domingo, octubre 18, 2009





LA SERRANÍA DE GUADALAJARA: CRONICA DE UN SIGLO.


(Conferencia impartida por Tomás Gismera Velasco, dentro de los actos del II Día de la Sierra, el 17 de octubre de 2009, en Galve de Sorbe).


Autoridades, amigos, serranas y serranos:


“El último corto, el tren de cercanías que desde la Estación del Niño Jesús de Madrid llegaba a Guadalajara, debió de hacerlo la última noche de 1900 poco antes de que sonasen las doce campanadas en la plaza Mayor, dispuestas ya para despedir un año y dar la bienvenida al siglo XX.
No había ánimo para demasiadas celebraciones. Estaban tan recientes los acontecimientos del 98 que, aunque el pueblo necesitase entretener la mente en otras cosas, los desastres en los que España, y Guadalajara con ella, estaban metidos, no hacían que la alegría se desbordase por las calles.
De lo que no había duda es de que hacía un frío de pasmo. Un temporal como hacía años no se conocía, dominaba por completo la provincia. El agua se llegó a helar en cántaros y tinajas dentro de las casas, y gran parte de la sierra quedó totalmente aislada por la nieve, donde un gran número de vacas, ovejas y cabras murieron de hambre, sobre todo en las zonas del Alto Rey, del Ocejón…”

Es el comienzo del libro “Guadalajara, crónicas de un siglo”, que da título y es el origen de esta charla.

Ochenta años después, el tío Abilio, Abilio Ortega, molinero de Somolinos me contaba, sentados bajo la parra que abrazaba los restos de su molino, muy cercano a la conocida Laguna, que lo bueno de tener muchos años era que se podían contar muchas cosas, porque se había vivido mucho; lo malo, que quedaba poco tiempo para contarlas, y por estos pueblos, poca gente para escuchar. Tenía entonces 94 años y había vivido, aparte de los 80 del siglo XX, la última parte del XIX, cuando la serranía de Guadalajara multiplicaba por quince o veinte su población.
Casi con su siglo a cuestas, Abilio era una especie de filósofo de aldea que fue aprendiendo de las señales de la naturaleza lo que es bueno, o lo que es malo para ella.
Había observado, me contaba, los cambios que se habían producido a lo largo de ese siglo, el XX, y había visto cómo esa fuerza natural se había ido llevando lo que más apreciaba en este mundo; primero a su mujer y después a su mula, la Castaña, la que le servía para bajar diariamente desde Condemios de Abajo hasta su molino, al que ya sin oficio, se negaba a abandonar, porque fue toda su vida.
Lo había heredado de su padre y este del suyo en una serie de generaciones que podrían llegar hasta los trescientos o cuatrocientos años atrás.
Su mayor dolor era saber que, cuando él falleciese, el molino se perdería entre esa maleza que lo comenzaba a devorar, porque ya no tenía fuerzas para conservarlo como cuando era un mozo.
En aquella soledad silenciosa del campo, con un mes de junio avanzando con pesadez, junto al arroyo Manadero, esbozaba una sonrisa en lo que consideraba sus propios dominios; donde se sentía auténticamente feliz, como si fuese un amable señor feudal asomado a la torre de su castillo mirando en lontananza sus posesiones.
Le costaba reconocer una cosa importante, que los tiempos habían avanzado lo suficiente como para cambiar, como de la noche al día, la vida de todos estos pueblos, y la de muchas de las gentes que él vio crecer al mismo ritmo que le caían los años; que aquellos caminos carreteros que él conoció en su niñez se convirtieron en carreteras de asfalto por las que, no sin dolor, se fue escapando ese hálito de esperanza que debieran de haber traído a todos estos pueblos.
La esperanza de la carretera cuando era apenas un crío, esa carretera que había de traer el progreso, se había llevado a las gentes en busca de una nueva vida en un nuevo mundo, pero siempre con la mirada puesta en lo que se dejaba atrás.
Carreteras que, cuando comenzaron a proyectarse, allá por 1912 o 14, atraían a multitud de obreros. Obreros con una jornada laboral que comenzaba a las cinco de la mañana y concluía a las siete de la tarde, y que vieron, como verdadero logro sindical, que se les permitiese un descanso de 12 de la mañana a 2 de la tarde, descanso que por supuesto les era descontado de su jornal de apenas dos pesetas diarias, cuando un kilo de pan costaba setenta céntimos; prácticamente la mitad del salario de un solo día. Hasta Abilio se extrañó cuando le conté el detalle, “sabía que trabajaban a lo bruto, pero tanto…” respondió.
A él los hijos se le habían marchado hacía Cataluña, le quedaba una hija en Condemios, con la que vivía.
Pero a él no le gustaba abandonar esta tierra en la que deseaba quedarse para siempre, en ese deseo del humano, o del serrano, de reposar en la tierra que lo vio nacer:

“Aquellos paisajes que fueron la primera leche de nuestra alma, aquellas montañas, valles o llanuras en que se amamantó nuestro espíritu cuando aun no hablaba, todo eso nos acompaña hasta la muerte y forma, como el meollo, el tuétano de los huesos del alma misma”.

