lunes, julio 06, 2026

UN ECLIPSE POR TODO LO ALTO

 

UN ECLIPSE POR TODO LO ALTO

Desde Miralrío, el 18 de julio de 1860

 

   Aquel eclipse de 1860, que había de tener lugar el 18 de julio, habría de vivirse en la provincia de Guadalajara en torno al mediodía, pasada la una y antes de las dos. De lo que habría de suceder, antes y después, se habló durante meses en la prensa sobre lo que podría, o no, ocurrir; con animales, plantas, personas e, incluso, con el sol y la luna.

   El Gobierno del reino, reinaba la majestad de doña Isabel II, por aquello de que España, a nivel europeo, era uno de los lugares en los que por las condiciones geográficas mejor podía seguirse, designó una serie de lugares en los que serían recibidos científicos y astrónomos de medio mundo. Lugares tan atrayentes como los altos picachos de la provincia de Guadalajara, los cántabros, por aquello de que por allí vendría; y las costas valencianas, por donde nos diría adiós.




 

La Reina y el Duque de Montpensier

   Tanta expectación levantó el asunto que la Reina anunció que iría allí donde mejor se viese el enlace entre los astros. Y, como no podía ser menos, lo mismo anunció su cuñado, don Antonio. Tanto cariño se tenían la Reina y su cuñado, el Duque de Montpensier, que si la reina anunciaba que iría a Atienza, al día siguiente lo anunciaba el duque, con lo que la reina, al tercero, daba cuenta de que lo vería en lugar diferente, y… terminaron viéndolo, el duque en Sagunto y la reina en Aranda de Duero, pues ninguno de ellos quiso coincidir en el mismo punto.

   Sucedía que nuestra provincia, tan avanzada para según qué cosas pecaba de comunicaciones. Atienza y Jadraque fueron los puntos centrales señalados por el Gobierno para recibir a las comisiones extranjeras. El problema estaba en que, sin ferrocarril ni carreteras, no resultaba fácil hacer llegar a los científicos a su punto de observación. Por lo que uno de los ejes centrales se situó en la cima del Moncayo. Los europeos, desde Europa, podían llegar cómodamente hasta Tudela y desde allí tomar una reata de mulas arrieras que los subiese a la cumbre. Que así lo hicieron, entre otros, don Léon Foucault, el del péndulo, que además era un entendido fotógrafo. Advertencias las clásicas para la época: se tuviese cuidado, en el momento del suceso, con los caballos, ya que se detendrían en seco en el momento en que el día se hiciese noche, aunque por segundos fuere; con las aves, que volando dejarían de hacerlo y podían caer encima del paseante descalabrando al menos precavido… Cosas por el estilo.

   Claro está que los reverendos párrocos de aldeas, lugares y villas, en previsión y para ponerse, quien lo deseare, a bien con el Altísimo, anunciaron que durante los días previos, y en los momentos de mayor gravedad, mantendrían abiertas de par en par las puertas de iglesias y capillas, con exposición permanente del Santísimo para invocar el celestial consuelo.

   Hubo alcalde que, hechas cuentas y tratando de calmar a sus administrados, emitió bando con significativa elocuencia en la que venía a decirles que no habían de temerse cosas malas; que esto de los eclipses ya venía sucediendo desde siglos atrás en Europa, y el que sucediese en España era algo bueno, nos hermanaba con los europeos

 

El ferrocarril, a su paso por Guadalajara

   Se estaba llevando a cabo, por aquellos días, la construcción de la vía férrea que desde Madrid, siguiendo la línea del Henares atravesaría Guadalajara para llegar a Zaragoza primero y Barcelona después. La línea férrea que trazó, o de la que sacó tajada, nuestro amigo el bueno de don José de Salamanca y Mayol, marqués de su apellido después. E ideó don José la manera de que el eclipse se convirtiese en el lanzamiento publicitario de su vía férrea, desde Madrid hasta las cercanías de Jadraque, tramos que ya estaban, más o menos, en función.

   Encargó a su hijo, don Fernando, la expedición que había de llevar al confín del mundo, es decir, Atienza o Jadraque, a los expedicionarios: el marqués de la Vega de Armijo, el duque de Sexto; diputados, senadores, banqueros… La flor y nata de las glorias del reino. Que pudo, también, llevar a Su Majestad la Reina y a Su Alteza, el Duque de Montpensier, aunque estos declinaron la invitación. Se montó un convoy especial que, desde Madrid, los llevase hasta… donde pudiera llegar. Madrugaron, pues el tren salió a las siete y media de la mañana, con previsión de llegar, a donde fuese, a eso de la una del mediodía.

   A las nueve y media de la mañana llegaron a Guadalajara, dos horas en tren pasan volando, aunque abren el apetito, por lo que en nuestra capital se sirvió a los invitados un suculento desayuno a base de chocolate con picatostes sin descender de sus coches correspondientes, mientras se daba tiempo a que llegase, para unirse a la comitiva, el señor Gobernador Civil de la Provincia, D. Pedro Celestino Argüelles, con otros altos representantes de las Alcarrias. Como don José de Salamanca pensó en todo, incluso en lo de que les entraría la gazuza por el camino se llevó, para aplacar los estómagos más exigentes, a quien entonces era, en la capital del reino, el mago de los fogones. Don Emilio Lhardy. El del figón de la Carrera de San Jerónimo.

