jueves, abril 30, 2026

BARBATONA, PUEBLO Y ROMERÍA

 

BARBATONA, PUEBLO Y ROMERÍA

En torno a la Virgen de la Salud

 

    Nunca fue la población de Barbatona localidad que destacase por su número de habitantes, pues en raras ocasiones a lo largo de la historia llegó siquiera al centenar, disponiendo de poco más de una decena de casas que fueron las que históricamente compusieron la pequeña aldea. Sin embargo, Barbatona acoge año a año, aunque sea por un día, al mayor número de paisanos que, fuera de la capital de la provincia, se reúnen en torno a una devoción, la Virgen de la Salud.




 

La aparición de la Señora, entre la historia y la leyenda

   Cuenta la historia, tejida al compás de la leyenda, que la imagen de Nuestra Señora de la Salud se apareció en los lejanos siglos XII o XIII a unos pastores. Que estos comunicaron el hecho y que por aquellos tiempos se alzó la ermita primitiva, dándose inicio a la mayor devoción de nuestra provincia, al menos del entorno de Sigüenza. También cuentan los entendidos en arte románico que la imagen primitiva perteneció o pertenece a esta época, muy a pesar de que no existan otros testimonios o escritos que los que a partir del siglo XVIII llegan a nuestros días; cuando comenzó a contarse la historia, iniciándose de una manera más seguida la devoción hacía el santo lugar. También cuenta la historia, a mitad de camino entre la devoción y la leyenda, que a lo largo de los siglos los comarcanos, junto con los paisanos de Sigüenza, Barbatona o su entorno, se encomendaron a nuestra Señora ante la enfermedad, ante la sequía o las penurias del pueblo, y nuestra Señora les respondió. Barbatona, el pueblo, se encuentra prácticamente en la frontera de los dos grandes ducados provinciales, los de Medinaceli y del Infantado; también del Señorío Episcopal de Sigüenza. El pueblo, sus gentes, fueron servidores del duque de Medinaceli; devotos de Nuestra Señora de la Salud. Por aquí se dividían las tierras de unos y otros.

 

Una cofradía, y una ermita

   Es partir del siglo XVIII, año de 1734, cuando la documentación oficial comienza a reflejar que en Barbatona se tenía devoción a la patrona de la comarca, pues por tal se la puede considerar. En este año, a más de fundarse la cofradía que llega a nuestros tiempos, se inició el proceso por el cual terminaría edificándose el Santuario que hoy conocemos, tras sus dimes y diretes con el Cabildo eclesiástico seguntino. La ermita de Barbatona fue, desde que se tiene conocimiento, dependiente de la iglesia de Sigüenza, filial de la de Santiago, conforme nos dejó escrito Fr. Toribio Minguella, obispo diocesano; de San Pedro y San Vicente con antelación, afirmó también quien fuese cronista de Sigüenza, Dr. Martínez Gómez-Gordo.

   La cofradía la fundaron unos cuantos devotos seguntinos dotándola de estatutos y contenido. Con el fin de dar y aumentar el culto a la Sagrada imagen: “se reunieron varios vecinos de Sigüenza, devotos de la Virgen, quienes acordaron fundarla para conservación y aumento de su culto, así como para fomento de la devoción a tan venerada imagen, a la que calificaban constantemente de milagrosa. Redactadas las Constituciones por los mencionados piadosos seguntinos, merecieron la aprobación del entonces Provisor y Vicario General del Obispado, Dr. D. Francisco Javier Montero, quien según auto de 16-IX-1734, les dio fuerza y validez, nombrando como primer Abad al Canónigo D. Diego Peñaranda, a la vez que disponía que habiendo entre los cofrades eclesiásticos, dignidades, canónigos y otros prebendados de la iglesia catedral, se eligiese por abad a uno de ellos. La cofradía, en número fijo de hermanos, está compuesta por doce sacerdotes y veinticuatro seglares...”; dejó escrito el cronista seguntino.

