DE LA DEHESA DE LA BRAGADERA, EN ATIENZA
Motivó el que, a los de Atienza, les apodasen “bragados”
Don Gabriel
María Vergara, maestro en tradiciones y lenguajes antiguos, cuando dio a la
imprenta sus “Apodos que aplican a los
naturales de algunas localidades de la provincia de Guadalajara los habitantes
de los pueblos próximos a ellas”, uno sus numerosos estudios que, en este
caso y de manera particular vio la luz en la Revista de Dialectología y
Tradiciones Populares en 1947, al hablar de Atienza y los apodos de sus
naturales, junto a otros señalados que recogieron autores como Baroja o Camilo
José Cela, ya conocidos como: “los de la
mala cabeza”, “jorobados” y “patituertos”; añadió que también son: “bragados, por alusión a la Bragadera, que es
una fértil vega cercana a Atienza”. Más que cercana diríamos que se
encuentra a las mismas puertas de la población, atravesada por los antiguos
caminos, hoy la mayoría de ellos carreteras, que en su tiempo condujeron a
Castilla por Ayllón; a Guadalajara por Hiendelaencina, y al Alto Rey por los
pueblos que festonean su falda.
La antigua dehesa
En la actualidad todo ello son campos de labor en los que el cereal en
tiempos veraniegos, se tuesta al sol y ofrece su rubio tinte al paisaje; hasta
el último tercio del siglo XIX todo ello fue un extenso monte poblado
mayoritariamente de roble que dio alimento a parte de la innumerable cabaña
ganadera de Atienza, lanar y mular, origen de algunos de los capitales serranos
de mayor importancia. Siendo dos las dehesas unidas en su amplio territorio, La
Parrancana y la ya más que famosa Bragadera. El término de dehesa deriva de la
palabra latina “defesa” (defensa), ya que los pobladores medievales levantaban
vallados para proteger sus ganados. Parte de las dehesas comunales tienen su
origen en los tiempos medievales.
Los límites de esta Bragadera atencina
quedaron fijados más allá del siglo XVI: “desde
la entrada de la villa, donde dicen el Cañizal y la Vega, el Recuero y
Carboneras y Ocinillo y el Majano y cuesta de Valgrande, como va subiendo a la
Peña del Pozo y con Valderrabido y Majadahonda el río adelante del cerro de las
Peñas hasta llegar a la Punta de las Fuentes, en lo que llaman lo nuebo, por el
camino arriba hasta los guertos”. Limítrofes estos con el monte Serrallo
que divide Atienza de las vecinas poblaciones de Naharros, Robledo de Corpes y
La Bodera.
La totalidad del terreno podía rondar, en el
más o menos que ajustaban nuestros antiguos, entre las 700 y las 1.000
hectáreas de terreno, acotadas desde 1532, en cuanto a las ya dichas,
añadiéndose en 1584 los montes de Valdelacasa, que dirigen hacia el Alto Rey, y
añadiendo a las dos anteriores dehesas la de Valderrabido. Todo ello vigilado
por dos guardas pertenecientes al concejo, ambos con residencia, si no fija al
menos eventual, en las propias dehesas, para los que se levantó lo que
comúnmente se denomina “la cabaña”,
edificación circular de piedra unida por argamasa que compone uno de los
edificios de la arquitectura civil más curiosos y desconocidos de Atienza.
Y, por supuesto, la dehesa contando con cumplidas ordenanzas, las
primeras dictadas bajo el reinado de Carlos I, al momento de acotarse en 1532,
y bajo el regimiento de Felipe II, en 1595, una vez fue acotado o delimitado la
totalidad del terreno.
De las ordenanzas entresacó el
geógrafo Antonio López Gómez, al estudiar los montes de tierra de Atienza
algunos jugosos párrafos: “Establecen que
sus pastos quedasen para el aprovechamiento exclusivo del ganado de labor,
negando absolutamente el uso en periodo de veda, desde el 1 de febrero hasta
que la hierba estuviese crecida. Desde San Martín de noviembre, se autorizaba
la entrada del vacuno de recría, pero en ningún caso el lanar y cabrío,
excepción hecha de los carneros para la carnicería. El resto del terreno del
monte quedaba abierto al lanar, cabrío y vacuno de todas clases, incluso de
recría, pero de este hasta un máximo de doce cabras por vecino”.