 

El eclipse, desde los altos de Miralrío

   Los excursionistas se entretuvieron demasiado escuchando las ventajas que, en torno a la vía férrea y sus puentes, les fueron detallando los ingenieros, de modo que cuando quisieron darse se les echó la hora encima. El jefe de la expedición advirtió que ni a Jadraque podrían llegar, por lo que tres o cuatro kilómetros antes de alcanzar los pies del castillo del Cid hubieron de descender sus señorías. Previsto estaba el por si acaso, y los arrieros de los pueblos vecinos prevenidos con sus caballerías para subir a sus excelencias a los altos de Miralrío donde, abierta a propios y extraños, como en media España, se encontraba la iglesia. Condes, duques, marqueses, y banqueros, que quisieron asumir el riesgo, tomaron por la embocadura de la escalera de la torre de la iglesia hasta llegar a su campanario poco antes de que, allá en el horizonte, sol y luna comenzasen el baile que preludia la cópula astral. Extasiados contemplaron el evento. Tanto que el cronista de la expedición, escribió: Hacía el Norte y a una distancia que perfectamente se dominaba con la vista se destacó majestuosa la sombra que debía recorrer 2.000 leguas y que pasó el horizonte en pocos segundos. Hacía el sur se descubría el día, aunque modificada su claridad. Y en Miralrío se retrocedió a los primeros crepúsculos de la mañana. Dudamos que pueda ser más placentero observar un eclipse total bajo la zona de completa sombra que en el término medio elegido por la comitiva de aficionados a quienes con tanta finura obsequió la empresa de los ferrocarriles …

   Después llegó el suculento ágape, preparado por el Sr. Lhardy junto al castillo de Jadraque, para celebrar que no pasó nada. Que la tierra, y la Naturaleza, siguieron su curso.

   Bueno, descalabrados hubo. De aquellos que, por mejor ver, se subieron a los árboles, torres y tejados y, de la emoción, dieron con sus huesos en el suelo. Pero ni pararon en seco los caballos, ni se helaron las fuentes, ni corrieron a ocultarse las gallinas, ni se desplomaron los pájaros.

   Lo que está claro es que, desde los altos de Miralrío, se tiene una de las mejores vistas de la provincia y, sin duda, de los eclipses de sol.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 3 de julio de 2026


ELMONCAYO DE FOUCAULT

EL MONCAYO DE FOUCAULT


El 18 de julio de 1860 tuvo lugar uno de los mayores eclipses de sol conocidos hasta aquella época. Hubo otro anterior, en la década de 1840, pero faltaron los medios suficientes para seguirlo. 

EL MONCAYO DE FOUCAULT. El libro, pulsando aquí


Para 1860 la ciencia astronómica había avanzado lo suficiente como para tener un cono-cimiento más exacto del tiempo de duración así como de la línea que seguiría y de los lugares desde donde mejor poderlo observar. 

De entre toda Europa, y a través de los distintos observatorios, se llegó a la conclusión de que España era el lugar más apropiado para la observación. Lo que sucedió en el Moncayo aquel 18 de julio de 1860, aquí se cuenta.

lunes, junio 29, 2026

LOS HERMANOS PASCUAL RUILÓPEZ, PROTECTORES DE ATIENZA

 

LOS HERMANOS PASCUAL RUILÓPEZ, PROTECTORES DE ATIENZA

Bruno, Antonio y Francisca se convirtieron en una auténtica institución social

 

      Casi setenta años han pasado desde que abandonó estos mundos Francisca Pascual Ruilópez, última representante de una familia que dejó su nombre inscrito en la Atienza de la primera mitad del siglo XX; junto a ella destacaron dos de sus hermanos, Bruno y Antonio; a ellos se debe el que algunas de las tradiciones más significativas de la villa continúen vivas, o que a la entrada de la población se mantenga uno de los edificios más emblemáticos, el que fuese Hospital de Santa Ana.

 



Bruno Pascual, el político

   Sin duda, fue Bruno uno de los hombres más conocidos en el entorno de la Serranía desde la última década del siglo XIX hasta su fallecimiento, en Madrid, el 13 de marzo de 1921. Había nacido en Atienza el 6 de octubre de 1858, en una de las casas más significativas de la población, ya que antes de ser hogar para funcionarios municipales, su padre fue Secretario Municipal a lo largo de varias décadas, al igual que su abuelo, ostentó el honroso título de Casa del Concejo, o Ayuntamiento de la Villa.

   Destacó Bruno Pascual en Atienza por sus labores sociales, prestando dinero sin interés a los agricultores, enemistándose de esa manera con los prestamistas oficiales, o dotando a los colegios, iglesia u hospital de algunas de las cosas que necesitaban. Siendo protector del Hospital de Santa Ana, reparado en la década de 1915-25 gracias a su intervención, costeando las obras, a fin de dedicarlo a colegio infantil, creando junto a su hermana Francisca la primera fundación social para mantenerlo. Igualmente dotó a las parroquias de multitud de objetos sacros, principalmente a los patronos del pueblo, el Santo Cristo y la Virgen de los Dolores de Atienza, a cuya imagen donó en 1909 el famoso Rosario de Faroles que en la actualidad acompaña las procesiones de Semana Santa, estrenado el Viernes de Dolores de 1910.

   Atienza le rindió innumerables homenajes, nombrándole igualmente Hijo Predilecto de la localidad, y situando una placa en su casa natal, así como dando su nombre a la plaza de San Juan del Mercado, en la que vivió y nació.

 

Antonio Pascual Ruilópez

   Antonio nació en 1862 y, como su hermano, llevó a cabo estudios superiores tras su paso por el Instituto Provincial. En la Universidad madrileña cursaría Agronomía. Regresó a Guadalajara en 1891 para desempeñar el cargo de catedrático interino de agricultura en el Instituto, cargo que abandonó en 1896 al aprobar las oposiciones al cuerpo de Agrónomos del Estado, siendo destinado a Pontevedra y desempeñando diversos cargos en el Ministerio de Agricultura, alcanzando el de Ingeniero Jefe de segunda clase, del que se jubiló en el mes de marzo de 1924.

