ranz. En dos días se lograron recaudar 150 pesetas, como anotaba la prensa. La madrileña daba cuenta de que Valentín Cabellos había dejado a sus padres en la más absoluta miseria. Que su padre llegó a Madrid aquel día para solicitarle una ayuda económica de unas pocas pesetas con las que comprar unos kilos de patatas para sembrar; y conoció la noticia del desastre cuando llegó a la pensión en la que se alojaba, en la calle de Santa Engracia número 117; y que aguardó en pie firme los tres días, hasta que de entre los escombros sacaron los despojos del hijo, que recibió sepultura en Madrid el día 16.

   Noble gesto tuvo el joven rey Alfonso XIII, que visitó inmediatamente el lugar de la tragedia; lo mismo que la reina madre lo hizo a los hospitales donde fueron atendidos los heridos; mientras que la prensa se organizaba para recaudar fondos con los que socorrer a las víctimas, puesto que no había otros medios de ayuda, Saturnino Cabellos, el padre, a quien apodaban en Atienza “Saturnino el de las Teas”, recibió 150 pesetas de aquellas recaudaciones, que no le sirvieron para mucho, murió de la congoja pocos días después.

   Algo noble dejó la desgracia para la villa de Atienza, aquel Francisco Ranz, junto a Pedro Galán, Simón Cortés y Francisco Caballo, fueron los iniciadores de lo que más tarde sería la Junta de Beneficencia de Atienza, una pequeña institución que, con la bendición municipal, nacía para atender casos similares; y se mantuvo cuando las desgracias llovían como caídas del cielo.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 18 septiembre 2026


ATIENZA: HISTORIA Y CRÓNICA DEL SIGLO XX

 

 ATIENZA: HISTORIA Y CRÓNICA DEL SIGLO XX

 

   Esta es la historia-crónica del siglo XX en Atienza, desde los inicios del siglo XX, hasta sus años finales. Con sus anécdotas, sus personajes, sus gentes, sus avances, sus retrocesos… La que nos habla de lo cercano, de lo que nos llega, de nuestros padres o abuelos, de lo que ellos vivieron y a nosotros nos legaron.

   La Atienza cercana…

    El periodista Salvador Toquero Cortés, al respecto de la obra recopilatorio en la que una parte de la historia del siglo XX se asomaba a “Crónicas de un siglo”, escribió:

 …me atrevería a decir que Gismera, desde la atalaya bravía de su Atienza, se ha asomado al balcón de cien años de toda una provincia, aupado a un trabajo de investigación laborioso, de paciente manejo de documentos y periódicos, pero sazonando cada relato con la aportación personal de lo directo o de la referencia próxima del terreno que pisa y de las gentes que trata. El ayer remoto, el ayer inmediato y el hoy, en sus expresiones de economía, sociedad, costumbres y cultura, tienen tratamiento prolijo en la obra de Gismera.

  Es un contar vivencias que recorren y perfuman la transformación paulatina de todo ese acerbo y que a fuerza de próximo y humano sigue oliendo a verdad, como la leña verde de las chimeneas, el pan que ya no se hace en el horno comunal; la cera de la procesión del día de la fiesta o el inconfundible paso de la dula de las cabras a la vuelta del careo. De todo eso, de cómo era, de cuándo y por qué dejó de ser y por qué se ha transformado nuestra provincia, a lo largo del siglo recientemente liquidado, hay mucha huella feliz en el libro de Gismera. No busquemos en el libro la historia rigurosa y exigente del transcurso de un siglo. Gismera, yo creo que de manera acertada, ha huido de ello y nos ha servido su trabajo en forma de crónicas, donde hasta lo heterogéneo, el juego con los años, el relato o la cita aparentemente inconexos, prestan contagiosa amenidad, gratificante y admirable desparpajo.

Otros autores añadieron:

 La historia pasada de Atienza es densa. El transcurso de los siglos lo ha permitido. Como ha permitido que se estudie a través de los archivos, las piedras, los monumentos y los viejos pergaminos.

La historia del siglo XX es reciente. Es la vivencia de nuestros padres y abuelos, la más cercana y que más directamente nos toca y llega, porque queda ahí a la vuelta de la esquina, y la continuamos escribiendo.

Las crónicas se pierden, por eso, a través de ellas, recuperamos las vivencias de los nuestros, para que continúen vivas, porque estas, al contrario que los grandes hechos, no se dejan anotados en el pergamino del archivo histórico.

