lunes, julio 27, 2026

ATIENZA LITERARIA

 

ATIENZA LITERARIA

Numerosos autores han llevado el nombre de Atienza a sus obras

 

   Tal vez uno de los autores más leídos en España, hasta su fallecimiento en 2003, fuese Manuel Vázquez Montalbán, autor de numerosas obras literarias, novela, narrativa o ensayo, y creador de uno de los personajes más populares de la España de los últimos años del sigo XX, el detective Pepe Carvalho, detective privado que saltó a la luz literaria en 1972 en la novela “Yo maté a Kennedy”, teniendo, como suele ser habitual en estos casos, desde que Arthur Conan Doyle crease su Sherlock Holmes, un ayudante propio, o contador de sus historias que, en este caso fue el Dr. Watson. En el de Pepe Carvalho era “Biscuter”. Vázquez Montalbán situó el nacimiento de Carvalho en la provincia de Lugo; a Biscuter casi le hizo nacer en Atienza; en una de sus más exitosas novelas hace revelar al personaje que su madre tuvo un lío con un pastelero de nuestra emblemática villa. No será la única ocasión en la que el nombre de Atienza aparezca en su obra, ya que en otras de sus novelas sitúa a personajes, con nombres o apodos, naturales de la población.




 

Literatos de otros tiempos

   Atienza fue, siglos atrás, patria natal de algunos literatos conocidos; caso notable es el de Francisco de Segura, autor y recolector de romances, quien ha pasado a la historia con el apelativo que él mismo se impuso: “El Alférez de Atienza”; quien llevó vida pareja y se relacionó con los grandes del Siglo de Oro Español, Miguel de Cervantes o Lope de Vega, manteniendo con alguno de ellos, incluso, su propia batalla lingüística que pudo llegar, si de un Francisco de Quevedo cualquiera se hubiese tratado, a las espadas.

    Francisco de Segura, como él cuenta, pasó gran parte de su vida entre Portugal y Zaragoza, y no perdió la ocasión de servir a alguno de nuestros paisanos, entre ellos al capitán Juan Bravo de Lagunas, descendiente del capitán comunero, originario igualmente de Atienza, y a quien dedicó una de sus más destacadas obras, “Los Sagrados Mysterios del Rosario de Nuestra Señora”, en donde dice a nuestro capitán: La música del no menos valiente que virtuoso Joan Bravo de Lagunas me fue en los oídos de tal consonancia, y su disciplina de tal aprovechamiento, que me determiné a mostrarte que me bastaba el ser su súbdito y humilde soldado para emprender esta obra… Tal vez uno de sus trabajos más celebrados pudiera ser su relato del misterio de la famosa campana de Velilla. Relato versificado que toma tanto de la leyenda, como de lo contado por los vecinos del lugar, dando cuenta de que el 13 de junio de 1601 a las siete de la mañana se empezó a tocar ella de suyo la campana, y después de varios días, volvió a tocarse, teniendo como testigos más de cien almas…  Francisco de Segura nació en Atienza en 1569 y abandonó este mundo en Zaragoza hacia 1620. En la ciudad del Ebro tuvo empleo de armas en la Aljafería.

   Francisco de Segura fue espadachín, militar y literato, al igual que otro de esos atencinos que paseó el nombre de la villa más allá de nuestros horizontes, si bien casualmente no nació en Atienza, de donde eran sus padres y unos cuantos de sus ascendientes. Sebastián de Ucedo nació en Alejandría en el primer tercio del siglo XVII, sirvió en los ejércitos de aquella tierra, anduvo por Milán, el Piamonte y Lombardía; conoció las cortes europeas, sirvió al rey y dejó para la memoria del tiempo una buena colección de obras literarias en las que con frecuencia, al hablar de sus ascendentes, sale a relucir, como no podía ser de otra manera, el nombre de Atienza.

 

Manuel Fernández y González, el Dumas español

   Hablar de Manuel Fernández y González es hacerlo de uno de esos grandes escritores que han dado las tierras de España, a la altura de los franceses Víctor Hugo o los Dumas, con quienes compartió años de existencia, de éxito, y con los que se lo comparó.

   Su obra todavía está en gran medida por estudiar, ya que escribió más de trescientas novelas que lo hicieron gozar de una considerable fortuna, pues casi todas alcanzaron el éxito y el público las esperaba y devoraba, literalmente, de forma que, incapaz de escribir a mano tanto manuscrito, se valía de secretarios que lo hacían por él. Fernández y González dictaba y algunos de los muchos escritores, famosos posteriormente, que pasaron por su casa, trasladaba sus ideas al folio. En su gabinete se forjaron algunos flamantes literatos de la talla de Lucas Briceño o de Vicente Blasco Ibáñez. Como casi todo buen vividor bohemio que se precie, Fernández y González, que fue el mejor pagado de su tiempo, se arruinó y murió en la miseria, después de una vida de excesos, si bien su entierro fue de aquellos espectáculos que Madrid únicamente reserva a los grandes que patearon sus calles o a sus reyes. Dentro de la producción de Fernández y González queda, al menos, una obra significativa, seguro que hay más. Atienza será protagonista, a través de una de sus más conocidas novelas, La buena madre. En ella nos hace memoria de una Atienza lejana y algo desconocida, por la distancia en el tiempo. La de la regencia castellano-leonesa de María de Molina, pues en torno a ella se centra la novela. María de Molina es, por supuesto, La Buena Madre, su hijo, Fernando IV, pasó largas temporadas en Atienza, en la ya harto famosa “Torre de los Infantes” de nuestro castillo, anteriormente ocupada por otro infante más conocido que este, Alfonso VIII. Infantes que dieron nombre al recinto. Por la obra no ha de faltar uno de los hombres que extendió el nombre de Atienza más allá de los hoy confines provinciales, Gonzalo Ruiz.

