
LOS ESCRITORES VIVEN EN SU OBRA.
Lo leí en el blog de Antonio Herrera, al hilo de su comentario sobre la novela póstuma de Salvador Toquero: “La luz de una herida”.
Conocí a Salvador Toquero hace tantos años que… ni me acuerdo. El era él, y yo un simple aprendiz de la vida en un despacho de abogados. Por esos mismos días conocí a otro de esos guadalajareños que… José Jara Ortega, jodío don José que me apodó “el muro de Berlín”. El en edad madura y yo aprendiz de todo. Tengo el orgullo de que, sin conocer nuestras mutuas pasiones, él ya jubilado como procurador de los Tribunales y administrador del conde de Torrepalma, logramos, en distintos años, el mismo premio literario. Todavía recuerdo las veces aquellas en las que tocaba a su puerta frente a la plaza de las Ventas, y después en la calle de Berlín y salía agarrado a su muleta… ¡Ah eres tú Tomasete! (Tengo una foto de aquellos entonces con los Pampliega, Manolo Sánchez Zubizarreta (lo que han cambiado los tiempos Manolo, qué pena me diste cuando te vi bajar del furgón Malaya/Marbella), los Portillo y Díaz de Sollano, los León, los…), en las comidas navideñas de Lhardy o el Victoria.
Hace dos años, paseando por la feria del libro de ocasión compré una novela de toros muy antigua, “Los aguiluchos”. Pensaba regalarla a un amigo con el que había tenido algún que otro enfrentamiento y al que le gustaban los toros. Jodío Juan Luis también, el otro día Mari Carmen me devolvió el último programa de toros que te dejé para que reseñases en tu obra. Te fuiste como quien cierra la puerta y dice “hasta mañana”. Ya sabes, los escritores vivimos en nuestras obras. Nunca morimos del todo, al menos mientras nuestra obra se mantenga viva.
La luz de una herida es la que nos dejó Salvador Toquero al marcharse.
Yo nunca he sido de esos que llaman por teléfono y andan detrás de los unos y los otros. Félix, (el otro día hablé con tu hermana Amalia, porque todavía me faltan las fuerzas para hablar con Rosa María y con tus hijos), solía decirme que yo era de una sencillez franciscana y que no había conocido a nadie tan adusto y seco como yo, pero que mis silencios, y mis gestos, lo decían todo… Fue una tarde de confesiones mutuas un día de cuaresma, en una cafetería de la calle de Atocha. (Sepas, Félix, que lo que aquella tarde te prometí lo estoy cumpliendo).
Salvador Toquero, un maestro. Guardo, como oro en paño, aquella presentación que hiciste de uno de mis libros una calurosa tarde de junio. La última vez que nos vinos, tú con tu mal y yo con mis sueños, íbamos a pasar el día por Guadalajara. Desconocía, como casi todos, que sería uno de tus últimos paseos por la provincia, cuando aquella mañana, también de junio, nos encontramos en el 103, yo camino del Alto Tajo, tú… de vivir.
Me emocionaste, y me sigo emocionando cada vez que escucho, porque no se olvida, tu voz única en aquello de: “Gismera, te has asomado a las torres de tu pueblo para retratar la provincia…”
Siempre vivirás, en la emoción del recuerdo, y en tu obra.
La otra: Alguien me llamó, a eso de las once y pico de la noche del 22 y me dice: “faltabas tú”, y le dije, “la satisfacción es la misma, o mayor”. Dos días antes le dije: “tengo ganas de llegar el miércoles y encontrar sobre mi mesa el documento firmado”. Ayer, al paso por la plaza de Matute, junto a la antigua librería de Balbino Cerrada, donde se forjó una parte de esa historia común que continuamos, alguien decía a alguien por teléfono: “te diré palabras bonitas”. Al subir las escaleras del viejo caserón, alguien me las iba diciendo.
Y una más: ¡claro que se quedan en el tintero muchas cosas sobre Narrillos del Alamo! Sólo he conocido a tres personas capaces de resumir una vida, o un mundo, en un gesto. Mario Benedetti, que me lo hizo con una sonrisa cuando le regalé dedicado uno de mis libros, y Antonio de la Torre emulando a Augusto Monterroso, en aquella entrevista que me hizo para Alcarria Alta y que tan a disgusto quedé con las fotos. Queda, desde aquella primera visión del pueblo, a tu mala leche, Vicentín, al comprobar que ese caprichoso pájaro carpintero te agujereó el alero de madera de tu hermmosa casa desde la que, sin ser el augusto emperador de medio mundo, dominas, sentado al fuego de la chimenea, un horizonte de inmaculada sensualidad. Media vida no soy capaz de resumirla en unas líneas. Por eso, en la entrada, decía: “Narrillos del Alamo (I)”.
Y la última: Feliz Navidad a todos desde un Madrid gris y lluvioso. Esta noche siempre faltará alguien en alguna mesa. Lo importante es que, aunque no esté sentad@ a la mesa, no nos falte en nuestro corazón.
