MEMORIA DE PASCUAL BAILÓN HERGUETA
Hombre de ciencia y química en el Señorío de Molina
Entre los numerosos hombres de ciencia que verán la luz en nuestra provincia a lo largo del siglo XIX, uno de ellos, quien en contadas ocasiones se ha asomado a las páginas de los libros, salvo los propios, fue don Pascual Benito Hergueta, molinés de nacimiento quien, desde su localidad natal, saltará al mundo de las ciencias y la química como uno de los más reputados farmacéuticos que, desde aquí, saltaron al panorama nacional.
Don Pascual Bailón Hergueta, el farmacéutico
Nació Pascual Bailón Hergueta Megino en Molina de Aragón (Guadalajara) en 1815, hijo de Francisco Hergueta y Manuela Megino, llevando a cabo estudios de Farmacia en Madrid, donde obtuvo el título de licenciado en 1838, título que le será extendido el 7 de agosto de ese año, estableciéndose como farmacéutico en su localidad natal de Molina de Aragón al año siguiente; continuando la labor emprendida por alguno de sus familiares; que se ampliará a lo largo del tiempo a poblaciones vecinas, donde la familia tendrá gran predicamento.
En Molina de Aragón ejercerá su profesión hasta el año 1887, en que se retiró de la vida pública, dejando la farmacia y abandonando Molina por la próxima población de Establés, en donde residirá por espacio de algún tiempo para, desde aquí, trasladarse a la vecina Tortuera, donde continuaría los estudios iniciados en Molina, continuados en Establés, y en donde le alcanzaría la muerte cuando el siglo XIX comenzaba a despedirse, el 3 de abril de 1896.
La labor de un hombre sabio
No se dedicaban nuestros pasados farmacéuticos a despachar ungüentos y dar consejos a través de sus oficinas de farmacia, sino que, como químicos y maestros en la ciencia de sanar, dedicaron tiempo y empeño en la realización de aquellas “fórmulas magistrales” que numerosas de estas oficinas anunciaban. Estableciendo en sus trastiendas o reboticas auténticos laboratorios de los que salieron remedios para todo tipo de enfermedades. A través de su farmacia distribuyó numerosos remedios y preparados químicos para diferentes males, a los que dio la correspondiente publicidad a través de la prensa del momento, haciéndose un nombre en el mundo de la farmacopea en un tiempo en el que los trastornos más diversos acometían la salud de nuestros paisanos.
De su laboratorio salió: “El Electuario titulado de Riaza, para extirpar las tercianas y cuartanas”, distribuido a partir de 1844; o los polvos “carminativo-digestivos, para curar las acédias, o vinagres, el dolo, vómitos, inapetencia y demás molestias digestivas”; no faltarán sus ensayos contra la hidrofobia, habitual entonces en cualquiera de nuestros pueblos, contagiada a los humanos por los animales, y tratada a través de las plantas, ensayando los remedios en su gabinete químico en 1876. Dedicando una parte de su actividad al estudio de las plantas curativas, experimentando numerosos remedios químicos con ellas, como vamos viendo.
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Al margen de su dedicación a la química o la farmacopea tuvo una intensa vida local en el ámbito de Molina de Aragón y su comarca, como solía ser habitual en hombres de su talla, interviniendo en la vida política y social del municipio, engrosando las filas del partido progresista de Molina, afín a las ideas de Salustiano de Olózaga, siendo vicepresidente del Comité local; llegando a ser juez municipal, concejal de su Ayuntamiento a lo largo de la década de 1860; diputado provincial en 1868 durante la “revolución” de “La Gloriosa”, así llamada la de este año; revolución que terminaría con el reinado de Isabel II; siendo elegido Alcalde del municipio de Molina en el mes de enero de 1873, cargo que tendría que abandonar a finales del mismo año al ser destituido por el Gobernador civil de la provincia, al considerarle incompatibilidad con otros empleos municipales, ya que por entonces abastecía de medicamentos a la beneficencia municipal y ejercía como Juez suplente; perteneciendo igualmente a la notable e histórica Hermandad de Caballeros de Doña Blanca y Orden Militar de Nuestra Sra. del Carmen, siendo uno de sus responsables a partir de 1848.
