EL DISPUTADO VOTO DEL SEÑOR CAYO
Me viene a la memoria la magnífica novela de Delibes al hilo de un artículo de prensa que leí ayer en la provincial. Hay en Guadalajara casi noventa pueblos abandonados. Y también hay unos cuantos cuyo número de habitantes no llega a la decena.
Los tiempos, que nos han traído un ciento de comodidades nos ha traído, también, la soledad a nuestros pueblos.
Muchos de ellos han quedado como una especie de emblema de lo deshabitado. Con sus casas derruidas y sus calles borradas por los zarzales. Unos cuantos conozco de esa manera. Y me vienen a la memoria escenas como la del alcalde del Atance, que se negaba a abandonar lo que fue su pueblo, o alguno otro por la misma comarca de Sigüenza en la que apenas quedaron dos vecinos, y enfrentados por un quítame allá esos pastos. Pocos y mal avenidos.
A mi tío Sebas, que era de un pueblecito de Segovia, que también pasó a la historia de lo deshabitable, nunca mencionó el nombre de su pueblo salvo cuando un señor americano se puso en contacto con todos los vecinos, para comprar el término municipal, la mayoría se encontraban en Madrid y Barcelona. Lo vendieron y nunca más se supo.
Es penosa recorrer poblaciones en las que el ruido del silencio es tan intenso como la vida que habitó en sus callejas. Sentado en una ocasión en el atrio de la iglesia de Villacadima, joya del románico castellano, tan solo se escuchaba el soniquete de la fuente con una intensidad atronadora, hiriente.
Y camino del Ocejón se plasmaban los caseríos de Semillas y de Robleluengo con la media luna de sus tejados encorvando la viguería de roble.
El pasado verano, al pasar por Picazo, alguien recordó que hasta el camino se había borrado. Y Valdelagua emergía entre cerros calizos como encina fortachona que se resiste al abandono abandonado.
No hace demasiado tiempo, en reportaje televisivo, uno de esos únicos habitantes de uno de esos pueblos respondió a la misma pregunta que otro, por Híjes y Ujados, dio al migo Raúl Conde, dejé al perro atado a la puerta. El perro, su único compañero. Atado a la puerta para que, alguno de esos domingueros de oficio no acudiese a derribar su puerta y llevarse cualquier cosa, que en esos casos todo vale.
Lástima que, como ocurre en la obra de Delibes, alguien únicamente se acuerde de que existen otras gentes, y otros pueblos, cuando necesitan discutir la papeleta a cambio de una promesa que para muchos nunca llegará, para otros demasiado tarde.
Pero ocurre una cosa. Marcharán las gentes y se quedará el silencio como único testigo, guardián sin fortuna del afortunado entorno que fue testigo de tantas y tantas vidas, por encima del tiempo y del olvido.
Y la otra: suena el teléfono. Es de la Ser de Castilla-La Mancha. Quieren que les hable del carnaval en Guadalajara al hilo de uno de mis recientes trabajos de etnografía. Me gusta hablar por la radio y no me gusta salir en la televisión. Quedamos para las 12,30 del sábado, en directo. Me gusta el directo, salvo cuando meten la cuña de publicidad. Después, tarde de Jueves Lardero, merienda campestre con todo lo que la tierra ofrece antes de que la Cuaresma nos agarre del pescuezo. Al filo de la noche nueva llamada, alguien me dice que la entrevista del lunes es genial a juicio del entrevistado, ha confesado que ya me contó lo que hay en torno a si repite o no repite en el cargo. Lo siento, hasta que la revista no salga no habrá exclusiva. La política tiene esas, y otras cosas más.
Y la última: Parece que están gustando esas historietas de Narrillos del Alamo. Más de doscientas visitas ha tenido la primera parte del Catastro de Ensenada. Ya os la he dejado traducida en su salsa, es decir, su blog: http://narrillosdelalamoavila.blogspot.com/, lo tenéis fácil para acceder, lo podéis hacer desde la cabecera de esta misma página, espero vuestras impresiones, narrilleros. Tengo algunas ocurrencias más, pero ya os iré contando.
