LOS VIAJES
DEL DOCTOR KAESTNER POR GUADALAJARA
De
Cogolludo al Alto Rey, pasando por Hiendelaencina
Hasta la cima del Alto Rey de la Majestad llegaron, ahora se cumple un
siglo desde que lo conocimos, el alemán Doctor Kaestner y acompañantes en un
recorrido que desde Guadalajara a Cogolludo; de Cogolludo a Hiendelaencina y de
aquí a la cumbre, a lo largo de varios días, los llevó a conocer una parte de
la Guadalajara serrana cuando echaba a andar el siglo XX.
Para el mundo lo contó D. Joaquín Menéndez Ormaza y García Barzanallana
quien, a más de ser uno de los más prestigiosos Ingenieros de Minas de su
tiempo, fue personaje popular en el entorno de Hiendelaencina, en donde se
centraron gran parte de sus trabajos; como lo fue en España a través de una
importante obra literaria y periodística.
D.
Joaquín Menéndez Ormaza
A
través del relato, publicado en un principio y antes de convertirse en libro en
uno de los periódicos de mayor popularidad, el lector puede llegar a dudar de
si en verdad existió o no el alemán Dr. Kaestner quien, al parecer, sí que lo
hizo. Muy a pesar que tal y como Menéndez Ormaza nos lo presenta bien pudiera
ser uno de aquellos caprichosos personajes que escapan de las novelas de Julio
Verne para recorrer mundo, con escenas en ocasiones imposibles. Al lector dejó
D. Joaquín el encargo de descubrir la realidad o fantasía de sus escritos.
Pues la vida de Menéndez Ormaza también fue todo un relato de idas y
vueltas a través de nuestros pueblos serranos, puesto que nacido en Madrid en
1875 y en Madrid fallecido el 23 de enero de 1938, por Hiendelaencina, Alcorlo,
Villares y Gascueña de Jadraque, con algunos lugares más, a más de sacarlos al
mundo literario, gastó parte de su vida. Y no le fue mal, como nos cuenta.
A
Hiendelaencina llegó en los años finales del siglo XIX recién concluidos sus
estudios madrileños para convertirse en pocos años en uno de los principales
hombres al mando de la Sociedad Minera La Plata, que por estos tiempos era ya
una de las pocas que se mantenían firmes al pie del filón, en la pantorrilla de
las estribaciones del Alto Rey. No solo a engrandecer la Sociedad minera para
la que trabajó se dedicó D. Joaquín, puesto que modernizó sus instalaciones
dotándolas, incluso, de luz eléctrica, la misma energía eléctrica que abasteció
en los primeros tiempos a Hiendelaencina desde uno de los molinos entonces
existentes en tierra de Villares de Jadraque, movidas las turbinas con aguas
del río Bornoba, o Bornova, que tanto da. Fue aquello, lo de la luz en
Hiendelaencina, en una de las fiestas locales, fiesta que fue el 5 de junio de
1910; presidido el evento por uno de los alcaldes más populares que
Hiendelaencina conoció, D. Vicente Dulce Ibáñez, primer edil del municipio,
entre 1910 y 1914.
Menéndez Ormaza, al tiempo que a dirigir las obras de modernización de
La Plata, y de alguna manera de Hiendelaencina, colaboró con numerosos medios
de prensa y, por encima de ello, fue autor de un sinnúmero de obras literarias
entre las que se cuentan la biografía, novela, relato o historia.
El
Dr. Kaestner, en Cogolludo
Ha de servir de guía, a juicio de Ormaza, a nuestro Dr. Kaestner en su
aventurero viaje, un personaje natural de Atienza, arruinado en sus negocios y
buen conocedor del terreno, a quien dieron el apodo de “El Arcipreste”, quien desde Atienza debía de viajar a Cogolludo
donde en la posada, entonces ubicada en el señorial palacio de los Medinaceli, aguardarían
Kaestner con su acompañamiento, dos muchachas a quienes presentándolas como sus
sobrinas le servían de asistencia a la hora de la elaboración del menú del día
o de los arreglos del vestuario. Pues en aquellos tiempos no viajan nuestros
expedicionarios con la mochila a las espaldas, sino que en recua de mulas
transportaban los caprichosos que les acompañarían en el viaje, desde una
ligera biblioteca, a los trajes más elegantes por sí, en cualquier localidad,
había que recurrir a ellos para la presentación en sociedad.
Que Ormaza y Kaestner prepararon a conciencia el viaje nos lo hacen
saber al darnos cuenta de una parte de la historia de la villa, de su palacio
y, por supuesto, de los duques de Medinaceli; sin que falte el apunte de que
por aquí anduvo, en representación teatral, Lope de Rueda, escribiendo D. Joaquín: “Sirven
los viajes, al que viajar sabe, para plasmar la belleza del recuerdo, esfumada
en la neblina del pasado”
Cumplidos los primeros deberes partieron de Cogolludo camino de
Veguillas a través de los empolvados senderos que circundaban la serranía, con
la mirada puesta en la cima del Alto Rey, y la esperanza de encontrar a los
míticos caballeros templarios que, según las leyendas conocidas, allí alzaron
monasterio.
