jueves, mayo 21, 2026

ALFONSO VIII, REY DE ATIENZA

 

ALFONSO VIII, REY DE ATIENZA

A él se debe el auge de la villa a partir del siglo XIII, así como la tradicional Caballada

 

   Si un rey hubiera de coronar la villa de Atienza este no debía de ser otro que Alfonso VIII de Castilla quien, desde su tierna infancia hasta que la muerte lo llevó pudo considerarse como su benefactor; quizá debido a que siendo niño la tradición cuenta que de aquí lo sacaron a lomos de mulos, escondido entre sus bártulos, los arrieros de la villa; la historia, caprichosa en ocasiones, no da cuenta con señales, escritos o documentos la realidad del hecho, que se conmemora año a año desde solo Dios sabe cuándo, en fechas coincidentes con la festividad de Pentecostés. Contándonos la tradición que aquella escena, la salida de Atienza, es el origen de La Caballada. La segunda fiesta de los arrieros, puesto que la primera ha de ser, como lo es para cualquier hermandad o cofradía que se precie, la de su patrono principal, La Santísima Trinidad.




 

Alfonso VIII rey de Castilla y de Atienza

   Contó don Julián Enrique Rueda, en Soria, por el mes de septiembre de 1881, la historia del pequeño rey Alfonso quien, huérfano de padre y madre a la temprana edad de tres o cuatro años, y luego que su padre Sancho III nombrase tutores para el infante, quiso disputarle el trono su tío, Fernando II a quien en herencia tocó el reino de León; a Alfonsito le cayó el de Castilla y en aquellas batallas, verbales en principio y que tornaron luego en disputa armada, Alfonso fue llevado a Soria, de aquí a San Esteban de Gormaz y desde la amurallada ciudadela… “y para mayor seguridad, lo trasladó a Atienza”; a lomos de buen caballo, guiado por Pedro Núñez, Señor de Fuente Almegir. Hecho que debió de acontecer entre 1159 y 1164, a juicio de los entendidos.

   De don Julián Enrique Rueda tomó don Francisco Layna los datos que acompañó a su estudio sobre La Caballada de Atienza que vio la luz a través de la Revista Hispania, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en 1942; e igualmente de aquí saldrán los datos que numerosos de cuantos seguimos o siguieron el paso del rey, relatamos en torno a la llegada y posterior partida de Atienza, del pequeño rey.

   De lo que no cabe la menor duda, muy a pesar de la falta de documentos que nos indiquen la salida atencina del niño Alfonso a lomos de mula, envuelto entre arrieros, es de que llegado que fue al trono, Alfonso VIII convirtió Atienza en una de las enseñas reales; en Atienza mejoró su castillo, levantó templos, amplió el cerco de sus murallas y por allí anduvo cuando las cuentas pendientes del reino se lo permitieron, llevando consigo a los hombres buenos de esta tierra en cuantas batallas, que muchas fueron, llevó a cabo a lo largo de su reinado, concediendo, cuentan algunos de los muchos cronistas de aquel tiempo, a las poblaciones que le siguieron en la batalla de Las Navas de Tolosa, el título de muy noble y muy leal a las villas de las que salieron sus hombres.

 

El Rey en Atienza

   Pocos se ponen de acuerdo a la hora de dar cuenta de cuánto tiempo estuvo entonces el rey en la población aquella primera vez. Mientras que la tradición, sin dato documental, nos dice que pudieron ser varios meses; también se nos dice que pudieron ser apenas unos días, antes de que desde Atienza lo llevasen camino de los seguros muros de Ávila, como también recoge el P. Ariz en sus magníficas “Grandezas de Ávila”, que vieron la luz en los albores del siglo XVII.

   Es el caso que Alfonso VIII, tornó a Atienza en cuantas ocasiones los asuntos del reino le hicieron pasar por sus cercanías; o las batallas se lo permitieron; conociendo que en aquellos remotos siglos no tenían los reyes lugar fijo en el que residir, siendo la corte ambulante y estableciéndola allá donde la noche, si de viaje iban, se les echaba encima, por decirlo de manera coloquial; puesto que de antemano, abandonando un lugar, señalaban el de la pernoctación o estancia del siguiente.

