jueves, mayo 31, 2018

MARIANO BARBERÁN El héroe del Cuatro Vientos



MARIANO BARBERÁN
El héroe del Cuatro Vientos

Tomás Gismera Velasco

   El capitán del cuerpo de aviación Mariano Barberán y Trós de Ilarduya, se sentía intranquilo la mañana del 8 de junio de 1933 ante el cúmulo de acontecimientos que, aquel día y los sucesivos, le aguardaban. Aquella mañana el presidente de la República española, don Niceto Alcalá Zamora le iba a imponer la Gran Cruz de Isabel la Católica, a modo de despedida, y reconocimiento por el vuelo que estaba a punto de iniciar. El primero entre Europa y América, o entre Sevilla y La Habana, directo y sin repostar, a bordo de un avión que, a pesar de tener patente francesa, se había construido, íntegramente, en España. Desde el palacio de Oriente, residencia del presidente, un vehículo lo trasladó al aeródromo.

   A las cuatro de la tarde, entre el aplauso y palabras de ánimo, Joaquín Collar, su piloto, puso en marcha el motor del aparto. Tomó tierra en Sevilla a las siete y catorce minutos, con precisión, en la misma pista desde la que efectuaría el despegue hacía La Habana en el momento que las condiciones atmosféricas lo permitiesen.

   Pasaban de las cuatro y media de la madrugada del día 10 cuando ambos pilotos corrieron el cristal de sus cabinas cerrándose en el interior. A las cinco menos veinte el avión comenzó a deslizarse lentamente en medio de una impresionante polvareda en dirección al puente de San Juan de Aznalfarache, donde concluía la pista. Mariano marcó el rumbo siguiendo el cauce del Guadalquivir hacia las marismas. El rumbo que los llevaría al Nuevo Continente. siguiendo el mismo rumbo que llevó Cristóbal Colón. Salieron al Atlántico entre la Puerta de Malandar y la Torre de la Higuera. 



   Apenas el Cuatro Vientos levantó el vuelo, las agencias de información transmitían la noticia:
   "Acaba de elevarse el Cuatro Vientos en forma magnífica…"

   Apenas habían pasado treinta minutos desde el despegue cuando los aviones de escolta, tras el saludo y la despedida regresaron a la base. A partir de ese momento no habría más noticias hasta que llegase, si es que lo hacía, a su destino.

   Cuando estaban a punto de cumplirse las treinta y siete horas de vuelo, ante los ojos de los pilotos, como si se tratase de la tierra prometida, se dibujó sobre el Océano la bahía de Samaná. Respiraron aliviados, podrían o no alcanzar la meta final del aeropuerto de La Habana, de lo que ya no quedaba duda era de que lograron cruzar el Atlántico y alcanzado el continente americano, puesto que estaban volando sobre la tierra mítica de La Española.

   A las cuatro menos veinte minutos de la tarde del día 11, hora cubana, el Cuatro Vientos volaba en dirección a Santa Clara. Había sobrepasado Guantánamo y Camagüey. Bajo el avión los cañaverales se tendían inmensos, como una alfombra verde y amarillenta dispuesta a acariciar y acompañar su paso, cuando los ojos de Joaquín Collar se fijaron, una vez más, en el indicador de combustible. Los indicadores anunciaban que estaba a punto a agotarse, y que no llegarían a su destino oficial, por lo que estaban obligados a tomar tierra.


   Tras hacer un giro de 180 grados, retornó sobre sus cielos. Sobrevoló los cielos de Camagüey y luego, dejándose caer, comenzó a rodar por la pista hasta detenerse cerca de la cabecera, a doscientos metros del único barracón visible.

   Pasaban cuarenta y tres minutos de las tres de la tarde, hora local. Las nueve y cuarenta y tres minutos de la noche en España. Habían recorrido siete mil seiscientos kilómetros en treinta y nueve horas y cincuenta y cinco minutos. En los depósitos quedaban apenas cien litros de gasolina.

