lunes, marzo 09, 2026

DE LA DEHESA DE LA BRAGADERA, EN ATIENZA

 

DE LA DEHESA DE LA BRAGADERA, EN ATIENZA

Motivó el que, a los de Atienza, les apodasen “bragados”

 

 

   Don Gabriel María Vergara, maestro en tradiciones y lenguajes antiguos, cuando dio a la imprenta sus “Apodos que aplican a los naturales de algunas localidades de la provincia de Guadalajara los habitantes de los pueblos próximos a ellas”, uno sus numerosos estudios que, en este caso y de manera particular vio la luz en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares en 1947, al hablar de Atienza y los apodos de sus naturales, junto a otros señalados que recogieron autores como Baroja o Camilo José Cela, ya conocidos como: “los de la mala cabeza”, “jorobados” y “patituertos”; añadió que también son: “bragados, por alusión a la Bragadera, que es una fértil vega cercana a Atienza”. Más que cercana diríamos que se encuentra a las mismas puertas de la población, atravesada por los antiguos caminos, hoy la mayoría de ellos carreteras, que en su tiempo condujeron a Castilla por Ayllón; a Guadalajara por Hiendelaencina, y al Alto Rey por los pueblos que festonean su falda.




 

La antigua dehesa

   En la actualidad todo ello son campos de labor en los que el cereal en tiempos veraniegos, se tuesta al sol y ofrece su rubio tinte al paisaje; hasta el último tercio del siglo XIX todo ello fue un extenso monte poblado mayoritariamente de roble que dio alimento a parte de la innumerable cabaña ganadera de Atienza, lanar y mular, origen de algunos de los capitales serranos de mayor importancia. Siendo dos las dehesas unidas en su amplio territorio, La Parrancana y la ya más que famosa Bragadera. El término de dehesa deriva de la palabra latina “defesa” (defensa), ya que los pobladores medievales levantaban vallados para proteger sus ganados. Parte de las dehesas comunales tienen su origen en los tiempos medievales.

    Los límites de esta Bragadera atencina quedaron fijados más allá del siglo XVI: “desde la entrada de la villa, donde dicen el Cañizal y la Vega, el Recuero y Carboneras y Ocinillo y el Majano y cuesta de Valgrande, como va subiendo a la Peña del Pozo y con Valderrabido y Majadahonda el río adelante del cerro de las Peñas hasta llegar a la Punta de las Fuentes, en lo que llaman lo nuebo, por el camino arriba hasta los guertos”. Limítrofes estos con el monte Serrallo que divide Atienza de las vecinas poblaciones de Naharros, Robledo de Corpes y La Bodera.

     La totalidad del terreno podía rondar, en el más o menos que ajustaban nuestros antiguos, entre las 700 y las 1.000 hectáreas de terreno, acotadas desde 1532, en cuanto a las ya dichas, añadiéndose en 1584 los montes de Valdelacasa, que dirigen hacia el Alto Rey, y añadiendo a las dos anteriores dehesas la de Valderrabido. Todo ello vigilado por dos guardas pertenecientes al concejo, ambos con residencia, si no fija al menos eventual, en las propias dehesas, para los que se levantó lo que comúnmente se denomina “la cabaña”, edificación circular de piedra unida por argamasa que compone uno de los edificios de la arquitectura civil más curiosos y desconocidos de Atienza.

    Y, por supuesto, la dehesa contando con cumplidas ordenanzas, las primeras dictadas bajo el reinado de Carlos I, al momento de acotarse en 1532, y bajo el regimiento de Felipe II, en 1595, una vez fue acotado o delimitado la totalidad del terreno.

   De las ordenanzas entresacó el geógrafo Antonio López Gómez, al estudiar los montes de tierra de Atienza algunos jugosos párrafos: “Establecen que sus pastos quedasen para el aprovechamiento exclusivo del ganado de labor, negando absolutamente el uso en periodo de veda, desde el 1 de febrero hasta que la hierba estuviese crecida. Desde San Martín de noviembre, se autorizaba la entrada del vacuno de recría, pero en ningún caso el lanar y cabrío, excepción hecha de los carneros para la carnicería. El resto del terreno del monte quedaba abierto al lanar, cabrío y vacuno de todas clases, incluso de recría, pero de este hasta un máximo de doce cabras por vecino”.

