viernes, abril 04, 2025

MEMORIA DE PASCUAL BAILÓN HERGUETA

 

MEMORIA DE PASCUAL BAILÓN HERGUETA

Hombre de ciencia y química en el Señorío de Molina

 

   Entre los numerosos hombres de ciencia que verán la luz en nuestra provincia a lo largo del siglo XIX, uno de ellos, quien en contadas ocasiones se ha asomado a las páginas de los libros, salvo los propios, fue don Pascual Benito Hergueta, molinés de nacimiento quien, desde su localidad natal, saltará al mundo de las ciencias y la química como uno de los más reputados farmacéuticos que, desde aquí, saltaron al panorama nacional.

 

Don Pascual Bailón Hergueta, el farmacéutico

   Nació Pascual Bailón Hergueta Megino en Molina de Aragón (Guadalajara) en 1815, hijo de Francisco Hergueta y Manuela Megino, llevando a cabo estudios de Farmacia en Madrid, donde obtuvo el título de licenciado en 1838, título que le será extendido el 7 de agosto de ese año, estableciéndose como farmacéutico en su localidad natal de Molina de Aragón al año siguiente; continuando la labor emprendida por alguno de sus familiares; que se ampliará a lo largo del tiempo a poblaciones vecinas, donde la familia tendrá gran predicamento.

   En Molina de Aragón ejercerá su profesión hasta el año 1887, en que se retiró de la vida pública, dejando la farmacia y abandonando Molina por la próxima población de Establés, en donde residirá por espacio de algún tiempo para, desde aquí, trasladarse a la vecina Tortuera, donde continuaría los estudios iniciados en Molina, continuados en Establés, y en donde le alcanzaría la muerte cuando el siglo XIX comenzaba a despedirse, el 3 de abril de 1896.

 

 


 

 

La labor de un hombre sabio

   No se dedicaban nuestros pasados farmacéuticos a despachar ungüentos y dar consejos a través de sus oficinas de farmacia, sino que, como químicos y maestros en la ciencia de sanar, dedicaron tiempo y empeño en la realización de aquellas “fórmulas magistrales” que numerosas de estas oficinas anunciaban. Estableciendo en sus trastiendas o reboticas auténticos laboratorios de los que salieron remedios para todo tipo de enfermedades. A través de su farmacia distribuyó numerosos remedios y preparados químicos para diferentes males, a los que dio la correspondiente publicidad a través de la prensa del momento, haciéndose un nombre en el mundo de la farmacopea en un tiempo en el que los trastornos más diversos acometían la salud de nuestros paisanos.

   De su laboratorio salió: “El Electuario titulado de Riaza, para extirpar las tercianas y cuartanas”, distribuido a partir de 1844; o los polvos “carminativo-digestivos, para curar las acédias, o vinagres, el dolo, vómitos, inapetencia y demás molestias digestivas”; no faltarán sus ensayos contra la hidrofobia, habitual entonces en cualquiera de nuestros pueblos, contagiada a los humanos por los animales, y tratada a través de las plantas, ensayando los remedios en su gabinete químico en 1876. Dedicando una parte de su actividad al estudio de las plantas curativas, experimentando numerosos remedios químicos con ellas, como vamos viendo.

 

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  Al margen de su dedicación a la química o la farmacopea tuvo una intensa vida local en el ámbito de Molina de Aragón y su comarca, como solía ser habitual en hombres de su talla, interviniendo en la vida política y social del municipio, engrosando las filas del partido progresista de Molina, afín a las ideas de Salustiano de Olózaga, siendo vicepresidente del Comité local; llegando a ser juez municipal, concejal de su Ayuntamiento a lo largo de la década de 1860; diputado provincial en 1868 durante la “revolución” de “La Gloriosa”, así llamada la de este año; revolución que terminaría con el reinado de Isabel II; siendo elegido Alcalde del municipio de Molina en el mes de enero de 1873, cargo que tendría que abandonar a finales del mismo año al ser destituido por el Gobernador civil de la provincia, al considerarle incompatibilidad con otros empleos municipales, ya que por entonces abastecía de medicamentos a la beneficencia municipal y ejercía como Juez suplente; perteneciendo igualmente a la notable e histórica Hermandad de Caballeros de Doña Blanca y Orden Militar de Nuestra Sra. del Carmen, siendo uno de sus responsables a partir de 1848.