   Documentadas en parte se encuentran las estancias reales de Alfonso VIII en Atienza:

   En 1166 y desde finales de junio hasta principios de julio, se encontró Alfonso VIII en la villa, donde el día 3 de julio concedió al monasterio de San Salvador, de Atienza, los famosos beneficios que ostentaron sobre las salinas de tierra de Atienza, dos bestias cargadas de sal, que semanalmente podían emplear para sus usos.

   En 1174, concedió al monasterio de la Vid (nos cuenta la Crónica de Alfonso VIII el Noble), encontrándose en Atienza el 14 de febrero de ese año, ciertos privilegios cuando venía de acompañar a su tía, la reina Sancha de Aragón. De Atienza marchó a San Esteban de Gormaz.

   En 1181 permaneció Alfonso VIII en Atienza una gran parte del mes de julio, pues en la villa suscribió con fecha del día 13 la donación de Hornillos y Orbaneja al monasterio de Rocamador, sito cerca del primer pueblo, y el 31 firmaba en Atienza los nuevos fueros de Palencia, con compensaciones a su obispo y cabildo.

   En 1194 se encontró Alfonso VIII en Atienza, donde estaba el 12 de diciembre, y desde donde confirmó la fundación del monasterio de Valfermoso, llevada a cabo por los ilustres hijos de la villa Juan Pascasio, Flamba su mujer, y sus hermanos.

   También visitó Atienza en el año 1200; en la villa se encontraba el 25 de octubre, y aquí confirmó el acuerdo entre el obispo de Sigüenza y el concejo de Atienza; siendo Rodrigo, sobrino y heredero en el obispado de Martín de Finojosa, el beneficiario del documento que se le entregaba para la repoblación de Cabanillas.

   Regresó a Atienza el rey en el año de gracia de 1203, y aquí estuvo al menos desde el 11 de mayo hasta el 19, cuando algunos documentos hablan de su salida en dirección a Berlanga de Duero, población a la que llegaría el día 20.

   La última estancia real nos lleva al año 1207, entre el 14 y el 16 de marzo. En estas fechas suscribió en Atienza algunos documentos, entre ellos una donación al monasterio de Las Huelgas Reales, en Burgos, fundación familiar del propio monarca castellano, tanto como de sus hijas y su mujer, Leonor de Plantagenet.

   El 6 de octubre de 1214 se despidió del mundo el Rey: “El mismo día que pasó desta vida…” Cuenta la crónica real; para ser llevado a su definitivo reposo.

  Las crónicas nos dicen que: “Fue sepultado pues en el Monasterio junto a Burgos, por los obispos Rodrigo de Toledo, Tello de Palencia, Rodrigo de Sigüenza, Mendo de Osma, Giraldo de Segovia, y por otros religiosos, haciendo el gasto de las ostentosas exequias la Reyna Berenguela su hija, la cual concluyó aquella función lúgubre con tan intenso dolor que casi se extinguiera con los golpes y lágrimas que producía. Y así como adelantó el reyno en vida con sus virtudes, llenó en muerte a toda España, o por mejor decir, a todo el mundo de lágrimas. Fue pues sepultado en el sobredicho monasterio por los referidos prelados, donde no podrá borrar ni la envidia ni el olvido la memoria de sus alabanzas”.

   La reina Leonor no tardaría en acompañarle en la muerte: “probablemente acometida por las mismas fiebres que se llevaron al rey, al finalizar aquel mismo mes de octubre de 1214, la vino la muerte a visitar en las vísperas del día de todos los santos”.

   Dejando ambos, en Atienza, su imperecedero recuerdo, y La Caballada.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 22 de mayo de 2026

 

LA CABALLADA DE ATIENZA. UNA TRADICIÓN CASTELLANA

 

LA CABALLADA DE ATIENZA. Una tradición Castellana.

   Te presentamos este libro sobre La Caballada de Atienza, un clásico que vuelve renovado y puesto al día con todo aquello que deseas conocer en cuanto a La Caballada de Atienza. Un libro que ha sido, y sigue siendo considerado como lo mejor que se ha escrito en torno a esta centenaria tradición castellana.

   Se presentó en Atienza, en  el mes de septiembre de 1994, ya que ni entonces ni después tuvo cabida dentro de los actos y entorno de la Hermandad. Hasta aquella fecha nada se había conocido en libro,en torno a La Caballada de Atienza, desde el mítico estudio que llevó a cabo Francisco Layna Serrano, su ya conocida La Histórica Cofradía de La Caballada de Atienza.



