UN BRINDIS POR MOLINA DE ARAGÓN
El de cuatro de los intelectuales más conocidos de España
Don Pío Baroja es uno de los literatos más
conocidos y prestigiosos de la España del siglo XX; de difícil trato en
ocasiones y cuentan que un auténtico cascarrabias en la vejez, tal vez porque
se lo podía permitir. Dicen que quiso
demostrar en cuantas ocasiones le fue dado que sentía cierta antipatía por
Guadalajara y sus gentes desde más allá de la publicación de una de sus grandes
novelas, "La nave de los locos".
Cuando para escribirla se asomó a los horizontes de Atienza.
La antipatía, en cierto
modo, venía provocada por quien fuese uno de sus profesores, el de Terapéutica
cuando, como mal estudiante de Medicina, no daba una en el blanco. El
enfrentamiento con su profesor, don Benito Hernando Espinosa, se hizo tan
público que saltó de las aulas a la prensa. Ambos, don Benito y don Pío, para
más inri, vivieron en el mismo portal de la calle de Atocha número 96, por lo
que no extrañaba que se encontrasen en la cercana Cuesta de Moyano al calor de
los libros. La última vez que lo hicieron don Benito, paisano nuestro de
Cañizar, le preguntó a don Pío, ya famoso novelista, sí lo reconocía y no le
tenía nada que decir, y don Benito, con su cachaza y mala baba: "Nada, don Benito, que sigo creyendo que los
vascongados no son más brutos que los de Guadalajara". Y se acabó la
historia.
Se cuenta que a don Pío
no le gustaba demasiado abandonar su mundo literario, el de su estudio en
Madrid o su localidad casi natal de Vera de Bidasoa. Muy a pesar de que, en
ocasiones, acompañado unas veces y en solitario las demás, se echó a los
caminos de España; de los de Guadalajara, también.
Y por aquí andurreaba
cuando, el 14 de abril de 1922, en días de Semana Santa, le comunicaron que
acababa de ser elegido concejal en el Ayuntamiento de Vera de Bidasoa; y desde
por aquí mandó carta a aquel Ayuntamiento a dar las gracias y decir a sus casi
paisanos que sus ocupaciones literarias no le permitían ocupar tan responsable
cargo en el municipio.
Molina de Aragón, 1922
No fue un buen año para
Molina de Aragón el de 1922; se recordaba que a las puertas del verano anterior
perdió la vida en Tistutín, o Monte Arruit, uno de los considerados héroes
molineses, el capitán don Félix Arenas Gaspar, dejando viuda e hijos; el más
pequeño de sus retoños todavía nacería algunos meses después de la muerte del
capitán, el 22 de abril de 1922, en Valencia, donde sería apadrinado por el
general José Ramírez Falero en representación del Cuerpo de Ingenieros. El
bautizo tuvo lugar el siguiente 22 de mayo. Al bautizo, por su puesto, asistió
su abuelo, don Anselmo Arenas, uno de los literatos más prestigiosos de este
tiempo en Molina de Aragón. A don Anselmo López se deben a más de alguna de las
historias más entrañables en torno a la ciudad, sus famosas reivindicaciones. Y
comenzaba a despuntar quien sería el cronista molinés por excelencia a lo largo
del siglo, don Claro Abánades López quien, desde Molina o Madrid, ejercía de
corresponsal de prensa para decenas de medios, hablando permanentemente de
Molina, después de haber fundado la marca que sería su enseña, el semanario “La
Torre de Aragón” que, como con algunos otros, trataría de dar a conocer la
realidad de su pasado, de sus gentes, y el constante batallar para que Molina
de Aragón no se quedase arrinconada en el extenso territorio que un día
comandó.
Mantenía Molina su
hidalga estampa de vieja ciudad castellana, de señorío palaciego que le legó la
historia y le dio el sobrenombre de Molina de los Caballeros, sobrenombre que
quienes escribieron e indagaron en torno a su pasado reivindicaban una y otra
vez, en contra del Aragón que la alejaba de la realidad.
