PEÑAS ARRIBA
Es, y ha sido, desde que me lo regalaron, uno de mis libros de cabecera, lo he leído tantas veces que casi podría decir que me lo conozco de memoria.
Desde la dedicatoria de José María de Pereda, en la que dice que en un lugar de ese libro hay una cruz en recuerdo de su hijo muerto, hasta las andanzas de todos aquellos personajes que van desfilando por una obra magnífica.
Me he imaginado en muchísimas ocasiones la casona de don Celso, la sala grande, los caminos borrados por la nieve, las manos rugosas de aquel hombre rememorando su vida… todo; e incluso en una ocasión, con menos años y preocupaciones, ideé hacer un viaje por aquellas tierras cántabras; tan solo por conocer el paisaje en el que se desarrolla la obra, desde Reinosa a Tablanca.
Imaginé entonces que aquella casona con escudos nobiliarios y amplio corredor con vistas a la montaña de don Celso habría desaparecido o estaría en estado ruinoso como aquella otra de Armando Palacio Valdés en Entralgo, cuya lastimera estampa al pie de la carretera recordaba otros pasajes de la novela costumbrista española, la aldea perdida.
Anoche, buscando entre mis antiguas fotografías una que ilustrase un pasaje, me encontré con una que tomé hace muchos años en Cantalojas, y me ha recordado, cosas del destino, el agotarse de las viejas casonas, y la memoria se me ha ido a ver la ruina de la casa de Tomasa, en Narrillos del Alamo.
Debió de ser una casa hermosa. Yo la conocí todavía con ese empaque que mostraba que alguna vez fue casa importante, con sus grandes portones carreteros, sus estancias para el ganado y para los pastores o los gañanes, o los vaqueros; y vi salir por los portones los rebaños de ovejas, y las vacas; y hasta vi a sus propietarios asomados al corredor, labrado en madera, tal vez de nogal, hoy abandonado a su suerte.
Eran tiempos en los que la trashumancia todavía continuaba practicándose, y su rebaño de vacas iniciaba el camino de los agostaderos, o de los invernaderos, con un cencerrear constante y unos mugidos penetrantes que encendían la sierra y el camino por el que se trasladaban.
Era, desde que la conocí, una de las casas más emblemáticas de Narrillos del Alamo, sin nada que la distinguiese de otras, salvo aquellas inmensas puertas carreteras, su patio o corral interior y su estampa de poderío sobre las vecinas.
Murió Tomasa, como murió su marido, sin descendencia, y hoy, aquella casa que fue emblema en una población perdida en las serranías avulenses, muestra, con esa hidalguía que los tiempos, por muy modernos que sean, nunca podrán borrar, la herida de un tiempo que… al menos para ella, fue mucho mejor.
“La noche desciende ciega y fría para las cabañas de los pastores y para los palacios de los caballeros…”, lo escribió Azorín en uno de sus más hermosos retratos de su “Hora de España”, otro de mis libros de cabecera.
Este verano, a la vieja casona de Narrillos del Alamo, le hice unas cuantas fotos, quería retenerla en mi memoria, con su ruina a cuestas, antes de que, como tantas cosas en la vida, pasase a pertenecer, por los siglos, al recuerdo.
Todo camina hacía la nada, dejó escrito el maestro.
Bajo sus aleros, como única señal de vida, continuaban anidando las golondrinas.
Y la otra, se nota que va a comenzar el nuevo año, y con él, comienzan las nuevas colecciones. Se acabaron las colonias, los turrones… comienzan las colecciones por fascículos…
Es, y ha sido, desde que me lo regalaron, uno de mis libros de cabecera, lo he leído tantas veces que casi podría decir que me lo conozco de memoria.
Desde la dedicatoria de José María de Pereda, en la que dice que en un lugar de ese libro hay una cruz en recuerdo de su hijo muerto, hasta las andanzas de todos aquellos personajes que van desfilando por una obra magnífica.
Me he imaginado en muchísimas ocasiones la casona de don Celso, la sala grande, los caminos borrados por la nieve, las manos rugosas de aquel hombre rememorando su vida… todo; e incluso en una ocasión, con menos años y preocupaciones, ideé hacer un viaje por aquellas tierras cántabras; tan solo por conocer el paisaje en el que se desarrolla la obra, desde Reinosa a Tablanca.
Imaginé entonces que aquella casona con escudos nobiliarios y amplio corredor con vistas a la montaña de don Celso habría desaparecido o estaría en estado ruinoso como aquella otra de Armando Palacio Valdés en Entralgo, cuya lastimera estampa al pie de la carretera recordaba otros pasajes de la novela costumbrista española, la aldea perdida.
Anoche, buscando entre mis antiguas fotografías una que ilustrase un pasaje, me encontré con una que tomé hace muchos años en Cantalojas, y me ha recordado, cosas del destino, el agotarse de las viejas casonas, y la memoria se me ha ido a ver la ruina de la casa de Tomasa, en Narrillos del Alamo.
Debió de ser una casa hermosa. Yo la conocí todavía con ese empaque que mostraba que alguna vez fue casa importante, con sus grandes portones carreteros, sus estancias para el ganado y para los pastores o los gañanes, o los vaqueros; y vi salir por los portones los rebaños de ovejas, y las vacas; y hasta vi a sus propietarios asomados al corredor, labrado en madera, tal vez de nogal, hoy abandonado a su suerte.
Eran tiempos en los que la trashumancia todavía continuaba practicándose, y su rebaño de vacas iniciaba el camino de los agostaderos, o de los invernaderos, con un cencerrear constante y unos mugidos penetrantes que encendían la sierra y el camino por el que se trasladaban.
Era, desde que la conocí, una de las casas más emblemáticas de Narrillos del Alamo, sin nada que la distinguiese de otras, salvo aquellas inmensas puertas carreteras, su patio o corral interior y su estampa de poderío sobre las vecinas.
Murió Tomasa, como murió su marido, sin descendencia, y hoy, aquella casa que fue emblema en una población perdida en las serranías avulenses, muestra, con esa hidalguía que los tiempos, por muy modernos que sean, nunca podrán borrar, la herida de un tiempo que… al menos para ella, fue mucho mejor.
“La noche desciende ciega y fría para las cabañas de los pastores y para los palacios de los caballeros…”, lo escribió Azorín en uno de sus más hermosos retratos de su “Hora de España”, otro de mis libros de cabecera.
Este verano, a la vieja casona de Narrillos del Alamo, le hice unas cuantas fotos, quería retenerla en mi memoria, con su ruina a cuestas, antes de que, como tantas cosas en la vida, pasase a pertenecer, por los siglos, al recuerdo.
Todo camina hacía la nada, dejó escrito el maestro.
Bajo sus aleros, como única señal de vida, continuaban anidando las golondrinas.
Y la otra, se nota que va a comenzar el nuevo año, y con él, comienzan las nuevas colecciones. Se acabaron las colonias, los turrones… comienzan las colecciones por fascículos…