   El libro, en aquella ocasión, fue financiado y editado por la entidad Ibercaja, cediendo  el autor los derechos de aquella edición. Todos los cofrades que entonces pertenecían a la hermandad, así como la mayoría de los vecinos de Atienza, recibieron, grauitamente, un ejemplar de la obra. También, como resultas de la edición, se llevaron a cabo interesantes intervenciones de aquella entidad, relacionadas con Atienza.

   Fue entusiastamente recibido en todos los medios, desde el gran periodista Luis Carandell, a los distintos estamentos literarios y culturales de la provincia, y fuera de ella. Ya que ponía al día la histórica tradición.







   Gismera, era entonces, y está considerado al día de hoy como el  auténtico Cronista de la villa de Atienza y analista de su historia, y de su Serranía, habiendo participado en numerosos encuentros, dado charlas y conferencias en torno a esta festividad, así como también ha incluído su visión de La Caballada de Atienza, en otros libros, foros y debates; entre ellos el gran libro etnográfico en torno a las festividades ibéricas "Máscaradas de la Península Ibérica"; el reciente "Cien propuestas para conocer Guadalajara", o el ya clásico album recopilatorio de la obra del fotógrafo Santiago Bernal.





   Y ha  dado a la imprenta otros volúmenes y estudios en torno a La Caballada de Atienza. Entre ellos, La Caballada de Atienza, paso a paso, en la que estudia y desarrrolla cada uno de los actos, con un completo "diccionario" en torno a su palabrerío"; el más clásico "La Caballada de Atienza, historia y tradición", o el más complejo de "Arrieros, muleteros y mercaderes", en el que estudia este oficio para la comarca de Atienza, y provincia de Guadalajara. Al tiempo que la ha dado a conocer a través de numerosos encuentros, foros, y artículos de prensa, en todos sus aspectos.



   El libro que ahora nos llega es, por tanto, la suma de una obra que comenzó a estudiarse en la década de 1990, y, en cuanto a su estudio, continúa.  Libro que ha sido adaptado a los tiempos modernos.





   La obra,con multitud de imágenes, mantiene la esencia de la primera edición. Con decenas de fotografías, en blanco y negro, que conservan y es su fin, el sentir de una fiesta tradicional; quizá la más arraigada de la villa natal del autor. Que fue, en tiempo pasado, por encima de todo, una hermandad en la que destacó el respeto a la opinión y conocimiento de sus mayores, a través del llamado "Consejo o Mesa de Seises"; en la actualidad, de alguna manera, representativo, como todo su contenido.

   Al libro accedes pulsando aquí, o sobre los títulos de: "La Caballada de Atienza".  Cómodamente y sin molestías, en dos o tres días, lo tienes en tu casa. Forma parte de la nueva forma de edición coonocida como "Impresión bajo demanda", ya que de otra forma no sería posible, como no lo ha sido hasta ahora, poner a disposición del curioso, estudioso o lector, este tipo de obras.

   Y, si así lo quieres, también puedes acceder, a partir de ahora, a aquella gran obra en torno  a La Caballada, que dejó escrita en la década de 1940 el historiador Francisco Layna Serrano: La Histórica Cofradía de La Caballada de Atienza. Tan sólo tienes que pulsar aquí.  



viernes, mayo 15, 2026

RECORDANDO A DON TOMÁS BRAVO Y LECEA

 

RECORDANDO A DON TOMÁS BRAVO Y LECEA

En el centenario de su fallecimiento

 

   En el anochecer del martes 26 de mayo de 1926, en Cabanillas del Campo, se despidió del mundo de los vivos don Tomás Bravo y Lecea cuando contaba con sesenta años de edad, había nacido en Madrid en 1866, y se dedicó en Guadalajara, donde pasó la mayor parte de su vida, al mundo de la judicatura, la prensa, la novela o la literatura en general; siendo uno de los hombres más significativos en el mundo del periodismo en una provincia en la que, en este tiempo, abundaba la prensa escrita; en numerosas de sus páginas dejó Tomás Bravo y Lecea su firma, e incluso llegó a presidir en el segundo decenio del siglo, la Asociación de la Prensa de Guadalajara.