   Serán parte, algunos de los personajes históricos de la villa, de la obra de José Muñoz Maldonado, Conde de Fabraquer; en tiempos en los que Lope de Estúñiga describió en romance la batalla que aquí se libró en 1446, durante la cual uno de sus partícipes, don Álvaro de Luna, quien tanto hizo a las armas como a las letras, puso punto final a una de sus obras: el “Libro de las claras e virtuosas mujeres”, mientras se reponía de las heridas que, en el transcurso de una de aquellas batallas, recibió cuando trató de conquistar la hoy llamada “Puerta de la Guerra”.

   Seguirían a Fernández y González y a Muñoz Maldonado escritores de talla más cercana, como José Ortega Munilla, y a este su hijo, José Ortega y Gasset, a la hora de dejar el nombre de Atienza impreso en sus obras; como lo hicieron y de ello dimos cuenta en estas páginas, Pío Baroja o Benito Pérez Galdós, elevando Atienza a la categoría de monumento literario.

   Un recorrido por sus calles, con la obra de cualquiera de los citados en la mano, nos conducirá, sin duda, a otros ambientes; a otras historias, por las que han de desfilar Gaspar Melchor de Jovellanos, de la mano de su tutor, Juan José Arias de Saavedra, en el entorno de la calle de Cervantes, junto a otro de los hombres que sacaron Atienza al mundo del libro, Antonio de Elgueta, cuyos blasones distinguen su casa de nacimiento, como lo hicieron posteriormente en el de su residencia murciana, a la que dedicó lo mejor de su pluma. Quizá, al abrigo de alguna de sus antiguas posadas, en las que hubo de alojarse Rafael Alberti cuando, vendedor de caldos de su tierra, aquí le compraron cinco cajas de vino y dos de coñac, por el año de gracia de 1920.

   Y es que, como el vino, Atienza maduró también a la literatura.

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara 24 julio de 2026


SEMBLANZAS DE ATIENZA

 

SEMBLANZAS DE ATIENZA

Nombres para su historia

 

 

 

   Puede que sea Atienza (Guadalajara), junto a Sigüenza, Brihuega y Molina de Aragón, una de las poblaciones con más historia de la hoy provincia de Guadalajara; mayor número de monumentos históricos, y mayor nómina de personajes que, desde la localidad han pasado a la historia, provincial y nacional.

   En las páginas siguientes recogemos una mínima nómina de nombres que hicieron historia. Por supuesto que no están todos, puesto que la nómina de personajes que hicieron historia en tiempo pasado, es infinita.

   Merecedores de páginas exclusivas son nombres como los de Juan Bravo, capitán comunero en Segovia, o del político Bruno Pascual Ruilópez, abocado al olvido.

   Nombres ligados a Atienza, por destino de oficio, que aquí hicieron historia, como Eduardo Contreras, quien desde su cargo en la oficina de Correos y Telégrafos colaboró intensamente en la vida cultural de Atienza, dejando su firma no sólo en la prensa provincial, también en la significativa revista “Atienza Ilustrada”.

   No pocos nombres históricos de Atienza fueron rescatados del olvido a través de la revista digital Atienza de los Juglares.

   Sin duda, a esta serie de nombres, los que completan esta “Semblanza”, para cuya confección hemos recurrido a las firmas y escritos conocidos, a fin de completar de ellos una mediana biografía, nunca enteramente lograda, seguirán más. Porque Atienza es grande en historia, monumentos, cultura y, por supuesto, gentes que hicieron historia. Como, de alguna manera, son los 175 nombres cuyas biografías o semblanzas se incluyen en esta obra.

 

 

 


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Detalles del LIBRO

  • ASIN ‏ : ‎ B0C63RZMKT
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published 
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 296 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8395904256
  • Peso del producto ‏ : ‎ 449 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 1.88 x 21.59 cm


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lunes, julio 20, 2026

EL INCENDIO DE PUEBLA DE BELEÑA

 

EL INCENDIO DE PUEBLA DE BELEÑA

El fuego terminó, en 1902, con la mayor parte de la población

 

   La botarga de Puebla de Beleña acostumbraba a salir la mañana de San Blas, que fue santo de amplia devoción en la provincia, al que aquí rindieron culto desde que se alzó su iglesia, a él dedicada, levantada tal y como hoy la conocemos a partir del siglo XVI. Y rindiendo cuenta a la tradición lo hizo en honor a San Blas, aunque ya no en el día de su Santo, sino en el domingo más próximo a la festividad. Y es que la despoblación obliga a amoldar las fiestas al día en el que los de fuera pueden llegar con más facilidad al pueblo.