   Sacando tiempo al tiempo, dedicándose sin abandonar el estudio o la química, a los escritos o la investigación en el mundo de las plantas, por algún espacio de tiempo, entre 1865 y 1867 fue igualmente Director y Profesor del Instituto de Segunda Enseñanza de Molina.

    También intervendrá ante la Reina Isabel II en 1860, junto a otros destacados molineses a fin de que el castillo-alcázar molinés se mantuviese como hoy lo conocemos; ya que por aquel tiempo algunos de nuestros paisanos consideraban que lo mejor era derribarlo y emplear sus piedras en otras artes, en evitación de males mayores, considerando la ruina a que el tiempo y las desdichas del siglo lo habían condenado.

   Su labor de farmacéutico de la Beneficencia, así como del entonces Hospital civil de Molina, le acarrearía innumerables desazones, ya que el Ayuntamiento dejaría de abonarle, por falta de fondos en las arcas municipales, sus servicios, lo que llevaría a numerosas reclamaciones judiciales, el cierre de la farmacia del Hospital en 1878 y, finalmente, la ruptura de relaciones con las autoridades locales, ante la acusación de aquellas de ser responsable del desorden administrativo y quiebra hospitalaria; lo que nuestro hombre nunca admitiría. Algo similar le sucedería en el municipio de Rillo, al que también atendía farmacéuticamente.

   Don Pascual tendrá un papel determinante en el Señorío molinés durante las epidemias de cólera morbo que asolaron la provincia de Guadalajara, y la tierra de Molina en particular, ante todo en los años 1855 y 1865, siendo crítico con las medidas adoptadas por el Gobierno en 1865, al decretarse una censura total a cuanto tuviese que ver con la epidemia, destacándose en sus escritos con agudas críticas a través del periódico oficial de la sociedad farmacéutica de socorros mutuos del Colegio de Farmacéuticos de Madrid: El Restaurador Farmacéutico. En 1855, se opondría a los acordonamientos y estrictas cuarentenas que dictaron algunos municipios de su subdelegación. Lo que impediría que no se pudiese llegar a tiempo a algunas poblaciones en las que el mal entró por la puerta grande y allí se quedó, dejando desatendidos a decenas de molineses.

   Sus abiertos desacuerdos harán que sea cesado como subdelegado de Farmacia y Sanidad en el Señorío, cargo que desempeñó en el partido judicial desde sus inicios como farmacéutico hasta su cese en 1857, cuando comenzó a valorarse el trabajo pasado, culpando de algunos males padecidos, más que a quienes lo combatieron, como hizo don Pascual, a quienes tenían la potestad de dictar leyes políticas para evitarlo, como sueles acaecer.

 

Hombre de letra y ciencia

   Colaboró con sus escritos, de química, flora y costumbres, en numerosas revistas y diarios de su tiempo, como El Mediodía, de Madrid; La Fuerza de un Pensamiento, defensora de la creación de un Cuerpo de Sanidad Civil en la España de 1862; El Diario Médico-Farmacéutico, el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia; La España Médica; El Genio Quirúrgico; La Farmacia Española, etc. En ellos vieron la luz su “Catálogo de las plantas que viven en el partido de Molina”; “La Flora molinesa”, y, ante todo, la obra que lo hizo pasar a la posteridad de esta tierra el: “Breve estudio de las Maravillas de la Naturaleza, o descripción del paraje titulado de Nuestra Señora de la Hoz”

   Junto a estos, decenas de trabajos más, que aportaron y continúan haciéndolo, luz y ciencia a la tierra de Molina, quedando otros inéditos en la Real Academia de Farmacia, en Madrid, a la que los hizo llegar, como corresponsal que fue del Colegio de Farmacéuticos, en el partido.

