viernes, febrero 06, 2026

UN VOLUNTARIO REALISTA DE ATIENZA

 

UN VOLUNTARIO REALISTA DE ATIENZA

Dicha y desdicha de Manuel Sánchez Yagüe, natural de la villa

 

 

   De haberlo conocido no cabe la menor duda que don Benito Pérez Galdós hubiese incluido el nombre de Manuel Sánchez Yagüe en la exitosa novela de ese título, o quizá hubiera escrito con la desdichada carrera de nuestro paisano, un nuevo “Episodio Nacional” de quien siendo farmacéutico en su localidad natal, se integró en el Cuerpo de Voluntarias Realistas allá por el año de gracia de 1823, un año que tantos sinsabores dejó para la historia nacional.

 

Los Voluntarios Realistas

   El Cuerpo de Voluntarios Realistas fue una milicia que Fernando VII organizó por orden de 10 de junio de 1823, tras la caída del gobierno liberal en España, en lo que tanto colaboraron los “Cien Mil Hijos de San Luis”. Tenía como objetivo evitar el restablecimiento del gobierno constitucional y, en consecuencia, luchar contra los elementos liberales que habían estado a punto de derrocarlo.

   Se encontraba formado por los entonces elementos más intransigentes del absolutismo español. Dependiendo sus integrantes de los ayuntamientos y, en unión, bajo la autoridad de un capitán general; excepto en el País Vasco, en el que el control lo ejercían las diputaciones forales. En 1826 lo integraban 200.000 voluntarios, aunque al parecer solamente la mitad llegó a estar uniformado, y armado en 486 batallones de Infantería; 20 compañías de Artillería; 52 escuadrones de Caballería, y algunas compañías de zapadores. El cuerpo contaba con un inspector general, siendo el primero Don José María Carvajal. Se disolvió de manera oficial en 1833, sumándose una parte de sus integrantes a las fuerzas del infante Carlos María Isidro, durante la Primera Guerra Carlista.

   No faltaron en la comarca de Atienza personajes que se integraron en dicho cuerpo, uno de aquellos fue el ya citado boticario Manuel Sánchez Yagüe, quien pasó mil y una calamidades sirviendo en el cuerpo, puesto que el trato que esperaban recibir no fue, ni mucho menos, el que en la realidad tuvieron; como que una cosa son las promesas y otra muy distinta la realidad; pero mejor, ya que tenemos su testimonio, que sea él quien nos cuente su aventura, como lo hizo a través de un memorial que dirigió a quien lo quisiese escuchar.

 


Un voluntario Realista de Atienza


El memorial del Voluntario Realista

   De su aventura se hizo eco la prensa de la época, quien comenzó retratando al personaje: “Don Manuel Sánchez, vecino de la villa de Atienza, fue uno de los que habiendo intervenido en casi todas las tentativas de aquel heroico país en beneficio de S.M., abandonando sus comodidades y familia, se incorporaron desde el primer momento a las tropas realistas organizadas en Sigüenza en 1823. Constante en su resolución, las acompañó hasta el momento en que tuvo que pasar a Francia, en compañía de uno de los individuos de la Junta a implorar socorros para aquella provincia devastada por la rabia de los revolucionarios; regresando desde Bayona con una comisión importante fue aprendido por los voluntarios de Tarazona, y conducido a Zaragoza, de donde salió entre las filas constitucionales del general Ballesteros”.

   Corría el mes de abril de aquel año de gracia de 1823 cuando nuestro hombre partió con 700 más, de Zaragoza, en dirección con Santoña, “con el barro hasta las rodillas”; en el que perdieron incluso el calzado. Habían caído prisioneros de los liberales y como tales prisioneros fueron tratados. Las desgracias que llevaron los presos hasta Tarragona, donde habían de ser embarcados camino de Cartagena, son incontables, calculándose que en el camino murieron unos doscientos, de los setecientos que integraron en principio la comitiva. En Tarragona les dieron víveres para dos días y: “nos pusieron en un barco de pescador con dirección a Cartagena, colocándonos a 50 en la capacidad de 30, y escogiendo por patrón a un corsario constitucional”.

   Tras once días de navegación, arribaron a puerto: “donde nos tuvieron a bordo 5 días, sin permitir que saliesen más de 10 de nuestro barco, y 50 de otros para el hospital. A los demás nos desembarcaron después con otros 450 que venían en diferentes barcos; los llamados cabecillas fuimos atados inhumanamente apenas saltamos a tierra; y con orden de fusilarnos al primer movimiento, emprendimos nuestra marcha para Málaga”.

   Durmiendo en los establos y tras las tapias de los cementerios; cambiando de rumbo unos días después de iniciado el camino; tomando el de Almería, para ser retenido en Motril desde donde, ayudado por uno de sus hijos que le siguió los pasos, pudo escapar ocultándose por caminos y veredas hasta poder cruzar la frontera francesa desde donde regresó con aquellos dichos “Cien Mil Hijos de San Luis”. Su relato, seguido al pie de la letra por quienes publicaron su historia, muy a pesar de que más se parecía a una novela que pudiera haber escrito don Pío Baroja, fue tenido por cierto ya que la expresión de su mirada no engañaba: “Vestido de arriero, con un sombrero redondo en la mano, amarillo su rostro, reducido ya a los huesos y el pellejo, la voz trémula y fatigosa le oímos referir una por una sus desgracias, a las que no llega con mucho esta relación que nos ha comunicado. Sentimos tener que rehacer el papel y angustiar el corazón de nuestra patria con la relación de unos horrores cometidos por hijos suyos contra sus propios hermanos; pero estas sombras realzan por otra parte la lealtad pura de sus verdaderos hijos, confundiendo la obra de esa filosofía enemiga de nuestro suelo, y dan margen a reflexiones profundas e interesantes. Lluvias, barros hasta la rodilla, desnudez, hambre, bayonetazos, sofocaciones en la habitación, fríos, naufragios, enfermedad, insultos padecidos por un realista que lucha a brazo partido con los sufrimientos y la muerte, son nada, son ambición, hambre de empleos, iniquidad a los ojos de la moral del siglo XIX”.

