domingo, enero 17, 2016

HIENDELAENCINA: Las sediciones de 1854/1855



HIENDELAENCINA:
Las sediciones de 1854/1855


Tomás Gismera Velasco
 

   Desde el comienzo de la explotación minera de la plata en Hiendelaencina, a la población comenzaron a llegar todo tipo de personajes con ánimo de buscarse la vida, la mayor parte de ellos de una manera digna, trabajando en la mina. Otros habrá que en torno a las mismas minas buscarán la forma de ganarse igualmente la vida, pero de una manera más fácil, a través del juego, las trampas, los casinos, el robo…

   Incidentes que dieron comienzo desde el mismo día en el que camino de Madrid salió la primera remesa de plata, el miércoles el 11 de abril de 1847, consistente en veinte tortas con un peso total de 994 marcos que ha recibido el Banco de Fomento como principio de las frecuentes partidas que han de llegar sucesivamente… El cargamento fue escoltado, en previsión de incidentes, por un cuerpo de veinte hombres armados.

   En apenas unos meses la población de Hiendelaencina se multiplicará por algunas decenas, llegando a pasar de los doscientos o trescientos vecinos a las tres o cuatro mil personas que, a pesar de parecernos un número inmenso en relación con la población anterior, nunca serían suficientes para llevar a cabo la extracción del mineral, pues constantemente se pedirá la llegada de nuevos trabajadores dispuestos incluso a perder la vida a consecuencia de unas condiciones laborales que dejarán mucho que desear. En 1850 ya se ocupaban en la minería de la plata entre 2.800 y 3.000 hombres. Sólo en la planta de La Oportuna, que comenzaba a levantarse por entonces, la plantilla superaba los 400.

   Por entonces, 1850, se encontraba en construcción la nueva iglesia, el parador en el camino de Alcorlo, varias casas en la plaza, abrevaderos para el ganado, lavaderos e incluso un nuevo poblado, ya que en algunas casas llegaban a hacinarse hasta 50 personas.

   Ello originará, junto a la situación política que vive España no pocas revueltas entre los mineros, unas veces pidiendo mejoras en su vida laboral, en otras aumento de jornales, algunas más reducción de horarios de trabajo y no faltarán tampoco las que se originen por motivos políticos, unas veces en contra de la monarquía constituida, y otras de sus ministros.

   Son unas cuantas las revueltas que tienen lugar entre 1845 y 1890, de la mayoría de ellas apenas queda otro testimonio que el de saber qué algo sucedió, de otras tenemos algo más, como es el caso de la ocurrida en el mes de mayo de 1854.

   La referencia nos viene a través del capitán que mandó las fuerzas que ayudaron a sofocarla, después de que otra información anterior colgase del entonces juez de Instrucción de Atienza la gloria de haber sofocado la revuelta. La carta, publicada a través de la prensa se dirige a don Práxedes Mateo Sagasta, entonces periodista y director del diario La Iberia:



LA SEDICIÓN DE HIENDELAENCINA, DE 1854
A DON PRÁXEDES MATEO SAGASTA
   Sr. Don Práxedes Mateo Sagasta.
   Muy Sr. mío y de mi particular consideración:

   En el número 3.608 de su ilustrado periódico correspondiente al día 4 del actual, aparece un remitido de las islas Baleares encomiando los méritos y servicios del juez cesante don Francisco García Franco, que aun cuando soy el primero en reconocer, no puedo, sin embargo, guardar silencio respecto de uno de los hechos que se mencionan, toda vez que se asegura muy formalmente que el Sr. Franco siendo juez de Atienza el año 54 (1854) “sofocó una sedición en Hiendelaencina”. Esto no es exacto, y voy a demostrarlo.

   El 27 de mayo del referido año de 1854 hallándome con mi batallón de Chiclana en Guadalajara, recibí una comunicación del Gobierno militar en la que se me ordenaba que al frente de dos compañías y de cuarenta hombres de la Guardia civil, pasase a restablecer el orden público alterado en el pueblo de Hiendelaencina, debiendo antes de emprender la marcha, recibir las oportunas instrucciones de la Junta de gobierno de la provincia. Sin pérdida de tiempo me presenté a la Junta, la que me previno entre otras cosas que tanto a mi llegada al punto sublevado cuanto diariamente le diese un parte motivado de todas cuantas medidas adoptase y fuesen por consiguiente encaminadas a restablecer a todo trance el orden. A las cuatro de la tarde del mismo día emprendimos la marcha, y sin más descanso que media hora en un pueblo del tránsito, anduvimos toda la noche llegando a las diez de la mañana a Hiendelaencina, encontrándome en la plaza del pueblo a los señores de ayuntamiento y junta de gobierno, animados del mejor deseo a favor del orden, y anatemizando por consiguiente la conducta de los trabajadores mineros que a pretexto y a la sombra del movimiento nacional, se habían entregado a todo tipo de linaje de atentados.