   La ermita, para la que en principio pidieron permiso de ampliación para la original, finalmente, y como ya se dijo, fue levantada de principio a fin, quedando conclusa en 1754, a juzgar por las citas que de ello se hacen bajo la tutela episcopal de don Francisco Díaz de Santos Bullón, en el pleito de compromiso sobre “Diferentes puntos respectivos a la parroquialidad y cura de almas, procesiones, presidencia y otros derechos”. El extenso documento da a entender que para la festividad de ese año, celebrada en la primera decena de septiembre, se colocó la imagen en su nueva ubicación; donde recibió culto en su día y en su octava. Imagen que, con anterioridad a la fundación de la cofradía hubo de llevar, de ello dan cuenta algunos documentos, el nombre de “Virgen de los Remedios”. Que ya los venía procurando, como recogen algunos de los “milagros” reflejados en tabla pictórica puesto que, como estudian Eulalia Castellote y Juan A. Vallejo-Nájera, el primero del que queda constancia escrita, o pictórica, se fecha el 8 de noviembre de 1717. En aquella ocasión se trató de la curación de Mateo Blanco, hijo de Mateo Blanco y Ana Pérez Cendejas, su mujer. El padre ofreció que, si el hijo curaba, lo llevaría en brazos y descalzo, al Santuario; y al momento curó el hijo.

 

La Coronación Canóniga

   Que la devoción a la imagen creció desde aquellos mediados del siglo XVIII no cabe la menor duda. Tanto como que los milagros a ella atribuidos fueron en aumento. Varias decenas de tablillas pintadas con sus respectivas representaciones ornamentaron las paredes del Santuario, del mismo modo que lo hicieron todo tipo de ofrendas, hasta el punto de que, en los inicios del siglo XX llegaría a pedirse un ordenamiento de todo ello: “con objeto de que se ejerza la más rigurosa censura en la admisión de ofrendas a la Virgen, pues en no pocos cuadros de los que aparecen en las paredes del templo, hemos tenido ocasión de leer algunos rótulos plagados de disparates, que más que otra cosa, constituyen una irreverencia en tan sagrado lugar”. Llamativo fue el que, en 1811, propició el que las tropas de Juan Martín el Empecinado no fuesen derrotadas en sus cercanías por las francesas, atribuyéndose a la imagen la prematura oscuridad de los cielos, lo que habría hecho que los napoleónicos se retirasen del campo de batalla. Unos napoleónicos que, en su voraz rapiña, se llevaron las joyas de la patrona. Entre ellas, su corona de plata.

   Si bien lucirá, a partir de 1955, en lugar de una de plata, una de oro, ya que este año, el 8 de septiembre, le será impuesta por el Nuncio de Su Santidad en España, Cardenal Antoniutti, en el Paseo de la Alameda de Sigüenza. La imagen fue trasladada a la capital del obispado, para la Coronación Canónica el 29 de agosto; luego regresaría a su Santuario.

   Por supuesto que no era la primera vez que Nuestra Señora de la Salud visitaba Sigüenza, ya lo había hecho en 1833, cuando la provincia se vio acometida por la peste del cólera que llevó a la muerte a varios miles de paisanos. A Nuestra Señora la hicieron sitio en la catedral, para que a ella acudiesen los seguntinos a pedir salud. La peste dejó en aquel año 17 muertos en la capital del obispado; y casi un centenar en 1855 cuando, en lugar de la Virgen de la Salud, el consistorio seguntino mandó acogerse al patronazgo de San Roque.

   Cerca de veinte mil personas se reunieron en Sigüenza para acompañar el acto; y algunos miles más, se cifra incluso en cincuenta mil, los devotos que a partir de 1965, tras la primera “Marcha Diocesana a Barbatona”, en el mes de mayo, han llegado a pasar, en aquellos días, por el venerado Santuario de la Salud.

   Su pradera es punto de encuentro, en mayo y septiembre, para una de las romerías más populares de esta tierra. A nuestro paso la tenemos, en unos días.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 1 de mayo de 2026


BARBATONA (Guadalajara)

 

UNA MEMORIA DE BARBATONA (Guadalajara), y la VIRGEN DE LA SALUD

 

   Junto a Sigüenza, hoy pedanía de esta, se encuentra el pequeño lugar de Barbatona, crecido en torno ala pequeña ermita, posteriormente convertida en Santuario que, año a año, atrae a miles de peregrinos y creyentes.

