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viernes, marzo 27, 2026

ALGUNAS TRADICIONES DE TORREBELEÑA

 

ALGUNAS TRADICIONES DE TORREBELEÑA

La Mozas Ramas, con la Virgen de Peñamira, y la del Cerro

 

   Fray Juan de San Frutos, franciscano que marchó a ejercer su ministerio a Filipinas y por tierras asiáticas falleció el 20 de junio de 1693, es uno de los personajes más salientes nacido en Torrebeleña, el 17 de mayo de 1652, cuando Torrebeleña pertenecía, como una buena parte de esta parte de la provincia de Guadalajara, al arzobispado y reino de Toledo. Marchó a Filipinas en 1682, para pasar poco después a tierras chinas, a Chang-Cheu, en la provincia de Xan-tung, donde se dedicaría a ejercer la caridad, adquiriendo tal fama de santidad que habiendo fundado un hospital para leprosos en Cantón, y muerto él, tanta estima se le tenía que a su entierro acudieron con cruces y estandartes cientos de personas que le consideraban como hombre de santas virtudes, pasando a ser uno de los Venerables de la iglesia católica.

   También en Torrebeleña, donde había nacido, murió don Manuel Cañamares Fernández el 24 de enero de 1897. Don Manuel, hombre de fortuna ganada con la agricultura y la ganadería, ligado al partido liberal, alcanzó estudios superiores, licenciándose en derecho y especializándose en Jurisprudencia, siendo durante algún tiempo a lo largo del siglo XIX, presidente de la Diputación provincial de Guadalajara. A Don Manuel también lo nombró la reina regente Comisario de Agricultura, Industria y Comercio, para la provincia de Guadalajara, en 1893.




 

La Virgen de Peñamira

   Se levanta la actual ermita de la Virgen de Peñamira en un paisaje que domina parte de la que fue Tierra de Beleña, en término de la vecina Muriel; antaño fue romería y devoción común a los pueblos de la comarca. La tradición oral, puesto que la escrita si es que existió desapareció, da cuenta de que la primitiva ermita o santuario se levantó en el lejano siglo XII o XIII, poco tiempo después de la reconquista y de que se apareciese en el lugar la imagen de la Virgen que fue reuniendo en romería a sus devotos. La misma tradición habla de uno de aquellos caballeros medievales que, tratando de pasar las aguas crecidas del Sorbe, y a punto de fenecer en el intento, se encomendó a quien con el tiempo fue patrona del lugar, que se le apareció para librarle del mal y el caballero, en agradecimiento, mandó alzar aquella sencilla capilla o devocionario que, con el tiempo, se convirtió en ermita de más altos vuelos. Ermita que, como la inmensa mayoría de las que se conocieron en esta tierra, y siendo lugar de refugio de pastores y peregrinos, permaneció, por si se daba el caso de necesitar amparo ante la tempestad o el crudo invierno, con las puertas abiertas.

   No se conservan imágenes de la primitiva talla de la patrona, que sufrió, como el edificio, las consecuencias de la Guerra de 1936, quedando a continuación prácticamente abandonada, a pesar de que con el tiempo sería modestamente rehabilitada; el tiempo y la despoblación añadieron su parte, más aún cuando en la década de 1970 se iniciaron definitivamente las obras de construcción del embalse o pantano de Beleña, proyectado ya en los inicios del siglo, como uno de los que habían de aportar caudal al entonces conocido Canal de Riego del Henares. La imagen primitiva, probablemente románica, fue sustituida en la década de 1940 por otra, al parecer de yeso o escayola que quedó en la ermita cuando esta comenzó a ser anegada por las aguas. José Ramón López de los Mozos, al alzar la voz cuando la ermita, en 1976, comenzaba a perderse bajo los escombros, anotará que: “La de Peñamira era una imagen románica que se custodiaba en la iglesia de San Miguel de Beleña…”. Iglesia de San Miguel que en este tiempo también amenaza ruinas.