   Siglo que habría de perderse en el tiempo entre guerras e intereses sin cuento. Puesto que, como arriba indicábamos, a estas luchas seguirían las guerras carlistas que hasta en tres ocasiones, ensangrentaron el suelo patrio.

   No fueron menores los padecimientos que hubieron de soportar los vencidos constitucionalistas con su derrota, apoyado Fernando VII por los mismos franceses que años atrás habían arruinado prácticamente España con aquella guerra interminable de la Independencia. Los excesos de las venganzas reales contra sus opositores, de las que participaría nuestro paisano de Budia, Víctor Damián Sáez Sánchez, obispo de Tortosa y considerado como primer Presidente del Consejo de Ministros creado por el rey, quien desde su cargo promovió el decreto que condenaba a muerte a todo aquel que resultase sospechoso de liberal o masón; firmando la condena a muerte del General Riego para acto seguido llenar las cárceles con todo aquel que le pareció desleal.

   A tal grado llegaron sus desquites, condenas y represiones que, desde Francia, como cabeza de la Santa Alianza cuyas tropas al mando del duque de Angulema colaboraron a devolver el trono al rey Fernando, pidieron la destitución de su poderoso y sanguinario ministro de Estado, don Víctor Damián Sáez Sánchez, quien nombraba, condenaba y destituía a capricho.

   Aquel Voluntario Realista de Atienza, población en la que había nacido en torno a 1780, regresó de la guerra y sus penurias poco después de que aquellos sinsabores conociesen la luz; en Atienza tornó a su botica y aquí murió unos años después, sin duda acosado por los padecimientos de este tiempo, cuando la primera guerra carlista golpeaba la comarca.

   Su empeño guerrero fue seguido por alguno de los suyos, como que, a pesar de todos los pesares, como una constante que fue, la página guerrera continuaba y lo sigue haciendo, abierta. Como que, después de tantas como se han padecido a lo largo de la historia, todavía no hemos aprendido que las guerras matan.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 6 de febrero de 2026


HISTORIA DE LA VILLA DE ATIENZA


HISTORIA DE LA VILLA DE ATIENZA
DE LOS ORÍGENES AL SIGLO XIX

 

   Atienza, en el norte de la actual provincia de Guadalajara, fue desde siempre una villa con función defensiva, como ya recogiera el Cantar de Mío Cid. Emplazada en el extremo oriental de la divisoria entre el Tajo y el Duero, cerca también del sistema ibérico y de la raya de Aragón, ruta esta que guarda Sigüenza, sobre el Henares.  Tal función defensiva alcanzó gran importancia cuando la frontera cristiano-musulmana se situó por estas tierras, manteniéndose después por la oposición entre reinos cristianos hasta la unión de Castilla y Aragón. Convertida en centro comarcal, mantuvo su tono urbano durante siglos, perdurando su noble prestancia, su sobrecogedora belleza urbana, su historia… Como escribiese Antonio Lopez Gómez.

    Una población por la que se paseó la historia de España. Coronada por su imponente castillo; elevada a la cima del arte por su multitud de iglesias románicas; por la corona de su muralla.

   Todo hace que, Atienza, sea admirada, y admirable.

EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ
 

 

 

HISTORIAS DE LA VILLA DE ATIENZA

 

   Tendríamos que remontarnos a los albores del siglo XVII para encontrar la primera “Historia de la Villa de Atienza”, escrita y documentalmente preparada por quien fuera en aquel tiempo escribano del Concejo de Atienza, don Francisco de Soto y Vergara.

   Poco conocemos de la obra de Soto y Vergara, salvo que a partir de entonces sería utilizada por numerosos autores que, a partir del siglo siguiente, escribirían sobre la Villa de Atienza.

   Su densa historia, su entrada por la puerta grande de la historia de Castilla y por ende de España, la hicieron siempre apetecible a los escritores, literatos o historiadores.

   En la obra de Francisco de Soto basó numerosas de sus citas el clérigo e historiador Francisco Flórez, y la obra de Soto y Vergara se tomó como base de los escritos del “anónimo” beneficiado de la Iglesia Parroquial de Santa María del Rey, que dio a la luz, siquiera local, su “Breve Relación Historial de la Villa de Atienza”; a la par que esta salió la que escribió, relacionó y remitió al geógrafo Tomás López, en 1786, el también clérigo, arcipreste de la iglesia parroquial de San Juan del Mercado, don Joaquín de Iturmendi.


EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ

    Las nociones históricas del Sr. Iturmendi servirían, tiempo adelante, para nuevas historias, y citas en los diccionarios y enciclopedias que, a partir de los años finales del siglo XVIII se dieron a conocer en España, entre ellos los llamados de Sebastián Miñano (1827) y Pascual Madoz (1847).

 


 ATIENZA, CRÓNICAS DEL SIGLO XX (Pulsando aquí)


No hay comentarios:

Publicar un comentario

No se admitirán mensajes obscenos, insultantes, de tipo político o que afecten a terceras personas.