EN LAS ALTURAS DE BUSTARES, FRENTE AL FUEGO
Donde se celebra el Día de la Sierra
Va para cincuenta años que, una mañana con preludios veraniegos, quien
esto escribe vio el amanecer camino de las altas cumbres del Alto Rey a lomos
de una mula, como la de D. José Ortega, de altas orejas inquietas; cumplía con
ello un sueño de quien se sueña relatando los paisajes de la tierra. Atrás
quedó la hidalga villa de Atienza y, siguiendo el camino de los praineros
unas veces, del río Cañamares otras, y a la aventura las demás, alcancé a
llegar, al borde del mediodía, a la entonces pobretona en su aspecto población
de Prádena; era la hora en la que los chiquillos salían de la escuela. Entonces
había escuela en Prádena y, sin duda extrañados por tan inaudita aparición de
quien, a lomos de mula pasaba por allí, me siguieron de punta a punta, como lo
hicieron los ojos de quienes, desde los portales, imaginaron que quien viene
sin traer nada… Bueno, una señora hizo una de esas preguntas que, en ocasiones,
hacen gracia: ¿Vende usted manzanas…?
Atrochando, con nubes de tormenta amenazando, continuamos, caballería y
jinete, hacia Bustares; atrochando también, bajaban de la montaña algunos
leñadores, con las mulas cargadas, en busca del refugio de Gascueña; ellos lo
avisaron, la nube llegaba…, y llegó. La entrada en Bustares no pudo ser más
desairosa, con las calles embarradas y el soñador calado hasta los huesos. En
la taberna del tío Gamo, que servía de central de teléfono, la señora Avelina
me hizo otra pregunta: ¿vienes de Atienza? Añadiendo la respuesta: “Han llamado
de tu casa para decir que te has dejado la cartera”. Y me prestó 300 pesetas,
por si tenía que gastar en algo.
Algo gasté aquella tarde, en la taberna del tío Gamo y en el nuevo bar,
que abrió aquella misma tarde sus puertas, con mi amigo Dionisio Vacas Moreno.
Ambos nos conocimos cumpliendo con la Patria en el Ejército del Aire, en la
base aérea de Torrejón. Junto a la unidad descansaban los “botijos”; los
aviones del 404 escuadrón que bregaban en aquellos tiempos contra el fuego.
Todo aquel entorno era un vergel. La bóveda verdosa de los montes todo
lo cubría. Y desde aquellas alturas, la sierra verdeaba, hasta donde la mirada
se perdía…
Historias del fuego
Por entonces fue cuando, una tarde, también a las puertas de un agosto
de calores, la densa nube de humo que desde la profundidad de la Serranía, por
Galve de Sorbe y Aldeanueva, anunció fuego. De madrugada, la juventud de
entonces también nos retirábamos a descansar de madrugada, la carretera que
desde Atienza conduce a aquellos parajes comenzó a verse transitada por
vehículos militares y por quienes tenían algo que ofrecer. El fuego arrasaba la
sierra por aquella parte. En un camión, conducido por mi amigo Luis, nos lanzamos
a la aventura. Las últimas palabras de su padre parecían premonitorias: “ojo,
que las valentonadas se pagan”. Luis siempre fue lo que diríamos “un
echado para adelante”.
En Galve se centralizaban las labores de contención de aquel incendio,
que comenzó por el descuido de unos excursionistas que buscaron la profundidad
del monte para asarse unas chuletas. En el bar de la carretera, en Galve, se
preparaban bocadillos para que los voluntarios pudiésemos llevarnos algo al
estómago. Entonces no existían los bomberos forestales, ni mucho menos la UME. Con
una patrulla del Icona, a falta de herramientas, fuimos recorriendo pueblos,
avisando a la gente que tenían que abandonarlos. Por encima de nuestras cabezas
chisporroteaban las pavesas, la ceniza llovía del cielo y en las madrugadas la
corona de fuego prendía el entorno. Nadie quería salir de sus casas; dejar sus
animales, su pueblo…, y con lágrimas en los ojos, quienes cedían a la marcha lo
hacían mirando lo que quedaba atrás. El fuego estuvo activo ocho o diez días.