   Las aguas cubrieron definitivamente el entorno entre los últimos y los primeros meses de 1982/83, anegando no sólo la ermita, sino que también lo hicieron con lo que quedó dentro, incluida la talla de la patrona, que se trató de rescatar en los primeros días de junio de 1983, a pesar de que, quienes se sumergieron en las aguas, no la hallaron, suponiéndose que se había desecho la escayola o yeso de la que estaba formada. Para entonces había comenzado a construirse la nueva ermita, a quinientos metros de distancia de la primitiva, a la que se trasladó la devoción.

   La nueva, con trazas distintas a la original, sería finalmente abierta al culto en 1997, algo más de diez años después de lo previsto. Regresando a la tierra de Beleña la romería de la Virgen de Peñamira, en el último sábado de mayo.

 

La Virgen del Cerro

   Patrona de la localidad, su festividad tuvo lugar tradicionalmente coincidiendo con la de la Virgen de Septiembre, el día 8; estando presente en su ermita, dominadora de un amplio panorama en una de las partes más altas del entorno, ermita ya existente en los primeros años del siglo XVI, y que será renovada en la década de 1940.

   El estudioso de la historia de Torrebeleña, Guillermo Yela Garralón, nos da cuenta de la celebración de la festividad, con la traída de la Virgen desde su ermita a la iglesia parroquial, donde tienen lugar los actos religiosos, antes de ser nuevamente devuelta a su lugar; si bien esta procesión de ida y vuelta es en parte simbólica. Siendo precedida la festividad por la tradicional novena, compuesta la actual por quien fuese párroco de la localidad, D. Calixto Sánchez Maldonado.

   Curiosamente, la Virgen del Cerro lució, desde poco después de mediar el siglo XIX, un manto que fue regalado por la reina Isabel II, conforme a las noticias que en aquel tiempo se hicieron circular, cuando corría el mes de febrero de 1864.

 

Las Ramas de Torrebeleña y el Niño Perdido

   Al respecto de las Ramas, o mozas de cuaresma, que aparecen por algunas poblaciones del entorno de la Campiña en las semanas anteriores a la Cuaresma con objeto de pedir dinero con el que mantener la cera y aceite del monumento cuaresmal, dejará escrito el estudioso Sinforiano García Sanz que: “No sé el origen que pueda tener esta costumbre cuyo objeto es pedir limosna para cera durante toda la Cuaresma”; hablándonos de las mozas ramas de Robledillo de Mohernando, su localidad natal, al tiempo que nos indica que también en Torrebeleña existe costumbre parecida, y tal vez por la proximidad de ambos lugares, sea del mismo origen.

   Que igualmente las hubo en tierras algo más metidas en la montaña, como Almiruete; grupos formados por tres mujeres generalmente, cinco en Torrebeleña, que con un ramo, de forma ovalada, adornado con cintas, medallas, cruces, abalorios, relicarios, miniaturas y tres ramitas de olivo en la parte superior, se dedican a llevar a cabo aquellas peticiones, al tiempo que entonan cantos relativos a la Semana Santa, siendo tradicionales en la comarca los que se refieren a la Pasión y muerte de Jesús, con títulos ampliamente conocidos, como la Baraja, o el Arado. En Torrebeleña salen por primera vez el primer domingo de Cuaresma, o domingo de Piñata.

   Entre sus obligaciones se encontraba la construcción y ornato del monumento, el miércoles santo, asistiendo a los actos del viernes de Pasión con el luto que acompaña la muerte y pasión de Cristo.

   Junto a la costumbre tradicional de las Mozas Ramas, se celebró, con idéntica o semejante puesta en escena que en algunos pueblos del entorno, como Valdenuño-Fernández, la fiesta del Niño Perdido, a continuación de la Epifanía, y en torno a la cual surgió la leyenda que fue recogida por algunos etnógrafos provinciales, entre ellos Sinforiano García Sanz, en “Los lobos del Carrascal”.