Lo escribió Unamuno, quien en alguna que otra ocasión se vino por aquí a restregarse el alma contra la soledad austera de estas montañas.
Ese silencio, esa misma sensación de soledad y necesidad de compañía de la tierra natal al propio tiempo, era la que sentía otra de esas personas que a diario se echaban al camino.
Hablo de Crescencio Cerrada, cartero de Prádena de Atienza quien, a diario y durante muchísimos años, hizo el camino de ida y vuelta desde su pueblo natal hasta la estafeta de Atienza para traer y llevar buenas y malas noticias a los vecinos de Cañamares, de La Miñosa, de Prádena o de Gascueña de Bornoba.
Cuando eso sucedía, por las huertas de Prádena todavía se veían algunos mulancos, de los centenares que poblaron la sierra a comienzos de siglo. Ya, en el último tercio, comenzaban a contarse prácticamente con los dedos de la mano. Tal vez uno de ellos fuese el famoso macho Gallardo, el de Juanito de Prádena.
Y es que en las comarcas pequeñas también hay personajes y animales famosos. El macho Gallardo, negro como el azabache, o como noche de lobos, era capaz de llevar y traer a su amo desde los mercados de Atienza o de Hiendelaencina hasta su pueblo sin detenerse por el camino, mientras su dueño dormía a pierna suelta montado a su grupa. Más de una vez recuerdo haber visto a mi abuelo Bernabé poner al mulo en el camino de la Bragadera atencina con la tranquilidad de saber que aquel, sin apreturas ni contratiempos, llegaría a su destino con el adormilado Juan sobre su montura, después de que éste hubiese cerrado las tabernas en cualquiera de los días de mercado. Cuando hasta Atienza, en interminable recua, bajaban desde la sierra los praineros; a comprar unos, a vender los otros, y a conocer algo más del mundo que los rodeaba todos ellos; puesto que Atienza era entonces, hasta la mitad de la década de 1960, la capital de la sierra, y allá llegaban las novedades que se resistían a seguir el camino de los pueblos más alejados, y mucho más, de los agarrados a las entrañas de la montaña.
Crescencio, a lomos en ocasiones de un borrico, la mayoría sobre un caballejo blanquecino al que puso el nombre de Tito, no se quejaba, por esos mismos años, de la pesadez del camino, de las tres o cuatro horas del viaje de ida y otras tantas del de vuelta. Se quejaba también de la soledad que le acompañaba en ese mismo camino que, cuando comenzó a recorrerlo, casi nunca se encontraba solo, porque era transitado por pastores, arrieros, leñadores, carboneros, labradores… Las gentes que dieron forma y ser a estas sierras y a estos pueblos a lo largo de varios siglos.
Sin embargo, aceptaba que todo en la vida, si es para bien, merece un cambio. Y le costaba aceptar, aunque lo hacía con cierta resignación, que la vida de sus hijos ya no estaría unida a las entrañas de los valles que él conocía como la palma de su mano; a esas laderas agarradas al faldón del Santo Alto Rey de la Majestad. Sus hijos, en Madrid o en Guadalajara, tendrían, eso esperaba y deseaba, una vida mejor.
El anhelo voceado por todos y cada uno de los hijos de estas sierras; desde el Bulejo, al macizo de Ayllón, pasando por el espinazo central del Ocejón.
Cuando Abilio Ortega, el molinero de Somolinos, abrió por vez primera sus ojos de niño, en el último tercio del siglo XIX, esta era una tierra pobre, de una pobreza sin igual, aislada; con una primavera tibia, un verano breve, un otoño fugaz y un invierno largo y duro; pero con una gente única, dura para el trabajo y demasiado conformista con su suerte.
Francisco Layna Serrano, ese gran historiador de nuestra Guadalajara patria, documentalista de excepción de un tiempo ya pasado, nos legó en sus memorias uno de los más crudos retratos de la realidad de un tiempo que no deseamos que vuelva. Del tiempo en el que su padre, Félix Layna Brihuega, comenzaba su andadura como médico por estos pueblos humildes, con cabecera en Galve.
Leo textualmente retazos de esas páginas:

“El autor de mis días ejerció de médico primero en Medranda y de allí pasó a Galve de Sorbe. Hoy, 1931, no se vive en aquellos parajes con el primitivismo de antaño, ya que las carreteras han revolucionado la existencia de los pueblos serranos.
Entonces la vida en Galve lo mismo que en Campisábalos, Cantalojas y los Condemios, lugares constitutivos del partido médico, era por demás patriarcal y sencilla. Las mujeres compartían con los hombres la ruda tarea de arrancar a la tierra, mediante el laboreo, parte de lo necesario para sustentarse. Como no bastara, se dedicaban también al pastoreo, a la corta y arrastre de los pinos entonces más que ahora abundantes en la serranía, así como a trabajar la madera.
Según refería cuando al amor de la lumbre contaba a los niños episodios de su vida profesional, en Galve era el invierno largo y crudo, quedando los pueblos incomunicados meses enteros por culpa de la nieve, que formando gruesa capa cubría al país. Con frecuencia la ventisca agravaba el mal, amontonando la nieve en las calles hasta alcanzar la escasa altura de los tejados y los vecinos tenían que abrir trincheras a diario a fin de poder salir para echar pienso al ganado.
Las llamadas desde los pueblos pequeños eran en invierno terribles, pues a más del frío intenso estaban los caminos borrados, había riesgo de perderse caminando de noche, y por último había que guardarse de los lobos que se acercaban a los poblados azuzados por el hambre.
Algunas veces atacaban a manadas enteras de ganado, teniendo que reunirse las gentes de varios pueblos para organizar batidas. Durante las persistentes nevadas, el hambre hacía que aquellas alimañas asaltaran los cementerios desenterrando los cadáveres, por cuyo motivo, para asustar a los lobos, acostumbraban los montañeses a encender hogueras por la noche sobre la tumba de sus muertos recientes. En invierno no era costumbre acompañar los restos mortales al camposanto, sino que metido el difunto en su ataúd y cargado sobre una mula, llevábanle al cementerio, y según contaba mi padre ocurrió cierta vez que mientras sus familiares le daban tierra dejando la mula atada a la puerta, los lobos la devoraron”.

