viernes, septiembre 11, 2026

ALCOCER: LA FERIA DE SAN LEÓN Y EL BURRO PERNALES

 

ALCOCER: LA FERIA DE SAN LEÓN Y EL BURRO PERNALES

Alcocer es, sin duda, una página abierta a nuestra historia provincial

 

   Don Víctor López Alcántara fue en Alcocer toda una institución. Un hombre emprendedor, animoso y gran trabajador que procuró para su pueblo lo mejor. Fue, además de uno de los más importantes tratantes de mulas de la comarca, uno de aquellos alcaldes que miró por su pueblo y lo hizo destacar cuando nuestros pueblos, por los últimos años de la década de 1920 y siguientes, comenzaban a padecer los males de la emigración, entre otros muchos.

   También fue, don Víctor López, personaje conocido más allá de las fronteras provinciales y no por el trato, compra o venta de sus mulas en las ferias provinciales, sino porque fue el propietario de uno de esos animales que traspasan las mismas fronteras patrias de su nacimiento, el burro Pernales, que nació en Alcocer al promedio del primer decenio del siglo XX, cuando al Pernales de verdad, al Paquito Ríos, de quien algunos dicen aunque no sea cierto que fue el último bandolero de Sierra Morena, le dieron caza y expusieron su cuerpo como trofeo junto al Niño de Arahal, en Alcaraz. Ello fue el último día de agosto del año de gracia de 1907, cuando el jumento, burro o asnillo de don Víctor López todavía no tenía nombre por lo que, a partir de aquí, se llamó, porque así lo quiso el destino: “Pernales”.

 


Alcocer, y su larga memoria

   Es y ha sido la hidalga y siempre noble villa de Alcocer uno de los pueblos de más extensa memoria de la parte alcarreña de Guadalajara. Uno de los de mayor número de habitantes a lo largo del tiempo, y de mayor tradición artística y monumental. A tanto llegó la historia de la villa de Alcocer que en aquellas interminables discusiones del siglo XIX, cuando las provincias comenzaron a ser lo que son, Alcocer, que formó conforme a los tiempos parte de Cuenca o de Guadalajara, solicitó que por derecho propio se le concediese ser cabeza de partido. A punto estuvo de lograrlo. Tiempos eran en los que por Alcocer surgían algunos revoltosos que ponían en jaque las ideas moderadas de los dirigentes de Guadalajara y, sobre todo, de sus duques del Infantado. Un título que, ¡fíjese usted por dónde!, surgía de esta tierra de Alcocer. Cuando Alcocer tenía por nombre, en honor a los duques, o viceversa, Alcocer del Infantado.

   A las gentes de Alcocer no se les ocurrió otra cosa que cuando surgieron las desavenencias del pueblo y sus gentes contra el rey absolutista, don Fernando VII de mal recuerdo, cuando el general Riego se levantó en armas y llegó el famoso “trienio liberal”, que correr a solicitar y conseguir de las altas instituciones del reino que aquel nombre de Alcocer del Infantado, por el recuerdo que traía de sus duques, se mudase, como entonces se mudaba cualquiera de camisa, por el de Alcocer del Guadiela, haciendo honor al río que por allí discurre, y, aprobado que fue, los duques, claro está, cuando por los Pirineos entraron los Cien Mil Hijos de San Luis, le hicieron la cruz al pueblo.

 

Alcocer del Ducado

   Es quizá, Alcocer, uno de esos pueblos en los que la memoria del siglo XIX, y ante todo de los años oscuros en los que los franceses invadieron la tierra, mejor memoria conserva de la vida dura y el sobrevivir diario de sus gentes en tiempos de guerra, cuando día sí y día también, las tropas francesas, o las guerrillas empecinadas, recorrían las fronteras de Guadalajara y Cuenca.

   Al servicio del Duque del Infantado, entonces Diputado a Cortes en las de Cádiz, se encontraba uno de esos hombres que dejan huella por donde pasan, don Felipe Sainz de Baranda, hombre con orígenes riojanos que aposentó en Alcocer a su familia, y hasta Alcocer llegaron los otros miembros que se quedaron por las riojanas tierras. Sobre todo, un mosén de aquellos de sombrero de teja y malos humos quien desde Madrid se trasladó a la casa de su hermano con sus dos amas para vivir del cuento. O Mejor, del trabajo de la cuñada que, la pobre, tenía que atender las tierras, pagar a los jornaleros, ocuparse de los olivos, las viñas, los hijos y, además, mantener al mosén y sus criadas.

   Don Bernardo, tal el nombre del mosén, que murió el 1º de mayo de 1858 siendo deán de la catedral de Burgos, resultó ser uno de los muchos informantes, o espías, que la Junta de Guadalajara y la guerrilla, tuvo por estos pagos en aquellos tristes días. También, de cuando en cuando, escribía a su hermano, para quejarse de las pocas atenciones que recibía en su casa, o de que los infantes franceses eran “el mismo demonio, capaces de hallar las cosas más recónditas”, pues puestos a registrar las casas o saquear los pueblos, poco se dejaban detrás.

 

La feria de San León, y el Pernales

   Ya reinando Alfonso X las gentes de Alcocer hacían tratos con los comerciantes de Huete, y acudían a las ferias que allí se celebraban. El propio rey, que entregó la villa a la madre de una de sus hijas, doña Mayor de Guillén, concedió a la población el disfrute de un mercado semanal los martes de cada semana. La orden, o el privilegio, lo dio en Sevilla el 23 de octubre de 1252, y más que seguro es que los de Alcocer, o sus señoras, solicitasen el disfrute de una feria por lo que esta tenía de interés para la población en movimiento económico, algo que a los de Huete no debió de agradar puesto que había de restarles negocio convirtiéndose en abierta competencia.

   Tendrían que pasar muchos años, y unos cuantos siglos, para que el Ayuntamiento de Alcocer, al final del siglo XIX, el 2 de enero de 1892, recobrase o estableciese la celebración de su propia feria anual: “a celebrarse el 21, 22 y 23 de enero de cada año, titulada de San León”.

   La feria de ese año, 1892, contó con todos los alicientes que engrandecían entonces este tipo de eventos: “diana floreada, función al Patrón, procesión, fuegos artificiales, cucañas, carreras de caballos y burros, funciones de teatro y, si el tiempo no lo impide, una corrida de novillos”.

