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lunes, julio 15, 2019

ANA DE MENDOZA. La Princesa del parche en el ojo

ANA DE MENDOZA.
La princesa del parche en el ojo


   Que, a juicio de no pocos historiadores y estudiosos de su vida y obra fue, lo del parche, una coquetería de la ilustre dama. A juicio de otros muchos consecuencia de un accidente cuando, jugando a juegos de niños, o bien se pinchó con la punta de un florete o se dio un trastazo con ell diávolo, en su Cifuentes natal. Todo pudo ser.

   Lo que está claro es que, sea como fuere, doña Ana de Mendoza –Ana Juana de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, con otros muchos apellidos y nombres más-, es, sin lugar a dudas, la tuerta –real o fingida- más famosa del panorama histórico provincial de Guadalajara y, puede, que de una importante parte de Europa. 



   Su vida, en cuanto se refiere a juventud e infancia, se resume brevemente porque, como escribió uno de sus primeros biógrafos, Gaspar de Muro, cuando sacaba los pies de las alforjas el siglo XIX, en aquel periodo vivió tranquila y feliz,  en la casa de sus abuelos, los condes de Cifuentes, en la que nació a finales del mes de junio de 1540, siendo bautizada por don Juan de la Cerda el día 29 de aquel mes y año. En el bautismo, al parecer, se la impuso el nombre de Juana, por su tío, Juan de Silva; el de Ana se le dio para recordar el nombre de su abuela. Hija única, y rica heredera de un gran patrimonio, además de larga lista de títulos nobiliarios, estaba destinada a casarse con un igual, sino superior, ajustándose su matrimonio cuando doña Ana contaba con la casi infantil edad de 12 años y no llevaba parche, con don Ruy Gómez de Silva, menino que fue de la emperatriz Isabel, con quien llegó desde el vecino Portugal, y quien la triplicaba en años, puesto que ya había cumplido los 36. Así que, dada la edad de la novia, a pesar de que las capitulaciones se firmaron en 1553, todavía se tuvo que esperar unos años, hasta 1557, para que se consumase el matrimonio.
 

   Que fue prolífico en hijos, pues que dieron al mundo a D. Diego, quien a tierna edad falleció en Toledo; a Doña Ana, quien casó con el duque de Medinasidonia (y dio nombre al famoso Coto de Doñana); D. Rodrigo II –Ruy-, que fue segundo duque de Pastrana; D. Diego de Silva, que llevó el título de duque de Francavilla; D. Pedro de Silva y Mendoza, que murió siendo niño; D. Ruy Gómez de Silva, que alcanzó el marquesado de Eliseda; D. Fernando de Silva, que se metió a fraile y tomó el nombre de su antepasado don Pedro González de Mendoza y, como aquel, fue obispo en alguno de sus mismos obispados; Doña María de Mendoza y doña María de Silva, que murieron siendo niñas; y doña Ana, la doña Anita que acompañó a su madre hasta sus últimos días de encierro en encierro a través de castillos y palacios..

   Su reinado en el mundo de la historia comenzó cuando, siendo ella todavía joven el 29 de julio de 1573 quedó viuda. Y como doña Ana y su marido habían solicitado en vida la fundación en sus tierras de dos conventos de carmelitas descalzas en Pastrana, a doña Ana no se le ocurrió mejor manera que pasar en el resto de sus días en uno de ellos. Dejó el mundo de los vivos, entregó a sus parientes la tutela de sus hijos, y se metió a monja. A pesar de que, acostumbrada al mundo de los vivos no se hizo al del rezo y la oración hasta el punto de que, las monjitas que compartían con ella la vida claustral, hicieron las maletas y la dejaron sola. Hasta que la propia doña Ana se convenció, quizá tras su encuentro con la Santa de Ávila, Santa Teresa de Jesús, de que no nació para ser monja.




   Quizá por  ello regresó a la corte, establecida ya en Madrid, para ser en ella una especie de reina en la sombra. La mujer que se encontraba detrás de cada esquina cuando, sin gacetillas que hiciesen correr en la corte los rumores, lo hacían las lenguas de los cortesanos en las gradas de San Felipe el Real, aquello que los madrileños llamaban, para designarlo finamente: “los mentideros de la Corte”.

   Quizá de aquellas gradas y mentideros de la villa salió que doña Ana compartía aposentos con el Rey; o su Secretario de Estado, el todopoderoso Antonio Pérez del Hierro, o…, con cualquiera de quienes, a diario, ostentaban en Madrid títulos y poseían hacienda.

   Que se alió con D. Antonio Pérez del Hierro, alcarreño de pro, parece que no hay demasiadas dudas; tampoco, se dice, haberlas demasiado, en torno a sus encuentros con el Rey Prudente, don Felipe II a quien, quizá los celos, llevaron a que nuestra princesa penase sus días de torre en torre, convertida, por azares del destino, en una especie de Mata-Hari del siglo XVI. La mujer, al decir de muchos, más independiente, inteligente y pasional de su tiempo. A la que, por si fuera poco todo lo anterior, se la colgó el sambenito de estar detrás de aquel duelo de sables que en lo oscuro de los callejones terminaron con la vida de otro cortesano de rompe y rasga, nada menos que de don Juan de Escobedo, secretario de don Juan de Austria, hermanastro del rey don Felipe, cuando don Juan de Austria se disponía a coronarse rey de algún reino, pidiendo su coronación al Papa de Roma y el Papa de Roma le dijo que, antes de ser rey, conquistase un reino, y en ello, parece, andaba la cosa.