 

Bravo y Lecea, hombre de letras y de leyes

   El profesor Calero Delso, sin duda el más significativo de los biógrafos de Bravo y Lecea, nos indica que nació en Madrid, en el ya señalado año de 1866, y en la capital del reino dedicó los primeros años de su vida al estudio, en el Instituto del Cardenal Cisneros, por supuesto que con notable aplicación, ya que obtuvo varios premios cuando apenas contaba con 14 años de edad, destacando en él su pronta vena literaria: Con apenas veinte llevaría su nombre a los medios de prensa, apareciendo sus primeras líneas escritas en algunos medios de Valladolid, ciudad en la que concluyó sus estudios de derecho, dedicando los ratos de ocio a poner sus pensamientos en verso y prosa. Allí, en Valladolid, en el mes de julio de 1887, obtendría la licenciatura en Derecho civil y canónigo, continuando de esa manera la obra paterna. Su padre, Antonio Bravo Tudela, también llevó a cabo estudios legislativos, ejerciendo como abogado, dedicación que dejaría por la judicatura, llegando a ser nombrado en 1889 presidente de la Audiencia Provincial de Guadalajara, trasladándose a nuestra capital, a la que posteriormente le seguiría su hijo.

   Antonio Bravo sin embargo no ejercería su labor en Guadalajara durante mucho tiempo, ya que la muerte le sorprendió en Madrid el 18 de julio de 1891 cuando, tras pasar el verano en uno de los famosos balnearios nacionales, se disponía a regresar a nuestra capital.

 

Bravo y Lecea, en Guadalajara

   Como anteriormente apuntábamos, antes de llegar a Guadalajara, Bravo y Lecea era ya conocido en el mundo literario. Sus cuentos, relatos y poemas aparecían con relativa frecuencia en revistas literarias como La Ilustración Nacional, de Madrid; La Tempestad y El Faro de Castilla, de Segovia; El Norte de Castilla, de Burgos; o la Revista de Vizcaya, de Bilbao, entre otros numerosos medios de prensa castellanos y madrileños, en los que se llegó a forjar una pequeña fama literaria que le acompañaría a Guadalajara, en donde abrió gabinete jurídico en la calle Mayor cuando corría el año 1892, desde donde se ocupó de casos, civiles y penales de nombradía, entre ellos ejerciendo la defensa de uno de los acusados del famoso “crimen del ermitaño”, de Cifuentes; o de los encausados por el no menos conocido de los “muleteros de Maranchón”.

   En Guadalajara se encontraba al menos desde dos años atrás, pues desde aquí firmaba y enviaba sus colaboraciones de prensa a los medios. Y aquí en Guadalajara firmó, junto a nuestro buen sacerdote y arqueólogo, a más de gran escritor, natural de Horche, Ignacio Calvo y Sánchez, una de sus más reconocidas obras literarias en este tiempo, la novelita: “La Flor de la Alcarria”, que vería la luz primero en la prensa y posteriormente en libro, en 1890. Un año antes, en Valladolid, había dejado su primera recopilación de cuentos y artículos de prensa que llevaría el título de “Nubes y Celajes”. Sin que falten en este tiempo sus colaboraciones en la prensa de Guadalajara, principalmente en el semanario “El Eco”.

 

Bravo y Lecea, y sus publicaciones

   Para 1893 se pondría al frente de uno de sus primeros proyectos periodísticos, al dirigir un nuevo medio de prensa, La Ilustración, al servicio de los intereses políticos en la provincia de quien comenzaba a destacar en este mundo, Álvaro de Figueroa, nuestro Conde de Romanones quien, a través de este medio, trataría de convencer a su electorado alcarreño. La Ilustración, sin embargo, tan solo publicaría tres números, dedicando sus portadas al Sr. Conde, a D. Antonio Botija y a D. Diego García Martínez. Por supuesto que en sus páginas se ensalzaban la figura política, y los logros, de cada uno de ellos.

   No por ello, el cese de publicación de La Ilustración, dejó Bravo y Lecea de escribir en los medios provinciales, ya que inmediatamente comenzó a aparecer su firma en el semanario Flores y Abejas, al tiempo que se ocupaba de su bufete jurídico, interviniendo en cuantos eventos culturales tuvieron lugar en este tiempo en la ciudad, ante todo en el Ateneo Caracense, donde ofreció numerosas conferencias; estrenándose en algunos de los teatritos de la capital algunas de sus numerosas obras, o juguetes cómicos teatrales, de corta duración.