   Se celebró, atrayendo gentes y ganados, al menos, hasta la mitad de la década de 1960, cuando este tipo de ferias comenzó a mudar la mula de labor, por el ronqueo del tractor.

   Las ferias que siguieron a la de 1907, del nacimiento del burro Pernales, continuaron distinguiéndose, como desde su implantación, por la afluencia de ganado vacuno. Además, los ganaderos y comerciantes que concurrían a Alcocer lo hacían sabiendo que finalizada esta comenzaba la de Tendilla; por lo que el éxito la acompañó, pues lo que se vendía o no, en la de Alcocer, podía trocarse, o terminar su ajuste, en Tendilla.

   Y, de feria en feria, llevó don Víctor López, ilustre alcalde que fue de Alcocer, sus mulas, que le hicieron ganar un buen capital y le permitieron, en los ratos de ocio, adiestrar su jumento, que en pocas ocasiones, salvo para demostrar al vecindario lo aprendido, sacó de su casa.

   Con habilidades circenses, Pernales se podía balancear en una tabla, subir escaleras, o hacer acrobacias. También solía, don Víctor, recorrer las calles de su pueblo en una calesilla tirada por el borriquillo: “rucio, como el del escudero Sancho Panza”.

   Y no era ni grande ni chico, convirtiéndose, en aquellos tiempos, como lo solían ser los animales curiosos, en una de las estrellas que más brillaron en la feria de San León de Alcocer. Cosas que hacen, de nuestros pueblos, página para nuestra memoria.

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 11 septiembre 2026

ALCOCER, EN EL TIEMPO Y LA HISTORIA

 ALCOCER, CUNA DEL INFANTADO, EN EL TIEMPO Y LA HISTORIA

Alcocer

 

    Trepando a la meseta o retorciéndose en múltiples curvas para descender a valles risueños, la carretera de Cuenca atraviesa las Alcarrias hasta bajar al ameno foso del Tajo; lo atraviesa por el histórico y empinado puente de Auñón que recuerda un encarnizado combate entre los franceses y guerrillas de El Empecinado, y luego continúa paralela al río por el dantesco desfiladero de las “Entrepeñas”, donde ya no puede leerse torpemente grabado en la roca aquel verso reflejo de maternal congoja, recuerdo de la trágica muerte del gentil y enamoradizo caballero Don Apóstol de Castilla, descendiente de Don Pedro el Cruel. Tras un recodo, queda a la derecha la villa de Sacedón; la carretera salta de valle a valle, deja admirar un momento las ruinas melancólicas del monasterio cisterciense de Monsalud, atraviesa Córcoles, y desde un altozano permite que se contemple la fértil Hoya del Infantado cruzada por el Guadiela; al fondo, entre montañas verdes, se columbra el desfiladero de Priego; en la campiña, varios pueblos minúsculos; a la izquierda, sobre pequeña loma respaldada por cerros moteados de olivos grises, una población grande para lo que da la tierra, señoreada por hermosa iglesia cuya torre de exornos góticos ostenta giraldeña silueta; estamos en la hidalga villa de Alcocer que ya suena en el poema del Cid, recuerda los hazañosos hechos de Alvar Fáñez de Minaya, los juveniles amores de Alfonso el Sabio, los enredos de Don Juan Manuel, la ambición de Don Álvaro de Luna y el exilio de un heredero de los Duques del Infantado a quien su padre desterró de Guadalajara porque había simpatizado con los Comuneros, y le hizo caminar más que aprisa sin importarle un ardite que su nuera estaba tan en meses mayores que hubo de detenerse en el monasterio de Lupiana para dar a luz. 

 

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   Entretenida e interesante como una novela es la historia de esta villa, como la de otras muchas poblaciones de la provincia de Guadalajara, meras sombras de un pasado glorioso; de mi agrado sería contarla al lector muy por menudo. Sólo he de decir que su importancia fue escasa hasta consolidarse la reconquista de la región en 1176 con la toma de Cuenca por Alfonso VIII; en adelante la villa creció sin cesar para convertirse de hecho en capital de los lugares del Infantado, nombre alcanzado por esa campiña desde que  Fernando III el Santo hizo Señor de ellas a su hijo Don Enrique; y Alfonso X el Sabio queriendo apartar de sí a su antigua amiga Doña Mayor Guillén de Guzmán ( si no fue ella quien desengañada quiso apartarse del mundo) la hizo donación de las villas de Alcocer, Cifuentes, Viana, y otros lugares hacia 1258; a Alcocer se retiró la hermosa y discreta señora para fundar un convento donde se retiró la hermosa y discreta  señora para fundar un convento donde se recogió hasta que Dios fue servido de llamarla a mejor vida, y en Alcocer dejó su cuerpo que se conserva momificado y con señales reveladoras de notable belleza (2). De Doña Mayor heredó el señorío su hija Doña Beatriz habida con Alfonso el Sabio y casada con el rey de Portugal; de doña Beatriz pasó a su hija la infanta Doña Blanca, más tarde señora y abadesa de las Huelgas en Burgos, donde existe su magnífico sepulcro; fue Alcocer del turbulento Don Juan Manuel, quien en el cercano pueblo de Salmerón acabó de escribir su famoso libro “El Conde Lucanor”, más la posesión lograda por compra fue efímera, ya que no la pagó; tras varias luchas sangrientas pasó el lugar al infante Don Pedro y luego a Enrique de Trastamara, quien favoreció no poco a Alcocer hasta regalárselo al marqués de Villena. Luego de pertenecer a la familia Albornoz, heredó la villa el famoso Don Álvaro de Luna cuyos sucesores al concertarse con Enrique IV le cedieron varios pueblos con Alcocer entre ellos; cuando los Mendoza tuvieron más en rehenes que en guarda a la Beltraneja, discutida hija de Enrique el monarca, para compensar los gastos realizados por Don Diego Hurtado de Mendoza segundo marqués de Santillana, le hizo señor de Alcocer, Salmerón y Valdeolivas, o sea, de los lugares y tierras del “Infantado”, en 1471; hasta que en 1475 los Reyes Católicos, para premiarla valiosa ayuda que este magnate les prestara, ascendieron el señorío a la categoría ducal; los últimos hechos y fechas merecen ser resaltados para explicarse las grandes ampliaciones hechas en la iglesia de Alcocer a fines delsiglo XV, obras sin duda llevadas a cabo gracias a la ayuda pecuniaria de los duques, quienes se distinguieron por su amor a la arquitectura y su gran cariño a la villa principal del Infantado.