   Tradiciones y costumbres que llenan nuestro libro de etnografía provincial.

 

Tomás Gismera Velasco /Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 27 de marzo de 2026


TORREBELEÑA, EN TORNO A SU PASADO

 

Torrebeleña, en torno a su pasado

   Torrebeleña, o La Torre de Beleña, es uno más de los pueblos de Guadalajara, con una historia amena, y en muchos casos desconocida, a la que tratamos de acercarnos en las páginas siguientes. A través de las crónicas escritas, en muchas ocasiones, y siguiendo la línea de quienes antes, con mayor o menor extensión, se ocuparon de darlo a conocer, en la esperanza de que las páginas siguientes sirvan para que, en el futuro, alguien profundice un poco más en busca de sus raíces.

   Perteneció a la Tierra y Señorío de Beleña de Sorbe, al condado de Coruña y Vizcondado de Torija y mantiene un importante legado histórico, junto a las tierras de su entorno.

 

 

 

 

EL LIBRO DE TORREBELEÑA, (Pulsando aquí)

 

 

SUMARIO GENERAL:

 

-I-

LA GEOGRAFÍA DE LA TORRE DE BELEÑA

Pág. 9

 

La tierra y el entorno

Demografía. Evolución de la población

Torrebeleña en los manuales: Los Diccionarios

 

-II-

TIEMPO DE HISTORIA

Pág. 27

 

Tiempos antiguos

 

-III-

TORREBELEÑA,

ENTRE EL MEDIEVO Y LA MODERNIDAD

Pág. 39

 

Los Señores de Beleña, Condes de Coruña y Vizcondes de Torija, en el tiempo

El Venerable Fr. Juan de San Frutos

 

-IV-

TORREBELEÑA, SIGLO XVIII

Pág. 57

 

El Catastro de Ensenada

 

-V-

ELSIGLO XIX EN TORREBELEÑA

Pág. 77

 

El 2 de mayo

Las guerras carlistas

La vida municipal

En torno al Pósito

La asistencia médica y farmacéutica

Horno de pan cocer

Zofra y adra o hacendera (prestación personal)

El fin de un siglo

 

 

-VI-

Torrebeleña, crónica del siglo XX

Pág. 107

 

Notas de etnografía y folclore: Las Ramas de Torrebeleña y el Niño Perdido

La Virgen de Peñamira y la del Cerro

 

 

Apéndices

Pág. 119

 

La Leyenda: Los Lobos del Carrascal

Respuestas al Interrogatorio para el Establecimiento de la Única Contribución (Catastro de Ensenada)

 

 

Detalles del libro

  • ASIN ‏ : ‎ B0BRYZNQKP
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published 
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 143 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8372939523
  • Peso del producto ‏ : ‎ 245 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 0.91 x 21.59 cm

 

 

EL LIBRO DE TORREBELEÑA, (Pulsando aquí)

 

viernes, febrero 28, 2025

ALMIRUETE, ENTRE EL OCEJÓN Y LAS BOTARGAS

 

ALMIRUETE, ENTRE EL OCEJÓN Y LAS BOTARGAS

Su comparsa de Carnaval es una de las más peculiares de la provincia

 

   Don Juan de Dios Blas y Martín hizo popular en Madrid el nombre de Almiruete cuando la población apenas era conocida más allá del entorno del Ocejón, a cuyos pies se parece cobijar. Don Juan de Dios, quien fue mediado el siglo XIX Secretario de su Ayuntamiento, como antes lo fue su padre, dejó la aldea con el sueño de dedicarse a la literatura. Había descubierto con olfato de investigador, en apenas unos días, al autor del robo de las joyas de la iglesia parroquial; contó el sucedido con tintes de romance en su pueblo y alrededores, y, con esa carta de presentación salió del pueblo cargado de sueños.