   De aquellas intrigas, o de aquellos reales celos, llegó la orden de prisión de don Antonio Pérez y de su fiel asociada, doña Ana de Mendoza. Puso tierra de por medio el Pérez, y doña Ana fue llevada en prisión de torre en torre. De Pinto a Santorcaz y de aquí a su casi real Palacio de Pastrana. Una de aquellas mansiones que, a la moda de aquellos siglos, trataba de asemejarse al alcázar que cualquier rey podía levantarse. Hermoso y grandioso como pocos palacios de la provincia, al que llegaría para permanecer en él, en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”, en compañía de su hija Ana, de su servidumbre, y de la guardia real, hasta el fin de sus días.

   Cuenta la leyenda, o una parte de la historia convertida en leyenda, que nuestra Ana de Mendoza, la Mata-Hari del siglo XVI, la princesa del parche en el ojo, llegó a Pastrana, para comenzar a cumplir su arresto de por vida en el año de gracia de 1581. Y cuenta la leyenda que una hora, día tras día, se la permitía asomarse a través de la enrejada de sus aposentos-prisiones, a la plaza y paisaje pastranero. De aquello surgió la plaza, reja y ventana de “la hora”.



   La historia dice que doña Ana de Mendoza, Princesa de Éboli, murió joven, o mayor para la época, el 2 de febrero de 1592, cuando todavía no había cumplido los 52 años de edad, de una vida intensa y novelesca. La novela la encumbró a la cima de la historia patria, y la leyenda, gracias a la novela, se ensanchó con el cine americano, que llevó a las pantallas el guion que escribiese quien abrió la puerta a que, con posterioridad a Kate O’Brien, tomaron a doña Ana como eje de sus embelesos literarios.

   Convirtiéndose, doña Ana de Mendoza, en ejemplo, más que de mujer de un tiempo, en la rebelde que lo quiso marcar; dotando a la ciudad en la que murió de ese halo casi místico que acompaña a los personajes que pasan, de la realidad, a la leyenda. Y pocos ignoran, en España, quién fue la princesa del parche en el ojo. Y en qué ojo llevaba aquel parche de seda negra; a pesar de que, en alguna serie de televisión, por aquello de que a la protagonista no le sentaba bien llevarlo en uno, se lo puso en el otro. Incrementando, con ello, la leyenda de la mujer más nombrada de esta provincia de Guadalajara, tan mendocina y… llena de encanto leyendario a través de personajes como doña Aña, la Princesa del Parche en el Ojo.

Véase, en esta sección: “Antonio Pérez, el villano de la historia”.

   Ana de Mendoza y de la Cerda, Princesa de Éboli, nació en Cifuentes (Guadalajara), en los últimos días del mes de junio de 1540. Falleció en Pastrana (Guadalajara), el 2 de febrero de 1592.

Tomás Gismera Velasco
Gentes de Guadalajara
Http: henaresaldia.com  

viernes, mayo 08, 2020

ANA DE ÉBOLI. La princesa cautiva de Pastrana y de Cifuentes


ANA DE ÉBOLI
La princesa cautiva de Pastrana y de Cifuentes


   A juicio de no pocos historiadores y estudiosos de su vida lo del parche en el ojo de doña Ana de Mendoza fue una coquetería de la ilustre dama. A juicio de otros muchos consecuencia de un accidente cuando, jugando a juegos de niños, o bien se pinchó con la punta de un florete o se dio un trastazo con el diávolo, que era entonces juego de damas, en su Cifuentes natal. Todo pudo ser.

   Lo que está claro es que sea como fuere doña Ana de Mendoza –Ana Juana de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, con otros muchos apellidos y nombres-, es, sin lugar a dudas, la tuerta –real o fingida- más famosa del panorama histórico provincial de Guadalajara y, puede, que de una importante parte de Europa. 



   Su vida, en cuanto se refiere a juventud e infancia se resume brevemente porque como escribió uno de sus primeros biógrafos, Gaspar de Muro, cuando sacaba los pies de las alforjas el siglo XIX, en aquel periodo, el de la infancia, vivió tranquila y feliz en la casa de sus abuelos, condes de Cifuentes, en la que nació a finales del mes de junio de 1540, siendo bautizada por don Juan de la Cerda el 29 de aquel mes y año. En el bautismo se la dio el nombre de Juana por su tío, Juan de Silva; el de Ana para recordar el nombre de su abuela.

   Hija única, y rica heredera de un gran patrimonio, además de larga lista de títulos nobiliarios, estaba destinada a casarse con un igual, sino superior, ajustándose su matrimonio cuando doña Ana contaba con la casi infantil edad de 12 años y no llevaba parche en el ojo, con don Ruy Gómez de Silva, menino que fue de la emperatriz Isabel, con quien llegó desde el vecino Portugal, y quien la triplicaba en años, había cumplido los 36. Así que, dada la edad de la novia, a pesar de que las capitulaciones se firmaron en 1553, todavía se tuvo que esperar unos años, hasta 1557, para que se consumase el matrimonio.

