NAHARROS DE ATIENZA Y SU MAESTRO POETA
Que describió en verso la fiesta del lugar
Naharros, o para mejor distinguirla de otras de las numerosas
poblaciones que se denominan de la misma manera, Naharros de Atienza, se tiende
en uno de esos ángulos de la Sierra Norte que quedaron alejados de cualquier
parte del mundo. Desde allí, desde Naharros, asomando un poco la cabeza se
atisban a ver las torres de Atienza, que dominan el paisaje por completo, y
desde Naharros, el río Cañamares que pudo seguir en su destierro el Cid Ruy
Díaz, debió de ir abriendo paso al Barranco del Hierro, que conduce a
Hiendelaencina. Esta es tierra oscura, de pizarra negra, por donde la minería
hizo de las suyas en el siglo XIX. Ahora otro tipo de minería se va comiendo,
como si de un flan azucarado se tratase, las montañas que median entre la villa
de la tierra, y Naharros. Por encima del altillo de Cerro Pozo ha cambiado el
paisaje y la montonera de grava que empezó a salir de aquellos cerros en la
década de 1960, y lo continúa haciendo, ha devorado ya los salientes y mudado
el entorno, como el paisaje va cambiando con disgusto de quienes a diario lo
miran y respiran.
Cuando aquello no ocurría, cuando las máquinas no quitaban al monte nada
de lo que no fuera suyo, a Naharros y su entorno lo cantaban los poetas; desde
aquí firmó Gerardo Diego su incomparable “Atienza de los juglares, alto
navío de ruinas…”, que lo era en aquel 1927 de la historia; y para las
gentes de Naharros escribió, o describió, el entorno de la fiesta del pueblo,
por San Roque, Modesto Manzanero Gismera: “Queridos padres y hermanos, y
amigos en general, con cariño les saludo, en esa festividad…”
Naharros de pizarra negra
Cosa de ver, era hace cincuenta o sesenta años Naharros, cuando la
pizarra negra cubría como boina eterna las techumbres de sus casas al
deslizarse manso el coche de línea, dejándolo a un lado, con su aspecto pobretón,
tras el paso del vehículo por la sin par Hiendelaencina al dirigirse a Atienza
que, ya por esos años comenzaba a espabilar en cuanto a reconstrucciones se
trataba. Mientras Naharros se mantenía como estampa del tiempo pasado; con la
puerta abierta a una marcha incesante de sus habitantes, que iban dejando el
rastro de su partida a través de las puertas y ventanas cerradas de sus casas
que el tiempo fue llenando de heridas, de zarzales arañando sus paredes
primero, y desgarrones de los muros y tejados después; hasta que llegó la hora
de alzar la cabeza, coser los rasgaduras y volver a mostrar con aquella
hidalguía que debió de tener cuando por aquí se fueron aposentando sus primeros
pobladores, que debieron de venir, como tantos más, de las tierras norteñas.
Naharros, o Narros, es nombre un tanto corriente en pueblos castellanos,
fundados después de la reconquista de esta parte de la tierra por 1085, cuando
Navarra, el origen de los pobladores de estos, también era Nafarra y, como nos
dejase escrito don Antonio Llorente Maldonado, siguiendo las líneas de don
Claudio Sánchez Albornoz: “se habían generalizado los nombres de Nafarra, Navarra, y
nafarros, naharros o navarros”. Añadiendo que: “estos nombres de lugar de origen étnico o
gentilicios, se deberían a repobladores navarros que llegarían a la Extremadura
castellana y a la leonesa “tal vez bajo el reinado de Alfonso I de Aragón. Y, de aquí, los Narros, Naharros,
Naharrillos, Nafarrillos, Navarrillos…
Naharros
(de Atienza) no fue nunca entidad de subido número de habitantes, puesto que
desde que se tiene memoria censal no pasó por mucho del centenar; en ocasiones
llegó hasta los ciento veinte y, poco más; unido desde la década de 1840 al
municipio de La Miñosa, siendo anejo de este, con algunos otros de vecindad
paisajística. Aún así, siempre tuvo su encanto, su historia y su iglesia de San
Juan Bautista, como el municipio, aneja de la de La Miñosa. Iglesia que llegó a
contar con una buena imagen mariana, de época románica; y cruz procesional de
Mateo de Valdeolivas, tallada en plata en plena apoteosis del barroco;
cofradías dedicadas a la Virgen del Rosario y a la Vera Cruz; y fiesta grande
por San Roque.
Modesto Manzanero Gismera, maestro y poeta
Modesto Manzanero Gismera, maestro que fue, natural de Naharros nació en
los últimos años del decenio de 1880, hijo del matrimonio compuesto por Pedro
Manzanero Somolinos y Nicanora Gismera Pérez, ambos naturales de Naharros, en
donde Modesto fue bautizado en su iglesia parroquial de San Juan Bautista,
llevando a cabo sus estudios, de Magisterio, en Guadalajara. Los concluyó al
final de la década de 1910. Este año aspiraba a que se le concediese plaza como
interino en algún pueblo cercano al suyo, en tierra de Atienza, aunque la mala
suerte le alejó un tanto, pues se le concedió la escuela interina de Anquela
del Ducado. De Anquela pasó a Sigüenza; de aquí regresó a Naharros, antes de
partir para Paredes y seguir hacia Cardeñosa, hacer un alto en Hijes y marchar
a Trillo; todo ello entre 1910 y 1912; en ese calvario viajero que tenían que
seguir en este tiempo los maestros que no disponían de plaza fija en ninguna
parte, y tenían que aguantar las idas y vueltas de numerosos ayuntamientos para
los que el maestro, más que hombre de saber que mostraba el camino a los
futuros descendientes de las poblaciones respectivas, era más que otra cosa un
enemigo del pueblo, ya que sacaba a los chiquillos del trabajo, por más que les
diese letras.