   En 1895 dará a la imprenta, en Guadalajara, su obra “La clase obrera”, y en el mes de junio de este mismo año pasará a ocupar el cargo de redactor jefe del semanario provincial “La Crónica”, que llegará a dirigir durante algún tiempo, siendo sus crónicas y opiniones no muy bien recibidas por algunos sectores políticos contrarios a sus ideas, lo que le llevarán a sentarse en el banquillo de los juzgados capitalinos; de los que saldrá libre de cargos.

   No faltarán en su vida los oficios que llevaba aparejada la existencia de un personaje de nuestra talla. Bravo y Lecea pasará por los juzgados municipales de la ciudad de Guadalajara, ocupando los cargos de juez y fiscal; por el Gobierno Civil, y no faltarán, en su larga lista de nombramientos y ocupaciones la secretaría de la administración provincial de la Beneficencia, la de cofradías, cátedras y reuniones culturales; añadiendo a su colección de nombramientos, incluso, la de Bibliotecario del Casino de Guadalajara, en 1900. Entre numerosos más.

   Iniciará, junto al también abogado José María Solano, en 1901, el que será uno de sus grandes proyectos y que mayor número de años permanecerá en el tiempo, la edición del Anuario Guía de Guadalajara, en principio dedicado a la ciudad, que por vez primera verá la luz en 1902, en el que se incluirán los principales datos de la industria, el comercio o los profesionales de la ciudad; que en años sucesivos irá ampliándose para abarcar a las principales poblaciones de la provincia; de periodicidad anual, con sucesivas ampliaciones a los partidos judiciales, y que será sustituida al final del decenio por la guía de la abogacía, “El Indispensable para el abogado, y útil para los demás”. Convertida en obra de referencia no sólo en Guadalajara, sino que su ámbito se extenderá a la totalidad del reino.

   Dejaría Guadalajara por Barcelona, acompañando a su hija Amparo en 1923, sin por ello olvidarse de la prensa y vida social de nuestra provincia. Allí sería redactor del “Diario de Barcelona”, compaginando a partir de entonces sus estancias catalanas con las provinciales en Guadalajara o Cabanillas, a cuya población se ligaría a través de su esposa, Adelaida de Bartolomé, manteniendo en ambas poblaciones sus amistades y vida sociales.

   A Guadalajara y Cabanillas regresó definitivamente en el mes de abril de 1926, con la intención de recuperarse de la afección que en aquellos momentos le aquejaba; enfermedad de la que no se repondría, alcanzándole la muerte en aquel anochecer del 26 de mayo de 1926, recibiendo sepultura al día siguiente en el cementerio municipal de Guadalajara. Cien años hace.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 15 de mayo de 2026


MUJERES EN GUADALAJARA

 

MUJERES EN GUADALAJARA

 

   El autor reúne, en esta obra, a una serie de mujeres que han formado, y forman, parte de la historia de Guadalajara y su provincia. Mujeres que pertenecieron a la nobleza; que tomaron parte de la vida política o cultural; escritores, poetisas, mujeres sencillas, y, por supuesto, maestras, cada una en su mundo.

   Semblanzas biográficas ampliadas en torno a las publicaciones del autor, algunas de las cuales han aparecido esbozadas en sus colaboraciones en la prensa provincial. Son, sin duda, mujeres que hicieron, y son historia.

 

MUJERES EN GUADALAJARA, EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ

 

   En las páginas que componen esta obra encontraremos las semblanzas de: María Diega Desmassières y Sevillano; Luisa Bravo de Guzmán; Antonia Bronchalo Lopesino (Lupe Sino); Carmen Bueno Paz; Carmen de Burgos Seguí (Colombine);  Eva Cervantes (Esperanza Perales);  Mayor Guillén de Guzmán; Catalina de Lancaster; Luisa de Medrano; Ana de Mendoza y de la Cerda; Brianda de Mendoza y Luna; Mencía de Mendoza; Isabel Muñoz Caravaca; Vicenta Ortíz Cuesta; María Pacheco de Mendoza; María Pérez de Sotomayor; Elena Sánchez de Arrojo; Amelia de la Torre y Asunción Vela López.

