LA BUENA LETRA
Si Camilo José Cela hubiese nacido unos años más tarde es seguro que hubiese vivido unos cuantos años más, por ley de edad, claro está.
Lo traigo al recuerdo porque fue quien dijo aquello de que “a un escritor solo lo retira la arterioesclerosis”. Hoy con los ordenadores, puede que ni eso.
Confieso que yo siempre he escrito a la antigua, a mano. Después pasaba a máquina u ordenador. Y eso me salvó hace unos años para rescatar un libro, cuando era un pardillo en esto de archivar, aceptar, guardar y todas esas cosas. Hoy tengo que hacerlo a ordenador directamente porque de lo contrario no me cunden las horas.
La cuestión tiene su gracia, por eso os la cuento. En uno de mis libros, todavía no está publicado y espero que se publique algún día, hay Mari Luna, ¡qué pronto se olvidan las promesas! Bien, como en el libro aparecen como…. cuatrocientos o quinientos nombres, se me ocurrió poner al final un índice onomástico. La cuestión, según me dijeron, era tan sencilla como ir poniendo un nombre tras otro y después, cuando estuviesen todos, seleccionar una pestaña que dice “ordenar A/Z”, y eso hice, después, como era tarde, archivé y me fui a dormir.
A la mañana siguiente, al volver al documento, los ojos me hacían chiribitas. Tenía todo el documento, algo así como seiscientas páginas a 38 renglones por página y 80 caracteres por línea, perfectamente ordenado de la A a la Z. Había olvidado seleccionar lo que quería ordenar, y lo ordené todo. Tardé 20 días en devolverlo a su orden, y suerte que lo tenía escrito a mano, porque no hubo forma humana de rescatar el documento, ¿qué puñetas haría?
Anoche Sergio, mi hijo, estaba más contento que unas castañuelas, panderetas mejor, que estamos en Navidad. Lo que va de curso ha ido tirandillo, pero, muy ladino, me ha señalado una nota sobre un papelote sobre la mesa del comedor. Las notas.
Ya nos había anunciado que, los cinco o seis suspensos, no se los quitaba nadie. Claro el curso es complicado y… bueno, qué le vamos a hacer.
La nota en cuestión decía “se le restan dos puntos por mala ortografía”. Se le da de maravilla eso de mandar mensajes por el móvil, algo a lo que yo no termino por acostumbrarme, debo de haber mandado ocho o diez a lo largo de mi vida, y hasta me entran sudores de parto en el intento.
Hombre, yo no digo que en los colegios o en los institutos se enseñe a los críos a escribir como Mariano Canfrán, que escribe como cincela porque tiene madera y mano de artista, pero pienso, y es un pensar, que algo debería de hacerse. A Sergio no hay quien lo meta en vereda en eso de la escritura. Yo que su tutor, en lugar de restarle dos puntos en una asignatura, la única que ha suspendido finalmente, le hubiese restado dos en cada una de ellas, ¡de escarmiento!
A Curri no le puedo preguntar su opinión, en eso coincidimos y a lo de la crisis no me hizo ni caso, bueno si, bamboleó su airoso flequillete. Y hoy en teleaguirre dijo algo así como que había que fomentar la lectura. Hombre, y la dicción y unas cuantas cosas más, que en la misma teleaguirre una de sus presentadoras va y suelta que “este fin de semana todos los madrileños podrán esquiar en Cercedilla”; cierto que Cercedilla tiene nieve, Guadarrama en cambio no. Lo veo desde la ventana. No es más correcto: “todos los madrileños que lo deseen…”, y aún así con sus más y menos, que digo yo que aquello tendrá una capacidad.
La cuestión está en que, a este ritmo, los escritores tendremos que cambiar de estilo, aprender a escribir como los hijos, a la jeroglífica manera, y he aquí la duda ¿si aprendemos a escribir como ellos, variarán de estilo y escribirán como nosotros? o por el contrario, ¿dejarán de leernos porque no nos entienden?
Está claro, Cela llevaba razón, a los escritores nos retirará la arterioesclerosis, no vamos a tener más remedio que aprender a escribir en clave, y eso es duro, pero que muy duro, ¿o no?