 

   Por el conjunto de la obra desfilan los cambios que fue experimentando Atienza; los alcaldes, maestros, maestras o párrocos que fueron. Las gentes que destacaron, y las que no; las celebraciones, las fiestas, las tradiciones....

 

   Todo aquello que fue la Atienza de gran parte del siglo XX. Componiendo en su conjunto la mayor obra histórico-literaria publicada hasta ahora en torno a la villa, que complementa otras que vieron la luz hasta la actualidad.

 

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viernes, septiembre 11, 2026

ALCOCER: LA FERIA DE SAN LEÓN Y EL BURRO PERNALES

 

ALCOCER: LA FERIA DE SAN LEÓN Y EL BURRO PERNALES

Alcocer es, sin duda, una página abierta a nuestra historia provincial

 

   Don Víctor López Alcántara fue en Alcocer toda una institución. Un hombre emprendedor, animoso y gran trabajador que procuró para su pueblo lo mejor. Fue, además de uno de los más importantes tratantes de mulas de la comarca, uno de aquellos alcaldes que miró por su pueblo y lo hizo destacar cuando nuestros pueblos, por los últimos años de la década de 1920 y siguientes, comenzaban a padecer los males de la emigración, entre otros muchos.

   También fue, don Víctor López, personaje conocido más allá de las fronteras provinciales y no por el trato, compra o venta de sus mulas en las ferias provinciales, sino porque fue el propietario de uno de esos animales que traspasan las mismas fronteras patrias de su nacimiento, el burro Pernales, que nació en Alcocer al promedio del primer decenio del siglo XX, cuando al Pernales de verdad, al Paquito Ríos, de quien algunos dicen aunque no sea cierto que fue el último bandolero de Sierra Morena, le dieron caza y expusieron su cuerpo como trofeo junto al Niño de Arahal, en Alcaraz. Ello fue el último día de agosto del año de gracia de 1907, cuando el jumento, burro o asnillo de don Víctor López todavía no tenía nombre por lo que, a partir de aquí, se llamó, porque así lo quiso el destino: “Pernales”.

 


Alcocer, y su larga memoria

   Es y ha sido la hidalga y siempre noble villa de Alcocer uno de los pueblos de más extensa memoria de la parte alcarreña de Guadalajara. Uno de los de mayor número de habitantes a lo largo del tiempo, y de mayor tradición artística y monumental. A tanto llegó la historia de la villa de Alcocer que en aquellas interminables discusiones del siglo XIX, cuando las provincias comenzaron a ser lo que son, Alcocer, que formó conforme a los tiempos parte de Cuenca o de Guadalajara, solicitó que por derecho propio se le concediese ser cabeza de partido. A punto estuvo de lograrlo. Tiempos eran en los que por Alcocer surgían algunos revoltosos que ponían en jaque las ideas moderadas de los dirigentes de Guadalajara y, sobre todo, de sus duques del Infantado. Un título que, ¡fíjese usted por dónde!, surgía de esta tierra de Alcocer. Cuando Alcocer tenía por nombre, en honor a los duques, o viceversa, Alcocer del Infantado.

   A las gentes de Alcocer no se les ocurrió otra cosa que cuando surgieron las desavenencias del pueblo y sus gentes contra el rey absolutista, don Fernando VII de mal recuerdo, cuando el general Riego se levantó en armas y llegó el famoso “trienio liberal”, que correr a solicitar y conseguir de las altas instituciones del reino que aquel nombre de Alcocer del Infantado, por el recuerdo que traía de sus duques, se mudase, como entonces se mudaba cualquiera de camisa, por el de Alcocer del Guadiela, haciendo honor al río que por allí discurre, y, aprobado que fue, los duques, claro está, cuando por los Pirineos entraron los Cien Mil Hijos de San Luis, le hicieron la cruz al pueblo.

 

Alcocer del Ducado

   Es quizá, Alcocer, uno de esos pueblos en los que la memoria del siglo XIX, y ante todo de los años oscuros en los que los franceses invadieron la tierra, mejor memoria conserva de la vida dura y el sobrevivir diario de sus gentes en tiempos de guerra, cuando día sí y día también, las tropas francesas, o las guerrillas empecinadas, recorrían las fronteras de Guadalajara y Cuenca.