Me viene a la memoria la magnífica novela de Delibes al hilo de un artículo de prensa que leí ayer en la provincial. Hay en Guadalajara casi noventa pueblos abandonados. Y también hay unos cuantos cuyo número de habitantes no llega a la decena.
Los tiempos, que nos han traído un ciento de comodidades nos ha traído, también, la soledad a nuestros pueblos.
Muchos de ellos han quedado como una especie de emblema de lo deshabitado. Con sus casas derruidas y sus calles borradas por los zarzales. Unos cuantos conozco de esa manera. Y me vienen a la memoria escenas como la del alcalde del Atance, que se negaba a abandonar lo que fue su pueblo, o alguno otro por la misma comarca de Sigüenza en la que apenas quedaron dos vecinos, y enfrentados por un quítame allá esos pastos. Pocos y mal avenidos.
A mi tío Sebas, que era de un pueblecito de Segovia, que también pasó a la historia de lo deshabitable, nunca mencionó el nombre de su pueblo salvo cuando un señor americano se puso en contacto con todos los vecinos, para comprar el término municipal, la mayoría se encontraban en Madrid y Barcelona. Lo vendieron y nunca más se supo.
Es penosa recorrer poblaciones en las que el ruido del silencio es tan intenso como la vida que habitó en sus callejas. Sentado en una ocasión en el atrio de la iglesia de Villacadima, joya del románico castellano, tan solo se escuchaba el soniquete de la fuente con una intensidad atronadora, hiriente.
Y camino del Ocejón se plasmaban los caseríos de Semillas y de Robleluengo con la media luna de sus tejados encorvando la viguería de roble.
El pasado verano, al pasar por Picazo, alguien recordó que hasta el camino se había borrado. Y Valdelagua emergía entre cerros calizos como encina fortachona que se resiste al abandono abandonado.
No hace demasiado tiempo, en reportaje televisivo, uno de esos únicos habitantes de uno de esos pueblos respondió a la misma pregunta que otro, por Híjes y Ujados, dio al migo Raúl Conde, dejé al perro atado a la puerta. El perro, su único compañero. Atado a la puerta para que, alguno de esos domingueros de oficio no acudiese a derribar su puerta y llevarse cualquier cosa, que en esos casos todo vale.
Lástima que, como ocurre en la obra de Delibes, alguien únicamente se acuerde de que existen otras gentes, y otros pueblos, cuando necesitan discutir la papeleta a cambio de una promesa que para muchos nunca llegará, para otros demasiado tarde.
Pero ocurre una cosa. Marcharán las gentes y se quedará el silencio como único testigo, guardián sin fortuna del afortunado entorno que fue testigo de tantas y tantas vidas, por encima del tiempo y del olvido.
Y la otra: suena el teléfono. Es de la Ser de Castilla-La Mancha. Quieren que les hable del carnaval en Guadalajara al hilo de uno de mis recientes trabajos de etnografía. Me gusta hablar por la radio y no me gusta salir en la televisión. Quedamos para las 12,30 del sábado, en directo. Me gusta el directo, salvo cuando meten la cuña de publicidad. Después, tarde de Jueves Lardero, merienda campestre con todo lo que la tierra ofrece antes de que la Cuaresma nos agarre del pescuezo. Al filo de la noche nueva llamada, alguien me dice que la entrevista del lunes es genial a juicio del entrevistado, ha confesado que ya me contó lo que hay en torno a si repite o no repite en el cargo. Lo siento, hasta que la revista no salga no habrá exclusiva. La política tiene esas, y otras cosas más.
Y la última: Parece que están gustando esas historietas de Narrillos del Alamo. Más de doscientas visitas ha tenido la primera parte del Catastro de Ensenada. Ya os la he dejado traducida en su salsa, es decir, su blog: http://narrillosdelalamoavila.blogspot.com/, lo tenéis fácil para acceder, lo podéis hacer desde la cabecera de esta misma página, espero vuestras impresiones, narrilleros. Tengo algunas ocurrencias más, pero ya os iré contando.