Lo leí en el blog de Antonio Herrera, al hilo de su comentario sobre la novela póstuma de Salvador Toquero: “La luz de una herida”.
Conocí a Salvador Toquero hace tantos años que… ni me acuerdo. El era él, y yo un simple aprendiz de la vida en un despacho de abogados. Por esos mismos días conocí a otro de esos guadalajareños que… José Jara Ortega, jodío don José que me apodó “el muro de Berlín”. El en edad madura y yo aprendiz de todo. Tengo el orgullo de que, sin conocer nuestras mutuas pasiones, él ya jubilado como procurador de los Tribunales y administrador del conde de Torrepalma, logramos, en distintos años, el mismo premio literario. Todavía recuerdo las veces aquellas en las que tocaba a su puerta frente a la plaza de las Ventas, y después en la calle de Berlín y salía agarrado a su muleta… ¡Ah eres tú Tomasete! (Tengo una foto de aquellos entonces con los Pampliega, Manolo Sánchez Zubizarreta (lo que han cambiado los tiempos Manolo, qué pena me diste cuando te vi bajar del furgón Malaya/Marbella), los Portillo y Díaz de Sollano, los León, los…), en las comidas navideñas de Lhardy o el Victoria.
Hace dos años, paseando por la feria del libro de ocasión compré una novela de toros muy antigua, “Los aguiluchos”. Pensaba regalarla a un amigo con el que había tenido algún que otro enfrentamiento y al que le gustaban los toros. Jodío Juan Luis también, el otro día Mari Carmen me devolvió el último programa de toros que te dejé para que reseñases en tu obra. Te fuiste como quien cierra la puerta y dice “hasta mañana”. Ya sabes, los escritores vivimos en nuestras obras. Nunca morimos del todo, al menos mientras nuestra obra se mantenga viva.
La luz de una herida es la que nos dejó Salvador Toquero al marcharse.
Yo nunca he sido de esos que llaman por teléfono y andan detrás de los unos y los otros. Félix, (el otro día hablé con tu hermana Amalia, porque todavía me faltan las fuerzas para hablar con Rosa María y con tus hijos), solía decirme que yo era de una sencillez franciscana y que no había conocido a nadie tan adusto y seco como yo, pero que mis silencios, y mis gestos, lo decían todo… Fue una tarde de confesiones mutuas un día de cuaresma, en una cafetería de la calle de Atocha. (Sepas, Félix, que lo que aquella tarde te prometí lo estoy cumpliendo).
Salvador Toquero, un maestro. Guardo, como oro en paño, aquella presentación que hiciste de uno de mis libros una calurosa tarde de junio. La última vez que nos vinos, tú con tu mal y yo con mis sueños, íbamos a pasar el día por Guadalajara. Desconocía, como casi todos, que sería uno de tus últimos paseos por la provincia, cuando aquella mañana, también de junio, nos encontramos en el 103, yo camino del Alto Tajo, tú… de vivir.
Me emocionaste, y me sigo emocionando cada vez que escucho, porque no se olvida, tu voz única en aquello de: “Gismera, te has asomado a las torres de tu pueblo para retratar la provincia…”
Siempre vivirás, en la emoción del recuerdo, y en tu obra.
La otra: Alguien me llamó, a eso de las once y pico de la noche del 22 y me dice: “faltabas tú”, y le dije, “la satisfacción es la misma, o mayor”. Dos días antes le dije: “tengo ganas de llegar el miércoles y encontrar sobre mi mesa el documento firmado”. Ayer, al paso por la plaza de Matute, junto a la antigua librería de Balbino Cerrada, donde se forjó una parte de esa historia común que continuamos, alguien decía a alguien por teléfono: “te diré palabras bonitas”. Al subir las escaleras del viejo caserón, alguien me las iba diciendo.
Y una más: ¡claro que se quedan en el tintero muchas cosas sobre Narrillos del Alamo! Sólo he conocido a tres personas capaces de resumir una vida, o un mundo, en un gesto. Mario Benedetti, que me lo hizo con una sonrisa cuando le regalé dedicado uno de mis libros, y Antonio de la Torre emulando a Augusto Monterroso, en aquella entrevista que me hizo para Alcarria Alta y que tan a disgusto quedé con las fotos. Queda, desde aquella primera visión del pueblo, a tu mala leche, Vicentín, al comprobar que ese caprichoso pájaro carpintero te agujereó el alero de madera de tu hermmosa casa desde la que, sin ser el augusto emperador de medio mundo, dominas, sentado al fuego de la chimenea, un horizonte de inmaculada sensualidad. Media vida no soy capaz de resumirla en unas líneas. Por eso, en la entrada, decía: “Narrillos del Alamo (I)”.
Y la última: Feliz Navidad a todos desde un Madrid gris y lluvioso. Esta noche siempre faltará alguien en alguna mesa. Lo importante es que, aunque no esté sentad@ a la mesa, no nos falte en nuestro corazón.