lunes, abril 13, 2026

EL EREMITORIO DE LAS CUEVAS, EN ATIENZA

 

EL EREMITORIO DE LAS CUEVAS, EN ATIENZA (Eremitorios medievales en la villa de Atienza)

 

    Si buscamos una definición para eremitorio, al día de hoy no nos será complejo poderla hallar en cualquiera de los numerosos diccionarios, incluso virtuales, que tenemos a nuestra mano. En ellos nos darán cuenta de que son el antecedente de nuestras conocidas ermitas: es un término que ha sido empleado para hacer alusión al lugar al que se retira y donde realiza sus actividades el eremita. ​ Una palabra relativa a la arquitectura religiosa que provendría de la palabra eremita (ermitaño), a su vez del griego eremites, también se define como el “sitio en que hay una o varias ermitas”. Un ejemplo antiguo de su uso se halla en “Del establecimiento de los primeros eremitorios, pretenden los antiguos cronicones arrancar la fundación de algunas iglesias”.




   No falta quien opine que la definición proviene del francés “hermitage”, y por supuesto, su referencia a las ermitas.

   Numerosos son los eremitorios que se han descrito a lo largo y ancho de la provincia de Guadalajara en los últimos años, sobre todo en las falas de las sierras de Miedes, Pela y Bulejo y, por encima de ellas, en el Desierto de Bolarque.

   También han sido numerosos los autores que se han ocupado de ellos, desde Francisco Cortijo Ayuso (El Desierto de Bolarque), a autores más recientes que, al hablarnos de la comarca alcarreña de Peñalver se han introducido en el mundo del monasterio de La Salceda; entre ellos José Luis García de Paz o José Ramón López de los Mozos, quienes nos descubrieron en aquellos parajes las famosas cuevas o eremitorios de Los Hermanicos.

   Conocidas son, en tierras de Miedes, Ujados e Hijes, las también cuevas eremitorios de El Espinarejo (Miedes); o las numerosas del entorno, en Albendiego o Romanillos.

   Y, ante todo, las ubicadas en término de Ujados. Todas ellas orientadas al Sur, y horadadas sobre la montaña de roca rojiza, las descritas y conocidas en Ujados son cuatro, Peña Gorda, Puentecilla, del Tío Grillos y Mingolario.

   Algunas más se hallan en tierra de Higes y otras continúan hacía Albendiego, haciendo pensar que fueron excavadas por el hombre, bien para servir de refugio habitacional o bien, como en otras partes de la provincia o región, a modo de eremitorios.

   La roca blanda, de fácil trabajo para horadar en ella las distintas estancias, permitió dotarlas de una especie de sala o estancia principal, en la mayoría de ellas, ensanchada en algunos casos por los derrumbes naturales. Casi todas ellas constan de una única entrada, sin más orificios al exterior, lo que permitía su fácil defensa, caso de tener que refugiarse en ellas ante el peligro de ataque de algún animal; pues no cabe pensar que fuesen utilizadas como defensa ante el ataque de otros humanos.

   La creencia en cuanto a su construcción, ya que lo fueron indudablemente por manos humanas, es que esta debió de llevarse a cabo entre los siglos V y XI.




   En las cercanías de cada una de ellas, para cubrir las necesidades del más que probable eremita que las habitó, se encuentra una fuente de agua dulce.

   E igualmente en las cercanas poblaciones de Alcolea de las Peñas y el desaparecido poblado de Morenglos se encuentran las allí conocidas como de La Merendilla. Bajo la que fuese iglesia de Morenglos se encuentran las de dicho nombre, quizá de las mayores que encontramos en la comarca.

   No se ha descrito por ninguno de los autores conocidos, ni se han publicado en ninguno de los trabajos que recogen este tipo de edificaciones, si tal denominación podemos dar a las cuevas edificadas en la roca, ninguna de las existentes en el término municipal de Atienza, quizá por no encontrarse en lugares elevados, o rocosos que llamen la atención. La principal de ellas se localiza en medio de un valle, con agua dulce cercana, al igual que las anteriormente conocidas, e igualmente orientada al Sur, o más bien Sur-Oeste.