 


   Algunos se cumplieron, mientras que otros quedaron en el arcón de los recuerdos.  Un día, cuando la edad doblaba sus costillas, en memoria de su mujer, Claudia Manada, de por aquí natural, dedicó a su pueblo una memoria para que no le olvidase. Reconstruyó la entonces ruinosa ermita de la Soledad; sobre su portada dejó la piedra grabada en la que podía leerse el porqué de ello y, para memoria de sus paisanos, en ella depositaba parte de su obra, para que en lo futuro, fuese conocida. Allí quedaron sus libros: los Cuentos de Viejo y las Maravillas de la creación; la Antigüedad de la fiesta de la Virgen de los Enebrales, las Conferencias de Arnaldo y Veremundo…, junto a una docena más. Muy a pesar de que don Juan de Dios no vivió, porque nunca lo pudo hacer, de la literatura, sino de un comercio que en el Madrid de la época se popularizó como uno de los más conocidos bazares madrileños: el de San Antonio, con su sucursal del de La Latina.

   Sucedía aquello, cuando don Juan de Dios dedicó la placa de reconstrucción de la ermita a su mujer y depositaba en ella su obra, el 22 de agosto de 1899. En un tiempo en el que, por las faldas del Ocejón, año a año, desde que la memoria se perdió en el tiempo, enmascarados y botargas parecían salir, en los duros días del invierno arropados por la nieve, de las entrañas de la montaña.

 

 


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Almiruete, en tiempos lejanos

   Nada que ver tienen que ver el silencio que hoy arropa a Almiruete, con el bullicio que acompañó su vida tiempo atrás. La población, hoy anexa a la hidalga villa de Tamajón, formó parte de la Tierra de Sepúlveda, de las provincias de Segovia y Burgos, en su partido de Aranda de Duero, antes de ser incluida, a partir de 1833, en la de Guadalajara.

   Los almiruetenses del pasado contaron en 1751 que la población se encontraba entonces sujeta a la jurisdicción de la Villa de Ayllón y sexmo o sexma de la Transierra, como Campillo de Ranas, Cantalojas o Villacadima. Comunidad de Tierra de Ayllón creada tras la Reconquista, a lo largo del siglo XII, y que pasó a pertenecer a los distintos señores de la villa de Ayllón, desde el Condestable don Álvaro de Luna, a quien le fue entregada hacía 1420, hasta Juan Pacheco, primer Marqués de Villena, en cuyos descendientes permaneció hasta la abolición de los señoríos, poco antes de que se incorporase a la provincia de Guadalajara, enmarcada dentro de la más que peculiar tierra de la arquitectura negra, donde la pizarra es reina de un entorno que hace que estos pueblos se asemejen a mágicas aldeas escapadas de uno cualquiera de los relatos de Juan de Dios Blas.

    Por aquí, mucho tiempo antes de que nuestro ilustre literato se convirtiese en autor de renombre, caminó Fr.  Mateo de la Fuente, que fue Abad mitrado fundador de la compañía de San Basilio; y en tierras de Córdoba, en Hornachuelos, se guarda su memoria como hombre de bien y vida de caridad, tanto que hasta Santa Teresa de Jesús habla de su obra y seguidores en su libro de las Fundaciones y cita al padre Mateo, cuyo cuerpo incorrupto, tras su muerte, fue trasladado a la iglesia del monasterio de Hornachuelos, en donde ha de encontrarse, como fundador que fue del que se tiene por monasterio de la orden de San Basilio de aquella localidad. Fray Mateo había nacido en Almiruete en 1524, concluyendo su vida en aquellos pagos cordobeses el 27 de agosto de 1575.