   Sin duda, un hombre que merece el recuerdo, y nuestra memoria.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 4 de abril de 2024

 

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viernes, marzo 28, 2025

DE LAS FUENTES DE ATIENZA

 

DE LAS FUENTES DE ATIENZA

En ocasiones son monumentos arquitectónicos que nos pasan desapercibidos

 

   Entre los muchos ornamentos que embellecen nuestras poblaciones, nos pasan en ocasiones desapercibidas, por la costumbre de verlos día a día, algunos de ellos, como es el caso de las fuentes; de las que algunos cronistas e historiadores provinciales se han ocupado literariamente.

   Del conjunto de Atienza, del que destacan sus murallas, castillo, torres o portadas de sus numerosas iglesias, pasan desapercibidos estos monumentos que facilitaron la vida de los vecinos y han quedado, en cierta manera, arrinconados a causa del progreso. Atienza contó con al menos una docena de fuentes públicas que dieron servicio al vecindario hasta mediada la década de 1960, cuando el agua llegó a los hogares y las públicas quedaron, primero como abrevadero de ganados; después como un ornamento más del entramado de calles o plazuelas. Algunas, con los avances de este tiempo que todo lo muda, desaparecieron; al igual que lo hicieron los lavaderos públicos.

   El uso de las fuentes, los lavaderos, o del agua, quedó regulado en Atienza, de manera oficial, a través de las Ordenanzas Municipales aprobadas en 1877; para entonces Atienza había mejorado considerablemente ya que al iniciarse el siglo tan solo contaba con cuatro, todas ellas, fuera de la población.


 

 

La fuente de las Sirenas, de la Taza, o de los Delfines

   Sin duda, la fuente de las Sirenas, o de la taza, como en sus orígenes fue denominada, es la más ornamental de cuantas en Atienza se encuentran, actualmente ubicada en la plaza de España, y que nació en el estudio del insigne arquitecto Ventura Rodríguez; se debió de inaugurar en la década de 1770, (algunos trabajos en torno a Ventura Rodríguez sitúan la traza de la fuente de Atienza en 1775, siendo colocada en su lugar primitivo en 1776), la cartela del lavadero nos indica que se llevó a cabo, al menos aquella parte de la obra, en 1784, y que en los trabajos de nuestro arquitecto se nos describe como: Fuente pública para la villa de Atienza, compuesta de un gran pilón y seis caños; tres a proporcionada altura para el uso del vecindario con figuras de mujer, y los otros tres sobre un pedestal con la de tres delfines enlazados cuyas colas sirven de remate…

   La fuente tuvo, que se conozcan, al menos dos emplazamientos dentro de la Alameda. El primitivo, cercano al hoy camino o carretera de Madrigal, y un segundo en su centro. En 1942 fue trasladada a la plaza actual, perdiendo por el camino, entre uno y otro movimiento, alguna que otra pieza. Su traza guarda relación con algunas otras de las que Ventura Rodríguez trazó para las calles de Madrid, principalmente la conocida “Fuente de la Fama”, situada primeramente en la plazuela de Antón Martín y en la actualidad en el madrileño parque de Barceló, tras el Museo Municipal.

 


 ATIENZA, CRÓNICAS DEL SIGLO XX (Pulsando aquí)

 

 

La fuente de Felipe II

   Tal vez, la segunda en importancia de las fuentes de Atienza fuese la que, un tanto apartada de todas las miradas, debió de alzarse en tiempo de Felipe II, como anuncia la cartela de su frontal.

   Conocido es que la majestad real del rey Felipe visitó Atienza en varias ocasiones, y aquí se alojó, en el desaparecido convento de San Francisco, en la Navidad de 1592; lo que bien pudiera haber servido de motivo para dedicar al monarca la fuente señalada, situada en uno de los principales caminos del agua que, desde los nacederos ubicados en las faldas de la Sierra de La Bodera en sus límites con tierras de Atienza, abastecieron una gran parte de la población.

   La fuente se sitúa junto a la ermita del Humilladero, en el antiguo camino salinero de Castilla, después carretera que, desde Sigüenza, y a través de la Serranía, conduce a Aranda de Duero y Burgos. Todavía, gastado por el del tiempo, puede apreciarse la cartela del emblema real.

