domingo, mayo 06, 2018

MEMORIA DE WENCESLAO ARGUMOSA BOURKE, Más que el nombre de una calle, un héroe del 2 de mayo



MEMORIA DE WENCESLAO ARGUMOSA BOURKE
Más que el nombre de una calle, un héroe del 2 de mayo


   El espíritu de don Wenceslao Argumosa Bourke, de noble sangre cántabra con mezcla de la vieja hidalguía inglesa, ronda las noches de luna llena, el viejo Madrid; el que media por la calle de las Huertas y las plazas del Ángel y Santa Ana, de las que fue vecino, y por cuyos entresijos debió de coincidir en más de una ocasión con el viejo conde de Montijo, no el padre, sino el tío abuelo de la emperatriz de los franceses. Y debe de rondar, digo, porque sus huesos fueron enterrados en el viejo cementerio de la iglesia de San Sebastián, vecino de la casa que habitó Luis de Góngora hasta que la mala uva de su casero lo puso de patitas en la calle. Su casero, aquel espadachín con mala leche y peores modos que se llamó Francisco de Quevedo. Y digo deben de rondar, también, porque en una de esas, cuando se levantaron los huesos del cementerio para dedicar el chaflán de la calle a usos más comerciales, sus restos, los de don Wenceslao, se mezclaron con otros héroes de la Patria que por allí anduvieron y: ¡vaya usted a saber dónde se encuentran!

   Sí, fue un héroe de la Patria, a su manera, con la letra y la palabra, principalmente, ya que fue uno de esos hombres que con letra y palabra alcanzan la gloria. Y con los gestos, ya que sus gestos llevaron a un reino a ensalzar a sus héroes. Su hermano, don Teodoro, que  no tiene calle, aunque también alcanzó la gloria, lo hizo con los cañones del navío “Monarca”, en la Batalla de Trafalgar.



   Ambos vieron la luz en Guadalajara donde su padre, don Ventura de Argumosa y de la Gándara, lo fue todo: corregidor, intendente y subdelegado de las reales fábricas de paños. Por parte de madre era descendiente del conde de Clarinkard, uno de aquellos que, tras el paso de Felipe II por aquellas tierras, las inglesas, se vino a estas por seguir manteniendo su religión, y aquí se quedó. La madre de don Wenceslao se llamaba Concepción Bourke de Parry y algunos apellidos más. Don Wenceslao nació el 27 de septiembre de 1761 y fue bautizado en la iglesia de San Esteban.

   La vida, que como en tantas ocasiones decimos es el río que nos lleva a la mar, que es el morir, llevó a la muerte a los progenitores de nuestro protagonista cuando este se encontraba todavía dando los primeros pasos por la vida; estudiando en la capital de la provincia, unas veces con la madre, otras con los jesuitas en el Jardinillo de San Nicolás, y muchas más con uno de aquellos maestros particulares que, quienes se lo podían permitir, contrataban. Un italiano de nombre César Branchi.

   La orfandad llevó a nuestro héroe a ponerse en manos de su padrino y tutor, don Francisco de Lorenzana, el famoso Cardenal, entonces en Alcalá, donde se llevó a nuestro paisano, y en donde nuestro aplicado muchacho estudió Filosofía; y acompañando al Cardenal continuó por Toledo, Madrid y Valladolid ampliando estudios, de Derecho Civil y Canónico, antes de tomar el camino de Bolonia, donde en aquellos tiempos se encontraba uno de los principales centros de estudios para grandes genios de nuestros reinos, el Colegio de San Clemente de los Españoles, del que llegó a ser historiador, Archivero Decano y Catedrático de Cánones, antes de tomar el regreso a España en los primeros años de la década de 1790.

   En Madrid abrió bufete de abogado, como hoy diríamos, y por su despacho, por aquello de que ya traía la lección aprendida y que su nombre sonaba a historia; y que sus dotes de orador llamaban la atención en las tertulias de la época, comenzaron a pasar los nobles de mayor abolengo, y los casos de más enjundia, lo que, unido a su éxito en defensa de los intereses de su dispar clientela lo llevó a ser, tal vez, el más mediático letrado de su tiempo.