   En él se encuentra la imagen de Nuestra Señora dela Salud, que ya, en el siglo XVIII atraía las miradas de los guadalajareños de esta parte provincial, y que más tarde llevaba a que escritores y periodistas se ocupasen de ella:

   “He retrocedido en mi excursión veraniega para asistir a la peregrinación anual de Nuestra Señora de la Salud de Barbatona, celebrada el día del Dulce nombre de María en el Santuario de este título, en el Obispado de Sigüenza. La fiesta de este año ha sido solemnísima, porque las buenas cosechas han aumentado la concurrencia, que no habrá bajado de 8 a 10.000 almas.

   Puedo decir a usted, mi querido amigo, que no he visto otra peregrinación más piadosa, ni que haya arrancado a mis ojos más lágrimas de ternura y edificación, porque allí todo, absolutamente todo, es piedad, sin que los goces mundanos, aún los más lícitos y tolerables, tengan parte ninguna en la solemnidad y en la alegría de la fiesta. El pueblo en donde se halla situado el santuario es pobre, árido, sin alamedas que engalanen sus montes ni ríos que fertilicen sus angostos valles; se halla formado por veinte casas miserables, mal agrupadas sobre una colina, la cual se ve rodeada de incultas cañadas, que por carecer de bellezas naturales no tienen ni la severidad de los grandes riscos ni la melancólica perspectiva de los hondos barrancos sombreados por altos montes o por bosques seculares. Si entre los santuarios de España merece la primacía en lo pintoresco el de Monserrat, yo aseguro a usted que el de Barbatona ocupa el último lugar, porque difícilmente se citará otro que tenga menos atractivos naturales. Y, sin embargo, por mucho amor, por intensa devoción que inspire a los catalanes el bellísimo santuario de Monserrat, bien puede afirmarse, sin exageración, que no inspira más que a los hijos de este país el oscuro lugar de Barbatona…”

   Ha Barbatona nos dirigimos a través de estas páginas.

 

 

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EL LIBRO:

 

  • ASIN ‏ : ‎ B0DW83G27Y
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published 
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 184 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8309522774
  • Peso del producto ‏ : ‎ 299 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 1.17 x 21.59 cm

 

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viernes, abril 24, 2026

FELIPA POLO, LA LIBRERA DE MADRID

 

FELIPA POLO, LA LIBRERA DE MADRID

Regentó en la calle Libreros una de las más populares librerías madrileñas

 

   Nació Felipa Polo Asenjo en Loranca de Tajuña (Guadalajara) el 6 de junio de 1911, destinada a ser una de las libreras más populares de Madrid en las últimas décadas del siglo XX. Al término del decenio de su nacimiento perdió a sus padres y, con nueve años y hermanos a los que cuidar, las autoridades provinciales buscaron para ellos acogida en una de aquellas casas de “Misericordia”, o Inclusas, que tanto abundaban en la capital del reino. Se trataba de un convento del viejo Madrid en el que se acogía a huérfanos y en él entró Felipa con sus hermanos, y del que salió para labrarse la vida.



 

La librera de la calle de Jacometrezo

   Felipa salió de la casa de Misericordia para servir de criadita y chica de los recados, con apenas doce años, de una dama que con el tiempo fue poseedora de una librería en la calle de Jacometrezo. Doña Pepita, o mejor Josefa Borrás Ballester; valenciana de origen, a más de gustarle el libro tenía otras aficiones y oficios en los que gastar el tiempo, a pesar de que lo que en realidad hacía era dedicarse a los demás como maestra de sordomudos. Con ella aprendió Felipa el oficio de comprar libros de segunda mano y venderlos como nuevos, tras darles el repaso necesario y restallarles las heridas.

   La apertura de la Gran Vía y el derribo de algunos edificios, entre ellos parte de la calle de Jacometrezo en donde se encontraba el negocio de doña Pepita las trasladó a la otra acera, a la calle de los Libreros, y allí, años después, tras la muerte de la mujer que la acogió, Felipa Polo abrió su librería propia en el número 16. Justo encima de la librería tenía su domicilio con lo que el olor a papel y libro viejo ascendía por las escaleras interiores que comunicaban tienda y casa, uniéndose en una sola vida el libro y la esperanza de futuro.