   Recorrió Logroño, Santander y Álava, para establecerse definitivamente en Madrid a partir del mes de octubre de 1911, tras ser nombrado profesor de Ampelografía, Viticultura y Enología de la escuela especial de Ingenieros Agrónomos. Posteriormente profesor de Horticultura y Jardinería de la Granja Central de Castilla, dependiente del Estado. En el tiempo que ocupó el cargo en las provincias de Logroño y Álava se mejoraron las plantaciones de viñedo, comenzando a experimentar sus productos una gran expansión. Siendo comisionado por el Gobierno para el estudio de la fabricación de vinos y plantación de viñedos en La Rioja.

   Falleció de forma repentina en Ávila, donde se encontraba pasando una temporada vacacional, el 29 de julio de 1930, siendo trasladado su cuerpo a Madrid para recibir sepultura en la sacramental de San Isidro.

 

Francisca Pascual Ruilópez

   Francisca nació en 1865, trasladándose a Madrid junto a su hermano Bruno en la década de 1890. En Madrid contrajo matrimonio en los primeros años del siglo XX con un prestigioso abogado, enviudando poco tiempo después del matrimonio. Persona, al igual que el resto de la familia, de marcadas creencias religiosas, guardó gran devoción al Santo Cristo de Atienza y la Virgen de los Dolores, a los que tanto ella como sus hermanos dotaron con diferentes obras, entre ellas la corona de plata de la patrona, acogiendo incluso la reforma de sus respectivas capillas.

   Desde muy joven se significó como una personalidad dentro de la sociedad atencina, así como de la de la provincia de Guadalajara, tanto por su elevada clase social como por la personalidad de sus hermanos; heredando a la muerte de Bruno la representatividad familiar en esos actos, religiosos y políticos en los que la familia se significó, señalándose como una firme defensora del gobierno de Miguel Primo de Rivera, hasta el punto de ser en Atienza la madrina de los somatenes. Fue aquel sin duda el acto formal en el que se convirtió en madrina del somaten atencino, al que pertenecía toda la alta clase social de Atienza, desde su alcalde a maestros o veterinarios, así como gran parte del pueblo, el acto más significativo que se vivió en Atienza en aquel periodo. La entrega y bendición de la bandera a los somatenes de Atienza tuvo lugar el 17 de septiembre de 1929 y traspasó los límites de la provincia, siendo recogida incluso por la prensa de Madrid.

   A la muerte de sus hermanos continuó sosteniendo las capillas de la Virgen de los Dolores y del Santo Cristo, a las que Bruno Pascual había beneficiado en su testamento, al igual que ella haría en el suyo propio, dictado en Madrid, ante el notario Rafael Núñez Lagos, el 18 de febrero de 1958.

   El testamento, extenso en dotaciones de misas y legados, contenía alguna que otra cláusula de obligado cumplimiento por sus testamentarios contadores; lo eran su abogado de Madrid, don Francisco García Astigarraga, y su administrador en Atienza. Tras dar cumplimiento al legado familiar dejando su parte a los herederos que consideraba forzosos, descendientes de su hermano Antonio y su sobrina Loreto, hacía diversas particiones entre gentes de la villa, reservando una parte de su capital para continuar manteniendo otra de las instituciones que habían sido emblemáticas para la familia, desde que su hermano decidiera invertir parte de su capital en su rehabilitación en el primer decenio del siglo XX: el hospital de Santa Ana.

    Ordenando y dotando económicamente una fundación que, a perpetuidad, mantuviese aquella dedicación, un colegio de párvulos para niños de ambos sexos, hasta los ocho años de edad. Fundación compuesta por un Patronato del que formaban parte como vocales, de forma vitalicia, y con derecho a sucesión por sus hijos varones, sus dos contadores, formando igualmente parte de dicho Patronato el Alcalde de Atienza que lo fuese en cada momento, así como la Reverenda Madre Superior de Religiosas de la Divina Pastora en Atienza, a cuyo cargo se encontraban las aulas.

   La fundación, en principio, estaba destinada a “restaurar y mejorar el edificio y servicios del Hospital de Atienza y sostenimiento de enfermos ingresados en dicho Hospital”, así como mantener las aulas y facilitar el estudio a cuantos naturales de Atienza acudían a aquellas clases, en las que era obligatoria la enseñanza católica “y buenos modales y costumbres”. Fueron gran número los hijos de Atienza que, gracias a Francisca Pascual Ruilópez, puesto que con anterioridad a su fallecimiento ya mantenía el establecimiento de estas aulas, accedieron a la enseñanza. Un día se cerró aquel hospital, del mismo modo que se cerraron sus aulas, tal vez por falta de alumnos. De la fundación “benéfico-particular de carácter puro”, instituida por doña Francisca Pascual Ruilópez, tal y como se recoge en la escritura de su fundación, y que todavía figuraba en algunos documentos oficiales en épocas recientes, nunca más se supo. Falleció en Madrid el 10 de abril de 1958, recibiendo sepultura junto a sus hermanos en la Sacramental de San Isidro.

   Sin duda, tres nombres para no olvidar.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 26 de junio de 2026


LA VIRGEN DE LOS DOLORES, PATRONA DE ATIENZA

 

 LA VIRGEN DE LOS DOLORES, PATRONA DE ATIENZA

El libro:


El 12 de enero de 1669 llegó a Atienza (Guadalajara), una imagen de la Virgen de la Soledad, copia de la entonces existente en el convento de la Victoria, de Madrid, tallada cien años atrás por Gaspar Becerra.

La imagen fue recibida en la villa con todo el cumplimiento que su devoción merecía, siendo depositada de forma provisional en la iglesia de San Juan del Mercado, entonces en obras. Venía para ser, con toda probabilidad, la imagen que presidiese la capilla funeraria de su donante, Juan de las Huertas, con alto cargo en los oficios del Real Alcázar.






Poco después de su llegada se la dotó de capilla, siendo el hijo de Atienza, Diego de Madrigal, el autor de su retablo. Ya que era, dn Diego, uno de los mejores artífices en aquel arte, de la diócesis de Sigüenza.

A mediados del siglo XVIII la imagen cambió de denominación para ser Nuestra Señora de los Dolores, o de los Siete Dolores, y convertirese en la Patrona de la Villa.