Sacando tiempo al tiempo, dedicándose sin abandonar el estudio o la química, a los escritos o la investigación en el mundo de las plantas, por algún espacio de tiempo, entre 1865 y 1867 fue igualmente Director y Profesor del Instituto de Segunda Enseñanza de Molina.
También intervendrá ante la Reina Isabel II en 1860, junto a otros destacados molineses a fin de que el castillo-alcázar molinés se mantuviese como hoy lo conocemos; ya que por aquel tiempo algunos de nuestros paisanos consideraban que lo mejor era derribarlo y emplear sus piedras en otras artes, en evitación de males mayores, considerando la ruina a que el tiempo y las desdichas del siglo lo habían condenado.
Su labor de farmacéutico de la Beneficencia, así como del entonces Hospital civil de Molina, le acarrearía innumerables desazones, ya que el Ayuntamiento dejaría de abonarle, por falta de fondos en las arcas municipales, sus servicios, lo que llevaría a numerosas reclamaciones judiciales, el cierre de la farmacia del Hospital en 1878 y, finalmente, la ruptura de relaciones con las autoridades locales, ante la acusación de aquellas de ser responsable del desorden administrativo y quiebra hospitalaria; lo que nuestro hombre nunca admitiría. Algo similar le sucedería en el municipio de Rillo, al que también atendía farmacéuticamente.
Don Pascual tendrá un papel determinante en el Señorío molinés durante las epidemias de cólera morbo que asolaron la provincia de Guadalajara, y la tierra de Molina en particular, ante todo en los años 1855 y 1865, siendo crítico con las medidas adoptadas por el Gobierno en 1865, al decretarse una censura total a cuanto tuviese que ver con la epidemia, destacándose en sus escritos con agudas críticas a través del periódico oficial de la sociedad farmacéutica de socorros mutuos del Colegio de Farmacéuticos de Madrid: El Restaurador Farmacéutico. En 1855, se opondría a los acordonamientos y estrictas cuarentenas que dictaron algunos municipios de su subdelegación. Lo que impediría que no se pudiese llegar a tiempo a algunas poblaciones en las que el mal entró por la puerta grande y allí se quedó, dejando desatendidos a decenas de molineses.
Sus abiertos desacuerdos harán que sea cesado como subdelegado de Farmacia y Sanidad en el Señorío, cargo que desempeñó en el partido judicial desde sus inicios como farmacéutico hasta su cese en 1857, cuando comenzó a valorarse el trabajo pasado, culpando de algunos males padecidos, más que a quienes lo combatieron, como hizo don Pascual, a quienes tenían la potestad de dictar leyes políticas para evitarlo, como sueles acaecer.
Hombre de letra y ciencia
Colaboró con sus escritos, de química, flora y costumbres, en numerosas revistas y diarios de su tiempo, como El Mediodía, de Madrid; La Fuerza de un Pensamiento, defensora de la creación de un Cuerpo de Sanidad Civil en la España de 1862; El Diario Médico-Farmacéutico, el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia; La España Médica; El Genio Quirúrgico; La Farmacia Española, etc. En ellos vieron la luz su “Catálogo de las plantas que viven en el partido de Molina”; “La Flora molinesa”, y, ante todo, la obra que lo hizo pasar a la posteridad de esta tierra el: “Breve estudio de las Maravillas de la Naturaleza, o descripción del paraje titulado de Nuestra Señora de la Hoz”
Junto a estos, decenas de trabajos más, que aportaron y continúan haciéndolo, luz y ciencia a la tierra de Molina, quedando otros inéditos en la Real Academia de Farmacia, en Madrid, a la que los hizo llegar, como corresponsal que fue del Colegio de Farmacéuticos, en el partido.
Sin duda, un hombre que merece el recuerdo, y nuestra memoria.
Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 4 de abril de 2024
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