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viernes, junio 01, 2018

ISAAC ROMANILLOS, Y LA BODA DEL REY ALFONSO XIII


ISAAC ROMANILLOS, Y LA BODA DEL REY ALFONSO XIII
Natural de Atienza, murió a causa de la bomba que atentó contra el rey

 
  Puede que de no haber sido hijo de pastores Isaac Romanillos fuese, al día de hoy, uno de esos héroes de los que los libros de historia se hacen eco a través de las páginas que dan cuenta de los sucesos que acaecen más allá de nuestro horizonte. Pero resulta que Isaac Romanillos Sancho lo era; hijo de pastores y además pasó algunos meses en la Inclusa.

   Su padre, Cándido Romanillos, fue un buen hombre natural del pueblecito de Bochones, junto a Atienza, que se casó en la villa castillera con la atencina Vicenta Sancho en la década de 1870 y, como mandaban los tiempos, tras el enlace comenzaron a nacerles los hijos que, conforme nacían, emprendían el viaje a la eternidad. O sea, al cementerio.



    Bochones fue, en su tiempo, pueblo de pastores. Hoy es uno de esos pueblos de la provincia de Guadalajara, anexionado a Atienza, que se ha quedado prácticamente desierto, con toda la hermosura de su belleza natural rodeándolo; Atienza a un lado, al otro Soria, y allá a su frente Casillas. Tierras del romance y aún por descubrirse la hermosura de estos pueblos de arenisca roja que merecen una mirada. Que, al otro lado de Atienza, sigue habiendo pueblos, y vida.

   Entre Bochones, Barcones, Atienza y Madrigal, otro de esos pueblos que se agazapan entre las barranqueras del otro lado de Atienza, pasó el matrimonio de pastores parte de su vida. No está claro el por qué dejaron al chiquillo Isaac, nacido en 1883, en el torno de la Inclusa de Atienza, dependiente de la Diputación Provincial; pero lo hicieron. La Inclusa de Atienza ocupaba un lugarcito en aquel magnífico hospital dieciochesco, hoy de arquitectura descalabrada y convertido en hotel, a la entrada de la villa. Lo recuperaron en 1885. Y continuó con los padres ejerciendo oficios de zagal hasta que le llegó la hora de servir a la Patria. Y así fue como nuestro muchacho se encontró, en los primeros años del siglo XX sirviendo en el Regimiento Wad-Ras 50, que fue el encargado de cubrir carrera aquel 31 de mayo de 1906 del enlace real entre don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia que, por azares de destino se llenó de sangre.

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   Las mismas crónicas que dan cuenta del enlace dicen que el propio Presidente del Gobierno habló con el Rey de la posibilidad de un atentado. El trayecto de ida, desde palacio a la iglesia, discurrió sin incidentes. Tampoco los hubo en la iglesia y el cortejo, que salió de ella pasada la una del mediodía, discurrió sin novedad a través de medio Madrid, por la Carrera de San Jerónimo, así como por la Puerta del Sol. Cuando la carroza de los reyes entró en la calle Mayor, eran alrededor de las dos y media de la tarde.

   A esas horas, en el espacio que a la altura del número 88 de la calle Mayor se abría, prácticamente frente a la Capitanía General, se escuchó el estrépito de la bomba que, oculta en el ramo de flores, cayó desde el balcón de la esquina del edificio, rebotó con los cables del tendido eléctrico, que lo desvió, y fue a caer a uno de los lados de la carroza real.

   El griterío de los heridos acompañó la salida de los reyes, quienes resultaron ilesos, en busca de la carroza de respeto con la que continuaron a palacio. Atrás quedaba un reguero de muertos y muchos, muchos heridos. Las cifras posteriores darían 32 muertos y más cien heridos de diversa consideración.

Entierro de los militares fallecidos a causa de la explosión, entre ellos Isaac Romanillos
   En aquellos primeros momentos los heridos fueron atendidos en el mismo lugar, hasta ser trasladados a las diferentes casas de socorro. Al igual que los muertos, la mayoría civiles, aunque no faltaron militares de los que cubrían carrera, la mayoría pertenecientes al Regimiento de Wad-Ras número 50, dedicado a la escolta del Rey.