   Que fue prolífico en hijos, pues dieron al mundo a D. Diego, quien a tierna edad falleció en Toledo; a Doña Ana, quien casó con el duque de Medinasidonia (dando nombre al famoso Coto de Doñana); D. Rodrigo II –Ruy-, que fue segundo duque de Pastrana; D. Diego de Silva, que llevó el título de duque de Francavilla; D. Pedro de Silva y Mendoza, que murió siendo niño; D. Ruy Gómez de Silva, que alcanzó el marquesado de Eliseda; D. Fernando de Silva, que se metió a fraile y tomó el nombre de su antepasado don Pedro González de Mendoza y, como aquel, fue obispo en alguno de sus mismos obispados; Doña María de Mendoza y doña María de Silva, que murieron niñas; y doña Ana, la doña Anita que acompañó a su madre los últimos días de encierro en encierro a través de castillos y palacios.

   Su reinado en el mundo de la historia comenzó cuando siendo ella todavía joven quedó viuda, el 29 de julio de 1573. Y como doña Ana y su marido solicitasen en vida la fundación en sus tierras de dos conventos de carmelitas descalzas en Pastrana, a doña Ana no se le ocurrió mejor manera que pasar en el resto de sus días en uno de ellos. Dejó el mundo de los vivos, entregó a sus parientes la tutela de los hijos y se metió monja. A pesar de que, acostumbrada al mundo de los vivos, no se hizo al del rezo y la oración hasta el punto de que las monjitas que compartían con ella la vida claustral hicieron las maletas y la dejaron sola. La propia doña Ana se convenció, quizá tras su encuentro con la Santa de Ávila, Santa Teresa de Jesús, de que no nació para ser monja.





   Por  ello regresó a la corte, establecida ya en Madrid, para ser en ella una especie de reina en la sombra. La mujer que se encontraba detrás de cada esquina cuando, sin gacetillas que hiciesen correr en la corte los rumores, lo hacían las lenguas de los cortesanos en las gradas de San Felipe el Real, aquello que los madrileños llamaban, para designarlo finamente: “los mentideros de la Corte”.

   Quizá de aquellas gradas y mentideros de la villa salió que doña Ana compartía aposentos con el Rey; o con su Secretario de Estado, el todopoderoso Antonio Pérez del Hierro, o…, con cualquiera de quienes a diario ostentaban en Madrid títulos y poseían hacienda.

   Que se alió con D. Antonio Pérez del Hierro, alcarreño de pro, parece que no hay demasiadas dudas; tampoco, se dice, haberlas demasiado en torno a sus encuentros con el Rey Prudente, don Felipe II a quien quizá los celos llevaron a que nuestra princesa penase sus días de torre en torre convertida, por azares del destino, en una especie de Mata-Hari del siglo XVI. La mujer, al decir de muchos, más independiente, inteligente y pasional de su tiempo. A la que por si fuera poco todo lo anterior, se la colgó el sambenito de estar detrás de aquel duelo de sables que en lo oscuro de los callejones terminaron con la vida de otro cortesano de rompe y rasga, nada menos que de don Juan de Escobedo, secretario de don Juan de Austria, hermanastro del rey don Felipe, cuando don Juan de Austria se disponía a coronarse rey de algún reino, pidiendo su coronación al Papa de Roma y el Papa de Roma le dijo que antes de ser rey conquistase un reino, y en ello, parece, andaba la cosa.

   De aquellas intrigas, o de aquellos reales celos, llegó la orden de prisión de don Antonio Pérez y de su fiel asociada, doña Ana de Mendoza. Puso tierra de por medio el Pérez, y doña Ana fue llevada en prisión de torre en torre. De Pinto a Santorcaz y de aquí a su casi real Palacio de Pastrana. Una de aquellas mansiones que, a la moda de aquellos siglos, trataba de asemejarse al alcázar que cualquier rey podía levantarse. Hermoso y grandioso como pocos palacios de la provincia, al que llegaría para permanecer en él, en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”, en compañía de su hija Ana, de su servidumbre y de la guardia real, hasta el fin de sus días.

   Cuenta la leyenda, o una parte de la historia convertida en leyenda, que nuestra Ana de Mendoza, la Mata-Hari del siglo XVI, la princesa del parche en el ojo, llegó a Pastrana para comenzar a cumplir su arresto de por vida en el año de gracia de 1581, los dos anteriores los pasó entre Pinto y Santorcaz. Y cuenta la leyenda que una hora, día tras día, se la permitía asomarse a través de la enrejada ventana de sus aposentos-prisiones, a la plaza y paisaje pastranero a su plaza de “la hora”. Once años padeciendo aquel encierro.