   Por aquellos tiempos, los del siglo XVI, Almiruete contaba con algo más de doscientos habitantes; los mismos, poco más o menos, con los que inició la andadura del siglo XX, muy a pesar de que las comodidades que el siglo comenzaba a dar en otros puntos parecían negarse en los confines de esta tierra, alejada de caminos principales, y prácticamente aislada del entorno, lo que haría que muchos de sus vecinos, como ya hiciese nuestro buen Juan de Dios, comenzasen a abandonar el terruño en busca de nuevos lares en los que ganarse el pan que, por aquí, era centenoso.

   A tal extremo llegaba su alejamiento que comenzando los años finales de la década de 1960, el 26 de marzo de 1968, uno de nuestros autores más significativos de aquel tiempo, Miguel Rodríguez Gutiérrez, quien en este Nueva Alcarria firmaba como Mirogu, escribía: “A la luz de un candil, la maestra nos va relatando las mil y una odisea que tiene que superar para ejercer su labor, por carecer de medios adecuados. Con ser esto importantísimo, no lo es tanto si tenemos en cuenta que cuando tiene necesidad de desplazarse a Guadalajara o Madrid, camina durante más de dos horas para enlazar con Tamajón, desde donde el ómnibus puede trasladarla a estas capitales”; y es que, ni luz ni carretera tuvo hasta la década de 1970.

 

Y su singular carnaval

   Celebró Almiruete numerosas festividades, como nos hacen ver los diferentes catastros, teniendo como patronos principales en tiempo pasado a San Sebastián, a quien celebraban en su ermita hasta que esta desapareció; y San Blas, fecha en la que solían salir sus hoy conocidas Botargas y Mascaritas. Ambas fiestas invernales, junto a Santa Águeda, que se celebró hasta bien avanzado el siglo XX en que la emigración erradicó muchas de sus antiguas costumbres.

   Cuenta la leyenda que tras la aparición de la Virgen de los Enebrales, tan celebrada y venerada en la comarca, a un cura que desde Almiruete marchaba hacía el Vado para oficiar la misa, y tras levantarse el santuario, al que los vecinos de Almiruete acudían con cierta frecuencia, se sucedieron milagros y peticiones que han quedado recogidas en la memoria cultural de la población.

   Leyendas que hablan de la apuesta que ciertos arrieros, camino de Almiruete, se hicieron por ver si las puertas del santuario, tradicionalmente abiertas, se cerraban o no, sin que a quien las cerrase le sucediera nada. Pues cuenta esa misma tradición que a quien las cierra, algo malo le sucederá. El valiente arriero que trató de ganar la apuesta del cierre se decidió a ello y cuando se disponía a hacerlo se le aparecieron dos grandes perros que le hicieron retroceder, perdiendo lo apostado.

   Claro está que, el apartamiento de caminos y el tesón de sus gentes, han preservado el entorno, y mantenido, hasta nuestros días, una de esas comparsas, de Mascaritas y Botargas que, por estos días invernales y carnavaleros, acuden a despertar los duendes dormidos de esta tierra, que despertaron en 1985 cuando, tras años sin hacerlo, las máscaras volvieron a salir a las calles de Almiruete. Máscaras que, como escribiese Epifanio Herranz Palazuelos: corretean las calles, a golpe de cencerro, con su disfraz colorista…

   Nada mejor que descubrirlo, y vivirlo, a los pies del Ocejón.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Peiródico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 28 de febrero de 2025

 


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lunes, julio 10, 2023

EL ALCALDE DE MAJAELRAYO

 

EL ALCALDE DE MAJAELRAYO

En el corazón de la arquitectura negra serrana, Majaelrayo siempre merece una vista

 

 

   Se encuentra Majaelrayo a los pies del pico Ocejón, en plena Serranía de Guadalajara, de esa parte de la provincia que atrae a gran parte del turismo que la visita en busca de una de las arquitecturas más peculiares de esta parte de la península; la que se ha dado en llamar Arquitectura Negra. Arquitectura de pizarra que se extiende a través de este macizo, lo rodea, y todavía continúa por las poblaciones que faldean la montaña sagrada del Alto Rey; por Zarzuela y Villares de Jadraque, Prádena y Gascueña, baja hacía Hiendelaencina, y cruzando las tierras y calles de Robledo de Corpes, continua hacía la Sierra de La Bodera y, por supuesto, la localidad que le da nombre.