 

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SUMARIO GENERAL

-I-

María Diega Desmassières y Sevillano, Condesa de la Vega del Pozo, Duquesa de Sevillano

Dedicó su vida a hacer, sobre todo, obras de caridad

Pág. 9

 

-II-

LUISA BRAVO DE GUZMÁN

Marquesa de Lanzarote; la mujer que ganó casi todas sus batallas

Pág. 19

 

-III-

LUPE SINO

(Antonia Bronchalo Lopesino)

La novia del torero

Pág. 31

 

-IV-

CARMEN BUENO PAZ, DE LAYNA

Detrás de un gran hombre…

Pág. 45

 

-V-

CARMEN DE BURGOS SEGUÍ,

“COLOMBINE”

Una dama de las letras, en Guadalajara

Pág. 65

 

-VI-

EVA CERVANTES

La poetisa que descubrió Jadraque

Pág. 75

 

-VII-

MAYOR GUILLÉN DE GUZMÁN

Señora de Palazuelos, Alcocer y el Infantado, y su descendencia

Pág. 87

 

-VIII-

CATALINA DE LANCASTER

Reina y Señora de Guadalajara

Pág. 115

 

-IX-

LUISA DE MEDRANO

¿La primer Catedrático?

Pág. 123

 

-X-

ANA DE ÉBOLI

La princesa cautiva de Pastrana y de Cifuentes

Pág. 131

 

-XI-

BRIANDA DE MENDOZA Y LUNA

Memoria de una dama, en la historia de Guadalajara

Pág. 139

 

-XII-

MENCÍA DE MENDOZA

Dama del Renacimiento

Pág. 147

 

-XIII-

ISABEL MUÑOZ CARAVACA

La mujer que soñó un mundo justo

Pág. 155

 

-XIV-

VICENTA ORTIZ CUESTA

Una mujer de medalla

Pág. 209

 

-XV-

MARÍA PACHECO

La Comunera Mendoza

Pág. 215

 

-XVI-

MARÍA PÉREZ DE SOTOMAYOR

La Varona de Paredes

Pág. 221

 

-XVII-

ELENA SÁNCHEZ DE ARROJO

La primera concejala

Pág. 229

 

-XVIII-

AMELIA DE LA TORRE

La actriz de Illana

Pág. 235

 

-XIX-

ASUNCIÓN VELA LÓPEZ

Maestra de maestras

Pág. 245

 

 

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  • ASIN ‏ : ‎ B0BNK7LKCT
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 257 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8366086028
  • Peso del producto ‏ : ‎ 399 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 1.65 x 21.59 cm 
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sábado, mayo 09, 2026

ROMERÍA A LA VIRGEN DE MONTESINOS, EN COBETA

 

ROMERÍA A LA VIRGEN DE MONTESINOS, EN COBETA

Conocida como de las Siete Banderas

 

   Dos ermitas llegó a tener Cobeta en el transcurso de su historia, la dedicada a San Antonio de Padua, con fiesta principal en la villa al igual que lo sería la de la Virgen de las Candelas, y la dedicada a Nuestra Sra. de Montesinos, o del Montesino, levantada en sus orígenes en el siglo XVI a consta de los señores de la Villa, quienes se erigieron en patronos de la fundación.

   El nombre de Cobeta tiene su origen en el castillo que se alzó dominando la población. Castillo que, sin duda, nació en torno a alguna de las torres que servían de vigía en tierra de fronteras. Antes de que Manrique de Lara fuese señor de Molina y por ende de Cobeta, señorío que pasó a las monjas de Buenafuente y a ellas se lo arrebató, junto a su tierra vecina del Villar, La Olmeda, Torrecilla y algunas más, la fuerza bruta de Íñigo López de Tovar, que fue en el sigo XV hombre de armas tomar.

