LA MULETERÍA EN LA SERRANÍA DE GUADALAJARA
De aquí salieron las mejoras mulas castellanas
Benito Pérez Galdós hizo populares a los muleteros de Maranchón, situándolos mediado el siglo XIX, a través de los Episodios Nacionales y su novela “Narváez”, en Atienza. Hablándonos de un comercio que, en aquel tiempo, resultaba imprescindible para una parte de la población, el de la gente de campo; y el de un animal imprescindible para llevar a cabo las labores agrícolas.
Comercio muletero, trata y venta de mulas para el trabajo agrícola en la provincia de Guadalajara, asimilado tradicionalmente a los maranchoneros, dejando en el olvido a gran número de poblaciones que con anterioridad a aquellos hábiles comerciantes se dedicaron a la industria, por así denominarla, de la cría y venta de animales de labor, especialmente en la Serranía de Atienza y Tierra de Paredes, a caballo entre las hoy provincias de Guadalajara y Soria, a pesar de que en otro buen número de poblaciones de la provincia el comercio mular estuvo abundantemente arraigado hasta hacerlo, en algunos casos, el eje de su economía, como parece ser fue el caso de Alustante, en el Señorío de Molina en el cual, y a juicio de la reseña que se hace en el Diccionario de Madoz, la mayor parte de sus entonces 400 vecinos se dedicaba al trato de ganado mular “cuyo tráfico constituye casi su único medio de subsistencia”.
Y por supuesto que a lo largo del siglo XVIII, a juzgar por las respuestas consignadas en el tantas veces señalado Catastro de Ensenada, un buen número de serranos se dedicaba a la trata de mulas, su cría, recría y venta.
Los muleteros del entorno atencino
Es de notarse que la población con mayor número de tratantes en mulas, reconocidos como tales en el Catastro que en 1752 se lleva a cabo, es Atienza. Cabecera de una extensa comarca que influye en que cría y trata se extiendan por su antiguo Común de Villa y Tierra.
Nada menos que 71 tratantes en mulas se encuentran en aquella villa, la mayoría compaginando este oficio con el de la arriería, que lleva a sus gentes a recorrer ambas Castillas, el Levante, La Mancha e incluso la actual Extremadura.
Es una de las pocas poblaciones en las que, a la famosa pregunta que nos designa los oficios, ofrece este dato. Setenta y un tratantes de mulas y ochenta y dos arrieros. Consignándose nombres, número de cabezas con las que negocian e ingresos que perciben. Como ocurre en otras poblaciones. Siendo el de la muletería una de las industrias que más beneficios genera. La hoy provincia de Guadalajara fue por los siglos XVIII y XIX puntera en llevar y traer mulas de una feria a otra, y los pueblos de este rincón provincial, a medio camino entre Castilla y Aragón se distinguieron por encima de otros en este comercio.
Si continuamos echando la mirada al Catastro de Ensenada veremos la cantidad de tratantes de mulas que teníamos por estos pueblos: Bochones, pueblo hoy prácticamente despoblado, a la sombra de Atienza, contaba nada menos que con veinticuatro tratantes en muletería; ocho teníamos en Cincovillas; otros tantos en su vecino Madrigal; y con números semejantes nos encontraremos por toda la línea que desde Sigüenza llega hasta Molina. Destacando como anteriormente se apuntaba, Atienza; y, en otra población, quizá la más conocida de la provincia por su industria, puesto que las salinas de Imón gozaban de reconocida fama en toda España, la industria que más movía al vecindario, puesto que la sal sólo enriquecía a la corona, fue la muletería; cerca de medio centenar de vecinos de Imón se dedicaban a ello. Lo extraño es que en Maranchón ninguno de sus vecinos, en ese siglo y por esos años, se declaraba muletero.