   La historia dice que doña Ana de Mendoza, Princesa de Éboli, murió joven, o mayor para la época, según se mire, el 2 de febrero de 1592, cuando todavía no había cumplido los 52 años de edad de una vida intensa y novelesca. La novela la encumbró a la cima de la historia patria, y la leyenda, gracias a la novela, se ensanchó con el cine americano, que llevó a las pantallas el guion que escribiese quien abrió la puerta a que, con posterioridad a Kate O’Brien, tomaron a doña Ana como eje de sus embelesos literarios.

   Convirtiéndose, doña Ana de Mendoza, en ejemplo, más que de mujer de un tiempo, de la rebelde que lo quiso marcar; dotando a la ciudad en la que murió de ese halo casi místico que acompaña a los personajes que pasan de la realidad a la leyenda. Pocos ignoran en España quién fue la princesa del parche en el ojo. Y en qué ojo llevaba aquel parche de seda negra. Incrementando, con ello, la leyenda de la mujer más nombrada de esta provincia de Guadalajara, tan mendocina y… llena de encanto leyendario a través de personajes como doña Ana, la Princesa cautiva del Parche en el ojo, de Pastrana, y de Cifuentes.

Tomas Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria

lunes, agosto 16, 2021

GALVE DE SORBE, DE SEÑORÍO A CONDADO

 GALVE DE SORBE, DE SEÑORÍO A CONDADO
Señorío de Íñigo López de Orozco, terminó en el ducado de la Casa de Alba

 

   Es considerado don Iñigo López de Orozco, muerto a manos del rey Pedro I el Cruel tras la batalla de Nájera, el primer señor de Galve de Sorbe.

   Don Iñigo López de Orozco recibió aquella tierra en pago de sus servicios al rey Pedro, antes de que el rey se enemistase con él. Aquello sucedió el 28 de octubre de 1354. 


 

   Como Señor de Galve, Escamilla, Pinto, Torija, Santa Olalla, Miedes, Robredarcas y Tamajón, entre otros títulos, se le cita en numerosas publicaciones.

   Don Iñigo López de Orozco contrajo matrimonio, en primeras nupcias, con Teresa González de Mesa, de la que no hubo descendencia; y en segundas con doña Marina de Meneses, de la que le nacerían, al menos, cinco hijas, María, Mencía, Teresa, Juana primera, y Juana segunda. En aquellos remotos tiempos no resultaba extraño dar el mismo nombre a varios descendientes, de esa manera si alguno de ellos no alcanzaba la edad adulta, otro podría pasar a la historia.

   Siendo doña Mencía quien una vez hecho el reparto de bienes de su padre trató de vender el lugar con sus términos a algún familiar con la intención de que permaneciesen en el apellido, adquiriéndolo mancomunadamente don Diego Hurtado de Mendoza, hijo de Pedro González de Mendoza, conocido como “el de Aljubarrota”, y Diego López de Estúñiga, entonces justicia mayor de Castilla.

 

Acuerdos de familia

   Ambos parientes firmaron el acuerdo de compra el 4 de julio de 1402, ajustando un precio de 10.000 florines, como nos cuentan los viejos documentos: “es posttura e condiçión enttre nos, los dichos almirante e Diego López, que si qualquier de nos o ottro por nos o por nuestro mandado en qualquier manera conpráremos el dicho logar, que qualquier de nos que lo conprare que sea tenudo de dar la mitad del dicho logar al ottro por el presçio e conttía que qualquier de nos o otre (sic) por nos o por qualquier de nos lo oviere”.  

 

 

   Posesión mancomunada de Galve que llegó hasta la muerte del almirante, acaecida en 1405 a los cuarenta años de edad.

   Surgirán posteriormente a la muerte de don Diego Hurtado las discusiones hereditarias, aprovechadas por Diego López de Estúñiga para hacerse por la fuerza con todo el Señorío, alegando que no recibió el precio pactado en la venta que hizo al difunto, como nos contó Francisco Layna Serrano en sus “Castillos de Guadalajara”:

   Desde el punto y hora  que el almirante fue muerto, el de Estúñiga so pretexto de que según escrituras y sentencias a su favor el fallecido le adeudaba ciertos maravedises y costas, se apoderó de la mitad de Galve heredada por su mujer e hijos sin que de nada sirvieran las protestas de la viuda.

   Falleciendo el usurpador en 1417 sin lograr legalizar la situación de la tierra, que pasó a su segundogénito, del mismo nombre, quien lograría del rey los avales necesarios para nombrarse Señor de Galve, y figurar como único titular de la tierra y su castillo.

   Leonor de la Vega, viuda de Diego Hurtado, se dirigió al rey Juan II reclamando sus derechos sobre la parte que le correspondía, la cuarta de la mitad, ya que las otras tres correspondían a los hijos del difunto, acordando con López de Estúñiga, en la década de 1420, la venta lo que la pertenecía, recibiendo la cantidad ajustada, cifrada en 50.000 maravedíes, quedando desde entonces la titularidad de Galve en Diego López de Estúñiga, a quien habían de heredar los hijos habidos de sus dos matrimonios, el primero con Elvira de Bedma y el segundo con Constanza Barba de Pedrosa.

   López de Estúñiga dejaba esta tierra en poder de su hijo Pedro de Estúñiga, habido del segundo matrimonio, contra quien pleiteó su hermanastro, Juan de Estúñiga, en quien quedaron las tierras de Monterrey, en Galicia, que pertenecieron al apellido.