Desde aquellos orígenes, en los que la Condesa de Ureña puso de moda el vestir a estas imágenes a imitación de las viudas nobles castellamas; o que Gaspar Becerra impusiese la de las imágenes “de vestir”, o la reina Isabel de Valois extendiese la devoción por España, han pasado casi quinientos años; de la llegada de la Virgen de la Soledad, más tarde de los Dolores a Atienza, se cumplirán 350.

Es por ello que en este libro hacemos reseña de toda esa historia, o parte de ella, pasada en Atienza; desde la llegada de la imagen a la de su Rosario de Faroles de Cristal que desde el 18 de marzo de 1910 acompaña su procesión.




viernes, junio 19, 2026

LOS VIAJES DEL DOCTOR KAESTNER POR GUADALAJARA

 

LOS VIAJES DEL DOCTOR KAESTNER POR GUADALAJARA

De Cogolludo al Alto Rey, pasando por Hiendelaencina

 

   Hasta la cima del Alto Rey de la Majestad llegaron, ahora se cumple un siglo desde que lo conocimos, el alemán Doctor Kaestner y acompañantes en un recorrido que desde Guadalajara a Cogolludo; de Cogolludo a Hiendelaencina y de aquí a la cumbre, a lo largo de varios días, los llevó a conocer una parte de la Guadalajara serrana cuando echaba a andar el siglo XX.

   Para el mundo lo contó D. Joaquín Menéndez Ormaza y García Barzanallana quien, a más de ser uno de los más prestigiosos Ingenieros de Minas de su tiempo, fue personaje popular en el entorno de Hiendelaencina, en donde se centraron gran parte de sus trabajos; como lo fue en España a través de una importante obra literaria y periodística.




D. Joaquín Menéndez Ormaza

   A través del relato, publicado en un principio y antes de convertirse en libro en uno de los periódicos de mayor popularidad, el lector puede llegar a dudar de si en verdad existió o no el alemán Dr. Kaestner quien, al parecer, sí que lo hizo. Muy a pesar que tal y como Menéndez Ormaza nos lo presenta bien pudiera ser uno de aquellos caprichosos personajes que escapan de las novelas de Julio Verne para recorrer mundo, con escenas en ocasiones imposibles. Al lector dejó D. Joaquín el encargo de descubrir la realidad o fantasía de sus escritos.

   Pues la vida de Menéndez Ormaza también fue todo un relato de idas y vueltas a través de nuestros pueblos serranos, puesto que nacido en Madrid en 1875 y en Madrid fallecido el 23 de enero de 1938, por Hiendelaencina, Alcorlo, Villares y Gascueña de Jadraque, con algunos lugares más, a más de sacarlos al mundo literario, gastó parte de su vida. Y no le fue mal, como nos cuenta.

   A Hiendelaencina llegó en los años finales del siglo XIX recién concluidos sus estudios madrileños para convertirse en pocos años en uno de los principales hombres al mando de la Sociedad Minera La Plata, que por estos tiempos era ya una de las pocas que se mantenían firmes al pie del filón, en la pantorrilla de las estribaciones del Alto Rey. No solo a engrandecer la Sociedad minera para la que trabajó se dedicó D. Joaquín, puesto que modernizó sus instalaciones dotándolas, incluso, de luz eléctrica, la misma energía eléctrica que abasteció en los primeros tiempos a Hiendelaencina desde uno de los molinos entonces existentes en tierra de Villares de Jadraque, movidas las turbinas con aguas del río Bornoba, o Bornova, que tanto da. Fue aquello, lo de la luz en Hiendelaencina, en una de las fiestas locales, fiesta que fue el 5 de junio de 1910; presidido el evento por uno de los alcaldes más populares que Hiendelaencina conoció, D. Vicente Dulce Ibáñez, primer edil del municipio, entre 1910 y 1914.

    Menéndez Ormaza, al tiempo que a dirigir las obras de modernización de La Plata, y de alguna manera de Hiendelaencina, colaboró con numerosos medios de prensa y, por encima de ello, fue autor de un sinnúmero de obras literarias entre las que se cuentan la biografía, novela, relato o historia.

 

El Dr. Kaestner, en Cogolludo

   Ha de servir de guía, a juicio de Ormaza, a nuestro Dr. Kaestner en su aventurero viaje, un personaje natural de Atienza, arruinado en sus negocios y buen conocedor del terreno, a quien dieron el apodo de “El Arcipreste”, quien desde Atienza debía de viajar a Cogolludo donde en la posada, entonces ubicada en el señorial palacio de los Medinaceli, aguardarían Kaestner con su acompañamiento, dos muchachas a quienes presentándolas como sus sobrinas le servían de asistencia a la hora de la elaboración del menú del día o de los arreglos del vestuario. Pues en aquellos tiempos no viajan nuestros expedicionarios con la mochila a las espaldas, sino que en recua de mulas transportaban los caprichosos que les acompañarían en el viaje, desde una ligera biblioteca, a los trajes más elegantes por sí, en cualquier localidad, había que recurrir a ellos para la presentación en sociedad.

   Que Ormaza y Kaestner prepararon a conciencia el viaje nos lo hacen saber al darnos cuenta de una parte de la historia de la villa, de su palacio y, por supuesto, de los duques de Medinaceli; sin que falte el apunte de que por aquí anduvo, en representación teatral, Lope de Rueda, escribiendo D.  Joaquín: “Sirven los viajes, al que viajar sabe, para plasmar la belleza del recuerdo, esfumada en la neblina del pasado

   Cumplidos los primeros deberes partieron de Cogolludo camino de Veguillas a través de los empolvados senderos que circundaban la serranía, con la mirada puesta en la cima del Alto Rey, y la esperanza de encontrar a los míticos caballeros templarios que, según las leyendas conocidas, allí alzaron monasterio.