Francisco Layna Serrano
Boletín de la Sociedad Española de Excursiones
Madrid. Marzo, 1935

 

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lunes, septiembre 07, 2026

ROMANILLOS DE ATIENZA, EN SUS ALTURAS

 

ROMANILLOS DE ATIENZA, EN SUS ALTURAS

En los límites de Guadalajara y Soria, domina una parte de ambas provincias

 

     Por Romanillos de Atienza, en lo alto de la Sierra de Pela, a algo más de 1.100 metros de altitud, anduvo buscando don Ramón Menéndez Pidal en el mes de mayo de 1903 las huellas del paso del Cid Campeador cuando, abandonando Castilla, iniciaba su marcha a través de tierra de moros hacía el Levante. Don Ramón con la compañía de su esposa llegó a Guadalajara desde Madrid el 21 de mayo de 1903 para desde la capital provincial y en unión de su hermano, entonces Gobernador de la provincia, dirigirse hacia Atienza, de aquí a Miedes y, posteriormente, Medinaceli, tras su paso por Romanillos. La excursión, proyectada a lo largo del mes de abril, tendría lugar el 23 de aquel mes de mayo, cuando tras hacer un alto en Miedes reanudaría el camino: salió en dirección al Torreplazo, límite de la provincia con la de Soria, cúspide de la Sierra de Pela, y desde cuya altura se divisa perfectamente la cuenca del Duero, hasta El Pelayo, coronadas sus cumbres con la blancura de las nieves perpetuas, sacando fotografías y croquis de cuantos sitios les fue posible

 



Romanillos, en lo alto

   Son de altura las tierras de Romanillos puesto que desde aquí se divisa una buena parte de las que bajan a Guadalajara, y también de las que ascienden hacía tierra soriana, con las que se hermana por estos campos. Y cuenta, Romanillos, con una de esas hermosas iglesias que nacieron en esta parte de la provincia siguiendo los dictámenes barrocos, que arrinconaron el románico; alterados con las obras que trataron de dar al templo nuevo empaque a partir del siglo XVI, obras que se prolongarían a lo largo de los siguientes, rehaciéndose por completo la capilla mayor de la que desapareció el ábside primitivo, elevando el interior y adosando al templo a consta de cerrar la galería porticada, una nueva nave a la central, dejando a los pies la primitiva espadaña, ya que las obras no se verían terminadas conforme al proyecto original, pues quedó el tejado por debajo del arco de gloria. Al tiempo que a los pies del templo se levantaba el coro, dotándolo de su órgano correspondiente.

   Desconocemos el momento en que la galería fue añadida como nueva nave a la iglesia, aunque todo indica que sucedió en los primeros decenios del siglo XVIII, desapareciendo entonces alguno de los capiteles originales, si bien y como se nos apunta en la actualidad “podemos apreciar ocho arcos de medio punto que apoyan en capiteles sobre columnas dobles, excepto en un caso en que el capitel descansa sobre un haz de cuatro columnas. Probablemente este último formaba parte del arco de ingreso original”. La mayoría de los capiteles debido a la deficiente calidad de la piedra así como a las obras que padecieron, tanto en su cegamiento en el siglo XVIII como en el descubrimiento último, se encuentran muy desgastados, si bien pueden reconocerse algunas decoraciones vegetales junto a otros elementos.

   En el mismo siglo XVIII se la dotaría de los retablos que hoy pueden apreciarse, tanto el mayor, dedicado a San Andrés, como los colaterales de indudable interés. En el lado del Evangelio el retablo con escultura de San Roque, de aproximadamente las mismas fechas; junto a los de la Inmaculada y la Natividad. Dentro de la capilla mayor saltan a la vista unos óleos del siglo XVIII de la Virgen del Carmen, San Juan Evangelista, Bautismo de Cristo y Santa Teresa, a la vez que se puede ver una imagen de Cristo del siglo XVI en su correspondiente retablo, al lado de la Epístola.

   Los tres colaterales correspondientes a los retablos de San Roque, la Inmaculada y la Natividad serían dorados por José López en 1790. Siendo elaborados por el retablista atencino José de la Fuente en torno a 1777. Sobre el retablo mayor nos dicen las cuentas de fábrica de 1738-40, que sería obra del retablista Francisco de los Corrales, ajustándose en 12.000 reales; mientras que la imagen de San Andrés sería ejecutada por el escultor Marcos Ruiz, quien cobraría por llevarla a cabo, junto con dos ángeles que completarían la talla, 397 reales, siendo pagados por la iglesia del vecino lugar de Bañuelos; iglesia que igualmente se haría cargo de las pinturas, obra de Pedro de Ybarrola, y tasadas en 1.340 reales; representando a San Juan Bautista, San Juan Evangelista, Santa Teresa y la Virgen del Carmen; también se encargó de pintar la talla de San Andrés y de retocar las de los colaterales.

   Curiosa resulta la anotación que se nos hace con motivo de la inauguración, en 1741, del retablo mayor de la iglesia, día en que hubo, además de predicador, danzantes, como fiesta grande que debió de ser el día. El retablo, sin duda, nos habla de las proporciones imaginadas para una iglesia ideada de mayores proporciones, por lo que contrasta grandemente la amplitud y esbeltez de la capilla en comparación con el resto de la nave. Capilla mayor que contó con una obra de rejería debida al maestro Eusebio de Pastrana, autor, entre otras, de la rejería de la capilla del Santísimo Cristo en la iglesia de San Bartolomé de Atienza.

   Igualmente fue dotada la iglesia en este mismo tiempo con algunos ornamentos, otros ya se encontrarían en la iglesia, como la Cruz Procesional, auténtica obra de arte que se nos fecha a mediados del siglo XVI, sin que conozcamos al autor. La descripción que de ella nos hace Natividad Esteban nos habla de una obra singular, a pesar de que cuando ella la conoce se encontrase bastante deteriorada, habiendo sido restaurada recientemente, recobrando así su belleza original:

 

Y los Perdices

   También cuenta Romanillos con obras singulares entre su caserío, pues, junto al esgrafiado, hubo maestros en el arte de tratar de hacer que las humildes casas de nuestros ricos pueblos aparentasen ser pequeños palacetes destacando entre la humildad de un caserío, llevando a sus fachadas lo que bien nos podrían parecer detalles arquitectónicos dignos de las más elevadas capitales.

