jueves, abril 16, 2020

CALIXTO RODRÍGUEZ GARCÍA El Rey de la Resina


CALIXTO RODRÍGUEZ GARCÍA
El Rey de la Resina


   El tren correo de la tarde que partió de Madrid en torno a las cuatro de la tarde en dirección a Cervera de la Cañada (Zaragoza), llevaba en el 9 de abril de 1917 una inusual nómina de viajeros. En uno de los coches de primera viajaban, como personajes de excepción, el Ministro de Hacienda, don Santiago Alba y Bonifaz, el Gobernador del Banco de España, don Amón Salvador, acompañado de unos cuantos consejeros -también lo fue don Calixto-; un buen número de altos empresarios del pujante mundo de la empresa española, y por supuesto doña María Lorente con alguno de sus sobrinos. En Guadalajara subieron algunos de los altos nombres de la política provincial, y por carretera, a pesar de la distancia y del tiempo que se tardaría en dar cuenta de ella, entre otros, uno de los pintores de mayor fama en la España de aquellos inicios del siglo XX, don Joaquín Sorolla junto a su mujer y algunos de sus hijos, entre ellos Elenita, prometida de uno de los sobrinos de doña María Lorente cuya boda, en razón de las circunstancias, no tendría más remedio que posponerse. En el coche correo, envuelto en varias banderas, viajaba el féretro de don Calixto Rodríguez y  García, a quien llevaban a enterrar al panteón familiar que adquirió en aquel cementerio, en el que ya descansaba su primera esposa, doña Martina  Lorente Soriano, casualidades de la vida, tía de la segunda.



   Don Calixto Rodríguez García, fue uno de esos hombres todopoderosos que nos pinta la España de los comienzos del siglo XX. De la que se llamó, por llamarla de algún modo, España de los caciques, hijo de un tiempo en el que una comarca, pueblo o región estaba dominada, en lo político, económico y social por una persona como él. Don Calixto llegó a tener en su mano la comarca guadalajareña de Molina de Aragón. Un hombre, y un nombre que llegaron aquí de muy lejos, nada menos que del asturiano Gijón, para ser por estos pagos el amo y señor de vidas y haciendas; como por otros rincones provinciales dominaba la mano de don Alvaro de Figueroa. Con quien compartió afición por las codornices. Don Calixto, a pesar de todo, fue hombre querido, admirado y apreciado en esta tierra en la que asentó sus reales, y en la que dio de comer a muchas familias gracias a su espíritu emprendedor, y a sus industrias.

   Fue, por profesión y afición, Ingeniero de Montes, y como Ingeniero desembarcó en nuestra provincia en 1876, con apenas 28 años de edad; ya que nació en el revoltoso año de 1848, el 29 de abril, en medio del convulso reinado de Isabel II. De su oficio surgió su posterior negocio, ya que conoció, y mejoró, los montes y pinares de nuestras tierras y encontró que en la comarca de Molina una de las materias emergentes en aquellos tiempos, la resina, apenas se explotaba. De su mano surgió la Unión  Resinera Española, y las factorías de Mazarete, Almazán y Anquela del Ducado, entre otras, que explotaban la resina de los extensos pinares del antiguo Ducado de Medinaceli. Factorías en las que ocupó a centenares de hombres que de alguna manera le debían el pan diario y lo consideraron, más que como a un amo, como a un padre, con lo que cuando al pasar del tiempo se dedicó a la política no le fue difícil conseguir los votos que le llevasen al Congreso de los Diputados por la comarca de Molina en 1891 –por vez primera-, alternándose como Diputado y Senador hasta el primer decenio del siglo XX; a poner y quitar alcaldes y, a medio camino entre los finales del siglo XIX y los comienzos del XX, ser el todopoderoso señor de la tierra molinesa. Su dedicación al Señorío fue recompensado con títulos y nombramientos como el de “Hijo Adoptivo de Molina de Aragón”, en el mes de enero de 1907.