En Veguillas subieron a lomos de mula para encaminarse a través de La
Nava, por Fraguas, a Villares de Jadraque, a donde habían de llegar a la
conclusión del día.
Un detalle nos deja el autor del relato en
torno a la fecha exacta en la que se llevó a cabo el viaje. Nos lo cuenta a
través de breves líneas: “Una complicada
máquina, que me pareció un compresor de aire, sobre un enorme carretón atascado
en un bache impedía el paso. La empujaban con gatos y palancas variedad de
gente, azuzando al propio tiempo a un gran número de bueyes que por mediación
de gruesas cuerdas tiraban del armatoste”.
Se trataba de la máquina de vapor destinada a la mina La Vascongada que,
llegada a la estación ferroviaria de Jadraque en la primavera de 1868, fue
trasladada por carreteros de Condemios, abriendo camino por la hoy carretera de
La Toba, a su destino final, donde fue puesta en funcionamiento en el mes de
julio de aquel revolucionario año. La máquina procedía de Inglaterra.
Y,
por fin, la cumbre
Ya por entonces, retomando los trabajos que
se iniciaron bajo la dominación romana, se horadaba la montaña en busca de un
tesoro más valioso aún que el de la plata. Por La Nava de Jadraque se buscaba
oro en la llamada “Mina Vieja”. Bajo
las alturas dejaron las perforadas tierras de Alcorlo y Hiendelaencina para
dirigirse de mañana hacia Villares, en su ánimo de alcanzar la cumbre serrana.
Haciendo escala, a la hora del almuerzo, en Bustares: “convidándose y convidando a medio pueblo para marear a preguntas a todo
bicho viviente; el ascenso se hizo penoso. No encontramos persona alguna en el
camino, salvo un pordiosero que, retirándose a un lado, nos dejó paso alargando
la mano en demanda de una limosna, sin hablar palabra”. Después conocieron
que se trataba de un sordomudo, conocido en el entorno como “El Bafometo”.
Al cabo de la tarde alcanzaron la cumbre,
encontrando las ruinas del supuesto santuario templario: “Hoy refugio de mendigos. Antiguamente lugar de cruce de las andanzas
guerreras medievales por las fronteras de Castilla. Allá a lo lejos, por donde
el sol se pone, que dice nuestro guía, la sierra de Ayllón bifurca los
silurianos picos rocosos empujando hacia el Norte el cauce del Duero. A levante
Miedes nos separa de la medieval Atienza, alcanzándose a ver tan solamente de
esta su derruido castillo sobre ingente roca. Ayllón y Atienza determinaban en
aquellos tiempos el cordón de fortalezas moras que en acecho de los pasos del
Duero constituían la cristiana frontera”.
Capricho fue, sin duda, hacer semejante
viaje para encontrar, en lo alto, la visión de una tierra que, incluso a través
de relatos imaginados, invita a soñar con la grandeza de nuestra Serranía,
siendo, los “Viajes y Andanzas del Dr. Kaestner”, una lectura siempre
recomendable.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la
memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 19 de junio de 2026
COGOLLUDO (Guadalajara) Una Villa Ducal
COGOLLUDO (Guadalajara). Una Villa Ducal
Cogolludo es, al día de hoy, una localidad con retroceso en su población, de la provincia de Guadalajara, a la sombra del que fuese uno de los castillos más enigmáticos que se conocieron por estas tierras; levantado sin duda en tiempos de la dominación árabe; en parte, olvidado por uno de los palacios más significativos de esta parte de la tierra castellana.
El autor, en su recorrido a través de los pueblos de la provincia, llega a Cogolludo y a través de los testimonios escritos a lo largo del tiempo por cronistas e historiadores, entre los que cabe destacar a Francisco Layna Serrano, Juan-Catalina García López, nos adentra en el ayer de Cogolludo, su palacio y su castillo; tomando los textos publicados por aquellos, junto a otros muchos, para darnos cuenta de la importancia que Cogolludo y su tierra alcanzaron a través de los siglos; acompañando la obra con los textos de aquellos quienes, cada uno en su sentir, opinó en torno a lo que admiraron sus ojos y conocieron en su debido momento.
Puede, en ocasiones, parecernos confuso el discurrir del texto de unos y otros; ha de ser el lector quien, observando y analizando, llegue a la conclusión que las páginas siguientes buscan.
Junto al castillo, la villa o el palacio, y como parte de la propia obra, el autor nos lleva a conocer, siquiera de manera somera, los acontecimientos históricos del entorno; así como las costumbres que acompañaron la vida de esta parte de la provincia de Guadalajara; empleando investigaciones y fuentes propias.
Sin duda, las páginas siguientes, como otras anteriormente escritas y publicadas, nos acercan a un entorno que siempre merece una atención; una detenida mirada…


