   Entre los muertos del Regimiento están uno de los capitanes, dos tenientes, varios soldados, un cabo, el tambor…

    Algunas personas de la provincia de Guadalajara también se encontraron entre los muertos y heridos: Guillermo Molina y Zenón Llorente, naturales de la capital, y Vicente Taberner, de Hinojosa, y pertenecientes al Regimiento Wad-Ras, resultaron heridos. También algunos espectadores, entre ellos Daniela Hernández, de Molina, y Rafaela Barrios, de Guadalajara. Fueron los nombres que ofreció la prensa provincial, encargándose de dar la noticia de la muerte en el hospital, a causa de las heridas, de Guillermo Molina. Ningún medio comunicó la muerte de Isaac Romanillos Sancho. La bomba explotó a sus pies.

   Un gesto tuvo Su Majestad para con los muertos y heridos, ya que a todos se les concedió una paga, dependiendo del carácter de sus heridas y del estado al que pertenecían, civil o militar. Los militares fueron condecorados y ascendidos un grado. Aparte de ello, y de resultas de las suscripciones populares para ayudar a las víctimas y levantarles un monumento, se repartieron algunas cantidades. A Cándido Romanillos se le entregaron 700 pesetas de lo recaudado, y le dejaron una paga anual por la muerte del hijo de 273 pesetas con 75 céntimos.



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Los padres de Isaac no pudieron asistir a los funerales, celebrados el 1 de junio en Madrid. Entre otras cosas porque no conocieron la muerte del hijo hasta muchos días después.

   Su cuerpo, junto a los militares fallecidos de su Regimiento fue trasladado a una sala de la planta baja de la clínica militar instalada en la iglesia del Buen Suceso, en la calle de la Princesa, que sirvió de capilla ardiente, y que en la tarde del 31 fue visitada por el Rey.

   A finales de aquel año, y por suscripción popular, se levantó frente al lugar en el que cayó la
bomba un gran monumento de recuerdo, en el que figuraron los nombres de todos los fallecidos, monumento que dañado durante la Guerra Civil, terminó retirándose para ser suplido por el hoy existente.

Momento del estallido de la bomba, al paso de la carroza real, que costó la vida a casi medio centenar de personas


   La partida de nacimiento de Isaac Romanillos, único recuerdo del muchacho de 23 años que perdió la vida en el atentado contra el Rey de España, está en los archivos eclesiásticos de Atienza, la partida de defunción en Madrid, en el registro civil del distrito de Palacio, libro de defunciones folio 90, libro 123, en él podemos leer: Por don Manuel Kreisler Ubago, Secretario, se procede a inscribir la defunción de Isaac Romanillos Sánchez (Sancho), natural de Atienza, provincia de Guadalajara, de veintitrés años de edad, soltero, soldado del Regimiento de Infantería Wad Ras núm. 50, hijo de Cándido Romanillos y Vicenta Sancho, cuyas naturalezas y demás fuentes se ignoran, falleció delante de la casa número 88 de la calle Mayor, a las catorce horas y treinta minutos del día 31 de mayo de 1906…

   Lo enterraron el 1 de junio, de hace 112 años. Y el tiempo, quizá porque fue hijo de pastores, se encargó de olvidarse de él.

Tomás Gismera Velasco
Semanario Nueva Alcarria
Guadalajara, 1 de junio de 2018 
 
 

domingo, octubre 12, 2014

ISAAC ROMANILLOS SANCHO, VÍCTIMA DEL ATENTADO CONTRA ALFONSO XIII



 LA BODA DEL REY
     Madrid estaba preparado, el 31 de mayo de 1906, para celebrar uno de esos eventos llamados a pasar a la historia de las ciudades, de los reinos, e incluso de los continentes, puesto que la boda del rey de España, Alfonso XIII, con una de las princesas de Inglaterra, aunque la princesa fuese de las llamadas “de segunda fila”, atraía la atención de media Europa, y hasta Madrid, para asistir a las nupcias reales se habían trasladado, de media Europa, representantes de la mayoría de las casas reinantes.

