lunes, septiembre 07, 2026

ROMANILLOS DE ATIENZA, EN SUS ALTURAS

 

ROMANILLOS DE ATIENZA, EN SUS ALTURAS

En los límites de Guadalajara y Soria, domina una parte de ambas provincias

 

     Por Romanillos de Atienza, en lo alto de la Sierra de Pela, a algo más de 1.100 metros de altitud, anduvo buscando don Ramón Menéndez Pidal en el mes de mayo de 1903 las huellas del paso del Cid Campeador cuando, abandonando Castilla, iniciaba su marcha a través de tierra de moros hacía el Levante. Don Ramón con la compañía de su esposa llegó a Guadalajara desde Madrid el 21 de mayo de 1903 para desde la capital provincial y en unión de su hermano, entonces Gobernador de la provincia, dirigirse hacia Atienza, de aquí a Miedes y, posteriormente, Medinaceli, tras su paso por Romanillos. La excursión, proyectada a lo largo del mes de abril, tendría lugar el 23 de aquel mes de mayo, cuando tras hacer un alto en Miedes reanudaría el camino: salió en dirección al Torreplazo, límite de la provincia con la de Soria, cúspide de la Sierra de Pela, y desde cuya altura se divisa perfectamente la cuenca del Duero, hasta El Pelayo, coronadas sus cumbres con la blancura de las nieves perpetuas, sacando fotografías y croquis de cuantos sitios les fue posible

 



Romanillos, en lo alto

   Son de altura las tierras de Romanillos puesto que desde aquí se divisa una buena parte de las que bajan a Guadalajara, y también de las que ascienden hacía tierra soriana, con las que se hermana por estos campos. Y cuenta, Romanillos, con una de esas hermosas iglesias que nacieron en esta parte de la provincia siguiendo los dictámenes barrocos, que arrinconaron el románico; alterados con las obras que trataron de dar al templo nuevo empaque a partir del siglo XVI, obras que se prolongarían a lo largo de los siguientes, rehaciéndose por completo la capilla mayor de la que desapareció el ábside primitivo, elevando el interior y adosando al templo a consta de cerrar la galería porticada, una nueva nave a la central, dejando a los pies la primitiva espadaña, ya que las obras no se verían terminadas conforme al proyecto original, pues quedó el tejado por debajo del arco de gloria. Al tiempo que a los pies del templo se levantaba el coro, dotándolo de su órgano correspondiente.

   Desconocemos el momento en que la galería fue añadida como nueva nave a la iglesia, aunque todo indica que sucedió en los primeros decenios del siglo XVIII, desapareciendo entonces alguno de los capiteles originales, si bien y como se nos apunta en la actualidad “podemos apreciar ocho arcos de medio punto que apoyan en capiteles sobre columnas dobles, excepto en un caso en que el capitel descansa sobre un haz de cuatro columnas. Probablemente este último formaba parte del arco de ingreso original”. La mayoría de los capiteles debido a la deficiente calidad de la piedra así como a las obras que padecieron, tanto en su cegamiento en el siglo XVIII como en el descubrimiento último, se encuentran muy desgastados, si bien pueden reconocerse algunas decoraciones vegetales junto a otros elementos.

   En el mismo siglo XVIII se la dotaría de los retablos que hoy pueden apreciarse, tanto el mayor, dedicado a San Andrés, como los colaterales de indudable interés. En el lado del Evangelio el retablo con escultura de San Roque, de aproximadamente las mismas fechas; junto a los de la Inmaculada y la Natividad. Dentro de la capilla mayor saltan a la vista unos óleos del siglo XVIII de la Virgen del Carmen, San Juan Evangelista, Bautismo de Cristo y Santa Teresa, a la vez que se puede ver una imagen de Cristo del siglo XVI en su correspondiente retablo, al lado de la Epístola.

   Los tres colaterales correspondientes a los retablos de San Roque, la Inmaculada y la Natividad serían dorados por José López en 1790. Siendo elaborados por el retablista atencino José de la Fuente en torno a 1777. Sobre el retablo mayor nos dicen las cuentas de fábrica de 1738-40, que sería obra del retablista Francisco de los Corrales, ajustándose en 12.000 reales; mientras que la imagen de San Andrés sería ejecutada por el escultor Marcos Ruiz, quien cobraría por llevarla a cabo, junto con dos ángeles que completarían la talla, 397 reales, siendo pagados por la iglesia del vecino lugar de Bañuelos; iglesia que igualmente se haría cargo de las pinturas, obra de Pedro de Ybarrola, y tasadas en 1.340 reales; representando a San Juan Bautista, San Juan Evangelista, Santa Teresa y la Virgen del Carmen; también se encargó de pintar la talla de San Andrés y de retocar las de los colaterales.

