miércoles, febrero 10, 2010

EL DICHOSO CUADRO DE LA DISCORDIA

Lo acaban de enseñar en Herrera de Pisuerga colgando de las paredes de una ermita. Representa, parece ser, la adoración de los reyes, una de las tantas cientos de miles de copias que se hacen desde que se inventó eso de poner sobre un lienzo imágenes humanas y divinas.
Ocurre una cosa, que al pintor del lienzo se le ha ocurrido retratar a gentes de la calle, y hay quien dice, con bastante mala uva, que los reyes y San José se parecen como una gota de agua a otra, a la familia del Alcalde del pueblo, y hay quien, llegando más lejos, dice que se trata de un retrato de familia. Claro, el Alcalde dice que de eso no sabe nada y el autor de la obra, que ha saltado a la fama nacional se defiende diciendo que es su costumbre tomar imágenes de personas actuales para situarlas en la estampa del pasado.
Pues están en su derecho, tanto el Alcalde de no saber nada, o de saber demasiado, como el autor de la obra. Y es que eso ha sido una constante a lo largo de los siglos en la pintura. Sin ir más lejos yo he visto a Pilarita pintada por su marido Rafa Pedrós, unas veces poniendo su cara a una imagen del retablo de una iglesia, en otras sirviendo de figura para una Mendoza de ilustre cuna, y la he visto como la Jimena del Cid y nadie ha dicho nada. Y la Eboli que cuelga de las paredes de mi casa con firma pedrosiana se parece, como un terrón de azúcar a otro igual, a su hija mayor, salvo en el parche que cubre el ojo tuerto; y el Cid que me pintó el año pasado es clavadito al Pedrós más auténtico, claro que solo él y yo sabemos que mientras lo pintaba se estaba fijando en un espejo para mejor reflejarse en el retrato.
Ocurre una cosa, que cuando el diablo no tiene que hacer con el rabo mata moscas, como dirían los abuelotes.
Para el autor de la obra quizá le hubiese resultado más cómodo recurrir a la clásica imagen de retratar a los tres magos de Oriente como siempre se hizo, e incluso llegar a más, trasladarse a la catedral de Colonia abrir las arcas en las que los tres misteriosos magos se encuentran, y retratarlos en semejante postura que semejase el divino misterio de la famosa adoración que, por mucho que se intente, nadie logrará darle tanta vistosidad y color como les dieron Juan Bautista Maíno o Matías Jimeno.
Pero claro, después de más de dos mil años metidos en el arca de la catedral de Colonia a saber en qué estado se encontrarán sus tres augustas majestades, si es que de ellas queda algo más que montón de polvo y podredumbre.
Lo dicho, el pintor y su obra son cosas distintas, como el jinete y el potro, o la estatua y el plinto. De lo que no cabe duda es de que aquí, con tal de pinchar, pinchamos.
Creo que el autor de la obra ya ha subido su caché, el Alcalde anda pensando en un retrato a imagen del divino de Miguel Angel, y Herrera de Pisuerga, de la que nadie hablaba, ha salido en todos los medios.
Pues todos contentos. ¿O se trataba de otra cosa? Benditos montajes de Santa Televisión, como si no hubiese en el mundo mejores cosas en las que perder el tiempo.
Y la otra: Recibo carta, a la antigua usanza, de mi amigo Mariano. Hasta escribiendo es un artista. Me dice que ha tomado uno de mis escritos como refugio de sus viajes en Metro, y que lo ha leído… lo menos tres veces y siempre se queda con las ganas de leerlo una más, pero es que llega a la estación de destino y tiene que bajar, y que todavía, cuando lo lee y relee, se arrepiente un poco más de no haber podido acudir a escucharme cuando lo leí en público ante un auditorio entregado. En su taller de Sigüenza, enmarcado entre el cincel de su obra, me hizo firmarle otro que considera un tesoro de la lengua castellana. Y es que hay amigos que valen su peso en la humanidad que los envuelve, aunque sea en ese fantástico tesoro que se esconde tras la hiedra del patio de la calle Seminario, en la siempre acogedora Sigüenza que tanta envidia me da por tantas cosas.