   Pudiera pensarse que muchos negocios en una misma calle dedicada a lo mismo era una ruina. Sin embargo no era así. De cualquier punto de España, sabiendo que allí se encontraría lo buscado, se acudía a la calle de los Libreros. Y cuando era conocido que uno de los titulares era de una provincia en cuestión, a ella acudían sus naturales con la confianza que da el paisanaje. Que en ocasiones suele tener sus consecuencias; Felipa llegó a conocerse a muchos de los estudiantes guadalajareños que acudían a la universidad madrileña o a la de Alcalá. Y conoció a quienes eran buenos y malos, por aquello de que buscaban nuevos o viejos manuales.

 

Los dichos de Felipa Polo

   En ocasiones tener una vida dura marca el camino. Se lo marcó a Felipa. Por ello era de esa clase de personas que ante la necesidad soltaban aquello de: “… anda, anda, ya me pagarás cuando acabes la carrera…”. Al término de la carrera el estudiante en cuestión acudía con ese orgullo del recién licenciado a depositar sobre el mostrador los billetes de los libros. No pocos de aquellos que terminaron carreras, hijos de labradores en busca de fortuna en el Madrid de la posguerra y sin recursos propios para comprar los necesarios códigos pudieron tener libros gracias a ella, que se las apañaba para que sin ver heridos sus sentimientos se los llevasen a pago aplazado

   Felipa disfrutaba con eso, que su clientela aprobase la carrera. Es quizá por eso que en más de cuatro ocasiones soltó a algún que otro repetidor y zoquete en el estudio lo dicho de no vuelvas, a menos que fuese en busca de los libros de un curso superior. En su librería, de éxito, empleó a sus hermanos, después pasó el relevo a los descendientes de aquellos.

   Sus broncas se hicieron populares hasta el punto de reconocer algunos de sus clientes que sin aquellas no hubiesen logrado terminar la carrera. Era mujer; como buena mujer de un tiempo que marcó una época, de dichos, refranes y decires. Po ello llenó su librería con sentencias que nos parecerían bufas y entonces tenían su sentido:

   -Si no tienes nada que hacer, no lo vengas a hacer aquí…

   -Quien se hace miel, se lo comen las moscas…

   Esos, y muchos otros que llenarían las páginas de un libro, como ella llenó las páginas de la historia del Madrid, mejor que de los libreros, de las libreras, por espacio de más de cincuenta años. Los que estuvo al frente de su vieja librería. La pudieron las nuevas tecnologías, como a todas, aunque resistió con ella hasta el fin del primer milenio, y arrancó el segundo, ya con sus achaques, hasta que el tiempo se la llevó por razón de edad.

 

Una mujer en el recuerdo

   Felipa, quien a muchos ayudó, y muchos más se esforzaron en el estudio por no escuchar sus consabidas broncas, murió en Madrid, de donde era si no de nacimiento, al menos de voluntad y hábitos de trabajo, puesto que en Madrid pasó más tiempo que en la Alcarria, a pesar de que a sus pueblos dedicó parte de su vida. A su natal de Loranca de Tajuña y al de adopción, donde iría su cadáver luego que fuese muerta, Yélamos de Arriba (Guadalajara), de donde era originaria la familia. En Yélamos, sin que muchos de sus vecinos lo llegasen en su momento a conocer, costeó numerosas obras de caridad. Allí siempre tuvo un rincón en el que “invertir” de alguna manera el dinero que ganaba en su librería madrileña. En Yélamos también quiso que sus ahorros fuesen restallando las heridas que en la iglesia dejó la guerra, o ayudando con libros a escolares y universitarios. Dicen quienes la conocieron y trataron que Felipa fue una mujer: “vanguardista, emprendedora, lideresa generosa, trabajadora incansable y posgraduada en ese completo máster que llamamos vida. Conseguidora de los títulos más inaccesibles, cualquier libro estaba inventariado en su memoria prodigiosa…”

   Y aún dicen de ella dicen más, que “como buena castellana, era de una gran austeridad, carente de ambiciones materiales, altruista, especialmente con aquellos clientes o estudiantes que conocía que se hallaban en dificultades económicas, prestándoles los libros que precisaban para que pudieran examinarse o en regalar bocadillos a aquellos que se encontraban en apuros. Por ello, su tienda era cita obligada para determinados colectivos, como estudiantes, proveedores y editoriales, con los que siempre mantuvo una excelente relación…”

   Tanto fue su mérito en vida que, en vida, recibió la gratitud de números madrileños, y por supuesto de hijos naturales de su provincia de Guadalajara. Pasando a ser parte de la historia del viejo Madrid. Tanto que años después de su muerte todavía se la recuerda. Siendo homenajeada a su tiempo por los cronistas madrileños y por los guadalajareños en Madrid, donde falleció el 25 de abril de 2002. Desde el día siguiente sus restos reposan a la eternidad en el cementerio de su casi localidad natal de Yélamos de Arriba.