   Se hemos de hacer caso a las crónicas del momento, “Madrid se encontraba desbordado de gente y animación”. Y había, por supuesto, entre los altos mandos policiales y miembros del Gobierno, un temor indiscutible a la posibilidad de un atentado. Por aquellos días se cumplía un año de lo sucedido en París, un año del intento de asesinato del Rey Alfonso en la calle Rohan cuando junto al presidente de la República de Francia regresaba de la ópera, en lo que era su primera visita al extranjero. El 31 de mayo de 1905.

   Hoteles y pensiones madrileñas tuvieron que colgar el cartel de “completo”, también los teatros y los espectáculos, y los cafés, puesto que a Madrid se desplazaron multitud de visitantes de las provincias limítrofes, y del resto de España para asistir a uno de esos espectáculos que la historia permite que se puedan ver dos o tres veces a lo largo de una vida. Se trataba, pues, de un momento realmente histórico para la historia de España.

   También, para colaborar en la seguridad real, y de los visitantes extranjeros, a Madrid se trasladaron policías de media Europa. Lo contó el conde de Romanones, entonces ministro de la Gobernación: Acudió a Madrid el personal más experto de las policías francesas, alemanas, inglesa e italiana. Y por supuesto la española se encontraba alerta, bajo las órdenes del experimentado Director General Emilio Moreno. Con vigilancia hacía los partidos políticos y personajes destacados que pudieran aprovechar la ocasión para armar revuelo.

   Se temía, nadie lo negaba, un atentado contra el Rey, o contra alguno de los muchos personajes que se reunirían en Madrid.


   Las mismas crónicas de aquel día nos dice: El propio Presidente del Gobierno habló con el Rey de la posibilidad de un atentado, temiéndose que ocurriese en la propia iglesia de San Jerónimo, que fue minuciosamente registrada, lo mismo que las calles por las que había de discurrir el cortejo de ida y vuelta, cambiando a última hora el trayecto de retorno, ya que en principio llegaría a palacio a través de la calle del Arenal y a última hora se decidió que lo hiciese por  la calle Mayor que, como todas por las que el cortejo discurriría, se encontraba tomada por el público, y por un ejército de policías, y militares, cubriendo carrera.
 
EL ATENTADO
   El trayecto de ida, desde palacio a la iglesia, discurrió sin apenas incidentes. Salvo los que cuentan de alguna caída de caballo de los carristas, o de los mareos del público, a pesar de que no era un día de demasiado calor, sino con amenaza de lluvia. Tampoco hubo incidente alguno en la iglesia, y el cortejo, que salió de ella pasada la una del mediodía, discurrió sin novedad alguna a través de medio Madrid, por la Carrera de San Jerónimo, uno de los lugares más complejos y temidos para caso de atentado, así como por la Puerta del Sol.

   El conde de Romanones vuelve a recordarnos aquel paso, que observó desde los balcones de su ministerio, con la tranquilidad de que ya había pasado lo peor. Cuando la carroza de los reyes entró en la calle Mayor, Romanones decidió retirarse a descansar a su casa, después de casi dos días sin apenas descanso. Imaginando que todo había acabado. Cuando salió del ministerio el cortejo de acompañamiento todavía continuaba subiendo por la Carrera, y algunos carruajes avanzaban por la plaza de la Cibeles.

   Desde la Puerta del Sol a la plaza de la Villa debía de haber unos quinientos metros, y por allí, debía de andar la carroza real con los reyes, a juzgar por los vítores de la gente y el sonido de las campanas de aquella parte de Madrid, pues iban tocando al paso de la comitiva. Eran alrededor de las dos y media de la tarde ya.

   Entonces, a esas horas, en el espacio que a la altura del número 88 de la calle Mayor de abría, prácticamente frente a la Capitanía General, se escuchó el estrépito de la bomba que, oculta en un ramo de flores, cayó desde el balcón de la esquina del edificio, rebotó con los cables del tendido eléctrico, que lo desvió, y fue a caer a uno de los lados de la carroza real.

   La explosión fue inmensa, y el griterío del público lo llenó prácticamente todo. Al instante, una vez que el humo de la explosión permitió ver lo que sucedía, todo el mundo tuvo la certeza de la gravedad de lo sucedido. Algunos de los caballos de la carroza real agonizaban reventados sobre la calle, otros estaban muertos, y entre el   público   sucedía   lo mismo. El griterío de los heridos acompañó la salida de los reyes, quienes resultaron ilesos, en busca de la carroza de respeto con la que continuaron a palacio, atrás quedaba un reguero de muertos y muchos, muchos heridos. Las cifras posteriores darían 32 muertos y más cien heridos.