Ese aislamiento de estos nuestros pueblos, fue lo que de alguna manera sirvió de base para que las gentes se comenzasen a marchar, porque se sentían abandonados y con escaso futuro:

Cantalojas no es el único pueblo de la sierra de Atienza que está abandonado, Los Condemios, Galve y otras localidades vecinas lo atestiguan. Por muy poco lluvioso que venga un invierno no hay uno siquiera que los habitantes de Cantalojas no estén incomunicados con el resto del mundo un trimestre por lo menos. Para los únicos que en todo momento son los caminos transitables, los únicos que no se olvidan de los desgraciados cantalojeños son los recaudadores de las contribuciones. Los poderes públicos, todos al mismo tiempo, no se acuerdan de muchos de nuestros pueblos más que para el cobro de los impuestos.

Era la queja constante de todas estas gentes en el primer tercio del siglo XX.
Esa misma soledad, con la sensación de alejamiento y abandono por parte de los poderes de la capital, se sentía en lo alto de la cumbre del Alto Rey, en Bustares, cuando, iniciada la década de 1980 el pueblo comenzaba a quedarse sin gentes y sus calles, cuando esa debacle de la emigración los empezaba a dejar al raso, comenzaban a verse horadadas para llevar, a cada una de sus casas, el agua corriente.
En una de aquellas tabernas-tienda de pueblo, la del tío Gamo, su mujer, la tía Avelina, se quejaba, y no sin razón de que “a buenas horas mangas verdes, aunque nunca es tarde si la dicha es buena”.
La suya era una de esas tiendecitas con atractivo poderoso de las que nos habla Azorín, uno de esos lugares con encanto metida en un callejón al que, al calor de una estufa en el mes de junio, acudían los lugareños a dar cuenta de sus pesares entre un humo espeso; un revoloteo de vencejos y un entramado de cables, porque también allí estaba la central telefónica, a la que los del lugar acudían “a poner la conferencia”.
Tal vez fuese ya algo tarde, pero los avances llegaban. En forma de camino de polvo y tierra por el que pudiesen avanzar los vehículos, que comunicaba, por vez primera, Gascueña de Bornoba con Prádena, o en forma de torretas metálicas que añadiéndose al paisaje llevaban la luz eléctrica a alguno de estos pueblos.
Si, en la década de 1980, todavía había en la comarca pueblos sin carretera, sin agua corriente en sus casas, y sin fluido eléctrico. Todavía se contaba cómo, desde que se iniciaron algunas de estas obras, habían pasado más de sesenta años y en ellas tomaron parte abuelos, hijos y nietos, sobre todo, en lo más abrupto de la cumbre; como sucedió con la carretera que desde Galve lleva hasta Umbralejo, que se comenzó en 1935, y apenas hace unos años que se dio por concluida. Cuentan los papeles oficiales que para 1944 Guadalajara, que contaba entonces con 408 pueblos, tenía prácticamente incomunicados a 202, por lo que no es extraño que se acometiese un Plan de Carreteras que trató de evitarlo. Diputación se comprometió con 184 kilómetros, y al Estado le tocaron 508. La mayoría de ellos no se concluyeron hasta veinte o veinticinco años después.
Era una época en la que los políticos de la provincia miraban hacía otro lado, y todavía queda, de esos tiempos de abandono, la extraña sensación de que no se hace, como anteriormente no se hizo, todo lo que se pudiera:

Los pueblos quieren que sus representantes sean hijos del país, que tengan en él sus afectos, que conozcan las necesidades de los que, con sus votos, los llevan a ocupar un escaño en ambas Cámaras.
A nosotros, que tanto amor sentimos por nuestra provincia y que con tanto tesón venimos trabajando por su engrandecimiento y su prestigio, nos parece muy legítimo y simpático el movimiento de los pueblos en contra de los cuneros, porque lo mismo que los pueblos, deploramos ese constante desfile de señores desconocidos que, después de alcanzar la investidura de senadores o diputados, no se han ocupado para nada de esta provincia.