   Su historia es densa, la de Cobeta y la de Íñigo López de Tovar en el transcurso de aquellos siglos y reinados, hasta que llegaron al trono los Reyes Católicos quienes siguieron el camino emprendido por sus antecesores, en aquello de no ganarse más enemigos de la cuenta, puesto que los López de Tovar fueron gentes de mucho rango, por ello sus católicas altezas legalizaron la situación y dejaron a las monjitas sin sus tierras que a partir de aquí pasaron de mano en mano a través de los López de Tovar. A cambio, a las monjitas les dieron las de Ciruelos del Pinar, para que no lo perdiesen todo, mientras que el señorío de Cobeta, que siempre presumió de ser tierra independiente del Señorío molinés, pasaba en tiempo de los católicos monarcas a Mencía de Tovar, casada ella con un Estúñiga, entroncando el señorío de Cobeta con el marquesado de Baides, a las orillas de Sigüenza. Ellos, los Estúñiga, erigieron en los primeros decenios del siglo XVI la famosa ermita de la Virgen de Montesinos, en la que colocaron sus armas, haciéndose como decimos patronos del santuario. Quien dio el paso fue Diego López de Estúñiga, hombre de rara virtud y vida ejemplar, como lo definió Alonso López de Haro en el siglo XVII.

   Claro que, con tantas torres, castillos y palacios a los que atender, los Estúñiga, tiempo más adelante condes de Salvatierra, dejaron olvidado el torreón de Cobeta que, poco a poco se fue perdiendo hasta quedar en lo hoy conocido: la hidalga torre que se yergue señorial sobre lo que fueron sus extensos dominios, en paraje sin igual.

 





La Virgen y el moro Montesinos

   La ermita o Santuario de Montesinos se alzó en torno a una de las numerosas leyendas de aparición mariana en la tierra molinesa surgidas a lo largo del lejano siglo XII, entroncada con el desaparecido castillo de Alpetea. Castillo al que va unida la leyenda que se inicia en torno a 1140, cuentan las crónicas antiguas, cuando Manrique, primer señor de Molina, batallaba con los moros de Cuenca. En aquel tiempo era señor de estas tierras y castillo de Alpetea un tal Montesinos, señor de guerra por aquellos términos, a quien conforme continúa la leyenda, temían por los contornos sus moradores, a los que aterrorizaba, tanto como a la comarca con crueldades sin cuento, robando rebaños, incendiando campos o poniendo a los moradores de las aldeas próximas contribuciones impagables que los harían recurrir a los poderes sobrenaturales, pidiendo el milagro con los ojos puestos en el firmamento.

   No pocos de quienes habitaron esta tierra optaron por dejarla atrás, en busca de aposento y vida más segura, fuera de los confines dominados por Montesinos: “…hasta el punto de dejarla poco menos que desierta”.

   Las preces de quienes fueron quedando, finalmente, fueron escuchadas, ya que cierto día una pastorcilla se metió entre unos breñales y buscando algunas ovejas descarriadas tendría la dicha de hallarse con una extraña imagen que no tardó en reconocer como la Virgen María. Otras versiones de la misma leyenda nos dicen que no fue la pastora, sino el perro que la acompañaba el que lanzó sus ladridos al encontrarse aprisionado entre unas peñas, de las que lo rescataron los aldeanos vecinos y sintiendo que dentro sonaba como hueco, hicieron espacio para poder entrar una persona. Encendidas luces por ser aquello muy oscuro, hallaron en la peña una capilla rodeada de poyatos, algunos cascos de botijas quebrados, carbones y muchos huesos de hombres muertos. Entre tantos restos había una calavera tan grande que dos hombres juntos no podrían llegar a tal. Las cuencas de los ojos tan enormes que se podía introducir el puño de un hombre. Sin duda debió de pertenecer, pensaron, a algún gigante, que bien podría haber sido de aquel moro Zafra que había muerto por allí cerca…

   La otra leyenda dice que la Virgen ordenó a la chiquilla ir a buscar al moro Montesinos y lo trajeses a su presencia, curando a la pastorcilla a modo de carta de naturaleza del milagro de la aparición, cierta lesión que desde su nacimiento la acompañaba en un brazo; por lo que, al verla, y conociéndola, el mal moro no dudó de la veracidad del suceso; siguió el camino que la niñita le indicó y llegado al lugar la aparición mariana volvió a repetirse para pedirle a Montesinos su conversión, al tiempo que le ordenaba que, en aquel lugar, levantase santuario, lo que hizo; tornando al fin a los aldeanos comarcanos la paz.