   Las casas a que nos referimos salían de los pequeños talleres de albañiles sin más estudios que la experiencia del trabajo heredado a través de los miembros de la familia, ya que en la mayor parte de los casos no se recurría a arquitectos o diligentes delineantes que trazasen los planos; eran los mismos albañiles, técnica, oficio y tesón en mano, quienes se encargaban de todo, desde el ajuste de la madera, la cal o teja, hasta dejar listo el edificio para entrar a vivir. Especialistas en esto, más que de la confusión, del embellecimiento de las fachadas, fueron numerosos de aquellos hombres que dedicaron su vida a la albañilería, tan difícil de entenderse al día de hoy en algunas ocasiones.

    Por los pagos guadalajareño-sorianos, una de estas cuadrillas, quizá la que mejor marca dejó en el gremio entre los años finales del siglo XIX y parte del XX, fue la de los “Perdices”, compuesta por Segundo y Donato Perdices, padre e hijo, naturales de Pozancos y con raíces en Barcones. Su arquitectura decora los paisajes de un buen número de poblaciones serranas, y sorianas también, pues no les faltó trabajo. Desde Cincovillas (donde levantaron el famoso Parador de San Vicente), hasta Condemios de Arriba; pasando por la reconstrucción señorial de casi todo un pueblo: Romanillos de Atienza, donde se puede advertir la uniformidad de sus manos. De aquí, cruzando la raya, se puede seguir el camino de sus obras, por Barcones e incluso llegar hasta Berlanga.

   Y es que, aunque no lo parezca, nuestros pueblos tienen mucho arte por descubrir.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 4 de septiembre de 2026


ROMANILLOS DE ATIENZA, DE LUGAR A VILLA

 

 ROMANILLOS DE ATIENZA
De Lugar, a Villa


   Se encuentra Romanillos de Atienza en la Serranía de Guadalajara, y más concretamente en la Sierra de Pela, como población fronteriza entre las actuales provincias de Guadalajara y Soria; en clima frío, por su altura, y en una tierra hoy amenazada por la despoblación.

   Fue una población importante dentro de la comarca, en la que dominó la ganadería, y fue, quizá, una de las más antiguas de esta tierra.



   En la localidad, tras la reconquista, se levantó una de las más interesantes iglesias románicas que el tiempo se encargó de desvirtuar, a pesar de mantener algunos de los retablos más interesantes del obispado de Sigüenza, labrados en el siglo XVIII.

   La población comenzó a perder habitantes mediado el siglo XX, antes trató de ser una de las punteras de la Tierra de Atienza, logrando el título de villazgo en el primer cuarto del siglo XIX.




lunes, agosto 31, 2026

ALGUNOS NOMBRES EN LA HISTORIA DE PASTRANA

 

ALGUNOS NOMBRES EN LA HISTORIA DE PASTRANA

La villa ducal dejó para la historia algunos clérigos, médicos y escritores de renombre

 

   Sin duda, el personaje más popular de la ducal Pastrana, aun no habiendo nacido aquí, es la sin par modelo de princesas y mujeres libres Ana de Mendoza, princesa de Éboli, popular también por su parche en el ojo quien, nacida en Cifuentes, ha pasado a la historia como la duquesa de Pastrana más díscola que la novela pueda retratar. Doña Ana, esposa y madre, monja y mecenas, llevó a Pastrana toda una corte de servidores, hombres y mujeres que han pasado a la historia patria y, también, a la Santa de Ávila, Teresa de Jesús, quien aquí dejó, a pesar de todo, su huella.

   Pero Pastrana se nutre de muchos más nombres de gentes ilustres, religiosos en gran parte, como solían ser quienes accedían al conocimiento de las letras en siglos pasados, nombres que hicieron cosas y las dejaron inscritas en los anales del tiempo, como Alonso de los Ángeles, quien entró en el convento de los Carmelitas de Pastrana en 1571, diez años después era prior del convento de Daimiel, en 1585 del de Salamanca y más tarde pasó a ser Provincial de Cataluña, donde calmó al pueblo alzado prácticamente en armas contra el virrey, duque de Feria, en 1597. Murió en Barcelona, el 3 de abril de 1602.




   También fraile fue Francisco de Buencuchillo, nacido en la Pastrana de 1710, cuando España y la comarca se debatían entre situar la corona sobre las sienes de un Borbón o de un Austria, en aquella decisiva batalla que se libraría en Villaviciosa, a las puertas de Brihuega. Fray Francisco ingresó en el convento de San Felipe el Real cuando apenas contaba con dieciséis años de edad y, tras pasar por Salamanca y Toledo, con 22 años marchó a Filipinas donde aprendió la lengua tagala, fue maestro y Visitador, Procurador y Secretario de su orden religiosa. Por allí quedaron sus restos, luego que la muerte le llegase mientras viajaba de un lugar a otro, en 1776.

   Fabián Cano, a quien le disputan el nacimiento Sayatón y Pastrana, a pesar de que el propio Cano se confesó natural de la villa, se licenció en Artes por la Universidad de Alcalá en 1595; poco después ingresó en el Colegio de la Santa Cruz de Valladolid, concluyendo sus días el 1º de abril de 1622, en Coria (Cáceres), como magistral de su Catedral. En Pastrana nació el 27 de abril de 1577.

   Aquí nació Gaspar Caro del Arco el 4 de febrero de 1601, pasando a la posteridad como buen doctor y gran poeta; al igual que lo hizo Juan Caro del Arco y Loaisa, el 29 de agosto de 1613, siendo, a más de predicador de renombre, racionero de la Colegiata de la Villa y autor de una de las historias "del Monte Oliva y su Milagrosa Imagen”, más conocidas.

   Mateo Guindal fue franciscano en el convento de San Diego de Alcalá, y Manuel de León y Marchante, capellán real en el siglo XVII, a más de autor de renombre. En Pastrana nació el 15 de agosto de 1631 y en Alcalá de Henares murió el 15 de octubre de 1680, siendo enterrado en la Magistral, “en una punta del crucero, hacia la puerta del claustro”; dejó numerosas obras escritas, entre las que figuran: “La Comedia Famosa de las Dos Estrellas de Francia”; “No hay amar como fingir”; “La Virgen de la Salceda”; “Loa de Planetas y Signos”; o “La estrella de la Alcarria”.