   Al servicio del Duque del Infantado, entonces Diputado a Cortes en las de Cádiz, se encontraba uno de esos hombres que dejan huella por donde pasan, don Felipe Sainz de Baranda, hombre con orígenes riojanos que aposentó en Alcocer a su familia, y hasta Alcocer llegaron los otros miembros que se quedaron por las riojanas tierras. Sobre todo, un mosén de aquellos de sombrero de teja y malos humos quien desde Madrid se trasladó a la casa de su hermano con sus dos amas para vivir del cuento. O Mejor, del trabajo de la cuñada que, la pobre, tenía que atender las tierras, pagar a los jornaleros, ocuparse de los olivos, las viñas, los hijos y, además, mantener al mosén y sus criadas.

   Don Bernardo, tal el nombre del mosén, que murió el 1º de mayo de 1858 siendo deán de la catedral de Burgos, resultó ser uno de los muchos informantes, o espías, que la Junta de Guadalajara y la guerrilla, tuvo por estos pagos en aquellos tristes días. También, de cuando en cuando, escribía a su hermano, para quejarse de las pocas atenciones que recibía en su casa, o de que los infantes franceses eran “el mismo demonio, capaces de hallar las cosas más recónditas”, pues puestos a registrar las casas o saquear los pueblos, poco se dejaban detrás.

 

La feria de San León, y el Pernales

   Ya reinando Alfonso X las gentes de Alcocer hacían tratos con los comerciantes de Huete, y acudían a las ferias que allí se celebraban. El propio rey, que entregó la villa a la madre de una de sus hijas, doña Mayor de Guillén, concedió a la población el disfrute de un mercado semanal los martes de cada semana. La orden, o el privilegio, lo dio en Sevilla el 23 de octubre de 1252, y más que seguro es que los de Alcocer, o sus señoras, solicitasen el disfrute de una feria por lo que esta tenía de interés para la población en movimiento económico, algo que a los de Huete no debió de agradar puesto que había de restarles negocio convirtiéndose en abierta competencia.

   Tendrían que pasar muchos años, y unos cuantos siglos, para que el Ayuntamiento de Alcocer, al final del siglo XIX, el 2 de enero de 1892, recobrase o estableciese la celebración de su propia feria anual: “a celebrarse el 21, 22 y 23 de enero de cada año, titulada de San León”.

   La feria de ese año, 1892, contó con todos los alicientes que engrandecían entonces este tipo de eventos: “diana floreada, función al Patrón, procesión, fuegos artificiales, cucañas, carreras de caballos y burros, funciones de teatro y, si el tiempo no lo impide, una corrida de novillos”.

   Se celebró, atrayendo gentes y ganados, al menos, hasta la mitad de la década de 1960, cuando este tipo de ferias comenzó a mudar la mula de labor, por el ronqueo del tractor.

   Las ferias que siguieron a la de 1907, del nacimiento del burro Pernales, continuaron distinguiéndose, como desde su implantación, por la afluencia de ganado vacuno. Además, los ganaderos y comerciantes que concurrían a Alcocer lo hacían sabiendo que finalizada esta comenzaba la de Tendilla; por lo que el éxito la acompañó, pues lo que se vendía o no, en la de Alcocer, podía trocarse, o terminar su ajuste, en Tendilla.

   Y, de feria en feria, llevó don Víctor López, ilustre alcalde que fue de Alcocer, sus mulas, que le hicieron ganar un buen capital y le permitieron, en los ratos de ocio, adiestrar su jumento, que en pocas ocasiones, salvo para demostrar al vecindario lo aprendido, sacó de su casa.

   Con habilidades circenses, Pernales se podía balancear en una tabla, subir escaleras, o hacer acrobacias. También solía, don Víctor, recorrer las calles de su pueblo en una calesilla tirada por el borriquillo: “rucio, como el del escudero Sancho Panza”.

   Y no era ni grande ni chico, convirtiéndose, en aquellos tiempos, como lo solían ser los animales curiosos, en una de las estrellas que más brillaron en la feria de San León de Alcocer. Cosas que hacen, de nuestros pueblos, página para nuestra memoria.