Esto se lo pregunto a la Esteban, que tiene que saber la tira. Ya habla en clave o sea que…
Por lo demás el día bien. Tranquila la mañana, acelerada la tarde… Arreglé algunas cuestiones y terminé haciendo amigos y hablando de memoria histórica en torno al asunto de la retirada de la placa al general Muñoz Grandes en Sigüenza. Le conté una historia y le enseñé una carta, autógrafa y original, de Muñoz Grandes. Otro día os cuento esa historia porque es larga.
Luego las noticias van y desentrañan el misterio de la dichosa caja del tiempo que encontraron hace unos días en Madrid. Contenía unos libros del Quijote, unos periódicos de hace la tira de tiempo y no se cuantas cosas más.
Se han extendido en decir y contar no se cuantas historias sobre la importancia del hallazgo y la curiosidad y…
Hace ya unos cuantos años, una soleada mañana de junio me paré a saludar al tío Dionisio Arias a la puerta de su casa cuando iba yo a por el pan, en Atienza. La conversación se alargó y terminó contándome de cuando se hizo su casa.El había contribuido.
Cuando le pregunté qué año se levantó, me señaló una piedra, a nivel de la acera, donde, convenientemente protegido, había depositado, el mismo día que la casa comenzaba a levantarse, un duro con la cara de Alfonso XII, unos periódicos de aquellos días y unas cuantas cosas escritas por él, dando cuenta del evento y lo feliz que se sentía.
Hombre, no digo que lo del hallazgo de los ejemplares del Quijote de 1834 no sea importante. Pero, puestos en la balanza, ¿qué será más importante dentro de unos cuantos años, cuando los bisnietos o tataranietos del tío Dionisio Arias hagan casa nueva y descubran que, con el esfuerzo de su abuelo, un día y año determinado comenzó a levantarse aquella casa? ¿Eso, o unos ejemplares del Quijote? Y es más que seguro que el dato no sale en la tele. Aunque sus descendientes se sentirán dichosos del hallazgo.
Apreciaciones de la vida para las que, seguro, que la Esteban no me da respuesta.
Si Camilo José Cela hubiese nacido unos años más tarde es seguro que hubiese vivido unos cuantos años más, por ley de edad, claro está.
Lo traigo al recuerdo porque fue quien dijo aquello de que “a un escritor solo lo retira la arterioesclerosis”. Hoy con los ordenadores, puede que ni eso.
Confieso que yo siempre he escrito a la antigua, a mano. Después pasaba a máquina u ordenador. Y eso me salvó hace unos años para rescatar un libro, cuando era un pardillo en esto de archivar, aceptar, guardar y todas esas cosas. Hoy tengo que hacerlo a ordenador directamente porque de lo contrario no me cunden las horas.
La cuestión tiene su gracia, por eso os la cuento. En uno de mis libros, todavía no está publicado y espero que se publique algún día, hay Mari Luna, ¡qué pronto se olvidan las promesas! Bien, como en el libro aparecen como…. cuatrocientos o quinientos nombres, se me ocurrió poner al final un índice onomástico. La cuestión, según me dijeron, era tan sencilla como ir poniendo un nombre tras otro y después, cuando estuviesen todos, seleccionar una pestaña que dice “ordenar A/Z”, y eso hice, después, como era tarde, archivé y me fui a dormir.
A la mañana siguiente, al volver al documento, los ojos me hacían chiribitas. Tenía todo el documento, algo así como seiscientas páginas a 38 renglones por página y 80 caracteres por línea, perfectamente ordenado de la A a la Z. Había olvidado seleccionar lo que quería ordenar, y lo ordené todo. Tardé 20 días en devolverlo a su orden, y suerte que lo tenía escrito a mano, porque no hubo forma humana de rescatar el documento, ¿qué puñetas haría?
Anoche Sergio, mi hijo, estaba más contento que unas castañuelas, panderetas mejor, que estamos en Navidad. Lo que va de curso ha ido tirandillo, pero, muy ladino, me ha señalado una nota sobre un papelote sobre la mesa del comedor. Las notas.
