ALGUNOS NOMBRES EN LA HISTORIA DE PASTRANA
La villa ducal dejó para la historia algunos clérigos, médicos y
escritores de renombre
Sin duda, el personaje más popular de la ducal Pastrana, aun no habiendo
nacido aquí, es la sin par modelo de princesas y mujeres libres Ana de Mendoza, princesa de Éboli, popular también por su parche en el ojo quien,
nacida en Cifuentes, ha pasado a la historia como la duquesa de Pastrana más
díscola que la novela pueda retratar. Doña Ana, esposa y madre, monja y
mecenas, llevó a Pastrana toda una corte de servidores, hombres y mujeres que
han pasado a la historia patria y, también, a la Santa de Ávila, Teresa de Jesús, quien aquí dejó, a
pesar de todo, su huella.
Pero Pastrana se nutre de muchos más nombres de gentes ilustres,
religiosos en gran parte, como solían ser quienes accedían al conocimiento de
las letras en siglos pasados, nombres que hicieron cosas y las dejaron inscritas
en los anales del tiempo, como Alonso de
los Ángeles, quien entró en el convento de los Carmelitas de Pastrana en
1571, diez años después era prior del convento de Daimiel, en 1585 del de
Salamanca y más tarde pasó a ser Provincial de Cataluña, donde calmó al pueblo
alzado prácticamente en armas contra el virrey, duque de Feria, en 1597. Murió
en Barcelona, el 3 de abril de 1602.
También fraile fue Francisco de
Buencuchillo, nacido en la Pastrana de 1710, cuando España y la comarca se
debatían entre situar la corona sobre las sienes de un Borbón o de un Austria,
en aquella decisiva batalla que se libraría en Villaviciosa, a las puertas de
Brihuega. Fray Francisco ingresó en el convento de San Felipe el Real cuando
apenas contaba con dieciséis años de edad y, tras pasar por Salamanca y Toledo,
con 22 años marchó a Filipinas donde aprendió la lengua tagala, fue maestro y
Visitador, Procurador y Secretario de su orden religiosa. Por allí quedaron sus
restos, luego que la muerte le llegase mientras viajaba de un lugar a otro, en
1776.
Fabián Cano, a quien le disputan el
nacimiento Sayatón y Pastrana, a pesar de que el propio Cano se confesó natural
de la villa, se licenció en Artes por la Universidad de Alcalá en 1595; poco
después ingresó en el Colegio de la Santa Cruz de Valladolid, concluyendo sus
días el 1º de abril de 1622, en Coria (Cáceres), como magistral de su Catedral.
En Pastrana nació el 27 de abril de 1577.
Aquí nació Gaspar Caro del Arco
el 4 de febrero de 1601, pasando a la posteridad como buen doctor y gran poeta;
al igual que lo hizo Juan Caro del Arco
y Loaisa, el 29 de agosto de 1613, siendo, a más de predicador de renombre,
racionero de la Colegiata de la Villa y autor de una de las historias "del Monte Oliva y su Milagrosa Imagen”,
más conocidas.
Mateo Guindal fue franciscano en el
convento de San Diego de Alcalá, y Manuel
de León y Marchante, capellán real en el siglo XVII, a más de autor de
renombre. En Pastrana nació el 15 de agosto de 1631 y en Alcalá de Henares
murió el 15 de octubre de 1680, siendo enterrado en la Magistral, “en una punta del crucero, hacia la puerta
del claustro”; dejó numerosas obras escritas, entre las que figuran: “La Comedia Famosa de las Dos Estrellas de
Francia”; “No hay amar como fingir”;
“La Virgen de la Salceda”; “Loa de Planetas y Signos”; o “La estrella de la Alcarria”.
José del Olmo nació en Pastrana a las
puertas del San Juan de junio de 1638, alcanzando a ser arquitecto de renombre
en el ambiente cortesano madrileño, la historia nos dice que trabajó en la
sacristía del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial; que a él se debe el palacio
madrileño de los duques de Pastrana y una parte de la iglesia de las
comendadoras de Santiago. De su taller salió otro gran arquitecto de su tiempo,
Teodoro Ardemans. Murió en Madrid, al inicio del siglo XVIII.
Teólogo distinguido y colegial mayor de San Ildefonso de Alcalá, fue José Ruiz de Miranda, quien ocupó
varias cátedras en su Universidad, y en cuya ciudad falleció el 11 de abril de
1679, pasando a ocupar lugar en la historia de la magistral, en la que fue
enterrado.