   Frente a estas cuevas-eremitorio, ubicadas en el paraje denominado de Los Arroyuelos, y más comúnmente conocido en Atienza como “Las Cuevas”, a mayor distancia de la villa, en las faldas del monte Hontanar y lugar conocido como “El Nacedero”, se hallan otras de mayores dimensiones orientadas en dirección a la villa, posición Norte.

   El porqué de estos lugares lo podríamos encontrar en la reseña que nos hace Carmen Díez González (Los eremitorios en la Cuenca del Tajo): A la hora de buscar el retiro y alejamiento del mundo parece que las fundaciones obedecen a tres estilos. La primera correspondería a la búsqueda de parajes ocultos, verdaderamente escondidos donde poder desarrollar la oración en silencio y en consonancia con una naturaleza propicia que insiste en la imagen de ahondamiento espiritual. Por otra parte la que corresponde con una vida de ascesis anímica en la que se asciende en grados de perfección abandonando comodidades, elige lugares agrestes o las cimas de las montañas. Por último, la busca el sosiego y la paz interior se corresponde con paisajes suaves, abiertos, de carácter amable…




   Este último sería el caso de las cuevas-eremitorio de Atienza. Ubicadas en las cercanías de la villa y sin embargo lo suficientemente alejadas para encontrarse con el sosiego y reposo de la Naturaleza.

   Desconocemos desde cuando fueron habitadas, ya que indudablemente se excavaron en la roca por la mano del hombre, probablemente en época visigoda, y seguramente utilizadas con posterioridad a la Reconquista como lugar de reposo y oración por las numerosas órdenes religiosas que pasaron por la comarca. Hasta que la edificación de monasterios y conventos las hizo innecesarias, como sucedió en otros lugares. Pasando a ser, en numerosas ocasiones, ermitas hoy distribuidas por los cuatro puntos cardinales de España.

   La roca bajo la que se asientan, forma parte de una gran laja de arenisca roja, de fácil excavación, lo que permitió a los primitivos constructores llevar a cabo una gran obra, al descubrir una primera sala e ir ampliando con el paso del tiempo, hasta llegar a descubrirse dos amplios espacios con cuatro entradas diferentes, tres de ellas abiertas sin duda por la mano del hombre y la cuarta provocada sin duda por un desprendimiento en la excavación. Desprendimiento que unió en algún momento el conjunto.

   Como bien indica Enrique Daza Pardo (La edilica Rupestre en el norte de Guadalajara: Hábitat y eremitismo): Se trata de rocas fácilmente moldeables, ya sea por la acción de los agentes atmosféricos como por la mano humana, lo que favorece su elección como soporte de cara a la excavación de una substructura.





   Sobre la roca, en la actualidad cubierta de maleza, una conveniente limpieza podría descubrirnos otras oquedades como, sin lugar a dudas, algún tipo de tumba antropomorfa semejante a las halladas en Morenglos o Ujados.

   El paso del tiempo, y las distintas utilizaciones que desde su abandono como eremitorio, no permiten encontrar rastros de inscripciones, e incluso podrían haber desaparecido algún tipo de hornacina que en este tipo de cuevas fueron frecuentes. El espacio fue utilizado a lo largo del tiempo como refugio de pastores y ganado. Pues su interior, de espaciosa anchura al igual que altura, lo permitió.

   A pesar de ello, se trata de un espacio digno de estudio y conocimiento del que no dudamos que estas primeras líneas en torno a él, serán preludio de otras muchas y, sin duda, de mayor calado y ciencia.

   No es el único; como sucede en otros puntos de importancia en la provincia de Guadalajara, Atienza cuenta en sus alrededores con, al menos, tres eremitorios más, si bien de menores dimensiones que el conocido de “Las Cuevas”.

 

Tomás Gismera Velasco/ Revista Digital “Atienza de los Juglares” / Núm. 131. Noviembre 2020

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