   Desde el barracón, por cablegrama, se comunicó la noticia del feliz aterrizaje al presidente de la República española. Igualmente el teléfono sirvió para ir comunicándola a través de la isla, mientras las autoridades de Camagüey se disputaban el honor de llevar a los pilotos en sus propios vehículos. Subieron en el del cónsul de España en la ciudad, don Luis Roca de Togores. Entraron en la ciudad por la avenida de las Palmeras, donde cientos de personas los aclamaban y trataban de saludar, corriendo detrás de los vehículos.

   Los relojes marcaban en España la una de la madrugada del lunes 12 de junio cuando el gabinete militar del ministerio de la Guerra hizo entrega a la prensa de un boletín oficial que anunciaba la noticia del aterrizaje: El trayecto recorrido en el vuelo es de 7.885 kilómetros, lo que supone una media de 190 kilómetros a la hora. El consumo debe de haber sido ligeramente superior a lo previsto, pues resulta una media horaria de unos 130 litros. El ministerio de Estado ha comunicado por teléfono que el vuelo hacia La Habana lo emprenderían los aviadores españoles en las primeras horas de hoy día 12.


   Eran las cinco y quince minutos de la tarde cuando el tren de aterrizaje se deslizó mansamente por la pista, hasta quedar detenido junto a la Escuela de Aviación, tras tomar tierra en el aeropuerto de La Habana. A través de la megafonía se escuchaba música española. Allí, Mariano Barberán entregó al capitán Paco Vives, agregado militar en la embajada de España, la carta de navegación.

   En el automóvil descubierto del embajador hicieron su entrada en la ciudad, precediendo a la gran caravana que los seguía y a la multitud que los aclamaba a ambos lados de la carretera, así como a lo largo de las calles por las que la comitiva discurría.

   Una ciudad que parecía haberse vuelto loca en torno a Barberán y Collar. El primer lugar al que acudieron fue al Casino Español, en el Paseo de Martí con San Rafael, al lado del Centro Gallego, donde se reunieron un buen número de asociados llegados desde todos los puntos de la isla. Los alrededores del edificio se encontraban colapsados por cientos de personas que los trataban de tocar sin dejar de vitorearlos.

   Mariano Barberán y Joaquín Collar tuvieron que salir al balcón a saludar, junto al presidente Alfredo Cañal y al propio embajador.

   En el mismo vehículo que los trajo fueron conducidos a través de las abigarradas calles de La Habana a la redacción del Diario de la Marina. Allí otro tipo de público los aguardaba. Los industriales, políticos, banqueros, comerciantes y sobre todo periodistas.

   Tras los saludos, las primeras felicitaciones y las fotografías en la escalinata, accedieron al piso principal donde tendría lugar la recepción oficial ante los micrófonos de la Mackay Radio, a través de los cuales el capitán Eduardo Laborde les dio la bienvenida.

   Tras abandonar el Diario de La Marina, los llevaron a las redacciones de dos nuevos diarios, El País y El Mundo. Desde allí, por fin, se dirigieron al hotel. El gentío ocupaba los alrededores, e incluso a algunas personas las hubo de detener la policía cuando trataban de encaramarse a las palmeras del paseo en un último intento por alcanzar a ver a los pilotos. En sus habitaciones del Plaza, don Luciano López Ferrer, el embajador, dio cuenta a Mariano Barberán de lo que serían las próximas horas en La Habana, una agenda demasiado apretada para los días venideros; sin descanso, pasados entre fiestas, homenajes y recepciones.

   El 19 de junio era el último de estancia en la isla. A las tres y media de la madrugada del día 20, la hora convenida con Mariano para que el embajador los pasase a recoger, ordenó Modesto Madariaga, mecánico del aparato, que situasen el avión en la pista. Había que continuar vuelo a Ciudad de México y, después, la gloria. A Chicago, a la Exposición Universal dedicada a la aviación, donde medio mundo los esperaba.


   En contra de lo que imaginaron las calles de La Habana se encontraban inusualmente desiertas, lo desapacible de la noche y la ligera llovizna mantenía en sus casas a los habaneros en el momento de la despedida, no obstante, a Campo Columbia, el aeropuerto, habían ido llegando unos pocos cientos de invitados que serían testigos de la partida del avión.