   Pleito que se prolongó a través de los años continuándolo a la muerte del señor de Monterrey su hija, Teresa de Estúñiga, y por poder de ella su marido, Sancho de Ulloa, a favor de quien otorgó poder para pleitear; pleitos que ganó finalmente don Pedro que, aunque no pusieron fin a la discusión, lo hicieron figurar como Señor efectivo de estos dominios; de quien pasaron a su hijo Francisco de Estúñiga, casado con Marina de Tovar, señora de Cobeta y Torrecilla.

   Francisco de Estúñiga vendió Galve, iniciándose un nuevo pleito con su sobrina Francisca de Estúñiga Ulloa, II condesa de Monterrey e hija de Teresa, en quien finalmente acabaron las tierras de la disputa.

 

El Condado

   Doña Francisca, más centrada en las posesiones gallegas, terminó vendiendo la tierra de Galve, con la oposición de los hijos habidos de su primer matrimonio quienes al fin, dándose cuenta de que Galve quedaba muy lejos de Galicia, terminaron por aceptar los tratos de doña Francisca, aunque mucho tiempo después, vendiendo Galve y su tierra el 18 de septiembre de 1543 a doña Ana de la Cerda, por precio de 6.123.546 maravedíes según recoge Layna Serrano, que cita los pueblos que entonces  formaban el señorío de Galve de Sorbe: “el conde de Monterrey vendía a doña Ana de la Cerda la villa de Galve con su fortaleza y lugares de su tierra, Cestalviejo, Valdepinillos, Lagüerce (La Huerce), La Zarzuela (Zarzuela de Galve), Pedro Yusta, El Onmbrialejo (Umbralejo), Valverde, Majadas Viejas, Los Palancares, La Mata, Robredo…

   En 1546 doña Ana de la Cerda fundó mayorazgo a favor de su tercer hijo Baltasar de la Cerda y Mendoza, quien se convertiría en primer conde de Galve, y quien contrajo matrimonio con Jerónima de Mendoza.


 GALVE DE SORBE, SU CASTILLO Y SU TIERRA (Pulsando aquí)


   La hija de ambos, Ana de la Cerda y Mendoza, quien contrajo matrimonio con Juan Francisco Cristóbal de Hijar, conde de Belchite y duque de Hijar, se convirtió en la segunda condesa, a la que sucedió como tercer conde de Galve su hijo Martín, muerto sin sucesión en 1607, por lo que fue cuarta condesa su hermana Jerónima, muerta también sin sucesión en 1609, extinguiéndose en ella la línea directa de los condes de Galve. Pasando a los duques de Pastrana, como descendientes de D. Diego Hurtado de Mendoza, Conde de Mélito, y de la Condesa doña Ana de la Cerda, su mujer.

   Llegó, en el siglo XX, Cayetana de Alba, quizá la más mediática de las duquesas de la casa, tras llegar a ella a través de Manuel María José de Silva y Mendoza, 10º Conde de Galve, quien contrajo matrimonio el 8 de diciembre de 1712 con María Teresa Álvarez de Toledo, la 11ª Duquesa de Alba. A don Manuel María José le llegó a través de los duques de Pastrana

   En la actualidad el título lo ostenta don Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo.

   Apellidos hidalgos, e historia familiar, en las añejas tierras de nuestra Serranía. En esa apasionante aventura de la historia, que tanto nos cuenta.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 13 de agosto de 2021 



jueves, marzo 26, 2015

EL GOBIERNO AMERICANO DE LOS VIRREYES MENDOZA



EL GOBIERNO AMERICANO DE LOS VIRREYES MENDOZA

TOMÁS GISMERA VELASCO

MONOGRAFIA PUBLICADA EN TRES PARTES EN EL BOLETIN ARRIACA, DE LA CASA DE GUADALAJARA EN MADRID. 2001

EL GOBIERNO AMERICANO DE LOS VIRREYES ALCARREÑOS

   España se fue a las Indias en palabras del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, "por la pobreza de los unos, la codicia de los otros y la locura de los más". Otro de los cronistas de la conquista, Bernal Díaz del Castillo, dejó escrito que los españoles fuimos a America "por servir a Dios, a Su Majestad y dar luz a los que estaban en tinieblas, y también para haber riquezas que todos los hombres comúnmente buscamos".

   Es lo cierto que para bien o para mal, los españoles descubrieron, conquistaron y colonizaron una buena parte del Continente Americano, y que aquellas nuevas tierras, tan lejanas de la corona española, habían de ser gobernadas en nombre y por orden del rey de las Españas, y éstos, los reyes españoles, echaron mano de los virreyes, para que, según Felipe II, "provean todo aquello que Nos podríamos hacer".

   Las funciones de los virreyes quedaron escritas en Las Leyes de Indias, donde quedaba recogido cuanto hacía referencia al cargo, desde el momento de su nombramiento hasta su cese, sus premios y sus castigos, y aunque en cierto modo limitadas sus funciones, no podían entrar bajo palio en villas, ciudades , aldeas o templos, privilegio reservado al rey, y habían de estar siempre prestos a la llegada de visitadores y jueces reales,  actuaban en sus virreinatos de Perú y Nueva España principalmente, como auténticos reyes, amos y señores de aquellos dominios.