   En pleno éxito profesional contrajo matrimonio con una hermosa mujer, descendiente de nobles apellidos, y pariente, como en los tiempos estaba igualmente aceptado; doña Catalina de la Bárcena, que a poco que nos metamos en esto de la genealogía veremos que también son cántabros sus orígenes. Del matrimonio nacieron nada menos que diez hijos, todos, salvo la niña Luisa, fallecieron en edad infantil. Asunto propio de épocas pasadas.

   Llegaron los días en los que el mal gobierno del reino entregó este al todopoderoso Napoleón; los días ácidos en los que las gentes del pueblo se levantaron en armas contra los franceses; los fusilamientos del 3 de Mayo; los años en los que los que los españoles se echaron al monte para, guerrilleando, tratar de terminar con aquella ocupación y librar a España de sus desagradables inquilinos. A nuestro hombre, desde Bayona, donde se establecieron los consejos, lo llamaron para que se pusiese del lado de los enemigos; para ser ministro del intruso rey José; y como no aceptó el trato, con otros españoles salió prisionero camino de Francia, y en Francia y sus prisiones anduvo desde aquellos inicios de la Independencia hasta que se logró expulsar de suelo patrio al enemigo. Regresó, como lo hizo don Fernando VII, el rey que en poco tiempo pasó de ser “Deseado”, a ser  “Indeseable”. El rey lo nombró héroe, le colgó unas cuantas medallas, le dio títulos, lo nombró su Secretario y, entre otras dedicaciones, pasó a ser abogado general de la Casa Real. También académico de las más importantes, entre ellas la Real de San Fernando.

   Cuentan sus coetáneos que fue el arriacense que con mayor intensidad brilla en el foro español, donde precediendo a Arrazola (don Lorenzo, que llegó a los más altos escalafones de la Patria), llegó a igualarle, si es que no lo superó.




   Como abogado nos dicen que era un portento de memoria, al extremo de no leer pleitos sino por los extractos. Y todavía nos dicen más: Hasta el fin de su vida acompañó a Argumosa el exquisito acierto con que dirigió todos los negocios que le confiaron. No extraña que fuese llamado para redactar el Código Civil, y otras leyes de las que se comenzó a dotar la legislación española.

   Hizo algunos intentos de entrar en el mundo de la historia a través de la literatura, y solicitó del entonces Príncipe de la Paz, don Manuel Godoy, la licencia necesaria para meter las narices en los reales archivos de los grandes palacios a fin de escribir sobre ellos, complementando las obras de Antonio Ponz, permiso que le denegó Godoy, y obra que se quedó sin hacer.

   Lo que sí que llegó a publicar fue un librito que es todavía, casi doscientos años después, lectura de cabecera de aquellos tiempos que vivió y conto en primera persona: “Los cinco días célebres de Madrid”. Que fueron, a su saber, el 19 de marzo de 1808, cuando Carlos IV abdicó en Fernando VII encontrándose en Aranjuez; los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid; los del 1º de agosto tras la batalla de Bailén; la entrada de Napoleón en Madrid; y la jura obligada de la Constitución por Fernando VII, el 9 de marzo de 1820, tras los avatares que a punto estuvieron de costarle la corona.





   Y todavía se hizo célebre por algo más, ya que fue, sino el iniciador, si uno de los primeros en levantar la voz para alzar un monumento a los héroes del 2 de mayo de 1808. Las crónicas de aquellos tiempos, en los que nuestro ilustre paisano alzó la voz y tomó la pluma nos dicen que propuso a la Real Academia de San Fernando, y esta aceptó, abrir concurso para alzarlo. Y puso el premio que había de recibir el ganador, 20 doblones.

   Lo ganó un notable arquitecto, don Isidro González Velázquez. Se puso la primera piedra del monumento el 2 de mayo de 1821; la última, al mediodía del 25 de marzo de 1836; y se inauguró el 2 de mayo de 1840. Sí, ya sabemos cómo van algunas cosas en palacio… despacio. Ya había fallecido; lo hizo en Madrid, el 28 de noviembre de 1831 siendo, como decía su lauda sepulcral: Buen esposo, padre tierno, hombre de bien, célebre jurisconsulto, orador distinguidísimo…

   Y su memoria, como la de los héroes, se perdió cuando a alguien se le ocurrió que un cementerio, en el centro de una ciudad… no podía ser.
   Su memoria, lo aseguro, da para mucho más.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria,
Guadalajara, 4 de mayo de 2018

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