LA PALIZA
Lo dijo hoy Miguel Angel Aguilar, vocero mayor de los tertulianos de todas las cadenas defensoras de (a veces) lo indefendible. "Que se marchen a Australia y los seguimos hasta allí para darles una paliza".
Se refería a toda esa fauna de delincuentes de guante blanco que, a la sombra de los partidos políticos y sus respectivos cargos, hacen caja en un próspero negocio que le han dado el nombre de corrupción.
Se refería a aquellos que, desde que la democracia hizo acto de presencia en nuestras vidas, se han lucrado con la inocencia de los votantes, sean de uno u otro partido, que tanto da a la hora de llenarse los bolsillos, y desde la más extrema izquierda a la derecha más extrema, nadie puede decir que, de uno u otro bando, no hayan salido el garbando negro en el cocido madrileño.
Hay una cosa en todo esto, eso de la paliza está muy bien, pero o una de dos, o se da una paliza en condiciones, o no se da. La paliza tiene dos cosas importantes, que te deja doblado o te deja con ganas de venganza, y la venganza es mala porque luego salen contando, aquellos a quienes se les dio, cosas que a los de arriba no gustan.
La corrupción es lo que tiene, que de una u otra manera, en plan de agradecimiento o como recuerdo navideño, pringa.
Lo mejor es que la justicia, si es que es de ley, caiga sobre esos sinvergüenzas, previa devolución de lo "robado", de lo injustamente sustraído al pueblo. Y eso, en muy raras ocasiones, suele suceder, porque esa misma ley que los juzga y a veces condena, permite que, a través de empresas, nombres y jeroglíficos, lo robado nunca aparezca y tras unos años de condena llega el perdón.
Ese mismo perdón que la iglesia católica pide hacía quienes han cometido otro tipo de delitos y a los que su santidad se ha referido pidiendo perdón al ofendido y compadeciendo al delincuente. Son palabras bonitas, de iglesia claro está. Solamente que aquí debiera de haber algo más, unas rejas que, al igual que a quienes roban, les hiciese reflexionar y apagase las ganas de otras gentes que, al amparo del silencio, se sienten con deseos de cometer los mismos delitos.
Por mucho menos de lo que a la luz sale, tras ese silencio eterno de perdonar y entender, la iglesia católica, a lo largo de siglos y en el nombre de Dios, condenó a centenares de inocentes a la hoguera. Aunque una vez convertidos en ceniza se les pidió perdón. ¡…! Entonces no existían las presunciones. El juicio de Dios era bastante para sentenciar. “Se arroja a la hoguera, si arde es culpable, si no arde, es inocente”. Otra manera de esos juicios divinos era arrojarlos al pozo de agua, si no se ahogaba era inocente, si se ahogaba, culpable. Claro, siempre resultaba ser culpable del delito del que se les acusaba.
¿Jugamos a lo mismo?
Distintas maneras de contemplar el delito y compadecer al delincuente.
Hay muchos, demasiados curas, frailes y monjes, que hacen obras importantes por los demás y que no merecen verse metidos en ese saco de indignidad que, con esas palabras suaves, otros pueden pensar de ellos que amparan al delincuente.
¿No sería mucho mejor para todos que la ley actuase y en lugar de compadecer y pedir perdón se entregase a la justicia al delincuente?
Lo dijo hoy Miguel Angel Aguilar, vocero mayor de los tertulianos de todas las cadenas defensoras de (a veces) lo indefendible. "Que se marchen a Australia y los seguimos hasta allí para darles una paliza".
Se refería a toda esa fauna de delincuentes de guante blanco que, a la sombra de los partidos políticos y sus respectivos cargos, hacen caja en un próspero negocio que le han dado el nombre de corrupción.
Se refería a aquellos que, desde que la democracia hizo acto de presencia en nuestras vidas, se han lucrado con la inocencia de los votantes, sean de uno u otro partido, que tanto da a la hora de llenarse los bolsillos, y desde la más extrema izquierda a la derecha más extrema, nadie puede decir que, de uno u otro bando, no hayan salido el garbando negro en el cocido madrileño.
Hay una cosa en todo esto, eso de la paliza está muy bien, pero o una de dos, o se da una paliza en condiciones, o no se da. La paliza tiene dos cosas importantes, que te deja doblado o te deja con ganas de venganza, y la venganza es mala porque luego salen contando, aquellos a quienes se les dio, cosas que a los de arriba no gustan.
La corrupción es lo que tiene, que de una u otra manera, en plan de agradecimiento o como recuerdo navideño, pringa.
Lo mejor es que la justicia, si es que es de ley, caiga sobre esos sinvergüenzas, previa devolución de lo "robado", de lo injustamente sustraído al pueblo. Y eso, en muy raras ocasiones, suele suceder, porque esa misma ley que los juzga y a veces condena, permite que, a través de empresas, nombres y jeroglíficos, lo robado nunca aparezca y tras unos años de condena llega el perdón.
Ese mismo perdón que la iglesia católica pide hacía quienes han cometido otro tipo de delitos y a los que su santidad se ha referido pidiendo perdón al ofendido y compadeciendo al delincuente. Son palabras bonitas, de iglesia claro está. Solamente que aquí debiera de haber algo más, unas rejas que, al igual que a quienes roban, les hiciese reflexionar y apagase las ganas de otras gentes que, al amparo del silencio, se sienten con deseos de cometer los mismos delitos.
Por mucho menos de lo que a la luz sale, tras ese silencio eterno de perdonar y entender, la iglesia católica, a lo largo de siglos y en el nombre de Dios, condenó a centenares de inocentes a la hoguera. Aunque una vez convertidos en ceniza se les pidió perdón. ¡…! Entonces no existían las presunciones. El juicio de Dios era bastante para sentenciar. “Se arroja a la hoguera, si arde es culpable, si no arde, es inocente”. Otra manera de esos juicios divinos era arrojarlos al pozo de agua, si no se ahogaba era inocente, si se ahogaba, culpable. Claro, siempre resultaba ser culpable del delito del que se les acusaba.
¿Jugamos a lo mismo?
Distintas maneras de contemplar el delito y compadecer al delincuente.
Hay muchos, demasiados curas, frailes y monjes, que hacen obras importantes por los demás y que no merecen verse metidos en ese saco de indignidad que, con esas palabras suaves, otros pueden pensar de ellos que amparan al delincuente.
¿No sería mucho mejor para todos que la ley actuase y en lugar de compadecer y pedir perdón se entregase a la justicia al delincuente?