   La dehesa comunal terminaría por roturarse definitivamente en torno a 1874, cuando ya los grandes apellidos ganaderos, Manrique, Carrillo, Lozano, Beladíez y otros, habían dejado los negocios lanares y la tierra de Atienza para asentarse en Madrid, al calor de negocios más prósperos; repartiéndose el antiguo terreno comunal entre los vecinos, que a partir de entonces lo dedicaron al cultivo del cereal.

 

La cabaña de la Bragadera, un edificio singular

    Quizá se trate de uno de los edificios más desconocidos del urbanismo campestre, o ganadero, de Atienza, a pesar de ser el último eslabón de un rico patrimonio que se ha ido perdiendo con el paso de los años y la adaptación a nuevas y más funcionales estructuras constructivas lo que en otros tiempos significaron este tipo de obras; destinadas al refugio de guardas o pastores, o al cobijo de ganado. Acostumbrados a observar la monumentalidad de grandes edificios, iglesias, murallas o castillos nos suele pasar desapercibida este tipo de arquitectura tradicional que pobló en tiempo pasado nuestros campos. La inmensa mayoría de ellos han ido desapareciendo, a pesar de que en numerosas poblaciones han comenzado a recuperarse algunas de estas estructuras como parte fundamental de un rico pasado ganadero o pastoril.

   Atienza contó con numerosas chozas, o chozos de campo; así como tainas o parideras que debieran de ser, al día de hoy, auténticas muestras arquitectónicas a tenerse en cuenta, ya que en algunas zonas del campo atencino estas se levantaron con pizarra, o piedra seca. La mayoría de ellas en la actualidad se encuentran abandonadas y ruinosas; de la misma manera en que se encuentran, abandonados y ruinosos, los numerosos chozos de pastores que poblaron estos campos, entre ellos el que coronaba el cerro Calvario, o el que daba acceso al monte Marojal en el antiguo camino de La Bodera. Sin embargo se mantiene en pie, desde hace seis o siete siglos el más representativo por sus características: el chozo conocido como “La Cabaña”, alzado en el altozano que lleva su nombre y desde el que se otean las que fuesen dehesas atencinas.

   Figura ya en las ordenanzas de la Dehesa de La Bragadera que se elaboran en el siglo XVI, manteniendo la estructura original que se daba a este tipo de edificaciones en esta misma época, de recia construcción, elevación, espesura de muros, etc.

   Dado lo curioso y desconocido de su edificación, única en la zona, detengámonos un momento en ella para dar sus datos: 16 metros de circunferencia, cuatro de alzada máxima y 70 centímetros de grosor medio en muro; construido en forma cónica con salida de humos en su cima. Puerta igualmente cónica abierta a oriente y tres miradores a norte, sur y este.

   Es sin duda una edificación singular, a proteger y tener en cuenta. Mucho más al advertir que se mantiene, quinientos, seiscientos o setecientos años después de que fuese levantada, en perfecto estado ya que, mientras otras muchas de estas edificaciones de mayor o menor magnitud han sido abandonadas o devastadas por el paso del tiempo, como decíamos, los propietarios de los terrenos sobre los que la Cabaña de la Bragadera se levanta la han ido conservando, o remodelando sin hacerla perder su estructura original, interior y exteriormente, lo que Atienza debe de agradecer a la familia Gismera Galán, propietarios de los terrenos, ya que costearon la obra, y costean el mantenimiento del singular edificio, sin ayudas de ningún tipo, desde que se tiene memoria.

   Como que hay historias, y monumentos, detrás de las cosas sencillas que, en ocasiones, tal vez demasiadas, nos pasan desapercibidas y merecen una mirada, y un agradecimiento.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 6 de marzo de 2026



No hay comentarios:

Publicar un comentario

No se admitirán mensajes obscenos, insultantes, de tipo político o que afecten a terceras personas.