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 11 septiembre 2026

ALCOCER, EN EL TIEMPO Y LA HISTORIA

 ALCOCER, CUNA DEL INFANTADO, EN EL TIEMPO Y LA HISTORIA

Alcocer

 

    Trepando a la meseta o retorciéndose en múltiples curvas para descender a valles risueños, la carretera de Cuenca atraviesa las Alcarrias hasta bajar al ameno foso del Tajo; lo atraviesa por el histórico y empinado puente de Auñón que recuerda un encarnizado combate entre los franceses y guerrillas de El Empecinado, y luego continúa paralela al río por el dantesco desfiladero de las “Entrepeñas”, donde ya no puede leerse torpemente grabado en la roca aquel verso reflejo de maternal congoja, recuerdo de la trágica muerte del gentil y enamoradizo caballero Don Apóstol de Castilla, descendiente de Don Pedro el Cruel. Tras un recodo, queda a la derecha la villa de Sacedón; la carretera salta de valle a valle, deja admirar un momento las ruinas melancólicas del monasterio cisterciense de Monsalud, atraviesa Córcoles, y desde un altozano permite que se contemple la fértil Hoya del Infantado cruzada por el Guadiela; al fondo, entre montañas verdes, se columbra el desfiladero de Priego; en la campiña, varios pueblos minúsculos; a la izquierda, sobre pequeña loma respaldada por cerros moteados de olivos grises, una población grande para lo que da la tierra, señoreada por hermosa iglesia cuya torre de exornos góticos ostenta giraldeña silueta; estamos en la hidalga villa de Alcocer que ya suena en el poema del Cid, recuerda los hazañosos hechos de Alvar Fáñez de Minaya, los juveniles amores de Alfonso el Sabio, los enredos de Don Juan Manuel, la ambición de Don Álvaro de Luna y el exilio de un heredero de los Duques del Infantado a quien su padre desterró de Guadalajara porque había simpatizado con los Comuneros, y le hizo caminar más que aprisa sin importarle un ardite que su nuera estaba tan en meses mayores que hubo de detenerse en el monasterio de Lupiana para dar a luz. 

 

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   Entretenida e interesante como una novela es la historia de esta villa, como la de otras muchas poblaciones de la provincia de Guadalajara, meras sombras de un pasado glorioso; de mi agrado sería contarla al lector muy por menudo. Sólo he de decir que su importancia fue escasa hasta consolidarse la reconquista de la región en 1176 con la toma de Cuenca por Alfonso VIII; en adelante la villa creció sin cesar para convertirse de hecho en capital de los lugares del Infantado, nombre alcanzado por esa campiña desde que  Fernando III el Santo hizo Señor de ellas a su hijo Don Enrique; y Alfonso X el Sabio queriendo apartar de sí a su antigua amiga Doña Mayor Guillén de Guzmán ( si no fue ella quien desengañada quiso apartarse del mundo) la hizo donación de las villas de Alcocer, Cifuentes, Viana, y otros lugares hacia 1258; a Alcocer se retiró la hermosa y discreta señora para fundar un convento donde se retiró la hermosa y discreta  señora para fundar un convento donde se recogió hasta que Dios fue servido de llamarla a mejor vida, y en Alcocer dejó su cuerpo que se conserva momificado y con señales reveladoras de notable belleza (2). De Doña Mayor heredó el señorío su hija Doña Beatriz habida con Alfonso el Sabio y casada con el rey de Portugal; de doña Beatriz pasó a su hija la infanta Doña Blanca, más tarde señora y abadesa de las Huelgas en Burgos, donde existe su magnífico sepulcro; fue Alcocer del turbulento Don Juan Manuel, quien en el cercano pueblo de Salmerón acabó de escribir su famoso libro “El Conde Lucanor”, más la posesión lograda por compra fue efímera, ya que no la pagó; tras varias luchas sangrientas pasó el lugar al infante Don Pedro y luego a Enrique de Trastamara, quien favoreció no poco a Alcocer hasta regalárselo al marqués de Villena. Luego de pertenecer a la familia Albornoz, heredó la villa el famoso Don Álvaro de Luna cuyos sucesores al concertarse con Enrique IV le cedieron varios pueblos con Alcocer entre ellos; cuando los Mendoza tuvieron más en rehenes que en guarda a la Beltraneja, discutida hija de Enrique el monarca, para compensar los gastos realizados por Don Diego Hurtado de Mendoza segundo marqués de Santillana, le hizo señor de Alcocer, Salmerón y Valdeolivas, o sea, de los lugares y tierras del “Infantado”, en 1471; hasta que en 1475 los Reyes Católicos, para premiarla valiosa ayuda que este magnate les prestara, ascendieron el señorío a la categoría ducal; los últimos hechos y fechas merecen ser resaltados para explicarse las grandes ampliaciones hechas en la iglesia de Alcocer a fines delsiglo XV, obras sin duda llevadas a cabo gracias a la ayuda pecuniaria de los duques, quienes se distinguieron por su amor a la arquitectura y su gran cariño a la villa principal del Infantado.

