sábado, mayo 09, 2026

ROMERÍA A LA VIRGEN DE MONTESINOS, EN COBETA

 

ROMERÍA A LA VIRGEN DE MONTESINOS, EN COBETA

Conocida como de las Siete Banderas

 

   Dos ermitas llegó a tener Cobeta en el transcurso de su historia, la dedicada a San Antonio de Padua, con fiesta principal en la villa al igual que lo sería la de la Virgen de las Candelas, y la dedicada a Nuestra Sra. de Montesinos, o del Montesino, levantada en sus orígenes en el siglo XVI a consta de los señores de la Villa, quienes se erigieron en patronos de la fundación.

   El nombre de Cobeta tiene su origen en el castillo que se alzó dominando la población. Castillo que, sin duda, nació en torno a alguna de las torres que servían de vigía en tierra de fronteras. Antes de que Manrique de Lara fuese señor de Molina y por ende de Cobeta, señorío que pasó a las monjas de Buenafuente y a ellas se lo arrebató, junto a su tierra vecina del Villar, La Olmeda, Torrecilla y algunas más, la fuerza bruta de Íñigo López de Tovar, que fue en el sigo XV hombre de armas tomar.

   Su historia es densa, la de Cobeta y la de Íñigo López de Tovar en el transcurso de aquellos siglos y reinados, hasta que llegaron al trono los Reyes Católicos quienes siguieron el camino emprendido por sus antecesores, en aquello de no ganarse más enemigos de la cuenta, puesto que los López de Tovar fueron gentes de mucho rango, por ello sus católicas altezas legalizaron la situación y dejaron a las monjitas sin sus tierras que a partir de aquí pasaron de mano en mano a través de los López de Tovar. A cambio, a las monjitas les dieron las de Ciruelos del Pinar, para que no lo perdiesen todo, mientras que el señorío de Cobeta, que siempre presumió de ser tierra independiente del Señorío molinés, pasaba en tiempo de los católicos monarcas a Mencía de Tovar, casada ella con un Estúñiga, entroncando el señorío de Cobeta con el marquesado de Baides, a las orillas de Sigüenza. Ellos, los Estúñiga, erigieron en los primeros decenios del siglo XVI la famosa ermita de la Virgen de Montesinos, en la que colocaron sus armas, haciéndose como decimos patronos del santuario. Quien dio el paso fue Diego López de Estúñiga, hombre de rara virtud y vida ejemplar, como lo definió Alonso López de Haro en el siglo XVII.

   Claro que, con tantas torres, castillos y palacios a los que atender, los Estúñiga, tiempo más adelante condes de Salvatierra, dejaron olvidado el torreón de Cobeta que, poco a poco se fue perdiendo hasta quedar en lo hoy conocido: la hidalga torre que se yergue señorial sobre lo que fueron sus extensos dominios, en paraje sin igual.

 





La Virgen y el moro Montesinos

   La ermita o Santuario de Montesinos se alzó en torno a una de las numerosas leyendas de aparición mariana en la tierra molinesa surgidas a lo largo del lejano siglo XII, entroncada con el desaparecido castillo de Alpetea. Castillo al que va unida la leyenda que se inicia en torno a 1140, cuentan las crónicas antiguas, cuando Manrique, primer señor de Molina, batallaba con los moros de Cuenca. En aquel tiempo era señor de estas tierras y castillo de Alpetea un tal Montesinos, señor de guerra por aquellos términos, a quien conforme continúa la leyenda, temían por los contornos sus moradores, a los que aterrorizaba, tanto como a la comarca con crueldades sin cuento, robando rebaños, incendiando campos o poniendo a los moradores de las aldeas próximas contribuciones impagables que los harían recurrir a los poderes sobrenaturales, pidiendo el milagro con los ojos puestos en el firmamento.

   No pocos de quienes habitaron esta tierra optaron por dejarla atrás, en busca de aposento y vida más segura, fuera de los confines dominados por Montesinos: “…hasta el punto de dejarla poco menos que desierta”.

   Las preces de quienes fueron quedando, finalmente, fueron escuchadas, ya que cierto día una pastorcilla se metió entre unos breñales y buscando algunas ovejas descarriadas tendría la dicha de hallarse con una extraña imagen que no tardó en reconocer como la Virgen María. Otras versiones de la misma leyenda nos dicen que no fue la pastora, sino el perro que la acompañaba el que lanzó sus ladridos al encontrarse aprisionado entre unas peñas, de las que lo rescataron los aldeanos vecinos y sintiendo que dentro sonaba como hueco, hicieron espacio para poder entrar una persona. Encendidas luces por ser aquello muy oscuro, hallaron en la peña una capilla rodeada de poyatos, algunos cascos de botijas quebrados, carbones y muchos huesos de hombres muertos. Entre tantos restos había una calavera tan grande que dos hombres juntos no podrían llegar a tal. Las cuencas de los ojos tan enormes que se podía introducir el puño de un hombre. Sin duda debió de pertenecer, pensaron, a algún gigante, que bien podría haber sido de aquel moro Zafra que había muerto por allí cerca…

   La otra leyenda dice que la Virgen ordenó a la chiquilla ir a buscar al moro Montesinos y lo trajeses a su presencia, curando a la pastorcilla a modo de carta de naturaleza del milagro de la aparición, cierta lesión que desde su nacimiento la acompañaba en un brazo; por lo que, al verla, y conociéndola, el mal moro no dudó de la veracidad del suceso; siguió el camino que la niñita le indicó y llegado al lugar la aparición mariana volvió a repetirse para pedirle a Montesinos su conversión, al tiempo que le ordenaba que, en aquel lugar, levantase santuario, lo que hizo; tornando al fin a los aldeanos comarcanos la paz.