Era una queja frecuente en el primer tercio del siglo XX. Esas mismas carreteras que eran la esperanza, de las que se quejaba el molinero Abilio Ortega que se llevaban a las gentes de los pueblos, llegaron tarde.
Esas mismas que se llevaron a los pastores, a los agricultores, e incluso a los rebaños de cabras o de ovejas que antaño, por primavera y otoño, desde las tierras altas de Navarra o La Rioja, atravesaban estos pagos en busca de los agostaderos andaluces o extremeños, en una escena que ya es muy difícil volver a ver, porque la revolución industrial ha terminado con la utilidad de la lana y el transporte comercial con el camino polvoriento.
No obstante, y volviendo a Azorín, “el genio de España no podría ser comprendido sin la consideración de este ir y venir de los rebaños por montañas y llanuras”, de la misma manera que si hoy la comarca hubiese progresado como lo hicieron otras zonas de la provincia, tal vez hubiésemos perdido la sensación de pertenecer a una tierra única, con identidad fuerte y propia.
Estas montañas y llanuras que nos separan de la vieja Castilla, a través de las que comenzó a ensancharse España, dejándonos como náufragos entre nuestros centenarios bosques de haya y roble que se doran al temple del otoño.
A pesar de todo no le voy a quitar a Abilio la razón, aquellas carreteras que trajeron comodidad y progreso se llevaron a las gentes de nuestros pueblos, y a los chiquillos de nuestras escuelas, y con la partida de los unos y de los otros se fue una parte de nuestra cultura, de nuestras tradiciones e incluso de nuestra propia identidad.
Entonces, cuando nacieron aquellos Abilios o Crescencios, a fines del siglo XIX o comienzos del XX, los oficios artesanos eran el medio de subsistencia para muchas familias. Pueblos enteros se dedicaban a ellos, que hoy vemos como un arte y entonces eran nada menos que una necesidad, porque se precisaban sogas, cinchas, cabezales o albardas para los animales; ollas, cazuelas o pucheros de barro para el menaje de la casa; tinajas para almacenar el agua; cántaros y botijos; o serones para transportar a lomos de pollinos lo uno y lo otro. Zarzuela de Jadraque era Zarzuela de las Ollas, Valfermoso o Valdelcubo de las sogas, Tórtola o Taracena de los serones, y las mejores tinajas se cocían en los alfares de la Campiña. El curandero, el santero, el visitador o el curiel estaban por encima de la medicina oficial, y tampoco había demasiados medios para pagar aquellas visitas, aunque el médico, cuando cobraba, también se contentaba con poco, un par de pollos, unos celemines de trigo… también era habitual que la visita fuese gratuita Al maestro, cuando lo había, se le pagaba en especie, como al médico o al veterinario; el sacristán era al mismo tiempo alguacil y en muchos casos secretario municipal; el cura una autoridad y la sierra está poblada de lobos…
En los campos serranos se labra a surco, se siembra a yunto, se cuentan melgas, se mide por fanegas, cuartillos o celemines, se esparce el grano a mano, se abona la tierra con estiércol, se procura cuidar a los animales como a un miembro más de la familia, y se vive con ese sosiego y esa conformidad de que al no conocer otra vida y no tener con qué comparar, se piensa que todas las vidas, en tantos otros lugares, salvo en las capitales, ha de ser así. Es la identidad serrana, agricultura y pastoreo. Conformismo siempre. Esa identidad particular que fue poniendo apodo a nombres y apellidos y corría por los pueblos de boca en boca, uniendo ese apodo a la casa familiar, y en ocasiones, al lugar de origen formando el gentilicio del pueblo.
Uno de mis paisanos de cuna, Guillermo Yangüela, allá por los últimos años del siglo XIX, se aventuró a poner en verso el de todos estos lugares:

Es un hecho bien patente,
que hace muchísimos años,
y en todas partes los pueblos,
que se encuentran colindando,
mutuamente se motejan,
con los apodos más raros.
El hecho resulta cierto,
aunque no acierto a explicarlo,
y sin tratar de ofenderles,
y sin ridiculizarlos,
que no quiero que los pueblos,
se crean por mí agraviados,
voy a mencionar algunos,
de los que voy recordando.

Así pues a los de Atienza,
por mi pueblo comenzando,
por lo de la bragadera,
hay quien los llama bragados;
los de Gascueña, rigüedos,
los de Riofrío, gatos,
respeños, siendo de Miedes,
Hiendelaencina, malatos,
Cincovillas, balleneros,
y mansos, a los de Naharros.
De Alpedroches, alforjeros,
Tordelloso, toledanos,
Congostrina, cardadores,
Casillas, los casillanos.
Los de Madrigal, bubillos,
los de Santamera, grajos,
de San Andrés, cabezotas,
los de Bustares, hidalgos.
A los de Alcorlo, habaneros,
La Toba, descamisados,
siendo de Galve, galvitos,
los de la Barbolla, malos,
Riosalido, mosqueros,
siendo de Imón, dicen… tapo,
no sea que sin quererlo,
vaya a meter un gazapo.
Y que me dice al oído,
una persona que acato,
que me expongo a un lance serio,
o a llevarme un garrotazo,
y al olerme a chamusquina,
hago mutis, y me callo.

