viernes, enero 29, 2021

MADERADAS Y GANCHEROS EN EL TAJO

MADERADAS Y GANCHEROS EN EL TAJO
El transporte de madera por el Tajo fue una de las industrias más conocidas de la provincia

 

    Bajo las escasas aguas del pantano de Entrepeñas, que en algún tiempo quiso ser el Mar de Castilla, se quedó lo mejor de la vega de Durón, y también bajo las aguas desapareció el famoso balneario de Mantiel, que en los últimos años ha vuelto a emerger. Para enseñarnos lo mal que se le trató.

   El Mar de Castilla quedó en un sueño, porque dejó de llover y las riquezas que se presumían para los pueblos del entorno comenzaron, como el mismo pantano, a secarse con el tiempo mismo; porque el agua, que antes se empleaba en dar servicio a las necesidades básicas del hombre, ahora se ha de utilizar para los riegos de cultivos intensivos en los climas cálidos del sur. Mientras estos pueblos, que ven al río venir y marcharse, se achicharran al sol de agosto y han de ver como sus tierras, por el mes de agosto, pasan sed, y como de muchos de los grifos de la Alcarria no sale nada.


 

   A la altura de los baños de Mantiel el Tajo se parecía embravecer, bajando por allí encajonado entre barrancos y riscos que le continúan sirviendo de guarda a la caja por la que va deslizándose, a veces con gesto de infante tierno y otras muchas con la arrogancia del caballero feudal que se abre paso a golpe de adarga.

   El doctor Pedro de Salazar y Mendoza escribió en el siglo XVII que la primera madera que llegó a Toledo a lomos del Tajo, desde las altas sierras de Cuenca, fue la que se empleó en la fábrica del Hospital mandado levantar por don Pedro González de Mendoza, nuestro  gran Cardenal; a partir de entonces las maderadas se convirtieron en una industria en auge, hasta la llegada del siglo XIX, cuando hombres de la talla del briocense Justo Hernández Pareja o el valenciano Juan Correcher llegaron a ser dueños de una parte del río, o de lo que por ellos flotaba. Las grandes maderadas lo surcaron hasta Aranjuez, desde donde llegaron a Madrid, continuando en ocasiones hasta Lisboa. Salvando las multiples dificultades de aquel mundo tan inestable y a veces desconocido de las aguas.

   Del transporte de las maderas surgió la idea de hacer navegable el Tajo desde Lisboa hasta las cercanías de su nacimiento, o major, hasta Armallones, creando a través de una de las principals arterias de España una gran vía de comunicación que abaratase los transportes y generase una naciente industria a su vera. Eran los años de los sueños del Canal de Castilla, del de Aragón y de tantos más que quedaron en ello, en sueños de reyes como Felipe II o el ingeniero alcarreño Simón Portero.

   Sin duda, los primeros años del siglo XX fueron los de mayor movimiento. Los que generaron que todas las primaveras cientos de miles de troncos descendiesen ordenadamente a través de las aguas de un río que, hasta que las presas, embalses o pantanos le pusieron la zancadilla, generó muchos puestos de trabajo. También regeneró los pinares, puesto que para que las maderas continuasen descendiendo aguas abajo, era preciso replantar las zonas que se fueron talando.

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   Grandes industriales hubo, en aquellos primeros años, que transportaron por el Tajo enormes maderadas, como la que siguió el ilustre fotógrafo y periodista Francisco Goñi quien en 1925 retrató para la posteridad la del bilbaino don Horacio Echevarrieta –fundador de los grandes astilleros bilbainos-, compuesta por más de cien mil unidades.

   Como adargas puntiagudas bajaban los troncos de los pinos a lomos del Tajo a las alturas de Mantiel, desde los pinares de la Sierra del Ducado. Tajo abajo, desde el Señorío hasta Aranjuez, a veces bravos y otras como corderos mansos de un rebaño paciente y calmo, guiados por cientos, en ocasiones hasta mil pastores -o gancheros-, quienes, con largas pértigas, iban dominando aquel rebaño de troncos que descendían río abajo.