   Inmediatamente se procedió a la redacción de un bando que se fijó en los parajes públicos intimando a los sublevados a que entregasen las armas en la guardia de prevención instalada al efecto, lo que tuvo lugar con el mayor orden y sin que se diese un solo caso de resistencia. Después de ocurrido lo expuesto, el señor juez de Atienza se sirvió pasar a mi alojamiento donde conferenciamos

y nos pusimos de acuerdo, exigiéndolo yo a nombre de la junta de gobierno de la provincia una relación nominal y diaria de todos  los individuos que sucesivamente fuesen resultando aprehendidos por complicidad en los sucesos.

   A los pocos días dio por terminado el señor Franco su cometido en Hiendelaencina, y al participármelo me pidió una escolta que le facilité para la custodia de los presos hasta Atienza, todo lo cual al ponerlo en conocimiento de la Junta de gobierno de Guadalajara, dejó a mi elección el regreso a la capital o la continuación en Hiendelaencina, optando yo por el primero de estos extremos, puesto que el orden estaba completamente restablecido y los culpables en poder del tribunal competente.

   De regreso en Guadalajara me presenté al Gobernador militar quien a nombre del gobierno supremo, a la sazón el general San Miguel, me dio las gracias como igualmente la Junta de Gobierno, que a más pasó una comunicación laudatoria al jefe de mi cuerpo previniéndole que fuese insertada íntegra en mi hoja de servicios.

   Por último en un manifiesto de 30 de julio dado por la Junta de gobierno a los habitantes de la provincia se decía entre otras cosas lo siguiente:

   La Junta entre otras cosas acordó pasasen dos compañías del brillante batallón de cazadores de Chiclana y cuarenta hombres de la Guardia civil, y hoy tiene la satisfacción de expresar a la provincia que el orden se haya restablecido, habiéndose salvado aquella población del saqueo e incendio que debió sufrir la noche del 28 y que reunidos en ella la Junta auxiliar de gobierno, el juzgado de Atienza con un individuo de la junta del partido, y el capitán de la fuerza don Ramón Calderón, han tomado cuantas medidas han creído convenientes para que las personas y bienes sean protegidos y no se vuelva a alterar por nadie el sosiego público, estando ya en poder de los tribunales más de sesenta individuos de los que se creen comprometidos en los atropellos ocasionados antes de llegar la fuerza.

   Sin abrigar la intención de menoscabar los merecimientos adquiridos por el señor Franco en aquellos sucesos, queda no obstante probado con el simple relato que el señor juez de Atienza no sofocó la sedición de Hiendelaencina de 1854.

   Me atrevo señor director a rogar  a Vd. se sirva insertar en su ilustrado periódico las anteriores líneas por lo cual le quedará reconocido su seguro servidor y correligionario que besa su mano.
Ramón Calderón. Barraco, Avila, 18 de abril de 1866.
La Iberia, jueves 19 de abril de 1866.

   Parece que todo había comenzado en la plaza del pueblo, en una simple pelea en la que se pasó de las palabras a los puños y de estos a las navajas, perdiendo la vida un joven, aquello se aprovechó para, ya puestos, cargar contra las autoridades.

   Informaciones poco claras dan cuenta de incendios y robos en distintos lugares de Hiendelaencina, con varios asesinatos y más de cien detenidos que fueron distribuidos entre las cárceles de Atienza y Guadalajara,

hasta formarse las diferentes causas. El juez, Francisco García Franco llegó a la población antes de que lo hiciese el ejército, según parece, con la Guardia civil, recibiendo la felicitación expresa del Gobierno del reino. Entre los intervinientes en sofocar la revuelta también se encontró el capitán de las milicias de Guadalajara, Cristóbal Olmedo, que fue propuesto para recibir la Cruz de Isabel la Católica, y el teniente José María Lens, más tarde vinculado a la minería de Hiendelaencina, a quien se le concedió la Cruz de María Isabel Luisa.

   Al parecer, parte de la rebelión estuvo provocada por un hombre, a quien llamaban Tillas el Herrero, quien desapareció en las revueltas y no pudo ser apresado.