Ya no se usa la consabida pregunta de “¿Y tú de quien eres?”, que nos suena a música moderna.
Abilio, el molinero, respiró aliviado al escuchar un apodo bien sonante o conocido, porque al igual que le dije: “soy del Soria, o del Guarín”, podía haberle salido por “soy del Mataburros, del Cagamantas o del Pedolobo”. Le hubiese subido la rubor, y no sin asomo de vergüenza me hubiera dicho aquello de “perdone usté la indiscreción, que no estaba en el ánimo la ofensa”.
Pero en aquellos agonizantes años del siglo XX, los últimos de Abilio el molinero, del tío Gamo o la tía Avelina de Bustares, todavía se usaba aquello de “si pasas por Cañamares, das recuerdos al Bochonero de parte del Gitano de Bustares”, personas a quienes uno no conocía, pero ellos se conocían entre si, y se comunicaban, entre si, de esa manera. Apodo y léxico perdido en las entrañas del tiempo.
Ya no se suple el aina por el poco; el desque por el desde; el enantes por el antes; la miaja por el poco o el nublo por el nublado.
Claro que, como diría la tía Domitila, una de aquellas lecheras que desde Naharros subían hasta Atienza con las botellejas de leche en las alforjas y llevando la latilla del medio y el cuartillo en la mano “me cagüen en la mar salada señora, pachasco sería que después de ir a la escuela no hubiésemos aprendido nada”.
Aquellas gentes que nacieron en nuestros pueblos, por los años en los que vino al mundo Abilio, y que conocieron a tres reyes distintos a los magos; los que en la sencilla humildad de nuestros pueblos vivieron el tiempo de los caciques locales; de la compra del voto a duro la papeleta; los años de la guerra, del hambre y del éxodo, se fueron con sus recuerdos cerrando páginas del libro de la historia de la vida de la sierra; en muchos casos sin escuchar la voz de lata de una radio, ni seguir día a día u hora a hora, acomodados en una butaca, cualquier programa de televisión.
La abuela Susa, que a sus casi cien años no entendía los avances del siglo XX, y ya se le iba la cabeza, no había día que al sentarnos a comer no saliese con aquello de “mañana os hago unos visillejos de ganchillo para ese ventanuco, que siempre se asoman los mismos a la misma hora a ver lo que comemos, y así se amuelan los cotillos”. De poco servía decirle que el ventanillo era la televisión y aquellos cotillos los presentadores del telediario.
Demencia ocasionada por la edad, e inocencia de un siglo de avances que llevaba a exclamar a nuestras abuelas: “si los antiguos levantaran la cabeza se caían patrás”. O se “espatarraban”.
Y aquellos antiguos, con sus carencias, su modo de vida y sus costumbres eran felices, o conformistas con su suerte, porque no conocían otra que la de poder seguir tirando hacía adelante, día a día, mirando al cielo. Ya fuese bajo la parra de sus molinos, en tabernas-tiendas como la del tío Gamo, a la puerta de las fraguas, esperando a que el tiempo cambiase cuando amanecía turbio, siguiendo aquel refrán de “día de agua, taberna o fragua”; o en las posadas del tío Modesto de Angón, del tío Laureano y la Felisa de Cincovillas, o la del Elías de Albendiego; donde todos hablaban, sin conocerlos, de los billetes de la burra. Los de mil pesetas que, como ahora los de 500 euros, se sabía que existían, pero solo eso, porque apenas se dejaban ver.
“Arándano, tejo, quejigo y sobre todos ellos el dios Ocejón. Y el Alto Rey asomado a su balcón pedregoso…”. Escribe Pedro Aguilar en su “Aguas Abajo”.

Aguas del Sorbe, Manadero, Lillas, Pelagallinas, Salado… Lomas y llanos, altos y cerros, y cómo no, arroyos y más arroyos que vierten aguas a lo que será el Bornoba: Dehesa de los Hoyos, Cabeza de la Sima, Sandría, Molinillo, Regajo, Escalera..,
Aguas que dieron vida a los molinos de todos los Abilios de la serranía; de los que salió la harina que fue hogaza cocida entre estepa y jara en la verruga convertida en horno de las casas de Albendiego, Valverde o Majaelrayo. Aguas que baldearon la lana que decenas de tíos Guarines, en rústicos telares, convirtieron en alforjas, costales, sayones o capas de estameña parda, cuando el conde de Romanones se venía a disparar a las codornices, a la pata coja y por mero gusto, y el tío León, componedor de huesos, ponía lazos en la madriguera de las liebres por añadir algo de carne y de sustancia a las patatas guisadas a lo pobre; en los mismos años en los que un avión que hoy nos parecería de juguete, atravesaba por vez primera el Atlántico, aterrizaba en Cuba y se ahogaba en el pozo del misterio tratando de llegar a México.
De Cuba si que habían oído hablar estas gentes, y de Filipinas, y del Africa, porque raro era el pueblo en el que, como aquel Mambrú que fue a la guerra para no volver, no dejó a alguno de sus mozos entre los cañaverales de tierras desconocidas.
Y cuando el tío Solfa, Eugenio el de La Bodera, antes de vender garrapiñadas por las ferias, entonaba La Lirio, Tatuaje, Cinco Farolas, Ojos Negros o La niña de la estación, junto al tío Navarro, tabernero en Atienza, y su padre Mariano, por esas mismas plazas de pueblo en noches de verbena, no se hablaba de otra cosa que no fuese de los años de otra guerra que dejó a España inmersa en unos años de luto, cuando debieron haber sido de esperanza.
Y en la Plaza Mayor del pueblo, el día de la fiesta, estrenando traje o vestido, los novios, tratando de bailar agarraditos sin que los viesen los padres, el cura, el alcalde, o la pareja de la guardia civil, se marcaban un pasodoble al ritmo de la orquestina y se despistaban a lo oscuro para regalarse un cucurucho de almendras o cacahuetes que esmotar mirándose a los ojos bajo el telón del cielo en el que la luna lunera cascabelera parecía alegrar la cara noche a noche.
Aquella mañana de hace más de veinte años, cuando las ruedas del molino del tío Abilio, la solera y la volandera, giraban al empuje del agua y hablábamos de maquilas, cuartillos, celemines, medias y fanegas, el trigo caía por la tolva y se saciaba el harinal, vi a aquel hombre tomar un puñado de harina al tiempo que exclamaba: “¡cuánto se hubiese dado en esos años por un puñado como éste. A eso conducen las guerras, al odio, la muerte, el hambre y la miseria, parece que nunca entendemos y eso que ya se iba a la escuela”.
Claro que, como diría Paco, el santero de Montesinos, que lo mejor que aprendió en esta vida fue a ser pobre “aunque ahora exigen ir a la escuela y estudiar, incluso inglés, si alguien no está bien educado en la escuela de la vida y el respeto, dirá y hará tonterías lo mismo en español, que en inglés”.
Las enormes vertederas de los tractores, a fines del siglo XX, descansaban a la entrada de los pueblos, en la era, donde antes lo hiciesen los arados romanos o los carros; era que antaño, al llegar los días de agosto, amanecía con el olor y color del oro en grano que saciaría los inviernos de pan; y pocos recordaban ya, por falta de uso, las piezas del arado que sirvieron incluso para componer cantos que desgranar en cada una de las semanas santas provinciales, rememorando en el trabajo del útil agrícola, la Pasión de Cristo.
A pesar de que los ancianos las repetían como si fuera la tabla de multiplicar en la sala de la escuela.
-Orejeras, dental, cama, pezcuño, esteva, velortas, timón, lavija, telera, chaspueta, yugo, frontiles, hijadas...
Serafín Gordo Bris, poeta de pueblo en Zarzuela de Jadraque, dedicó al arado una hermosa composición poética, describiendo una a una todas sus piezas, que cifró en veintisiete:
El arado cantaré,
De piezas lo iré formando,
Y como Dios me de a entender,
Todas las iré explicando.
Instrumento de labranza,
Hasta los años sesenta,
Que es cuando empieza el tractor,
Y al arado deja en tierra...

