lunes, julio 13, 2020

EL MUSEO DE SAN GIL, DE ATIENZA


EL MUSEO DE SAN GIL, DE ATIENZA
Se cumplen treinta años de la inauguración del Museo de San Gil



   Sucedió el glorioso sábado 14 de julio de 1990, por la mañana. Un día luminoso como pocos, del que ahora se cumplen treinta años. Los primeros treinta años de un evento que de una u otra manera trasformó, para bien, la villa de Atienza.

   Aquella mañana se dieron cita en la villa hidalga las principales autoridades de la provincia, encabezadas por el presidente de la Diputación  provincial, a la sazón don Francisco Tomey Gómez, a quien acompañaban algunos diputados, congresistas y senadores, así como el señor obispo de la diócesis, don Jesús Plá y Gandía. Todos acudieron a la villa para arropar a su párroco, don Agustín González Martínez, en el gran evento que iba a tener lugar. La inauguración oficial del Museo de Arte Religioso de San Gil. Un proyecto que comenzó veinticinco años atrás y que, por fin, se materializaba esa mañana cuando se abrían sus puertas para que el público de Atienza en particular, y el de la provincia, con extensión a las ya existentes comunidades autónomas nacionales, en general, pudiesen admirar lo que una población como la de Atienza había conservado a lo largo de los siglos en sus numerosas iglesias y parroquias.



   Agustín González, el párroco de Atienza, había hecho posible “el milagro de Atienza”, como algunos medios nacionales bautizaron el evento, y no era para menos. En pocas ocasiones la voluntad se alzó por encima de los intereses, al lograr lo que otras personas no consiguieron.

   El propósito había dado comienzo muchos años atrás, en la década de 1960, cuando en Sigüenza comenzó a proyectarse el Museo Diocesano y algunos párrocos y muchos vecinos de las distintas poblaciones de la diócesis no vieron con buenos ojos el que su obispo diocesano, entonces don Laureano Castán Lacoma, se llevase a la capital del obispado las obras de arte religiosas que desde que tuvieron edad de ver y entender admiraron en las iglesias en las que recibieron las aguas del bautismo. Hoy es públicamente conocido que muchas de aquellas obras se libraron de la rapiña de los hombres gracias a ello, a pesar de que entonces no se comprendiese.

   También de Atienza trató de llevarse al Museo Diocesano, don Laureano Castán Lacoma, algunas de las piezas más significativas de sus iglesias. No debió de poner mucho interés, o debió de ver que las fuerzas principales de la villa se resistían, puesto que siguieron donde estaban. A pesar de que incluso se estudió el desmonte y montaje posterior en el Museo seguntino, de una de las piezas arquitectónicas más significativas del arte religioso del periodo románico atencino, la portada íntegra de la iglesia de Santa María del Rey, como algunas piezas arquitectónicas de otras iglesias emprendieron el camino de Sigüenza.

   Fue por entonces, mediada la década de 1960, cuando algunos párrocos de los pueblos de la diócesis se dispusieron a velar armas por el patrimonio religioso de sus parroquias. En evitación de que lo que fue del pueblo saliese de él. Y tratar de librarlo al mismo tiempo de una oleada de rapiña mundana que recorrió la España de esa década, y posteriores. Obras religiosas, retablos, orfebrería y sólo Dios sabe cuántas piezas más, desaparecieron de sus lugares de origen y aparecieron después en tiendas de antiguallas o en manos particulares. Del saqueo no se vieron libres las manos de gentes de buena situación, párrocos o sacristanes, alcaldes o simples pregoneros que sucumbieron a la codicia del anticuario que a cambio de unas pocas pesetas se llevó la pieza deseada.

   Atienza albergaba entonces un importante legado, otro no menos significativo se perdió por el camino de los siglos, cuando llegó a la villa, por 1966/67, quien comenzó a catalogar las piezas de arte de las iglesias atencinas, el párroco –natural de Angón-, Lucas de la Villa Llorente. A él se debió el primer catálogo y, quizá, la primera resistencia a que algunas piezas de arte saliesen de Atienza y fuesen pilar de futuros museos. A iniciativa suya se fundaría la “Junta Parroquial de Obras”, presidida por el propio párroco, para velar por ello y los intereses de las parroquias atencinas. Le acompañaban como vocales don Julián Ortega –alcalde entonces-, seguido de lo que en aquellos tiempos se llamó “gentes de calidad” de la villa: D. Ángel López, D. Manuel Martín; D. Félix Pérez; D. Pedro Somolinos, D. Eugenio Gonzalo y D. Mariano Cabellos, y se nombró secretario a D. Jesús Peces, con facultad para reunirse siempre que fuese oportuno.

