
LA NOCHE DE LA MARATON DE CUENTOS DE GUADALAJARA.
Aquella noche de hace catorce o quince años, hice una de las mayores locuras de mi vida.
Recibí, entrada la noche, una llamada desde del hospital de Guadalajara diciendo que mi madre estaba bastante mal y que la bajaban a rayos o algo así, a hacerle un encefalograma o cosa parecida, pero que mal.
Me vestí corriendo y logré llegar a Guadalajara, desde Madrid, en el momento en que la sacaban del ascensor, en apenas veinte minutos; claro, a eso de las doce o doce y media de la noche el tráfico es escaso y aún no estaban los radares ni el carnet por puntos.
Le hicieron las pruebas y la devolvieron a su habitación. Estaba dormida. Mi padre se quedó y yo le dije a mi padre que me quedaría en la sala de espera. Hasta que se despertase. Me asomé un par de veces a la habitación, y en la segunda ocasión mi padre se había quedado dormido, rendido supongo.
Debían de ser ya la tres largas de la madrugada y Guadalajara también dormía.
Salí a fumarme un cigarrillo (mala costumbre, pero lo hice); andando paso a paso cuando me quise dar cuenta estaba en el Patio de los Leones del palacio del Infantado. Era la noche de la maratón de los cuentos. Cuando yo llegué salían de allí el alcalde, José María Bris, y María Luisa, su mujer. Nos conocíamos, pero sin la amistad que posteriormente nos uniría. Salieron por la puerta principal y apenas había, escuchando los relatos, ocho o diez personas. Es lo que tienen las madrugadas, que la gente se ocupa en otras cosas.
Tras despedir a José María, Blanca Calvo, vestida de hada, tomó la palabra para contar un cuento, porque no había entonces gente suficiente, y a esas horas menos, para tomar el relevo. Un cuento que mi madre, noche a noche y año a año, nos contaba una y otra vez, ese del gato que termina con aquello de “hay mundo, mundo, cómo te los vas llevando uno por uno…”
Alguien debió de verme con sonrisa boba, porque me trajo un vaso con chocolate, pero en serio, no me apetecía.
Regresé al hospital y mi madre seguía dormida, lo mismo que mi padre.
Hoy hace un año, de madrugada, recibí una llamada. Era mi hermana, desde el hospital de Guadalajara.
Llegué a la habitación y le dije “no la despiertes”; sobre la mesilla tenía mi último libro marcado por una página concreta, se lo había dejado dos días antes y habíamos estado viendo las fotos. No pudo leerlo entonces porque con las prisas se dejó en casa las gafas de leer.
Aquel día yo había quedado en ir a verla por la tarde, tenía que ir a la televisión, tanto insistió Yolanda que al final accedí a pasar la tarde en su programa respondiendo a sus preguntas.
Mi hermana negó con la cabeza “no está dormida, se ha ido”, me dijo. Pero le tomé la mano y sentí su calor.
No, y eso es cierto, a las madres les pasa lo que a los cuentos. Pueden quedarse dormidas. Pero nunca mueren.
Yo, cuando voy al pueblo, me la sigo encontrando bajo el olmo, imaginario ya, que creció sobre la tapia del viejo hospital de Santa Ana, donde nos retratamos los tres, mi madre, mi hermana y yo, el día de mi Primera Comunión.
Las madres duermen a veces, nunca mueren, como los recuerdos, como los sueños, como tantas y tantas cosas más… lo mismo que los cuentos. Siempre estarán ahí…
Aquella noche de hace catorce o quince años, hice una de las mayores locuras de mi vida.
Recibí, entrada la noche, una llamada desde del hospital de Guadalajara diciendo que mi madre estaba bastante mal y que la bajaban a rayos o algo así, a hacerle un encefalograma o cosa parecida, pero que mal.
Me vestí corriendo y logré llegar a Guadalajara, desde Madrid, en el momento en que la sacaban del ascensor, en apenas veinte minutos; claro, a eso de las doce o doce y media de la noche el tráfico es escaso y aún no estaban los radares ni el carnet por puntos.
Le hicieron las pruebas y la devolvieron a su habitación. Estaba dormida. Mi padre se quedó y yo le dije a mi padre que me quedaría en la sala de espera. Hasta que se despertase. Me asomé un par de veces a la habitación, y en la segunda ocasión mi padre se había quedado dormido, rendido supongo.
Debían de ser ya la tres largas de la madrugada y Guadalajara también dormía.
Salí a fumarme un cigarrillo (mala costumbre, pero lo hice); andando paso a paso cuando me quise dar cuenta estaba en el Patio de los Leones del palacio del Infantado. Era la noche de la maratón de los cuentos. Cuando yo llegué salían de allí el alcalde, José María Bris, y María Luisa, su mujer. Nos conocíamos, pero sin la amistad que posteriormente nos uniría. Salieron por la puerta principal y apenas había, escuchando los relatos, ocho o diez personas. Es lo que tienen las madrugadas, que la gente se ocupa en otras cosas.
Tras despedir a José María, Blanca Calvo, vestida de hada, tomó la palabra para contar un cuento, porque no había entonces gente suficiente, y a esas horas menos, para tomar el relevo. Un cuento que mi madre, noche a noche y año a año, nos contaba una y otra vez, ese del gato que termina con aquello de “hay mundo, mundo, cómo te los vas llevando uno por uno…”
Alguien debió de verme con sonrisa boba, porque me trajo un vaso con chocolate, pero en serio, no me apetecía.
Regresé al hospital y mi madre seguía dormida, lo mismo que mi padre.
Hoy hace un año, de madrugada, recibí una llamada. Era mi hermana, desde el hospital de Guadalajara.
Llegué a la habitación y le dije “no la despiertes”; sobre la mesilla tenía mi último libro marcado por una página concreta, se lo había dejado dos días antes y habíamos estado viendo las fotos. No pudo leerlo entonces porque con las prisas se dejó en casa las gafas de leer.
Aquel día yo había quedado en ir a verla por la tarde, tenía que ir a la televisión, tanto insistió Yolanda que al final accedí a pasar la tarde en su programa respondiendo a sus preguntas.
Mi hermana negó con la cabeza “no está dormida, se ha ido”, me dijo. Pero le tomé la mano y sentí su calor.
No, y eso es cierto, a las madres les pasa lo que a los cuentos. Pueden quedarse dormidas. Pero nunca mueren.
Yo, cuando voy al pueblo, me la sigo encontrando bajo el olmo, imaginario ya, que creció sobre la tapia del viejo hospital de Santa Ana, donde nos retratamos los tres, mi madre, mi hermana y yo, el día de mi Primera Comunión.
Las madres duermen a veces, nunca mueren, como los recuerdos, como los sueños, como tantas y tantas cosas más… lo mismo que los cuentos. Siempre estarán ahí…