viernes, enero 17, 2020

EL GENIO DE BRIHUEGA. Justo Hernández Pareja, que puso en funcionamiento las Reales Fábricas de Paños


EL GENIO DE BRIHUEGA
Justo Hernández Pareja, que puso en funcionamiento las Reales Fábricas de Paños


   Cuando a don Justo Hernández y Pareja, natural de Brihuega, en la provincia de Guadalajara y avecindado en Madrid, como uno de los hombres con mayores inversiones en el mundo de la ganadería, ovina y de toros de lidia, se le ocurrió poner camisas a las ovejas de su propiedad que pastaban por los campos de la Alcarria, el mundo madrileño se echó las manos a la cabeza, imaginando sin duda que a don Justo se le había soltado alguna neurona.

   Todo se trataba de un ensayo que, de obtenerse buenos resultados se extendería a toda España, con la aprobación gubernamental. Del ensayo se elevó el correspondiente informe al Gobierno. Tenía por objeto mejorar la lana de las ovejas merinas españolas, para que no sufriesen las alteraciones producidas por las fuerzas de la naturaleza, esto es, librarlas del agua en tiempo de lluvia, o de la suciedad o el barro o cualquier otra inclemencia que las pudiera afectar. La comisión gubernamental, reunida en Madrid el 18 de enero de 1850 dictaminó que, a pesar de que la lana de las ovejas encamisadas presentaba mejor aspecto que las que no lo fueron, no se podía dictaminar fehacientemente que fuese método efectivo. A pesar de dar libertad a los ganaderos para que cada cual hiciese de su camisa un sayo, o mejor, que encamisase a sus ovejas, o no.



   Fue solamente una de las muchas iniciativas de este genio de Brihuega que pasó la mitad de su vida reinventándose a sí mismo, y generando una riqueza, propia y para la propia Brihuega, que muchos quisieran en los tiempos que nos corren.

   Nació don Justo en la Brihuega de los inicios del siglo XIX, el 9 de enero y, como nos apuntase su sobrino y heredero, don Justo Hernández Gómez cien años después, durante toda su vida dio pruebas de cómo una persona de claro talento, constancia en el trabajo, prudente economía y acrisolada honradez, puede llevar, aun sin poseer vasta ilustración, desde la posición más modesta a las alturas de una respetable fortuna, sólo por su esfuerzo individual y sin ayuda ajena, y sin que nadie pueda molestarse de su encumbramiento, por encontrarlo legítimo.

   Y, sobre poco más o menos, así fue. Con la ligera ayuda de haber contraído matrimonio, con apenas veinte años de edad, con doña Josefa López, la hija mayor de quien fuese tesorero de las Reales Fábricas de Brihuega. A pesar de que para entonces la familia ya estaba establecida en Madrid, donde regentaba uno de los más importantes emporios de la lana.

 LAS FERIAS DE BRIHUEGA, EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ


   Cierto, a don Justo Hernández no se le puso nada por delante y con una ágil visión de futuro comenzó a invertir en proyectos que por aquellos tiempos sus coetáneos no comprendían, como el alumbrado de las calles, o la uniformidad de los empleados municipales. Fue, don Justo, el primer concesionario conocido de la iluminación de las calles madrileñas en la primera mitad de ese por descubrir siglo XIX. Claro está, que cuando él iluminó las calles ni existía la electricidad ni mucho menos el petróleo, por lo que las iluminó con farolas que consumían aceite de oliva, traído de Andalucía.

   De inversión en inversión, que a ninguna hacía ascos, llegó a la que más popularidad le dio a lo largo de casi cincuenta años, la de ganadero taurino en una España que no concebía espectáculo o fiesta sin toros, llegando a ser, durante más de veinte años empresario taurino de la primera plaza de Madrid, en la que se torearon con éxito toros de sus ganaderías, pues adquirió las más renombradas de Andalucía y Salamanca. En ocasiones tuvo por socio, en la empresa madrileña, al marqués de Gaviria, importante banquero de este siglo; y en la plaza de Aranjuez, que igualmente gestionó durante años, al no menos importante hombre de negocios y otros asuntos, don José de Salamanca, marqués de su apellido.