   Puebla de Beleña, que llegó a contar en sus buenos tiempos con trescientos habitantes de vida y residencia, en la actualidad apenas tiene medio centenar de censados que, llevados a habitantes de población fija podría reducirse a la mitad.

   Antaño, en su día, la botarga aparecía recorriendo la población desde las primeras horas de la mañana, tocando a la puerta de los vecinos a fin de que estos despertasen al día festivo hasta que las campanas anunciaban la llegada de la hora de la misa mayor, en cuyo transcurso se exhibía la reliquia del Santo. San Blas, patrono de la garganta, es Santo de mucha devoción, y reliquias, en la provincia; con estancias de su vida en Albalate, Budia, Brihuega, Cifuentes, Escamilla, Pareja, Sigüenza, Sotodosos, Tortuero, Atienza, Uceda, Villanueva de Argecilla, Villaviciosa…

   La reliquia de Puebla sería dada a adorar a botarga primero y después a las autoridades y pueblo en general, tras cuyo acto tenía lugar la procesión que con el santo recorría las calles del pueblo, con el botarga por cabeza tratando de poner orden en la marcha, como suele en este tipo de actos, del mismo modo que, concluida la procesión, sería quien mantuviese el orden en la subasta de palos y cintas, antes de que la imagen del santo obispo de Sebaste regresase de nuevo al lugar que siempre ocupó, en el interior del templo. Ahora es más o menos igual que en tiempo pasados, pero con los toques modernos que acompañan la celebración; y el soniquete de la música de la dulzaina y el tambor siguiendo la danza botera y saltona del, o la botarga.

   Ya habían pasado con creces estas fechas, lo mismo que las de San Pedro y San Pablo, de devoción agrícola y pastoril por esta parte de la tierra en la que se ajustaron pastores, mozos, zagales y segadores; sucedió en pleno verano, la tarde del 26 de julio de 1902, una tarde que, acompañada de su noche, y de los días que siguieron, habría de pasar a la historia local…




 

El incendio de Puebla de Beleña

      El periodista Luis Cordavias, quien accidentalmente se encontraba aquel día en el Gobierno Civil de Guadalajara, sería uno de los primeros en conocer el suceso que encogió el espíritu de la provincia, y quien, a través de sus escritos, dejará constancia de lo ocurrido: Puebla de Beleña ardía por sus cuatro costados; allí se dirigía el Gobernador civil de la provincia, con las primeras autoridades, para conocer de primera mano lo que estaba acaeciendo, y ayudar en lo que posible fuese, y allá se dirigió Cordavias: “A la una de la tarde y en el furgón de un tren mercancías, salimos a toda máquina de esta ciudad, llegando un cuanto de tiempo después a la estación de Humanes, donde nos aguardaban las Autoridades de aquella localidad, juntamente con el acaudalado fabricante D. Segundo de Grandes Merino, quien se ofreció a acompañarnos al lugar del siniestro, poniendo a nuestra disposición una magnífica carretela de su propiedad. En las calles de Humanes presenciaron el paso del Sr. Gobernador todas las mujeres y niños del pueblo, saludándonos con simpatía. Los vecinos estaban todos, desde el día anterior, en el lugar del siniestro”.

   Una hora de viaje en la carretela del seguntino don Segundo costó a las autoridades y sus acompañantes llegar hasta la población, en la que no solo los vecinos de Humanes se encontraban, sino que al igual que estos, desde Tamajón a Cogolludo, corrida la voz, decenas de personas trataban de aliviar la triste situación en la que Puebla de Beleña se encontraba desde horas atrás: “El cuadro no podía ser más desconsolador, los hombres con las cabezas descubiertas nos estrechaban las manos expresando su gratitud; las mujeres y los niños lloraban con desconsuelo y allá en el fondo gran número de casas aparecían en ruinas. Despidiendo sus humeantes escombros axfisiante calor…”

   No había que lamentar desgracias personales para la fortuna del municipio, como les comentaría el cura de Robledillo, quien les daría cuenta imprecisa de lo que estaba sucediendo, o de lo que había sucedido, puesto que el pueblo había sido ya prácticamente devorado por las llamas; añadiendo que el fuego se inició a horas indeterminadas de la tarde anterior, dándonos cuenta del aspecto que ofrecía aquel día Puebla de Beleña: “El aspecto que ofrecía aquel reducido pueblo no podía ser más desastroso. Casas hundidas; muebles, enseres y cereales carbonizados; por todas partes montones de escombros y humeantes maderas. Una pobre viuda, con cinco pequeñas criaturas nos salió al paso, lanzando desconsoladores gritos; había perdido todo cuanto tenía y sus inocentes hijos se morían de hambre. Más allá, un anciano impedido y ciego, lloraba como un niño; no tenía más patrimonio que su casa y se le había quemado por completo. Todos procurábamos alentarles y nuestras palabras llevaban algún consuelo a sus atribulados espíritus”.

