FRANCISCO MORALES, EL TABERNERO DE NAHARROS
Llegó a ser uno de los hosteleros más populares de Madrid
Que la hostelería madrileña se ha alimentado
desde hace dos o tres siglos con mano de obra de Guadalajara es algo que nadie
puede poner en duda; sobre todo desde que en las duras décadas de 1940 y 1950
la emigración de la provincia tomó como destino la capital de España. Si bien
es cierto que desde mucho tiempo atrás, tal vez desde los siglos XVIII y XIX,
en Madrid ya triunfaban en el mundo de la hostelería numerosos naturales de
nuestra provincia. Tal vez una de las mujeres que más renombre adquirió en ese
último siglo, el XIX, fuese Segunda López del Postigo, natural de Fuentelencina
quien el 2 de mayo de 1808, en plena batalla madrileña contra el invasor
francés recibió un tiro en un muslo, lo que la hizo pasar a la categoría de
héroes premiados por la majestad de Fernando VII cuando en 1814 recuperó el
trono, señalándole una renta vitalicia de cuatro reales diarios que a nuestra
paisana sirvieron para alzar un edificio que dedicó a la hostelería y la
hospedería en la madrileña calle del Arco de Santa María (actual calle de
Augusto Figueroa).
Más
cercano en el tiempo, en los inicios del siglo XX, don Arturito Contreras,
nieto del más que famoso médico don Bibiano, alcalde que fue de Jadraque e
inversor minero en Hiendelaencina, junto a su mujer, Isabel Bueno, descendiente
de muleteros de Maranchón, elevaron a la historia literaria madrileña el Café
Comercial de la Glorieta de Bilbao.
Son sólo dos nombres, con medias historias, de las decenas de ellos que
podríamos señalar, triunfantes en su dedicación.
Francisco Morales de Mingo
Cuando abandonó su localidad natal, Naharros, o para mejor distinguir,
Naharros de Atienza, en la Serranía, apenas con diez años de edad, concluía la
década de 1910. Salió del pueblo con apenas unas pesetas en el bolsillo, con
parte de ellas compró un billete de tren, por Yunquera, presentándose en Madrid
en busca de la vida. Una vida que por estas tierras fue siempre dura y apretaba
un poco más cuando no se tenía demasiado de lo que disponer.
Sus primeros pasos en el mundo laboral madrileño, contaba don Francisco
Morales de Mingo, tal su nombre, los daría en una tienda de ultramarinos, de la
que fue titular un familiar. En ella aprendería a moverse en el mundo de los
negocios, y en el difícil trato con la clientela.
Regresó a su Naharros natal casi diez años después de la partida cuando,
cosas del destino, había que cumplir, se estuviera donde se estuviera, con la
Patria. Entonces, en el regreso, algunas cosas comenzaban a cambiar por esta
tierra: la carretera que conduce desde Hiendelaencina a Atienza, haciendo alto
en Naharros, se encontraba en obras. Sería de lo poco nuevo que Francisco
Morales pudo observar, pues todo lo demás continuaba como lo dejó. Por probar
la dureza de los trabajos serranos, Francisco Morales se enganchó a una de
aquellas cuadrillas que abrieron la caja de la carretera, hasta que llegó la
hora de acudir a servir a la Patria, a Melilla y, desde Melilla, retornó a
Madrid, a la cantina de Ingenieros Militares de la Ronda del Conde Duque, donde
se guardaban los vehículos con los que el Rey Alfonso XIII se aficionó a la
automoción. Con lo ahorrado en dos años de trabajo se compró un traje y un par
de zapatos.
La taberna de Puerta Cerrada
Francisco Morales comenzó su andadura personal en el mundo de la
hostelería en 1933, cuando se quedó con el traspaso de un local por la calle
del Carmen, junto a la Puerta del Sol, con dinero prestado y toda una vida por
delante; era el sábado 3 de marzo de aquel histórico año que preludiaba los que
estaban por venir. Aquel, el día de la inauguración, al contar la caja se
encontró con 386 pesetas; todo un capital; claro está que al hacer la caja tres
días después, el martes, apenas habían entrado media docena de clientes que se
dejaron 8 pesetas; después los años de la guerra, que dejaron temblando a media
España, y un buen dinero en sus bolsillos a cuenta de la venta de vino; dinero
que, a la conclusión, dejó de tener valor. Tras ese tiempo vinieron los días
ácidos del exilio francés; dormir en las playas a donde fueron conducidos los
españoles que pasaban las fronteras; el retorno por León y, al fin, la vuelta a
Madrid, donde le aguardaba su mujer, natural de Alcolea del Pinar, que continuaba
regentando el antiguo local de la calle del Carmen que, para iniciar de nuevo
la vida, puso en traspaso. Las 29.000 pesetas que le dieron por el antiguo,
añadiendo 500 más, las empleo en adquirir la taberna de la plaza de Puerta
Cerrada.
En este tiempo, no muy lejos de allí, en la Plaza de Sevilla número 6,
donde ya se ubicaba la Casa de Guadalajara en Madrid, don Ángel Pareja, quien
pasaría en más de una ocasión por Casa Paco, y quien a la sazón regentaba el
Restaurante de la Casa, ofrecía los menús especiales a 3,45 pesetas. Y es que
no eran pocos los paisanos que, asilados en pensiones, se veían en la necesidad
de pasar por cualquier casa de comidas, a llenar el estómago. Y Casa Paco sería
una de ellas.