Y
por entonces fue también cuando, de lo profundo del monte Marojal, de Atienza,
mediodía de un sábado ventoso, una columna de humo anunció que el monte ardía.
Y sonaron las campanas llamando a rebato; entonces las campanas, en ocasiones
semejantes, sonaban a rebato. Alguien dijo por el pueblo que quien había
prendido la llama la fuese a apagar; pero el monte ardía y, con los amigos,
bajamos presurosos a Cantaperdiz, al cruce de la carretera de Atienza con el
antiguo camino real de Soria. El fuego se aproximaba a la carretera, y por allí
anduvimos, en esa procuración de que el fuego no avanzase, detrás del alcalde,
don Juan Jesús Peces entonces; en un descuido, por una alcantarilla, el fuego
cruzó y comenzó a extenderse, como manto que todo lo cubre, tomando rumbo a
Cincovillas. Por los altos, donde antaño se ubicó la población de Vesperinas,
ardían, como teas, los colmenares…
Este verano, cuando las noticias del fuego se extendían, llegaron a la
memoria aquellas escenas. La hermosura de aquellos paisajes que el fuego
consumía. Paisajes que muchos conocimos mozos y ahora se nos perdían.
La distancia del tiempo hizo que aquellos pinares del entorno de Galve
se recuperasen, casi cincuenta años han pasado; y también se recuperaron los
robles de Atienza. La escena de los colmenares ardiendo por Vesperinas me llevó
a la cabeza las colmenas de Villares de Jadraque, y de mi amigo Fidel Paredes,
su alcalde; y me trajo a la memoria la desolación de las gentes obligadas a
dejar sus casas, sus pueblos, sus paisajes…, sin saber lo que encontrarían a la
vuelta.
A
la vuelta a la tierra, pasado el fuego, una mancha negra, inmensa, se comenzó a
tender desde los altos de Hijes y Ujados, Atienza al frente; y asciende hacía
la montaña sagrada del Alto Rey, la dobla, baja y sube, y ennegrece un entorno
sin igual. Los esqueletos del pinar, del robledal…, asustan. De cuando en
cuando, como una aparición, un puñado de verde asoma entre el carbón.
Sí, seguramente, como sucedió antes, la tierra recupere su hermosura;
los de hoy, los de mi edad, ya no lo veremos, y eso duele. Es el dolor de la
sierra. Porque los serranos nos hemos ido haciendo mayores, y ya estamos en esa
edad en la que muchas, demasiadas cosas, se nos hacen recuerdos.
Un día en Bustares
Mi amigo Luis, aquel con quien llegué al fuego de Galve de Sorbe, murió
poco después, a consecuencia de un triste accidente; uno de sus hermanos es
portada fotográfica en uno de mis libros; es homenaje al fotógrafo. La tomó
Luis Solano Montesinos, que se dejó la vida en aquel otro triste incendio que
se llevó la vida de una parte del retén de bomberos de Cogolludo.
Y
mañana subiremos a Bustares, a celebrar que la Sierra sigue viva en sus gentes,
con el corazón apretado y las manos tendidas al futuro. No, en Bustares ya no
saludaré al tío Gamo, ni a la señora Avelina, que hace casi cincuenta años me
dejaron trescientas pesetas, por si había que gastar; tampoco saludaré a mi
amigo Dionisio Vacas, con quien compartí almuerzo a la lumbre baja de la cocina
de sus padres, que en las alturas, a las puertas del verano, también refresca; Dionisio
se marchó pronto, en estos últimos días de junio; aquella noche, la de nuestro
encuentro de casi cincuenta años atrás, a Dionisio le tocaba ser vaquero de la
vacada comunal, que entonces todavía la había. Las calles de Bustares abrían su
panza aquellos días; el agua corriente llegaba a las casas.
Mañana celebraremos, desde estas alturas que la Sierra es un corazón que
siente, que palpita, que vive y que, a pesar de que la mancha negra permanece,
los serranos no queremos mirarla, o sí; continuaremos viendo nuestro paisaje,
nuestras gentes, nuestros montes, como los hemos visto siempre. Porque si
caemos, nos levantamos. No queda otra.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la
memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 16 de octubre de 2026


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