   Desde el primer virrey, Cristóbal Colón, hasta el último, Pedro Antonio de Olañeta, pasaron por el cargo cerca de un centenar de personas a lo largo de algo más de cuatrocientos años, y entre éstos hubo un buen número de alcarreños, y otro, aún mayor, emparentado  con ellos, y descendientes de la familia nobiliaria por excelencia de la provincia, desde don Antonio de Mendoza, primer virrey de Nueva España, y más tarde del Perú,  ocuparon el cargo once Mendozas, si bien es cierto que alguno de ellos desde Nueva España pasó a Perú, que era un ascenso en la carrera de los virreyes.

   Don Antonio de Mendoza, primer virrey de Nueva España era el sexto de los ocho hijos habidos del matrimonio entre don Iñigo López de Mendoza, marqués de Mondéjar y conde de Tendilla, y doña Francisca de Pacheco y Portocarrero. Era nieto del marqués de Santillana, hermano de Diego Hurtado de Mendoza, el poeta, y de María Pacheco, que se casaría con el comunero Padilla.

   Don Antonio se casó siendo muy joven con doña Catalina de Vargas, hija del Comendador Mayor de los Reyes Católicos, y tuvo tres hijos, Iñigo, que murió en la batalla de San Quintín, Francisco, que le acompañó a Méjico y Francisca, que se casó con el conde de Alcaudete, Alonso Fernández de Córdoba.

   Había combatido contra los turcos en Austria y contra los comuneros, incluido su propio cuñado, Juan Padilla, en Villalar, y desempeñó el cargo de embajador de España en Hungría.

   En Abril Carlos I le nombró virrey de Nueva España y en octubre hacía su triunfal entrada en Méjico. Uno de sus primeros oficios consistió en apresar a Beltrán  de Guzmán, el alcarreño fundador de varias ciudades que había sido  depuesto  de su cargo de Presidente  de la Primera Audiencia por sus constantes atropellos. Tras su detención en Tepic, posterior juicio  y su envió como prisionero a España, los indígenas comenzaron a entender que la justicia española podía ser igual para todos, pues hasta entonces no se aplicaba la misma vara de medir para unos y otros, y a raíz de dar órden a la justicia para que se tratase a los indios como a todos los otros, sin reglamentos particulares, se le dio el apodo de "padre de los pobres".

   Tuvo durante su mandato dos buenos amigos, clérigos ambos,  Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga. Zumárraga  fundó el hospital de Santa Fé de la Laguna, influyó en el virrey para crear una Universidad en Méjico y trató de llevar a la práctica su propia obra piadosa de ayuda a los indios, fundando varios pequeños hospitales en los pueblos para que los indígenas viviesen en comunidad, el colegio de Tlatelolco para indios y el de San Juan de Letrán y de Santiago para mestizos, entre otros.

   Vasco de Quiroga, que fue designado obispo de Michoacán, quería imponer la doctrina utópica de Tomás Moro, y fundó hospitales, siendo el alma de la primera imprenta.

   Don Antonio de Mendoza fue el encargado de sentar las bases de la administración española y organizar la colonización, fomentó el desarrollo de la economía y de la ganadería, potenció la plantación de nuevos cultivos y la minería. Fundó la casa de la Moneda de Méjico, en la que mandó acuñar el peso tepuzque para uso exclusivo de la colonia, con un equivalente de ocho reales castellanos de plata.

   Tras quince años de gobierno, en 1550, don Antonio de Mendoza pidió el relevo de su cargo, quería dedicarse ahora al gobierno de su hacienda española, pero el rey le tenía reservado un ascenso, el de virrey del Perú, con residencia en Lima. El nombramiento, junto al de su sucesor, don Luis de Velasco, lo había firmado Carlos I en Bruselas el 4 de julio de 1549, dando a don Antonio la opción de quedarse en el cargo o marchar a Lima.

   Don Antonio de Mendoza partió hacia el Perú, se encontró con su sucesor en Cholula, y ambos tuvieron una larga charla, conversación que duro un mes. Al despedirse de Luis de Velasco le dio un último consejo "Si no quiere errar, haga poco y muy despacio".

   Entró en Lima en septiembre de 1551, y al poco de llegar encomendó a su hijo Francisco que hiciera un viaje por todo el territorio para confeccionar un informe estadístico y topográfico, cuando estuvo listo fue enviado a la Corte y en ésta se perdió. Encargó a Juan José de Betanzos que escribiera la historia del Perú, que también fue remitida sin éxito a la corte.

   No tuvo tiempo para mucho, el 21 de julio de 1552 fallecía en Lima para ser enterrado en la capilla Mayor de la Catedral donde reposaban ya los restos de Francisco Pizarro, sería considerado como uno de los mejores servidores del rey de España en el Nuevo Mundo.

   A don Antonio de Mendoza le sustituyó en Méjico don Luis de Velasco y Alarcón, casado con una prima de don Antonio, Beatriz de Mendoza. En Perú le sucedía el marqués de Cañete, Andrés Hurtado de Mendoza y Fernández de Bobadilla.