   Francisco García Franco apenas estuvo en Atienza parte de ese año de 1854 y los comienzos del siguiente, en que fue trasladado a la localidad de Puente del Arzobispo. Más tarde recorrió una parte de la Península para terminar en Madrid, convertido en lo que hoy llamaríamos juez estrella ya que le tocó investigar, ni más ni menos, que el asesinato del general Juan Prim en la calle del Turco.

   Se levantaron en esta ocasión los mineros, abandonando el trabajo e iniciando los consabidos desórdenes que, al tener conocimiento del hecho en Madrid, trató de sofocarse enviando a la población una columna de tropas compuesta por los regimientos de Infantería del Príncipe, Constitución y de Gerona, con otras fuerzas de caballería asentadas en Guadalajara que entrarán en la población a tiro limpio, sofocando la revuelta en apenas unas horas. La información que entonces se publicó daba cuenta de que:

   Ayer por la mañana (30 de mayo de 1855), salió de ésta Corte una columna compuesta de tropas de los regimientos de Infantería Príncipe, Constitución y Gerona, con algunos caballos. Estas fuerzas se reunieron en la venta del Espíritu Santo desde donde tomaron, según se asegura, el camino de Hiendelaencina. Supónese que se había tratado de excitar a la rebelión a los trabajadores en las minas, y que para impedir que los instigadores consigan su objeto, se situará esta columna en aquella comarca.

   En Madrid, y dentro de la investigación tendente a sofocar la misma revolución, fueron detenidos Fernando Olmeda, sobrino del comisario de Cruzada; Agustín Pacheco, capitán de la Orden Tercera; Juan Guardanilla, sacristán mayor de la iglesia de Atocha; el padre Godinez, rector de las monjas de la Buena Dicha; Juan Vicente Guerrero, jefe del Estado Mayor de Cabrera; y Miguel Goicoechea, comandante de Cabrera.
  
      Las fuerzas enviadas a Hiendelaencina las mandaba el coronel Villacampa. Nada sabemos de muertos o heridos, puesto que la censura periodística no permitió entonces, como antes y después, dar cuenta real de lo sucedido. Si conocemos que varias decenas de hombres fueron hechos prisioneros y encadenados se llevaron a Guadalajara, de allí a los presidios de las colonias.

   Ante el secreto gubernamental, se interrogó al ministro de la Gobernación, marqués de Santa Cruz, en el Congreso de los Diputados: para que diese algunas explicaciones sobre la salida de la columna que marchó a Hiendelaencina para poder satisfacer a las infinitas cartas de los diputados de aquella provincia (Guadalajara), pues no teniendo más noticias que las que hemos recibido en los periódicos,  no podemos calmar la ansiedad que reina, especialmente en el distrito de Hiendelaencina…  El ministro, manteniendo el secreto, se limitó a responder: Tengo el sentimiento de no poder decir a sus señorías otra cosa, sino que la tranquilidad de la provincia está asegurada, y que el Gobierno ha tomado las oportunas medidas y continuará tomándolas, para que tanto en el distrito de Hiendelaencina como en los demás, continúe esa tranquilidad que hasta hoy no se ha alterado en lo más mínimo.

   De mayor calado fue la ocurrida un año después, en plena epidemia de cólera cuando, desde Aragón, llegarán a Hiendelaencina varios cabecillas facciosos con intención de alterar la vida de los mineros forzándoles a una huelga y reivindicación de derechos, por supuesto con intención de que los sigan a Madrid y tratar de llevar al Gobierno a la dimisión. Los aragoneses también llevaban en su cabeza pasar por el Pontón de la Oliva, donde se construía la presa que daría servicio de agua a Madrid, para hacer lo mismo con los cientos de trabajadores, la mayoría presidiarios, que allá se ocupaban.

   Sin embargo una parte de la compañía enviada desde Madrid continuó hacía Sigüenza, y desde aquí se adentró en la provincia de Soria, persiguiendo a algunos revoltosos. De esta nunca más se supo. Sin embargo, nuevamente, en los primeros días de septiembre, salió para Hiendelaencina una compañía del Regimiento de Ingenieros a la que en Alcalá se uniría un cuerpo de caballería, a fin de atajar una nueva rebelión de los mineros. La rebelión había comenzado en este caso en San Fernando de Henares, dirigida por varios cabecillas salidos de Madrid, a los que se unieron algunos más de Guadalajara, dirigiéndose a Hiendelaencina, y adentrándose, cuando las fuerzas militares llegaron, en los montes de Angón.

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