   En aquellos primeros momentos los heridos fueron atendidos en el mismo lugar, hasta ser trasladados a las diferentes casas de socorro. Al igual que los muertos, la mayoría civiles, aunque no faltaron militares de los que cubrían carrera, la mayoría pertenecientes al Regimiento de Wad-Rás número 50, dedicado a la escolta del Rey. Entre los muertos del Regimiento están uno de los capitanes, dos tenientes, varios soldados, un cabo, el tambor…

   El autor del atentado, que fue inmediatamente identificado, pues no ocultó su identidad al registrarse en la pensión desde la que llevó a cabo el atentado, escapó en medio del alboroto, ofreciéndose por cualquier información que llevase a su detención, 25.000 pesetas. Todo un capital.

   De tal magnitud fue la explosión que algunos de los fallecidos fueron las mismas personas que se encontraban viendo el paso del cortejo desde los balcones de la casa desde la que fue arrojada la bomba: Un fallecido en el cuarto piso, dos en el segundo y cuatro más en el principal, entre los que se contaron a la marquesa de Tolosa y una hija de los condes de Adanero.

   Algunas personas de la provincia de Guadalajara también se encontraron entre los muertos y heridos: Guillermo Molina y Zenón Llorente, naturales de la capital, y Vicente Taberner, de Hinojosa, y pertenecientes al Regimiento Wad-Rás, resultaron heridos. También algunos espectadores, entre ellos Daniela Hernández, de Molina, y Rafaela Barrios, de Guadalajara. Fueron los nombres que ofreció la prensa provincial, encargándose de dar la noticia de la muerte en el hospital, a causa de las heridas, de Guillermo Molina.
    Ningún medio comunicó la muerte de Isaac Romanillos Sancho.
 
ISAAC ROMANILLOS SANCHO
   La confusión de los primeros momentos hizo pasar a Isaac Romanillos por vecino de Madrid, y natural de la provincia de Soria. A pesar de que desde el Regimiento Wad-Rás 50 en el que servía, se apresuraron a informar de que era natural de la villa de Atienza, en la provincia de Guadalajara, a pesar de que por error se confundió su segundo  apellido, trastocando el Sancho por un “Sánchez”, con el que fue inscrito, tanto entre los fallecidos, como en el registro civil.
  
   Había nacido, efectivamente, en Atienza, en 1883. La fecha exacta la desconocemos, si bien tenemos el dato de que fue entregado al poco de nacer a la inclusa de Atienza, que por aquellos años todavía funcionaba, dependiente de la Diputación de Guadalajara.

   No conocemos el motivo por el que fue entregado a dicha institución para su crianza, pero en ella estuvo hasta el mes de febrero de 1885, que fue reclamado por su padre, Cándido Romanillos Cercadillo, y le fue concedida la custodia.

   Cándido Romanillos, el padre, figura en algunas partidas como pastor, y en otras como labrador, de lo que si tenemos certeza es de que residió en varias poblaciones de los alrededores de Atienza, probablemente ejerciendo su labor.

   Cándido Romanillos Cercadillo nació en Bochones en 1858, y se casó en Atienza con Vicenta Sancho Somolinos, marchando a vivir a Madrigal, de donde pasaron a Atienza, y tras una estancia de casi 12 años en Barcones, regresaron a Atienza, de donde salió Isaac Romanillos en 1904 para servir al Rey, y morir por el Rey.

   Un gesto tuvo Su Majestad para con los muertos y heridos, ya que a todos se les concedió una paga, dependiendo del carácter de sus heridas y del estado al que pertenecían,  civil o militar. Los militares fueron condecorados y ascendidos un grado. Aparte de ello, y de resultas de las suscripciones populares para ayudar a las víctimas y levantarles un monumento, se repartieron algunas cantidades. A Cándido Romanillos se le entregaron 700 pesetas de lo recaudado, y le dejaron una paga anual por la muerte de Isaac de 273 pesetas con 75 céntimos.