También mantenía, como enhiesta bandera con
la que hacer frente a la historia de sus grandes gestas, las altivas torres de
sus castillos, las mismas que, a las puertas de la Navidad de 1860, estuvieron
a punto de desaparecer bajo el empuje de los cañones y las bombas que emplearía
el ejército real de Isabel II, en hacer pruebas de tiro, a lo que se opusieron
no pocos molineses, de la ciudad y del señorío, con don Pascual Benito Hergueta
a la cabeza; la protesta llegó hasta Madrid: “Grande es el pesar de
aquellos habitantes al considerar que la maravilla de arte, levantada en la
remota época de la dominación agarena, va a desaparecer en parte a impulsos de
las modernas granadas y antiguas balas rasas”. Los molineses
consiguieron como gracia real que únicamente se bombardeasen las murallas,
dejando a salvo lo que iba quedando del antiguo alcázar.
Las
baterías, seis en total, dos del 24 y cuatro del 12, hicieron retemblar el
suelo de Molina durante dos días, con la desgracia añadida del 22: “A los
pocos tiros de la batería de a 12 y al tiempo de introducir un artillero una
granada, reventó esta, saliendo a la par el tiro, de cuyas resultas quedó el
artillero muerto y otro compañero suyo muy mal herido”.
Cuando los artilleros
abandonaron Molina, los molineses descansaron, eso sí, parte de sus antiguas
fortificaciones, que resistieron a las tres guerras que hasta esta parte del
siglo la azotaron, habían desaparecido.
Los tres amigos y don Pío Baroja
Algo de todo aquello, al
empuje de los nuevos tiempos, se reconstruyó, y fue lo que buscaron ver don
José Ortega y Gasset, don Juan Dantín Cereceda, D. Domingo Barnés Salinas y,
por supuesto, don Pío Baroja, a quien la prensa denominaba “el primer
novelista actual”. Don Benito Pérez Galdós iba ya para dos años que
abandonó este mundo.
Pocas presentaciones
necesitaba don José Ortega y Gasset, a la sazón, profesor de Metafísica en la
Universidad Central e hijo de uno de los más populares escritores de este
tiempo: D. José Ortega Munilla; D. Juan Dantín estaba convertido en uno de los
más eminentes geólogos, además de ser catedrático de Agricultura en el
Instituto San Isidro, de Madrid; y D. Domingo Barnés se había ganado justa fama
como profesor de la Escuela de Magisterio y vicepresidente de la Liga de los
Derechos del hombre, ejerciendo a su vez como secretario del Museo Pedagógico.
Tan solo le faltaban diez años para ser nombrado ministro de Instrucción
Pública, Bellas Artes y Justicia.
Los cuatro tomaron, a las
puertas de la Semana Santa, el tren en Madrid, desde donde se dirigieron a
Teruel, en la ciudad de los amantes se encontraban el día 12, donde fueron
recibidos y obsequiados como sus nombres y dedicaciones hacían prever; allí se
entretuvieron en el Casino, recorrieron la ciudad y dejaron alguna que otra
anécdota para la historia, saliendo para recorrer la sierra de Albarracín el
día 13, con intención de acercarse a Daroca; el 14 de abril, ese mismo día en
el que don Pío salía elegido concejal de Vera de Bidasoa, entraban en la
milenaria ciudad de Molina de Aragón y, entre el Casino de la Amistad y las
fondas, pasaron parte de la jornada.
Las fondas y casas de
huéspedes siempre fueron un tema recurrente en la obra de Baroja; y tuvo Molina
algunas de ellas que se hicieron hueco en la historia molinesa, con los
Paradores de San Antonio y San Miguel a la cabeza; con el tiempo, a todos
ganarían los guisos que en la posada del Carmen elaboraría doña Paula Blasco.
Pero fue en el Casino
donde los cuatro amigos echaron la hebra con los molineses y donde hicieron el
brindis, por Molina. Una historia que tiene, tras de sí, toda una historia.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva
Alcarria/ Guadalajara, 30 de octubre de 2026
MOLINA DE ARAGÓN: CRÓNICAS DE UN SIGLO
MOLINA DE ARAGÓN: CRÓNICAS DE UN SIGLO
Tras “Guadalajara, crónicas de un siglo” (2004), del que se escribió: Se ha dicho que los buenos libros, como los corazones, tienen pulso y latido. Y lo tienen a despecho de formatos, tamaños, formatos y presentación editorial. Los libros que n o laten, los libros fríos, sin temperatura propia, conducen al hastío y al abandono. Tomás Gismera ha escrito un libro con pulso, porque lo ha hecho con el corazón, con sensibilidad exquisita, con amor, con respeto casi reverencial a las tierras, las vivencias y las gentes por él desfilan”.
