LA IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA, EN ATIENZA
Sin duda, la más moderna, que no por ello deja de sorprender
Probablemente nunca conoceremos la fecha en
que se levantó la primitiva iglesia de San Juan Bautista, en Atienza, de trazas
románicas como apuntan los entendidos en este arte. Es lo cierto que debió de
ser una de las últimas en alzarse en la época del auge atencino, llamada a estar
entre las principales por su situación. Al menos desde el siglo XV cuando la
parte alta de la villa quedó prácticamente arrasada, quedando el gran calvero
despoblado que actualmente y desde aquel tiempo rodea al castillo. A partir de los
años finales del siglo XV o inicios del XVI, cuando comenzó a tomar forma la
entonces Plaza Mayor, en la que se ubicó este templo, comenzó a denominarse a
la iglesia “del Mercado”; en la plaza
se celebraban los mercados semanales, y no solo eso también las celebraciones
de importancia e incluso los actos más significativos de la justicia ciudadana,
real o local, puesto que en la plaza se centraban los poderes: el de la
iglesia, el de la justicia y el del Concejo. Aquí se alzó la sede del Cabildo
de Clérigos, la del Concejo, la del Corregidor, la cárcel…
Una iglesia en obras
La primitiva iglesia, románica o de
transición, fue derribada en torno al siglo XVI; para entonces a juzgar por los
testimonios escritos ofrecía un estado lamentable, con amenaza de ruina en su
interior. Nos cuenta el papeleo documental de sus archivos que para 1624 la
mitad de la nueva iglesia ya se encontraba levantada tras 38 años de trabajos.
Muy a pesar de que entre obra y obra continuaron los oficios litúrgicos, puesto
que aquellas se llevaron a cabo por partes y mientras la capilla mayor se encontraba
entre andamiajes, los oficios tenían lugar en alguna de las laterales. Cuando
no quedaban, las obras, interrumpidas por la falta de dinero que fue una
constante desde que se derrumbó la antigua. El mayor problema a la hora de
alzar el edificio tal y como hoy lo conocemos siempre fue el económico, puesto
que esta iglesia nunca estuvo entre las de mayor recaudación de Atienza, por lo
que se recurrió a las arcas de Santa María del Rey, una de las de mayores
posibles entonces, junto a la de San Salvador.
De
Santa María del Rey se tomaron en préstamo algunos cientos de fanegas de trigo
a devolver en siete años, los que a partir de 1624 debían de ser los que viesen
la obra concluida. Que lo estaba para 1665, fecha en la que se remató la torre
de las campanas. No hubo dinero para más, ya que las iglesias de Santa María
del Rey y de la Trinidad habían prestado la práctica totalidad de su grano, moneda
de entonces, y dinero, para estas obras casi interminables, sin recuperar
siquiera la mitad del préstamo, y no había ya de dónde sacar para dotar a la
iglesia de una elegante torre campanera como hubiera sido deseable. A pesar de
ello la mole parroquial, aún sin torre, ya que se aprovechó uno de los
torreones de la muralla para albergarla, en poco desdice del urbanismo atencino.
La remató el cantero Simón de Rioseco; las
bóvedas las concluyó Fernando Álvarez; y tampoco conocemos con certera
precisión, ni siquiera de forma aproximada, a cuanto se elevaron unas obras que
en el tiempo se prolongaron finalmente por espacio de más de cincuenta años,
con piedra del antiguo templo, y alguna carretada más traída de las canteras de
la cercana población de Morenglos.
Un interior deslumbrante
Concluida la caja fue necesario llenarla,
para lo que de nuevo hubo de recurrirse a la voluntad del vecindario e iglesias
de la villa. Algunas de las notables familias, la de Luis de Arias entre otras,
aportó algunos cientos de maravedíes para la construcción del retablo mayor; el
comendador del convento-hospital de San Antón unas fanegas de trigo; e incluso
los párrocos de las vecinas poblaciones de Naharros, Jadraque o La Miñosa
pusieron algo de su parte.