   Más tarde, el Ayuntamiento de Madrid situó, sobre la fachada de la casa en la que trabajó y vivió la mayor parte de su vida, una de esas placas que hacen memoria de un tiempo vivido entre libros, papel viejo y letra de imprenta.

   Como que la vida es como la vamos escribiendo día a día y al final, al pasar la última página del libro en el que se va plasmando, encontramos el resumen que, desde la primera, andamos buscando. Pudiera ser lo que Felipa Polo Asenjo buscó y dejó para el futuro de su recuerdo.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 24 de abril de 2026


LORANCA DE TAJUÑA EN EL TIEMPO

LORANCA DE TAJUÑA en el Tiempo

 

   El pasado de LORANCA DE TAJUÑA (Guadalajara), es denso. Desde los tiempos primitivos a la actualidad, la historia ha ido pasando y dejando un poso inmenso en sus calles, sus personajes o su patrimonio.

   Forma parte de la Alcarria, a medio camino estuvo entre la actual provincia de Guadalajara y la de Cuenca, quedando incluida finalmente en el siglo XIX en la primera.

   Por aquí pasó Álvar Fáñez de Minaya cuando, junto al Cid Rodrigo de Vivar marchó camino de Valencia, y antes de ello reconquistó la Alcarria. Por aquí pasaron los Mendoza y en Jesús del Monte hicieron un alto los maestros jesuitas de Alcalá.

   Con concisión, las páginas siguientes repasan una importante parte de la historia, el costumbrismo y el patrimonio histórico de Loranca de Tajuña.

 

 

LORANCA DE TAJUÑA, EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ

 

 

SUMARIO GENERAL:

 

-I-

Loranca de Tajuña

Pág. 9

La Situación, la Geografía, los Orígenes

El partido de Pastrana

Demografía

Loranca de Tajuña en los manuales

Los Diccionarios

Algunos topónimos del término

Callejero tradicional

 

-II-

Entre los tiempos remotos, y la reconquista

Pág. 29

Páginas para la Historia

Alvar Fáñez de Minaya

Loranca de Tajuña, aldea de Guadalajara. Señorío de los Mendoza

 

-III-

Loranca de Tajuña, Siglo XVI

Pág. 53

Las Relaciones Topográficas de Felipe II

 

-IV-

Loranca, entre los siglos XVII y XVIII

Pág. 67

El Catastro de Ensenada

Un personaje del siglo, Manuel Justo Martínez Galiano

El Colegio de Jesús del Monte

 

-V-

Guerra por una Independencia

El Siglo XIX

Pág. 101

El 2 de mayo

Las guerras carlistas

 

-VI-

Loranca de Tajuña, entre el ayer y el hoy

Pág. 121

El Pósito

La asistencia médica y farmacéutica

Loranca de Tajuña s en los tiempos del Cólera

Zofra y ladra o hacendera (prestación personal)

La llegada del Siglo XX

La fiesta, en Loranca de Tajuña

En torno a los Mayos en Loranca

 

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viernes, abril 17, 2026

PAREDES DE SIGÜENZA, CRUCE DE CAMINOS

 

PAREDES DE SIGÜENZA, CRUCE DE CAMINOS

Una pequeña villa cabeza de extensa tierra, y cruce de caminos

 

    Paredes de Sigüenza fue, desde que se tiene conocimiento del sentir de esta tierra, una parte más de la de Atienza a cuyo histórico partido judicial perteneció; muy a pesar de que las autoridades políticas, para distinguirla de otras “paredes”, la dieron el significativo apellido que ostenta; como si hubiesen tenido el presentimiento allá por el siglo XIX que uno más tarde, en el XX, se habría de convertir, efectivamente, en tierra de Sigüenza. Mucho antes, en el XIV, cuando fue desgajada del Común de Villa y Tierra de Atienza, fue su Señor natural don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla y poderoso caballero territorial por estos pagos, que fueron extensos desde estos límites de la episcopal Sigüenza hasta las torres de los castillos sorianos de la tierra de Gormaz.

