
EL RATON JUSTICIERO
Por tierras de la siempre culta y abierta Francia existió, hasta hace pocos días, la sana costumbre de injertar en el páncreas de un ratón la sustancia de una ostra, de esas que se crían en las aguas de la costa de Arcachón, esa que va desde la clásica ciudad de veraneo de la gran clase social europea, hasta el cabo de Cap Ferret. Las ostras, por aquella zona, lo atestiguo, son exquisitas, mucho más acompañadas con uno de esos espléndidos y suaves vinos de Burdeos. Dicho sea, lo uno y lo otro, sin desmerecer a nuestros cultivos ostriles y caldos propios.
Nos llamó la atención el pasado verano esa aventura del ratón, que nos pilló en Audance, tierra de grandes humedales, e igualmente de veranos suaves frente a la costa cántabra.
Las ostrerías, porque allá lo más popular son las ostrerías marineras llegado el caso de que el injerto sustancioso de la ostra de marras terminase con la expiración del ratón, cerraban. Ese día las ostras, desconozco sin en señal de luto ante la expiración del roedor, no se podían comer porque, supuestamente, podían sentar mal. Confieso que en día con ratón de cuerpo presente nos pusimos “morados” a ostras, y lo continuamos contando unos cuantos meses después.
Los criadores de ostras se levantaron en armas y buscaron firmas incluso que llevar al Parlamento Europeo con intención de abolir semejante costumbre, puede que perdida en la noche de los tiempos. Lo consiguieron. Ahora las ostras, en lugar de analizarlas el páncreas de un ratón, las analiza, como es más lógico, un laboratorio sanitario. Cosas de Francia.
Nos lo contó Sabrina el pasado fin de semana, que se escapó desde Burdeos pasando por Barcelona y recalando en el Madrid que tanto la atrae, aunque algo ya sospechaba al respecto, el ratoncito Pérez, ese que nació en la pastelería de la calle Mayor y habitó en su cajita de galletas lo encontré el otro día, vestido de mosquetero, frente al Congreso de los Diputados, espada en mano, tratando de poner un orden imposible, en España también, al desaguisado de la crisis.
Me da la impresión de que, ni el ratón Pérez de mosquetero, ni la metáfora del matrimonio de conveniencia Zapatero-Rajoy, surte efecto. El matrimonio imaginado no llegó ni a rollete de una noche. En fin.
Y el Gobierno, que se entera o no de lo que ocurre, satisfecho, eso si, muy atareado, tendrá que responder en el Congreso a las 81.312 preguntas formuladas por don Juan Carlos Grau, en realidad son 28, multiplicadas por 2.904. Ya tiene trabajo el ministro del Interior en dar respuesta, una a una, a la situación de los cuarteles de la Guardia Civil. Para que luego digan que nuestros diputados no se devanan la sesera en cómo salir en la prensa. ¿Podrán responderse antes de final de siglo?
Lo dicho, si no llueve malo, si llueve mal, peor. O en palabras de Manuel Vicent, si en España lloviese bien viviríamos en un paraíso. Lo malo es que ni llueve, ni se gobierna, ni se pregunta, a gusto de todos.
La felicidad de los ratones, en la Francia de la cultura, es indescriptible. ¿Habrá tenido algo que ver Carla Brunni? Qui lo sà.
La sardina se murió sin que la matase nadie y en Madrid, que no llovió, a enterrarla la llevaron metidita en su cajita, las plañideras del foro; y un alcalde platicó que, eso de Madrid al cielo, dejó de ser un redicho por convertirse en sentencia, si la autoriza Esperanza, que en las cosas madrileñas, y de España, quiere meter la pestaña, aunque el edil se cabree y cuenta que, esta vez si, el noviazgo susodicho entre el alcalde y la presi, avanza a paso ligero por ver si juntitos ambos, terminan con las zanjitas, o se encuentran los tesoros que aquí perdieron los godos, y el alcalde Gallardón, sonriente y cabezón, se empeñó en localizar, por eso anda cabizbajo, por las calles de Madrid, abriendo a su paso surcos, zanja viene y zanja va. Y se acabó el carnaval.