   El virreinato de Nueva España  continuó en alza, como lo hicieron sus virreyes, tras Luis de Velasco llegó el marqués de Falces, éste fue sustituido  por Martín Enríquez de Almansa  tras un período de interinidad en el que sucesivamente ocuparon el cargo Luis Carrillo y Alonso Muñoz.

   El 25 de septiembre de 1580, don Martín envió unas recomendaciones a su sucesor, "Aunque juzguen en España que el oficio de virrey es acá muy descansado y que en tierras nuevas no debe haber mucho a que acudir, a mi me han desengañado de esto la experiencia y el trabajo que he tenido."

   El destinatario de la misiva era otro Mendoza, primo también del primer virrey, don Lorenzo Suárez de Mendoza, conde de Coruña y Vizconde de Torija, que había nacido en Guadalajara y estuvo casado  con Juana Jiménez de Cisneros, sobrina del Cardenal y casó en segundas nupcias con una hija del duque de Medinaceli, Catalina de la Cerda y Silva.

   Su gobierno había de estar condicionado por su salud, era anciano y achacoso cuando llegó, pero había tenido un  papel destacado en los últimos años de la historia del Imperio español, había guerreado en Flandes, Italia y Túnez y ahora tenía una importante misión, acabar con la corrupción de los funcionarios de aquellas tierras.

   Llegó a Méjico en el mes de octubre de 1580 y un año más tarde solicitó del rey un ayudante para sus tareas de gobierno, lo sería el arzobispo Pedro Moya de Contreras, y entre ambos elaboraron el mayor informe que la administración española recibió de aquellas tierras, apenas le dio tiempo a más, el conde de Coruña falleció en Méjico el 29 de Junio de 1583, y el arzobispo quedó como interino hasta la llegada del nuevo virrey, don Alvaro Manrique de Zúñiga.

   Luis de Velasco y de Castilla, sustituto del anterior, hijo del virrey Luis de Velasco, estuvo casado cuando llegó al virreinato, con María de Ircio y Mendoza, nieta de don Antonio de Mendoza, y su buen gobierno fue premiado con el virreinato del Perú en 1595.

   El 19 de mayo de 1603, Felipe III nombraba nuevo virrey para sustituir al conde de Monterrey, don Gaspar de Zúñiga, el nombramiento recaía en otro Mendoza, don Juan Manuel de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros.

   El Marqués había nacido también en Guadalajara, estaba casado con Ana María Mesía de Mendoza, hija del Conde de la Guardia, y tenía entonces 32 años.

   El patrimonio de los Mendoza  había sufrido en los últimos tiempos serios quebrantos por los excesivos gastos que éstos tenían en mantener su estado. El valido del rey, el duque de Lerma, era entonces el hombre más rico de España, con dinero pero sin los suficientes blasones, concertó el matrimonio de su hijo Diego con la hija mayor del duque del Infantado, Luisa de Mendoza y Luma, hermana del marqués de Montesclaros.  

   Este matrimonio fue suficiente para que los Mendoza volviesen al esplendor de la Corte y los Lerma influyesen en el nombramiento como virrey para Montesclaros.

   Había sido lo que podríamos denominar, un cabeza loca, pero el 29 de junio de 1603 partió de Cádiz hacía Nueva España. El 1 de agosto la flota del virrey llegó a la isla de Guadalupe, allí les atacaron los indios causando 20 muertos y 30 heridos, el virrey y su mujer tuvieron que embarcar precipitadamente, no era un buen comienzo. Pocos días después una tormenta hundió la nave en la que viajaban, salvaron nuevamente la vida pero perdieron todo el equipaje. Por fin el 5 de septiembre llegaron a San Juan de Ulúa, y el 14 de octubre se encontraron en Otumba con el virrey saliente.

   Allí mismo le inició un juicio de residencia por corrupción, que culminó en una sentencia con la que condenaba a pagar al conde de Monterrey 200.000 pesos de multa y provocó el primer escándalo en la corte, porque llegaron más, la corrupción  de los funcionarios alcanzó las más altas cotas, hasta los criados del marqués llegaron  a vender cargos y oficios, la corrupción durante su gobierno fue algo habitual, pero desempeñó un papel fundamental en el progreso de Méjico, llevando a cabo las obras destinadas a drenar las aguas de la laguna sobre la que se asienta la ciudad de Méjico, evitando con ello las constantes inundaciones y los problemas de insalubridad, además de canalizar los distintos cursos fluviales.

   Pero en la corte no tenía buena fama, y fue vista con desfachatez la petición de Montesclaros para  acceder  al virreinato del Perú a la muerte de Monterrey, que estaba en aquél cargo. Nunca antes ningún virrey se había atrevido a tanto, pero el rey le concedió el ascenso el 20 de julio de 1607.

