La costa catalana tiene esas cosas, cosas que cuando la crisis aprieta, o deja de apretar, por aquello de la pela, se convierte en el oasis de la desesperación de las carteras y tiene que recurrir a llevar a sus hoteles, hostales y pensiones a lo más granado de la sociedad europea, es decir, a los borrachetes, juerguistas y vandalitos hijos de Albión. Esos que, cuando traspasan la línea de sus fronteras, se piensan que el mundo es suyo y hacen que Cataluña (en esta ocasión añadida a España), sea el campo de desfogue de las juventudes alemanas, belgas, noruegas, inglesas... todo vale con tal de llenar la hucha.... vergonzoso.
Son fivagaciones de la Semana Santa, de días de procesión, torrijas, limonada y claveles reventones.
Cosas que, para alguien que ha tratado de analizar etnográficamente este tipo de cosas, comienzan a escapársele.
Comienza a perderse entre la devoción de los unos y el espectáculo de los otros, y la católica iglesia, siempre respetuosa con todas sus señales divinas, se pierde en un monte de olivos, sin llegar a saber donde está el principio y el fin.
La Semana Santa, lejos de la devoción popular, otrora obligatoria, se ha convertido en un auténtico espectáculo. La devoción ha dejado paso a la sensación de protagonismo, a la procesión de vehículos camino de las playas y a muchas cosas más.
El paro sube, por mucho que le pese al Gobierno de la nación, que lo sigue negando, aunque la crisis, esa que nos aprieta por el pescuezo, a unos más que a otros, como siempre pasa, en estos días deja de ser crisis por aquello de "hay que olvidar los malos ratos".
Los hoteles a punto de reventar, como las estaciones de esquí y las playas de Levante. Los trenes en huelga, reinvidicativa claro está. (Hace unos años escuché a un dirigente sindical decir aquello de que las huelgas eran reinvidicaciones de los trabajadores, y que si se convocaban en fechas claves no era para molestar al ciudadano, sino para hacerle partícipe de los problemas de los otros).
Son divagaciones. Divagaciones que ni arreglarán, ni pretenden arreglar el mundo. Pero que, claro está, son para ponerse a pensar. Y es que luego nos quejamos, de que los borrachos invaden las playas, de que el tráfico invade las carreteras, de que...
En fin...