   Por aquí, por Majaelrayo, la arquitectura de la pizarra se muestra en todo su esplendor desde que, dejado atrás el magnífico santuario de Nuestra Señora de los Enebrales, en tierra de Tamajón, comiencen a dibujarse sobre el paisaje los pueblecitos de Campillo de Ranas, el Espinar, Almiruete, Valverde y, por supuesto, Majaelrayo.


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Viajeros en Majaelrayo

   Quizá, entre los primeros viajeros modernos que llegaron a estas tierras se encuentren los arriesgados velocípedas que, en viaje organizado por la Sociedad Pedal Madrileña, llegaron a Tamajón el 19 de marzo de 1905 y, al día siguiente, a pie unos y a lomos de mula otros, continuaron hacia el Ocejón e hicieron noche en Valverde y Majaelrayo, en un tiempo en el que ni caminos carreteros señalaban estos lugares. Debieron aquellos de hablar maravillas del entorno, ya que comenzó a ponerse de moda visitar estos pintorescos lugares. Lo hicieron algunos miembros del Club de Alpinismo de Madrid en la primavera de 1907, llegando al Ocejón guiados por el entonces Alcalde de Majaelrayo quien, con diez vecinos más del pueblo, sirvieron de porteadores a los curiosos señoritos madrileños. Un año más tarde, guiados por pastores desde Tamajón, alcanzaron la cumbre, y el pueblo, cuatro alumnos de la Academia de Ingenieros Militares, don Francisco León Trejo, D. Ricardo Larrea, D. José María Paúl y D. Rafael de Castellví, quienes se retrataron entre las espesuras de la nieve que por entonces cubría el entorno.

   Pero será sin duda don José Luis Bernaldo de Quirós quien, en el verano de 1921, con algunos amigos más, acudan a esta tierra, de cacería, y cuenten al mundo lo que entonces era Majaelrayo: …el pueblo más rústico de aquella sierra, situado en la falda del pico Ocejón, montaña inmensa que alza su cumbre, nevada casi todo el año, a 2.000 metros de altura, y el más elevado de Somosierra. Las casas de este pueblo son todas de fragmentos de pizarra y los tejados de grandes losetas de lo mismo, no conociéndose las tejas. Esto hace que hasta que se está a cien metros del pueblo, no se le distinga, porque sus casas son negras como aquellas agrestes laderas…

 

La posada del tío Bernardo

   Se alojaron los excursionistas cazadores en la entonces única posada del entorno, la del tío Bernardo. De nombre Bernardo Arranz Serrano quien fue, en Majaelrayo, toda una institución en los primeros años del siglo XX. Marchó a Madrid en la década de 1870 para cumplir el servicio militar, pasando después a servir como criado en la casa de uno de los grandes actores madrileños de aquel tiempo, Rafael Calvo Revilla, hermano del también actor Ricardo Calvo, y hermano igualmente del dramaturgo Luis Calvo y, a su vez, padre del también actor Ricardo Calvo Agostí.