   Tomó posesión del cargo el 21 de diciembre de aquel año. Llegó acompañado de su sobrino Iñigo de Mendoza y comenzó su particular  batalla contra los piratas holandeses, aquí se portó de forma distinta, favoreció el descubrimiento de una importante mina  de azogue en Huancavelica, ayudó a que se publicase la primera novela en el Nuevo Continente, "La Endiablada", de Juan de Monteviejo, fué personalmente a conocer las minas de azogue y estuvo 40 días con los mineros, hizo el primer  censo de la ciudad de Lima, estableció el primer Tribunal del Consulado, escribió un libro de poesías y otro de recomendaciones para los sucesivos virreyes " Advertencias a los virreyes de Perú acerca del Gobierno de éstos reinos", y construyó el puente de Piedra sobre el río Rimac.

   El Marqués de Montesclaros dejó el gobierno el 18 de diciembre de 1615, volvió a la corte rico de fama y gloria, pero escaso de bienes, y acompañado de la mala fortuna con la que partió, en el transcurso del viaje de vuelta murió su esposa, que sería sepultada en el cementerio de la Habana.

   Un nuevo Mendoza,  Gaspar de Silva y Mendoza de la Cerda, conde de Galve, e hijo del duque de Pastrana y de la duquesa del Infantado llegará a Méjico como sustituto de Melchor Portocarrero el 20 de noviembre de 1688.

   El nombramiento era para su suegro, el marqués de Villafranca, don Fadrique de Toledo, elegido personalmente por la reina regente, doña María de Austria, pero éste no aceptó el nombramiento, que recayó finalmente en el conde de Galve.

   No lo tuvo fácil, aunque demostró buenas dotes en el campo de batalla, pues apenas llegó a sus nuevas tierras tuvo que enfrentarse a un ejército francés en el Guanarico. Salió victorioso y los franceses tuvieron que abandonar Venezuela. Formó una expedición mitad colonizadora, mitad guerrera para dirigirse al Norte y adentrarse en Texas y Nuevo Méjico, exploró la costa de la Florida y fundó Panzacola, dando a la entrada del puerto el nombre de Santa María de Galve.

   Hubo de abandonar la expedición para sofocar una rebelión de indios tahuymares. La rebelión tenía su origen en la sequía que había asolado sus tierras condenándolos a la hambruna. Con la ayuda de un jesuita, el padre Salvatierra se atajó la rebelión, pues éste se encargó de repartir maíz por las aldeas más castigadas por la sequía, si bien   en la capital mejicana se sucedieron los asaltos a los almacenes, e incluso fue asaltado el palacio del virrey. El Conde y su familia pudieron huir, escondiéndose en el convento de San Francisco, y el palacio quedó destruido.

   El 27 de febrero de 1696, tras dejar el mando en manos del obispo de Michoacán, Juan Ortega Montañés y volvió a España.

   Un prudente,  honesto y trabajador licenciado en Teología, natural de Cifuentes, Diego Ladrón de Guevara, obispo de Quito y de Panamá, fue virrey del Perú durante cinco años y medio, desde 1710 a 1716.

   Se indispuso con el gobernador y capitán general de Panamá, José de Guzmán, antes de llegar al virreinato,  el capitán le llevó a prisión, y de Panamá fué trasladado a Huamanga, sin que nadie en la corte acertara a entender la  postura del gobernador y la mala suerte de don Diego.

   Siendo obispo de Quito hubo de hacerse cargo del virreinato en sustitución del marqués de Castell dos Rius, cesado por orden real, y comenzó su gobierno con buen pié, al lograr aumentar la producción de plata de las minas de Potosí. Puso en pleno rendimiento las minas de San Nicolás de Huancavelica y grabó con un alto impuesto el aguardiente ante los excesos de la población.

   A pesar de todo no había nacido para el gobierno y aunque por mejor llevarlo renunció a la mitra de Quito, solicitó con insistencia su relevo, le llegó tarde, a la corte española había llegado una denuncia contra él por malversación de las arcas reales, fue sustituido por el arzobispo de Charcos, Diego Morcillo, mientras Diego Ladrón de Guevara iniciaba su triste regreso a España. Murió durante el viaje en tierras de Méjico a los dos años de abandonar Perú.

   Hubo más Mendozas en aquellos gobiernos, José Antonio de Mendoza Caamaño, Diego Carrillo de Mendoza, Juan de Palafóx y Mendoza, Andrés  Hurtado de Mendoza, García Hurtado de Mendoza, Jerónimo Fernández de Mendoza... y toda una pléyade de parientes, unidos por distintos vínculos familiares que dejaron en el Nuevo Mundo recuerdo de su paso.

   Algunos de los virreyes marcharon hacía aquellas tierras con hombres de su confianza, naturales de  éstas, y hombres míticos de la historia americana quedaron grabados para la posteridad como recuerdo de su paso, como en nuestra provincia  quedó su huella, muchos de ellos fueron clérigos que entregaron sus vidas en pos de sus ideales, como Francisco de Ayala; otros fueron maestros como fray Alonso de Veracruz; muertos en Santidad, como fray Pedro de Urraca; traductores de las Sagradas Escrituras a lenguas nativas, como fray Manuel Yangües, Alonso de Veracruz o Alonso de Molina; descubridores como Blas de Atienza o Diego de Mendoza, y en fin, gentes que hicieron de su nombres, historia.