   En Veguillas subieron a lomos de mula para encaminarse a través de La Nava, por Fraguas, a Villares de Jadraque, a donde habían de llegar a la conclusión del día.

   Un detalle nos deja el autor del relato en torno a la fecha exacta en la que se llevó a cabo el viaje. Nos lo cuenta a través de breves líneas: “Una complicada máquina, que me pareció un compresor de aire, sobre un enorme carretón atascado en un bache impedía el paso. La empujaban con gatos y palancas variedad de gente, azuzando al propio tiempo a un gran número de bueyes que por mediación de gruesas cuerdas tiraban del armatoste”.

   Se trataba de la máquina de vapor destinada a la mina La Vascongada que, llegada a la estación ferroviaria de Jadraque en la primavera de 1868, fue trasladada por carreteros de Condemios, abriendo camino por la hoy carretera de La Toba, a su destino final, donde fue puesta en funcionamiento en el mes de julio de aquel revolucionario año. La máquina procedía de Inglaterra.

 

Y, por fin, la cumbre

   Ya por entonces, retomando los trabajos que se iniciaron bajo la dominación romana, se horadaba la montaña en busca de un tesoro más valioso aún que el de la plata. Por La Nava de Jadraque se buscaba oro en la llamada “Mina Vieja”. Bajo las alturas dejaron las perforadas tierras de Alcorlo y Hiendelaencina para dirigirse de mañana hacia Villares, en su ánimo de alcanzar la cumbre serrana. Haciendo escala, a la hora del almuerzo, en Bustares: “convidándose y convidando a medio pueblo para marear a preguntas a todo bicho viviente; el ascenso se hizo penoso. No encontramos persona alguna en el camino, salvo un pordiosero que, retirándose a un lado, nos dejó paso alargando la mano en demanda de una limosna, sin hablar palabra”. Después conocieron que se trataba de un sordomudo, conocido en el entorno como “El Bafometo”.

   Al cabo de la tarde alcanzaron la cumbre, encontrando las ruinas del supuesto santuario templario: “Hoy refugio de mendigos. Antiguamente lugar de cruce de las andanzas guerreras medievales por las fronteras de Castilla. Allá a lo lejos, por donde el sol se pone, que dice nuestro guía, la sierra de Ayllón bifurca los silurianos picos rocosos empujando hacia el Norte el cauce del Duero. A levante Miedes nos separa de la medieval Atienza, alcanzándose a ver tan solamente de esta su derruido castillo sobre ingente roca. Ayllón y Atienza determinaban en aquellos tiempos el cordón de fortalezas moras que en acecho de los pasos del Duero constituían la cristiana frontera”.

   Capricho fue, sin duda, hacer semejante viaje para encontrar, en lo alto, la visión de una tierra que, incluso a través de relatos imaginados, invita a soñar con la grandeza de nuestra Serranía, siendo, los “Viajes y Andanzas del Dr. Kaestner”, una lectura siempre recomendable.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 19 de junio de 2026

 

COGOLLUDO (Guadalajara) Una Villa Ducal

 

COGOLLUDO (Guadalajara). Una Villa Ducal

 

   Cogolludo es, al día de hoy, una localidad con retroceso en su población, de la provincia de Guadalajara, a la sombra del que fuese uno de los castillos más enigmáticos que se conocieron por estas tierras; levantado sin duda en tiempos de la dominación árabe; en parte, olvidado por uno de los palacios más significativos de esta parte de la tierra castellana.

   El autor, en su recorrido a través de los pueblos de la provincia, llega a Cogolludo y a través de los testimonios escritos a lo largo del tiempo por cronistas e historiadores, entre los que cabe destacar a Francisco Layna Serrano, Juan-Catalina García López, nos adentra en el ayer de Cogolludo, su palacio y su castillo; tomando los textos publicados por aquellos, junto a otros muchos, para darnos cuenta de la importancia que Cogolludo y su tierra alcanzaron a través de los siglos; acompañando la obra con los textos de aquellos quienes, cada uno en su sentir, opinó en torno a lo que admiraron sus ojos y conocieron en su debido momento.

   Puede, en ocasiones, parecernos confuso el discurrir del texto de unos y otros; ha de ser el lector quien, observando y analizando, llegue a la conclusión que las páginas siguientes buscan.

   Junto al castillo, la villa o el palacio, y como parte de la propia obra, el autor nos lleva a conocer, siquiera de manera somera, los acontecimientos históricos del entorno; así como las costumbres que acompañaron la vida de esta parte de la provincia de Guadalajara; empleando investigaciones y fuentes propias.

   Sin duda, las páginas siguientes, como otras anteriormente escritas y publicadas, nos acercan a un entorno que siempre merece una atención; una detenida mirada…

 

 

 


 

 COGOLLUDO, UNA VILLA DUCAL, EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ

 

viernes, junio 12, 2026

HERAS DE AYUSO Y LOS CONEJOS DEL DUCADO

 

HERAS DE AYUSO Y LOS CONEJOS DEL DUCADO

En Heras tuvieron los del Infantado uno de sus mayores cazaderos

 

   Se tiende Heras de Ayuso a mitad de camino entre la Alcarria y la Campiña, con vistas a la Guadalajara ducal. Heras de Ayuso, crece. Muy a pesar de que históricamente nunca fue población de gran número de vecinos, arrojándonos los censos de los años finales del siglo XIX, cuando más, cifras por debajo de las que hoy presenta.

   Heras estuvo al amparo del cerro de Hita, al que se mira de frente y a cuya tierra perteneció con Padilla, Valdearenas, Muduex, Caspueñas, Taragudo, Valdegrudas, Rebollosa, Cañizar, Ciruelas, Valdeancheta, Copernal, Alarilla, Torre del Burgo y Utande; contándose en estas tierras algunos despoblados como Majanan, Utabelino, Torrientes y Maluque, del que se cuenta que tuvo castillo alzado por los duques del que en el primer cuarto del siglo XIX ya no quedaba apenas nada. Como la tierra entera de Hita fue parte de los dominios de Íñigo López de Mendoza, y antes de Íñigo López de Orozco y, como toda esta tierra, devota a carta cabal de Nuestra Señora de Sopetrán.