   Los padres de Isaac no pudieron asistir a los funerales, celebrados al día siguiente, 1 de junio, en Madrid.

   Su cuerpo, junto a los militares  fallecidos de su Regimiento fueron trasladados a una sala de la planta  baja de  la clínica  militar instalada en la iglesia del  Buen Suceso,  en la  calle de la Princesa, que sirvió de capilla ardiente, y que en la tarde del 31 fue visitada por el Rey.

   El entierro constituyó una auténtica manifestación de duelo, saliendo a las seis de la tarde del 1 de junio, desde la capilla ardiente, hacía el cementerio:

   El aspecto que presentaba la calle de la Princesa por aquellos alrededores era imponente por la inmensa multitud de gente que aguardaba el paso de la triste comitiva.
   Era un contraste muy marcado, los adornos y vistosas colgaduras que adornaban la calle de la Princesa e iglesia del Buen Suceso con las fúnebres carrozas que aguardaban se depositasen en ellas las inocentes víctimas.
   El infante don Carlos de Borbón, acompañado del infante don Fernando y del príncipe Alejandro de Battemberg, llegaron al Buen Suceso a las seis en punto y poco después el príncipe de Baviera y los príncipes Alfonso y Rainiero.
  
   A las seis y veinte comenzaron a salir los féretros, el del capitán Rasilla, tenientes Prendergast y Reilli, y los soldados Lorenzo Guerrero, Gregorio Sánchez, Isaac Romanillos, Guillermo Gracia y el escolta José Márquez.

   A través de unas calles de Madrid totalmente abarrotadas, fueron conducidos al Cementerio del Este, donde recibieron sepultura.

   A finales de aquel año, y por suscripción popular, se levantó frente al lugar en el que cayó la bomba un gran monumento de recuerdo, en el que figuraron los nombres de  todos y cada uno de los fallecidos, monumento que dañado durante la Guerra Civil, terminó retirándose para ser suplido por el hoy existente.

   La partida de nacimiento de Isaac Romanillos, el único recuerdo de aquel muchacho de 23 años que perdió la vida en el atentado contra el Rey de España, se encuentra en los archivos eclesiásticos de Atienza, la partida de defunción en Madrid, en el registro  civil del distrito de Palacio, libro de defunciones, folio 90, libro 123, en él podemos leer:

   Por don Manuel Kreisler Ubago, Secretario, se procede a inscribir la defunción de Isaac Romanillos Sánchez (Sancho), natural de Atienza, provincia de Guadalajara, de veintitrés años de edad, soltero, soldado del Regimiento de Infantería Wad Rás núm. 50, hijo de Cándido Romanillos y Vicenta Sancho, cuyas naturalezas y demás fuentes se ignoran, falleció delante de la casa número 88 de la calle Mayor, a las catorce horas y treinta minutos del día 31 de mayo de 1906…

Tomás Gismera Velasco

martes, diciembre 29, 2015

PUEBLOS DE LA SERRANÍA. BOCHONES: NOTAS PARA SU HISTORIA RECIENTE



PUEBLOS DE LA SERRANÍA.
BOCHONES:
NOTAS PARA SU HISTORIA RECIENTE

Tomás Gismera Velasco

   Que Bochones es uno de esos pueblos prácticamente desconocidos de la provincia de Guadalajara y la Serranía de Atienza, a nadie le cabe duda. Se encuentra al norte de la villa de Atienza, de la que depende para todos los servicios, como anexionado municipalmente, si bien y a lo largo del tiempo tuvo su propia autonomía municipal y contó, como todos nuestros pueblos, con su propia historia. La población fue agregada a Romanillos de Atienza mediado el siglo XIX, y con Romanillos anduvo hasta la década de 1880, en que pasó a depender de Atienza.

   Como tantos otros, también Bochones estuvo dentro de los señoríos de los Mendoza, que por esta parte de la Guadalajara rayana con Soria fueron condes de Coruña, marqueses de Monteagudo, o de Lanzarote. Dependiendo de los tiempos.

