MARIANO CANFRAN
Los pasos conducen, cuando la tarde comienza su definitivo alboroto, ese alboroto de cuando los mirlos se recogen debajo de la parra o de la higuera, hacía la calle del Seminario.
Allá, en ese rincón de la Sigüenza que sabe a miel y dulce de leche frita y tocino de cielo que se arranca a pedazos por degustar el dulce sobre el dulce de la tierra que se pisa, aguarda esa figura, casi mítica ya y leyenda siempre que es Mariano Canfrán, cuyos cinceles marcan y enmarcan las torres provinciales y los patios serranos y sus plazas como si fuesen la viva luz de la mirada de los Sorolla o Vázquez Díaz o los claroscuros de Romero de Torres.
El taller de Mariano, es uno de esos hervideros de conocimiento, de un arte que se moldea a fuerza de tesón.
Mariano es de esas personas que, cuando hablan con la mesura sencilla de la humildad, tienen el don de arrebatar.
Mariano, como botón de plata que se abrocha sobre la capa castellana, pone el sello a una jornada genial, mostrando, cincel en mano y lámina de cobre y burel y fuego, cómo se gesta el trabajo del hombre para que pase a ser posteridad.
-Quieras o no, el ambiente siempre influye en las personas. Sigüenza sabemos que es fundamentalmente cultural y artística. Todo en ella, sus rincones, sus calles, es acogedor; y en el plano artístico absolutamente motivador. Si tienes una máxima inclinación al dibujo, al arte en definitiva, ello es indispensable para ejercer después el oficio que tengo la suerte de desarrollar.
Como sucede en tantas ocasiones, la devoción de Mariano Canfrán por el cincel le viene de alguna manera a través de la herencia familiar.
-Empecé con mi padre. El hombre, en los inviernos, que son muy largos en Sigüenza, hacía casas de madera. Tuve la suerte de ir a parar a la Escuela de Bellas Artes y Oficios, en la calle de la Palma de Madrid, y conocer el cincelado, que ahora nada tiene que ver prácticamente con lo mío. Digamos que allí cogí la base que me hacía falta para desarrollar lo que, quizás sin saberlo, llevaba dentro.
El proceso de creación de la obra, explicado por quien está habituado a realizarla a diario, se resume, como quien dice, en cuatro sencillas palabras:
-Se comienza dibujando el motivo en una chapa de metal. Una vez hecho el boceto, se coloca sobre la plancha de resina, previamente disuelta por el calor del soplete. Al enfriarse la chapa quedará lista para empezar a trazar con el cincel lo anteriormente dibujado. Finalizada esta operación se da la vuelta a la chapa, se coloca nuevamente sobre la resina y reempiezan a sacar los relieves. Al final del proceso se le da colorido, que se obtiene con la mezcla de distintos ácidos que, al contacto con el fuego, adquieren las variadas tonalidades y sombras que requiere la obra.
Probablemente el arte del cincelador seguntino se termine cuando se cierre el viejo taller de la calle del Seminario, en el que Mariano Canfrán, al rumor de la tarde, envuelto en el silencio de la hiedra que teje de verde los paredones, ha dejado, para los siglos venideros, el paisaje de su tierra grabado a cincel y fuego sobre una plancha de metal convertida en posteridad.
Allá, en ese rincón de la Sigüenza que sabe a miel y dulce de leche frita y tocino de cielo que se arranca a pedazos por degustar el dulce sobre el dulce de la tierra que se pisa, aguarda esa figura, casi mítica ya y leyenda siempre que es Mariano Canfrán, cuyos cinceles marcan y enmarcan las torres provinciales y los patios serranos y sus plazas como si fuesen la viva luz de la mirada de los Sorolla o Vázquez Díaz o los claroscuros de Romero de Torres.
El taller de Mariano, es uno de esos hervideros de conocimiento, de un arte que se moldea a fuerza de tesón.
Mariano es de esas personas que, cuando hablan con la mesura sencilla de la humildad, tienen el don de arrebatar.
Mariano, como botón de plata que se abrocha sobre la capa castellana, pone el sello a una jornada genial, mostrando, cincel en mano y lámina de cobre y burel y fuego, cómo se gesta el trabajo del hombre para que pase a ser posteridad.
-Quieras o no, el ambiente siempre influye en las personas. Sigüenza sabemos que es fundamentalmente cultural y artística. Todo en ella, sus rincones, sus calles, es acogedor; y en el plano artístico absolutamente motivador. Si tienes una máxima inclinación al dibujo, al arte en definitiva, ello es indispensable para ejercer después el oficio que tengo la suerte de desarrollar.
Como sucede en tantas ocasiones, la devoción de Mariano Canfrán por el cincel le viene de alguna manera a través de la herencia familiar.
-Empecé con mi padre. El hombre, en los inviernos, que son muy largos en Sigüenza, hacía casas de madera. Tuve la suerte de ir a parar a la Escuela de Bellas Artes y Oficios, en la calle de la Palma de Madrid, y conocer el cincelado, que ahora nada tiene que ver prácticamente con lo mío. Digamos que allí cogí la base que me hacía falta para desarrollar lo que, quizás sin saberlo, llevaba dentro.
El proceso de creación de la obra, explicado por quien está habituado a realizarla a diario, se resume, como quien dice, en cuatro sencillas palabras:
-Se comienza dibujando el motivo en una chapa de metal. Una vez hecho el boceto, se coloca sobre la plancha de resina, previamente disuelta por el calor del soplete. Al enfriarse la chapa quedará lista para empezar a trazar con el cincel lo anteriormente dibujado. Finalizada esta operación se da la vuelta a la chapa, se coloca nuevamente sobre la resina y reempiezan a sacar los relieves. Al final del proceso se le da colorido, que se obtiene con la mezcla de distintos ácidos que, al contacto con el fuego, adquieren las variadas tonalidades y sombras que requiere la obra.
Probablemente el arte del cincelador seguntino se termine cuando se cierre el viejo taller de la calle del Seminario, en el que Mariano Canfrán, al rumor de la tarde, envuelto en el silencio de la hiedra que teje de verde los paredones, ha dejado, para los siglos venideros, el paisaje de su tierra grabado a cincel y fuego sobre una plancha de metal convertida en posteridad.
(Lo que antecede lo escribí hace tiempo. Ahora, recién llegado a casa, me entero de que a Mariano la Diputación Provincial de Guadalajara le acaba de conceder la Placa al Mérito, y uno se alegra de que a los amigos, incluso las instituciones oficiales, les premien, aunque a Mariano hoy, entre llamada y llamada, se le erizarán los pelos de la barba, imaginando que le están retrasando la partida hacía Sigüenza).
Mariano, ya sabes, aunque tú te escondas y no quieras, los amigos nos alegramos.