Por supuesto que hemos de entender que se dedicaban a la trata en pequeña escala, puesto que los ingresos que se declaran por el trato de mulas oscilan en general entre los cien y los trescientos reales; mientras que los de los arrieros lo hacen entre los trescientos y los tres mil. Entendiendo que en aquellos años la cría y trata, si bien se consentía, no estaba abiertamente permitida.
Y es que, como escribiese el geógrafo Antonio López Gómez en su “Atienza, 1752”: “…la estacionalidad de ciertas ventas y el estado de los caminos, impedían el ejercicio de este oficio de manera continuada, por lo que era muy frecuente que tal oficio se simultanease con otros, especialmente con labores del campo”.
Y más muleteros
Tenemos el dato de que ya en 1752 hay tratantes de mulas en Atienza y su entorno; del mismo modo que hubo un elevado número en poblaciones algo más alejadas, como Milmarcos, entre otros numerosos pueblos de la comarca de Molina; o Sacedón, en la Alcarria.
A pesar de ello, y a fin de tomar como base el Catastro de Ensenada para datar el origen de la trata mular en el entorno de la Serranía, Pedro Rodríguez de Campomanes, habiendo ya desempeñado el cargo de Presidente del Consejo de Castilla o el de Ministro de Hacienda, apenas 25 años después de llevarse a cabo la información catastral, nos lo confirma. Al indicarnos que las gentes de Atienza se dedican desde poco tiempo antes “a la recría y venta de mulas jóvenes traídas de Asturias y León”. Estando sin duda en el origen de gran número de muleteros que posteriormente encontraremos en las poblaciones que se encuentran bajo su jurisdicción.
Mulas y tratantes que, aparte de los ya citados pueblos del entorno, Miedes, Bochones o Cincovillas, al margen de los molineses y alcarreños, encontramos en el ya dicho de Madrigal, actualmente anexionado a Atienza, que de alguna manera pujó durante algún tiempo por ser el principal eje del comercio de estos animales en el último tercio del siglo XVIII.
Entre las poblaciones de Miedes, Cincovillas, Bochones y Madrigal, unidos a Atienza, se suma la nada desdeñable cifra, en 1752, de algo más de seiscientos ejemplares mulares para la venta, y algo más de un centenar de tratantes; que para su tiempo, dadas las condiciones de movimiento entre provincias y regiones, eran un número elevado, lo mismo que de tratantes. En la población de Alcolea de las Peñas, a medio camino entre Atienza y Sigüenza, la gran mayoría de sus vecinos, por aquellos años, compaginan el oficio de labradores con la recría de mulas, que compran lecharas (apenas destetadas) en los mercados de Atienza y Sigüenza, y revenden a los dos años, obteniendo, nos dicen, ganancias de cincuenta reales por cabeza. Lo mismo hacen en Paredes de Sigüenza, si bien aquí se estima a los revendedores unos ingresos de sesenta reales, puesto que acuden a revenderlas a ferias más lejanas, las de Almazán y Berlanga, en la hoy provincia de Soria. De unos y otros, en la comarca, un siglo después, en el primer tercio del siglo XX, únicamente quedan, en la villa de Atienza, dos o tres familias que continúan en el negocio, adquiriendo las mulas mayoritariamente en Andalucía, principalmente en Córdoba, y vendiéndolas en ferias manchegas. Los maranchoneros, como hoy diríamos, les habían comido el negocio en cuatro días.
De aquel pasado muletero únicamente queda en esta extensa comarca serrana el recuerdo a través de las referencias contenidas en los diccionarios publicados en el siglo XIX, en los que se nos da cuenta de que, como en el caso de Paredes, “la industria principal de esta villa es el tráfico de mulas que llevan regularmente a vender a la feria de Torija”; o bien, como se señala en el Diccionario de Madoz, algunos de sus habitantes se dedican a la recriación de ganado mular.
Como que el paso del tiempo ha mudado, como de camisa, la industria del campo.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 29 de agosto de 2025
ARRIEROS, MULETEROS Y MERCADERES. FERIAS Y MERCADOS EN LA SERRANÍA DE ATIENZA
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