   Y a pesar de que los datos censales más comunes a la hora de centrarnos en el número de habitantes que tuvieron tal o cual pueblo nos remiten al Catastro de Ensenada, otras referencias nos hablan de que mediado el siglo XIX era lugar de 45 vecinos y 182 habitantes, con dos edificios de un piso, 41 de dos y 3 de tres, que hacen un total de 46 casas, de las que permanecen habitadas a lo largo de todo el año, 43. 

   En los tiempos de Ensenada, Bochones era, como Atienza, lugar de realengo. Se encontraba, como lo ha venido haciendo a lo largo de la historia, en uno de los tradicionales pasos de la Mesta, la Cañada Real Soriana, con cuyos alcaldes mantuvo el vecindario largos pleitos por el uso, y en ocasiones abuso, de pastos de los rebaños que por allí pasaban. Siendo, quizá por ello, tierras de pastores. Apellidos tradicionales del municipio han quedado unidos al nombre de muchos de los pastores serranos en un oficio que avanzado el siglo XXI ha pasado la historia, sin embargo pastores fueron los padres de uno de los más preclaros hijos del lugar, Fray Jorge Romanillos, y también lo fueron de quien, en los albores del siglo XX, inscribió su nombre con sangre en las bodas de Alfonso XIII, como una de las víctimas del atentado, Isaac Romanillos, entre otros muchos. Y es que este apellido, Romanillos, ha sido la seña de identidad de Bochones.

   Sin embargo, retomando el hilo del vecindario, cuando Ensenada dio a conocer el resultado de sus averiguaciones catastrales Bochones contaba con ochenta y seis vecinos, casi el doble de los que llegaron al siglo XIX y, por supuesto, muchos más de los que cuenta en la actuliad, cuyo número no alcanza a la media docena.

   Nunca, a pesar de que son muchas las interpretaciones, conoceremos con certeza el por qué de que a los naturales de Bochones, desde los pueblos limítrofes, se les apode “Monterones”, quizá sea por la montera característica que usaron para cubrir la cabeza sus pastores. Del mismo modo que tampoco conoceremos el por qué de la celebración local en torno a la fiesta de la Virgen de Torralba, con la leyenda a ella añadida, cuando el patrono de la iglesia es San Bartolomé.

   Unido municipalmente a Atienza, en 1834 encontramos el curioso anuncio mediante el que se solicita maestro de niños, quien a su vez, y como sucede en los pueblos limítrofes, ha de desempeñar otro conjunto de obligaciones:

   Se halla vacante la sacristía, maestría de niños y fiel de fechos del lugar de Bochones, partido de Atienza, y la dotación de dichos tres magisterios consiste en veintiocho fanegas de trigo de buena especie y casa de valde, además de lo que rinda el pie de altar que vendrá en todo el año en dinero efectivo al pie de media onza poco más o menos…

   Compartía médico cirujano, por esta época, con la cercana población de Cincovillas, como anejos que ambos eran de Atienza en cuanto a la medicina se refiere. E igualmente compartía con la población de Casilla, cura párroco. Bochones fue segregado del Ayuntamiento de Atienza en el mes de mayo de 1888, agregándose entonces a Casillas de Atienza, para ser nuevamente agregado al municipio atencino en los inicios del siglo XX.

   Escuela que funcionó con cierta regularidad, al contrario de lo que ocurriese con otras vecinas ya que, al contrario que aquellas, que cuyos maestros no solían tener el cargo en propiedad, sino que lo ejercían  de forma  interina,  en este caso  el maestro e ra titular,  por lo que  permanecía  en  el lugar durante varios años. A pesar de que no se librarían los chicos del pueblo de que la escuela, como otras muchas, se encontrase en permanente ruina y desde Guadalajara, ante el mal estado del edificio y riesgo para los alumnos, llegó la orden en 1927 de que se abandonase el local, se reconstruyese por cuenta del municipio de Atienza, al que correspondía hacerlo y que, mientras aquello sucediese, el maestro, ante la falta de local en el que hacerlo, diese las lecciones en la calle. La escuela había sido parcialmente reparada diez años atrás, cuando se puso el entarimado del suelo, se retejó el edificio y se añadieron tres mesas para que los alumnos pudieran seguir las clases.