 Nuestra Señora de Sopetrán en la devoción de Heras

   En Heras tuvieron los monjes de Sopetrán extensos dominios, algunos en el curioso paraje de Matafrailes, que vaya usted a saber el porqué de la nominación; del que dependió eclesiásticamente, mandándole fraile para decir misa, confesor y predicador; también era el monasterio propietario de uno de los mesones locales y sobre los vecinos de Heras obró la Virgen el milagro en 1509 de librar a la población de su desaparición a cuenta de la peste que, en ese año, según cuentas de Fray Antonio de Heredia y su Historia del Monasterio: “una gran peste y mortandad, que apenas quedó persona que no estuviese apestada. Morían muchos de los pocos vecinos que en él había. Atinaron con el remedio eficaz para tanto mal, que fue acudir a Nuestra Señora de Sopetrán suplicándole alcanzase salud para este pueblo, y que harían voto de venir a esta Casa cada año en Procesión el día de la Purísima Concepción, y que le ofrecerían un cirio de cera. Al punto cesó la peste, y los enfermos apestados se levantaron sanos y buenos…” Y desde entonces, hasta que de ello se perdió memoria, los de Heras acudieron a Sopetrán con su cirio cada día de la Purísima Concepción.

   Algunas cosas más llegaron desde Heras al Santo Monasterio puesto que, alzado que fue en tierras de la población el palacio señorial o pabellón de caza que por aquí dispusieron los duques del Infantado, palacio que fue casa de retiro de la duquesa doña Ana de Mendoza, hasta aquí se hizo traer una de las reliquias para ella más preciadas, que fue un huesecillo del brazo derecho del glorioso San Benito que, puesto “en una medalla de plata sobredorada, en forma de brazo muy grande, con su Viril de cristal que permite se vea la Reliquia”, hizo llegar al monasterio con cumplida procesión de gentes de bien, clérigos y, por supuesto, monjes: “Y su nieto, el Excelentísimo Señor Don Rodrigo de Mendoza, Duque del Infantado y primer patrón que fue después de este Convento, asistió personalmente acompañado de muchos caballeros, y los que tenían hábitos con sus mantos, como también su excelencia, y dispuso que se hiciese una solemnísima Procesión desde su Palacio de Heras, a la cual acudieron ochenta cruces de otros tantos lugares, con mucho número de personas eclesiásticas y seglares, que acompañaron la Santa Reliquia, la cual se trajo a este Convento año de 1633, con toda esta pompa y autoridad que dispuso este Gran Príncipe con su acostumbrada piedad y recurrencia a las Cosas Sagradas”.

 

El palacio de los duques

   Nos cuentan algunas crónicas que después de castillo fue el de Heras, o Maluque, palacio de caza de los señores del entorno; dejándonos el cronista Layna breve reseña al respecto cuando nos dice que por aquí tenía el Duque del Infantado anchurosa casona con visos de palacio; más un magnífico y bien cuidado coto de caza, en el que recibió en alguna de las ocasiones que por aquí pasaron, a los reyes de Castilla y Aragón, Don Fernando y Doña Isabel, a quienes, tanto como a su acompañamiento, el duque entretuvo en cacerías sin fin por este territorio y a quienes, se nos cuenta: “obsequió con espléndida comida, por la tarde con entretenida partida venatoria cobrándose numerosas piezas menores y mayores sin el menor cansancio por ser abundantísimas, y todavía después de la cena suculenta hubo músicas y danzas aunque la trasnochada fue corta, porque poco avanzada la mañana siguiente se emprendería la marcha a Guadalajara”. También aquí recibiría el duque al nieto de los Católicos monarcas, Carlos I de España, de camino hacia Jadraque, el 13 de marzo de 1529.

   Las calamidades de la Guerra de Sucesión, que por esta parte de Guadalajara se vivieron con aires de desgracia, ya que los perdedores se dedicaron a la destrucción y el saqueo cuando iban de retirada, debió de dar al traste con parte del palacio o resto del castillo que todavía pudo conocer en parte don Antonio Ponz cuando se echó al camino antes de concluir el siglo XVIII; de sus notas tomaron otras los cronistas que siguieron, incluso los que pasaron datos para que el geógrafo Pascual Madoz incluyese en su diccionario la correspondiente a Heras y el palacio de los duques, levantado en una finca de buena extensión. Palacio con su oratorio “10 casernas para criados, tres casas para guardas, pajares, caballerizas, una fragua, cocedero para el vino, una magnífica bodega; y a las inmediaciones del castillo un paseo poblado de plátanos, acacias y otros árboles, viéndose también dos grandes majuelos de viñas con olivos y nogales”.

 

Las cacerías ducales

   Desde que se tiene memoria fue la caza una de las aficiones preferidas por la alta nobleza para sus ratos ociosos, y en ello no desmerecieron los Infantado quienes, a más de la realeza que va dicha, aquí, en término de Heras, llegaron a reunir a cuantos grandes estuvieron a su alcance; entablándose, al hilo de la cacería, buenos negocios y relaciones matrimoniales.

   Los encargados de dar cuenta de lo habido en Heras a la hora de llevarse a cabo la relación catastral, que aquí se formalizó el 10 de mayo de 1751, cifraron en diez mil fanegas la posesión ducal, y en dos mil reales el producto que obtenían los señores de la caza del conejo, que se arrendaba anualmente a partir de San Miguel: “dando a S.E. por cada uno real y medio libre”.

   Aquí disponían, además, de los correspondientes guardas a fin de que los vecinos del entorno no osasen disparar a los conejos que, es de suponer que a cientos, se manejaban en el entorno, teniendo los lugareños prohibida la caza de conejos en diez leguas a la redonda de la posesión ducal.