 

El fuego, y sus consecuencias

   El incendio comenzó a mediodía del sábado 26 de julio de manera casual, en tiempo en el que la lumbre permanecía encendida en la cocina noche y día, en una de las casas situadas en el centro de la población, desde donde, con la fuerza del viento que entonces soplaba, se fue extendiendo a las vecinas; siendo las mujeres y los niños los primeros en acudir a sofocar las llamas, puesto que la inmensa mayoría de los hombres se encontraban atentos a las faenas de recolección del cereal, en los campos cercanos.

   En total, al término del voraz suceso, más de una veintena de casas habían quedado reducidas a escombros, poco menos que la mitad de la población, y otras tantas familias quedaban prácticamente en la indigencia, siendo socorridas en las primeras horas por quienes pudieran salvar sus haciendas, y por los pueblos vecinos, iniciándose a continuación y a iniciativa de los periódicos provinciales una campaña de recogida de fondos para ayuda a los necesitados, en tanto desde el Gobierno civil se ponían a disposición de aquellos algunos de los pocos socorros que el tiempo y las circunstancias permitían. La campaña de recogida de fondos llegaría incluso a conocimiento de la Casa Real, remitiendo el Rey Alfonso XIII, desde su lugar de descanso veraniego, San Sebastián, mil pesetas que incrementar a las otras tantas que en los inicios del mes de agosto se llevaban recogidas.

   La tasación pericial llegaría a la conclusión de que los gastos ocasionados por el siniestro ascendían a algo más de cinco mil pesetas de la época, centradas: en las propiedades de Miguel Blas, Manuel Ramiro, Anastasia Cañeque y Joaquín de la Torre, que lo tenían todo asegurado, ascendiendo sus pérdidas a 5.228 pesetas con 50 céntimos, que el seguro puso inmediatamente a disposición de los siniestrados…

   Nada se nos decía de quienes no contaban con seguro de incendios, que eran la mayoría de los afectados. Que serían socorridos con lo recaudado en las suscripciones públicas, que alcanzaría a algo más de tres mil seiscientas pesetas.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 17 de julio de 2026


PUEBLA DE BELEÑA: PÁGINAS PARA SU HISTORIA

 PUEBLA DE BELEÑA: PÁGINAS PARA SU HISTORIA

 

   A las puertas de la Sierra Norte de Guadalajara, entre las importantes e históricas villas de Tamajón y Cogolludo se formó, poco después de la Reconquista, en torno al imponente y enriscado castillo de Beleña de Sorbe, la tierra de Beleña. Tierra de la que formaron parte la propia villa de Beleña de Sorbe con sus vecinas de La Puebla de Beleña, la Torre de Beleña, Aleas, Muriel y algunas otras, hoy en la memoria.

   A través de las páginas siguientes tratamos de acercarnos a la historia común de esta tierra y, en particular, a Puebla de Beleña.

 

 El libro, pulsando aquí

SUMARIO GENERAL:

-I-

LA GEOGRAFÍA DE PUEBLA DE BELEÑA

Pág. 9

La tierra y el entorno

Demografía. Evolución de la población

Puebla de Beleña en los manuales: Los Diccionarios

 

-II-

TIEMPO DE HISTORIA

Pág. 25

Tiempos antiguos

 

-III-

PUEBLA DE BELEÑA

ENTRE EL MEDIEVO Y LA MODERNIDAD

Pág. 37

Los Señores de Beleña, en el tiempo

 

-IV-

PUEBLA DE BELEÑA, SIGLO XVIII

Pág. 53

El Catastro de Ensenada

 

-V-

ELSIGLO XIX EN PUEBLA DE BELEÑA

Pág. 69

El 2 de mayo

Las guerras carlistas

La vida municipal

En torno al Pósito

La asistencia médica y farmacéutica

Horno de pan cocer

Zofra y adra o hacendera (prestación personal)

El fin de un siglo

 

-VI-

PUEBLA DE BELEÑA EN EL SIGLO XX

Pág. 97

El incendio de Puebla

Unas notas festivas

Misiones Pedagógicas

LA TRADICIÓN: La Botarga de San Blas, en Puebla de Beleña

 

Apéndices

Pág.127

Respuestas al Interrogatorio para el Establecimiento de la Única Contribución (Catastro de Ensenada)




lunes, julio 13, 2026

EL PUENTE DE TRILLO SOBRE EL RÍO TAJO

 

EL PUENTE DE TRILLO SOBRE EL RÍO TAJO

Un puente, con una larga historia detrás

 

   Doscientos años se cumplen por ahora desde que el 18 de julio de 1826, debemos de entender que de simbólica manera y adaptando la situación a nuestros tiempos, se cortó la cinta inaugural del magnífico puente que sobre el río Tajo se ha convertido a través del tiempo en uno de los emblemas de Trillo, una localidad que tanto puede presumir de esto, de su elegante puente, como del paso del río más singular de la provincia, el Tajo, o de unir en su casco las de este con las del Cifuentes, cuyas aguas parecen correr a través de sus cascadas en busca de las aguas mayores que recorren de un extremo a otro la provincia.