   De Don Álvaro, tras los sinsabores que en presidió aragonés padeció don Gastón de la Cerda en cuya descendencia se crearía el ducado de Medinaceli, a él le dio la hoy tierra de Paredes el rey, Juan II, el 3 de agosto de 1453. Paredes con su extenso dominio territorial, pasando a ser cabeza de una serie de poblaciones que al día de hoy se encuentran en los límites de Guadalajara y Soria, vertebrando las alturas de estas tierras que no quedaron en los Medinaceli sino que estos, a poco de adquirir el ducado, las pasaron previo acuerdo económico de significación a quienes serían para el futuro los “Señores de la Tierra de Paredes”, a más de ostentar títulos tan significativos como Condes de Coruña, la Coruña de tierra de Soria, y el vizcondado de Torija: los Mendoza descendientes de don Lorenzo Suárez, hijo que fue de nuestro buen marqués de Santillana; a D. Lorenzo fueron Paredes con Bujalcayado, La Miñosa, Cercadillo, Cañamares, Madrigal, Morenglos, Alcolea de las Peñas, Cincovillas, Torrevicente, Barcones, Tordelrábano y algunas otras por las que en total pagó nuestro Mendoza una buena suma: 3.790.606 maravedíes.

   Paredes se convirtió en la capital de este pequeño o gran territorio, cuyos alcaides no gobernaron todo lo bien que cabría imaginar, teniendo en cuenta que numerosas de las poblaciones a la villa pertenecientes intentaron la independencia alegando el mal trato que desde aquí, en los límites castellanos, recibían de aquellos. Unos límites que con el tiempo pusieron a la sin duda elegante cabeza de villa y tierra, al pie de los caminos que dividieron Soria de Guadalajara y por donde como paso obligado discurrió el que desde Madrid llevó por esta parte a la frontera pirenaica.




 

Paredes, camino de paso

   Hubo de ser desde tiempos remotos un camino de paso obligado el de Paredes, puesto que por aquí se comienza a ascender a tierras superiores; las que llevan a Villasayas y Barahona (o Baraona, como gusta a muchos escribir), ya en tierra de Soria. De ahí que, junto a la hoy carretera, antiguo camino real, surgiesen paradores, mesones o ventas en los que los caminantes pudieron encontrar refugio, siendo lugar de frecuente paso entre las dos Castillas en su también camino hacía Aragón a través de la sin par villa soriana de Ágreda.

   Este camino real comenzará a alcanzar cierto relieve en los primeros años del siglo XIX, tras la ampliación y mejora que tiene lugar en los últimos años del siglo XVIII –a partir de 1779-, y al margen de la Guerra de la Independencia, siendo lugar de paso habitual para las tropas francesas, a pesar del mal estado en el que ya para entonces se encontraba, como nos recuerda Gaspar Melchor de Jovellanos en sus “Diarios”, cuando libertado de sus prisiones en Mallorca acudió a Jadraque, procedente de Barcelona, a donde llegó desde las islas, al encuentro con el atencino Juan José Arias de Saavedra; el paso por Paredes tuvo lugar el 31 de mayo de 1808: “… emprendimos la penosa jornada de la tarde atravesando a Villazayas (Villasayas)… Atravesamos luego los famosos campos de Barahona donde tenían sus congregaciones las brujas cuando se creyó que las había; pasando por el lugar del nombre caímos en Paredes, situada en una hermosa y fértil vega, entre alturas, al parecer, volcánicas. Hace frío, y el clima cambió…” Todo hace suponer que Jovellanos pasó la noche del 31 de mayo al 1º de junio en la venta o posada de Paredes, puesto que en su viaje, tras dar vista a la villa, torna su pensamiento a darnos cuenta de algunas costumbres de la tierra, emparentadas con las hoy sorianas de Almazán, como son el vestido de sus hombres, “la gente viste montera, chupa, justillo, calzas de lana y hasta corizies –zapatos de cuero-, como en Asturias.” Y nos habla de la limpieza de los centenos, que por aquí se extendió igualmente a los trigos y resto de cereales, en la limpieza previa de las malas hierbas, con anterioridad a la siega: “se escardan los centenos con dos palos con gancho y esta labor es principalmente de las mujeres. Así los centenares se ven en extremo limpios”.