Por Pastrana pasó, Leandro
Fernández de Moratín, y aquí escribió alguna de las obras que legó a la
historia de la literatura universal, entre las que destacan: “La comedia nueva o el café”; y aquí vio
la luz primera el que bien podría ser considerado como uno de los primeros
pintores de la luz, puesto que la luminosidad ilumina sus lienzos, Juan Bautista Maíno. Su obra es sin
duda una de las más coloristas del Siglo de Oro español. Siglo en el que
dominaron de alguna manera escenas como las que nos retrata, representando los
dos principales momentos de la Navidad: La Adoración de los Reyes, y la de los
Pastores. Motivo pictórico ampliamente repetido y del que quedan en la
provincia no pocas muestras, desde la catedral de Sigüenza, a las obras, casi
maestras igualmente, del genial Matías Jimeno, cuyos lienzos quedaron en la
grandeza de las iglesias de Arbancón, o de Santa María del Rey, de Atienza.
Son, sin embargo, las obras de Juan Bautista Maíno, en contraste con las otras,
de un colorido excepcional, que dan mayor grandeza a su composición, y llenan
de luz unos días que contrastan con los grises invernales.
Junto a los anteriores, destacan los nombres de José de Villarroel, “Encuentro
que en 6 de julio de 1638 hizo tentativa de Medicina en Alcalá; otra en 30 de
marzo de 1640, y que tomó el grado de licenciado en 13 de diciembre de 1641,
diciéndose en los asientos universitarios que era natural de Pastrana”,
contó el historiador por excelencia de Pastrana, Mariano Pérez Cuenca. Villarroel,
Médico de Cámara del Rey, dejó extensa obra poética publicada, entre ella los
que llamó “Romances de D. José de
Villarroel”; o las “Redondillas de
don José de Villarroel”.
Personaje destacado ha de ser sin duda alguna, Mariano Pérez Cuenca, aquí nacido el 8 de diciembre de 1808 y
fallecido el 2 de mayo de 1883, destacando como eclesiástico e historiador de
la Pastrana inmortal. Don Mariano, hijo de familia modesta fue educado para
seguir la carrera eclesiástica, que la siguió, llevando a cabo sus estudios en
el colegio del convento de San Francisco de la villa, siendo nombrado
presbítero en 1826, a los 18 años de edad, y trasladándose dos años después a
Alcalá de Henares donde completó su formación. Regresó
a Pastrana para ocuparse de la Colegiata, donde continuó hasta pocos meses
antes de su muerte.
Como historiador escribió
la “Historia de Pastrana y sucinta
noticia de los pueblos de su partido”, editado a su costa en 1858 en su
primera edición y en 1871 en segunda. Igualmente fue autor de otras obras,
entre las que figuran las Poesías y
sentencias que se hallan en el convento del Monte Carmelo de Bolarque
(1837), o la Novena a la Virgen del Saz
de Alhóndiga (1859). Sin dejar atrás sus trabajos en torno a la España
Mariana, dejando relación en su obra de los partidos y pueblos de Pastrana y
Sacedón.
Por sus trabajos de
investigación histórica fue premiado por la Diputación de Guadalajara durante
la Exposición Provincial de 1876 con una medalla de plata. Y, sin duda, gracias
a él, conocemos una parte de la Pastrana, y de los nombres de sus hijos
ilustres pasados que, como el propio Pérez Cuenca, merecen estar presentes en
nuestra historia provincial.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la
memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 28 de agosto de 2026
PASTRANA (Guadalajara) LA VILLA DE LA PRINCESA
PASTRANA (Guadalajara) La Villa de la Princesa
Pastrana es, al día de hoy, una localidad una hermosa población de la provincia de Guadalajara; unida a uno de los nombres más repetidos de la historia provincial en los últimos siglos: Ana de Mendoza, Princesa de Éboli.
El autor, en su recorrido a través de los pueblos de la provincia, llega a Pastrana y a través de los testimonios escritos a lo largo del tiempo por cronistas e historiadores, entre los que cabe destacar a Mariano Pérez Cuenca, Francisco Layna Serrano, Juan-Catalina García López, y numerosos más, nos adentra en el ayer de Pastrana, su palacio, historia, monumentos y gentes; tomando los textos publicados por aquellos, para darnos cuenta de la importancia que Pastrana y su tierra alcanzaron a través de los siglos; acompañando la obra con líneas de aquellos quienes, cada uno en su sentir, opinó en torno a lo que admiraron sus ojos y conocieron en su debido momento.
Puede, en ocasiones, parecernos confuso el discurrir del texto de unos y otros; ha de ser el lector quien, observando y analizando, llegue a la conclusión que las páginas siguientes buscan.
Junto a la villa o el palacio, y como parte de la propia obra, el autor nos lleva a conocer, siquiera de manera somera, los acontecimientos históricos del entorno; así como las costumbres que acompañaron la vida de esta parte de la provincia de Guadalajara; empleando investigaciones y fuentes propias.
Sin duda, las páginas siguientes, como otras anteriormente escritas y publicadas, nos acercan a un entorno que siempre merece una atención; una detenida mirada…
El libro de Pastrana, pulsando aquí


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