 




Trillo: algo de su historia

   A la tierra de Atienza, como tantas localidades más de la hoy provincia de Guadalajara, perteneció Trillo desde que se tiene memoria, para pasar un par de siglos después de que aquella tierra o común se formase, a poder del conocido caballero don Juan Manuel, hijo del infante don Manuel, que tantas páginas literarias y de historia dejó escritas en nuestra bendita tierra de Guadalajara. Antes de que ello acaeciese tiene Trillo su novela histórica a través de las páginas que escribieron por su posesión don Pero García, doña Mayor, su viuda, o Garci Pérez, a cuyas aventuras nos invita a acudir la propia historia de la villa.

   A don Juan Manuel, quien tanto tiempo tuvo para la batalla y la literatura, se atribuye la edificación de lo que fue el castillo de la villa en los guerreros años del siglo XIV, a partir de 1322, castillo que maltratado por el tiempo y las batallas, luego de que las tropas de Napoleón, en los años que mediaron entre 1808 y 1814, lo desportillasen en lo más de sus murallas el 23 de octubre de 1810, terminó por derrumbarse antes de mediar el siglo XIX.

   Trillo, con don Juan Manuel, pasaría a integrarse en sus señoríos de Cifuentes, antes de que fuese desposeído de ellos, se integrasen en los señoríos de la corona y de que Juan II los pusiese en manos de otra de las familias todopoderosas de la tierra alcarreña, los Silva, que llegaron de Portugal para quedarse por aquí.

   Vivieron sus vecinos del tráfico de la madera que descendió por las aguas del Tajo, desde las tierras altas de Molina hasta las domadas de Aranjuez, disponiendo a la vera de la población, por donde hoy se despeñan las aguas del Cifuentes, como industrias mayores, de algunos conocidos artefactos, sierras de madera, movidas por el despeñarse del agua, consideradas por Ambrosio de Morales en el siglo XVIII como: “invención de mucho ingenio”; no faltaron, como tierra de muchos caudales, los molinos de agua.

   En 1630 obtuvo del rey Felipe IV el derecho de villazgo alzando en señal de ello la correspondiente picota o rollo, y su horca, levantada en el cerro del que tomó el nombre, donde ajusticiar a los condenados.

  Del paso de las tropas austriacas en 1710, durante la Guerra de Sucesión que llevó al trono al rey Borbón, Felipe V, se escribió que, entre el 6 y el 10 de diciembre, las tropas comandadas por el conde de las Atalayas estuvieron a punto de hacer desaparecer la población: “…padeció Trillo la tala de sus montes y plantíos, la destrucción de sus colmenas y ganados, la quema de las maderas de su tráfico, y de más de doscientas casas, de forma que sólo quedaron en pie doscientas ochenta; la rapiña de sus alhajas y dinero, la vejación y cruel trato de sus vecinos, el saqueo de su pósito, archivo e iglesia y, en una palabra los horrores de la guerra todos juntos”. Horrores guerreros que volverían a vivirse un siglo después; cuando los franceses volaron lo que quedaba del castillo, saquearon la población y persiguieron hasta casi la muerte, a su cura párroco, que les plantó cara, don Esteban Llorente, quien para librarse de la seguridad de la muerte hubo de acudir al refugio de su tierra natal, Villares del Alto Rey, o de Jadraque.

 

El puente de Trillo sobre el rio Tajo

   El cronista provincial Sr. García López nos indica, en cuanto al monumental puente que permite el cruce del Tajo, y que tan disputado fue en todo tiempo en época de confrontación bélica, que: “Si existía ya en la Edad Media no tenemos de ello datos documentales ni arqueológicos. Los autores de la relación topográfica que se escribió en 1580 hablan de la puente de cal y canto de sillería, que atraviesa todo el río, de un solo ojo y confina con las mismas casas de dicho lugar; pero en la obra actual, muy reformada en tiempos de Carlos III, (hacía 1770) cuando se establecieron las famosas termas, no es fácil distinguir lo antiguo de lo moderno y aun consta la obra de un solo ojo. En 1811 lo rompieron los franceses, por allí de continuo apretados por los guerrilleros nacionales, pero después de la guerra se reparó…”

   La solicitud para su reparación partió de un oficio que el Concejo envió al Consejo del Reino en 1817, en la que, nos continúa diciendo García López, se pedía que “se procediese a reparar el puente tan dañado por los enemigos, y decían que era obra útil y magnífica, y al parecer, de los últimos tiempos de los árabes”. Indudablemente, y como muy lejano en el tiempo, el puente debió de levantarse en aquel siglo XVI de que nos hablan las relaciones topográficas.

