lunes, febrero 08, 2010


CORRUPTOS..!

Un colega y amigo de Sigüenza hace unos días que se prestó a escribirme un artículo sobre la corrupción en Guadalajara, en tiempos del conde de Romanones. Es esa una asignatura pendiente, la de la historia de la corrupción en los pueblos, sean de Guadalajara o de cualquier otro punto de España.
Tuve dos compañeros en un anterior trabajo, que podrían escribir páginas y páginas en torno a las corruptelas, los despachos de abogados dan para mucho en ese tema, y esos dos ex colegas, Sánchez Zubizarreta y Soriano tendrían mucho qué decir, puesto que están metidos de lleno en la Malaya marbellí, pero no es el caso hablar de ellos, ni de las corrupciones a gran escala que últimamente salpican nuestras costas. Eso es de tiempos modernos, puesto que las corrupciones, históricamente, se vivieron mayoritariamente en los pueblos del interior, en la Castilla más ancha que larga que describiese Miguel de Unamuno.
En Sigüenza, claro está, hubo mucha corrupción tiempos ah, y también en Atienza, que es mi pueblo. Recuerdo haber leído las crónicas periodísticas de comienzos de siglo XX en las que, según afirman los corresponsales, llegaron a brillar los filos de las navajas; y también, por esa época, la corrupción política, por un déjeme usted el voto en paz, alcanzó límites exagerados. Hubo un pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme, por las sierras altas de Guadalajara, que se llegó a amotinar en pleno y estuvo a punto de linchar al responsable judicial que se le ocurrió denunciar la corruptela por la que, desde el Gobierno Civil de la provincia, se remitieron un buen montón de duros a repartir entre todos aquellos que votasen a determinado candidato; claro, si se denunciaba aquello los votantes se quedaban sin cobrar, y como no les importaba quien fuese el elegido, sino que su duro o seis pesetas, pues el resto está dicho.
Un buen paisano de cuna mío, Bruno Pascual Ruilópez, senador durante veintitantos años, entre 1897 y 1920 exactamente, se encargó en denunciar ante la comisión del Senado, una a una, las corruptelas municipales y provinciales que fue encontrado, desde Guadalajara a Zamora pasando por Ciudad Real, claro que no le sirvió de nada, porque la corrupción continuó.
Y tengo más reciente en la memoria la conversación, con datos precisos, de ciertos concejales de otro pueblo de Guadalajara, lo mismo era el mío, vaya usted a saber que, en aquellos tiempos del estraperlo escondían los productos en una de las sepulturas municipales, en el cementerio, hasta que a alguien se le ocurrió darle tamaño susto que se le quitaron las ganas, al menos de esconder el producto de la usura en su propia sepultura.
Es decir, que en eso de las corrupciones estamos servidos a tutiplén, como dirían los castizos de mi tierra.
Pero hete que ahí, en una de estas, me llega un correo dando cuenta de una de esas muchas corruptelas pueblerinas, que hace referencia Narrillos del Alamo, y como últimamente me ando inmerso en averiguaciones sobre Narrillos del Alamo, el documento, publicado en la Gazeta de Madrid, de fecha 24 de julio de 1888, me ha parecido harto sugerente, dice así:
“Celebradas sin protesta en mayo de 1887 las elecciones para renovar el Ayuntamiento, se dirigió a este (Ministerio de la Gobernación), y a la Junta General de escrutinio, Andrés García, en 25 de mayo, reclamando contra la capacidad de José María Elices y Antonio Villaverde; en cuanto al primero porque se había apoderado de un terreno pequeño propiedad del común, y respecto al segundo porque como Alcalde o como depositario en años anteriores, entre ellos el de 1883 a 1884 adeudaba algunas cantidades en las cuentas rendidas, y además la de 140 pesetas al Comisionado de apremio para la formación definitiva de las mismas…”
La Comisión no pudo resolver si podían o no ser alcaldes o concejales, pero la corruptela, de cualquier manera estaba servida.
Lo dicho, la corrupción es cosa de toda la vida del Señor. Tanto que hace cosa de cien años, cuando los señores diputados y senadores se plantearon la reducción de la jornada laboral, y que los comercios cerrasen los días festivos, sus señorías llegaron al acuerdo de que sí, de que el comercio cerrase los domingos y festivos, todo el comercio, salvo las barberías, digo yo si no sería por aquello de: “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”.
Digo yo.