   Hecho el primer catálogo de obras las piezas quedaban clasificadas, con conocimiento de lo que existía. Marchó de Atienza, poco después de llevarse a cabo el inventario, don Lucas de la Villa, siendo sustituido por uno de los párrocos intelectuales más conocidos de la provincia, don Epifanio Herranz Palazuelos, quien continuó con esa labor emprendida, y aquella  lucha contra la gigantesca maquinaria del Estado. Por Atienza se pasearon ministros y directores generales, prometiendo que a no tardar se daría inicio a las obras del proyectado museo, mientras las iglesias se derrumbaban. A don Epifanio lo sustituyó don Sebastián Sanz López, quien todavía, porque los tiempos avanzaron un poco más, consiguió algo: que los tejados de las iglesias se comenzasen a retejar. Y a don Epifanio sustituyó don Constantino Casado, quien entabló más de una batalla, enfrentándose incluso a algunos vecinos de la villa, por lograr el anhelado Museo. Glorioso es, sin duda, uno de los artículos de prensa que al respecto publicó quien ya era vecino de la villa, el periodista Luis Carandell, quien de una u otra manera también ayudó, como tantas manos anónimas, a dar a conocer lo que Atienza guardaba en sus celadas alacenas.

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   En tiempos de unos y otros párrocos se aprobaron algunas primeras ayudas para obras en la iglesia de San Gil, y en la Santísima Trinidad. En Santa María del Rey lo hicieron antes. Poca cosa, puesto que los tiempos, en historia y política, no estaban para demasiados derroches. También marcharon don Sebastián Sanz y don Constantino Casado sin ver culminados sus deseos.

   La llegada de don Agustín González, y el cambio de la sociedad española, y de la política, en muchos aspectos, propició que las comunidades autónomas, y las diputaciones provinciales, aflojasen un poco la mano del monedero, y aportasen algunos capitales para ir empezando a subsanar el agujero que dejó la historia y el pasar del tiempo en nuestras iglesias. Entre ellas la de San Gil, a la que por fin, allá por el inicio de la década de 1980 le llegó el primer presupuesto para obras, algo así como ocho millones de las pesetas que tanto se estiraban, y que tardaron más de la cuenta en llegar. A estas se sumaron algunas más tiempos después y, poco a poco, la obra se fue concluyendo, no sin dejarse en el camino, unos cuantos quebrantos y no pocos paseos el párroco que llevaba a cabo el cometido.

   Sin duda, todo quedó atrás aquel glorioso 14 de julio en el que el cura de Atienza se vio arropado por las primeras autoridades civiles y religiosas de la provincia, y por las gentes del pueblo, que admiraron, y continuaron admirando después, el logro.

   En el Museo de San Gil podían verse las tablas originales del siglo XV que representan a las Sibilas y los Profetas, que fueron sacadas de la iglesia de Santa María del Rey poco antes de que la humedad, o las malas artes, se las llevasen a mejor mundo; parte de la orfebrería; piezas que nadie en Atienza se imaginaba que existiesen; enormes lienzos, esculturas prodigiosas, cruces, cristos…





   Se llenó el Museo. La iglesia, a partir de entonces, para quienes la conocimos como granero, aserradero, almacén municipal o simplemente ruina de los tiempos, lució como nunca antes lo hiciese. Y lo continúa haciendo.

   A este, el primero, llegó un segundo, en San Bartolomé. Y a este sucedió el tercero, en la Santísima Trinidad. Son quizá las piedras angulares del arte de Atienza que complementan la historia de nuestros días y resumen la que quedó velada por el pasar de los siglos. Son el hoy de lo que nos dejó el ayer.

   Aquel día, ahora se cumplen treinta años, comenzó a forjarse la nueva historia de Atienza, la de sus museos. Y justo es felicitar, llegados a ellos, a quienes, de una u otra manera consiguieron transformar el pasado ruinoso en presente glorioso, comenzando por el párroco que abrió las puertas de Atienza al mundo, aquel 14 de julio de 1990.

   La visita, a cualquiera de ellos, obligada es.


Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara,10 de julio de 2020


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