viernes, septiembre 11, 2026

ALCOCER: LA FERIA DE SAN LEÓN Y EL BURRO PERNALES

 

ALCOCER: LA FERIA DE SAN LEÓN Y EL BURRO PERNALES

Alcocer es, sin duda, una página abierta a nuestra historia provincial

 

   Don Víctor López Alcántara fue en Alcocer toda una institución. Un hombre emprendedor, animoso y gran trabajador que procuró para su pueblo lo mejor. Fue, además de uno de los más importantes tratantes de mulas de la comarca, uno de aquellos alcaldes que miró por su pueblo y lo hizo destacar cuando nuestros pueblos, por los últimos años de la década de 1920 y siguientes, comenzaban a padecer los males de la emigración, entre otros muchos.

   También fue, don Víctor López, personaje conocido más allá de las fronteras provinciales y no por el trato, compra o venta de sus mulas en las ferias provinciales, sino porque fue el propietario de uno de esos animales que traspasan las mismas fronteras patrias de su nacimiento, el burro Pernales, que nació en Alcocer al promedio del primer decenio del siglo XX, cuando al Pernales de verdad, al Paquito Ríos, de quien algunos dicen aunque no sea cierto que fue el último bandolero de Sierra Morena, le dieron caza y expusieron su cuerpo como trofeo junto al Niño de Arahal, en Alcaraz. Ello fue el último día de agosto del año de gracia de 1907, cuando el jumento, burro o asnillo de don Víctor López todavía no tenía nombre por lo que, a partir de aquí, se llamó, porque así lo quiso el destino: “Pernales”.

 


Alcocer, y su larga memoria

   Es y ha sido la hidalga y siempre noble villa de Alcocer uno de los pueblos de más extensa memoria de la parte alcarreña de Guadalajara. Uno de los de mayor número de habitantes a lo largo del tiempo, y de mayor tradición artística y monumental. A tanto llegó la historia de la villa de Alcocer que en aquellas interminables discusiones del siglo XIX, cuando las provincias comenzaron a ser lo que son, Alcocer, que formó conforme a los tiempos parte de Cuenca o de Guadalajara, solicitó que por derecho propio se le concediese ser cabeza de partido. A punto estuvo de lograrlo. Tiempos eran en los que por Alcocer surgían algunos revoltosos que ponían en jaque las ideas moderadas de los dirigentes de Guadalajara y, sobre todo, de sus duques del Infantado. Un título que, ¡fíjese usted por dónde!, surgía de esta tierra de Alcocer. Cuando Alcocer tenía por nombre, en honor a los duques, o viceversa, Alcocer del Infantado.

   A las gentes de Alcocer no se les ocurrió otra cosa que cuando surgieron las desavenencias del pueblo y sus gentes contra el rey absolutista, don Fernando VII de mal recuerdo, cuando el general Riego se levantó en armas y llegó el famoso “trienio liberal”, que correr a solicitar y conseguir de las altas instituciones del reino que aquel nombre de Alcocer del Infantado, por el recuerdo que traía de sus duques, se mudase, como entonces se mudaba cualquiera de camisa, por el de Alcocer del Guadiela, haciendo honor al río que por allí discurre, y, aprobado que fue, los duques, claro está, cuando por los Pirineos entraron los Cien Mil Hijos de San Luis, le hicieron la cruz al pueblo.

 

Alcocer del Ducado

   Es quizá, Alcocer, uno de esos pueblos en los que la memoria del siglo XIX, y ante todo de los años oscuros en los que los franceses invadieron la tierra, mejor memoria conserva de la vida dura y el sobrevivir diario de sus gentes en tiempos de guerra, cuando día sí y día también, las tropas francesas, o las guerrillas empecinadas, recorrían las fronteras de Guadalajara y Cuenca.

   Al servicio del Duque del Infantado, entonces Diputado a Cortes en las de Cádiz, se encontraba uno de esos hombres que dejan huella por donde pasan, don Felipe Sainz de Baranda, hombre con orígenes riojanos que aposentó en Alcocer a su familia, y hasta Alcocer llegaron los otros miembros que se quedaron por las riojanas tierras. Sobre todo, un mosén de aquellos de sombrero de teja y malos humos quien desde Madrid se trasladó a la casa de su hermano con sus dos amas para vivir del cuento. O Mejor, del trabajo de la cuñada que, la pobre, tenía que atender las tierras, pagar a los jornaleros, ocuparse de los olivos, las viñas, los hijos y, además, mantener al mosén y sus criadas.