El autor, a las crónicas de un siglo de Atienza, Jadraque o Brihuega, suma ahora las de Molina de Aragón.
Las “crónicas” que siguen son parte de la historia de Molina de Aragón a lo largo del siglo XIX y del XX, han sido tomadas de la prensa, publicaciones, revistas y libros que se referencian. Entre los que no se hace mención, dado su elevado número son, principalmente, los semanarios de Guadalajara, publicados desde finales del siglo XIX, Flores y Abejas (a partir de 1894); Atienza Ilustrada (desde 1898); Boletín Eclesiástico del Obispado de Sigüenza (desde 1859); Boletín Oficial de la Provincia de Guadalajara (desde 1834); Crónica de la Exposición Provincial de Guadalajara (1876); La Educación Popular (1896); La Ilustración (desde 1893); Revista Popular (1890); La Crónica (desde 1897); así como la Gaceta de la Regencia; La Gaceta Oficial de España, y los numerosos diarios y semanarios publicados, principalmente, en Madrid.
Cuanto se publica en letra menuda o cursiva es tomado textualmente de las noticias, crónicas, libros e informaciones a las que se hace referencia.
Todas ellas sirven para componer lo que bien podría denominarse: “Historia de Molina de Aragón, del siglo XIX y XX”.
Son las vivencias de las gentes sencillas, de nuestros abuelos, de sus padres. La historia de las gentes cercanas cuyos apellidos nos llegan, y nos suenan. La historia de los nuestros; y la transformación y adecuación a los tiempos modernos de una industriosa población.
Y se continuó escribiendo: “No busquemos en el libro la historia rigurosa y exigente del transcurso del siglo. Gismera, de manera acertada ha huido de llo y nos ha servido su trabajo en forma de crónicas, en donde hasta lo heterogéneo, el relato o la cita, prestan contagiosa amenidad y desparpajo.
De cómo era, y de cómo dejó de serlo hay mucha huella Feliz en el libro…”
El libro es también un homenaje a las gentes que pasaron y, de manera especial a quienes de una manera más amplia, escribieron de Molina y su Señorío: Pascual B. Hergueta; Baldomero García Jiménez; Luis Díaz Milián; Anselmo Arenas; José Sanz y Díaz, o quien fuse su cronista a lo largo de una Buena parte del siglo XX, Don Claro Abánades López; sin ellos, y muchos más, las crónicas de Molina no hubiesen sido possible; nos hubieran faltado sus historias, las que nos dejan reseña de lo que fue, y de lo que es.
EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ
- ASIN : B0HMS6CVFB
- Editorial : Independently published
- Idioma : Español
- Longitud de impresión : 232 páginas
- ISBN-13 : 979-8161938140
- Peso del producto : 522 g
- Dimensiones : 17.78 x 1.47 x 25.4 cm
EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ
- ASIN : B0HMS5RWJH
- Editorial : Independently published
- Idioma : Español
- Longitud de impresión : 237 páginas
- ISBN-13 : 979-8161941935
- Peso del producto : 531 g
- Dimensiones : 17.78 x 1.52 x 25.4 cm
EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ
- ASIN : B0HMSMRYMG
- Editorial : Independently published
- Idioma : Español
- Longitud de impresión : 226 páginas
- ISBN-13 : 979-8161946190
- Peso del producto : 508 g
- Dimensiones : 17.78 x 1.45 x 25.4 cm
EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ
- ASIN : B0HMRXKWLQ
- Editorial : Independently published
- Idioma : Español
- Longitud de impresión : 261 páginas
- ISBN-13 : 979-8161933343
- Peso del producto : 581 g
- Dimensiones : 17.78 x 1.68 x 25.4 cm
- ASIN : B0HMS42HLF
- Idioma : Español
- Longitud de impresión : 231 páginas
- ISBN-13 : 979-8161948934
- Peso del producto : 522 g
- Dimensiones : 17.78 x 1.47 x 25.4 cm






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