jueves, marzo 26, 2015

SINFO CUMPLE CIEN AÑOS


SINFO CUMPLE CIEN AÑOS


   El 8 de junio de 1911, hace ahora cien años, nacía, en Robledillo de Mohernando, Sinforiano García Sanz.

   Nacía en una época en la que la provincia de Guadalajara, y la Campiña a la que Robledillo pertenece, conservaba intacto todo un acervo folclórico heredado a través de los siglos, y que formaba parte de la identidad cultural de un gran número de poblaciones en las que enmascarados y botargas, como personajes más identificativos, acudían a su diaria representación anual en el momento en el que las nieves comenzaban a teñir los picachos del Ocejón, continuando su escandaloso cencerreo más allá de los primeros fríos invernales, cuando las cigüeñas comenzaban, por San Blas, a ocupar sus viejos nidos en las centenarias torres de las iglesias de la zona.

   Nunca fue hombre de letras universitarias, que cuando hay amor a la tierra y deseos de engrandecerla parece que los libros sobran, pues se escriben a diario con el empeño mismo de dejar para las generaciones futuras la ciencia propia de lo sentido y lo vivido. Así se fue Sinforiano haciendo mayor, a base de comprobar, viviendo la realidad, lo que era el folclore provincial de las décadas de 1920 y 30. Cuando ya su ciencia se encontraba en sazón y comenzó a elaborar sus propios trabajos e idear su forma de vida, a través del libro, organizando y montando su propia librería, tras un viaje a Barcelona al concluir la Guerra Civil, en la entreplanta de un caserón madrileño de la calle de Fuencarral.

   Dicen quienes mejor le conocieron, y lo dicen con la certeza de quien no teme equivocarse, que Sinforiano García Sanz fue el auténtico descubridor de las botargas alcarreñas, de esas que, al día de hoy, se han convertido en signo de identidad festiva del invernal reposo de Guadalajara. Y cierto ha de ser, puesto que en sus trabajos recopilatorios sobre botargas y enmascarados figuran las que hoy son y las que fueron, en número tan elevado que, tratando de llegar a él, no hay año que desde que Sinforiano se marchó para siempre, no surja una nueva, como testimonio que lo trata de recordar y hacer presente.

   En sus trabajos, dedicados más a la investigación que al adorno literario,  dejó reseña escrita en sus “Botargas y enmascarados alcarreños, (Notas de etnología y folclore)”, que vio la luz en su primera parte en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, corriendo el año de 1953. Trabajo completado en los Cuadernos de Etnología de Guadalajara, y su número 1, publicado por la Diputación Provincial de Guadalajara y su Institución de Cultura “Marqués de Santillana”, en 1987, cuando Sinforiano García Sanz se había convertido, simplemente, en Sinfo.

   Pero más allá de esos trabajos reseñados a vuelapluma, Sinfo fue mucho más lejos en su labor autodidacta de recopilador de la cultura tradicional de la provincia, añadiendo a su conocimiento una inmensa biblioteca de temas provinciales a la que, como cuentas de un rosario, fue incorporando viejos volúmenes desaparecidos en manos de anticuarios, que en su día volaron en alas del destino, escapando de las bibliotecas de conventos o monasterios, y quedaron registradas para el conocimiento general, junto a libretos, estampas, o figuras de Belén, de las que también llegó a ser coleccionista.

   Pero a más de todo lo reseñado, Sinforiano García, reconvertido en popular Sinfo para centenares de amigos y conocidos, comenzó en la década de 1940 a ser uno más de aquellos soñadores que trataron de dar a Guadalajara un realce necesario, aún a fuerza de estar fuera.
   Sinfo, entre aquella “manada” de intelectuales que comenzaron a lamerse las heridas del destierro provincial a fuerza de laborar desde fuera por lo que dejaron atrás, comenzó a ser uno más entre aquella pléyade de hombres y nombres hoy míticos en la cultura de la gran Guadalajara: Francisco Layna Serrano, Tomás Camarillo Hierro, José Sanz y Díaz, Claro Abánades, el doctor Castillo de Lucas, José María Alonso Gamo, José Antonio Ochaíta…, y tantos más cuya relación haría interminable la lectura de su nómina.

   En aquella década de los años 40 en la que Guadalajara, como la España entera, se sacudía el hambre a base de hueso sustanciero y guiso de patatas sin sustancia, estos que en Madrid se sacudían la sed de soles de mayos alcarreños forjaban su “Colmena” de hijos amantes y laboriosos de su tierra, de la que Sinfo fue uno de sus primeros seguidores, uno de sus primeros impulsores, y su primer Secretario General. Su vuelo, por las circunstancias de los tiempos, fue breve, tan breve como el vuelo de la perdiz en los trigales de la Campiña; pero a “La Colmena” seguirían otras iniciativas, tal vez con mejores cimientos, en ocasiones surgidas al embrujo de los viejos cafés, entre halos de humo negro y el penetrante tufo del humo de la pipa que se le pegó a los labios y pasó a ser parte del Sinfo intelectual y erudito.

   Tras “La Colmena” llegaría el sueño de La Casa de Guadalajara en Madrid, que en la idea de Sinfo debía de ser otra Colmena. También aquí fue Sinforiano García uno de sus primeros impulsores, y defensores, tanto que se asignó, para no ser el primero, el cuarto puesto en el orden jerárquico de la fundación, y su primer vicesecretario de la Junta Constituyente, que le designó, con las puertas de la Casa abiertas, Vicepresidente, cuando Guadalajara comenzaba a despertar a los años 60. Y a La Casa de Guadalajara dedicó parte de su vida, entre secretarías, vicesecretarías, vicepresidencias y, ya puestos, libros de biblioteca, pues desde que la biblioteca se abrió, hasta que las piernas de Sinfo comenzaron a subir con paso temblón los peldaños de la escalera, Sinforiano fue Bibliotecario de la Casa de Guadalajara en Madrid.

   Largos fueron los años, y largo el camino recorrido. Recompensado con el tributo amistoso de quienes, en vida, le admiraron y pusieron su nombre en una placa, en su Robledillo natal, cuando ya el viejo seiscientos con el que se recorrió la Guadalajara entera comenzaba a dar muestras de cansancio.

   Aquello fue en el frío enero de 1993, templado con un cencerrear de botargas y unos guisos de patatas. Dos años después Sinfo, en ese caminar que nunca para, por más que trate de pararse el tiempo, se fue a dormir, hasta la eternidad entera, al lugar del que salió, a Robledillo de Mohernando.

   Atrás dejó, para los amantes de la cultura tradicional de una Guadalajara que se sacudió el polvo de los caminos y se embruja al sonido, color y sentimiento mundano de botargas y enmascarados alcarreños, un primaveral invierno que lo revive cada año. Por ciento y muchos más.

TOMAS GISMERA VELASCO