   Don Bernardo, tal el nombre del mosén, que murió el 1º de mayo de 1858 siendo deán de la catedral de Burgos, resultó ser uno de los muchos informantes, o espías, que la Junta de Guadalajara y la guerrilla, tuvo por estos pagos en aquellos tristes días. También, de cuando en cuando, escribía a su hermano, para quejarse de las pocas atenciones que recibía en su casa, o de que los infantes franceses eran “el mismo demonio, capaces de hallar las cosas más recónditas”, pues puestos a registrar las casas o saquear los pueblos, poco se dejaban detrás.

 

La feria de San León, y el Pernales

   Ya reinando Alfonso X las gentes de Alcocer hacían tratos con los comerciantes de Huete, y acudían a las ferias que allí se celebraban. El propio rey, que entregó la villa a la madre de una de sus hijas, doña Mayor de Guillén, concedió a la población el disfrute de un mercado semanal los martes de cada semana. La orden, o el privilegio, lo dio en Sevilla el 23 de octubre de 1252, y más que seguro es que los de Alcocer, o sus señoras, solicitasen el disfrute de una feria por lo que esta tenía de interés para la población en movimiento económico, algo que a los de Huete no debió de agradar puesto que había de restarles negocio convirtiéndose en abierta competencia.

   Tendrían que pasar muchos años, y unos cuantos siglos, para que el Ayuntamiento de Alcocer, al final del siglo XIX, el 2 de enero de 1892, recobrase o estableciese la celebración de su propia feria anual: “a celebrarse el 21, 22 y 23 de enero de cada año, titulada de San León”.

   La feria de ese año, 1892, contó con todos los alicientes que engrandecían entonces este tipo de eventos: “diana floreada, función al Patrón, procesión, fuegos artificiales, cucañas, carreras de caballos y burros, funciones de teatro y, si el tiempo no lo impide, una corrida de novillos”.

   Se celebró, atrayendo gentes y ganados, al menos, hasta la mitad de la década de 1960, cuando este tipo de ferias comenzó a mudar la mula de labor, por el ronqueo del tractor.

   Las ferias que siguieron a la de 1907, del nacimiento del burro Pernales, continuaron distinguiéndose, como desde su implantación, por la afluencia de ganado vacuno. Además, los ganaderos y comerciantes que concurrían a Alcocer lo hacían sabiendo que finalizada esta comenzaba la de Tendilla; por lo que el éxito la acompañó, pues lo que se vendía o no, en la de Alcocer, podía trocarse, o terminar su ajuste, en Tendilla.

   Y, de feria en feria, llevó don Víctor López, ilustre alcalde que fue de Alcocer, sus mulas, que le hicieron ganar un buen capital y le permitieron, en los ratos de ocio, adiestrar su jumento, que en pocas ocasiones, salvo para demostrar al vecindario lo aprendido, sacó de su casa.

   Con habilidades circenses, Pernales se podía balancear en una tabla, subir escaleras, o hacer acrobacias. También solía, don Víctor, recorrer las calles de su pueblo en una calesilla tirada por el borriquillo: “rucio, como el del escudero Sancho Panza”.

   Y no era ni grande ni chico, convirtiéndose, en aquellos tiempos, como lo solían ser los animales curiosos, en una de las estrellas que más brillaron en la feria de San León de Alcocer. Cosas que hacen, de nuestros pueblos, página para nuestra memoria.

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 11 septiembre 2026

ALCOCER, EN EL TIEMPO Y LA HISTORIA

 ALCOCER, CUNA DEL INFANTADO, EN EL TIEMPO Y LA HISTORIA

Alcocer

 