   Algo similar sucedía por entonces en Casillas, cuyos vecinos, antes de conocer lo sucedido en Bochones, solicitaban de la inspección provincial que sus hijos pudiesen asistir a la escuela de Bochones. Así estaba, en el primer tercio del siglo XX, la enseñanza en la comarca de Atienza.

   Era maestro en 1909 don Felipe Illescas Gómez, quien compartió docencia con don Atanasio Hernández incansable defensor de los derechos de los maestros desde esta localidad, y de quien ya hemos hablado en esta memoria breve de los pueblos de nuestro entorno. Don Felipe dejó el pueblo en 1913 para asentarse en su localidad natal de Fuentes, en la provincia de Toledo.



   Por supuesto que también había escuela de niñas, aunque a esta asistían menor número de alumnas, sobre todo después de 1940. No tenemos los nombres de las maestras de la población, si bien la memoria de quienes la recuerdan mantienen el nombre de una de las últimas que dio clase en la localidad, avanzada la década de 1950, Ángeles Lozano.

   Quizá en esa época, primer tercio del siglo XX, uno de los vecinos más ilustres de Bochones fuese el pedagogo Don Luis Coll, quien a pesar de estar avecindado en Madrid pasaba largas temporadas en el pequeño pueblo de la serranía atencina, haciendo constantes paradas, y visitas, a Sigüenza, en donde conservaba gran número de amigos, así como en Atienza. Visitas a la población de Bochones que dejaron de prodigarse a partir del verano de 1922, cuando la casa fue asaltada, de lo que se dio cuenta de la prensa de la época:

   En el lugar de Bochones, agregado de Atienza, ha sido desvalijada una casa en donde suele pasar los veranos el vecino de Madrid don Luis Coll.
   Después de violentar las puertas de la verja, los ladrones abrieron la de la casa, valiéndose de dos rejas de arado, y una vez dentro se llevaron varios cubiertos, ropas y otros enseres.
   Se sospecha que dicha hazaña haya sido realizada por tres vendedores ambulantes que el día anterior estuvieron en Bochones.
   Al recibir noticias de ese suceso se trasladaron a dicho lugar el juez de primera instancia de Atienza y el alférez de la Guardia Civil de Cogolludo, D. Benigno García.

   Luis Coll, además de publicar numerosos escritos en torno a la pedagogía también lo hizo con alguno que otro ensayo a medio camino entre la política y la docencia, como: “Educación y socialismo”. Además de ser uno de los sostenedores de la Cocina de Caridad fundada por el clérigo Hilario Yabén en Sigüenza.

   De Bochones fue originario, aunque nacido en Atienza, el conocido maestro y político guadalajareño Teodoro Romanillos Chicharro, fundador del periódico “El Magisterio Arriacense”, colaborador de innumerables medios de prensa de la provincia, y uno de los más activos miembros del partido político Unión Patriótica, con el que llegó a ser concejal en el Ayuntamiento de Guadalajara, desempeñando la primera tenencia de Alcaldía y, en 1928, y de manera transitoria, la Alcaldía de la ciudad, al tiempo que desempeñó otros muchos cargos como el de Inspector de Primera Enseñanza. Su biografía, en breve se traza en el blog “Personajes de Atienza”.

   Y por supuesto, en Bochones nació igualmente Fray Jorge Romanillos Romanillos, de quien nos ocupamos en el número anterior de Atienza de los Juglares.  Así como Isaac Romanillos, quien perdió la vida en el atentado llevado a cabo contra el rey Alfonso XIII el día de su boda. Isaac Romanillos se encontraba cubriendo carrera, como soldado del Regimiento del Rey, justo en el portal del edificio desde cuyos balcones se arrojó la bomba.

   Es mucha la historia que queda por escribir en torno a Bochones, más allá de las crónicas del conde de Romanones, habitual cazador de codornices en su término; o de aquellas aventuras políticas en las que se decía a través de la prensa nacional que los electores acudían a depositar su voto, a la vista de los candidatos que lo ponían en sus manos, en sobre abierto y custodiados por la Guardia Civil, para que los caciques provinciales continuasen siéndolo, olvidando las escuelas, y el progreso que debían haber impulsado a estos municipios, a fin de que no perdiesen el mayor capital del que disponían: sus habitantes.