   No fue respondida de inmediato la solicitud del Concejo, pues todavía pasarían dos años más antes de que desde la ya creada Diputación provincial e Intendencia de la provincia, sin duda por el importante beneficio que resultaba para cuantas personas se dirigían a los más que famosos “Baños”, volvieron nuevamente a solicitar en esta ocasión del rey, la reparación de aquella necesaria obra. El resultado de las comunicaciones dio pie a que Fernando VII insinuase al entonces obispo diocesano, don Manuel Fraile García, que fuese él quien se pusiese al frente y costease tan magnífica reparación.  Por fin el puente, cuyas obras dieron comienzo en 1821, estaba concluido para 1826, cuando el obispo mandó “situar a la entrada del puente, por la parte de Trillo, una columna de piedra con esta inscripción”:   

 

Reynando el Señor Don Fernando VII, se reedificó este puente volado por el Exército invasor de Napoleón en 23 de octubre de 1810 en su vergonzosa y precipitada fuga. Monumento eterno del heroísmo de los Españoles, de los Paternales desvelos de S.M. y de la gloria de su trono.

A 18 de julio de 1826.

 

   Curiosamente, cuando el obispo quiso asistir con motivo de la inauguración, a ver el puente, “y situándose a media legua de distancia, en el monasterio de Ovila, a las orillas del Tajo, recibió oficio en que el Sr. Ministro de Gracia y Justicia, D. Francisco Tadeo Calomarde, le participaba desde Solar de Cabras, con fecha 22 de junio (de 1826) la intención de SS.MM. D. Fernando VII y su esposa Dª María Josefa Amalia, de venir a Sigüenza el 5 de agosto siguiente y hospedarse en el palacio episcopal. La venida de SS.MM. se atribuyó principalmente al deseo de la virtuosísima reina Amalia de visitar las reliquias de nuestra Patrona, Santa Librada, a fin de alcanzar del Señor, por la intercesión de la Santa, la suspirada sucesión para estos reinos”. La reina falleció de fiebres, tres años después, sin dejar herederos al trono.

   Doscientos años redondos, se cumplen de aquellos días en los que, el puente, comenzó a verse como hoy se ve.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 10 de julio de 2026


TRILLO; HISTORIA Y CRÓNICA DE LA VILLA

 

 TRILLO; Historia y Crónica de la Villa y su Balneario

 

De Trillo (Guadalajara), mucho es lo que se ha escrito, y mucho lo que queda por escribir, de su historia, de sus baños, aguas, balneario…

   Las que siguen son páginas que tratan de contribuir al conocimiento de su pasado, a continuar con aquellas que, en 1853, nos decían que…

 

   Con amenos paisajes y saludables aguas bríndale al río Cifuentes caminar dos leguas hacía mediodía el frecuentado pueblo de Trillo, recostado en la pendiente de un valle, entre risueñas cascadas, en la confluencia del inquieto Cifuentes y del verdoso Tajo, que fertilizan al par su vega y ponen en movimiento su reducida industria. Mejor que por esta, casi destruida en las sangrientas vicisitudes de la guerra de sucesión, mejor que por los vestigios de cierta población antigua algo más oriental, llamada vulgarmente Villavieja, se distingue Trillo por sus famosos baños, erigidos en el reinado de Carlos III, que casa verano atraen una variada concurrencia en busca de salud o de esparcimiento. Sus nuevos edificios blanqueando entre copudos olmos, cabe el río que serpea por la deliciosa cañada, aparecen a vista de pájaro desde las alturas que se encrespan al mediodía; ni a las peñas faltan, en toda la extensión dela cordillera, frondosa vegetación y caprichosos y extraños cortes, descollando entre ellas ocho leguas a la redonda las tetas de Viana, cuyo nombre toman del pueblo situado a su opuesta falda…

 Paisajes y Bellezas de España

Trillo, 1853

 

El libro, pulsando aquí

 

SUMARIO:

-I-

La tierra, la geografía y el entorno

Pág. 15

La Alcarria; Trillo, en los manuales o diccionarios; El Despoblado de Villavieja; Demografía de Trillo

 

-II-

Entre los tiempos remotos, y la reconquista

Pág. 33

Páginas para la Historia

 

-III-

El Señorío de Trillo

Pág. 45

Don Juan Manuel; El Castillo de Trillo; Doña Constanza Manuel, Señora de Cifuentes y Trillo

 

-IV-

El Condado de Cifuentes, Señores de Trillo

Pág. 61

Los Condes de Cifuentes

 

-V-

Trillo hasta el Siglo XVI

Pág. 77

Las Relaciones Topográficas de Felipe II; Trillo, de Lugar a Villa

 

-VI-

Trillo en el siglo XVIII

Pág. 91

El Conde de las Atalayasen Trillo; Cifuentes y el Catastro de Ensenada; El interrogatorio de Tomás López

 

-VII-

¡Guerra a los franceses!

