DESDE MI BALCON
Recuerdo aquella canción de Cecilia que se titulaba lo mismo que esta entrada, cuando doña Estefaldina miraba a través de su balcón el movimiento de su pueblo.
Hoy Madrid amaneció con esa deslumbrante luz de los días espléndidos, y parece que la primavera se quiere abrir camino empujando los fríos invernales que en el día de ayer, por el macizo del Ocejón empujaban nuestras capas castellanas y nos envolvía con esa frescura que sólo las sierras altas de Guadalajara saben, o quieren, dar.
Desde aquellas alturas Guadalajara se tendía igual que siempre, con esa dulzura de la jara que quiere florecer y las nieves no dejan. El Ocejón con suj pico nevado, lo mismo que las sierras de Ranas, del Bulejo, y al fondo el Santo Alto Rey de la Majestad.
Las calles de Tamajón se vestían de luz, y de frescor las laderas por las que se estiran los enebros. Nos oscurió en Almiruete, como si de un embrujo de esos se tratase. Un embrujo en el que mascaritas y botargas nos envolvieron entre la tierra color de la sangre reseca y la pizarra agarrada a los paredones de las casas, por entre las calles de En medio y de Atienza, al borde de lo que ya son tierras de Ayllón.
Hoy Madrid apunta nuevas luces. La primavera se abre paso y, como siempre sucede, cuando Madrid se viste con la gala de los colores abrileños, la plaza, esa que se avista desde mi balcón, se llena de vida.
¿Qué tendrán los días claros de este Madrid de incógnitas y luces radiantes? La historia de Narrillos del Alamo avanza, me gusta ese lanzarse a la piscina de la documentación y el papeleo en buscar de encontrar el hilo que va desmadejando las hebras.
Recuerdo aquella canción de Cecilia que se titulaba lo mismo que esta entrada, cuando doña Estefaldina miraba a través de su balcón el movimiento de su pueblo.
Hoy Madrid amaneció con esa deslumbrante luz de los días espléndidos, y parece que la primavera se quiere abrir camino empujando los fríos invernales que en el día de ayer, por el macizo del Ocejón empujaban nuestras capas castellanas y nos envolvía con esa frescura que sólo las sierras altas de Guadalajara saben, o quieren, dar.
Desde aquellas alturas Guadalajara se tendía igual que siempre, con esa dulzura de la jara que quiere florecer y las nieves no dejan. El Ocejón con suj pico nevado, lo mismo que las sierras de Ranas, del Bulejo, y al fondo el Santo Alto Rey de la Majestad.
Las calles de Tamajón se vestían de luz, y de frescor las laderas por las que se estiran los enebros. Nos oscurió en Almiruete, como si de un embrujo de esos se tratase. Un embrujo en el que mascaritas y botargas nos envolvieron entre la tierra color de la sangre reseca y la pizarra agarrada a los paredones de las casas, por entre las calles de En medio y de Atienza, al borde de lo que ya son tierras de Ayllón.
Hoy Madrid apunta nuevas luces. La primavera se abre paso y, como siempre sucede, cuando Madrid se viste con la gala de los colores abrileños, la plaza, esa que se avista desde mi balcón, se llena de vida.
¿Qué tendrán los días claros de este Madrid de incógnitas y luces radiantes? La historia de Narrillos del Alamo avanza, me gusta ese lanzarse a la piscina de la documentación y el papeleo en buscar de encontrar el hilo que va desmadejando las hebras.