   Por supuesto, los daños en los cultivos de los vecinos no son para cuento. De ellos se apiadó el 5º Duque, don Íñigo, quien consciente de los males que se ocasionaban ordenó comprar trigo y establecer pósitos en Taragudo, Heras, Cañizar y algunos lugares más a fin de que, las penas, con pan, fuesen menos.

   Agotándose el siglo XIX, el palacio ducal de Heras pasó, se dice, a propiedad de D. Saturio Ramírez, de quien pasaría a los marqueses de Casariego y condes de Maluque y en donde el gran pintor don José Moreno Carbonero, como padre del marqués consorte, puede que trazase alguno de sus más conocidos y hermosos lienzos historicistas.

   

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 12 de junio de 2026


HERAS DE AYUSO (Guadalajara)

 HERAS DE AYUSO (Guadalajara); Historia y Memoria

 

 

HERAS DE AYUSO, SUSO O DE ARRIBA es, al día de hoy, una población de la provincia de Guadalajara, situada en plena Alcarria, con un proceso demográfico decreciente, a pesar de que fue población de intensa vida.

   El autor, a través de los testimonios escritos a lo largo del tiempo por cronistas e historiadores, en su recorrido por los pueblos de Guadalajara, nos adentra en el ayer de Heras; tomando los textos publicados por aquellos, junto a otros que nos hablan de él, para darnos cuenta de la importancia que estas tierras alcanzaron a través de los siglos; acompañando la obra con los textos de aquellos quienes, cada uno en su sentir, opinó en torno a lo que admiraron sus ojos y conocieron en su debido momento.

   Puede, en ocasiones, parecernos confuso el discurrir del texto de unos y otros; ha de ser el lector quien, observando y analizando, llegue a la conclusión que las páginas siguientes buscan.

   Como parte de la propia obra, el autor nos lleva a conocer, siquiera de manera somera, los acontecimientos históricos del entorno; así como de las costumbres que acompañaron la vida de esta parte de la provincia de Guadalajara; empleando investigaciones y fuentes propias.

   Sin duda, las páginas siguientes, como otras anteriormente publicadas, nos acercan a un entorno que siempre merece una atención; una detenida mirada…

 

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 EL LIBRO

  • ASIN ‏ : ‎ B0DJD6K1ZF
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published 
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 215 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8340930729
  • Peso del producto ‏ : ‎ 340 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 1.37 x 21.59 cm

 

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domingo, junio 07, 2026

BARCONES, UNA POBLACIÓN EN LA FRONTERA

 

BARCONES, UNA POBLACIÓN EN LA FRONTERA

Hoy en la provincia de Soria, perteneció a la de Guadalajara hasta 1833

 

   Barcones, es la primera población que aparece tras dejar atrás los paisajes de Atienza; en la actualidad en la provincia de Soria, y que perteneció hasta 1833 a Guadalajara, del mismo modo que fue parte de la tierra de Paredes de Sigüenza, cuando esta parte perteneció a los condes de Coruña y al Vizcondado de Torija, creado en una rama de los Mendoza descendientes del primer Marqués de Santillana. A Barcones se llega a través de la antigua carretera de Berlanga que hasta allá llega desde Atienza, población a la que, con anterioridad a integrarse en la tierra de Paredes, perteneció.




 

Barcones, en la frontera

   Poco o nada tiene que ver la población que en la actualidad se nos muestra al entrar en la provincia hermana, puesto que, por esta parte, como señalamos, es el primer pueblo de ella que nos encontraremos; situado, eso sí, como lo estuvo a través del tiempo en esa definición enciclopédica que nos legaron los siglos pasados: “en forma de anfiteatro en el descenso de un pequeño cerro, y con buena ventilación”. Como que fue parte de una extensa línea fronteriza que dominó parte de las Castillas; por donde se alzaron torres vigías que habían de estar al tanto del paso de huestes enemigas. La línea fronteriza de Soria con Guadalajara conserva un buen número de ellas con las melladuras del paso de los siglos, aun manteniendo la hidalguía de una historia que nos une.

   Incluso nos unió la estructura románica de su incomparable iglesia parroquial del Arcángel San Miguel, que conserva de sus primitivos tiempos la portada de acceso, de lo poco que quedó después de que, cuando la primera guerra carlista daba las últimas bocanadas, un incendio la redujese a escombros y cenizas el 6 de agosto de 1839, desapareciendo entre otras cosas su magnífico retablo, obra del atencino Francisco del Castillo, heredero en este arte del también maestro de la villa Diego de Madrigal, quien heredó, a más del modelo artístico, el taller que Madrigal tuvo abierto en la calle de San Pedro de la atencina villa. La iglesia se reconstruyó a partir de 1840 para darle el aspecto que hoy tiene, con la colaboración de todo el vecindario y del obispado de Sigüenza al que entonces pertenecía.

 

Tierra de arévacos

   Por aquí anduvo a la caza de restos prehistóricos don Juan Cabré quien pateó toda la línea serrana que desde Barahona (o Baraona), llega a Retortillo, deteniéndose en Tiermes. Los arévacos levantaron en el territorio algunas poblaciones de relativa importancia, como pudieron hacer con Numancia, tras cuya caída se inició la romanización del territorio, que estuvo cruzado por numerosos ramales de calzadas que posteriormente fueron rutas ganaderas, puesto que por aquí bajaron los ganados trashumantes en busca de los pastos invernales de la Extremadura castellana. Haciendo que la propia población de Barcones se convirtiese en un emporio ganadero en el que se asentaron familias que tuvieron renombre en la serranía hasta bien avanzado el siglo XIX. Nombres que nos suenan, como los Gamboa, Romanillos, Botija, Manrique, Beladíez o Lozano. Familias que conjugaron sus posesiones de aquí con las de Atienza, Miedes, Condemios o Campisábalos. También fueron, los hombres de Barcones, hábiles tratantes en mulas cuando la muletería tenía asentada en esta parte de Castilla uno de sus principales centros en los que se criaban las muletas que, enseñadas a la labor, recorrían las principales ferias comarcanas de Almazán, Berlanga, Sigüenza, Jadraque, Sepúlveda, Ayllón o Atienza. Hermanadas por una similar Historia.