   José del Olmo nació en Pastrana a las puertas del San Juan de junio de 1638, alcanzando a ser arquitecto de renombre en el ambiente cortesano madrileño, la historia nos dice que trabajó en la sacristía del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial; que a él se debe el palacio madrileño de los duques de Pastrana y una parte de la iglesia de las comendadoras de Santiago. De su taller salió otro gran arquitecto de su tiempo, Teodoro Ardemans. Murió en Madrid, al inicio del siglo XVIII.

   Teólogo distinguido y colegial mayor de San Ildefonso de Alcalá, fue José Ruiz de Miranda, quien ocupó varias cátedras en su Universidad, y en cuya ciudad falleció el 11 de abril de 1679, pasando a ocupar lugar en la historia de la magistral, en la que fue enterrado.

    Por Pastrana pasó, Leandro Fernández de Moratín, y aquí escribió alguna de las obras que legó a la historia de la literatura universal, entre las que destacan: “La comedia nueva o el café”; y aquí vio la luz primera el que bien podría ser considerado como uno de los primeros pintores de la luz, puesto que la luminosidad ilumina sus lienzos, Juan Bautista Maíno. Su obra es sin duda una de las más coloristas del Siglo de Oro español. Siglo en el que dominaron de alguna manera escenas como las que nos retrata, representando los dos principales momentos de la Navidad: La Adoración de los Reyes, y la de los Pastores. Motivo pictórico ampliamente repetido y del que quedan en la provincia no pocas muestras, desde la catedral de Sigüenza, a las obras, casi maestras igualmente, del genial Matías Jimeno, cuyos lienzos quedaron en la grandeza de las iglesias de Arbancón, o de Santa María del Rey, de Atienza. Son, sin embargo, las obras de Juan Bautista Maíno, en contraste con las otras, de un colorido excepcional, que dan mayor grandeza a su composición, y llenan de luz unos días que contrastan con los grises invernales.

   Junto a los anteriores, destacan los nombres de José de Villarroel, “Encuentro que en 6 de julio de 1638 hizo tentativa de Medicina en Alcalá; otra en 30 de marzo de 1640, y que tomó el grado de licenciado en 13 de diciembre de 1641, diciéndose en los asientos universitarios que era natural de Pastrana”, contó el historiador por excelencia de Pastrana, Mariano Pérez Cuenca. Villarroel, Médico de Cámara del Rey, dejó extensa obra poética publicada, entre ella los que llamó “Romances de D. José de Villarroel”; o las “Redondillas de don José de Villarroel”.

    Personaje destacado ha de ser sin duda alguna, Mariano Pérez Cuenca, aquí nacido el 8 de diciembre de 1808 y fallecido el 2 de mayo de 1883, destacando como eclesiástico e historiador de la Pastrana inmortal. Don Mariano, hijo de familia modesta fue educado para seguir la carrera eclesiástica, que la siguió, llevando a cabo sus estudios en el colegio del convento de San Francisco de la villa, siendo nombrado presbítero en 1826, a los 18 años de edad, y trasladándose dos años después a Alcalá de Henares donde completó su formación. Regresó a Pastrana para ocuparse de la Colegiata, donde continuó hasta pocos meses antes de su muerte.

   Como historiador escribió la “Historia de Pastrana y sucinta noticia de los pueblos de su partido”, editado a su costa en 1858 en su primera edición y en 1871 en segunda. Igualmente fue autor de otras obras, entre las que figuran las Poesías y sentencias que se hallan en el convento del Monte Carmelo de Bolarque (1837), o la Novena a la Virgen del Saz de Alhóndiga (1859). Sin dejar atrás sus trabajos en torno a la España Mariana, dejando relación en su obra de los partidos y pueblos de Pastrana y Sacedón.

   Por sus trabajos de investigación histórica fue premiado por la Diputación de Guadalajara durante la Exposición Provincial de 1876 con una medalla de plata. Y, sin duda, gracias a él, conocemos una parte de la Pastrana, y de los nombres de sus hijos ilustres pasados que, como el propio Pérez Cuenca, merecen estar presentes en nuestra historia provincial.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 28 de agosto de 2026

PASTRANA (Guadalajara) LA VILLA DE LA PRINCESA

 PASTRANA (Guadalajara) La Villa de la Princesa

 

   Pastrana es, al día de hoy, una localidad una hermosa población de la provincia de Guadalajara; unida a uno de los nombres más repetidos de la historia provincial en los últimos siglos: Ana de Mendoza, Princesa de Éboli.

   El autor, en su recorrido a través de los pueblos de la provincia, llega a Pastrana y a través de los testimonios escritos a lo largo del tiempo por cronistas e historiadores, entre los que cabe destacar a Mariano  Pérez Cuenca, Francisco Layna Serrano, Juan-Catalina García López, y numerosos más, nos adentra en el ayer de Pastrana, su palacio, historia, monumentos y gentes; tomando los textos publicados por aquellos, para darnos cuenta de la importancia que Pastrana y su tierra alcanzaron a través de los siglos; acompañando la obra con líneas de aquellos quienes, cada uno en su sentir, opinó en torno a lo que admiraron sus ojos y conocieron en su debido momento.

   Puede, en ocasiones, parecernos confuso el discurrir del texto de unos y otros; ha de ser el lector quien, observando y analizando, llegue a la conclusión que las páginas siguientes buscan.

   Junto a la villa o el palacio, y como parte de la propia obra, el autor nos lleva a conocer, siquiera de manera somera, los acontecimientos históricos del entorno; así como las costumbres que acompañaron la vida de esta parte de la provincia de Guadalajara; empleando investigaciones y fuentes propias.