Concluía el detalle de su obra con una elocuente afirmación:

Esta fue la explicación,
Del arado de mi tierra,
Que hoy comento con orgullo,
Y yo utilicé con frecuencia.

La serranía también tuvo sus largos años de cebolla y de centeno, antes de que, desde Jadraque, José Antonio Ochaíta diese la bienvenida a Mister Marshall en aquella celebrada película de Berlanga, en la que el amigo americano pasó de largo, como de largo pasó por estos pueblos, tras dejar en la escuela un jarrillo de polvo de leche convertida en grumos.
El centeno, la avena, la esparceta, los yeros… han desaparecido, entre otras cosas porque en estos tiempos modernos han perdido su utilidad. El centeno, dicen, es el cereal de las altas cumbres, de esas cumbres nuestras que ven nacer y perderse al Sorbe.
¿Dónde, claro Sorbe,
agua limpia del costado
del Ocejón serrano,
espejo de los álamos más verdes,
del azul más despejado…?
¿Dónde van mis pasos
que no tienen respuesta?

La pregunta de Ramón de Garcíasol quedaba en el aire en unos años en los que se hablaba de pantanos, de centrales eléctricas y de actos de relieve internacional, y los vecinos de Galve, de Cantalojas, de los Condemios, de Atienza, de Cañamares, de Miedes, de Bustares, de… de la mayoría de los pueblos de Guadalajara, no tenían luz de día y tan solo, un par de horas o tres, se iluminaban las bombillas desnudas por las noches. Cuando llegaban a los pueblos a propagar la televisión. ¿Para qué, si no había luz ni posibilidad de verla?

Bujarda, cincel, torno, pica… Son nombres que en la era de Internet y los grandes avances tecnológicos resultan casi desconocidos, perdidos al menos en la memoria. Y, sin embargo, fueron herramientas con las que muchas familias se ganaron la vida durante generaciones. Instrumentos de oficios que pasaban de padres a hijos y que en algunos casos cuentan con más de dos siglos de tradición. Hoy van desapareciendo de forma silenciosa pero irremediable. Con ellos se pierde no solo una cultura y una forma de vida, sino también un pedazo de nuestra historia más entrañable. Son los últimos boteros, colchoneros, cesteros…, desaparecen de nuestro paisaje, cerrando una página de la historia y de la cultura de España. Cuando estos oficios acaben por desaparecer definitivamente, todos perderemos una forma de vida que se ha mantenido durante generaciones.

Es la opinión de Chema Domínguez, y es la realidad de nuestros pueblos en el último decenio del siglo XX.
Aunque ahora ya se comienzan a apreciar esos trabajos, y a rescatarlos, del mismo modo que se regresa a los pueblos; durante años, aquellos que emigraron estuvieron ausentes, unas veces por escasez económica y otras por una especie de superioridad sobre los que quedaron, otras porque al marchar no dejaron nada detrás; y se regresa con otro espíritu, no como aquel regreso de las décadas de 1970 y 1980, en la que, quienes salieron los primeros, regresaban a demostrar algo de poder económico, de vanidad, de superioridad; a quitar las viejas puertas de cuarterones de las casas y sustituirlas por las que creyeron más elegantes de aluminio. A tirar la chimenea tradicional, convertir el patio de la casa o lo que fueron las cuadras en elegantes salones con chimenea a la francesa y cambiar los cántaros de barro por palanganas de plástico, como dejase escrito López de los Mozos.
Hubo una época, allá por la década de 1950, en la que se ideó una España, o una Guadalajara de castañuela y pandereta, a un señor Gobernador de la provincia, se le ocurrió llamarlo “embellecimiento de los pueblos”. Aquel embellecimiento de los pueblos consistía en pintarlos de blanco, encalar las fachadas, llenarlas de geranios reventones y darles una apariencia de higienización que hasta entonces no tenían. Y algunos se encalaron de abajo a arriba, convirtiéndolos en una especie de decorado de película. Claro que, afortunadamente, las voces de los pocos ilustrados que se escuchaban por la provincia no tardaron en hacerse oír, dando cuenta, además, de cómo debiera ser el trato urbanístico que se debía dar a nuestros pueblos, trato urbanístico, en muchas ocasiones, desafortunado:

“Deben prohibirse los edificios modernistas, y los enlucidos de colorines, en el casco urbano de aquellos pueblos o villas cuyo mayor atractivo son las edificaciones castizas y mansiones de tiempos pasados, para que se conserven como recuerdo de tiempos mejores. Bastardear con arreglos innecesarios es como sumirlos en el anonimato…”

Desgraciadamente, muchos pueblos, por ese bastardeo, han perdido gran parte de su identidad.
Por la década de 1970, el cuerno de la sal, los calderos, el candil, los arrimaderos, la badila, los calentadores de cobre… son ya tiempo pasado y comienzan a dormitar entre telarañas y carcomas en los lugares más inverosímiles de las casas, y los quincalleros van de puerta en puerta a su búsqueda.
A cambio de los antiguos candiles de aceite ofrecen linternas a pilas, y colchones de muelles a cambio de los antiguos de lana, y platos de cristal por las cazuelas de barro, y muebles de cartón prensado por panzudas y carcomidas consolas, y ollas a presión en las que hacer en media hora el cocido, y objetos de plástico con los que jubilar a los botijos y a los baldes y a los cubos de cinc que los estañadores recomponían en un santiamén cuando perdían el agua a causa de un mal golpe, como de golpe se quedaron sin oficio y alguno que otro, como el tío Julián de Casillas, se vieron en la necesidad de ir de puerta en puerta pidiendo la caridad de Dios antes de terminar recogido a la del asilo de Sigüenza, donde rememoraba los años en los que, al llegar a cualquier plaza, no le faltaba la faena.
Entonces, cuando al tío Julián no le faltaba la faena, observaba cómo los que llegaban al pueblo por los meses de verano lo hacían en sus flamantes y nuevos coches utilitarios. Porque llegar al pueblo en coche propio era todo un triunfo, señal de poderío, y había que dejarlo a la vista de todos, abrirle la barriga al motor y contar sus excelencias, como si todo el mundo entendiese de mecánica, pero así eran las cosas, lo primero enseñar el motor, después el ya te daré una vuelta antes de irnos.
Ahora se regresa a reconstruir, a valorar el pasado, a reedificar sobre el solar de un tiempo que, cierto es, no fue mejor, tan solo diferente. Se regresa a rescatar las antiguas tradiciones que fueron esencia de nuestros mayores; se regresa, a honrar la tierra en la que muchos nacimos, y amamantó nuestros sueños de infancia o de mocedad, en la distancia.
Tal vez a recordar aquellos olores de manzanas madurando entre el trigo de las trojes; de leña recién cortada; de pan recién hecho; de miel recién sacada de su colmena; de membrillos madurados a la orilla del arroyo; de peros silvestres; el olor del humo, el sabor de las setas asadas, del chorizo sudado, de las morcillas cociéndose en jornadas de matanza … Aunque pasados unos días tengamos que regresar a ese otro mundo, al que necesariamente estamos subordinados.
En estos nuestros pueblos, que guardan silencio y ya no elevan quejas, porque de poco serviría y tampoco queremos sentirnos víctimas de nada, tenemos el arraigo y nos quedan, cada vez menos, eso es cierto, aquellos que vivieron los días de tantos tíos Abilios, tíos Sorias, tíos Guarines, tíos Gamos, Teodosios, Modestos o Evaristos.
Pastores, labradores, tejedores, molineros, carteros, arrieros, carpinteros, carboneros, boteros, alfareros…
“A veces hago uno o dos bautizos en un año, pero también hay años de ninguno. Con esta población lo que más tengo son unciones de enfermos y funerales. Solo en Atienza hice veinte funerales el año pasado”, esto me lo contaba el cura de mi pueblo hace cinco o seis años, es la realidad a la que nos ha conducido el final del siglo XX y los primeros años del XXI.
Pero en nuestros pueblos, pasado el tiempo, siguen aquellos mismos paisajes, más solitarios, pero con la misma belleza natural con la que los conocimos en la niñez y que ahora nos rescatan del pesar diario, como si ejercieran sobre nosotros la atracción interna que se desea para restregarnos el alma y ensanchar el pecho respirando el aire que siempre hubiésemos querido respirar, aunque echemos alguna que otra cosa en falta, pero allí están el rojo reventón de las amapolas, ya fuera de los trigos; el blanco y el amarillo de las magarzas; los lirios azules a la ribera de los ríos; los lilares asomándose por encima de las tapias de los corrales; los rosales jugando a encenderse de colores y las acacias amanecidas de improviso cualquier día de mayo con los racimos blancos del pan y quesito.
Han cambiado los tiempos, pero no se ha de olvidar la historia y mucho menos los orígenes familiares que fueron la forja de nuestra forma de ser.