Francisco Layna Serrano
Boletín de la Sociedad Española de Excursiones
Madrid. Marzo, 1935

 

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lunes, septiembre 07, 2026

ROMANILLOS DE ATIENZA, EN SUS ALTURAS

 

ROMANILLOS DE ATIENZA, EN SUS ALTURAS

En los límites de Guadalajara y Soria, domina una parte de ambas provincias

 

     Por Romanillos de Atienza, en lo alto de la Sierra de Pela, a algo más de 1.100 metros de altitud, anduvo buscando don Ramón Menéndez Pidal en el mes de mayo de 1903 las huellas del paso del Cid Campeador cuando, abandonando Castilla, iniciaba su marcha a través de tierra de moros hacía el Levante. Don Ramón con la compañía de su esposa llegó a Guadalajara desde Madrid el 21 de mayo de 1903 para desde la capital provincial y en unión de su hermano, entonces Gobernador de la provincia, dirigirse hacia Atienza, de aquí a Miedes y, posteriormente, Medinaceli, tras su paso por Romanillos. La excursión, proyectada a lo largo del mes de abril, tendría lugar el 23 de aquel mes de mayo, cuando tras hacer un alto en Miedes reanudaría el camino: salió en dirección al Torreplazo, límite de la provincia con la de Soria, cúspide de la Sierra de Pela, y desde cuya altura se divisa perfectamente la cuenca del Duero, hasta El Pelayo, coronadas sus cumbres con la blancura de las nieves perpetuas, sacando fotografías y croquis de cuantos sitios les fue posible…

 



Romanillos, en lo alto

   Son de altura las tierras de Romanillos puesto que desde aquí se divisa una buena parte de las que bajan a Guadalajara, y también de las que ascienden hacía tierra soriana, con las que se hermana por estos campos. Y cuenta, Romanillos, con una de esas hermosas iglesias que nacieron en esta parte de la provincia siguiendo los dictámenes barrocos, que arrinconaron el románico; alterados con las obras que trataron de dar al templo nuevo empaque a partir del siglo XVI, obras que se prolongarían a lo largo de los siguientes, rehaciéndose por completo la capilla mayor de la que desapareció el ábside primitivo, elevando el interior y adosando al templo a consta de cerrar la galería porticada, una nueva nave a la central, dejando a los pies la primitiva espadaña, ya que las obras no se verían terminadas conforme al proyecto original, pues quedó el tejado por debajo del arco de gloria. Al tiempo que a los pies del templo se levantaba el coro, dotándolo de su órgano correspondiente.

   Desconocemos el momento en que la galería fue añadida como nueva nave a la iglesia, aunque todo indica que sucedió en los primeros decenios del siglo XVIII, desapareciendo entonces alguno de los capiteles originales, si bien y como se nos apunta en la actualidad “podemos apreciar ocho arcos de medio punto que apoyan en capiteles sobre columnas dobles, excepto en un caso en que el capitel descansa sobre un haz de cuatro columnas. Probablemente este último formaba parte del arco de ingreso original”. La mayoría de los capiteles debido a la deficiente calidad de la piedra así como a las obras que padecieron, tanto en su cegamiento en el siglo XVIII como en el descubrimiento último, se encuentran muy desgastados, si bien pueden reconocerse algunas decoraciones vegetales junto a otros elementos.

   En el mismo siglo XVIII se la dotaría de los retablos que hoy pueden apreciarse, tanto el mayor, dedicado a San Andrés, como los colaterales de indudable interés. En el lado del Evangelio el retablo con escultura de San Roque, de aproximadamente las mismas fechas; junto a los de la Inmaculada y la Natividad. Dentro de la capilla mayor saltan a la vista unos óleos del siglo XVIII de la Virgen del Carmen, San Juan Evangelista, Bautismo de Cristo y Santa Teresa, a la vez que se puede ver una imagen de Cristo del siglo XVI en su correspondiente retablo, al lado de la Epístola.

   Los tres colaterales correspondientes a los retablos de San Roque, la Inmaculada y la Natividad serían dorados por José López en 1790. Siendo elaborados por el retablista atencino José de la Fuente en torno a 1777. Sobre el retablo mayor nos dicen las cuentas de fábrica de 1738-40, que sería obra del retablista Francisco de los Corrales, ajustándose en 12.000 reales; mientras que la imagen de San Andrés sería ejecutada por el escultor Marcos Ruiz, quien cobraría por llevarla a cabo, junto con dos ángeles que completarían la talla, 397 reales, siendo pagados por la iglesia del vecino lugar de Bañuelos; iglesia que igualmente se haría cargo de las pinturas, obra de Pedro de Ybarrola, y tasadas en 1.340 reales; representando a San Juan Bautista, San Juan Evangelista, Santa Teresa y la Virgen del Carmen; también se encargó de pintar la talla de San Andrés y de retocar las de los colaterales.