   Sus negocios fueron tan prósperos, y su visión para invertir tan ágil, que llegó a convertirse en uno de los hombres más poderosos y acaudalados de España. Por supuesto que también de la provincia de Guadalajara, donde en algún momento de su vida pocas cosas escaparon a su mirada, forjándose además la idea de hombre amable y bonachón, que lo era. Al contrario que algunos otros de sus coetáneos. Además, y como por aquel entonces no existían las redes sociales que contribuyesen a promocionar su imagen creó, como solían hacer los grandes personajes de su categoría, su propio periódico en 1880, La Verdad, a través del que dar a conocer no sólo sus proyectos políticos o sus negocios o sus obras de caridad, que las hacía; también aquellos otros gestos que sin duda contribuían a que su nombre e imagen ganasen adeptos: construyó caminos y carreteras; llevó el agua potable y la luz eléctrica a algunos pueblos comarcanos, e incluso a la ciudad de Santander, y no faltó su mano cuando alguien le pidió ayuda. Fue lo que se dio en llamar un cacique bueno. Si cacique fue.


   No sabemos si se la pidió aquel gran pintor de su tiempo que se llamó Joaquín Sorolla y que a Madrid llegó de Valencia trayéndose en sus pinceles la luz del Mediterráneo. En alguna ocasión don Joaquín contó que parte de su éxito se lo debía a don Calixto, quien en sus comienzos le compraba sus cuadros, fuesen malos o buenos, con el sano fin de ayudarle a salir adelante. En otras ocasiones se expresó diciendo que don Calixto, en Madrid, compraba muchas obras suyas. Con lo que hemos de entender que la amistad fue creciendo, al tiempo que la fortuna de nuestro hombre y la fama del pintor, en unos tiempos en los que tener colgado de las paredes de la sala principal de la casa un retrato pintado por un pintor de fama era tanto como tener un título  nobiliario. Don Calixto se convirtió en el mayor coleccionista de obras de Joaquín Sorolla, quien lo retrató a él y a sus dos esposas. A María, incluso, de niña y de mujer. A don Calixto, en el despacho y en la sala.

   Contrajo un primer matrimonio con doña Martina Lorente Soriano, mujer de virtudes y bondades, según quienes la conocieron, quien dejó este mundo el 5 de noviembre de 1902. Contrajeron matrimonio quince años atrás, compartiendo alegrías y penas; sin que de él quedase otra descendencia que el prohijamiento de unos cuantos sobrinos de doña Martina que vivieron con el matrimonio, entre ellos María Lorente Jiménez, con quien nuestro hombre contraería un segundo matrimonio pasados los lutos, en 1905. Doña Martina dejó al morir una fundación en Cervera de la Cañada, que supervisada por el obispo de Tarazona, debía de mantener, de por vida, a un sacerdote. También se ocupó de Mazarete, a cuya iglesia donó unas cuantas imágenes, entre ellas, la de la Virgen de los Dolores.


   Don Calixto, como decían las crónicas de su tiempo, fue uno de esos grandes emprendedores que de cuando en cuando surgen; un  hombre que se hizo rico, se arruinó, a raíz de uno de esos incendios misteriosos que se cebaron en sus resineras; recuperó la fortuna y continuó luchando hasta que la enfermedad fue minando sus fuerzas, retirándose poco a poco del mundo de los negocios, que dejó en manos de su hermano Joaquín, y de la política provincial, dejando sus representaciones provinciales en don Juan Sol y Ortega, hasta que don Juan falleció, que lo hizo, antes que él.

   Don Calixto murió en Madrid a eso de las diez de la mañana del 8 de abril de 1917 en su palacete de la calle de Almagro, que lucía en la decoración de techos y pareces los frescos que le pintase don  Joaquín Sorolla, y desde la calle de Almagro salió el cortejo fúnebre camino de la estación del Mediodía, camino del cementerio de Cervera de la Cañada. A las cuatro de la tarde, más o menos, partió el tren, que llegó a Cervera echada ya la noche. El 10 de abril don Calixto Rodríguez ocupaba su lugar en el panteón familiar. Muchas familias de la comarca de Molina, de Mazarete y Anquela del Ducado, hicieron el camino aquella mañana desde sus pueblos para despedir a quien todo lo fue, y lo tuvo, en el Señorío; en donde dejó el recuerdo de hombre bueno y respetado que le acompañó a lo largo de su existencia.

   Calixto Rodríguez García, Ingeniero de Montes, político y empresario en el Señorío de Molina de Aragón, nació en Gijón (Asturias), el 29 de abril de 1848; falleció en Madrid el 8 de abril de 1917.

Tomás Gismera Velasco
Gentes de Guadalajara
Henaresaldia.com
Guadalajara, abril 2020

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