Las nuevas generaciones han de estar orgullosas de que su padre, o su abuelo, siendo pastores, labradores, lañadores, herreros, carboneros, resineros… pudieron salir adelante en tiempos difíciles, pudieron darles unos estudios y procurarles un futuro mejor, la nobleza del plebeyo consiste en no avergonzarse del nombre o del oficio de su padre, dejó escrito un pensador francés.
Muchas costumbres olvidadas comienzan a retornar en ese énfasis por recuperar el pasado. Botargas, mascaritas, romerías, bailes y danzas, tradiciones centenarias que han pasado por muchas generaciones y se quedaron en el olvido en aquellos años de la emigración, se vuelven a vivir ahora con el espíritu de un primer comienzo, y una vez iniciada la ronda el baile sigue año tras año con la costumbre heredada de nuestros mayores, a veces es solo una sombra de lo que fue, pero su recuerdo sigue vivo en muchos corazones. Muchas fiestas se han trasladado a los meses de mayor afluencia de hijos del pueblo, otras surgen nuevas para motivar la visita de los forasteros, y otras se instituyen como recuerdo de viejas tradiciones, la matanza, la siega, la trilla, el esquileo… La matanza, la siega, la trilla o el esquileo, convertidos en fiesta ¡Si los antiguos levantaran la cabeza!!
El caso principal es mantener la unión entre aquellos que nacieron sobre la misma tierra. A veces esa es la única ocasión en la que los que se fueron del pueblo vuelven, por un par de días, para unirse a sus antiguos lazos, el único testimonio que por desgracia les queda con la tierra natal, o con la de sus padres o abuelos.
Fuera de los pueblos nacen ya todos los niños, ya no lo hacen como antes en la casa paterna, en la sala principal de la casa, ahora los niños nacen en un hospital, y en un hospital se nos mueren los mayores, en contra de su voluntad.
Pasado el siglo XX e iniciado el XXI, nos sentimos europeos, hablamos idiomas, no tenemos apenas analfabetismo y vivimos en casas con todo tipo de comodidades, y de hablar se habla de fútbol, que mueve masas.
Un rosario de pueblos han quedado prácticamente despoblados a lo largo del siglo XX, otros andan en camino. Villacadima, Jócar, Mojares, Val de San García, Valdealmendras, Palancares, Villaescusa de Palositos, El Ordial, Veguilas, Villacorza, Torrenteras, Hontanillas, Salmerón, Bochones, Casillas, Alpedroches, Cereceda, Castilnuevo, Matas, Matallana, La Vereda, Umbralejo, Las Cabezadas, Robredarcas… y para qué seguir.
Han pasado los años de las pastillas de burra, del cólico miserere, de los vapores de abedul, del gordolobo para el catarro y algo más, de los remedios caseros y de las plantas silvestres, ahora ya se llevan otras cosas. Desde luego que como la lumbre de leña no hay ninguna, sino que les pregunten a nuestros más ancianos, o ancianas, que con ellas sabían sacarle el punto justo a todas las comidas, a las sopas de pan, el arroz caldoso, los matambres de leche, las tortas de chicharrones o las rosquillas de anises.
Sin duda que en los cien años del siglo XX hemos perdido muchas cosas, pero también hemos ganado otras. Nuestros pueblos están comunicados, el médico visita con regularidad cada uno de nuestros municipios, nuestros abuelos cobran su pensión y nuestros hijos tienen todo el futuro por delante. Como si en uno de sus sortilegios, Clara Magro, la de Arbancón, nos hubiese quitado el mal de ojo.
Quizá nunca cualquier tiempo pasado fue mejor. Fue, simplemente, diferente, aunque de él aprendimos a mejorar, y debemos conservar esta tierra, en nombre de nuestros pasados, para nuestros venideros, en nombre de aquellos que si hoy se asomasen al ventano, tan solo para ver los cambios, lanzarían la misma exclamación, hay que ver, en cien años, lo que han cambiado las cosas, si los antiguos levantasen la cabeza.
Después, como escribiese el maestro Azorín, nos debemos detener a pensar, a meditar, a reflexionar… porque se pueden aprender muchas cosas de aquellos que ya se han ido, de los tíos Abilios, de los Crescencios, de los Guarines, de los Elíseos, de los Juanitos, de los herreros, de los colchoneros, de los lañadores, de los alfareros, de los pastores… de todas esas gentes que fueron el germen y ser de nuestros pueblos serranos, aquellos que conocieron unos pueblos, y una provincia de Guadalajara en blanco y negro y no alcanzaron a verlos dibujados en color, porque, como decía el Paquillo de La Bodera, que de chiquillo aprendió a ser pastor y lo continuaba siendo a la vejez, “los serranos, mire usté, ansí como se nos ve, semos buena gente”.
Y aquellos que se fueron, buena gente entre las buenas gentes, que nos legaron una tierra hermosa, bien merecen que los recordemos, aunque sea una vez al año, y que en su nombre mantengamos la tierra y las costumbres y nuestra cultura, y sin el conformismo pasado, ampliemos los horizontes de nuestros pueblos, para que, dentro de cien años, en el próximo siglo, alguien pueda recordarnos a nosotros.

Muchas gracias.