martes, marzo 24, 2015

ISABEL MUÑOZ CARAVACA, Y LA FIESTA DE LOS TOROS



ISABEL MUÑOZ CARAVACA, Y LA FIESTA DE LOS TOROS

    Son muchas las cosas que a lo largo de su vida combatió Isabel Muñoz Caravaca, una de ellas, las corridas de toros: “he estado tres veces en los toros, una porque me llevaron, las otras dos he ido yo con deseo de estudiar a las multitudes en un estado psíquico que me parece curioso. A las corridas de pueblo no he ido nunca”.

   Ante sus airados escritos se ve en la obligación de dejar señalado que no pertenezco a ninguna sociedad protectora de animales y que hay distancia enorme entre servirnos de los animales para sustentar nuestra vida y sacrificarlos despiadadamente para nuestra diversión.

   Puede entender, de alguna manera, las corridas de toros que se celebran en las capitales, donde se reglan, pero lo que no entenderá son las corridas de toros en las plazas de pueblo, en las que no existe, aparentemente, ley ni orden: “En los pueblos no hay auxilios, no hay lujo, no hay arte; no hay sino un recinto mal cerrado; una gradería mal segura; dos o tres malos toreros o media docena de hombres que no saben torear, encerrados con una fiera, frente a la muerte horrible, al ensañamiento brutal del toro, y sirviendo de innoble espectáculo a una multitud que ha depuesto sus sentimientos humanos; esa multitud es el pueblo entero cuyas casas se cierran. Las corridas de toros, las de pueblos especialmente, manchan nuestras costumbres”.

    Del mismo modo que no puede entender que, mientras los estudiantes en Madrid no acuden con regularidad a las corridas de toros, si que lo hacen en los pueblos, dejando de lado otras obligaciones: “habrá alumnos que cursen en las universidades de Madrid, de Barcelona o de Sevilla, sin haber pisado las plazas de toros; en cambio a la lidia o capea anual de cada pueblo no falta ni el más insignificante arrapiezo: Va el que no anda, el que no habla, el que no comprende: no importa que no pueda marchar solo, para eso están los brazos de su madre. Para llevarle a los toros y así contribuir inconscientemente a la educación en sentido contrario de las facultades morales del niño”.

   Tampoco las mujeres escapan a su crítica, cuando estas acuden a los festejos: “Las señoritas de las pequeñas localidades se adornan para la corrida anual con sus trajes vaporosos recién hechos; esos que llaman modistas y revisteros de modas confecciones ideales; las señoras, las madres con los trapitos de cristianar guardados cuidadosamente durante todo el año, ¿qué espectáculo es el que merece tanto? ¿A qué tanta exaltación de lujo? ¿Se enojarán conmigo mis lectoras porque les hablo así? Digo la verdad, desnuda, cruda, tan realista como el motivo que la provoca. Que no me lo tomen a mal. Yo, aunque discutida, soy por encima de todo educadora”.

   Más tarde aclara: “Yo no gusto de hacer ni de que se haga daño a ningún animalito: por ahí andan artículos míos contra las corridas de toros, y otros muy repetidos contra la costumbre local, que sinceramente juzgo inhumana, de algunos pueblos en que se acostumbra que los niños vayan a correr gallos, esto es a matarlos a palos… Y añadirá y repetirá en otros artículos: “… y esto tiene, además, de malo, que los de fuera nos toman a los españoles por toreadores, nos hacen a todos responsables del defecto de algunos, y sin reflexionar, de verde y oro nos ponen; ese público que tanto alborota no somos todos, en Madrid apenas la décima parte de sus habitantes acude con regularidad a los festejos, en el resto de España puede ser el 8, el 9 por ciento de la población…”