Ya nos había anunciado que, los cinco o seis suspensos, no se los quitaba nadie. Claro el curso es complicado y… bueno, qué le vamos a hacer.
La nota en cuestión decía “se le restan dos puntos por mala ortografía”. Se le da de maravilla eso de mandar mensajes por el móvil, algo a lo que yo no termino por acostumbrarme, debo de haber mandado ocho o diez a lo largo de mi vida, y hasta me entran sudores de parto en el intento.
Hombre, yo no digo que en los colegios o en los institutos se enseñe a los críos a escribir como Mariano Canfrán, que escribe como cincela porque tiene madera y mano de artista, pero pienso, y es un pensar, que algo debería de hacerse. A Sergio no hay quien lo meta en vereda en eso de la escritura. Yo que su tutor, en lugar de restarle dos puntos en una asignatura, la única que ha suspendido finalmente, le hubiese restado dos en cada una de ellas, ¡de escarmiento!
A Curri no le puedo preguntar su opinión, en eso coincidimos y a lo de la crisis no me hizo ni caso, bueno si, bamboleó su airoso flequillete. Y hoy en teleaguirre dijo algo así como que había que fomentar la lectura. Hombre, y la dicción y unas cuantas cosas más, que en la misma teleaguirre una de sus presentadoras va y suelta que “este fin de semana todos los madrileños podrán esquiar en Cercedilla”; cierto que Cercedilla tiene nieve, Guadarrama en cambio no. Lo veo desde la ventana. No es más correcto: “todos los madrileños que lo deseen…”, y aún así con sus más y menos, que digo yo que aquello tendrá una capacidad.
La cuestión está en que, a este ritmo, los escritores tendremos que cambiar de estilo, aprender a escribir como los hijos, a la jeroglífica manera, y he aquí la duda ¿si aprendemos a escribir como ellos, variarán de estilo y escribirán como nosotros? o por el contrario, ¿dejarán de leernos porque no nos entienden?
Está claro, Cela llevaba razón, a los escritores nos retirará la arterioesclerosis, no vamos a tener más remedio que aprender a escribir en clave, y eso es duro, pero que muy duro, ¿o no?
Esto se lo pregunto a la Esteban, que tiene que saber la tira. Ya habla en clave o sea que…
Por lo demás el día bien. Tranquila la mañana, acelerada la tarde… Arreglé algunas cuestiones y terminé haciendo amigos y hablando de memoria histórica en torno al asunto de la retirada de la placa al general Muñoz Grandes en Sigüenza. Le conté una historia y le enseñé una carta, autógrafa y original, de Muñoz Grandes. Otro día os cuento esa historia porque es larga.
Luego las noticias van y desentrañan el misterio de la dichosa caja del tiempo que encontraron hace unos días en Madrid. Contenía unos libros del Quijote, unos periódicos de hace la tira de tiempo y no se cuantas cosas más.
Se han extendido en decir y contar no se cuantas historias sobre la importancia del hallazgo y la curiosidad y…
Hace ya unos cuantos años, una soleada mañana de junio me paré a saludar al tío Dionisio Arias a la puerta de su casa cuando iba yo a por el pan, en Atienza. La conversación se alargó y terminó contándome de cuando se hizo su casa.El había contribuido.
Cuando le pregunté qué año se levantó, me señaló una piedra, a nivel de la acera, donde, convenientemente protegido, había depositado, el mismo día que la casa comenzaba a levantarse, un duro con la cara de Alfonso XII, unos periódicos de aquellos días y unas cuantas cosas escritas por él, dando cuenta del evento y lo feliz que se sentía.
Hombre, no digo que lo del hallazgo de los ejemplares del Quijote de 1834 no sea importante. Pero, puestos en la balanza, ¿qué será más importante dentro de unos cuantos años, cuando los bisnietos o tataranietos del tío Dionisio Arias hagan casa nueva y descubran que, con el esfuerzo de su abuelo, un día y año determinado comenzó a levantarse aquella casa? ¿Eso, o unos ejemplares del Quijote? Y es más que seguro que el dato no sale en la tele. Aunque sus descendientes se sentirán dichosos del hallazgo.
Apreciaciones de la vida para las que, seguro, que la Esteban no me da respuesta.