
VIDA DE PRINCIPES
Desde que el mundo es mundo, y yah an pasado años, los príncipes han sido los herederos, los sucesores, los segundos en esa rueda que gira en torno al máximo poder.
Los príncipes han sido, a lo largo de la historia, conspiradores, instigadores, guerreros…
E incluso, a lo largo de la Edad Media, antes y después, fueron fratricidas, parricidas, embaucadores…, y alguno que otro arrastró al pueblo en busca de obtener un poder que, aunque con el tiempo les habría de llegar, querían obtenerlo cuanto antes.
Hoy los príncipes continúan siendo los herederos, pero no ya de aquellos reyes medievales que les enseñaban a reinar y lo hacían con un absolutismo total. Hoy los príncipes son los reyes, por derecho propio, de las revistas de papel cuché, de los programas de televisión con contenido marujeril, de las emisiones de radio que tratan de poner los dientes largos a quienes viven de una nómina mileurista. Todos queremos ser príncipes, e incluso, vivir como ellos.
La vida de un príncipe heredero es una vida de estrés. De correr de un lado para otro, de fiesta en fiesta, acto en acto o representación en representación, hasta que les llegue la hora de reinar, si es que lo hacen, y si su reino sigue siendo desde esta tierra, puesto que la mayoría de los príncipes de la tierra son, al día de hoy, herederos de un título y una hacienda sin corona.
Hay príncipes prusianos, Prusia tuvo muchos príncipes. Príncipes austriacos, como reminiscencias de lo que fuese el imperio austro-búlgaro. Príncipes rusos, ingleses, italianos. Tiene gracia, Italia está llena de príncipes, y eso que el reino de Italia apenas hace ciento cincuenta años que existe. También príncipes franceses, herederos de aquel otro imperio que se inventaron los napoleones corsos. Príncipes para todos los gustos.
Los hay que, siendo herederos de piratas, y sin mayor oficio, hacen preguntas sin sentido en lugares sin sentido, y tratando de representar lo que nadie sabe qué, puesto que nada pintan en el lugar. Príncipes que viajan a lo largo de su vida en el yate de la fortuna, porque heredaron la gloria, aunque no el reino. Príncipes que se dedican, por dedicarse a algo, a sostener la copa de champán en la mano; príncipes que sueñan.
También hay príncipes que heredan las fortunas que otros príncipes les donan, tal vez imaginando que en sus manos esté mejor atendida y sepan hacer mejor distribución de la riqueza de otros.
Son príncipes, gentes que pasan por la tierra tratando de dar a sus títulos el mayor glamour. A las gentes, el mejor ejemplo.
No todos son iguales, aunque son muchas las personas que quisieran cambiarse por ellos, aunque no sean aquellos príncipes encantados de los cuentos de hadas de la infancia. ¿Tal vez por heredar?
Desde que el mundo es mundo, y yah an pasado años, los príncipes han sido los herederos, los sucesores, los segundos en esa rueda que gira en torno al máximo poder.
Los príncipes han sido, a lo largo de la historia, conspiradores, instigadores, guerreros…
E incluso, a lo largo de la Edad Media, antes y después, fueron fratricidas, parricidas, embaucadores…, y alguno que otro arrastró al pueblo en busca de obtener un poder que, aunque con el tiempo les habría de llegar, querían obtenerlo cuanto antes.
Hoy los príncipes continúan siendo los herederos, pero no ya de aquellos reyes medievales que les enseñaban a reinar y lo hacían con un absolutismo total. Hoy los príncipes son los reyes, por derecho propio, de las revistas de papel cuché, de los programas de televisión con contenido marujeril, de las emisiones de radio que tratan de poner los dientes largos a quienes viven de una nómina mileurista. Todos queremos ser príncipes, e incluso, vivir como ellos.
La vida de un príncipe heredero es una vida de estrés. De correr de un lado para otro, de fiesta en fiesta, acto en acto o representación en representación, hasta que les llegue la hora de reinar, si es que lo hacen, y si su reino sigue siendo desde esta tierra, puesto que la mayoría de los príncipes de la tierra son, al día de hoy, herederos de un título y una hacienda sin corona.
Hay príncipes prusianos, Prusia tuvo muchos príncipes. Príncipes austriacos, como reminiscencias de lo que fuese el imperio austro-búlgaro. Príncipes rusos, ingleses, italianos. Tiene gracia, Italia está llena de príncipes, y eso que el reino de Italia apenas hace ciento cincuenta años que existe. También príncipes franceses, herederos de aquel otro imperio que se inventaron los napoleones corsos. Príncipes para todos los gustos.
Los hay que, siendo herederos de piratas, y sin mayor oficio, hacen preguntas sin sentido en lugares sin sentido, y tratando de representar lo que nadie sabe qué, puesto que nada pintan en el lugar. Príncipes que viajan a lo largo de su vida en el yate de la fortuna, porque heredaron la gloria, aunque no el reino. Príncipes que se dedican, por dedicarse a algo, a sostener la copa de champán en la mano; príncipes que sueñan.
También hay príncipes que heredan las fortunas que otros príncipes les donan, tal vez imaginando que en sus manos esté mejor atendida y sepan hacer mejor distribución de la riqueza de otros.
Son príncipes, gentes que pasan por la tierra tratando de dar a sus títulos el mayor glamour. A las gentes, el mejor ejemplo.
No todos son iguales, aunque son muchas las personas que quisieran cambiarse por ellos, aunque no sean aquellos príncipes encantados de los cuentos de hadas de la infancia. ¿Tal vez por heredar?
No siempre merece la pena.