PAYASOS, PIJOTEROS Y SOPLAGAITAS.
Son días grises y el cielo de Madrid, cuando se lo propone, también adquiere ese color panzaburro de los días tristes de los finales de febrero.
Es un día como todos, una noticia triste llega a eso de la medianoche. Luego la mañana ha de agilizarse, gestiones, ajetreo, malas caras. Debe de ser cosa del tiempo. El tiempo altera los nervios incluso de los ancianos con mejor aspecto.
Tomo el metro, es una hora valle, como suelen decir quienes lo dirigen, tal vez por eso se detiene con mayor pachorra en las estaciones, y por eso de que en cada una de ellas va retrasándose un poco más, los vagones comienzan a adquirir ese aspecto de las horas punta. En una entra el clásico soplagaitas que trata de vivir del cuento, dice que lleva dos meses en el paro, tiene hijos y no dispone de medios para alimentarlos y se pasea entre el abigarramiento de gentes pidiendo una limosna. Hace cosa de nueve años que lleva repitiendo lo mismo. Se conoce que le va bien.
Entran en otra dos jóvenes, con su clásica charla juvenil. En cada frase repiten hasta la saciedad la palabra “tío”.
Entra en otra un payaso en edad madura, con un enorme maletón que se dirige al centro, lleva sobre el maletón un platillo de lata amarrado con tornillos y la cara dibujada de tristeza. Mira hacía el suelo, sintiéndose observado, porque no es frecuente. Su edad, escondida entre la pintura de la cara, debe de ser muy avanzada.
Llego al destino, más gestiones. Un taxi me lleva más al centro y camino por el paseo del Prado, entre las inmensas esculturas de Xabier Mascaró. Impresionantes. Solo una llama mi atención, una gabarra, o una barca de pescadores, o lo que sea, en esqueleto óxido en la Glorieta de Carlos V.
El cielo sigue gris, más que de costumbre. Lo continúa estando a través de la M-40 y de la M-50.
Me doy cuenta de que Fuenlabrada está mucho más allá del más allá. Parece que con los años se ha ido alejando de Madrid.
El tanatorio está prácticamente en mitad del campo, junto al cementerio. Al lado de una carretera por la que continúa pasando la vida, con sus payasos, sus pijoteros y sus soplagaitas, tal vez sin pensar que la gente, cuando menos lo esperamos, también muere.
Después, mientras la tormenta perfecta comienza a avanzar, un féretro ocupa su lugar entre otros tantos, en medio del silencio. Payasos, soplagaitas y pijoteros continúan su marcha, es la vida, aunque la muerte no nos siente bien a nadie.
Son días grises y el cielo de Madrid, cuando se lo propone, también adquiere ese color panzaburro de los días tristes de los finales de febrero.
Es un día como todos, una noticia triste llega a eso de la medianoche. Luego la mañana ha de agilizarse, gestiones, ajetreo, malas caras. Debe de ser cosa del tiempo. El tiempo altera los nervios incluso de los ancianos con mejor aspecto.
Tomo el metro, es una hora valle, como suelen decir quienes lo dirigen, tal vez por eso se detiene con mayor pachorra en las estaciones, y por eso de que en cada una de ellas va retrasándose un poco más, los vagones comienzan a adquirir ese aspecto de las horas punta. En una entra el clásico soplagaitas que trata de vivir del cuento, dice que lleva dos meses en el paro, tiene hijos y no dispone de medios para alimentarlos y se pasea entre el abigarramiento de gentes pidiendo una limosna. Hace cosa de nueve años que lleva repitiendo lo mismo. Se conoce que le va bien.
Entran en otra dos jóvenes, con su clásica charla juvenil. En cada frase repiten hasta la saciedad la palabra “tío”.
Entra en otra un payaso en edad madura, con un enorme maletón que se dirige al centro, lleva sobre el maletón un platillo de lata amarrado con tornillos y la cara dibujada de tristeza. Mira hacía el suelo, sintiéndose observado, porque no es frecuente. Su edad, escondida entre la pintura de la cara, debe de ser muy avanzada.
Llego al destino, más gestiones. Un taxi me lleva más al centro y camino por el paseo del Prado, entre las inmensas esculturas de Xabier Mascaró. Impresionantes. Solo una llama mi atención, una gabarra, o una barca de pescadores, o lo que sea, en esqueleto óxido en la Glorieta de Carlos V.
El cielo sigue gris, más que de costumbre. Lo continúa estando a través de la M-40 y de la M-50.
Me doy cuenta de que Fuenlabrada está mucho más allá del más allá. Parece que con los años se ha ido alejando de Madrid.
El tanatorio está prácticamente en mitad del campo, junto al cementerio. Al lado de una carretera por la que continúa pasando la vida, con sus payasos, sus pijoteros y sus soplagaitas, tal vez sin pensar que la gente, cuando menos lo esperamos, también muere.
Después, mientras la tormenta perfecta comienza a avanzar, un féretro ocupa su lugar entre otros tantos, en medio del silencio. Payasos, soplagaitas y pijoteros continúan su marcha, es la vida, aunque la muerte no nos siente bien a nadie.