Pág. 110

El 2 de Mayo; Los Condes del Siglo XIX

 

-VIII-

Trillo, Siglo XIX

Pág.  125

Las Guerras Carlistas; Trillo en los tiempos del Cólera; Los Baños de Trillo, 1850; La Feria y Mercado de Trillo; Recuerdos y Bellezas de España, Trillo, 1853; El final de un Siglo

 

-IX-

El Patrimonio Histórico

Pág. 163

La Iglesia Parroquial de Nuestra Señora; El Lignum Crucis; El Retablo del Maestro de Santamera; El Puente de Carlos III

 

Apéndices

Pág. 195

La Batalla de Trillo, junio 1810

 

-X-

EL MONASTERIO DE ÓVILA

Pág. 177

 

SUMARIO:

-I-

La tierra, la geografía y el entorno

Pág. 15

-II-

Entre los tiempos remotos, y la reconquista

Pág. 33

-III-

El Señorío de Trillo

Pág. 45

-IV-

El Condado de Cifuentes, Señores de Trillo

Pág. 61

-V-

Trillo hasta el Siglo XVI

Pág. 77

-VI-

Trillo en el siglo XVIII

Pág. 91

-VII-

¡Guerra a los franceses!

Pág. 110

-VIII-

Trillo, Siglo XIX

Pág. 125

-IX-

El Patrimonio Histórico

Pág.163

-X-

EL MONASTERIO DE ÓVILA

Pág. 177

Apéndices

Pág. 195

La Batalla de Trillo, junio 1810

 

El libro, pulsando aquí

 



lunes, julio 06, 2026

UN ECLIPSE POR TODO LO ALTO

 

UN ECLIPSE POR TODO LO ALTO

Desde Miralrío, el 18 de julio de 1860

 

   Aquel eclipse de 1860, que había de tener lugar el 18 de julio, habría de vivirse en la provincia de Guadalajara en torno al mediodía, pasada la una y antes de las dos. De lo que habría de suceder, antes y después, se habló durante meses en la prensa sobre lo que podría, o no, ocurrir; con animales, plantas, personas e, incluso, con el sol y la luna.

   El Gobierno del reino, reinaba la majestad de doña Isabel II, por aquello de que España, a nivel europeo, era uno de los lugares en los que por las condiciones geográficas mejor podía seguirse, designó una serie de lugares en los que serían recibidos científicos y astrónomos de medio mundo. Lugares tan atrayentes como los altos picachos de la provincia de Guadalajara, los cántabros, por aquello de que por allí vendría; y las costas valencianas, por donde nos diría adiós.




 

La Reina y el Duque de Montpensier

   Tanta expectación levantó el asunto que la Reina anunció que iría allí donde mejor se viese el enlace entre los astros. Y, como no podía ser menos, lo mismo anunció su cuñado, don Antonio. Tanto cariño se tenían la Reina y su cuñado, el Duque de Montpensier, que si la reina anunciaba que iría a Atienza, al día siguiente lo anunciaba el duque, con lo que la reina, al tercero, daba cuenta de que lo vería en lugar diferente, y… terminaron viéndolo, el duque en Sagunto y la reina en Aranda de Duero, pues ninguno de ellos quiso coincidir en el mismo punto.

   Sucedía que nuestra provincia, tan avanzada para según qué cosas pecaba de comunicaciones. Atienza y Jadraque fueron los puntos centrales señalados por el Gobierno para recibir a las comisiones extranjeras. El problema estaba en que, sin ferrocarril ni carreteras, no resultaba fácil hacer llegar a los científicos a su punto de observación. Por lo que uno de los ejes centrales se situó en la cima del Moncayo. Los europeos, desde Europa, podían llegar cómodamente hasta Tudela y desde allí tomar una reata de mulas arrieras que los subiese a la cumbre. Que así lo hicieron, entre otros, don Léon Foucault, el del péndulo, que además era un entendido fotógrafo. Advertencias las clásicas para la época: se tuviese cuidado, en el momento del suceso, con los caballos, ya que se detendrían en seco en el momento en que el día se hiciese noche, aunque por segundos fuere; con las aves, que volando dejarían de hacerlo y podían caer encima del paseante descalabrando al menos precavido… Cosas por el estilo.

   Claro está que los reverendos párrocos de aldeas, lugares y villas, en previsión y para ponerse, quien lo deseare, a bien con el Altísimo, anunciaron que durante los días previos, y en los momentos de mayor gravedad, mantendrían abiertas de par en par las puertas de iglesias y capillas, con exposición permanente del Santísimo para invocar el celestial consuelo.