   Curiosa resulta la anotación que se nos hace con motivo de la inauguración, en 1741, del retablo mayor de la iglesia, día en que hubo, además de predicador, danzantes, como fiesta grande que debió de ser el día. El retablo, sin duda, nos habla de las proporciones imaginadas para una iglesia ideada de mayores proporciones, por lo que contrasta grandemente la amplitud y esbeltez de la capilla en comparación con el resto de la nave. Capilla mayor que contó con una obra de rejería debida al maestro Eusebio de Pastrana, autor, entre otras, de la rejería de la capilla del Santísimo Cristo en la iglesia de San Bartolomé de Atienza.

   Igualmente fue dotada la iglesia en este mismo tiempo con algunos ornamentos, otros ya se encontrarían en la iglesia, como la Cruz Procesional, auténtica obra de arte que se nos fecha a mediados del siglo XVI, sin que conozcamos al autor. La descripción que de ella nos hace Natividad Esteban nos habla de una obra singular, a pesar de que cuando ella la conoce se encontrase bastante deteriorada, habiendo sido restaurada recientemente, recobrando así su belleza original:

 

Y los Perdices

   También cuenta Romanillos con obras singulares entre su caserío, pues, junto al esgrafiado, hubo maestros en el arte de tratar de hacer que las humildes casas de nuestros ricos pueblos aparentasen ser pequeños palacetes destacando entre la humildad de un caserío, llevando a sus fachadas lo que bien nos podrían parecer detalles arquitectónicos dignos de las más elevadas capitales.

   Las casas a que nos referimos salían de los pequeños talleres de albañiles sin más estudios que la experiencia del trabajo heredado a través de los miembros de la familia, ya que en la mayor parte de los casos no se recurría a arquitectos o diligentes delineantes que trazasen los planos; eran los mismos albañiles, técnica, oficio y tesón en mano, quienes se encargaban de todo, desde el ajuste de la madera, la cal o teja, hasta dejar listo el edificio para entrar a vivir. Especialistas en esto, más que de la confusión, del embellecimiento de las fachadas, fueron numerosos de aquellos hombres que dedicaron su vida a la albañilería, tan difícil de entenderse al día de hoy en algunas ocasiones.

    Por los pagos guadalajareño-sorianos, una de estas cuadrillas, quizá la que mejor marca dejó en el gremio entre los años finales del siglo XIX y parte del XX, fue la de los “Perdices”, compuesta por Segundo y Donato Perdices, padre e hijo, naturales de Pozancos y con raíces en Barcones. Su arquitectura decora los paisajes de un buen número de poblaciones serranas, y sorianas también, pues no les faltó trabajo. Desde Cincovillas (donde levantaron el famoso Parador de San Vicente), hasta Condemios de Arriba; pasando por la reconstrucción señorial de casi todo un pueblo: Romanillos de Atienza, donde se puede advertir la uniformidad de sus manos. De aquí, cruzando la raya, se puede seguir el camino de sus obras, por Barcones e incluso llegar hasta Berlanga.

   Y es que, aunque no lo parezca, nuestros pueblos tienen mucho arte por descubrir.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 4 de septiembre de 2026


ROMANILLOS DE ATIENZA, DE LUGAR A VILLA

 

 ROMANILLOS DE ATIENZA
De Lugar, a Villa


   Se encuentra Romanillos de Atienza en la Serranía de Guadalajara, y más concretamente en la Sierra de Pela, como población fronteriza entre las actuales provincias de Guadalajara y Soria; en clima frío, por su altura, y en una tierra hoy amenazada por la despoblación.

   Fue una población importante dentro de la comarca, en la que dominó la ganadería, y fue, quizá, una de las más antiguas de esta tierra.



   En la localidad, tras la reconquista, se levantó una de las más interesantes iglesias románicas que el tiempo se encargó de desvirtuar, a pesar de mantener algunos de los retablos más interesantes del obispado de Sigüenza, labrados en el siglo XVIII.

   La población comenzó a perder habitantes mediado el siglo XX, antes trató de ser una de las punteras de la Tierra de Atienza, logrando el título de villazgo en el primer cuarto del siglo XIX.




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