 

La romería de Montesinos

   Año a año, solo Dios sabe desde cuándo, acudieron los vecinos del entorno de Cobeta a la ermita o santuario de Montesinos. En la actualidad la romería general se celebra el sábado anterior al Domingo de Pentecostés, y tiene el honroso apelativo en algunos lugares de “Fiesta de las Siete Banderas”, “o de las siete cruces” por los pueblos que acuden y acudieron con sus cruces parroquiales y pendones, Cobeta, Torremocha del Pinar, Selas, Anquela del Ducado, Aragoncillo, Olmeda y Villar de Cobeta, sin que falte la visita a la patrona a lo largo del año.

   El día de la fiesta suena la música y goza el entorno de un ambiente festivo, como sólo esta tierra sabe añadir a su entorno; con un señorío digno de contemplación, y de ver cómo van apareciendo en el paisaje, con sus cruces parroquiales, que como describiese el etnógrafo López de los Mozos entrechocan en señal de fraternal saludo y buena vecindad, las devotas y sencillas gentes de esta parte del entorno molinés; dando también, como la tradición pide, siete vueltas al entorno de la ermita, aquella que alzase primigenia el moro Montesinos y los Estúñiga reconvirtieron. Acuden a pedir y agradecer, como sucedió cuando en los inicios de junio de 1847 rogaron agua y… “Cuando tenía lugar la religiosa función, hacía un calor excesivo; infinita era la concurrencia, e innumerables los niños a quienes el excelente predicador don Manuel Estremera, cura de esta villa, les preguntó en medio de su entendida y patética oración: ¿Qué pedís a la Virgen? Agua, agua, con inocentes y continuados clamores y sentido lloro general, fue la contestación al inspirado ministro del altar. Agua, agua sobrada cayó del cielo a las dos horas de concluida la rogativa, que completamente mojados llegaron a sus casas los de los pueblos inmediatos, y aun los de esta villa, apenas dejaban a su milagrosa Virgen…”

   Y es que, como diría Francisco Checa, su último santero: Todos tenemos nuestra historia, pero los que tenemos más años, tienen más historia.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 8 de mayo de 2026


HISTORIA DE COBETA (Guadalajara)

 

Historia de Cobeta, en texto y crónicas

 

   Las llamadas Sierras del Ducado de Medinaceli y de Molina, confundidas, inician su declive hacia el sur buscando el hondo valle del Tajo, arañadas por barrancadas profundas de abruptas laderas que coronan agudos peñascos calizos. Allí donde las cuestas se suavizan, el arado las ha ido adornando con el mosaico de las pequeñas propiedades labradas; en las estrechas vegas, los hortales ponen su nota haya por la primavera en el paisaje adusto, mientras los cuestarrones pendientes o las redondeadas lomas, se visten con el ropaje gris de las encinas centenarias, cuando no con el verde de los pinares espesísimos que llegan por un lado a Mazarete, por el otro pasan a través de la sierra de Molina, cruzan el Tajo e invaden la de Cuenca.

      La carretera que partiendo de Alcolea del Pinar cruza en la Riba de Saelices a la que va de Cifuentes a Mazarete, sigue por la hondonada del río Salado hasta el Ablanquejo, trepa a la izquierda hasta ganar la altura de los cerros circundantes, se aproxima al monasterio de Buenafuente, vuelve a retorcerse siempre subiendo entre encinares, hasta llegar a Cobeta, cuyo pueblo se recuesta en la falda meridional de un cerrillo asomándose al arroyo Arandilla que diez kilómetros más allá vierte en el Tajo su escaso caudal.

F. Layna Serrano

Castillos de Guadalajara, 1933

 

 

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SUMARIO:

 

-I-

COBETA

Pág. 9

 

-II-

Intermedio histórico de la tierra

Pág. 25

 

-III-

El devenir histórico de Cobeta

Pág. 41

 

-IV-

Cobeta, Siglo XVIII

Pág. 63

 

-V-

El Siglo XIX

Pág. 83

 

-VI-

El Patrimonio Histórico y el folclore

Pág. 129

 

-VII-

Santos López Pelegrín; Abenamar

Pág.  141

 

Apéndices

Descripción Geográfica de la Villa de Cobeta

Pág. 155

 

El libro:
  • ASIN ‏ : ‎ B0CKB5HYY2
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published 
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 164 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8863241890
  • Peso del producto ‏ : ‎ 272 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 1.07 x 21.59 cm

 

 

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