La taberna de las estrellas
No llegó, hasta la década de 1950, el poner de comer en la taberna, que
no tardó en hacerse popular; la calidad, junto a la simpatía y el entorno,
hicieron lo suyo a la hora de que traspasasen sus puertas primero los
militares, después los políticos, más tarde los toreros y, por último, las
estrellas del firmamento cinematográfico que catapultaron a la fama la taberna
Casa Paco.
Por aquí pasarían, Mario Moreno “Cantinflas”, cuando rodaba su “Don
Quijote cabalga de nuevo”; y antes que él, Ava Gadner, y luego Roger Moor,
Orson Welles o Gary Cooper, y más tarde, el Rey don Juan Carlos de Borbón, a
quien, tras la comida, le regaló un mechero y un puro, y el rey, campechano él,
le pidió otro para su hijo, el príncipe don Felipe, que los coleccionaba, y
contaba don Francisco Morales en qué consistió el menú: “un plato de jamón
para empezar, un trozo de carne para comer, ensalada…”
De aquella quedó una foto, que se unió a las ya existentes, con lo que
fueron llenándose las paredes de la taberna, y del comedor, de imágenes de don
Francisco Morales de Mingo, con las estrellas del firmamento cinematográfico, o
del mundo de la política, que harían populares sus platos más sabrosos de la
cocina castellana. Por aquí pasaron Manolete y Lupe Sino, los Dominguines,
Curro Romero…, y seguro que a su tiempo algunos de aquellos escritores que
dejaron su sello en la literatura española de la última mitad del siglo XX,
desde Pío Baroja a Camilo José Cela, que tanto gustaron de la sencillez del
plato como del buen guiso.
El tiempo dejó a don Francisco Morales algunas condecoraciones y
reconocimientos, que siempre vienen a cuento, ante todo cuando se trata de
reconocer la labor bien hecha; a su tiempo recibió la Placa del Mérito; la
Medalla del Trabajo, la del Turismo, los honores del Ayuntamiento de Madrid, e
incluso el homenaje de sus paisanos en la capital del reino a través de la Casa
de Guadalajara, a la que don Francisco perteneció.
Y
es que hay gentes, e industrias, más allá de los horizontes de nuestra
provincia; industrias y gentes que, desde la lejanía, también engrandecieron
nuestra pequeña patria.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la
memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 29 mayo de 2026
NAHARROS DE ATIENZA
NAHARROS; en Tierra de Atienza
Los tres diccionarios de consulta para los pueblos de Guadalajara, publicados en el siglo XIX, el de Sebastián Miñano de 1827, Pascual Madoz de 1848, así como el Nomenclátor de la Diócesis de Sigüenza de 1886, hablan de Naharros con parquedad, si bien los tres coinciden en algo, en que “se halla situado en terreno áspero, con clima frío y excelente ventilación”.
No son muchos los datos históricos que se ofrecen, salvo el número de sus habitantes, o vecinos: 40 según el Nomenclátor, que equivaldrían a unos 120 habitantes; 137 cuenta Miñano que tenía en 1827 y en torno a los 100 son los que pone Madoz. Los tres señalan que depende del municipio de La Miñosa; y en cuanto al nombre igualmente le dan distintas acepciones: Narros para el Noménclator; Naharros para Miñano y Madoz.

NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)
En cualquier caso aclaremos un extremo: Naharros, como tantas otras poblaciones, ha cambiado mucho desde aquellos remotos tiempos a la actualidad. Un simple vistazo a su caserío nos lo muestra, si bien ha perdido algo de su identidad; hasta la década de 1960 era conocido en la comarca como “el de los tejados de pizarra”, cuando todavía no estaba descubierta la ruta de los pueblos negros y Naharros era uno de tantos, si bien algo alejado de aquellos, al pie de la carretera que desde Atienza conduce a Hiendelaencina, en un paraje de excepcional belleza, a pesar de la pobreza y aridez del terreno.
Su origen hay que buscarlo en las repoblaciones que se llevaron a cabo en Castilla tras la conquista de Toledo, avanzado el año 1100, y el topónimo del nombre ya nos da a entender quiénes fueron sus pobladores, originarios del entonces reino de Navarra, probablemente llegados a estas tierras, como tantos otros repobladores de la Vieja Castilla, atraídos por las exenciones de Alfonso VI y Raimundo de Borgoña.
NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)
Son muchos los estudios sobre la toponimia vasca en Castilla llevados a cabo a lo largo del siglo XX, y algunos señalados, como los Salvador de Madariaga o Antonio Llorente Maldonado de Guevara, en los que se profundiza en la materia, dando cuenta de cómo, el origen del nombre, así como sus primitivos pobladores, llegan de aquella zona, anteriormente reino de Pamplona, así como de la multitud de poblaciones que, en Castilla, llevan un nombre semejante: Narros, Naharros, Narrillos, Naharrillos, etc., la mayor parte de ellos pertenecientes, al día de hoy, a las provincias de Avila, Segovia, Salamanca, Cuenca y, por supuesto, nuestro Naharros de Guadalajara.
NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)
Algunos autores aseguran que esta repoblación de navarros al otro lado del Duero se produjo a partir de la batalla de Las Navas de Tolosa.

