De ello se quejó Modesto Manzanero, como lo hicieron multitud de
docentes de aquel tiempo a través de la prensa a ellos dedicada; Modesto
Manzanero fue habitual en las páginas de semanarios como La Orientación, a
través de los que dejó retazos de sus traslados: “He solicitado cuantas vacantes se anunciaron en las provincias de
Guadalajara, Madrid, Toledo, Soria, Ávila, Segovia, Zaragoza, Teruel y
Valladolid y todas se han provisto antes de llegar a mi número. ¿No es esto
para clamar al cielo? Cuatro años hace que estoy en este destierro… y sin poder
salir de él. Como pensaba volver pronto a mi país (Guadalajara), dejé allí los
cuatro muebles que tenía y esta es la fecha que ni he vuelto, ni se cuándo
volveré. Lo que sí sé es que encontraré mis muebles ya podridos…” Escribía desde Lugo, a donde le mando el
destino, en 1919; casado ya y padre de familia. Se le había adjudicado entonces
la escuela de Peñalén, tras la renuncia de su maestro, pero hechas las maletas,
el de Peñalén volvió sobre sus pasos y se anularon los sueños. Dejó
definitivamente Lugo en 1923 y dos años después, en 1925, alcanzó su sueño: ser
maestro de la escuela de su pueblo.
Antes de ello, en 1921, dejó escrito su
poema en torno a Naharros y sus fiestas, con esa alegría del mozo que parte a
horizontes lejanos y añora la tierra madre:
Ruego a Dios paséis la fiesta,
buena, buena de verdad,
por arriba, por abajo,
por delante, y por detrás…
No todo fue bueno en su vuelta a Naharros;
primero llegó la muerte de su esposa; después la guerra; más tarde el
pensamiento de que sus ideas no eran buenas para la chiquillería, lo que le
llevaría a la inhabilitación en sentencia de juicio en Consejo de Guerra…
Aventuras y desventuras de un maestro de
pueblo en tiempos duros; que se despidió con alegría de sus paisanos, los
mismos que celebraban la fiesta de San Roque, sin él: “un abrazo para todos, que les mando en general…”
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la
memoria/ periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 7 de agosto 2026
NAHARROS DE ATIENZA
NAHARROS; en Tierra de Atienza
Los tres diccionarios de consulta para los pueblos de Guadalajara, publicados en el siglo XIX, el de Sebastián Miñano de 1827, Pascual Madoz de 1848, así como el Nomenclátor de la Diócesis de Sigüenza de 1886, hablan de Naharros con parquedad, si bien los tres coinciden en algo, en que “se halla situado en terreno áspero, con clima frío y excelente ventilación”.
No son muchos los datos históricos que se ofrecen, salvo el número de sus habitantes, o vecinos: 40 según el Nomenclátor, que equivaldrían a unos 120 habitantes; 137 cuenta Miñano que tenía en 1827 y en torno a los 100 son los que pone Madoz. Los tres señalan que depende del municipio de La Miñosa; y en cuanto al nombre igualmente le dan distintas acepciones: Narros para el Noménclator; Naharros para Miñano y Madoz.

NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)
En cualquier caso aclaremos un extremo: Naharros, como tantas otras poblaciones, ha cambiado mucho desde aquellos remotos tiempos a la actualidad. Un simple vistazo a su caserío nos lo muestra, si bien ha perdido algo de su identidad; hasta la década de 1960 era conocido en la comarca como “el de los tejados de pizarra”, cuando todavía no estaba descubierta la ruta de los pueblos negros y Naharros era uno de tantos, si bien algo alejado de aquellos, al pie de la carretera que desde Atienza conduce a Hiendelaencina, en un paraje de excepcional belleza, a pesar de la pobreza y aridez del terreno.
Su origen hay que buscarlo en las repoblaciones que se llevaron a cabo en Castilla tras la conquista de Toledo, avanzado el año 1100, y el topónimo del nombre ya nos da a entender quiénes fueron sus pobladores, originarios del entonces reino de Navarra, probablemente llegados a estas tierras, como tantos otros repobladores de la Vieja Castilla, atraídos por las exenciones de Alfonso VI y Raimundo de Borgoña.
NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)
Son muchos los estudios sobre la toponimia vasca en Castilla llevados a cabo a lo largo del siglo XX, y algunos señalados, como los Salvador de Madariaga o Antonio Llorente Maldonado de Guevara, en los que se profundiza en la materia, dando cuenta de cómo, el origen del nombre, así como sus primitivos pobladores, llegan de aquella zona, anteriormente reino de Pamplona, así como de la multitud de poblaciones que, en Castilla, llevan un nombre semejante: Narros, Naharros, Narrillos, Naharrillos, etc., la mayor parte de ellos pertenecientes, al día de hoy, a las provincias de Avila, Segovia, Salamanca, Cuenca y, por supuesto, nuestro Naharros de Guadalajara.
NAHARROS, EN TIERRA DE ATIENZA (El libro, pulsando aquí)
Algunos autores aseguran que esta repoblación de navarros al otro lado del Duero se produjo a partir de la batalla de Las Navas de Tolosa.



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