   Barcones fue población de buen número de habitantes, pues se aproximó en sus mejores tiempos al millar; en la actualidad apenas alcanza las dos docenas, como parte de esa Siberia española despoblada, o como queramos llamarla, de la que sus habitantes tuvieron que salir decenios atrás en busca de mejores medios de vida, ya que las promesas se las llevó el viento. Aquí en Barcones en los primeros decenios del siglo XX estaba prevista una estación de parada del que había de ser vehículo vertebrador para el futuro; la línea de ferrocarril que uniese España con Europa, pero el buen conde de Romanones, quien por aquí disparó a las codornices, debió de encontrar mejor aventura para sus negocios en la provincia de Segovia, dejando a los sorianos como lo hizo con los guadalajareños de esta parte, compuestos y sin tren.

 

Nombres en la Historia de Barcones

   Cuando el conde venía por aquí a la caza de la codorniz apenas quedaban ya ilustres nombres de la hidalguía comarcana; la mayoría de ellos habían levantado la casa para establecerse en Atienza, Guadalajara o Madrid. De aquí salió una rama de los Gamboa que asentados en Sigüenza fueron parte de la historia de la ciudad mitrada, ocupando cargos en la política y en la catedral; como lo hicieron los Iglesia, o de la Iglesia, quienes desde sus puestos legislativos, pasaron a la historia de la abogacía como entendidos en derecho o legislación. Siendo, D. Gregorio de la Iglesia, aquí nacido, uno de los más significativos hombres en la administración del ducado de Alba, puesto que fue Archivero y Bibliotecario de la Casa ducal, a más de Abogado de los Reales Consejos. Su pariente, don Francisco Iglesias, deán que fue de la catedral de Sigüenza y alcanzó a ser colegial de Bolonia; oidor de la Chancillería de Granada fue D. Miguel de la Iglesia, quien se empeñó en tratar de demostrar a través de sus escritos que Numancia no se alzó donde nos dicen los estudiosos, sino en Almazán. Y también aquí tuvieron parte de nacencia los Fajardo, que han pasado a la historia a través de la novela de Benito Pérez Galdós, uniendo en un descendiente de ellos, D. Antonio Botija Fajardo, todo el poder familiar. D. Antonio casó con su prima, Dª Antonia Botija y Verdugo, también heredera en Jadraque de mediana hacienda y aquí, en Jadraque, levantaron su imperio industrial con fábrica de harinas y luz incluidas. D. Antonio también fue diputado provincial y uno de los más prestigiosos Ingenieros Agrónomos de su tiempo, quien dio a la imprenta unas cuantas obras de sabiduría del campo. También fue D. Antonio el hombre que habiendo recibido en herencia el cuadro que Francisco de Goya pintó de D. Gaspar Melchor de Jovellanos, lo sacó al mundo a través de un trapero de Madrid, que fue entonces el único que se interesó por la pintura.

   Por supuesto que en este relatar de nombres ilustres salidos de la localidad, no nos ha de faltar don Antonio Sanz Romanillos, doctor en varias ciencias, Secretario de la Constitución de Bayona, que dejó el trono en las manos de José Napoleón I, y su ministro del Consejo de Estado y Hacienda, quien además fue uno de los hombres más ilustrados de su tiempo.

 

La Villa que Barcones quiso ser

   También quiso Barcones ser villa independiente eximiéndose de Paredes de Sigüenza, como lo quisieron Alcolea de las Peñas, Cercadillo y algunas otras poblaciones más, alegando que los alcaldes de la cabeza de la tierra no trataban bien a quienes se encontraban un tanto alejados de su centro de poder. Como la mayoría de las poblaciones que lo intentaron, Barcones no pudo reunir la inmensa cifra que se pidió para la exención, quedando como un lugar más del antiguo Común de Villa y Tierra de Atienza; con una historia tan cercana que a pesar de que la carretera nos distancia y la sierra se enrisca, sus líneas y antiguos legajos nos unen.

  Tierras y pueblos con tantas cosas en común que las distancias desaparecen y animan al conocimiento.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 5 de junio de 2026


BARCONES (Soria); Historia, Entorno y Gentes

 

BARCONES (Soria); Historia, Entorno y Gentes

 

   Se encuentra BARCONES en la provincia de Soria, prácticamente en la línea divisoria que separa esta provincia de la de Guadalajara, provincia a la que perteneció hasta 1833, dentro del amplio Común de Villa y Tierra de Atienza, de cuya historia participará a lo largo de los siglos, por cercanía y hermandad de gentes.

   Pasará, sin dejar de estar integrado en el común atencino, a la Tierra de Paredes, integrada en el Condado de Coruña y Vizcondado de Torija, rama de los Mendoza que descenderá del primer Marqués de Santillana.

   Su sencilla historia, unida a la agricultura y la ganadería, dejará el nombre de Barcones inscrito en sus anales a través de sus gentes, de sonoros apellidos como Ranz Romanillos o Botija Fajardo, nombres y apellidos que se unirán a la aristocracia ganadera serrana.

   A través de las páginas siguientes el autor nos introduce en el pasado de Barcones, continuando su trayectoria a lo largo del tiempo, hasta situarnos en los albores del presente, a través de crónicas escritas  que, en conjunto, forman el diario histórico de la población.

 

 

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Detalles del LIBRO

  • ASIN ‏ : ‎ B0DPDC83XP
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published 
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 211 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8301835087
  • Peso del producto ‏ : ‎ 336 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 1.35 x 21.59 cm

 

 

 


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