   Tras los últimos fogonazos de los fotógrafos ocuparon su lugar en las respectivas cabinas. A las 5,35 se puso en marcha el motor. A las 5,55 de la madrugada habanera de ese 20 de junio, el Cuatro Vientos levantaba el vuelo, describió media circunferencia a la izquierda y se perdió buscando altura en medio de la lluvia.

   La Pan American Airways, el Gobierno mexicano, así como las distintas emisoras de radio que estaban dispuestas a retransmitir en directo el paso del avión por su territorio hasta la llegada a Balbuena, aeropuerto de Ciudad de México, registraron el paso por diferentes observatorios, hasta poco antes de alcanzar el Estado de Chiapas. Por el obervatorio de Citás, en Yucatán, pasaron a las 8,45. Por el de Ticul a las 9,10. Hecelchakan a las 9,30. Campotón a las 9,55. Sabancuy a las 10,10. Isla Aguada a las 10,25 y Ciudad del Carmen a las 10,45.

   En aquellos momentos en el campo de aviación de Balbuena, en Ciudad de México, una auténtica multitud aguardaba pacientemente la llegada. El número de personas que entonces se congregaba en torno a la pista de aterrizaje se cifraba en cincuenta mil, y los accesos estaban colapsados por la multitud que trataba de llegar a las pistas.

   En una larga caravana de autos oficiales que los trasladaba desde la capital federal, llegaron el general Plutarco Elías Calles, junto con el presidente de la República, seguido de su gabinete ministerial, gran número de senadores y diputados, gobernadores de los estados vecinos, una nutrida representación del cuerpo diplomático, así como los presidentes y secretarios de los principales centros regionales de España en México. Tampoco faltaba el embajador español, don Julio Alvarez del Vayo quien con el personal de la Embajada, ocupó lugar de honor entre los dirigentes de la República, en el palco frente al que se detendría en su momento el avión.

   Poco antes de las cuatro de la tarde, los 21 aviones que compondrían las escuadrillas de honores, al mando de los coroneles José León y Roberto Fierro, comenzaron a despegar con la misión de encontrar en el aire al Cuatro Vientos y llevarlo a Balbuena. En los alerones de los aparatos se instalaron cámaras dispuestas para rodar cada minuto de la llegada y no perder un solo movimiento del acontecimiento.

   El júbilo estalló entre los congregados cuando, apenas una hora después de alzar el vuelo, las escuadrillas de honores sobrevolaron nuevamente el aeropuerto. Todos pensaban que, tras ellos, y de un momento a otro, el Cuatro Vientos seguirá su estela. Pero no era así. Del Cuatro Vientos se había perdido todo rastro.

   Poco antes de las diez de la noche, en medio de un silencio expectante, el presidente Rodríguez junto al general Plutarco Elías Calles abandonó el aeródromo de la misma forma en la que lo fueron haciendo los invitados gubernamentales a lo largo de la tarde, mientras la inmensa mayoría del público, bajo la lluvia, al abrigo de sus paraguas, continuaba sin moverse de sus lugares respectivos.


   A medianoche, el embajador Alvarez del Vayo se dirigió al público que quedaba en las pistas de Balbuena, la mayoría emigrantes españoles, para pedirles que se retirasen pero que mantuviesen la esperanza, convenciendo a los presentes de que el Cuatro Vientos, obligado por la tormenta, aterrizó en otro lugar con peores medios de comunicación y que, por supuesto, a primeras horas de la mañana, llegarían noticias.

   Pero no llegaron. Miles de personas lo buscaron por tierra, mar y aire a lo largo de un interminable mes, sin encontrar la más ligera pista.

   El Cuatro Vientos se perdió en las alas del viento, o  del misterio, o de la historia; después de escribir la, hasta entonces, mayor hazaña aérea de la aviación europea: cruzar el Atlántico en vuelo directo y sin repostar.

   Y la hazaña la había llevado a cabo un hombre, Mariano Barberán y Tros de Ilarduya, nacido en Guadalajara el 14 de octubre de 1895.


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