La dehesa comunal terminaría por roturarse
definitivamente en torno a 1874, cuando ya los grandes apellidos ganaderos,
Manrique, Carrillo, Lozano, Beladíez y otros, habían dejado los negocios
lanares y la tierra de Atienza para asentarse en Madrid, al calor de negocios
más prósperos; repartiéndose el antiguo terreno comunal entre los vecinos, que
a partir de entonces lo dedicaron al cultivo del cereal.
La cabaña de la
Bragadera, un edificio singular
Quizá se
trate de uno de los edificios más desconocidos del urbanismo campestre, o
ganadero, de Atienza, a pesar de ser el último eslabón de un rico patrimonio
que se ha ido perdiendo con el paso de los años y la adaptación a nuevas y más
funcionales estructuras constructivas lo que en otros tiempos significaron este
tipo de obras; destinadas al refugio de guardas o pastores, o al cobijo de
ganado. Acostumbrados a observar la monumentalidad de grandes edificios,
iglesias, murallas o castillos nos suele pasar desapercibida este tipo de
arquitectura tradicional que pobló en tiempo pasado nuestros campos. La inmensa
mayoría de ellos han ido desapareciendo, a pesar de que en numerosas
poblaciones han comenzado a recuperarse algunas de estas estructuras como parte
fundamental de un rico pasado ganadero o pastoril.
Atienza
contó con numerosas chozas, o chozos de campo; así como tainas o parideras que
debieran de ser, al día de hoy, auténticas muestras arquitectónicas a tenerse
en cuenta, ya que en algunas zonas del campo atencino estas se levantaron con
pizarra, o piedra seca. La mayoría de ellas en la actualidad se encuentran abandonadas
y ruinosas; de la misma manera en que se encuentran, abandonados y ruinosos,
los numerosos chozos de pastores que poblaron estos campos, entre ellos el que
coronaba el cerro Calvario, o el que daba acceso al monte Marojal en el antiguo
camino de La Bodera. Sin embargo se mantiene en pie, desde hace seis o siete
siglos el más representativo por sus características: el chozo conocido como
“La Cabaña”, alzado en el altozano que lleva su nombre y desde el que se otean
las que fuesen dehesas atencinas.
Figura ya en
las ordenanzas de la Dehesa de La Bragadera que se elaboran en el siglo XVI,
manteniendo la estructura original que se daba a este tipo de edificaciones en
esta misma época, de recia construcción, elevación, espesura de muros, etc.
Dado lo curioso y desconocido
de su edificación, única en la zona, detengámonos un momento en ella para dar
sus datos: 16 metros de circunferencia, cuatro de alzada máxima y 70
centímetros de grosor medio en muro; construido en forma cónica con salida de
humos en su cima. Puerta igualmente cónica abierta a oriente y tres miradores a
norte, sur y este.
Es sin duda
una edificación singular, a proteger y tener en cuenta. Mucho más al advertir
que se mantiene, quinientos, seiscientos o setecientos años después de que
fuese levantada, en perfecto estado ya que, mientras otras muchas de estas
edificaciones de mayor o menor magnitud han sido abandonadas o devastadas por
el paso del tiempo, como decíamos, los propietarios de los terrenos sobre los
que la Cabaña de la Bragadera se levanta la han ido conservando, o remodelando
sin hacerla perder su estructura original, interior y exteriormente, lo que
Atienza debe de agradecer a la familia Gismera Galán, propietarios de los
terrenos, ya que costearon la obra, y costean el mantenimiento del singular
edificio, sin ayudas de ningún tipo, desde que se tiene memoria.
Como que hay
historias, y monumentos, detrás de las cosas sencillas que, en ocasiones, tal
vez demasiadas, nos pasan desapercibidas y merecen una mirada, y un agradecimiento.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/
Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 6 de marzo de 2026
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