Fue probablemente el retablo mayor una de
las piezas más costosas, tasado en torno a los 15.900 reales, ajustado por el
retablista seguntino Diego del Castillo, y concluido por el atencino Diego de
Madrigal, tal vez el más aventajado de sus alumnos. Retablo que se ejecuta entre
1686 y 1714/16, cuando se concluye el dorado por Agustín Vázquez.
Retablo
para el que se ajustó con el taller de Alonso del Arco la serie de pinturas que
debían ornarlo, y que finalmente fueron: en la predela, a la izquierda, El Bautismo de Cristo; a la derecha La predicación del Bautista; en el
segundo piso, en la calle izquierda, La
Lapidación de San Esteban, y a la derecha, San Martín partiendo su capa con el pobre; por último, en el ático,
en el lateral izquierdo, la Oración de
Zacarías; en el centro la Asunción de
la Virgen, y en el lateral derecho el Nacimiento
de San Juan Bautista. Falta actualmente un octavo lienzo, el titulado el Banquete de Herodes, que se encuentra en
el Museo de Arte Religioso de San Gil y que probablemente ocupó un lugar en el nicho
central de la predela. Por el conjunto de la obra se pagó la nada desdeñable
cifra de 4.140 reales, actuando de intermediario el corredor de pinturas Juan
de Moya, a quien se envió, como recogen los libros de fábrica, es de suponer
que a más de la cantidad correspondiente a la intermediación de su trabajo, dos perniles de tocino, dos quesos y cuatro
pares de perdices, para que tuviera buen gusto a la hora de elegir las
pinturas. Se encontrarían en Atienza en 1693, prácticamente diez años antes
de la muerte del artista, en Madrid en 1704.
Hidalgos
y caballeros
Apellidos
de sonoro lustre, como los Sopuerta; Vigil de Quiñones; Arias de Saavedra;
Serantes de Sandoval; Elgueta, Olier, y una o dos docenas más, hallaron reposo
eterno en las capillas laterales, actualmente alteradas y que tradicionalmente
estuvieron dedicadas a San Antonio de Padua, con su imagen, buena escultura y arriba lienzo que representa a la
Virgen poniendo la casulla a San Ildefonso; San José, con su imagen de talla, grupo moderno de la Sagrada Familia y otra
escultura de un Santo; de la Virgen de los Dolores (labrado con
posterioridad a 1700), con su imagen de
muy buena escultura, y el Niño Jesús, talla de lo mejor de la iglesia, y
escultura de San Joaquín y Santa Ana; El de La Virgen que llaman vulgarmente “de la Resurrección”, con su imagen; el
Altar de San Francisco Javier, con lienzo
del santo, imagen moderna de gran talla de La Milagrosa. Y arriba otro cuadro
en lienzo de San Juan Evangelista; el Altar de la Virgen del Rosario, con su imagen, escultura de José Salvador
Carmona, y arriba un lienzo de la Flagelación; y el Altar de la Inmaculada;
con su imagen moderna y un lienzo
arriba…; como reflejaron los inventaros del primer cuarto del siglo XX.
La mayoría
de los retablos primitivos que compusieron las llamadas “capillas” de la iglesia fueron labrados, o tallados, entre la mitad
del siglo XVII (1666 el de la Inmaculada; 1670 el de la Virgen del Rosario,
etc.) y parte del XVIII (altar de la Virgen de los Dolores). Años en los que
Atienza es, de alguna manera, patria de grandes artistas en el arte del
retablo, su escultura o su dorado, con nombres que sonarán para el futuro
artístico de la diócesis, desde el ya dicho Diego de Madrigal a Lorenzo Forcada,
Francisco Gonzalo, José de la Fuente o Francisco del Castillo.
La visita siempre es una sorpresa.
Tomás Gismera Velasco/
Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 10 de abril
de 2026
ATIENZA DE AYER A HOY, IMÁGENES DEL PASADO Y DEL PRESENTE
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