Cosas que pasan.
Por tierras de la siempre culta y abierta Francia existió, hasta hace pocos días, la sana costumbre de injertar en el páncreas de un ratón la sustancia de una ostra, de esas que se crían en las aguas de la costa de Arcachón, esa que va desde la clásica ciudad de veraneo de la gran clase social europea, hasta el cabo de Cap Ferret. Las ostras, por aquella zona, lo atestiguo, son exquisitas, mucho más acompañadas con uno de esos espléndidos y suaves vinos de Burdeos. Dicho sea, lo uno y lo otro, sin desmerecer a nuestros cultivos ostriles y caldos propios.
Nos llamó la atención el pasado verano esa aventura del ratón, que nos pilló en Audance, tierra de grandes humedales, e igualmente de veranos suaves frente a la costa cántabra.
Las ostrerías, porque allá lo más popular son las ostrerías marineras llegado el caso de que el injerto sustancioso de la ostra de marras terminase con la expiración del ratón, cerraban. Ese día las ostras, desconozco sin en señal de luto ante la expiración del roedor, no se podían comer porque, supuestamente, podían sentar mal. Confieso que en día con ratón de cuerpo presente nos pusimos “morados” a ostras, y lo continuamos contando unos cuantos meses después.
Los criadores de ostras se levantaron en armas y buscaron firmas incluso que llevar al Parlamento Europeo con intención de abolir semejante costumbre, puede que perdida en la noche de los tiempos. Lo consiguieron. Ahora las ostras, en lugar de analizarlas el páncreas de un ratón, las analiza, como es más lógico, un laboratorio sanitario. Cosas de Francia.
Nos lo contó Sabrina el pasado fin de semana, que se escapó desde Burdeos pasando por Barcelona y recalando en el Madrid que tanto la atrae, aunque algo ya sospechaba al respecto, el ratoncito Pérez, ese que nació en la pastelería de la calle Mayor y habitó en su cajita de galletas lo encontré el otro día, vestido de mosquetero, frente al Congreso de los Diputados, espada en mano, tratando de poner un orden imposible, en España también, al desaguisado de la crisis.
Me da la impresión de que, ni el ratón Pérez de mosquetero, ni la metáfora del matrimonio de conveniencia Zapatero-Rajoy, surte efecto. El matrimonio imaginado no llegó ni a rollete de una noche. En fin.
Y el Gobierno, que se entera o no de lo que ocurre, satisfecho, eso si, muy atareado, tendrá que responder en el Congreso a las 81.312 preguntas formuladas por don Juan Carlos Grau, en realidad son 28, multiplicadas por 2.904. Ya tiene trabajo el ministro del Interior en dar respuesta, una a una, a la situación de los cuarteles de la Guardia Civil. Para que luego digan que nuestros diputados no se devanan la sesera en cómo salir en la prensa. ¿Podrán responderse antes de final de siglo?
Lo dicho, si no llueve malo, si llueve mal, peor. O en palabras de Manuel Vicent, si en España lloviese bien viviríamos en un paraíso. Lo malo es que ni llueve, ni se gobierna, ni se pregunta, a gusto de todos.
La felicidad de los ratones, en la Francia de la cultura, es indescriptible. ¿Habrá tenido algo que ver Carla Brunni? Qui lo sà.
La sardina se murió sin que la matase nadie y en Madrid, que no llovió, a enterrarla la llevaron metidita en su cajita, las plañideras del foro; y un alcalde platicó que, eso de Madrid al cielo, dejó de ser un redicho por convertirse en sentencia, si la autoriza Esperanza, que en las cosas madrileñas, y de España, quiere meter la pestaña, aunque el edil se cabree y cuenta que, esta vez si, el noviazgo susodicho entre el alcalde y la presi, avanza a paso ligero por ver si juntitos ambos, terminan con las zanjitas, o se encuentran los tesoros que aquí perdieron los godos, y el alcalde Gallardón, sonriente y cabezón, se empeñó en localizar, por eso anda cabizbajo, por las calles de Madrid, abriendo a su paso surcos, zanja viene y zanja va. Y se acabó el carnaval.
Cosas que pasan.