   Hubo alcalde que, hechas cuentas y tratando de calmar a sus administrados, emitió bando con significativa elocuencia en la que venía a decirles que no habían de temerse cosas malas; que esto de los eclipses ya venía sucediendo desde siglos atrás en Europa, y el que sucediese en España era algo bueno, nos hermanaba con los europeos

 

El ferrocarril, a su paso por Guadalajara

   Se estaba llevando a cabo, por aquellos días, la construcción de la vía férrea que desde Madrid, siguiendo la línea del Henares atravesaría Guadalajara para llegar a Zaragoza primero y Barcelona después. La línea férrea que trazó, o de la que sacó tajada, nuestro amigo el bueno de don José de Salamanca y Mayol, marqués de su apellido después. E ideó don José la manera de que el eclipse se convirtiese en el lanzamiento publicitario de su vía férrea, desde Madrid hasta las cercanías de Jadraque, tramos que ya estaban, más o menos, en función.

   Encargó a su hijo, don Fernando, la expedición que había de llevar al confín del mundo, es decir, Atienza o Jadraque, a los expedicionarios: el marqués de la Vega de Armijo, el duque de Sexto; diputados, senadores, banqueros… La flor y nata de las glorias del reino. Que pudo, también, llevar a Su Majestad la Reina y a Su Alteza, el Duque de Montpensier, aunque estos declinaron la invitación. Se montó un convoy especial que, desde Madrid, los llevase hasta… donde pudiera llegar. Madrugaron, pues el tren salió a las siete y media de la mañana, con previsión de llegar, a donde fuese, a eso de la una del mediodía.

   A las nueve y media de la mañana llegaron a Guadalajara, dos horas en tren pasan volando, aunque abren el apetito, por lo que en nuestra capital se sirvió a los invitados un suculento desayuno a base de chocolate con picatostes sin descender de sus coches correspondientes, mientras se daba tiempo a que llegase, para unirse a la comitiva, el señor Gobernador Civil de la Provincia, D. Pedro Celestino Argüelles, con otros altos representantes de las Alcarrias. Como don José de Salamanca pensó en todo, incluso en lo de que les entraría la gazuza por el camino se llevó, para aplacar los estómagos más exigentes, a quien entonces era, en la capital del reino, el mago de los fogones. Don Emilio Lhardy. El del figón de la Carrera de San Jerónimo.

 

El eclipse, desde los altos de Miralrío

   Los excursionistas se entretuvieron demasiado escuchando las ventajas que, en torno a la vía férrea y sus puentes, les fueron detallando los ingenieros, de modo que cuando quisieron darse se les echó la hora encima. El jefe de la expedición advirtió que ni a Jadraque podrían llegar, por lo que tres o cuatro kilómetros antes de alcanzar los pies del castillo del Cid hubieron de descender sus señorías. Previsto estaba el por si acaso, y los arrieros de los pueblos vecinos prevenidos con sus caballerías para subir a sus excelencias a los altos de Miralrío donde, abierta a propios y extraños, como en media España, se encontraba la iglesia. Condes, duques, marqueses, y banqueros, que quisieron asumir el riesgo, tomaron por la embocadura de la escalera de la torre de la iglesia hasta llegar a su campanario poco antes de que, allá en el horizonte, sol y luna comenzasen el baile que preludia la cópula astral. Extasiados contemplaron el evento. Tanto que el cronista de la expedición, escribió: Hacía el Norte y a una distancia que perfectamente se dominaba con la vista se destacó majestuosa la sombra que debía recorrer 2.000 leguas y que pasó el horizonte en pocos segundos. Hacía el sur se descubría el día, aunque modificada su claridad. Y en Miralrío se retrocedió a los primeros crepúsculos de la mañana. Dudamos que pueda ser más placentero observar un eclipse total bajo la zona de completa sombra que en el término medio elegido por la comitiva de aficionados a quienes con tanta finura obsequió la empresa de los ferrocarriles …

   Después llegó el suculento ágape, preparado por el Sr. Lhardy junto al castillo de Jadraque, para celebrar que no pasó nada. Que la tierra, y la Naturaleza, siguieron su curso.

   Bueno, descalabrados hubo. De aquellos que, por mejor ver, se subieron a los árboles, torres y tejados y, de la emoción, dieron con sus huesos en el suelo. Pero ni pararon en seco los caballos, ni se helaron las fuentes, ni corrieron a ocultarse las gallinas, ni se desplomaron los pájaros.

   Lo que está claro es que, desde los altos de Miralrío, se tiene una de las mejores vistas de la provincia y, sin duda, de los eclipses de sol.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 3 de julio de 2026


ELMONCAYO DE FOUCAULT

EL MONCAYO DE FOUCAULT


El 18 de julio de 1860 tuvo lugar uno de los mayores eclipses de sol conocidos hasta aquella época. Hubo otro anterior, en la década de 1840, pero faltaron los medios suficientes para seguirlo. 

EL MONCAYO DE FOUCAULT. El libro, pulsando aquí


Para 1860 la ciencia astronómica había avanzado lo suficiente como para tener un cono-cimiento más exacto del tiempo de duración así como de la línea que seguiría y de los lugares desde donde mejor poderlo observar. 

De entre toda Europa, y a través de los distintos observatorios, se llegó a la conclusión de que España era el lugar más apropiado para la observación. Lo que sucedió en el Moncayo aquel 18 de julio de 1860, aquí se cuenta.