 

El recuerdo de don Ernesto Navarrete Montero

   Don Ernesto Navarrete Montero, que fue maestro del pueblo de su nacimiento, Moratilla de los Meleros, y concejal en el Ayuntamiento de Guadalajara, además de cumplido escritor que dejó reflejo de las vivencias de esta tierra a través de la agilidad de su pluma, tuvo el privilegio de ver desde los altos de los baños de Mantiel cómo descendía la última maderada en una tarde del mes de septiembre de 1942. “Yo he visto las dos últimas maderadas que bajaron por el Tajo –decía-, desde la parte opuesta de los baños de Mantiel. Un atardecer, el río…”

   El río en una de sus vueltas y revueltas apareció llenó de troncos flotando, llenando el cauce de márgen a márgen, y debajo de La Nava los gancheros trabaron los palos delanteros como quien detiene a una recua de mulas y las ata ante el herrador, con maña y presteza, deteniendo la marcha de la maderada; porque esa noche los gancheros se preparaban para pernoctar en aquel lugar.

   Con el actual sistema de presas y pantanos que llenan hoy un sector del curso del río dentro de nuestra provincia, se hace impensable volver a ver descender por aguas embravecidas aquellas maderadas, que han pasado a la historia de la literatura y a la de la fiesta local, rememorando tiempos pasados.

   Don Ernesto Navarrete Montero, que dejó este mundo el 21 de marzo de 1977 nos dejó también el recuerdo de alguno de aquellos oficios que fueron seña de identidad en una parte de la provincia de Guadalajara en la que tantos oficios han pasado al recuerdo.

   Lo rememoraba al hilo de uno de aquellos libros que dejaron memoria de la destreza de unos hombres, y de su trabajo: “El río que nos lleva”, a través del que el oficio de ganchero y la industria del transporte de la madera por el río, se hizo popular.  José Luis Sampedro, el autor de la obra, seguro que no era entonces consciente de que nos dejaba para la posteridad el reflejo de un arte, de esa manera lo podíamos definir; pues arte tenían aquellos hombres que no tenían miedo a los embites del agua.

   Cuando la última maderada descendió el Tajo, tan solo la presa de Bolarque comenzaba a cortar el río, teniendo los troncos que pasar aquellas aguas a través de un canalillo o aliviadero hecho a propósito; por aquel canalillo, o aliviadero, lo hacían uno a uno. Por entonces, los inicios de la década de 1940 se comenzaba a dar forma a nuevos embalses y pantanos que amansasen las aguas cuando bajaban bravas, y las almacenasen para llevarlas lejos de su origen.

   Si hoy hubiese que hacer lo mismo en cada presa, ir pasando los troncos de uno en uno, el tiempo que en esta laboriosa forma de atravesarlas invertirían los madereros sería superior al comprendido en el arrastre total. Ahora los grandes camiones, en unas pocas horas, son capaces de llevarlos a las serrerías sin mayores percances. Entonces empleaban cincoo seis meses en llegar hasta Aranjuez.

   A la faena del transporte de la maderada por el río se dedicaban un buen número de cuadrillas, principalmente desde finales del invierno a los inicios del otoño, sirviéndose tan solo de un gancho con el puntal de hierro que a manera de lanza les servía para empujar, atraer o desenganchar los maderos cuando se trababan.

LOS CRÍMENES DE ZAOREJAS. EL LIBRO, AQUÍ
 

   Si las aguas del río pudieran hablar también darían cuenta de cuantos gancheros quedaron atrapados, muriendo ahogados en aquellas, o escapando con graves mutilaciones a causa de los atropellamientos.

   La maderada de don Horacio Echevarrieta que retrato Francisco Goñi se echo al agua en los primeros días de marzo de aquel 1925. Los troncos llevaban prácticamente un año talados, pues para permitir una buena flotación tenía que estar secos, y descortezados.  “Las maderas que se conducen por este río –nos decía Francisco Goñi-, suelen proceder de alguno de los acreditados, numerosos y poblados pinares de las provincias de Cuenca, Teruel y Guadalajara, que producen esta clase de árboles en calidades muy apreciables, sobre todo para la construcción, y en cantidades suficientes para tener el río ocupado casi todo el año, cuyo medio es el único de beneficiarlos, por ahora al menos, pues estas regiones que atesoran tal riqueza arbórea carecen de otros procedimientos de transporte y aun de comunicación”.

   Mucha de aquella riqueza hoy se ha perdido, entre ellas la principal, la del agua, pero siempre es bueno echar la mirada atrás, aunque sea para festejar un oficio que ha pasado a ser tan literario, casi, como la vida misma.

   Tenían aquellos hombres, los gancheros, –nos recordaba don Ernesto Navarrete-, aire de majeza antigua, altivo y desafiante mirar, jaques de navaja y gancho, del que por su continuo uso, eran maestros

 

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria, 29 de enero de 2021


 



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