   Rafael Calvo Revilla falleció en Cádiz el 3 de septiembre de 1888, con lo que, a su muerte, nuestro hombre regresó a Majaelrayo para hacerse cargo de la posada. Los excursionistas nos dirán que trascendía de su persona, en los modales y en el hablar, una cierta distinción que no podía pasar desapercibida a un mediano observador. Lo que perdía a este hombre en su vejez era el vicio del alcohol, cuyas consecuencias, por cierto, muy lamentables, sufrían a menudo los huéspedes que se alojaban en su casa, si no estaban advertidos de antemano…

   Excursionistas que llegaron, como los anteriores, a lomos de mula, puesto que el primer vehículo a motor que hizo su entrada en Majaelrayo por el camino carretero que lo unía a Tamajón fue el conducido por Moisés Velasco García, titular entonces en Madrid del más que famoso “Garaje Peninsular”, que se ubicó por vez primera en la calle de Ponzano número 27. La hazaña de Moisés Velasco tuvo lugar en 1927, y, el primero de agosto, se reunió el Concejo bajo la presidencia de su Alcalde, don Eugenio Atienza Herranz, para hacer constar la llegada por vez primera a este pueblo, de un automóvil, como a todos los señores asistentes consta, en el día 28 de julio último…

  Eso sí, alcanzó Moisés Velasco su lugar de nacimiento, a bordo del auto, al tercer intento.

 

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El alcalde de Majaelrayo

   El Alcalde de Majaelrayo de nuestra historia también se apellidó Velasco, que es nombre hidalgo por estas tierras de Guadalajara. Don Cayetano Velasco García, su santo y señas.

   Su comportamiento de caballero lo recogió la prensa de la época, pasando a la historia provincial a través del relato del Cronista Layna Serrano. Algo que sucedió en 1904, con ocasión de la visita a la ciudad de Guadalajara del rey Alfonso XIII, en la primera ocasión que visitaba la ciudad, después de su proclamación.

   Aquel día, 27 de marzo, la ciudad entera se echó a la calle para recibir al joven monarca, quien llegó, con su acompañamiento, en el tren corto de las once y media. Fue un día lleno de actividades, con visitas a todas las instituciones, desfiles y discursos sin final.

   A Guadalajara llegaron representantes de todos los municipios provinciales para presentar los respetos debidos a Su Majestad; Layna nos dirá que en Guadalajara ese día no cabía un alfiler, pero nuestro historiador se hizo un hueco al lado de su tío don Ramón Serrada, diputado provincial, para acceder al salón principal de la Diputación provincial, donde tenía lugar la gran recepción a las autoridades, y, una a una, las representaciones municipales fueron accediendo a la sala: “Monterillas y concejales vestidos con atavío pueblerino, muchos con la alforja de vivos colores sobre el hombro, y los alcaldes con la vara insignia de su autoridad en la diestra mano, aguardaban temblorosos e impacientes el momento de entrar al oír gritar el nombre de su pueblo. No podían faltar en la ceremonia episodios cómicos, aun siendo aquella tan severa y sencilla, y algunos se produjeron con regocijo de los circunstantes; entre todos, recuerdo uno con tal precisión que se diría presenciado ayer mismo.

   El ujier de servicio anunció con voz potente

   –¡Ayuntamiento de Majaelrayo!

   Tras breves segundos de espera, avanzaron cuatro hombres altos, enjutos, muy morenos, de pelaje negro y crespo. Al llegar frente al sillón del trono, nuestro hombre vaciló un momento, pues quizá le pareció pequeña pleitesía a la majestad reinante hacer una simple reverencia; hincó la rodilla en tierra, dejó en el suelo la vara con lenta y digna parsimonia, y, sin alzar apenas la vista se persignó devotamente entre la risa incontenible y mal contenida del cónclave; risa trocada en entusiasta ovación cuando el joven monarca al advertir la confusión del pobre alcalde, se alzó de su sillón y adelantando unos pasos, dio al buen hombre amistoso golpecito en el hombro, y le dijo, con acento cariñoso mientras aquel se levantaba azorado, luego de recuperar su vara:

   –¡Dios guarde a mis buenos súbditos de Majaelrayo!”

   Y es que, por encima de la negra pizarra del entorno, se presiente, señorial y digna, la gente, la historia, la leyenda, la anécdota, el paisaje de nuestra tierra, que invita a descubrirlo.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 7 de julio de 2023

 

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