 

Las fuentes de la Villa, o del “tío Vitoriano”, y de San Gil

    Quizá nunca lleguemos a conocer, de manera oficial, el porqué de que a esta fuente se la denomine de manera coloquial “del tío Vitoriano”, pues son tantas las leyendas que en torno a ello corren que llenarían varías páginas de una historia.

    Se situó en céntrico lugar en el último cuarto del siglo XIX, acometiendo el municipio la importante labor de conducir el agua desde la entrada, hasta la población; trabajos que llevó a cabo el consistorio desde años atrás, al prolongar la traía de aguas desde la fuente del “Santo”, o de Felipe II, hasta la plazuela de San Gil, en la que se ubicó la correspondiente fuente con sus amplios abrevaderos para el ganado, en obras que, ya concluidas en 1841, trazó el arquitecto José María Guallart, y por las que se desembolsaron algo más de 1.100 reales.

   La empresa de llevar el agua desde San Gil a la fuente de la Villa se presupuestó, ya en pesetas, de aquel último tercio del siglo XIX, en 11.442; incorporándose al frontal el escudo de la Villa; tal vez, uno de los más conocidos.

 

La fuente romana, o de la Salida

   Sin duda, será esta la primitiva fuente que abastezca a la población, ubicada en el antiguo camino de Atienza a Berlanga, que siguió el trazado de la calzada que unió la población con la tierra de Soria. Fuente monumental, al uso de aquellos tiempos, y que contó en su frontal con la correspondiente cartela indicando su dedicación, construcción y, sin duda, algunas noticias más, que el tiempo, y la mala calidad de la piedra, se han encargado de eliminar, muy a pesar de haber dejado el rastro que, tal vez, los avances de la ciencia puedan un día desvelarnos.

   La fuente se sitúa en uno de los barrios extremos, San Bartolomé, junto a la muralla que separó este del de Santa María del Val, al lado de uno de los portillos al que la tradición puso el nombre de “La Salida”. Cuyas aguas, emanadas de las profundidades de estas tierras, gozan del calificativo de “gordas”, ya que tienen algún exceso de salinidad. En un entorno digno de la visita.

 

Y más fuentes…

   En 1948, el 18 de julio, se inaugurarían en Atienza las últimas dos fuentes con las que contó el municipio, y que se encargaron de llevar el agua a los barrios altos de la plaza de San Juan y su entorno; fuentes ya a la moderna, de hierro y sin abrevadero, para que fuesen utilizadas por los vecinos, pues estos habían de acudir en busca del elemento a otros barrios, con el trabajo añadido.

   También serían las primeras en desaparecer; como lo haría una de las dos abastecedoras del barrio de Portacaballos; y, abandonadas por el tiempo y falta de uso, quedaron en el olvido el “cañuelo de Ortega”, junto a la puerta de este nombre, que llevaba a la judería; o el del convento de San Francisco, bajo los muros de su ábside; en los caminos, algunas más; de ellas, tal vez la más significativa, la “de la Mona”, en la nueva carretera de Atienza a Berlanga, abierta hacia 1920 y que ostentó la extraña cabeza similar a un personaje celtibérico que, manos anónimas, arrebataron a nuestra historia.

   Fuentes y agua, historia viva de nuestros pueblos que, también, merecen nuestra mirada.

 

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 28 de marzo de 2025

 

ATIENZA, DE AYER A HOY

ATIENZA DE AYER A HOY. IMÁGENES DEL PASADO Y DEL PRESENTE
La transformación de Atienza (Guadalajara), a lo largo del siglo XX, a través de la imagen.
Un libro de imágenes fotográficas que nos lleva al ayer y nos presenta, documentadamente, el hoy.
Fotos antiguas de Atienza (Guadalajara), y su versión actual, en el mejor libro de imágenes posible.


Atienza (Guadalajara), es una de las villas con más carácter, historia y monumentos, de la provincia de Guadalajara y, a su nivel, de Castilla. Su historia, ha sido tratada en numerosas ocasiones. Es grande. Como su paso a través de los siglos dejando, marcando, su huella.