ROMANILLOS DE ATIENZA, EN SUS ALTURAS
En los límites de Guadalajara y Soria, domina una parte de ambas
provincias
Por Romanillos de Atienza, en lo alto de la
Sierra de Pela, a algo más de 1.100 metros de altitud, anduvo buscando don
Ramón Menéndez Pidal en el mes de mayo de 1903 las huellas del paso del Cid
Campeador cuando, abandonando Castilla, iniciaba su marcha a través de tierra
de moros hacía el Levante. Don Ramón con la compañía de su esposa llegó a
Guadalajara desde Madrid el 21 de mayo de 1903 para desde la capital provincial
y en unión de su hermano, entonces Gobernador de la provincia, dirigirse hacia
Atienza, de aquí a Miedes y, posteriormente, Medinaceli, tras su paso por
Romanillos. La excursión, proyectada a lo largo del mes de abril, tendría lugar
el 23 de aquel mes de mayo, cuando tras hacer un alto en Miedes reanudaría el
camino: salió en dirección al Torreplazo,
límite de la provincia con la de Soria, cúspide de la Sierra de Pela, y desde
cuya altura se divisa perfectamente la cuenca del Duero, hasta El Pelayo,
coronadas sus cumbres con la blancura de las nieves perpetuas, sacando
fotografías y croquis de cuantos sitios les fue posible…
Romanillos,
en lo alto
Son de altura las tierras de Romanillos puesto que desde aquí se divisa
una buena parte de las que bajan a Guadalajara, y también de las que ascienden
hacía tierra soriana, con las que se hermana por estos campos. Y cuenta,
Romanillos, con una de esas hermosas iglesias que nacieron en esta parte de la
provincia siguiendo los dictámenes barrocos, que arrinconaron el románico;
alterados con las obras que trataron de dar al templo nuevo empaque a partir
del siglo XVI, obras que se prolongarían a lo largo de los siguientes,
rehaciéndose por completo la capilla mayor de la que desapareció el ábside
primitivo, elevando el interior y adosando al templo a consta de cerrar la
galería porticada, una nueva nave a la central, dejando a los pies la primitiva
espadaña, ya que las obras no se verían terminadas conforme al proyecto
original, pues quedó el tejado por debajo del arco de gloria. Al tiempo que a
los pies del templo se levantaba el coro, dotándolo de su órgano
correspondiente.
Desconocemos el momento en que la galería fue añadida como nueva nave a
la iglesia, aunque todo indica que sucedió en los primeros decenios del siglo
XVIII, desapareciendo entonces alguno de los capiteles originales, si bien y
como se nos apunta en la actualidad “podemos
apreciar ocho arcos de medio punto que apoyan en capiteles sobre columnas
dobles, excepto en un caso en que el capitel descansa sobre un haz de cuatro
columnas. Probablemente este último formaba parte del arco de ingreso original”.
La mayoría de los capiteles debido a la deficiente calidad de la piedra así
como a las obras que padecieron, tanto en su cegamiento en el siglo XVIII como
en el descubrimiento último, se encuentran muy desgastados, si bien pueden
reconocerse algunas decoraciones vegetales junto a otros elementos.
En el mismo siglo XVIII se la dotaría de los
retablos que hoy pueden apreciarse, tanto el mayor, dedicado a San Andrés, como
los colaterales de indudable interés. En el lado del Evangelio el retablo con
escultura de San Roque, de aproximadamente las mismas fechas; junto a los de la
Inmaculada y la Natividad. Dentro de la capilla mayor saltan a la vista unos
óleos del siglo XVIII de la Virgen del Carmen, San Juan Evangelista, Bautismo
de Cristo y Santa Teresa, a la vez que se puede ver una imagen de Cristo del
siglo XVI en su correspondiente retablo, al lado de la Epístola.