   Sin duda, las páginas siguientes, como otras anteriormente escritas y publicadas, nos acercan a un entorno que siempre merece una atención; una detenida mirada…

 

 


 El libro de Pastrana, pulsando aquí

 


lunes, agosto 24, 2026

EL CABILDO DE CLÉRIGOS DE ATIENZA

 

EL CABILDO DE CLÉRIGOS DE ATIENZA

Se convirtió en una de las instituciones más importantes de la Serranía

 

   Una de las instituciones más representativas y de mayor poder económico en la comarca serrana de Guadalajara, tras el propio obispado de la diócesis, fuese el desaparecido Cabildo de Clérigos de Atienza, surgido como hermandad gremial en los últimos años del siglo XII y que disminuido en funciones, poder y miembros, alcanzó hasta los primeros decenios del siglo XIX. Su poderío, a más del que le dieron sus propios fines religiosos, alcanzó a controlar tierras, casas, o industrias, pues por tales se tenían los entonces imprescindibles molinos harineros o batanes. Los testamentos eclesiásticos de los serranos, redactados bajo el consejo espiritual de sus confesores, tanto como las inversiones clericales, hicieron poderoso al gremio, que llegó a contar con un centenar de miembros, no sólo centrados en la villa de Atienza, también en las poblaciones vecinas.

   Su archivo documental es probable que sea, al día de hoy, uno de los más importantes de la diócesis seguntina, al margen siempre de los del propio obispado, comenzando por sus ordenanzas, redactadas en pergamino en los últimos años del siglo XII o inicios del XIII; tras ellas, decenas de documentos lo acompañan, desde los signados por los arzobispos de Toledo, entre ellos Rodrigo Jiménez de Rada, en 1219 o 1221; a los del papado de Gregorio IX, de 1234 y 1250; de prácticamente todos y cada uno de los obispos de Sigüenza; o de los reyes castellanos, comenzando por Alfonso X, llegando a Carlos I y, por supuesto, de una parte importante de quienes nacieron, vivieron y murieron en la Atienza, y su tierra,  desde nueve o diez siglos atrás.




   Su primitiva sede se ubicó en la iglesia de San Pedro de Moncalvillo, desaparecida en el transcurso de la guerra de los Infantes de Aragón, que prácticamente arrasó lo mejor de la población en el verano de 1446; pasando con posterioridad a la Santísima Trinidad, en la que, tras las obras de remodelación que le dieron el aspecto actual a lo largo del siglo XVI, en una entreplanta ubicada sobre la sacristía, a la parte posterior del templo todavía, gastada por el paso de los siglos, se encuentra su sala capitular, que estudiase el cronista provincial Layna Serrano: “De éstas, una pequeña hacía de antesala, la intermedia con honores de pasillo alojaba el archivo eclesiástico, y otra más amplia era la de juntas, proveyéndosela de severa sillería de tipo coral que hoy se conserva (1945), y merece ser colocada en el templo de manera que se luzca y aproveche; en tales estancias debieron celebrarse las sesiones destinadas a asuntos de índole económica o corporativa en cuanto atañera a incidentes o debates, pues las juntas para elegir abad o votar el ingreso de nuevos capitulares previo juramento, tenían lugar en la iglesia de San Juan”.

   En aquel siglo XVI levantarían en torno a la que fue plaza Mayor de la villa, sus propias y representativas casas de gobierno que, a través del tiempo, han llegado a nuestros días.

 

En torno al Cabildo

   El Dr. Ángel Riesco Terrero, al catalogar el Archivo de la Clerecía atencina en los últimos años de la década de 1980, escribirá al respecto de quienes lo formaban: “La Clerecía de Atienza y su comarca, formada al principio por el cabildo de párrocos-beneficiados y capellanes de la villa, con tal que estos fuesen nacidos y bautizados en ella, más las cofradías y hermandades anejas a sus iglesias y con el tiempo, un núcleo mayor integrado por prebendados y rectores de las principales parroquias y capellanías del arciprestazgo que acceden a la confraternidad ,mediante riguroso concurso oposición”.

   En sus orígenes no debió de tener demasiada trascendencia, el tiempo se la daría, principalmente a partir delsiglo XIV, cuando la hermandad era ya poseedora de numerosos bienes e incluso dictaba sus propias normas, manteniendo un abierto enfrentamiento con los frailes franciscanos asentados desde tiempo atrás extramuros de la población, los cuales tenían prohibido el acceso a la villa con cruz alzada. Para entonces, aquel siglo XIV, sus miembros, en líneas del Dr. Riesco, cada vez más numerosos y con mayor poder e influencia moral, económico-administrativa y señorial, intentarán por todos los medios la exención máxima posible: real, eclesiástica y señorial, de sus personas, bienes y haciendas y, en consecuencia, la de su confraternidad mediante privilegios y fueros. Que se cuentan, los privilegios y fueros, por decenas; reales, papales y obispales, como ya apuntamos.

   A sus primitivas ordenanzas de finales del siglo XII o comienzos del XIII, en las que como es habitual en estos tiempos miran hacia la vida espiritual y religiosa, uniéndose “a honor de Dios, de la Virgen y de todos los santos, por la salvación de sus almas, las de todos los fieles difuntos, perdón de sus pecados mediante oraciones y para obtener (gracias a la mutua ayuda) defensa contra los enemigos y adversidades del siglo”, les sustituirán unas nuevas a finales del siglo XIV o inicios del XV y a estas, cuando ya el Cabildo-Hermandad había perdido no poco de su poder, las más recientes, datadas en 1789.

 

Religión y negocio

   Fueron los clérigos atencinos promotores del mercado y feria de Atienza, “velando eficazmente, junto con la justicia, por la paz y seguridad de compradores y vendedores”, ya que en la afluencia de público a la villa se encontraban parte de sus ingresos; ejerciendo al tiempo, como es habitual en estos siglos en las instituciones religiosas, como banqueros, ofreciendo préstamos con los que incrementar su patrimonio, cobrando el regulado interés del tres por ciento, al menos durante el reinado de los Reyes Católicos, como lo continuarán haciendo dos o tres siglos después.

   Sin duda, también fueron quienes instaron al obispo seguntino Lope de Haro a instituir la Cátedra de Gramática que obligó a las poblaciones del Común a sostener a partir de 1269, lo que igualmente nos da imagen de que, de alguna manera, velaron por la cultura de los vecinos de la villa. En la misma que promovieron hospitales, hospicios y fundaciones de caridad o asistencia.

   Determinado día del año se congregarían los capitulares en su primitiva sede, la iglesia de San Pedro de Moncalvillo, provistos de sobrepelliz, para celebrar un solemne oficio de difuntos. El cabildo se reuniría en comida fraternal dos días al año con motivo de la festividad de San Lucas, quedando establecido en las Ordenanzas la ayuda mutua, la caridad entre sus miembros, el socorro y, por supuesto, cierta obligatoriedad de pertenencia al cabildo por parte de los clérigos de las distintas parroquias a quienes a su vez les quedaba vedado enterrarse en el convento franciscano. Así como asistir a entierros en él. Algo que únicamente permitirían con posterioridad al siglo XVI, si bien doblando y en algunos casos triplicando, el cobro de derechos.