   A la mañana siguiente, saliendo de la venta de Paredes a eso de las cinco de la mañana, inicio del día, “a la media legua se empieza a descubrir la villa de Atienza…” Villa que se situaba a escasas dos leguas de Paredes; por la que años antes, en 1592, tendremos también el paso del rey Felipe II cuando de regreso de las Cortes de Tarazona descienda por los altos para dirigirse con el príncipe heredero, Felipe III, hasta Atienza, enviando a la guardia que los acompañaba a buscar cobijo en los lugares del entorno en el mes de diciembre de aquel año. El paso de la comitiva real nos lo describe el capitán de los archeros del rey, Enrique Cook, en 1592.

   Años después el mismo camino llevarían a cabo sus herederos, Felipe III y Felipe IV, y por él llegó a Atienza en el mes de enero de 1792 el primer rey de la dinastía Borbón, Felipe V.

   Son sólo dos de las numerosas citas que quedarán para la posteridad del paso de gentes principales por el lugar; que se incrementarán con el paso de los siglos, y más cuando a partir de 1862 las vías férreas crucen por sus cercanías, primero por Jadraque y dos años más tarde por Sigüenza.

   En 1853 se abrió la llamada carretera, tal y como hoy la conocemos, más bien camino de carretas, que conduce desde Madrid a Pamplona por Guadalajara y Soria, y que será en el futuro la que, asfaltada o alquitranada, una estas tierras con las del norte, siendo camino prácticamente obligado para todo aquel que desde la frontera francesa trate de llegar a Madrid por la vía más rápida o más cómoda, hasta que en la década de 1870 llega el ferrocarril a Zaragoza.

   Con el fin de obtener algunos ingresos para mantener el camino-carretera, e ir ensanchándolo con el pasar del tiempo, se crearán una serie de portazgos para cobrar el correspondiente peaje a los viajeros. Serán siete en total entre Madrid y Logroño, ubicándose el tercero saliendo de Madrid, en esta villa; el primero se encontraba en Sopetrán.

   Con posterioridad a esta se abrirá, a partir de 1860 el proyecto de una nueva carretera, la que desde Paredes lleve a través de Riba de Santiuste hasta Sigüenza. Obra que llevará a cabo el contratista Tomás Sandoval, empleando a numerosos trabajadores, hombres, mujeres y niños, así como animales de carga; asignándose a cada persona, o caballería, el correspondiente jornal diario: hombres a 8 reales; mujeres y chicos de 4 a 6 reales y caballerías a 5 reales.

   Carretera que sería mejorada en 1919, quedando desde entonces Paredes surcada por dos reales caminos que, al día de hoy, tan solo ocasionalmente son transitados.

   Como que el tiempo todo lo muda, a veces el paisaje también.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 17 de abril de 2026


UN LIBRO SOBRE PARADES DE SIGÜENZA

PAREDES DE SIGÜENZA. CRUCE DE CAMINOS. Aportes para una historia

   Se encuentra Paredes de Sigüenza en el extremo norte de la provincia de Guadalajara, al pie de los altos de su nombre que separan las actuales provincias de Guadalajara y Soria, dentro de la amplitud de la llanura conocida como “Valle del Salado”, por discurrir a lo largo de este el río que con sus aguas dio pie a la formación en el valle de decenas de explotaciones salineras producto de la desecación de las aguas cuando todo este territorio se encontraba ocupado por ellas. Un mar que llegaba hasta el interior de la península y que dejó en las entrañas de esta tierra, con su desecación, lo que habría de ser con el pasar de los siglos una de las riquezas principales, no sólo del valle, también de la provincia.
      Los estudiosos de la materia, al hablarnos de las salinas de la provincia de Guadalajara y concretar sobre las que se sitúan en torno al valle del río Salado y comarcas de Atienza-Sigüenza, nos dan cuenta de que los terrenos se encuentran formados por consecutivos depósitos de margas, yesos y arcillas: 




   …reductos de un mar primigenio que anegó las tierras del interior peninsular; aparecen surcados en sentido más o menos norte-sur, por diferentes cuencas tributarias de los rebordes del Sistema Central que buscan verter sus aguas sobre una de las principales redes hidrográficas de España: el Tajo. Un tributario de esta red es el río Henares, y a su vez el río Salado lo es del anterior. Su nombre indica su principal característica: desde sus orígenes en torno a la Laguna de “El Madrigal”, discurre cargado de sales procedentes del tajo que el curso de las aguas produjo en las arcillas del Keuper, masivas de este territorio[1].