 

La romería de Montesinos

   Año a año, solo Dios sabe desde cuándo, acudieron los vecinos del entorno de Cobeta a la ermita o santuario de Montesinos. En la actualidad la romería general se celebra el sábado anterior al Domingo de Pentecostés, y tiene el honroso apelativo en algunos lugares de “Fiesta de las Siete Banderas”, “o de las siete cruces” por los pueblos que acuden y acudieron con sus cruces parroquiales y pendones, Cobeta, Torremocha del Pinar, Selas, Anquela del Ducado, Aragoncillo, Olmeda y Villar de Cobeta, sin que falte la visita a la patrona a lo largo del año.

   El día de la fiesta suena la música y goza el entorno de un ambiente festivo, como sólo esta tierra sabe añadir a su entorno; con un señorío digno de contemplación, y de ver cómo van apareciendo en el paisaje, con sus cruces parroquiales, que como describiese el etnógrafo López de los Mozos entrechocan en señal de fraternal saludo y buena vecindad, las devotas y sencillas gentes de esta parte del entorno molinés; dando también, como la tradición pide, siete vueltas al entorno de la ermita, aquella que alzase primigenia el moro Montesinos y los Estúñiga reconvirtieron. Acuden a pedir y agradecer, como sucedió cuando en los inicios de junio de 1847 rogaron agua y… “Cuando tenía lugar la religiosa función, hacía un calor excesivo; infinita era la concurrencia, e innumerables los niños a quienes el excelente predicador don Manuel Estremera, cura de esta villa, les preguntó en medio de su entendida y patética oración: ¿Qué pedís a la Virgen? Agua, agua, con inocentes y continuados clamores y sentido lloro general, fue la contestación al inspirado ministro del altar. Agua, agua sobrada cayó del cielo a las dos horas de concluida la rogativa, que completamente mojados llegaron a sus casas los de los pueblos inmediatos, y aun los de esta villa, apenas dejaban a su milagrosa Virgen…”

   Y es que, como diría Francisco Checa, su último santero: Todos tenemos nuestra historia, pero los que tenemos más años, tienen más historia.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 8 de mayo de 2026


HISTORIA DE COBETA (Guadalajara)

 

Historia de Cobeta, en texto y crónicas

 

   Las llamadas Sierras del Ducado de Medinaceli y de Molina, confundidas, inician su declive hacia el sur buscando el hondo valle del Tajo, arañadas por barrancadas profundas de abruptas laderas que coronan agudos peñascos calizos. Allí donde las cuestas se suavizan, el arado las ha ido adornando con el mosaico de las pequeñas propiedades labradas; en las estrechas vegas, los hortales ponen su nota haya por la primavera en el paisaje adusto, mientras los cuestarrones pendientes o las redondeadas lomas, se visten con el ropaje gris de las encinas centenarias, cuando no con el verde de los pinares espesísimos que llegan por un lado a Mazarete, por el otro pasan a través de la sierra de Molina, cruzan el Tajo e invaden la de Cuenca.

      La carretera que partiendo de Alcolea del Pinar cruza en la Riba de Saelices a la que va de Cifuentes a Mazarete, sigue por la hondonada del río Salado hasta el Ablanquejo, trepa a la izquierda hasta ganar la altura de los cerros circundantes, se aproxima al monasterio de Buenafuente, vuelve a retorcerse siempre subiendo entre encinares, hasta llegar a Cobeta, cuyo pueblo se recuesta en la falda meridional de un cerrillo asomándose al arroyo Arandilla que diez kilómetros más allá vierte en el Tajo su escaso caudal.

F. Layna Serrano

Castillos de Guadalajara, 1933

 

 

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SUMARIO:

 

-I-

COBETA

Pág. 9

 

-II-

Intermedio histórico de la tierra

Pág. 25

 

-III-

El devenir histórico de Cobeta

Pág. 41

 

-IV-

Cobeta, Siglo XVIII

Pág. 63

 

-V-

El Siglo XIX

Pág. 83

 

-VI-

El Patrimonio Histórico y el folclore

Pág. 129

 

-VII-

Santos López Pelegrín; Abenamar

Pág.  141

 

Apéndices

Descripción Geográfica de la Villa de Cobeta

Pág. 155

 

El libro:
  • ASIN ‏ : ‎ B0CKB5HYY2
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published 
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 164 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8863241890
  • Peso del producto ‏ : ‎ 272 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 1.07 x 21.59 cm

 

 

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