 

Una institución en el recuerdo

   Su final se iniciaría en el siglo XVIII, cuando gran parte de las familias hidalgas atencinas comenzaron a abandonar la villa para establecerse en lugares más a propósito para sus fines: Alcalá de Henares o Madrid, principalmente. De la misma manera que la desaparición de algunas iglesias en el siglo XV mermó sus funciones. Al XVIII llegarían con apenas una cuarentena de capitulares, que seguirían reduciéndose en años posteriores.

      El siglo XIX tuvo para el Cabildo nefastas consecuencias, perdiendo en primer lugar parte de sus bienes personales expoliados por las tropas francesas; posteriormente sus posesiones, casas y tierras, a raíz de las leyes desamortizadoras de 1835, saliendo a subasta pública sus pertenencias. Lo que de alguna manera originaría su disolución.

   No obstante ello es, sin duda, por poco conocida y emblemática, una de las instituciones más significativas de la histórica Atienza, siempre por descubrirse.

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 21 de agosto de 2026

ATIENZA DE AYER A HOY, IMÁGENES DEL PASADO Y DEL PRESENTE

 ATIENZA DE AYER A HOY. IMÁGENES DEL PASADO Y DEL PRESENTE
La transformación de Atienza (Guadalajara), a lo largo del siglo XX, a través de la imagen.
Un libro de imágenes fotográficas que nos lleva al ayer y nos presenta, documentadamente, el hoy.
Fotos antiguas de Atienza (Guadalajara), y su versión actual, en el mejor libro de imágenes posible.


Atienza (Guadalajara), es una de las villas con más carácter, historia y monumentos, de la provincia de Guadalajara y, a su nivel, de Castilla. Su historia, ha sido tratada en numerosas ocasiones. Es grande. Como su paso a través de los siglos dejando, marcando, su huella. 




En el transcurso de ellos, de los siglos, y de ella, de la historia, Atienza fue creciendo, añadiendo obras a su monumentalidad, hasta llegar a nuestros días. 

La obra fotográfica de diversos autores, que ya fijaron su mirada en Atienza desde la mocedad de la fotografía hasta nuestros días, nos harán recrearnos en el pasado de nuestra villa y en su indudable transformación a través del siglo, hasta llegar a ser como hoy la conocemos. 




Transformaciones en muchas ocasiones acertadas, en otras tendrá que ser el lector, o el visitante, quien lo juzgue, ya que la crítica no es objeto de esta obra; sino la de mostrar, con imágenes del antes y el después, nuestra evolución. 

De cualquier modo, Atienza, siempre merece una mirada. Incluso comparativa.

 
 





viernes, agosto 14, 2026

PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA DEL AGUA

 

PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA DEL AGUA

El embalse cambió el futuro de la población

 

   El 17 de julio de 1870 el diputado D. Estanislao Suárez Inclán tomó la palabra en el Congreso de los Diputados para hablar en nombre de los vecinos de Pálmaces de Jadraque a quienes, como a tantos otros españoles, preocupaban no sólo la situación que en este tiempo se vivía en España, inmersa en guerras y revoluciones, las habituales que acompañaron el siglo XIX. Para entonces España se encontraba en el abismo de la tercera Guerra Carlista, después de haberse iniciado el siglo con las que se siguieron contra Francia, y algunas más; y de haberse vivido unas cuantas situaciones que no solo empañaron la vida de los españoles, sino que, en muchos casos, los condujeron a la miseria. En aquel tiempo en el que los vecinos de Jadraque se dirigieron al Sr. Suárez Inclán, España buscaba rey, que lo encontraría en D. Amadeo I de Saboya. D. Estanislao pidió la palabra y, una vez en su uso, se dirigió a los congresistas diciendo:La he pedido para presentar a las Cortes una exposición de considerable número de vecinos de la villa de Pálmaces de Jadraque, provincia de Guadalajara, pidiendo a las Cortes se sirvan coronar la obra constituyente eligiendo Rey de España a una persona de talento, energía, independencia de fortuna, estirpe regia, y que haya probado contribuir al triunfo del alzamiento nacional”.

   Gobernaba el municipio don Hilario Andrés, quien continuaba en el cargo un año después, cuando también desde Pálmaces se solicitaba al Congreso de los Diputados que se nombrase rey de España a don Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, casado con la Infanta Luisa Fernanda de Borbón, considerado como uno de los personajes más intrigantes de la España de aquel tiempo, cuya ambición le llevó a pretender reinos tan lejanos y extraños como el del Ecuador, y cuyas intrigas llevaron de alguna manera al exilio a su cuñada, la reina Isabel II, encontrándose igualmente tras las que llevaron a la muerte al Jefe de Gobierno, General Prim, y que perdió todas las opciones al trono tras uno de los sucesos más significativos de aquellos días, el duelo a muerte que mantuvo con su primo don Enrique de Borbón, duque de Sevilla, quien también pretendiente al trono de España, ofendió al de Montpensier a través de algunos folletos, siendo retado al duelo en el que murió el 12 de marzo de 1870 en las cercanías de Madrid. Tal su genio.

   No sería la única acción que por estos años tendría Pálmaces de Jadraque ante la política española. Unos años antes de la proposición al trono del duque de Montpensier, los vecinos de Pálmaces firmaron, junto a otros muchos municipios españoles, una carta dirigida a los diputados del reino con motivo de la Revolución de 1868, en la que La Junta Superior de la Asociación de Católicos, presidida por el marqués de Viluma y el conde de Orgaz, pedían “a las Cortes Constituyentes se sirvan decretar que la Religión Católica apostólica romana, única verdadera, continúe siendo y será perpetuamente la Religión de la nación española, con exclusión de todo otro culto, y gozando de todos los derechos y prerrogativas de que debe gozar según la Ley de Dios y lo dispuesto en los sagrados cánones”. La petición por parte de Pálmaces la suscribían, junto a los miembros del Ayuntamiento, alrededor de doscientos cincuenta vecinos más.