Los tres colaterales correspondientes a los retablos de San Roque, la
Inmaculada y la Natividad serían dorados por José López en 1790. Siendo
elaborados por el retablista atencino José de la Fuente en torno a 1777. Sobre
el retablo mayor nos dicen las cuentas de fábrica de 1738-40, que sería obra del
retablista Francisco de los Corrales, ajustándose en 12.000 reales; mientras
que la imagen de San Andrés sería ejecutada por el escultor Marcos Ruiz, quien
cobraría por llevarla a cabo, junto con dos ángeles que completarían la talla,
397 reales, siendo pagados por la iglesia del vecino lugar de Bañuelos; iglesia
que igualmente se haría cargo de las pinturas, obra de Pedro de Ybarrola, y
tasadas en 1.340 reales; representando a San Juan Bautista, San Juan
Evangelista, Santa Teresa y la Virgen del Carmen; también se encargó de pintar
la talla de San Andrés y de retocar las de los colaterales.
Curiosa resulta la anotación que se nos hace con motivo de la
inauguración, en 1741, del retablo mayor de la iglesia, día en que hubo, además
de predicador, danzantes, como fiesta grande que debió de ser el día. El
retablo, sin duda, nos habla de las proporciones imaginadas para una iglesia
ideada de mayores proporciones, por lo que contrasta grandemente la amplitud y
esbeltez de la capilla en comparación con el resto de la nave. Capilla mayor que
contó con una obra de rejería debida al maestro Eusebio de Pastrana, autor,
entre otras, de la rejería de la capilla del Santísimo Cristo en la iglesia de
San Bartolomé de Atienza.
Igualmente fue dotada la iglesia en este mismo tiempo con algunos
ornamentos, otros ya se encontrarían en la iglesia, como la Cruz Procesional, auténtica
obra de arte que se nos fecha a mediados del siglo XVI, sin que conozcamos al
autor. La descripción que de ella nos hace Natividad Esteban nos habla de una
obra singular, a pesar de que cuando ella la conoce se encontrase bastante
deteriorada, habiendo sido restaurada recientemente, recobrando así su belleza
original:
Y los
Perdices
También cuenta Romanillos con obras singulares entre su caserío, pues,
junto al esgrafiado, hubo maestros en el arte de tratar de hacer que las
humildes casas de nuestros ricos pueblos aparentasen ser pequeños palacetes
destacando entre la humildad de un caserío, llevando a sus fachadas lo que bien
nos podrían parecer detalles arquitectónicos dignos de las más elevadas
capitales.
Las casas a que nos referimos salían de los pequeños talleres de
albañiles sin más estudios que la experiencia del trabajo heredado a través de
los miembros de la familia, ya que en la mayor parte de los casos no se
recurría a arquitectos o diligentes delineantes que trazasen los planos; eran
los mismos albañiles, técnica, oficio y tesón en mano, quienes se encargaban de
todo, desde el ajuste de la madera, la cal o teja, hasta dejar listo el
edificio para entrar a vivir. Especialistas en esto, más que de la confusión,
del embellecimiento de las fachadas, fueron numerosos de aquellos hombres que
dedicaron su vida a la albañilería, tan difícil de entenderse al día de hoy en
algunas ocasiones.
Por los pagos guadalajareño-sorianos, una de estas cuadrillas, quizá la
que mejor marca dejó en el gremio entre los años finales del siglo XIX y parte
del XX, fue la de los “Perdices”,
compuesta por Segundo y Donato Perdices, padre e hijo, naturales de Pozancos y
con raíces en Barcones. Su arquitectura decora los paisajes de un buen número
de poblaciones serranas, y sorianas también, pues no les faltó trabajo. Desde
Cincovillas (donde levantaron el famoso Parador de San Vicente), hasta
Condemios de Arriba; pasando por la reconstrucción señorial de casi todo un
pueblo: Romanillos de Atienza, donde se puede advertir la uniformidad de sus
manos. De aquí, cruzando la raya, se puede seguir el camino de sus obras, por
Barcones e incluso llegar hasta Berlanga.
Y
es que, aunque no lo parezca, nuestros pueblos tienen mucho arte por descubrir.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la
memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 4 de septiembre de 2026
ROMANILLOS DE ATIENZA, DE LUGAR A VILLA