    Trepando a la meseta o retorciéndose en múltiples curvas para descender a valles risueños, la carretera de Cuenca atraviesa las Alcarrias hasta bajar al ameno foso del Tajo; lo atraviesa por el histórico y empinado puente de Auñón que recuerda un encarnizado combate entre los franceses y guerrillas de El Empecinado, y luego continúa paralela al río por el dantesco desfiladero de las “Entrepeñas”, donde ya no puede leerse torpemente grabado en la roca aquel verso reflejo de maternal congoja, recuerdo de la trágica muerte del gentil y enamoradizo caballero Don Apóstol de Castilla, descendiente de Don Pedro el Cruel. Tras un recodo, queda a la derecha la villa de Sacedón; la carretera salta de valle a valle, deja admirar un momento las ruinas melancólicas del monasterio cisterciense de Monsalud, atraviesa Córcoles, y desde un altozano permite que se contemple la fértil Hoya del Infantado cruzada por el Guadiela; al fondo, entre montañas verdes, se columbra el desfiladero de Priego; en la campiña, varios pueblos minúsculos; a la izquierda, sobre pequeña loma respaldada por cerros moteados de olivos grises, una población grande para lo que da la tierra, señoreada por hermosa iglesia cuya torre de exornos góticos ostenta giraldeña silueta; estamos en la hidalga villa de Alcocer que ya suena en el poema del Cid, recuerda los hazañosos hechos de Alvar Fáñez de Minaya, los juveniles amores de Alfonso el Sabio, los enredos de Don Juan Manuel, la ambición de Don Álvaro de Luna y el exilio de un heredero de los Duques del Infantado a quien su padre desterró de Guadalajara porque había simpatizado con los Comuneros, y le hizo caminar más que aprisa sin importarle un ardite que su nuera estaba tan en meses mayores que hubo de detenerse en el monasterio de Lupiana para dar a luz. 

 

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   Entretenida e interesante como una novela es la historia de esta villa, como la de otras muchas poblaciones de la provincia de Guadalajara, meras sombras de un pasado glorioso; de mi agrado sería contarla al lector muy por menudo. Sólo he de decir que su importancia fue escasa hasta consolidarse la reconquista de la región en 1176 con la toma de Cuenca por Alfonso VIII; en adelante la villa creció sin cesar para convertirse de hecho en capital de los lugares del Infantado, nombre alcanzado por esa campiña desde que  Fernando III el Santo hizo Señor de ellas a su hijo Don Enrique; y Alfonso X el Sabio queriendo apartar de sí a su antigua amiga Doña Mayor Guillén de Guzmán ( si no fue ella quien desengañada quiso apartarse del mundo) la hizo donación de las villas de Alcocer, Cifuentes, Viana, y otros lugares hacia 1258; a Alcocer se retiró la hermosa y discreta señora para fundar un convento donde se retiró la hermosa y discreta  señora para fundar un convento donde se recogió hasta que Dios fue servido de llamarla a mejor vida, y en Alcocer dejó su cuerpo que se conserva momificado y con señales reveladoras de notable belleza (2). De Doña Mayor heredó el señorío su hija Doña Beatriz habida con Alfonso el Sabio y casada con el rey de Portugal; de doña Beatriz pasó a su hija la infanta Doña Blanca, más tarde señora y abadesa de las Huelgas en Burgos, donde existe su magnífico sepulcro; fue Alcocer del turbulento Don Juan Manuel, quien en el cercano pueblo de Salmerón acabó de escribir su famoso libro “El Conde Lucanor”, más la posesión lograda por compra fue efímera, ya que no la pagó; tras varias luchas sangrientas pasó el lugar al infante Don Pedro y luego a Enrique de Trastamara, quien favoreció no poco a Alcocer hasta regalárselo al marqués de Villena. Luego de pertenecer a la familia Albornoz, heredó la villa el famoso Don Álvaro de Luna cuyos sucesores al concertarse con Enrique IV le cedieron varios pueblos con Alcocer entre ellos; cuando los Mendoza tuvieron más en rehenes que en guarda a la Beltraneja, discutida hija de Enrique el monarca, para compensar los gastos realizados por Don Diego Hurtado de Mendoza segundo marqués de Santillana, le hizo señor de Alcocer, Salmerón y Valdeolivas, o sea, de los lugares y tierras del “Infantado”, en 1471; hasta que en 1475 los Reyes Católicos, para premiarla valiosa ayuda que este magnate les prestara, ascendieron el señorío a la categoría ducal; los últimos hechos y fechas merecen ser resaltados para explicarse las grandes ampliaciones hechas en la iglesia de Alcocer a fines delsiglo XV, obras sin duda llevadas a cabo gracias a la ayuda pecuniaria de los duques, quienes se distinguieron por su amor a la arquitectura y su gran cariño a la villa principal del Infantado.

Francisco Layna Serrano
Boletín de la Sociedad Española de Excursiones
Madrid. Marzo, 1935

 

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