   Curiosa resulta la anotación que se nos hace con motivo de la inauguración, en 1741, del retablo mayor de la iglesia, día en que hubo, además de predicador, danzantes, como fiesta grande que debió de ser el día. El retablo, sin duda, nos habla de las proporciones imaginadas para una iglesia ideada de mayores proporciones, por lo que contrasta grandemente la amplitud y esbeltez de la capilla en comparación con el resto de la nave. Capilla mayor que contó con una obra de rejería debida al maestro Eusebio de Pastrana, autor, entre otras, de la rejería de la capilla del Santísimo Cristo en la iglesia de San Bartolomé de Atienza.

   Igualmente fue dotada la iglesia en este mismo tiempo con algunos ornamentos, otros ya se encontrarían en la iglesia, como la Cruz Procesional, auténtica obra de arte que se nos fecha a mediados del siglo XVI, sin que conozcamos al autor. La descripción que de ella nos hace Natividad Esteban nos habla de una obra singular, a pesar de que cuando ella la conoce se encontrase bastante deteriorada, habiendo sido restaurada recientemente, recobrando así su belleza original:

 

Y los Perdices

   También cuenta Romanillos con obras singulares entre su caserío, pues, junto al esgrafiado, hubo maestros en el arte de tratar de hacer que las humildes casas de nuestros ricos pueblos aparentasen ser pequeños palacetes destacando entre la humildad de un caserío, llevando a sus fachadas lo que bien nos podrían parecer detalles arquitectónicos dignos de las más elevadas capitales.

   Las casas a que nos referimos salían de los pequeños talleres de albañiles sin más estudios que la experiencia del trabajo heredado a través de los miembros de la familia, ya que en la mayor parte de los casos no se recurría a arquitectos o diligentes delineantes que trazasen los planos; eran los mismos albañiles, técnica, oficio y tesón en mano, quienes se encargaban de todo, desde el ajuste de la madera, la cal o teja, hasta dejar listo el edificio para entrar a vivir. Especialistas en esto, más que de la confusión, del embellecimiento de las fachadas, fueron numerosos de aquellos hombres que dedicaron su vida a la albañilería, tan difícil de entenderse al día de hoy en algunas ocasiones.

    Por los pagos guadalajareño-sorianos, una de estas cuadrillas, quizá la que mejor marca dejó en el gremio entre los años finales del siglo XIX y parte del XX, fue la de los “Perdices”, compuesta por Segundo y Donato Perdices, padre e hijo, naturales de Pozancos y con raíces en Barcones. Su arquitectura decora los paisajes de un buen número de poblaciones serranas, y sorianas también, pues no les faltó trabajo. Desde Cincovillas (donde levantaron el famoso Parador de San Vicente), hasta Condemios de Arriba; pasando por la reconstrucción señorial de casi todo un pueblo: Romanillos de Atienza, donde se puede advertir la uniformidad de sus manos. De aquí, cruzando la raya, se puede seguir el camino de sus obras, por Barcones e incluso llegar hasta Berlanga.

   Y es que, aunque no lo parezca, nuestros pueblos tienen mucho arte por descubrir.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 4 de septiembre de 2026


ROMANILLOS DE ATIENZA, DE LUGAR A VILLA

 

 ROMANILLOS DE ATIENZA
De Lugar, a Villa


   Se encuentra Romanillos de Atienza en la Serranía de Guadalajara, y más concretamente en la Sierra de Pela, como población fronteriza entre las actuales provincias de Guadalajara y Soria; en clima frío, por su altura, y en una tierra hoy amenazada por la despoblación.

   Fue una población importante dentro de la comarca, en la que dominó la ganadería, y fue, quizá, una de las más antiguas de esta tierra.



   En la localidad, tras la reconquista, se levantó una de las más interesantes iglesias románicas que el tiempo se encargó de desvirtuar, a pesar de mantener algunos de los retablos más interesantes del obispado de Sigüenza, labrados en el siglo XVIII.

   La población comenzó a perder habitantes mediado el siglo XX, antes trató de ser una de las punteras de la Tierra de Atienza, logrando el título de villazgo en el primer cuarto del siglo XIX.