   Continúan estos autores describiéndonos el terreno, dándonos cuenta de que el río Salado nace en el término de Paredes de Sigüenza, a los pies de la Sierra Gorda, conformando el conjunto del valle un peculiar trazado en zig-zag, al que se adapta el propio río conformado por varios tramos de norte a sur: el valle de Bochones, el valle de los Prados o de Atienza, el valle de Valdelcubo, el valle de la Riba, el valle del Salado-Vadillo, el valle del Atance y el valle de la Paramera de Baides. Siendo sus principales afluentes, salvo el Gormellón que lo hace por la derecha, el resto por la izquierda, el Berral, Querencia, Bretes y Vadillo.
   Justo es, en este punto, dejar constancia de la denominación de “Salado” para un buen número de ríos y arroyos a lo largo de la Península; incluso en la provincia de Guadalajara son numerosas las denominaciones si bien tal vez la más significativa sea la del río Linares, al que igualmente se le denominó “Salado”. Igualmente encontraremos la misma denominación en riachuelos y arroyos que bordean o bordearon las salinas provinciales.
   Hoy la población se encuentra en uno de esos puntos centrales de nuestra España vaciada, en la que domina el silencio.
   Pero, a pesar de ese silencio a que nuestros pueblos, y con ellos Paredes, han quedado condenados, la villa se mantendrá viva, mientras alguien la recuerde y nos quede un testimonio para poder dar fe de que tuvo una historia, unas vivencias, muchas cosas que contar de las que, las páginas que componen esta obra, pueden ser el comienzo.


 
 
ÍNDICE:

-I-
PAREDES DE SIGÜENZA
Pág. 9
Orígenes, Geografía y Población
Demografía

-II
LA HISTORIA
Pág. 17
La Reconquista
La Varona de Paredes
La Comunidad de Villa y Tierra de Atienza

-III-
PAREDES EN LA EDAD MEDIA
Pág. 27
Los Señores de Paredes
Gastón de la Cerda, Señor de Paredes
Paredes en el Condado de Coruña y Vizcondado de Torija

-IV-
EL PASO DE LOS SIGLOS
Pág. 39
El Catastro de Ensenada
El Siglo XIX
Paredes, cruce de caminos
Paredes y la muletería
El Mercado de los Viernes
La Cárcel
El Municipio, el urbanismo y el Concejo
El Pósito
El Médico-Cirujano
Sacristán, Maestro y Secretario Municipal
El horno de pan cocer, u horno de poia
La taberna y la posada
La segregación de Rienda

-V-
PAREDES SIGLO XX
Pág. 69

-VI-
La Iglesia y el Hospital
Pág. 75

-VII-
LAS SALINAS
Pág. 85

VIII-
Entre la historia y la leyenda
Pág. 95
La Laguna del Madrigal de Paredes
La Leyenda de la Laguna de Paredes
El caso de Ángel Cabellos de Francisco
María Pérez, La Varona

APÉNDICES:
Pág. 107
Luis de la Cerda, V conde de Medinaceli, vende a Lorenzo Suárez de Mendoza, I conde de Coruña, Paredes de Sigüenza y su tierra. Sigüenza, 25 de agosto de 1473.
Concierto entre Lorenzo Suárez de Mendoza, I conde de Coruña, y el concejo de Atienza sobre Cincovillas, Madrigal y Vesperinas. Toledo, 9 de febrero de 1480.
Real Orden Sobre Sepulturas, en torno al proceso de exhumación del suicida Ángel Cabellos
PAREDES DE SIGÜENZA, EN LOS DICCIONARIOS
Paredes de Sigüenza, en los anuarios
Condiciones bajo las cuales ha de sacarse a pública subasta la conducción diaria del correo de ida y vuelta entre Paredes y Atienza.

BIBLIOGRAFÍA PRINCIPAL