   Y hace poco más de cien años, según nos contó el entonces profesor de Geografía don Alberto Blanco, Pálmaces era, además, a ojos de aquel hombre, la meca universal del esgrafiado. Tanto y gratamente le impresionó lo descubierto que lo lanzó al mundo del conocimiento arquitectónico el 13 de julio de 1919, dando cuenta de que: “Muchas de las casas de este pueblo tienen las portadas de sus casas, de tejas a zócalo, adornadas de figuras de animales, de plantas, de frutos, de utensilios comunes y de líneas curvas sinuosas. Estas figuras están utilizadas convencionalmente y las que más abundan son las de pájaros, peces, serpientes, ramas, cubos, etc. Algunas son tan caprichosas como una cigüeña con cuatro patas y un pico como de pelícano”.

   Había descubierto el esgrafiado de uno de nuestros pueblos. Un arte que por esta parte de Guadalajara entra por la provincia de Segovia a través de Grado de Pico, recorre ambos márgenes del antiguo Camino Salinero de Castilla; se ramifica a través de las poblaciones aledañas a Sigüenza y continúa hacia el Alto Tajo, no sin antes dejarnos en uno de los últimos pueblos de la raya de Guadalajara con Teruel, Prados Redondos, algunas de las más espléndidas muestras de un arte en proceso de extinción.

 





Pálmaces, una población industriosa

   Pálmaces era por entonces una industria población; alejados los tiempos en los que fue simple aldea de la tierra de Jadraque dependiente del condado del Cid y del ducado del Infantado, luego de haber pasado por la tierra de Atienza y las posesiones de Gómez Carrillo.

   La minería, con la cercanía a la capital de los sexmos del Henares y del Bornova, Jadraque, dotaban a la población de un encanto especial para los inversores. Por aquí, por Pálmaces, comenzándose a agotar los filones de plata de Hiendelaencina y alrededores, se buscaban nuevos metales siguiendo las inversiones que dos o tres decenios atrás iniciase el Sr. Cura párroco, D. Galo Vallejo, socio en su tiempo de los promotores de Hiendelaencina, de Górriz, Orfila o Ignacio Contreras; al tiempo que comenzaba a hablarse de las ventajas que proporcionarían las aguas de un pantano o embalse que por aquel tiempo comenzaba a flotar en la idea de algunas mentes prodigiosas. Todo ello hacía que la población creciese, de tal manera que incluso se unió para adquirir al Estado la Dehesa, que costó 59.000 pesetas de las de 1904. Cuando la población rondaba los quinientos habitantes, que todavía subirían un poco más con los obreros que comenzaron a llegar para llevar a cabo las obras del embalse dicho. Obreros que, como desde al menos el siglo XVI, celebraron en Pálmaces las festividades de San Roque y Santa Quiteria.

  El pantano estaba llamado a resolver las crecientes necesidades de agua de los regantes del Canal del Henares. El 2 de febrero de 1930, con el proyecto ya prácticamente concluido, don Fernando Palanca, presidente de la Comunidad de Regantes, dará cuenta de lo que se esperaba de él, así como de los beneficios y progresos que reportaría al pueblo de Pálmaces, indicando que: “El Patriotismo de los vecinos de Pálmaces no necesita acicates. Sabemos y es muy de lamentar que las mejores tierras de la vega de Pálmaces tienen que ser expropiadas… Pálmaces encontrará la compensación en la construcción del camino vecinal, tan necesario para el pueblo, y en la abundancia de jornales que una obra de este calibre les ha de proporcionar…

   Poco después comenzarían las obras, que interrumpiría la Guerra Civil de 1936, reanudándose a partir de 1940 y quedando apto para el servicio tras su inauguración oficial el 28 de junio de 1954. A partir de aquí la emigración sería una constante hasta llegar a nuestros días, muy a pesar de que el espejuelo del agua atrae, verano a verano, a no pocos de los que marcharon, como atrajo a un nuevo vecindario que se asoma, a las caídas de la tarde, al remanso de aquellas aguas en las que se parecen reflejar los picachos de las próximas serranías del Alto Rey de la Majestad, como señalaron los responsables de Pálmaces en el siglo XVI.

   Y es que, bien mirado y si se busca, todo tiene su encanto.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 14 de agosto de 2026


 UN LIBRO SOBRE PÁLMACES DE JADRAQUE

PÁLMACES DE JADRAQUE EN LA HISTORIA



   Por vez primera suena en la historia el nombre de Pálmaces de Jadraque (Guadalajara) con motivo de las incursiones cristianas en tierras árabes, en los primeros decenios del siglo X. Después de que la invasión del año 711 dominasen completamente la hoy provincia de Guadalajara, creándose por estas tierras una especie de línea defensiva ante las incursiones provenientes desde el Norte; desde la frontera del Duero tras la que se encontraban los reinos cristianos.






   Una red de torres y castilletes levantada entre el Duero y el Tajo formaba igualmente una especie de línea defensiva, a la vez que eran utilizadas las torres como puntos de vigilancia y aviso desde los que controlar al enemigo y anunciar unas a otras las incursiones las sucesivas incursiones, que hubieron de ocurrir desde poco después de que los reyes godos fuesen empujados a sus refugios norteños, desde los que iniciaron la larga e interminable reconquista de las tierras perdidas.

   Al día de hoy Pálmaces es uno más de los muchos pueblos que permanecen prácticamente deshabitados a lo largo del año. El Pantano de su nombre forzó de alguna manera la emigración. No obstante, antes y después tuvo cosas que contar, quizá no sean demasiadas las que se recogen a lo largo de las páginas siguientes. Probablemente sirvan para que se recupere su larga  historia, no se pierda su memoria y tengan las futuras generaciones el recuerdo de lo que fue la tierra de sus mayores.






Sumario:

-I-
Pálmaces, el marco geográfico
Pág. 9

-II-
El Arte, en Pálmaces
Pág. 17

-III-
Pálmaces en la Historia
Pág. 27

-IV-
La Reconquista
Pág. 33

-V-
La Tierra y Sexmos de Jadraque
Pág. 39

-VI-
La Edad Moderna
Pág. 45

-VII-
Pálmaces y los Diccionarios
Pág. 53

-VIII-
Pálmaces en el Siglo XIX
Pág. 59

-IX-
Pálmaces en el Siglo XX
Pág. 73

-X-
Pálmaces 1936/1945
Pág. 87

-XI-
Pálmaces
Pág.96