   También invirtió en otro negocio en boga entonces en el siglo XIX, y que continuó en auge hasta bien entrado el siglo XX, la tala y transporte de maderas por el Tajo, desde las altas sierras molinesas, hasta Aranjuez e incluso Lisboa. Sin que faltase Madrid, en donde tanta madera se necesitaba entonces para levantar la enormidad de edificios que por aquellos tiempos cambiaron la fisonomía de la capital del reino y, metidos en el terreno de las obras y como los edificios necesitaban teja para cubrir los tejados, organizó unas cuantas tejeras, por Brihuega, y por la provincia de Madrid. Teja y ladrillos con los que, se cuenta, se construyeron las galerías bajas del Palacio Real de Madrid, en los costados de la plaza de la Armería.

   También poseyó, junto a sus ganaderías de reses bravas, alguno de cuyos toros se hizo famoso en el ruedo después de recibir más de veinte puyados, una de las mejores yeguadas de la madre patria, de la que salieron algunos de los mejores caballos que en el siglo XIX exhibió el Ejército español.

   Sus ovejas merinas, las de la camisa, fue las que adquirió al marqués de Cerralbo, quien fue poseedor de una de las cabañas merinas más grandes de España, con lo que nuestro hombre adquiría, al tiempo que las ovejas, una industria en aquel siglo de indudables dividendos, ya que la lana era parte de la riqueza nacional. Su rebaño, de más de veinte mil cabezas, empleó a varios cientos de personas. Y a lo largo de su vida sostuvo a otros tantos cientos de familias brihuegas que trabajaron para sus industrias, fuesen la de tejas y ladrillos o, mediado el siglo, para la Real Fábrica de Paños, que por entonces en desuso, adquirió al Estado para fundar en ella una más de sus industrias y dejar para el futuro de Brihuega todo un emblema de prosperidad. Reparó lo reparable, mejoró lo mejorable, y dio al futuro un edificio, y unos jardines que, tras su renovación, son hoy la admiración de España.

   Claro está que todo ello le generó el suficiente capital como para levantarse en Madrid una especie de palacete, sobre el mismo solar en el que se levantó la iglesia de San Salvador, actualmente en el número 70 de la calle Mayor –entonces el 108-, donde pasó a residir la práctica totalidad de la familia de los Hernández Pareja y los López Bermejo –por la parte de su mujer.

   No fue esta su única adquisición inmobiliaria, ya que también adquirió por tierras alcarreñas el famoso coto y monte de Anguix, castillo incluido, en el término municipal de Sayatón, hasta entonces propiedad del marqués de San Juan de Piedras Altas. Se cuenta que allá descuajó medio monte para dedicarlo a la labor, en la que se emplearon una docena de yuntas; plantando 12.000 olivos y otras 50.000 vides, empleando en ello, claro está, a la mayoría de los hombres de los pueblos del entorno.

   Sus productos agrícolas y ganaderos se exhibieron en las grandes exposiciones universales de París y Londres y, como no podía ser de otra manera, en hombre de tantas iniciativas, también tuvo su vena política, como los grandes hombres de su tiempo. Don Justo comulgó con las ideas liberales y tomó parte de aquellos sucesos que el 7 de julio de 1822 a punto estuvieron de derribar del trono a Fernando VII. Después continuó en las filas del liberalismo, siguiendo sin dudar a Espartero y a O´Donell.






   También representó a Brihuega en las Cortes, a partir de 1858 y hasta que la edad y sus muchas ocupaciones se lo permitieron.

   Nos dice su sobrino que don Justo falleció en Madrid el 10 de marzo de 1870, sin dejar descendencia, rodeado de sus hermanos y de numerosos sobrinos, a los que dejó toda su hacienda.

   Las crónicas de aquel día nos cuentan que falleció a las tres de la tarde, aunque para ser exactos fue a las tres menos diez, un jueves pardo y frio en Madrid. Su mujer, doña Josefa, con la que contrajo matrimonio cuando ella acababa de cumplir los diecisiete años de edad, se le adelantó en el viaje. Sus hermanos, Antonio, que continuó con las ganaderías de reses bravas, y su hermana, doña Ana, se encargaron de presidir las honras fúnebres en la Sacramental de San Isidro, donde recibió sepultura.

   Sin duda fue todo un genio, de Brihuega, que tanto poder tuvo que, incluso, rechazó todos los honores que le fueron ofrecidos, desde las medallas y grandes cruces que otros buscaron, a los títulos nobiliarios con que otros se cubrieron.

   Marchó el genio, y quedó esta tierra sin hombres de su talla.



Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria

No hay comentarios:

Publicar un comentario

No se admitirán mensajes obscenos, insultantes, de tipo político o que afecten a terceras personas.